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Capítulo 30: Al borde de la razón

Clarissa

—¿Qué sucede Clari? Estabas muy bien hasta hace un momento. Creo que ahora luces un poco enferma. Tal vez deberías ir a casa. —dijo Adriana en lo que se acercaba a nosotros, moviendo las caderas como si no fuese un bosque sino una pasarela. Apreté las manos en forma de puños y reuní toda la fuerza de voluntad que me quedaba para contestarle.

—Hace algún tiempo no me alimentaba, ya sabes he estado muy ocupada con mi novio últimamente... no es que deba darte ninguna explicación. —respondí, con tono falsamente dulce, y tomando el brazo de Damon de forma posesiva. Aún no estaba muy fuerte, pero no me dejaría humillar por esta chica.

—Pero ya que me la estás dando, dime... ¿cuánto le paga tu papi y tu mami por ser tu niñero?

—No creo que aceptara dinero por hacer las cosas que hacemos. Sería un tanto inmoral... sin embargo, no creo que conozcas el término. —Podía sentir a Damon tensarse junto a mí, pero no me importaba, ni tampoco me importaba que mi garganta ardiera como el infierno en este momento.

—Oh vamos, cuéntame, ¿qué son esas cosas que hacen? ¿Te lleva a la guardería? ¿O es que ya llegaste al preescolar, nena? —preguntó, entrecerrando los ojos y apretando los puños a su lado. Resistí el impulso de soltar una carcajada. Sus ojos empezaban a tener un color rojizo, pero eso no me preocupaba ni un poco. Esta perra tenía que aprender cuál era su lugar.

—Ya basta. —dijo Damon, mirando a Adriana, notándose molesto. —Adri, te pedí que te mantuvieses lejos.

—Hace bastante tiempo que no recibo órdenes de nadie. —respondió Adriana, cruzándose de brazos, y luciendo bastante malcriada.

—Pues ya va siendo hora. —murmuró Paolo, lo suficientemente bajo como para que solo Damon y yo escucháramos. Mi novio hizo una mueca, y yo me reí un poco. Sin embargo, al estar aun considerablemente débil, mi risa sonó más como un sollozo, llamando la atención de Adriana, la cual dirigió sus mordaces ojos hacia mí.

—¿Qué te pasa nenita? ¿Ya te hace falta tu biberón? —preguntó Adriana, con el color carmesí poblando completamente sus ojos.

—¿Y a ti te hace falta la pastilla para la sífilis? —dije arqueando una ceja. Ella esbozó una sonrisa felina.

—Lamento que te moleste que disfrute mi vida. Y solo para que lo sepas, gran parte de ese disfrute, fue con ese chico al que tanto te aferras en este momento. —contrarrestó, entre risas.

—ADRIANA, CALL... —empezó a decir Damon, pero no lo dejé terminar.

—No has podido superarlo, ¿cierto? Vamos chica, tienes como mil años de edad, tienes que encontrar algo mejor que hacer con tu vida. No creo que seas tan patética de verdad. —Mi voz sonaba fuerte, pero no me sentía ni un poco así. Sus ojos eran completamente rojos. Los de Paolo, sin embargo, tenían un tono ambarino delicioso. Sabía que estaba ahogando la risa.

—Me das pena. —Fue todo lo que pudo decir. Sabía que ella había notado que no ganaría ésta.

—Puedes decir lo que quieras... nena. Pero al menos no soy una prostituta. —Poco a poco se había ido acercando a mí, me percaté de esto cuando solo la tenía a un metro de distancia. Por suerte, tenía a Damon y a Paolo entre ella y yo. No tenía miedo de ella, ni siquiera un poco, pero conocía mi debilidad actual, y odiaba perder.

—Cuando eres inmortal, hay muchas cosas que puedes hacer. Además si tienes una belleza excepcional, el sexo es inevitable. Entiendo que tu vida apenas vaya empezando cariño, pero créeme... aún tienes mucho que aprender. —Diciendo esto, agito su cabello de forma coqueta y miró a Damon fijamente. No entendía qué era lo que pretendía hacer, pero el que simplemente lo mirara me sacaba de mis casillas.

—Eso a mí me suena como una excusa barata para ser una puta. —Ella soltó el aire que estaba conteniendo, luciendo sorprendida por haber osado llamarle así. —Pues sí, lo dije. Eres una regalada. Una prostituta. Me das asco, y créeme que no solo es a mí. Tienes suerte de que mi novio sea lo suficientemente caballeroso como para no decirte todo lo que en verdad eres. Eres una buena para nada, y nadie te quiere aquí.

—¿Quién te crees que eres para hablarme así? Vienes con tu actitud malditamente moralista, pero lo cierto es que eres una bebé. —Su tono era calmado, pero sabía que estaba molesta, y que mi insulto la había desencajado un poco. —Esto es la vida plena. Hay sexo. Hay drogas. Hay sangre. Si no te gusta, hubieses ido a un convento. Así que tú y tu moralismo estúpido pueden...

—Adriana, vete ya. —interrumpió Damon. Completamente tenso. Sonaba alterado, haciendo que tanto ella como yo nos olvidáramos la una de la otra. Adriana abrió mucho los ojos y lo miró, luciendo sorprendida.

—Pero... Damon, solo mírala. La inmortalidad, y todos sus beneficios se desperdician con ella. —dijo Adriana, mirándome de forma despectiva.

Ella, como la llamas, tiene un nombre. Y ella es la chica con la que quiero compartir MI inmortalidad. Si me quieres tanto como dices, debes respetar eso. Así que vete ya. —El tono de voz de Damon no expresaba emoción alguna, pero sus ojos demostraban que estaba molesto. Sin embargo, estaba lo suficientemente controlado como para usar un leve toque de coacción en Adriana.

Había visto a Damon enojado antes... muy enojado. Pero nunca lo había visto así. Por la expresión que tenía la chica frente a mí, este comportamiento de mi novio no era nuevo para ella. Se veía completamente controlado y vacío. Como si nada ni nadie pudiese penetrar la muralla que había levantado a su alrededor. La única pista que tenía de su estado de ánimo real, además de sus ojos, era que tenía los puños apretados tan fuerte, que podía sentir bajo mis dedos, que aún se aferraban a su brazo, todas las venas bajo él.

—Damon, si me voy ahora yo... —empezó a hablar Adriana. Veía el odio y el desconcierto en su rostro; sabía que estaba intentando hacerse la ruda. No pude soportar su lastimera actuación, así que la corté.

—¿Tú qué? ¿No volverás? Todos sabemos que es mentira. Eres completamente incapaz de mantenerte alejada. También sabemos que Damon no irá corriendo tras de ti. Así que termina de irte. —Con cada segundo que pasaba me sentía más débil. Necesitaba alimentarme pronto. En el rostro de Adriana se cruzó una pequeña sonrisa, que si no la hubiese estado mirando fijamente, me la habría perdido.

—Nos veremos en el instituto, Fournier. —Sabía que pensaba irse, pero Damon fue más rápido. La tomó por el brazo con brusquedad y la acercó a él.

—Mantente alejada de Clarissa, Adriana. Lo digo en serio. —Los ojos de Damon casi resplandecían, y pude ver algo en los ojos de la chica que nunca antes había visto... miedo. Acto seguido, Damon la liberó de su agarre, y ella desapareció entre los árboles.

—Esa perra está como una cabra, ¿no? —dijo Paolo, sonando divertido, intentando claramente de aligerar el ambiente, el cual estaba bastante tenso todavía.

Me di cuenta que mi cansancio aumentaba. Ese pequeño puma definitivamente no había sido suficiente. Al cabo de unos pocos segundos me encontré a mí misma jadeando, en busca del aire que en realidad no me hacía falta, pero parecía estar matándome en este momento. Sentía que el simple hecho de estar de pie ya era demasiado esfuerzo. Me aferraba con fuerza al brazo de Damon, el cual no parecía notar lo que estaba sucediendo conmigo. Sentí mis piernas flaquear. Solo en ese momento, Damon giró su mirada hacia mí. Por una fracción de segundo pensé que me dejaría caer, pero antes que mi cuerpo tocara el suelo, me tomó por la cintura y me pegó a él, dejando nuestros rostros sumamente cerca.

Sentí su mente escarbar la mía. Me sentía un poco mejor, pero no lo suficiente como para poner un escudo, así que simplemente lo dejé vagar, confiando que no cambiaría nada allí. En ese momento, sentí una sacudida vigorizante en mi interior. Como una especie de corriente eléctrica que daba un poco de vida a mi débil cuerpo. Miré a Damon extrañada en lo que él sonreía.

—¿Qué fue eso? —pregunté, sorprendida.

—Una especie de bebida energizante mental. Te mantendrá fuerte por un rato, pero cuando el efecto pase... solo diré que necesitas haber comido para entonces. —Pensé preguntarle cómo lo había hecho, esto me pudo haber ayudado hace unos cuantos minutos, pensé un tanto fastidiada. Sin embargo, no me dio tiempo de pensar mucho más, porque antes de notarlo, tenía los labios de Damon sobre los míos en un beso fugaz, que acabó casi antes de comenzar.

—Te amo. —susurró contra mis labios; tuve la necesidad imperiosa de besarlo de nuevo, pero luego recordé que Paolo seguía allí.

—No se detengan por mí, queridos. Hace tiempo que no presencio un buen espectáculo de este tipo. —dijo él, mirándonos de forma divertida.

Damon lo miró fijamente, dándole una mirada matadora. Me había equivocado al pensar que su humor había cambiado por completo. Pude ver a Paolo tener su mirada en blanco por unos segundos, antes de estremecerse ligeramente y levantar las manos en señal de rendición. Suponía que Damon, adentrándose en su mente, le había mostrado cosas no muy agradables que sucederían si se quedaba cerca.

—Está bien, tranquilo, ya me voy. —dijo, girando los ojos.

—Paolo, no tienes que irte, no haremos nada. —le dije, un tanto apenada. Tomando en cuenta lo mucho que me había ayudado en las últimas horas. Damon me miró abriendo mucho los ojos.

—¿No? —preguntó Damon, luciendo confundido. Lo miré entornando los ojos. No podía creer que honestamente pensara en hacer algo en este momento.

—¡No! Estamos en medio del bosque, y yo solo estoy de pie gracias a... lo que sea que hayas hecho con mi mente. —dije, sorprendida de que siquiera le hubiese cruzado la idea por la mente.

—Oh, vamos nena, no me hagas rogarte por... —Su expresión era suplicante, pero veía una pizca de diversión en sus ojos. Sabía que me estaba avergonzando y lo estaba disfrutando.

—No hemos tenido oportunidad. —dije, apartándolo un poco de mí, aprovechando la fuerza que recién había adquirido. —Y no te atrevas a mencionar la vez de Christopher. Eso no fue una oportunidad real. No entiendo por qué te apuras. —dije, cruzándome de brazos. Damon lució un tanto indignado.

—¿Me estás rechazando?

—¿Te duele en el ego, cariño? —Sus ojos tuvieron una chispa de rojo por un momento, pero luego regresaron al ámbar.

—Para nada, nena. Pronto me rogarás por más. —dijo, cerrando la distancia entre nosotros de nuevo, y atrayéndome hacia él con fuerza para darme un beso rápido en los labios.

—Esto es lo más entretenido que he visto en años, definitivamente. —dijo Paolo, riendo. Acto seguido, en sus manos apareció un tazón con palomitas; él lució sorprendido.

—Pensé que las necesitarías. —dijo Damon, de forma sarcástica, un tanto alterado según pude notar.

Este día definitivamente había sido un día de locos. Paolo estaba riendo como idiota, y Damon estaba molesto por un comentario sin sentido. Intenté adentrarme un poco en su mente, pero me encontré con su escudo. Me reprendí mentalmente. Debía guardar las fuerzas que tenía para ir a cazar. Me alejé un poco más de Damon, dispuesta a encontrar algo para comer, pero éste me tomó por la mano al ver mi intento de huida, deteniéndome.

—¿Vas a escaparte? ¿En este momento?

—Debo comer algo, Damon. Si dejaras que tus malditas hormonas se calmaran un poco, recordarías el porqué de este viajecito. —dije, sonando más fastidiada de lo que en realidad me sentía. Damon solo me dio una sonrisa torcida y un último beso.

—También pensé que lo necesitarías. —dijo, sonriendo con ternura. No pude evitar darle un beso rápido antes de desaparecer.

El sol ya estaba bastante alto, a pesar de que eran solo las nueve de la mañana. Sin embargo, ya éste no me lastimaba al punto de dejarme noqueada, pero sabía que tenía que buscar alimento. Me despedí de los chicos con un movimiento de manos; justo antes de perderlos de vista, me giré por solo un segundo y divisé la cabellera color oro de mi novio, y no pude estar más agradecida con el universo.

Quería buscar una pantera, pero sabía que en esta época del año se me haría bastante difícil conseguirla, así que tenía que conformarme con lo que sea que se me cruzara en el camino, solo necesitaba que me sustentara lo suficiente por unos cuantos días más. Corrí adentrándome en el bosque, sintiéndome una con la naturaleza de nuevo. Sentía cómo los elementos a mi alrededor me daban la bienvenida, como si de cierta forma extrañaran que los tuviese bajo mi control. Sin embargo, mi momento de felicidad no duró mucho.

—¿Qué haces aquí todavía? Pensé que estabas muy ocupada restregándote con Damon. —dijo Adriana, que se encontraba sentada, apoyada en un árbol, luciendo una mueca de asco.

—Estoy buscando algo para comer, no es que te interese. Y no importa cuánto ruegues, cariño. Tu sangre no me apetece. —dije, entrecerrando los ojos, usando un tono de burla. Ella esbozó una sonrisa ante mi comentario y se puso de pie. —En cambio, tú deberías haberte ido hace algún rato. ¿O es que no te has cansado del rechazo todavía?

—No soy buena siguiendo órdenes, y me han dicho que tengo problemas para "hacer lo que debería" —Ella hablaba de forma casual, como si solo fuéramos dos viejas amigas charlando. —Sin embargo, en este momento voy a hacer algo que debí haber hecho hace algún tiempo. —Acto seguido, Adriana corrió en mi dirección; como era una distancia relativamente corta, llegó hasta mí antes de que pudiese hacer mucho. Me limité a tomar uno de sus brazos, no sin dificultad, pero teniendo el otro libre se las arregló para que, con un ligero movimiento de muñecas habiendo tomado mi barbilla, hacer que mi cuello emitiera un sonido fuerte, seguido de un torrente de dolor poseer todo mi cuerpo y luego... oscuridad. Iba a matar a esa perra.

Lo siguiente que supe es que mi consciencia volvió de a poco, junto con todo el odio que podía sentir hacia una persona. Sin embargo, también sentía calor. Mucho calor. Intenté abrir los ojos, pero una fuerte luz me lo impidió. Con esfuerzo, me giré, quedando boca abajo sobre lo que parecía... ¿tierra? ¿Dónde demonios estaba? Estando en esta posición pude abrir los ojos, pero demonios, me dolía incluso respirar. ¿Esto era el infierno? ¿Así era como se sentía estar muerta? Sentía que me quemaba en una especie de calabozo infernal, en el cual el suelo estaba duro y había fuego a mi alrededor. Solo supe que sí estaba viva cuando, al cabo de unos segundos, logré girar mi rostro un poco, y noté que seguía rodeada de árboles.

Aún estaba en el bosque, al parecer estaba en un pequeño claro... el sol me estaba quemando, pero todavía podía salvarme, habían árboles cerca así que intenté arrastrarme a su sombra, pero unas manos me tomaron por los tobillos y me arrastraron hacia donde estaba. Me giré para ver qué era lo que estaba pasando, y pude ver a Adriana, justo al borde de la sombra, con una sonrisa amplia en su rostro, y haciéndome un gesto de saludo con la mano. En ese momento, sentí un odio hacia esa chica sonriente del tipo que llevaría a una persona a matar a otra, y no dudar ni un segundo en hacerlo. Había aprovechado mi debilidad para dejarme en ese lugar, quemándome hasta morir. No tenía la fuerza para utilizar mis poderes. Estaba segura que no podía siquiera ponerme de pie, y a juzgar por el dolor que sentía, podía decir que desde que esa perra me había partido el cuello, me había puesto bajo el sol.

Como pude miré mis brazos; estaban casi traslúcidos. Estaban mucho más blancos que lo que habían estado esta mañana, y ya en ese momento había estado al borde de la muerte. Podía notar cómo una ligera capa grisácea se posaba sobre mí; a pesar del ardor que esto me provocaba, pasé mis dedos por mi brazo y observé el polvo... cenizas. Definitivamente este maldito país había escogido el peor día de todos para tener un buen clima. Sin notarlo, solté una lágrima solitaria.

Tenía mucho que perder, mi vida casi iba empezando, y solo así iba a acabar. Hillary, Paolo, mi madre, mi hermano... Damon. El chico que me había salvado de la muerte en más de una ocasión, el chico que me había dado esta nueva vida, el chico que amaba con locura y que sentía que ahora, cualquier oportunidad de un futuro a su lado, se evaporaba frente a mí. Decidí recordarlo todo. Cada beso, cada toque, cada caricia; quería revivirlo y no dejarlo ir por los minutos que me quedaran de vida.

Me había rendido. Estaba exhausta. No podía seguir manteniendo los ojos abiertos. Lo único que sentía, y lo único que existía para mí en ese momento era el dolor que sentía. Cada segundo que pasaba era peor que el anterior. Solo quería que todo acabara. Podía sentir a Adriana mirándome, pero no abriría los ojos para verla regodearse ante mi sufrimiento. Poco a poco iba perdiendo la sensibilidad en las partes de mi cuerpo; ya no podía sentir las manos. Me daba miedo abrir los ojos para mirarlas, porque sentía que no las iba a encontrar allí. Sabía que pronto todo terminaría. Sentía que me estaba alejando de todo y de todos, pero justo antes de abandonar mi cuerpo por completo, una voz desconocida me atrajo de nuevo a la realidad.

—¿Qué es esto? —dijo una chica.

Pensé que tal vez merecía la pena abrir los ojos, así que lo hice, y observé a la portadora de la voz misteriosa. Era una chica baja y delgada, de tez pálida y cabello oscuro. Se veía un poco salvaje; parecía llevar ropa antigua, la cual se veía un tanto rota y desgarrada, pero en su rostro tenía un aire de libertad y alegría.

—Largo, niña. —dijo Adriana, hablando por primera vez en todo este tiempo, mirando a la chica directo a los ojos. Estaba usando la coacción. Pobre chica. Adriana probablemente esperaría a que yo estuviese muerta y luego la drenaría. No tenía fuerzas para hablar y advertirle, así que aparté la mirada. Esto no sería lo último que vería antes de irme.

—Tú no me das órdenes. Y no me iré. —dijo la chica, con la voz firme. ¿Era inmune a la coacción? ¿Qué estaba sucediendo? Sabía que ella era la única oportunidad que tenía para sobrevivir, pero no podría vivir conmigo misma si Adriana le hacía algo por mi culpa.

—Aléjate de aquí ahora. —repitió Adriana, hablando con lentitud, alterándose de manera notoria y rápida. La chica la miró, sonrió, y se limitó a negar con la cabeza.

—No pierdas tu tiempo utilizando coacción, no va a funcionar. —dijo, como si fuese algo obvio. Estaba tan ensimismada en mi dolor, que no había notado que la chica obviamente era un vampiro, y al parecer, uno fuerte. Dirigió su mirada hacia mí, y se percató de que seguía en el suelo, sin poderme mover. —Hay que sacarla del sol. Puedo ver las cenizas empezar a aparecer. —Ella se dirigía hacia mí con paso firme, pero Adriana se interpuso, tomándola del brazo con fuerza.

—Esa es la idea, nenita. —dijo Adriana, notoriamente fastidiada y sin liberar el brazo de la chica. La chiquilla miró a Adriana fijamente por un momento, como examinándola, y pensando bien qué decir antes de abrir la boca.

—Pero... no queremos que muera. —La chica hablaba de manera muy lenta, como si estuviese hablando con una niña pequeña. Adriana parpadeó un par de veces, y retrocedió un paso. Luego sacudió la cabeza, y miró a la chica con lo que creía, eran sus ojos completamente rojos.

—Yo... yo sí quiero eso. Yo quiero que muera. —dijo Adriana, con aparente dificultad. Tenía los puños y la mandíbula apretados. Parecía estar luchando consigo misma; la chica solo la miraba fijamente.

—No cariño, eso no es lo que quieres. —dijo la chica con firmeza; esto pareció quebrar a Adriana por completo. No dijo nada más. Parecía una especie de zombie.

Ya no podía soportar el dolor. El calor invadía todo mi cuerpo. Mi piel se sentía a punto de desintegrarse, y todo mi ser con ésta. Mientras observaba todo el espectáculo que se desarrollaba frente a mí, tosí, y noté como un fino polvo salía de mi interior también. Maldición. En ese momento, la chica, de manera involuntaria al parecer, quitó sus ojos de los de Adriana y los dirigió hacia mí. Lo que sucedió a continuación pasó tan rápido, que estuve a punto de perdérmelo. Adriana pareció reaccionar y salir de ese trance en el que se encontraba, se giró para caminar hacia donde yo estaba... podía adivinar sus intenciones. Sin embargo, la pequeña chica, en un movimiento que no pude detallar, se plantó frente a Adriana y solo la miró a los ojos.

Adriana parecía completamente perdida en ella misma. De repente, empezó a gritar y a sollozar; gritaba palabras en alemán, francés, español, ruso, y uno que otro idioma que no pude identificar. Parecía estar en una pesadilla viviente. Yo solo seguía acostada bajo el sol. Parecía que habían pasado horas, pero lo cierto es que solo habían sido unos pocos minutos. Ya casi no podía mantener los ojos abiertos; a pesar de todas las esperanzas que había mantenido, parecía que sí era el final. Cada vez tosía más; sentía mi cuerpo transformarse en ceniza. Adriana seguía gritando, pero en un momento, la vi caer al suelo, dando un último alarido, justo antes de desaparecer corriendo entre los árboles. La misteriosa chica por fin volvió su mirada a mí nuevamente, me tomó entre sus brazos con cuidado, y me llevó hasta la sombra. Aún me estaba muriendo, pero al menos ya no me estaba quemando.

—Estás muy débil... debes alimentarte. —dijo, más para ella que para mí, mientras se acercaba para verme de manera más detallada. Acto seguido, desapareció; volvió unos pocos segundos después con un tarro de un líquido rojo oscuro. Desde donde estaba, y a pesar de mi debilidad, podía olerlo. —Es sangre, no te preocupes. Tiene un olor particular porque yo cazo una vez al mes, y la sangre que me sobra, la guardo. Te pondrá mejor más rápido que la sangre fresca, pero su sabor es... peculiar.

Ella destapó el tarro y me lo puso en la boca. Tomé un trago grande y saboreé. El sabor era amargo, intenso, y muy fuerte. Era casi peor que la comida humana. Estuve a punto de escupirlo, pero la chica, con solo una mirada y de alguna manera, me detuvo y me hizo tragarlo. Sin embargo, mi garganta no lo agradeció. A pesar de la poca cantidad que había tomado, mi cuerpo se sentía notablemente más fuerte, pero el mal sabor había permanecido en mi boca.

—¿Qué demonios es esto? —pregunté, limpiándome la boca. No quería ser grosera, pero sabía muy mal. Olía a sangre, se veía como sangre, pero no podía ser sangre. ¿La chica había dicho que era sangre antigua? ¿Qué diablos estaba tomando?

—Es sangre. Te dije que sabía extraño; no es sangre fresca. Pero te ayudará mucho. Vamos, no seas una niña y tómala. No me hagas obligarte. —Con solo mirarla, supe que hablaba en serio. Si tenía que hacerlo, iba a obligarme a tomar. Vaya carácter.

Respiré profundo y me dispuse tomarla, a pesar de su horrible sabor. Me hacía de cuenta que era una medicina y nada más. Cuando la terminé, me sentía completamente renovada. Era como si hubiese estado tres horas cazando. Estaba saciada. Me miré, y vi que ya no tenía esa capa grisácea sobre mi piel, además que ya no sentía ese ardor en la garganta que me estaba quemando hace unos pocos minutos.

—Eso está mejor. Sigues hecha un asco, pero al menos ya no te desintegrarás frente a mí. —dijo ella, sonriendo de forma tierna. Me puse de pie, un tanto tambaleante todavía, y sin pensarlo demasiado la abracé con fuerza. Ella se paró en seco y la sentí tensarse un poco.

—Gracias, en serio. Esa chica me habría matado solo porque tiene la absurda idea de que con mi muerte, podrá quedarse con mi novio. —dije, sonriendo, y dándome cuenta de lo absurdo de la situación.

—Tu novio debe ser muy especial. —dijo, de cierta forma solemne, apartándose de mí. Sonreí ante sus palabras.

—Sí, lo es.

—Bien, pues qué bueno que llegué. Detesto que nos hagamos daño los unos a los otros. —dijo, girando los ojos.

En ese momento, noté que me sentía extraña. Me sentía un tanto mareada y pesada. Era como esa sensación que tienen los humanos cuando han comido demasiado y no pueden moverse. Odiaba sentirme así. Era raro. Me sentía con más fuerza que nunca, pero era como si fuese muy pesada para utilizarla.

—¿Sueles tomar sangre vieja siempre? —le pregunté en lo que me apoyaba en un árbol para evitar caerme. Sentí como la energía de la tierra subía a través del árbol hacia mí, reconfortándome un poco.

—No, pero cuando tengo de mi reserva, no me molesto en cazar. —Me miró durante unos segundos y sonrió. —Sé que te debes sentir un tanto extraña; es completamente normal. Dentro de nada estarás bien. ¿Viniste sola? —preguntó mirando alrededor. Me sorprendía que no lo supiera. Esta chica daba la impresión de estar al corriente de todo lo que sucedía a su alrededor siempre.

—No. Vine con mi novio y un amigo. Me aparté para cazar un poco por mí misma, y esa loca casi me mata. La odio. —susurré con resentimiento.

—Ya, olvídalo. Vamos, te acompañaré. ¿Cómo te llamas? —dijo, empezando a caminar en lo que me rodeaba por los hombros. En ese momento, sentí una oleada de... algo recorrerme. Algo que no era mío, pero que no podía controlar. Sin embargo, casi terminó antes de empezar. ¿Qué había sido eso? Sacudí la cabeza y me enfoqué en la chica.

—Clarissa, ¿y tú?

—Me llamo Anika. Anika Prince. ¿Sabes algo? Deberías decir tu apellido más seguido; Fournier es muy bonito.

***

Holaa!!! ¿Qué tal les ha parecido el capítulo? Vamos conociendo más y más personajes ¿Qué tal les parece Adriana? ¿Cómo está actuando? ¿Les parece que está bien de la cabeza?

Por favor, díganme sus opiniones, de verdad significan muchísimo para mí.

PD: En multimedia tienen a Anika <3

PD2: El siguiente capítulo que subiré será de Nacidos para la Eternidad, así que me tardaré un poco más en actualizar Pacto Eterno, pero por favor, lean mi otra historia también. Sé que les encantará. Es un poco más oscura, pero espero que les guste.

Los amo <3

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