Capítulo 28: Rivalidades
Paolo
Miguel y yo estábamos en mi habitación. Nos habíamos saltado las clases, como era usual, y habíamos pasado todo el día viendo televisión, jugando de forma coqueta, y haciendo cualquier cosa que se nos ocurriera en el momento. Ser gay era muy complicado. Siempre, toda mi vida, había querido ser heterosexual. No tener estos extraños impulsos y gustos que me atacaban incluso en mis sueños. La verdad era que, incluso cuando ya estaba completamente consciente de mi homosexualidad, solía acostarme con chicas de vez en cuando, para tratar de mantener las apariencias y con la esperanza de que algún día, una me gustara lo suficiente como para olvidar a los hombres. Las chicas eran una delicia, pero los chicos... eran un manjar del cielo. No todos los chicos, pero al menos este musculoso mexicano que tenía junto a mí lo era.
—Cariño, ¿sabes a quién encontré durante mi estadía en Suiza? A Elizabeth. Es completamente hermosa. Tiene los ojos de su madre. —comentó Miguel, apoyándose en su mano para mirarme directo a los ojos.
—¿Suiza? La última vez que supe de ellos, estaban en Alemania. —dije, de forma pensativa.
—Eso fue hace veintisiete años, amor. Elizabeth ni siquiera había nacido.
—¿Qué? ¿Hace tanto tiempo ya? Dios, no puede ser posible que ni siquiera sepa dónde está lo que queda de mi familia. —dije con remordimiento. —La pequeña Elizabeth pronto cumplirá dieciséis años, ¿irás conmigo a escoger el regalo? —le pregunté a mi novio, el cual me miró dándome una sonrisa tierna.
Pensar en mi familia siempre me ponía un poco melancólico. Muy en el fondo, a pesar de todos los problemas que había tenido con ellos, los amaba, y nunca había podido perdonarme completamente por haberlos dejado cuando me transformé. Sabía que si nunca me hubiese convertido en vampiro, no conocería a personas como Elizabeth, aunque lo cierto es que no era como si la conociera de verdad. La había visto un par de veces a lo largo de su vida, apareciendo como un desconocido furtivo que se tropieza en un centro comercial, o cosas triviales como esa. Sin embargo, ella sí sabía de mí. El viejo tío Paolo. El que un día se fue de casa, a los dieciocho años, sin decir adiós y sin mirar atrás. Esto no era completamente cierto. Yo había estado presente en todos los eventos especiales y ceremonias que los involucraban, aunque debo admitir que el hecho de haber tenido que estar en la última fila, y haber entregado un regalo anónimo en la boda de mi hermana, todavía me persigue.
—Sí, claro te acompañaré. —dijo Miguel, sonriendo, y dándome un dulce beso en los labios. En ese momento, notó mi repentina tristeza y acunó mi rostro en sus manos. —Oye... estamos juntos en esto, y eso es lo único que importa, ¿cierto? —preguntó dulcemente, volviéndome a besar sin dejarme dar una respuesta real. De golpe, recordé mi compromiso previo y me levanté rápidamente de la cama.
—¡Tengo entrenamiento con Damon y Clari! ¡Lo había olvidado totalmente! —dije llevándome la palma de la mano a la frente, en lo que me vestía a velocidad vampírica, Miguel sólo giró los ojos.
—¿Damon de nuevo? ¿Qué sucede Paolo? ¿No soy suficiente? —espetó, con sus ojos adquiriendo una tonalidad rojiza.
—No, cariño. Eso no es para nada así. Tú eres más que suficiente, y yo solo lo hago por Clari. Me he encariñado bastante con la chiquita. Además, tú sabes que Damon no me ve de ese modo. —dije, a modo defensivo. Sin embargo, apenas terminé de hablar, y escuché lo que había dicho, me arrepentí. Sabía cómo había sonado. Como si deseara a Damon de alguna manera. Aunque lo cierto era que ya había superado un poco esa etapa de mi vida.
—¿Pero tú si lo ves a el de ese modo, no? —preguntó, susurrando. Me paré en seco por un milisegundo, pero al final no respondí nada. No tenía ganas de mentirle, y al cabo de unos segundos mi silencio terminó por delatarme. Pude ver el color rojo poblar por completo los ojos de mi hermoso novio. —Lo sabía. Tú siempre has querido a Damon. —No podía creer que un Dios azteca como lo era Miguel, con sus brazos completamente esculpidos, su rostro magnífico, y su abdomen escultural, fuese tan jodidamente inseguro.
—Claro que siempre lo he querido. —respondí, girando los ojos. Eso no era un secreto para nadie. —Pero no es como te quiero a ti. A ti te quiero más, mucho más. ¿Recuerdas la vez que... nos separamos? —dije con dificultad, en lo que envolvía su cuello con mis brazos y pegaba mi pecho desnudo al suyo.
—Por supuesto; no fue el mejor momento de mi vida. —dijo, en lo que hacía una mueca. Me puse muy serio y lo miré a los ojos, los cuales perdían su tonalidad rojiza con cada segundo que pasaba.
—Esto no te lo había dicho, pero... —suspiré, inseguro de si decirlo o no. —intenté suicidarme. Lo intenté muchas veces. De formas muy distintas. Puse armas de fuego en mi boca, y sin importar cuántas veces disparaba, nada sucedía. Nada más allá de desmayarme por un par de minutos. La bala la escupía apenas despertar, y la herida se sellaba antes de que siquiera pudiese parpadear.
»Usé cuchillos, sables, veneno... nada funcionaba. Me rehusaba a entregarme a la Lanza de Fuego. Aún me quedaba un poco de orgullo. Lo último que quise intentar fue el ahogo. Si no podía morir de manera definitiva, no me molestaba estar de manera indefinida sufriendo. Y si iba a pasar por un tormento eterno, ¿por qué no hacerlo a lo grande? Fui a Estados Unidos, a San Francisco, y me monté en la punta más alta de ese magnífico puente que tienen.
»Pero cuando estaba allí, presenciando lo que yo quería fuese el resto de mi existencia, vi muchas cosas. Vi niños corriendo en un parque, vi parejas tomadas de la mano, vi... vi tanto. Vi a personas que darían lo que fuera por tener un día más de vida, y después me vi a mí, que tenía la suerte de contar con una vida casi eterna, y ahí estaba, pensando en desperdiciarla de esa forma. Me había dedicado la mitad de mi existencia a matar caza vampiros, pensando que de esa forma estaba justificando mi vida, dándole un propósito. Pero ese día supe que la única manera de enfrentarse a la eternidad es hacer que cada día cuente, aferrándose a todo lo que suceda, por más insignificante que sea. El florecer de una rosa, el nacimiento de un pequeño, un simple amanecer... el regalo de la vida. En ese momento decidí que quería que mi eternidad fuese perfecta, y quería que tú fueses parte de la misma... aunque no fuese en ese momento precisamente.
En sus ojos, cualquier rastro del color rojo había desaparecido. Podía verlo observarme casi con adoración. Su respuesta a todo lo que le dije fue el beso más tierno, apasionado, y excitante que nunca nadie me hubiese dado, seguido de una hermosa sonrisa.
—Ve, Paolo cariño, tenemos toda la eternidad libre para nosotros.
—No tan libre... ya tenemos planes. ¿Recuerdas? —le pregunté, guiñándole el ojo. La sonrisa de Miguel solo se hizo más amplia.
Tomé mi camiseta de la silla, que era lo último que faltaba por ponerme. Tomé un par de zapatillas, que me puse con torpeza, le di un último beso a Miguel, y corrí hasta el parque, al cual llegué al cabo de unos pocos segundos.
Cuando llegué, vi que Damon y Clari se estaban besando con pasión. En ese momento sentí un tirón de alegría por Damon, y tal vez un poco de celos, pero ¿cómo no sentirlo? Damon era un tesoro para los ojos de cualquiera, pero lo cierto es que estaba feliz por él; al fin había encontrado a la chica que amaba. Me acerqué a ellos y los saludé con un comentario divertido. Pude ver a Clarissa saltar un poco lo que me causó gracia. Sí, los besos de Damon seguramente hacían eso. Ella corrió a abrazarme, y demonios, me sentía muy bien así. Con ellos. Sentía que tenía un lugar en el mundo. Que todo estaría bien. Que no me juzgarían nunca. Que podía ser feliz. No pude evitar sonreír.
Entrenamos duro. A Clari aún le faltaban muchos años de experiencia, y tenía muchas batallas por delante, para poder ser una luchadora formidable, aunque debía decir que sí iba por un buen camino. No me gustaba que se frustrara, pero no se lo pondría todo fácil tampoco, eso podría costarle la vida tarde o temprano. Lamentablemente, todo lo que hacía era terriblemente predecible. Debía admitir que su defensa era bastante decente, pero tenía mucho que aprender en la parte ofensiva. Antes de notarlo, era mi turno de atacar, así que corrí hacia Clarissa, que se encontraba un tanto aturdida entre los árboles, pero algo me hizo pararme en seco. Un olor. Un olor familiar y muy desagradable. Rápidamente, sentí como la ira aumentaba en mí sin que pudiese, aunque hubiese querido, hacer algo al respecto. Una parte de mí me decía que tenía que ser razonable, pero la razón podía irse al diablo en este momento.
—¿Qué sucede? —escuché preguntar a Clarissa.
—Nada. —respondí, apretando los dientes, tratando de no volcar mi furia en nadie más.
El aroma se acercaba, y yo cada vez me enojaba más. A pesar de la lluvia la podía sentir acercándose a mí. Vi a Clarissa tratar de encontrar lo que me había molestado tanto, pero no le presté demasiada atención. En un momento, y casi sin notarlo, tomé a Clari por el brazo, y la arrastré conmigo. No quería a esa perra cerca de mi amiga. Maldito Damon. Sabía que él tenía que ver con esto. Le pregunté qué estaba haciendo esa zorra aquí, pero no hubo tiempo para su respuesta, ya que ella ya estaba aquí.
Se acercaba a nosotros, y con cada paso que daba, con su sonrisa estúpidamente petulante, yo me tensaba más. Saludó a Damon y a Clari, aunque a ésta última con cierto recelo, pude notar, pero cuando se volvió a mí, me preparé mentalmente; ella nunca dejaba pasar una oportunidad para intentar insultarme o humillarme, y lo cierto es que yo nunca había permitido que ella lo hiciera. La verdad es que no presté atención real a lo que me decía. Siempre hacía comentarios acerca de mi sexualidad y acerca de ella teniendo sexo con Hitler, como si no hubiese tenido sexo con la mitad de las criaturas existentes en este planeta, y como si éste hecho la hiciera sentir malditamente orgullosa. Supongo que el mayor logro en toda su existencia había sido follar con un psicópata genocida. Patética. Esto no era nada nuevo. Lo que ciertamente me sacó de quicio fue, que al seguir el rumbo de la mirada de Clarissa, noté que Adriana tenía el brazo de Damon agarrado con fuerza; con la fuerza suficiente como para partirle el brazo de haber sido un humano. La odiaba demasiado, y no permitiría que le hiciera a Clari lo mismo que me hizo a mí tantos años atrás. Antes de darme cuenta de lo que hacía, me le fui encima.
La tomé por los brazos y la tumbé boca abajo con rapidez, luego la tomé por el cabello, dispuesto a matarla por fin, pero ella pudo liberarse a duras penas, haciendo que quedara un mechón de su cabello en mi mano. Intentaba alejarse, pero esto no se iba a quedar así. Era una zorra, pero era inteligente. Sabía que no podría ganarme en una lucha. La volví a agarrar en unos milisegundos, y esta vez la tomé por el cuello, pero me dio un rodillazo en el estómago, el cual me sorprendió, y por lo tanto le dio un poco de ventaja, la suficiente para liberarse de mi agarre. Ella no tenía tantas habilidades físicas como yo, y lo sabía. Este era mi terreno. En un arrebato, la confundí de manera hábil y la volví a tomar por el cabello. Ella intentó liberarse, pero me encargué de tenerla lo suficientemente alejada de mí como para no me tocara. Lo más que pudo hacerme, fue arañarme un poco el brazo. Esbocé una sonrisa felina. En un movimiento sumamente rápido, le partí el cuello. Dejando que su cuerpo se desplomara en el suelo en una posición un tanto antinatural.
Grité algo, no estaba muy seguro de qué era, estaba rendido al frenesí del momento. Pero lo siguiente que vi, era que Damon y Clari se habían ido. Genial, la tenía toda para mí. Podía escuchar sus huesos sanándose de manera rápida y sabía que no tendría mucho tiempo más. Debía quemarla, justo en este momento. Con toda la fuerza de voluntad que pude reunir, intenté recuperar el control sobre mí mismo y sobre mis habilidades, y así lo hice. Las nubes se hicieron presentes, y con ellas lo que de verdad quería... los rayos. Me concentré para dirigirlos hacia Adriana, y acto seguido, el rayo cayó a unos centímetros de distancia de ella. Maldición. Me concentré de nuevo. Esta vez no fallaría.
En el momento en que pretendía acabar con ella, tres cosas sucedieron. Uno, Adriana abrió los ojos. Dos: Damon regresó. Tres: Me empujó a tiempo suficiente como para que fallara de nuevo... por suerte para ella. Este habría sido su fin. Menos de un segundo después, ya estaba con Adriana de nuevo en mis manos. Ella estaba muy molesta, pero eso la hacía más descuidada de lo que normalmente era, así que no tenía ni una mínima oportunidad contra mí. Dentro de todo el descontrol de la lucha, no noté que Damon venía de nuevo hacia mí, y cuando me alcanzó pudo por fin apartarme por completo de Adriana.
—¡Ya basta! ¡Deténganse! —gritó. —Ya basta de peleas. —Quería ignorarlo. Quería correr hacia esa perra y arrancarle la cabeza con mis propios dientes, pero no podía moverme. Dirigí mi mirada a Damon. Maldita sea. Coacción. No podía moverme. Y al parecer ella tampoco. —Adriana no es nada comparada contigo, Paolo. Tienes la experiencia en lucha que cualquier vampiro milenario desearía, y tú sabes que es cierto.
—Conozco un par de personas que afirmarían que yo soy mucho más sexy que él. —susurró Adriana, con una expresión claramente indignada en el rostro. Sin embargo, pude escucharlo, y sabía a lo que se refería. De no haber sido porque Damon me tenía bien sujeto, y porque su poder era malditamente fuerte, ya estaría sobre ella de nuevo.
—Escúchame bien, zorra. Has tenido suerte por mucho tiempo. De no ser porque Damon siempre te salva, no estarías respirando en este momento. Estarías ardiendo en el infierno. —dije, entrecerrando los ojos. Mi ira no había disminuido ni un poco. Intenté moverme de nuevo, y aún no lo conseguía. Sin embargo, podía ver cómo le daba ligeros tirones a la concentración de Damon. Probablemente en este momento tendría dolor de cabeza. Bien. Podía ver que Adriana iba a responderme, pero fue interrumpida.
—Primero que todo, Adri, ¿para qué viniste? —preguntó Damon, poniendo un tono imparcial. Como si fuese un adulto lidiando con dos niños pequeños.
—Solo pasaba a saludar. —dijo, de manera "inocente", aunque lo cierto era que a leguas se podía decir que su inocencia era completamente falsa. Sentía que hervía por dentro. Me reí de forma amarga.
—Si claro, recuerda mis palabras, perra. Puede que la próxima Damon no esté cerca para mantenerme alejado, y yo no tendré ni una pizca de compasión. —dije, en el tono más amenazante que he utilizado nunca.
—Yo no necesito tu compasión ni la de nadie, maricón estúpido. —dijo gritando, y con tono de burla. En ese momento exacto, la concentración de Damon fluctuó un poco, lo que permitió que me liberara de su agarre el tiempo suficiente para ir hasta Adriana y darle una bofetada muy fuerte. Su piel pálida quedó un tanto enrojecida, pero al cabo de unos pocos segundos, todo rastro del golpe había desaparecido.
—Paolo, ¡es suficiente! Tu sexualidad no es un secreto para nadie. —dijo Damon, tratando de defender lo indefendible. Me indignó mucho que tomara esa posición, y de no haber sido porque había retomado el control sobre mí, lo habría abofeteado también.
—¿Estás de su parte? —pregunté incrédulo. —Ella lo empezó todo. Y sabes que no me refiero a esto. Sabes que se lo está buscando. —Pude ver a Damon hacer una mueca. Sabía que mis ojos debían estar más rojos que nunca en este momento.
—Paolo... —Empezó a decir, pero no lo dejé terminar.
—Solo vete y déjame ir Damon. Te conozco. Nunca dejarás de estar de su lado. —Me decepcionaba, la verdad. Él siempre había tenido una debilidad por Adriana, y pensé que su amor por Clari había hecho que ésta cesara. Quería matar a alguien en este momento.
—Paolo, no seas dramático. Cálmate un poco. La alejaré de aquí, y eso es todo. ¿De acuerdo? —Giré los ojos a modo de respuesta, y acto seguido, sentí mi cuerpo librarse del control de Damon, al tiempo que veía que se había ido, arrastrando a la perra con él.
—Paolo, ¿a dónde está yendo Damon con Adriana? —preguntó Clarissa sorprendiéndome, con un tono de voz bajo y débil.
Probablemente eso fue lo único que vio.
***
Holaaa lectores! Espero que estén muy bien. Aquí les dejo un nuevo capítulo, esta vez narrado por Paolo, el cual, si se me permite decirlo, es uno de mis personajes favoritos de toda la historia.
Pronto tendrán otro capítulo de Pacto Eterno, ya que me estoy tomando el tiempo de avanzar un poco más en "Nacidos para la Eternidad" antes de publicar de nuevo.
En multimedia tienen un GIF que me encantó y que en mi mente representa ese beso que se dieron Miguel y Paolo el cual es descrito como el más "tierno, apasionado y excitante" jiji
Espero les haya gustado el capítulo. Por favor no se olviden de votar y comentar c:
Los amo mucho <3
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