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Capítulo 25: La recién llegada

Clarissa

Había pasado mucho, y en muy poco tiempo. Había pasado poco más de un mes desde la muerte de Christopher, y aunque cuando lo recordaba aún me dolía profundamente, había aprendido a sobrellevarlo, y la verdad es que Damon tenía mucho que ver con eso. Tal vez algún día podría recordar un poco de mis vidas pasadas, pero la verdad era que notaba que cuando Damon me miraba, me veía a mí y solo a mí; no a quién sea que pude haber sido en el pasado. Y lo amaba un poco por eso.

Hacía varias semanas no entrenábamos, con todo lo que había pasado eso había quedado en un segundo plano. Esta era una noche fría, pero hermosa. En el día había llovido bastante, y ahora el cielo estaba despejado y lleno de estrellas… todo un espectáculo para mis ojos. Como siempre, nos veríamos en la plaza. Desde antes de todo lo sucedido con Christopher no había podido ver a Paolo, y la verdad lo extrañaba con locura. Cuando llegamos, no me costó ni un poco divisarlo. Su cabellera platinada siempre lucía genial bajo las estrellas. Noté que también tenía un poco de delineador negro que acentuaba notoriamente sus ojos.

Damon y yo veníamos caminando juntos, sonriendo, y como ya se había hecho una costumbre, estábamos tomados de manos. Cuando Paolo nos notó ir hacia él, su cara no reflejo ninguna sorpresa ante este gesto de cariño, pensé en pasarle un mensaje mental, pero luego recordé que él no podía leer la mente. Quería mostrarle todo lo que había sucedido, pero la verdad, el que no pudiese hacerlo de este modo era algo bueno, ya que la historia merecía ser contada. Nos tomamos nuestro tiempo para llegar hasta él, solo para torturarlo un poco, pero cuando por fin lo hicimos, él solo nos miró a ambos y se rio burlonamente.

—No quiero sonar pedante, pero vamos, admítanlo. Yo tenía razón. Se los dije. Nunca me equivoco. —dijo en tono cantarín, casi saltando de emoción. Damon sonrió y me miró con ternura.

—Han pasado muchas cosas que ni siquiera sé por dónde empezar. —Paolo giró los ojos y sonrió.

—Pues por el principio, tontito.

—Pues el asunto con todo esto es que creo que estoy un tanto encaprichado con esta chica. Probablemente haya lanzado alguna clase de hechizo sobre mí, no lo sé. Pero te aseguro que hubo alguna interacción demoníaca. —Le di un golpe juguetón en el hombro, sin poder evitar sonreír. —Paolo, no me preguntes cómo lo sé, porque ni yo estoy muy seguro de la respuesta a eso. Pero no me cabe ninguna duda de que Clari es Cassey. —Paolo abrió mucho los ojos, y su boca cayó un poco también. Sí, entendía el sentimiento.

—¿QUÉ? ¿CÓMO ES SIQUIERA POSIBLE?

—No tengo la más mínima idea. —contestó Damon sin apartar los ojos de mí ni por un segundo.

—Bueno niña, eres una especie de milagro. —dijo Paolo, un tanto titubeante. Solté una carcajada, y Damon igual.

—Eso es justo lo que es. —dijo el hermoso espécimen a mi lado, sin parar de reír. —Bien, empecemos el entrenamiento. —Paolo dio un pequeño salto, de repente estaba listo para la acción.

—Bien… ¿por dónde empezaremos? Ustedes, tórtolos, deben estar algo oxidados.

En realidad, creí que porque ahora Damon y yo éramos… algo, los entrenamientos serían un poco más suaves, o al menos lo pensaría un poco para lanzarme a metros de distancia apenas tenía la oportunidad, pero la verdad es que me había equivocado. Probablemente ahora eran incluso peores.

Practicando la parte defensiva no pude hacer nada contra Damon. Siempre lograba anticipar todos mis movimientos y tumbarme, o “matarme” en el proceso. A Paolo prácticamente no pude tocarlo practicando la ofensiva, aunque eso no era nada nuevo. Paolo era malditamente bueno. Y Damon… pues prácticamente me arrastró por todo el parque. Tenía todo mi cabello lleno de arena y pasto. Demonios. Cuando por fin terminó la tortura, me senté en el suelo con las piernas cruzadas, para dejar que mi cuerpo descansara un poco. Damon se acercó y me miró desde arriba, con una sonrisa sarcástica en su rostro.

—¿Qué sucede novata? ¿Pensaste que te lo dejaría fácil ahora? —preguntó en tono burlón.

—Nunca podría pensar tal cosa de ti. —le dije sonriendo. Él me devolvió la sonrisa, dio media vuelta y se alejó un poco caminando, con las manos en los bolsillos y mirando al cielo, sin dejar de sonreír en ningún momento. Estaba tan absorta mirándolo que no noté que Paolo estaba junto a mí hablándome, hasta que me dio un codazo en el costado, un poco más fuerte de lo necesario a mi parecer.

—Entonces, ustedes pequeños… ¿cómo les va? —dijo, extendiendo sus piernas, apoyándose sobre sus manos, y levantando las cejas de forma sugestiva. Sonreí.

—Bien, la verdad es que nos estamos conociendo mejor cada día, así que… bastante bien, podría decir.

—Te lo dije, niña. —dijo carcajeándose un poco, luego su semblante se puso algo serio y melancólico en lo que miraba a Damon deambular por el parque. —Sé que Damon luce fuerte. Luce como una roca. Como si fuese irrompible, pero no es así. Él es frágil. Tiene debilidades. La más grande siempre fue Cassey. Lo que le hizo lo ha estado consumiendo durante los último cuatrocientos años, pero ahora que descubrió que tú eres ella… —Suspiró nuevamente y sacudió su cabeza. —Solo fíjate. A leguas puede notarse que es más feliz. —dijo, haciendo un ademán hacia él, con una sonrisa algo triste en su rostro.

Lo miré, y sí… podía decir que sí se veía mucho más feliz. Además de los ojos color ámbar, los cuales ahora solían poblar sus facciones, tenía una especie de brillo interno que brotaba de él e iluminaba todo y todos a su alrededor. Él estaba más feliz… y yo también.  El solo mirarlo y verlo así, me hizo sonreír. Paolo suspiró nuevamente y me miró sonriendo. Sabía que estaba feliz por nosotros.

—Y… ¿qué opinas sobre mi cabello? —preguntó.

—¿Qué tiene tu cabello? —pregunté confundida. La verdad, era que no notaba ninguna diferencia. Paolo lució falsamente ofendido.

—¿No lo notas? Me hice unos reflejos. —Miré un poco más de cerca, y sí. Ahí estaban. Para el ojo humano posiblemente serían imperceptibles.

—Oh, ¡claro! Lucen geniales, acentúan el color de tus ojos. —Paolo me miró orgulloso.

—Lo sabía. —susurró él, sonriendo. —Bien… creo que ya fue suficiente entrenamiento por hoy. Quiero darles algún tiempo a solas, estoy seguro que lo aprovecharan bien. —me dijo en voz baja en lo que nos levantábamos del suelo y nos dirigíamos a Damon, que seguía absorto mirando al cielo estrellado. —Me voy ya, cariños míos. Hoy veré a Miguel y estoy retardado. Quiero mostrarle mi nuevo cabello. —Nos guiñó un ojo, y en menos de un segundo, estaba fuera de nuestra vista.

Al irse, casi inmediatamente, Damon se puso frente a mí con una de sus sonrisas picaras que tanto me encantaban. Yo también le sonreí. Se acercó a mí poco a poco. Cerré los ojos y esperé el beso, que a pesar de que ya se me hacía un poco normal recibirlos, siempre me ponía un poco ansiosa. Esperé unos segundos, pero el beso no llegó. Cuando abrí los ojos, Damon estaba sentado en el césped, mirándome, mientras se burlaba de mí. Me reí, y me senté a su lado, justo antes de darle un empujón. Nos reímos un rato antes de simplemente disfrutar el silencio.

—¿Qué tal el entrenamiento de hoy, novata? —me susurró en el oído, rozando un poco sus labios con mi piel, causando que sintiera un poco de cosquillas. Me alejé un poco y arqueé una ceja.

—¡Oh vamos! Ya no soy una novata. —Él solo soltó una carcajada.

—Claro que lo eres. El que seas malditamente hermosa no significa lo contrario. —dijo, sin dejar de reírse, y con un tono pícaro. Yo giré los ojos y lo miré.

—Odio que me digas novata. —dije, tratando de lucir triste.

—Lo sé, cariño. —dijo acercando su rostro a mi cuello nuevamente. Su piel contra la mía liberaba una descarga eléctrica por todo mi cuerpo. Podría estar de esta manera por siempre.

—¿Y bien? —dije con dificultad; siempre me era difícil pensar con claridad cuando él estaba cerca.

—No pienso detenerme. —dijo, aun contra mi cuello, con su aliento tocando mi fría piel. —Es bastante entretenido verte enojada, y haciendo una rabieta. —Suspiré de forma exagerada y tomé su cara entre mis manos.

—Eres incorregible. —Él sonrió.

—Pero así me quieres, pequeña. —dijo en tono seductor.

—Eso… es lo peor. —Damon simplemente giró los ojos, me tomó por la barbilla, y plantó un beso suave en mis labios.

Ese beso se convirtió en dos, y en tres. A medida que los besos aumentaban, su intensidad también, pasando de ser solo dulces, a un poco más hambrientos. De alguna manera, éste siempre se había sentido como nuestro lugar. No sabía cómo había sido la historia de Damon con Cassey, no sabía lo que ella había sentido por él, ni siquiera sabía si de verdad compartíamos la misma alma, lo único que sabía era que yo, Clarissa Fournier, estaba totalmente enamorada de él.

Damon colocó su mano en la parte de atrás de mi cabeza, pegándome aún más a él. Yo sabía por qué hacía esto. Yo sabía lo que quería, y yo lo quería también. Siempre buscaba provocarme, y siempre lo detenía, pero esta vez, solo esta vez… iba a dejarlo continuar. Él pareció notar que no oponía resistencia, así que apretó fuerte mi cabello.

Nuestros labios se amoldaban perfectamente. Más que nuestros labios, nosotros mismos encajábamos perfectamente. Sus labios, pasaron a mis mejillas, y de allí a mi cuello. Intentaba estar alerta; sabía que estábamos a plena vista, así que intentaba captar cualquier olor que se acercara, pero en definitiva bajé la guardia porque resulté por completo sorprendida cuando una voz nos interrumpió.

—¡Oh vamos, chicos! No sé si lo han notado, pero esto es un espacio público. —dijo una voz femenina; mitad en serio, mitad en broma. No reconocía la voz, y la verdad es que no había captado su olor. Damon dejó de besarme con dificultad, apretó el césped fuertemente, y levantó el rostro para dirigir a la chica que había hablado una mirada matadora. Sin embargo, al cabo de unos microsegundos, su expresión cambió de enojo a reconocimiento. La chica estaba a unos buenos veinte metros de distancia, pero en menos de un segundo, Damon ya se había levantado y había corrido junto a ella para abrazarla. Yo aún seguía un poco atontada debido a los besos de Damon. Estos siempre me dejaban un poco afectada.

—¡Oh Dios! ¡Cuánto tiempo! —dijo Damon, sonriéndole.

—Sí, algunos años. —dijo la chica, en tono despreocupado.

La chica era notoriamente baja, hasta el punto que Damon debía inclinarse un poco para abrazarla; posiblemente solo medía un poco más que un metro y medio. Sin embargo, podía decir que ese era su rasgo más “humano”. Su cabello oscuro caía en delicadas ondas hasta la parte baja de su espalda; éste, a pesar de ser oscuro, parecía reflejar de manera perfecta la luna. Simplemente tenía algo que lo hacía diferente. Sus ojos eran bastante grandes, con pestañas naturalmente largas. Sus labios eran perfectos, no muy carnosos ni muy finos. Pero el color de sus ojos en definitiva fue lo que más llamó mi atención, ya que el color ámbar hacía contraste contra su piel algo pálida, con lo cual ya estaba algo familiarizada. Ella hablaba entusiasmadamente con Damon, y prestando un poco de atención, fácilmente se podía notar un acento… alemán, quizás. El cual ella trataba, inútilmente, de ocultar, por alguna razón que no entendía.

—¿Qué has estado haciendo en todo este tiempo? —preguntó Damon tomándole las manos y sonriendo. Ella le sonrió de regreso.

—Tú sabes… más de lo usual. Cantar, bailar, modelar, pintar. —dijo la chica, haciendo un gesto despectivo con su mano y jugando un poco con su cabello. Luego, ella rodó un poco la mirada y pareció notar que no me había ido. Lucía un poco decepcionada. Bien. —Damon, creo que tienes una pequeña cola pegada a ti. ¿No vas a presentarme? —dijo, con una sonrisa bastante hipócrita en su rostro. Tuve el impulso repentino de borrarla sin más. Me levanté, y me acerqué a ellos, tomándome mi tiempo. Cuando estuve a menos de un metro de distancia, noté que esta chica no era tan baja como pensaba, pero sí era más baja que los vampiros que conocía. Sus ojos estaban a la altura de mi barbilla.

—Claro, por supuesto. —dijo Damon sonriendo, y por primera vez en el tiempo que llevaba conociéndolo, lucía un tanto apenado. Se colocó a mi lado, y rodeó mi cintura con su brazo. Pude ver a la chica seguir la trayectoria del brazo con sus ojos, y hacer una ligera mueca de desagrado al ver el gesto. —Adriana, ella es Clarissa Fournier, mi novia. —La expresión de Adriana, que aunque era de molestia, era estable, cayó por solo un momento. Se las arregló para lucir normal casi en seguida, pero yo lo había notado. —Clari, ella es Adriana Kotler. Una vieja… ¿amiga? —dijo, ahogando una risa, la cual ella correspondía, obviamente compartiendo una broma que yo no entendía. Extendí mi mano, buscando estrechar la de ella, pero Adriana solo la miró, luciendo divertida. Al cabo de unos segundos, la bajé, apenada. Ella me miró, examinándome, luego regresó su mirada a Damon.

—¿Amiga? ¿Estás seguro que es así como quieres llamarme? No sabía que te divertías tanto con tus “amigas”. —dijo, arqueando una ceja y sonando divertida. Sabía que ese comentario había sido para mí. No es como que me importara; no esperaba que Damon fuese virgen… aunque ciertamente nunca había esperado conocer a ninguna de sus “experiencias” anteriores.

—Sí, bueno, eso ya es pasado, Adri. —dijo, restándole importancia. Adriana apretó los dientes de manera casi imperceptible, y forzó una sonrisa hacia mí.

—Y… cuéntame, ¿cómo conociste a esta… chiquilla? —Era bastante irónico que utilizara esa expresión, tomando en cuenta que tenía que bajar la mirada para verla a los ojos. Damon respiró profundo y pasó una mano por su cabello.

—Yo la convertí. —Eso pareció llamar su atención de manera notoria. Giró su mirada hacia mí y la mantuvo.

—¿Qué la hizo tan especial? —Podía ver que intentaba que sus ojos no se tornaran rojos, pero estaba fracasando épicamente.

—Hubo algo distinto en ella, en ese momento no supe qué era pero… —Ella giró hacia él de nuevo, y sonrió de manera felina.

—Y déjame adivinar, ese algo es la causa de que sean una hermosa pareja en este momento.

—Es parte de la causa. Trataré de hacer la historia corta, ¿recuerdas a Cassey? —preguntó Damon, apretando su agarre en mí por alguna razón. Adriana se notó alerta, pero solo sonrió y bufó.

—Claro… ¿cómo olvidarla? La perra con estilo. —dijo con indiferencia, bromeando. La verdad, incluso me pareció gracioso el comentario, pero pude sentir a Damon tensarse a mi lado, y por el cambio en su postura, ella también. En seguida levantó sus manos en forma de rendición, antes de que Damon dijera nada. —De acuerdo, bien, tranquilo tigre. La recuerdo, seguro. Pero, ¿ella qué tiene que ver con esto?

—Bien, porque… conoces cómo acabó todo con ella; estoy seguro de que también conoces las leyendas acerca de la reencarnación, y bien… Clari, de alguna manera, es Cassey. Estoy seguro de eso. —Adriana solo abrió los ojos, notablemente sorprendida. Me di el lujo de sonreír con satisfacción hacia ella.

—¿En serio? Cassey vivió hace algunos siglos, y ella… pues… aún puedo oler su parte humana. —dijo, de manera bastante despectiva. Damon solo sonrió, aunque la sonrisa no llegó a sus ojos.

—Sí, es bastante… reciente. No sé cuántas veces pudo haber reencarnado. Es algo ciertamente extraordinario. —dijo, con un poco de dolor en su tono de voz. Ella solo asentía, con aire un poco ausente. Yo me sentía como una rata de laboratorio. De repente, se hizo un silencio notoriamente incómodo.

—Bien, me parece que soy la que sobra, así que me voy… nos veremos pronto —dijo ella, con un tono algo incómodo, pero con la última frase le hizo un pequeño guiño a Damon del cual se despidió con un beso en la mejilla; a mí simplemente me hizo un además en la mano. Damon la vio caminar, meneando su voluptuosa cadera a ritmo humano, hasta que desapareció de nuestra vista, y solo entonces volteó a mirarme. Lo corté antes de que pudiese decir cualquier cosa.

—Cuéntame. —dije suspirando y preparándome psicológicamente.

—¿Qué cosa, cariño? —preguntó, con aparente inocencia.

—Tu historia. La historia con la señorita “me creo muy sexy”. —dije en tono algo despectivo.

—¿Para qué quieres saberla? —preguntó divertido, yo enarqué una ceja y lo miré.

—Ahora que evitas mi pregunta, deseo saberla aún más. ¿Debería estar celosa? —pregunté acercándome a él de manera sugestiva. Con esto, Damon lució aún más divertido. Soltó una carcajada y me apretó a su lado.

—No nena, para nada. Tú sabes bien que te amo. —dijo. Esto me dejó un poco en blanco. Muy pocas veces lo había escuchado decírmelo y aún causaba un cosquilleo en mi interior cuando lo hacía. Su cara estaba a solo centímetros de la mía, lo cual no me permitía pensar demasiado bien. Sabía lo que estaba haciendo, y no lo dejaría pasar tan fácilmente.

—Bue… bueno. Yo también te amo. —Intentaba concentrarme, pero sus ojos color ámbar opaco me lo dificultaban considerablemente. Me alejé un poco, saliendo de sus garras, sacudí la cabeza y pude enfocarme en lo que quería saber. —Entonces, basta de rodeos. Cuéntame tu historia con… ¿Adriana? —dije, restándole algo de importancia a su nombre. Él suspiró, dándose por vencido al fin; echó su cabeza hacia atrás y luego me miró.

—Bien, la historia es algo larga. —dijo. Yo asentí, y me senté en el césped, haciéndole una señal para que se sentara junto a mí. Él se sentó y me pasó el brazo por los hombros, apretujándome contra él. Sentía que me estaba preparando para algo no muy bueno. —Bien, yo tenía dieciséis años, y ella era una de mis vecinas, yo aún era humano. No éramos amigos ni nada parecido, pero ciertamente sabía de su existencia. No notarla era algo muy difícil. Decir que no era hermosa sería una mentira, pero desde que conocí a Cassey, solo tuve ojos para ella. —Me estremecí un poco ante la mención de Cassey, pero él no pareció notarlo, y yo no estaba muy segura de por qué lo había hecho. —Después que me convirtieron… doscientos cincuenta años aproximadamente, la encontré de nuevo. Sólo estaba vagando sin rumbo aparente, y ahí estaba.

»Ella me enseñó muchas cosas acerca de cómo ser un vampiro, que a pesar de mi ya avanzada edad, aún no conocía. Fuimos grandes amigos por alrededor de sesenta años, y después comenzamos a salir… o bien, más que salir lo que hacíamos era… “divertirnos”, por decirlo así. Pero nuestra relación siempre fue muy superficial, había grandes cantidades de sexo, pero nunca fue nada más que eso, al menos para mí.

»Siempre sentí que Adriana fue una etapa de superación a Cassey, era el clavo que sacaba el otro clavo. Cuando me enteré de cuáles eran sus sentimientos por mí, me sentía mal… sabía que nunca llegaría a nada ni remotamente cercano a lo que llegué a sentir por Case, ni lo que ahora siento por ti.

»Fuimos “novios” por un año aproximadamente, lo cual en tiempo vampiro es prácticamente un respiro. Y… bien, tuvimos que terminar. No podía seguir con ella de esa manera sabiendo que en realidad solo la deseaba y nada más. Sin embargo, fue una ruptura bastante limpia, sin resentimientos ni nada por el estilo.

»Ella regresó a Alemania, y yo fui a Australia con Paolo, a ahogar las penas como tantas veces antes. Yo había conocido a Paolo gracias a Adriana; eran grandes amigos. Nunca supe muy bien qué fue lo que sucedió, pero su amistad se fue a la mierda, y ahora se odian por completo. Después de estar en Australia por una temporada, me propuse a viajar lo más posible. Fui a Holanda, vine aquí a Francia, fui a México, volví a mi querida Rusia por una corta temporada, y luego volví aquí hace poco más de un año, y bien… ahora Adriana está aquí también.

—Vaya historia. —le dije, tratando de procesar más de trescientos años de información resumidos en unas pocas palabras; él sonrió.

—Sí. Supongo. —dijo, algo nostálgico.

—¿Y cuál es su habilidad? —pregunté, con auténtica curiosidad.

—Bueno… tiene una afinidad con el arte. No es una habilidad al estilo de un “súper poder”, pero es bastante notorio. Ella fue novia… o mejor dicho, amante casual de Picasso y le enseñó todo lo que sabía. Estuvo en las obras más grandes del mundo. Incluso, a lo largo de los años, ha logrado volverse famosa varias veces. Es realmente impresionante.

—¿Algo más? —pregunté.

—No lo sé. Con el tiempo puede que haya desarrollado algunas habilidades extra. Desde el siglo XIV ha pasado algún tiempo. —dijo encogiéndose de hombros con indiferencia, yo abrí mucho los ojos.

—¿Siglo XIV? ¿Cuántos años tiene? —pregunté sorprendida.

—Poco más de setecientos. —dijo de forma relajada. Yo gestualicé un “vaya”.

—Yo no me imagino viviendo siquiera cien años. —murmuré, más para mí misma.

—Sí… creo que yo tampoco lo imagino. —dijo Damon en tono burlón, sonriendo. Yo le di una mirada matadora.

—¿Algún día pretendes crecer? —pregunté, girando los ojos.

—No lo creo. Te ves hermosa cuando te enojas. —Quise aparentar estar molesta, pero no pude evitar sonreír. Damon miró al cielo y se puso de pie. —Debemos irnos, ya está saliendo el sol. —Suspiré. Nunca había odiado más al sol.

—¿De verdad debemos irnos? —pregunté, dándole una mirada sugestiva. Él solo sonrió de forma socarrona.

—Tranquila novata. Sé que soy sumamente hermoso, y que estar alejada de mí es una especie de tortura, pero créeme, la escuela, eventualmente, servirá para algo. —dijo, como si yo fuese solo una bebé. Giré los ojos nuevamente y le di un empujón un tanto juguetón en su hombro.

—Lo dudo seriamente, y tú… pues tienes el autoestima peligrosamente alta. —dije. Él se acercó a mí, con sus ojos fijamente enfocados en los míos.

—¿Ah sí? Pues dime que estoy equivocado. Dime que no te mueres por quedarte aquí conmigo a hacer… cualquier cosa. —No podía negarlo. Literalmente estaba intentando hacerlo, pero las palabras no salían de mi boca. No entendía qué estaba pasando, pero cuando miré la expresión burlona de Damon, me di cuenta. Estaba usando coacción para que no pudiese hablar. No era justo. Giré los ojos y simplemente dejé de intentarlo. —Lo sabía. —dijo con suficiencia. Él sonrió, se levantó, y antes de notarlo tenía en mis manos un uniforme. —Bien, cariño. Ahora me iré, y te recomiendo que hagas lo mismo si no quieres recibir un castigo. —Esto último lo dijo con esa sonrisa pícara en su rostro que me derretía por completo. Se inclinó para darme un dulce beso en los labios, pero no podía dejarlo ir tan pronto. Lo tomé por el cuello, y convertí ese beso en uno más largo e intenso.

Llegué a la escuela en solo unos segundos. Al llegar vi a Hillary, se veía un tanto solitaria, lo cual era una novedad. Desde que Damon y yo estábamos juntos, no tenía tiempo para mucho más. Además, últimamente trataba de evitar estar peligrosamente cerca de humanos, ya que aún no controlaba al cien por cien todo lo de la sangre. Sin embargo, me acerqué a mi mejor amiga. La extrañaba. Hablé unos minutos con ella, para tratar de ponernos al día, cuando de repente un silencio sepulcral inundó los pasillos. Miré a los lados, todo el mundo miraba hacia la puerta de entrada, así que seguí el rumbo de sus miradas.

—Hola nena. —saludó Adriana, de forma casual. No podía apartar mis ojos de ella, los cuales sentía tornarse color rojo.

Su sedoso cabello oscuro estaba recogido en una coleta alta. Tenía el uniforme de falda, dejando ver sus cortas, pero hermosas piernas. Su piel pálida parecía brillar bajo las opacas luces del pasillo. Cuando pasó frente a mí, me dio una mirada despectiva, sonrió de manera socarrona y siguió caminando… terminando así de hacer su entrada triunfal a mi escuela… que ahora también sería SU escuela.

Esto no podía ser cierto.

***
Hola, mis queridos lectores *o*
Como verán, en este capítulo aparece una nueva personaje, y quiero saber su opinión acerca de ella 
(En mi mente representada por Emeraude, la de la foto)
Qué opinaron de ella en esta capítulo?
AHORA, OTRO TEMA
En el capítulo anterior les comenté que escribiría otra cosa, solo mía (endrina), y que también sería de vampiros, y les quiero mostrar la portada *o*


Qué les parece? Los llama?
Dentro de poco subiré el prólogo. Ya lo escribí pero lo estoy retocando, así que en los próximos días lo verán montado, y me gustaría que pasaran por allí.
No tengo mas noticias para ustedes :3
Un beso!
Díganme que loes parecio el capiii *o*

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