Capítulo 1: Un ángel junto a mí
Paris, Francia
Abril del 2009
Clarissa
Me levanté muy temprano por la mañana, era un día soleado, por suerte, aunque eso no aseguraba que no hubiese una fuerte lluvia más tarde. El clima de París era muy impredecible en ese sentido. Me bañé y me puse el uniforme. Me miré en el espejo; todo parecía estar bien con mi aspecto, me encantaba tener mi cabello suelto, pero mi forma de llegar a la escuela era una pequeña motoneta que había recibido como regalo hacía algunos años, y la verdad era que conducir y tener todo el cabello en el rostro no era muy recomendable, así que simplemente me lo sujeté en una cola de caballo, y cuando llegué a la escuela lo solté y lo dejé para que cayera libremente sobre mi espalda.
Lo primero que hice al llegar fue buscar a mi mejor amiga Hillary. Siempre sabía dónde encontrarla, ya que era muy predecible, además de que la conocía desde prácticamente toda mi vida. Y aunque no fuese así, era fácil identificarla, ya que a leguas se podía ver su hermoso y rizado cabello rubio. A veces me daba algo de envidia porque, aunque mi cabello era de un color caoba que era bastante exótico, igualmente palidecía ante el dorado cabello de Hillary.
Estaba fuera de discusión que ella era mucho más atractiva que yo. Además de su cabello, era algunos centímetros más alta; tenía los ojos azul celeste; un cuerpo esbelto que nada podía ocultar, no importaba cuántas capas de ropa tuviese encima; unos dientes perfectos. Pero, por encima de todo, una personalidad agradable y tranquila, que era de lo que yo más carecía. Respiré profundo. Era mi mejor amiga y la amaba, pero algunas veces me gustaría obtener la mitad de la atención que ella obtenía. Traté de poner la mejor cara que podía y caminé hacia ella.
—Hola, Hill ¿Cómo estás?
—Bien, ¿y tú, Clari? —respondió, con una sonrisa que habría podido derretir a cualquier hombre que osara mirarla.
—Genial, como siempre. —contesté, con fingida suficiencia. En ese momento llegó Jason, el novio de Hillary. Él era agradable, también lo conocía desde que éramos niños, incluso llegué a tener una especie de enamoramiento por él hacía muchos años, cuando se vestía como una persona normal; siempre creí que no le hacía justicia a Hillary, ya que ella parecía una súper modelo, y él, un mendigo. Usaba los pantalones hasta las rodillas, las franelas enormes, incluso usaba de esos sombreros que suelen usar los delincuentes... en fin. Parecía un ladrón. Agradecía al cielo todos los días por el uniforme de la escuela, ya que por lo menos se veía obligado a vestirse de manera decente. Supongo que cuando me gustaba aún su madre lo ayudaba a vestir, pero ahora su guardarropa no parece tener ningún remedio, pero si Hillary lo quería de esa manera, por mí no había problema, a fin de cuentas, seguía siendo una buena persona.
—Hola, amor. —le dijo Jason a Hillary —Hola, Clari. —me saludó. Luego se volteó hacia Hill y le dio un largo beso en los labios, justo como si yo no estuviese allí. Hillary era mi mejor amiga y todo, pero tanta demostración de amor no iba conmigo. Solamente servía para recordarme todo lo que no tenía.
—Oigan, chicos, búsquense una habitación; esto es una zona escolar. —dije, solo medio en broma. Hillary se apartó de él, me miró y me dio una gran sonrisa en lo que se sonrojaba totalmente. Giré los ojos mientras me despedía de Jason con un ademán de la mano y la tomé del brazo para prácticamente arrastrarla hacia dentro.
La mayoría de las clases las teníamos separadas, y solo nos tocaba la primera hora juntas, así que esa hora la aprovechaba para acaparar lo más posible a mi mejor amiga. Entramos al salón y, como de costumbre, llegamos tarde. Dimos una excusa vaga, y proseguimos a sentarnos en nuestro asiento usual. La clase era bastante monótona, y me dediqué a garabatear cosas en mi cuaderno mientras me aburría como una ostra.
Después de lo que pareció una eternidad, cuando por fin terminó la hora, me despedí de Hillary y me dirigí a mi clase de educación física, la hora más esperada del día. No porque fuese una súper atleta resaltante en alguna disciplina deportiva ni nada por el estilo, si tuviese que describirme de alguna forma dentro del área, sabía que la palabra sería "mediocre"; amaba tanto esta hora por nuestro muy sexy profesor, Christopher. Debía tener a lo mucho veintidós años, y tenía unos músculos prominentes que casi me ponían a babear. Me gustaba dejar mi cabello suelto ya que era lo que más llamaba la atención acerca de mi físico. El uniforme de gimnasia era con pantaloncillos cortos, y había chicas que simplemente con sus hermosas piernas tenían de sobra para llamar la atención de cualquiera, yo solo contaba con un cuerpo más o menos decente, ojos verde jade, cabello de duende y toneladas de sarcasmo.
Me alegraba de que Hillary no estuviera en esta clase conmigo, ya que estaba segura de que ella se robaría todas las miradas. Sabía que me escuchaba como una perra celosa, pero el profesor dirigía casi toda la atención a mí por alguna razón, para variar, y eso me gustaba. Corrí hasta el vestidor y me puse el uniforme con rapidez, me dejé mi pelo suelto y me apliqué un poco de rubor. No mucho, pues quería que se viera natural, lo cual no era muy difícil ya que normalmente alrededor de él siempre estaba sonrojada. Fui corriendo y vi a Chris ahí sentado, tan perfecto como siempre. Estaba usando lo usual, una franela y un pantalón deportivo, aunque eso igualmente no dejaba mucho a la imaginación. Me acerqué, me paré a su lado y le di una gran sonrisa. Él me miró y se levantó tan cerca de mí como podía estar sin tocarme. Había terminado de darle clase a los de último año, así que estaba sudado, lo cual hacía que se le notaran aún más los músculos.
—Clarissa, llegaste temprano. —dijo, mientras tomaba una pequeña toalla y secaba un poco su rostro.
—Yo siempre llego temprano. —dije, en lo que me daba una de sus mejores sonrisas.
Estaba a punto de decirle algo más cuando llegó el resto de la clase. Mierda, pensé. Christopher se alejó al instante de mí y nos mandó a trotar un rato; yo lo hice sin muchas ganas. Luego jugamos un poco de baloncesto, en lo que apestaba totalmente. Lo que causó que a duras penas pudiese mantener el balón en mis manos por unos segundos, antes de que cualquier persona se me acercara lo suficiente como para ahuyentarme y, por consiguiente, quedarse con el balón. Cuando por fin terminamos, ya había acabado la hora de clase, así que me fui, pero luego se me ocurrió una idea. Respiré profundo y caminé hacia él como quien no quiere la cosa; no sabía cuál sería su reacción, pero igual lo hice, pues generalmente actuaba sin pensar, y sabía que no tenía nada que perder.
—Adiós, profesor. —Al decirlo, le pasé una mano por su musculoso pecho. Oh Dios, ¿Por qué era tan perfecto? Ya sabía que era un profesor, pero por coquetear un poco no pasaría nada, ¿cierto? Además, a él no parecía molestarle ni un poco mi actitud tampoco.
Cuando me quité la ropa sudada, me puse la falda del uniforme de nuevo. Para la mayoría de las personas al escuchar la palabra "uniforme" aparecía en su mente algo digno de un orfanato, pero la verdad la política de nuestra escuela con respecto a los uniformes era bastante genial, con solo decir que la falda era roja con cuadros de estilo escocés en negro; me coloqué la franela y encima el chaleco rojo vino con el logo de la escuela. La falda era bastante corta, por lo que dejaba ver perfectamente mis piernas que, aunque no eran perfectas, no eran nada horribles. Pensé que así al menos podría verme un poco más a la par de Hillary. Pero en el momento que la vi, me destrozó totalmente.
La política de uniformes manejada en la escuela nos daba opciones, había varios estilos de uniforme para no hacer sentir incómodo a nadie, así que podíamos escoger el que queríamos usar según nuestra conveniencia. Hillary se veía excepcionalmente bien. Traía puesto un simple pantalón negro y una franela blanca con el logo de la escuela; yo podría estar en traje de baño, y ella aún se vería mejor que yo. Esto me bajaba la autoestima casi todos los días, y sabía que debía haberme acostumbrado a esto desde hace algún tiempo, ya que no era nada nuevo. Hillary era la "chica bonita de la escuela" y yo era "la chica pelirroja amiga de la bonita". El resto del día pasó bastante rápido entre una clase aburrida y la otra. Tanto, que casi no me doy cuenta cuando ya estaba en mi motoneta de salida de la escuela.
No tenía ganas de ir a casa para aburrirme aún más; salir con Hillary para que se robara todas las miradas definitivamente no era una opción, ya había tenido mi dosis diaria de baja de autoestima, así que solo salí sola.
Fui a caminar un rato. Ya estaba cansada de ir a la plaza donde está la torre Eiffel, pero era un lugar bonito para pasar el rato al estar sola. Me bajé de mi motoneta y caminé sin rumbo fijo por alrededor de una hora, tratando de mantener mi cabeza en blanco, y fracasando por completo. Cuando ya estaba aburrida de autocompadecerme, regresé y me monté en la motoneta de nuevo para ahora sí ir a casa.
Iba más rápido de lo habitual, o eso creía, pero la verdad no me importaba mucho. Ese día de mierda me había dejado totalmente agotada, y solo quería llegar a casa a acostarme en mi cama para no salir jamás. Desvié la mirada un segundo para verificar mi velocidad, pero cuando volví a mirar a la carretera, vi que iba caminando una oveja con una lentitud asombrosa, aún estaba algo lejos, así que soné la bocina y aceleré un poco más con la finalidad de ahuyentarla. Hacer esto no sirvió de mucho, así que giré el manubrio para esquivarla, pero justo cuando hice eso, ella empezó a correr hacia donde yo estaba, chocando completamente contra el neumático delantero de la motoneta, lo cual me lanzó hacia delante unos diez metros; los segundos que duré en el aire, solté un grito desgarrador mientras veía la carretera acercarse cada vez más, hasta que por fin llegó el fuerte impacto.
El dolor era insoportable, sentía que todas las partes de mi cuerpo dolían. A duras penas abrí los ojos, y me viré para quedar de costado. Tosí un poco y sentí que me ahogaba. Cuando miré a la carretera, noté que cuando tosí había salido algo de sangre de mi boca. No era muy buena en biología, pero sabía que lo más seguro era que tuviese un severo daño interno, si ya estaba escupiendo sangre. El dolor aumentó hasta su pico, pero luego comenzó a desvanecerse, junto con mi consciencia.
Me costaba mantener mis ojos abiertos, creía que estaba desmayándome, o tal vez estaba muriendo. Con lo último que quedaba de mi fuerza, me giré para quedar mirando al cielo, y aunque comencé a ahogarme al instante, pude apreciar que era un hermoso día para morir. A pesar de que eran eso de las seis de la tarde, el cielo estaba despejado, sin una nube a la vista, y el sol brillaba en todo su esplendor.
Estaba bastante segura de haber muerto, porque recordaba haber visto un hermoso ángel de cabello castaño claro... o amarillo, no estaba segura; con unos ojos más negros que la noche cernirse sobre mí. Balbuceé unas palabras, no recuerdo cuales, aunque probablemente no fue nada, sino simplemente sangre saliendo de mi boca. El hermoso ángel se inclinó hacia mí y puso su rostro junto al mío. Todo era tan perfecto. Ya no sentía dolor. Mi cuerpo estaba totalmente dormido, solamente podía ver, y ya ni siquiera podía hacer eso muy bien. Mi vista se nublaba, y todo poco a poco se volvía negro.
Luego, antes de desvanecerme totalmente, sentí una ligera punzada en el cuello, la cual ardía un poco. Sentí como una chispa eléctrica recorría todo mi cuerpo anteriormente dormido; como una alarma ruidosa que despertaba a mis nervios de un sueño profundo.
Entonces regresó el dolor, más terrible que nunca.
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