El Callejón del Beso
El día de hoy te llevaré de la mano a Guanajuato, una ciudad de encanto colonial situada en un pintoresco valle rodeado por las montañas de la Sierra de Guanajuato. Su sobrenombre, "lugar de las ranas" de la lengua tarasca, se debe a que los primeros habitantes vieron en el terreno la forma de una rana.
La buena noticia es que no vengo a darte una clase de geografía ni mucho menos. En realidad tengo la intención de guiarte por los callejones empedrados que suben y bajan por la ladera para que de paso eches un vistazo a las arboladas plazas que están llenas de cafés al aire libre, museos, teatros, mercados y monumentos históricos.
¿Me creerías si te digo que estamos en la cuna de la Independencia de México? Ya tendremos tiempo de hablar de ello más adelante.
Guanajuato también es tierra de leyendas, de hecho es por esta razón que estamos aquí. El mejor sitio para evocarlas es una de las tantas venas de la ciudad: El Callejón del Beso. Es un pasaje tan estrecho que las parejas pueden besarse desde balcones opuestos. Si luego de escuchar la leyenda quieres quedarte, podemos unirnos a una callejoneada, o serenata a pie, dirigida por músicos estudiantes que, acompañados con guitarras, regalan delicias musicales a los ahí presentes y cuentan historias locales.
El Callejón del Beso toma su nombre de una leyenda de sabor trágico en la que se cuenta que Carmen era hija única de un hombre intransigente y violento. Varios jóvenes de la zona se sentían atraídos por la gracia juvenil de su espíritu y esa misteriosa aura que la rodeaba, sin importar la dureza del padre de la muchacha. Luis era uno de ellos, que la cortejaba con especial detalle en un templo cercano al hogar de la doncella.
Más temprano que tarde, el padre de Carmen recibió noticias del amorío de su hija y lleno de impulsos ciegos la sometió al encierro, la amenaza de enviarla a un convento, y lo peor de todo, casarla en España con un viejo y rico noble, con el que, además, acrecentaría el padre su mermada hacienda.
Carmen pasaba día y noche deambulando en su pieza como tigre enjaulando, preguntándose qué sería de Luis cuando no estaban juntos. Le causaba tanto deleite como dolor imaginarlo paseando a la sombra de los árboles. Se había vuelto verla enjugándose los ojos para espantar el recuerdo por su propio bien.
Llegó el punto en el que la bella y sumisa criatura y su dama de compañía, Doña Brígida, lloraron e imploraron juntas para que Dios o quien fuese le iluminase los ojos a su padre. Las plegarias nadie las escuchó nunca, así que antes de someterse al sacrificio, resolvieron que Doña Brígida llevaría una carta a Luis con las últimas noticias.
Por su parte, el enamorado también formulaba mil suposiciones sobre el estado de Carmen. Todos los días pasaba por delante de su casa con la esperanza de verla, pero no obtenía resultado alguno. Le parecía insoportable el transcurso de las horas sin tener nueva alguna de ella. Hasta que un día, luego de leer la carta de su amada, prestó atención a la zona donde ésta vivía. Notó que una ventana de la casa de Carmen daba a un callejón tan angosto que era posible, asomado a la ventana, tocar con la mano la pared de enfrente.
Su rostro se iluminó de pronto.
Si lograba entrar a la casa delante del balcón de Carmen, podría hablar con ella, y entre los dos, encontrar una solución a su problema. Preguntó quién era el dueño de aquella casa y la adquirió a precio de oro.
Hay que imaginar cuál fue la sorpresa Carmen, cuando, reposando en su balcón, se encontró a tan corta distancia al hombre que había anhelado ver por tanto tiempo. Desde ese momento se volvió ritual encontrarse en el sitio que pertenecía a ambos. La pareja compartía susurros amorosos y besos lentos que avivan cada vez más los sentimientos por el otro. Al finalizar su encuentro, Carmen retrocedía sin dejar de verlo y cerraba con cuidado las puertas de su balcón no sin antes regalarle una última sonrisa.
Días tras día Luis se sentía el hombre más grande de la ciudad, y paseaba con la barbilla en alto sabiendo que lo amaba una mujer excepcional. A Carmen en su casa se le notaba perdida en sus pensamientos, un tanto torpe en sus movimientos y más sonriente que nunca. En ese entonces ella no era consciente del recelo con el que la miraba su padre.
En un encuentro de tantos, tras haber acariciado el rostro del otro, los amantes dejaron el mundo de lado para concentrase en los sentimientos que se predicaban. Y cuando más abstraídos se encontraban, del fondo de la pieza se escucharon frases violentas. Era el padre de Carmen increpando a Brígida, quien se jugaba la vida misma por impedir que su amo entrara a la alcoba de su señora.
El padre arrojó a la protectora de Carmen, como era natural, e irrumpió en la habitación de golpe. La escena lo hizo aproximarse como toro, y con una daga en la mano, de un solo golpe la clavó en el pecho de su hija.
Luis enmudeció... la mano de Carmen seguía entre las suyas, pero cada vez más fría. En signo de despedida, haciendo un doloroso esfuerzo por ignorar la sangre que extendía por su pecho, le limpió la única lágrima que sus ojos habían derramado y ante lo inevitable, dejó un tierno beso sobre aquella mano tersa y pálida, ya sin vida.
Hoy día, los turistas visitan el famoso callejón y sellan su propio destino —uno muy diferente al de Carmen y Luis— besándose en el tercer escalón. Otros, lo más atrevidos, suben cada uno a los balcones y reviven la escena que un día conmovió a la ciudad de Guanajuato.
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