{Especial de Navidad}
Segunda Parte
Las personas reían y bromeaban mientras los platos con guarniciones pasaban de mano en mano. Comían y bebían en abundancia, disfrutando de la cena de Navidad.
Danielle se había sentado justo al lado de Logan. Compartía algunos de sus bocadillos con él, esperando que los probara y le dijera que tal estaban. Hubo una ocasión en que tuvo que ir por un vaso de leche, porque el picante estaba quemando la lengua del pobre.
Al cabo de un rato, la comida escaseaba en los platos, solo algunos pocos seguían disfrutando de un pedazo de carne. El resto se dispuso a conversar, bebiendo un poco más y pasando un buen rato.
Danielle charlaba animadamente con algunos de sus primos, ubicados al otro lado de la mesa, de vez en cuando su madre se sumaba a la conversación para luego volver con quien Logan suponía debía ser su hermana y algunas compañeras de trabajo.
Intentaba ser partícipe de la conversación, aunque se sentía un tanto excluido cuando las chicas comenzaban a hablar de moda. Por un segundo se sintió en los zapatos de Alice. Siempre se quejaba de que él y Dean hablaban de cosas de las cuales no siempre podía ser partícipe. Quería alguien para hablar de sus asuntos: asuntos de chica.
Un día se pusieron de acuerdo con Dean y decidieron cumplirle su deseo. Vaya que aprendió bastante, algunos temas resultaban entretenidos, aunque le aburría un poco hablar de ropa. No obstante, Alice los torturó el tiempo suficiente con temas extremadamente insufribles para ellos. Un poco por castigo y otro poco por diversión. Después de eso, les concedió el día libre. Desde entonces aprendieron a convivir bastante bien, tanto así que se consideraba un experto en ciertos temas.
Escucha atentamente la charla entre Danielle y dos de sus primas, cuando podía metía una broma o algún tipo de acotación para intentar hacerse en la conversación, pero no consiguió más que un par de risas o comentarios breves. Lo desplazan y Danielle parecía hacer lo mismo.
Buscó entretenerse con alguien más. Sus nuevos amigos estaban cerca de él; Josh era un tipo de lo más cómico que podía existir. Siempre estaba haciendo alguna broma o travesura, en cierta forma le recordaba un poco a Dean, aunque sus personalidades eran completamente opuestas.
Intentó unirse a la conversación pero más allá de uno o dos comentarios no se sentía completamente integrado.
Se reclinó en el respaldo de la silla, resopló frustrado, miró a su alrededor, observando con detenimiento las caras de los allí presentes.
¿Qué estoy haciendo aquí?, pensó. Nadie reparaba en él, a nadie le importaba su presencia. Podría haber optado por no asistir y nadie lo hubiese notado. Era como ese estilo de cosas que puedes vivir sin ellas, no son imprescindibles y si las tienes casi ni las usas.
Extrañaba a su familia. Se preguntaba qué estarían haciendo en esos momentos. A juzgar por la hora deberían estar comiendo el plato caliente. A su abuelo le gustaba mucho el "estilo restaurante": aperitivos, entrada, plato caliente y por último el postre.
Todavía no habías terminado la entrada y de solo pensar en el postre se te revolvía el estómago. Era demasiada comida, pero la sobremesa volvía las cosas más amenas, el tiempo volaba y para cuando venía el siguiente plato ya tenías hambre de nuevo.
Extrañaba las anécdotas de su abuelo, las quejas de su padre por no saber encender el fuego, su madre asignándoles tareas para que cooperaran en algo, mientras ella decía también ayudar cuando en realidad aprovechaba el tiempo para charlar con su cuñada. A sus hermanos; Lindsey mensajeándose todo el tiempo, buscando entre millones de accesorios el más adecuado para la ocasión. Al tiempo que Lucas divagaba por la casa molestando a todos, picoteando cualquier cosa de la parrilla o de la mesa de aperitivos.
Los extrañaba. Los extrañaba demasiado, y no importaba si solo Lucas había sido el único en enviarle un mensaje. No importaba cuán cortante podía sonar, los entendía. Comprendía el que estuviera molesto con él, porque en ese preciso instante él también estaba enojado consigo mismo.
¿Por qué tuvo la genial idea de quedarse con Danielle? Sí, era su novia pero, ¿tan importante era como para desplazar a su propia familia?
Cometió un grave error y ahora, por más que lo intentara, no podía viajar hasta donde sus padres.
La urgencia de verlos era más grande que cualquier otra cosa. Quería llorar pero no lo haría delante de todas aquellas personas, extraños para él.
Respiró hondo y una puntada en el pecho le robó el aliento. Se disculpó y le informó a Danielle que iría al baño.
Veía como el viento mecía sutilmente las copas de los árboles, como impactaba en su piel, pero por más que abriera la boca no lograba hacer que sus pulmones recibieron oxígeno. El aire se sentía viciado entorno a aquella mesa, llena de personas que no valían la pena, que no eran su familia.
Entró a trompiscones a la casa hasta perderse de vista en el comedor. Se mantuvo de pie gracias al respaldo de una silla. Sus oídos captaron el ruido amortiguado de las risas, opacadas por el estruendo de su propia respiración.
No soportaba estar allí ni un segundo más. Aquellas personas no significaban nada para él, al menos no para una fiesta tan importante como lo era la Navidad.
Subió a la habitación de Danielle por su chaqueta y billetera. Salió sigilosamente por la puerta delantera. El aire frío impactó en su rostro. Se detuvo un momento para inhalar, para sentirse vivo de nuevo. Se sintió bien por al menos un instante.
No estaría tranquilo hasta salir de la propiedad.
Dio grandes zancadas hasta llegar a la acera y desde allí enfiló hacia el centro. Solo cuando estuvo a varias manzanas de distancia se sintió relajado, a gusto. Estaba algo nervioso por lo que pensaría Danielle, por cómo reaccionaría ante su sorpresivo escape. Aunque curiosamente, en el fondo, no le importaba. ¿Qué más daba? Amaba estar a su lado, mas no en una ocasión como esa.
Estuvo bastante rato con ellos, así que no había nada de lo que ella pudiera quejarse.
Tenía una idea fija en mente: regresar a casa. Sabía que allí no habría nadie, pero era preferible eso a estar rodeado de gente hipócrita. Sin embargo, al llegar a la estación de autobús se encontró con que no saldría ninguno hasta por lo menos las ocho de la mañana. No podía esperar tanto tiempo. No quería estar más en ese lugar.
Tomó asiento en una banca de la estación, frustrado, enojado consigo mismo por sus decisiones estúpidas. ¿Qué se supone que haría? ¿Quedarse allí toda la noche?
Prefería eso a quedarse con Danielle, quien por enésima vez volvía a llamarle.
Hacía dos horas que se había ido de su casa y desde entonces no paraba de llamarlo. Solo una vez decidió escribirle para decirle que estaba bien y que pensaba volver a su casa. Desde entonces los mensajes y llamadas se volvieron insufribles. Tuvo que poner el celular en vibrador porque ya no aguantaba más la estridente música que sonaba cada vez que era Danielle.
Supuso que intentaría buscarlo, aunque en el fondo lo dudaba. No obstante, se paseó por algunas estaciones, un poco para ver si alguna tenía un transporte disponible, y otro poco para que ella no lo encontrara.
Estaba cansado, desganado. Ya no quería caminar más.
Así no era como había planeado pasar la navidad.
Se sentó en una banca a las afueras de una de las estaciones de autobús. Enfrente, los restaurantes estaban abarrotados de personas.
Sentía que estaba dividido. Al otro lado de la calle todo era felicidad, risas. Las luces navideñas brillaban y le daban al lugar un toque de calidez. En cambio, allí donde él se encontraba, ni las luces podían hacer puja contra las sombras que se cernían sobre él.
Su corazón cada vez se agrietaba más, estaba a nada de ver el abismo. Temía caer en él, perderse...
Se abrazó a sí mismo para reconfortarse, para recordarle que no estaba solo. Cerró los ojos y se permitió llorar.
Su celular volvió a vibrar en su bolsillo. Maldijo tan fuerte que se mordió la lengua y miró hacia la acera de enfrente, esperando ver algún rostro que lo mirase con desconcierto. Para su alivio nadie parecía haberlo escuchado.
Ya hacía rato venía ignorando las llamadas de Danielle, pero esto era insostenible. Sacó su teléfono, listo para hablarle y decirle todo lo que pensaba.
Estaba bien. Quería estar solo. Volver a su casa. ¿Tan difícil era entenderlo?
Sin embargo, su mal humor se vino abajo y dio paso a la melancolía.
Entre las miles de llamadas de Danielle, entre los cuatrocientos mensajes que le había dejado, aquel sobresalía entre todos.
Su garganta comenzó a arderle de pronto, tragó para aliviar la sensación pero se encontró con un bulto gigantesco. Éste hacia presión, provocando que de alguna manera sus ojos se empañaran.
Pese a todo lo que había pasado, a todo lo que había hecho... ella siempre estaba ahí.
—Alice.
🎄🎄🎄
El garaje de su abuela se había convertido en una bodega de bebidas después de que decidiera vender el viejo auto de su difunto esposo. La misma contaba con una amplia selección, la mayoría escogida por ella y el abuelo de Alice a lo largo de toda su vida juntos. Otra parte fue traída por sus hijos, quienes siempre le regalaban suculentos vinos para disfrutarlos en épocas navideñas.
James y Travis caminaban a la par de Alice, cada tanto pisaban sus sandalias y la hacían tropezar. Tenían miedo, nunca les gustaba entrar a ese lugar porque decían parecía la guarida de un asesino en serie.
—¡Au! ¡Travis! Eso duele.
—Fue James —se excusó el pobre.
—¿Por qué no pueden comportarse como hombrecitos?
—¿Estas de broma? —chilló Travis con los ojos bien abiertos—. Este lugar da miedo. No puedes simular valentía en un sitio como éste.
Alice rodó los ojos e hizo una mueca divertida.
—¿Qué tiene de malo? El lugar está completamente despejado. —Con sus manos enseñó el enorme espacio, mostrando las estanterías que enmarcaban las paredes a los costados—. Nadie puede esconderse detrás de los estantes. Además, está la puerta del garaje, si algo llegara a ocurrir podrían escapar por ahí.
Los pequeños asienten cada vez más convencidos, titilando en sus ojos una pizca de alivio. Poco a poco se atrevieron a alejarse de su prima y recorrieron el lugar leyendo las etiquetas en voz alta, riéndose de alguno de los nombres.
—Tengo uno, ¿encontraron los otros?
—¡Yo tengo el vino! —vociferó Travis, señalándolo con su pequeño dedo regordete. Alice se aproximó y lo bajó de lo alto de la estantería.
—¡Encontré el espumante!
—Bien hecho —sonrió la joven y bajó la botella—. ¿Me ayudan?
Los niños asintieron complacientes, pero antes de recibir las botellas salieron disparados hacia la salida, riéndose a carcajadas. Alice corre tras ellos lanzando regaños, se sentía como su tía y eso no le agradaba.
Abrió la puerta de la cocina con el codo y jaló la puerta con la nariz. Una de las botellas se le resbaló pero logró devolverla a su lugar con la pierna.
—¡Ya van a ver! ¡Cuando me pidan trufas no se las haré!
—Alice. —Su madre apareció en la cocina con una mirada bastante extraña. Lo asoció al hecho de haberla encontrado en aquella situación; dos botellas en la mano y otra resbalándosele bajo el brazo.
Se acercó rápidamente y tomó el vino de debajo del brazo y la botella de champagne.
—Gracias, má —dejó la otra botella sobre la isla de granito. Su madre se unió a ella. Quería decirle algo pero no sabía cómo hacerlo—. ¿Qué pasa?
—Hay alguien ahí fuera —dijo, dibujando una media sonrisa en su cara.
Lo primero que se le ocurrió fue Dean. No, era imposible. ¿Qué haría él ahí?
Caminó a paso rápido hasta la puerta de entrada. La emoción a la vuelta de la esquina. Se adentró en la sala y a pocos pasos de la puerta se detuvo en seco.
Logan estaba parado en el porche, observando el horizonte. Al escuchar sus pasos se volteó y le regaló una dulce sonrisa.
—Hola.
—¿Qué haces aquí? —logró articular después de unos breves segundos.
—Recibí tu mensaje...
Alice le observó en silencio. Su mente intentaba recordar cuáles fueron las palabras exactas que escribió.
"A pesar de todo lo que hemos pasado, a pesar de los roces que hemos tenido este año, te sigo considerando mi mejor amigo. El chico con el que puedo contar cuando estoy triste, cuando necesito a alguien que me dé su opinión al momento de las compras, alguien con quién competir. Ese eres tú, mi mejor amigo... mi otra mitad. Que tengas una muy Feliz Navidad.
Pido como mi obsequio verte una vez que vuelva a casa. Te quiero, Alice."
—Yo... Yo no quise esperar a llegar a casa. Necesitaba verte ahora. Necesitaba ver a la persona con quien puedo contar cuando mi mundo se desmorona.
Vislumbró un destallo surcar los ojos de Logan. Fue rápido y difuso, tanto que dudaba sobre ello, pero su mirada brillosa le daba la pauta de que no se había equivocado.
Corrió hasta él, Logan se adentró un par de pasos antes de que Alice lo envolviera por los hombros y lo estrechara contra sí. Percibió los brazos de él rodeándola por la cintura, ciñéndola con fuerza para no dejarla escapar. Logan enterró la cabeza en el hueco del hombro y cuello de Alice, donde un mechón de cabello descansaba, y se echó a llorar después de haberlo contenido tanto tiempo.
Al principio, Alice no se dio cuenta, pero su respiración entrecortada y sollozos lo delataron.
—¿Logan...?
—A nadie le importo —Se lamentó entre lágrimas, las palabras se atoraron en su garganta—. Nadie piensa en mí. Fuiste la única... La única a pesar de todo.
—¿De qué hablas? —Se apartó lo suficiente para verlo a la cara, para ella poder encontrarse con aquellos ojos inyectados en sangre, en agonía—. Tu madre me llamó diciendo lo mucho que te extrañaba.
—¡Pero no me llamó a mí!
—¿Qué? —Arrugó el ceño ante la confusión—. Me dijo que te habían enviado un mensaje, incluso Dean lo hizo.
Logan frunció el entrecejo y se hizo levemente hacia atrás, sin apartar las manos de su cintura, de la seguridad y calor de su cuerpo.
—Yo no recibí nada.
—¿El tráfico? —intentó pensar en una razón lógica—. En estas épocas es difícil que un mensaje llegue a tiempo.
—¿Entonces ellos sí me escribieron? ¿Si les importo?
—¿Cómo puedes pensar lo contrario? Lo eres todo para tus padres. Para tus hermanos; ellos también te quieren, como lo hacemos Dean y yo.
Logan se quedó inmóvil procesando sus palabras. Una sonrisa asomó en las sombras de su rostro, la esperanza brilló en sus ojos adoloridos. Se cernió sobre Alice y la abrazó con fuerza.
Si Danielle podía sedar sus emociones, Alice podía transformarlas en algo mucho mejor.
Tenerlo así de cerca provocó que el corazón de Alice se acelerara. Lo apretó con fuerza, respirando su aroma, el calor que irradia su cuerpo. Se sentía justo como en los viejos tiempos, incluso mejor. ¿Por qué no podía ver cuánto lo amaba?
Esta era la prueba de cuán dañina podía llegar a ser la relación entre Logan y Danielle.
—¡Alice, postre! —gritó Travis al entrar a la sala.
Ambos jóvenes se separaron. El pequeño se volvió de piedra, boquiabierto.
—Ese... villano. —Su postura se relajó, sus ojos entrecerrados en finas rendijas, su voz como la de todo un superhéroe.
A su lado, Alice percibió como el aura de Logan cambiaba. Lo vio inclinarse hacia adelante, apoyando las manos sobre sus rodillas. Adoptó la misma pose que su sobrino, pero su voz era más profunda y ronca.
—Super T. ¿Cuánto tiempo ha pasado de nuestra última pelea?
—¡Siempre triunfará el bien, malvado! —alzó un puño al aire, Logan dio un paso al frente soltando un gruñido. El pequeño gritó de emoción y salió corriendo.
Ambos se echaron a reír.
Al fin alguien que servía para entretener a los traviesos.
Se encontró con la mirada de Logan observándola. Una tierna sonrisa asomando en sus comisuras.
—Te extrañé, Alice.
—Yo también. —Le devolvió la sonrisa—. ¿Postre?
—¿Pastel helado?
—Con confites.
—¡Claro!
Los fuegos artificiales bañaban de colores el cielo nocturno. La Navidad había llegado por fin, y el brindis de medianoche no se hizo esperar. Alzaron sus copas e hicieron tronar el cristal al chocarlas.
Logan no se separaba de Alice ni un segundo, era como si cuanto más tiempo estuviera con ella, más feliz se sentía. Todo cambiaba cuando ella estaba a su lado.
Si tuviera que cambiar algo de aquel día habría sido el de pasar la Navidad junto a Danielle. Se hubiera quedado en Los Ángeles, sí, pero para estar junto a su mejor amiga.
Estuvieron al menos unos treinta minutos observando el espectáculo pirotécnico. Cuando los fuegos comenzaron a menguar decidieron que ya era hora de entrar. Las tartaletas de mousse de chocolate esperaban dentro.
Subieron las escaleras del porche hasta que Logan colocó un brazo a modo de barrera enfrente de Alice, sorprendiéndola.
—Lamento lo del pastelillo —su voz apenas un hilo—, fue una estupidez. No sé en qué estaba pensando. ¿Me perdonas?
Alice ladeó la cabeza y examinó sus ojos: estaba hablando con el corazón, era él mismo, sus propias palabras, no las de esa arpía.
—Está bien. Admito que sí me molestó, pero no te preocupes, ya me acostumbré a comprarlo a medias con Dean.
Logan asintió con una mueca de dolor. Se suponía que esa era su tradición, algo de ellos dos, y por una simple estupidez lo echó todo a perder.
—Descuida —apoyó una mano en su hombro y lo percibió temblar bajo su contacto—, no te odio. Jamás podría odiarte. Solo pido un poco más de... respeto. Soy una persona, no una cosa.
—Si vuelvo a hacer algo así, te doy permiso de que me golpees.
Alice emitió una carcajada seca.
—Pues será mejor que no vuelvas a hacer algo así. Piensa por ti antes de hacerlo.
Hablar de Danielle siempre era un tema complicado, y ahora las cosas con ella estaban a flor de piel. Estaba pasando un maravilloso momento junto a él, no quería estropearlo gracias a esa idiota. Tal vez una indirecta serviría de algo, al menos parecía pensarlo.
—Lo haré. Pero supongo que si me vuelvo ese cretino de nuevo, tú... tú tienes el poder de hacerme cambiar.
Sus mejillas se tornaron rojas. Esperaba que él no se diera cuenta de ello. Los pocos fuegos que quedaban tiñeron su rostro de colores.
Logan esbozó una sonrisa. Elevó la mirada al cielo para ver el espectáculo por encima de sus cabezas. Sin embargo, su rostro empalideció para luego adquirir una tonalidad carmesí. Alice alzó la mirada, confundida, descubriendo finalmente lo que conmocionó a Logan: muérdago.
Al bajar la mirada él ya estaba viéndola, lucía como un niño avergonzado.
—No tenemos por qué hacerlo. —Sus palabras le borraron la sonrisa—. Me parece que a Danielle no le gustará si llega a enterarse.
—No tiene por qué enterarse.
Alice quedó inmóvil mientras veía como Logan se inclinaba lentamente. Tan solo un puñado de milímetros separaban sus labios.
Lo anhelaba, anhelaba con toda su alma besarlo. Pero no era correcto.
Apartó el rostro y el beso de Logan terminó estampado en su mejilla. El joven se mostró perplejo, dolido por su acción. Alice agachó la cabeza para ocultar sus sentimientos.
—Sé que es un juego, pero tienes novia y no creo que esté bien hacerlo.
Subió los dos últimos peldaños, unos dedos se aferraron a su muñeca y la jalaron hacia atrás. Logan subió hasta donde ella, sus ojos despidiendo fiereza.
—Al diablo con Danielle.
La tomó por sus mejillas y le plantó un tierno beso en los labios. El mismo apenas duró unos pocos segundos, pero la carga sentimental fue inexplicable.
Alice luchaba por oxígeno, mientras Logan le miraba divertido. Él también lo había disfrutado. Eso le dio un mínimo de esperanza a ella.
Atesoraría esa Navidad por el resto de su vida. Y sabía que él también lo haría...
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Espero que les haya gustado este especial. Disfruté mucho haciéndolo ♥
¡Un beso enorme!
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