capitulo 7: La llamada de Gustav.
El aire en el sótano era espeso, cargado con una fina capa de gas que lo volvía, casi que de manera asfixiante. Las paredes de concreto grueso, sin ventanas y reforzadas, absorbían cualquier sonido externo, haciendo del lugar un refugio cerrado, sin escape. Unos paneles de metal se alineaban en el techo, y la única iluminación venía de débiles luces parpadeantes, proyectando sombras inquietas sobre el piso pulido de cemento.
En un extremo de la habitación, una estructura simulaba un entorno urbano cerrado: paredes de madera y metal que formaban pasillos estrechos, esquinas ciegas y lugares de escondite, como un laberinto donde cada rincón podía ocultar a un oponente. Era aquí donde los gemelos se cazaban el uno al otro, deslizándose con sigilo mientras las alarmas sonaban desde los parlantes estratégicamente colocados en las paredes. Ese estruendo constante era parte de su entrenamiento, diseñado para desorientarlos y obligarlos a agudizar su oído.
Iván se movía en silencio entre las sombras, midiendo cada paso mientras trataba de anticipar el próximo movimiento de Irina, que permanecía oculta, y lo vigilaba desde un ángulo casi invisible. Podía oír los ecos de sus pasos, leves y casi imperceptibles, entremezclados con el ruido metálico de las alarmas.
-Te mueves demasiado -se escuchó la voz de Irina, burlesca, deslizándose en el aire denso.
Él apretó los labios, sin responder, decidido a no perder la concentración. La niebla ligera que se extendía en el ambiente volvía todo más difuso, pero Iván sabía que debía dejarse guiar por su oído. Sentía el peso del cuchillo de práctica en su mano, esperando el momento en que pudiera usarlo.
Un disparo resonó desde el otro extremo de la sala. Iván sintió la descarga de la bala de práctica en el hombro, un toque que, aunque inofensivo, le recordó la puntería de su hermana. La vio apenas un instante, un segundo , donde la silueta borrosa de Nina desaparecio al otro lado de la sala ocultando su presencia con el humo.
-Vas a tener que esforzarte más, hermanito -bromeó Irina, con su voz tan afilada como su precisión.
Iván esbozó una sonrisa. Sabía que ella lo superaba en armas de fuego, pero el combate cuerpo a cuerpo era su especialidad. Respiró hondo y se concentró en los ecos de sus pasos, y en el leve olor a pólvora que flotaba en el aire cargado, casi imperceptible, oculto en la peste del humo que lo rodeaba.
No podía confiar en su nariz esta vez. Estaba limitado a su visión y su oído.
Se detuvo un segundo y con calma empezó a calcular su avance, acercándose por el costado. Cuando estuvo a punto de alcanzarla, una de las alarmas chilló más fuerte, inundando la sala de un ruido ensordecedor. Un solo paso en falso y un leve suspiro bastó para delatarlo, y en un parpadeo, Irina se giró, apuntándole para bloquear su paso.
-¿Quieres otro disparo? -preguntó con una sonrisa de triunfo.
Iván levantó las manos, fingiendo rendirse, pero, en un movimiento rápido, intentó arrebatarle la pistola, confiando en la sorpresa. La batalla continuó en ese espacio cerrado, ambos en sincronía perfecta, adaptándose a las distracciones de las alarmas y el gas.
Fue en ese momento que Mikael, cruzó el umbral de la puerta, observándolos con sus ojos críticos, brazos cruzados, evaluando cada error y acierto.
-Ya basta, los dos -ordenó con un tono severo-. Iván, te falta mucho. Si quieres dominar el silencio, debes seguir el ejemplo de tu hermana. En el muelle perdiste la ventaja por un solo error. Aquí no puedes permitírtelo, por que si fallas aquí, fallarás allá afuera. ¿Comprendes?
Iván asintió, aunque con cierta frustración. Sabía que el entrenamiento de su tío era estricto por una razón. Cada segundo en ese lugar cerrado era una lección, y aunque Mikael no lo demostraba, quería que ambos aprendieran a pulir sus habilidades.
Mikael permaneció en silencio unos segundos, observando a Iván con una expresión que mezclaba desaprobación y paciencia. Finalmente, se acercó y lo miró directamente a los ojos, como si quisiera leer sus pensamientos.
-¿Y bien, Iván? -preguntó con voz grave-. ¿En qué momento perdiste la ventaja?
Iván, aún recuperándose del último intercambio con Irina, dudó antes de responder. Había sido un error sutil, pero suficiente para costarle la victoria.
-Cuando me sobresale y debido a eso me acerqué demasiado rápido -murmuró, bajando la mirada un instante, aunque sin perder la compostura.
Mikael asintió, cruzando los brazos.
-Exactamente. Te precipitas y piensas que con fuerza basta -recalcó, su tono serio, sin perder la calma-. Pero la fuerza sin control no sirve en un entorno cerrado. Si revelas tu posición antes de tiempo, has perdido.
Hizo una pausa, mirando también a Irina.
-Ambos tienen talento, pero la disciplina es lo que transforma el talento en verdadero poder -continuó, su mirada recorriendo el espacio reducido de la sala de práctica, como si reviviera sus propios años de entrenamiento-. Cuando estás en una situación como esta, donde la visibilidad es limitada, tu prioridad es convertirte en una sombra. Un ruido equivocado, una respiración fuera de ritmo... cualquiera de esos detalles te puede delatar.
Mikael dio un paso hacia el centro de la sala, señalando los parlantes y la ligera capa de gas que flotaba en el aire.
-Estos elementos están aquí para enseñarte a confiar en tus otros sentidos. Olvídate de la vista cuando no es una opción. Escucha y siente. Cada paso, cada movimiento, debe ser calculado, como si tu vida dependiera de ello. Porque en un combate real, lo hará.
Iván y Irina asintieron, absorbiendo cada palabra. Mikael, notando que los tenía completamente atentos, se acercó a Iván y le indicó con un gesto que volviera a levantar su cuchillo.
-Ahora, vamos a intentarlo de nuevo, pero esta vez no vas a lanzarte sin pensar. Quiero que escuches cada sonido que hace Irina, cada mínimo desplazamiento. Sé más paciente. Si estás desesperado, ya has perdido. Debes sentir el momento justo para atacar.
Iván asintió, ajustando su postura. Sabía que Mikael no le permitiría escapar de este aprendizaje sin mejorar.
Luego se dirigió a Irina, con una leve sonrisa.
-Y tú, tampoco eres perfecta -le dijo, manteniendo su tono firme-. La precisión es buena, pero la confianza puede traicionarte. Te apoyas demasiado en tu puntería, pero si te fallara, ¿qué harías? Nunca confíes ciegamente en una sola habilidad. Conviértete en una luchadora completa, capaz de adaptarse.
Irina sostuvo la mirada de Mikael, asintiendo con un respeto casi desafiante.
-Sí, tío -respondió, manteniendo su compostura. Sabía que su habilidad con las armas era su orgullo, pero Mikael siempre insistía en que debía aprender a combatir en todas las circunstancias.
Mikael dio un último vistazo a ambos, evaluándolos.
-Una última cosa. El combate no se trata de ganar siempre... sino de resistir y adaptarse a cualquier situación. Siempre habrá un oponente más fuerte, más rápido o más hábil. Pero si aprenden a mantener la calma y a no dejarse llevar por la adrenalina, tendrán la ventaja, incluso contra el rival más peligroso.
Se alejó unos pasos, indicándoles con un gesto que retomaran el entrenamiento.
-Muy bien, desde el inicio -ordenó, su tono de nuevo severo-. Irina, prepárate para moverte sin depender de tu arma. Iván, encuentra el equilibrio entre fuerza y paciencia. No quiero errores.
Mikael observó a los gemelos un momento, luego, con una calma que solo los soldados curtidos en combate poseen, extendió las manos hacia ellos.
-Entréguenme esas armas de práctica -les ordenó.
Iván e Irina intercambiaron miradas, sin cuestionarlo. Con una precisión casi instintiva, le entregaron las armas falsas que habían estado usando. Mikael rebuscó en una vieja caja metálica colocada junto a la pared, sacando un par de cuchillos auténticos y un arma de fuego cargada. El brillo del acero y el peso del arma real hicieron que el ambiente, ya denso, se volviera aún más tenso.
-Si quieren aprender a combatir, lo harán como si la vida les fuera en ello -dijo, con el tono serio y calculador de alguien que entendía los riesgos y, al mismo tiempo, los aceptaba. Depositó el arma en manos de Irina y el cuchillo en las de Iván-. La falsa seguridad de los entrenamientos termina aquí. Si se distraen, si fallan... se van a arrepentir.
Iván asintió, sosteniendo el cuchillo con una mezcla de cautela y determinación. Irina, por su parte, ajustó su agarre en el arma de fuego, sintiendo el peso real y la responsabilidad que conllevaba.
-Empecemos -dijo Mikael, sin darles tiempo a procesar el cambio.
Los gemelos retomaron la práctica, más enfocados y calculadores que antes. Irina avanzaba con pasos ligeros y precisos, sabiendo que cualquier error ahora sería peligroso. Iván, consciente de la distancia, trataba de acercarse a su hermana sin que ella pudiera apuntar con el arma de manera efectiva. Ambos parecían moverse como sombras en un campo minado, sus sentidos al máximo, cada paso tan calculado como una jugada de ajedrez.
De pronto, el sonido del teléfono alámbrico interrumpió el tenso silencio del sótano. Mikael, sin quitarles la vista de encima, caminó hasta la zona externa del cubículo de práctica y descolgó.
-¿Sí?
La voz al otro lado de la línea era inconfundible: Gustav, con su tono despreocupado y sarcástico.
-Mikael, viejo amigo, espero que no estés demasiado ocupado aterrorizando a tus sobrinos -bromeó Gustav-. Tengo una pregunta. ¿Estarían interesados en un pequeño trabajo?
Mikael arqueó una ceja, manteniendo la calma.
-Depende del tipo de "pequeño trabajo", Gustav.
Gustav soltó una risa corta antes de continuar, como si estuviera disfrutando prolongar el suspense.
-Ah, ¿dónde quedó la emoción? Te diría que se trata de algo sencillo, pero sabes que nunca lo es. Digamos que tengo un... par de clientes incómodos que me gustaría ver "despedidos".
Mikael sonrió de lado, manteniendo la compostura, pero con un leve brillo de interés en los ojos.
-Define "despedidos".
-No te preocupes, amigo. No se trata de ensuciarse las manos esta vez. Solo necesito un par de ojos atentos y una demostración de fuerza, algo que mis propios empleados no pueden manejar sin que metan la pata -contestó Gustav con tono despreocupado-. Pero ya sabes, esos favores siempre pueden hacerse bien remunerados.
Mikael giró la vista hacia Iván e Irina, quienes aún se movían en silencio, manteniendo su entrenamiento sin bajar la guardia, tal como él les había enseñado. La situación parecía encajar perfectamente en sus métodos.
-Dales los detalles a ellos -contestó finalmente, cediendo el teléfono al alcance de sus sobrinos-. Les vendrá bien un poco de "experiencia práctica"
Irina tomó el teléfono que Mikael le acababa de extender. Este termino por resbalarse ligeramente por la palma de su mano sudorosa. El esfuerzo del entrenamiento aún corría por su cuerpo, sus respiraciones seguían algo aceleradas, y el sudor le caía por la nuca mientras se ponía de pie, recuperando la postura. La luz tenue del sótano se reflejaba en las gotas que cubrían su piel. Pero su mirada estaba fija, decidida, a pesar del agotamiento.
A lo lejos, Iván no dejaba de observarla con atención, jugueteando con su cuchillo con la calma que lo caracterizaba. Aunque sus ojos no se apartaban de su hermana, su mente no perdía ni una palabra de la conversación, atento a cualquier detalle. A un costado, Mikael permanecía reclinado en una silla, con los brazos cruzados, con el rostro inmutable. Comprendia que no intervenir, al menos no hasta que las cosas se pusieran más complicadas.
Irina, sin perder tiempo, alzó el teléfono hacia su oído y, con un tono firme y cortante, rompió el silencio.
-¿Cuándo y dónde? -preguntó sin rodeos, casi como si fuera una orden, sin esfuerzo alguno.
Al otro lado de la línea, la voz de Gustav respondió, burlona, como siempre.
-¿Así de directa? -bromeó-. ¿No se te olvida algo, Irina? Primero, deberías saludarme.
Ella permaneció en silencio un segundo, el tono no era ni cordial ni frío, simplemente era ella. Su paciencia se agotaba rápidamente con las bromas, pero sabía que Gustav no era un hombre que aceptara órdenes sin más.
-Hola, Gustav -dijo, secamente.
Gustav soltó una ligera risa, disfrutando de la interacción.
-Bien, ahora que hemos sido educados... Nos veremos en la Biblioteca Nacional de Baesia. Está a mitad de camino entre ustedes y yo. Allí te daré los detalles.
Irina asintió, aunque él no podía verla.
-Así será. -Corto, eficiente, sin más palabras.
Sin esperar a que Gustav añadiera algo más, colgó el teléfono con la misma precisión con la que había contestado. La tensión de la conversación aún permanecía en el aire cuando Iván, desde su lugar, preguntó con voz baja, como quien no quiere hacer ruido pero no puede evitarlo.
-¿Y cuánto nos va a pagar?
Irina, sin girarse ni un centímetro, lo ignoró por completo, sus pensamientos ya en el trabajo que se avecinaba. No le interesaba el dinero en ese momento; lo único que quería era cumplir con lo que Gustav había pedido. Era el primer trabajo fuera de la órbita de Mikael, y aunque la idea de involucrarse con otros no la emocionaba, sabía que era necesario.
Mikael, observando la escena, dejó escapar un leve suspiro. A pesar de que los gemelos eran buenos, a veces se olvidaban de lo esencial: la calma. Pero este trabajo era el primero de muchos, y sin duda alguna les traería más que simples riesgos.
Horas más tarde
La tarde comenzaba a teñirse de tonos anaranjados, morados y rosados, pintando el cielo de Araxia con un destello cálido que contrastaba con la imponente fachada de la Biblioteca Nacional de Baesia. Uno de los pocos edificios que había sobrevivido a la gran guerra de hacia solo 50 años atras.
Gustav, se encontraba apoyado contra la puerta de su auto negro. Encendió un cigarro, dejando que el humo escapara en finos hilos al ritmo de su respiración. La calle bulliciosa alrededor parecía ignorar su presencia, pero él se mantenía atento, con los ojos entrecerrados mientras observaba el ir y venir de la gente.
A su lado, Leo, su joven asistente de, miró con cierta inquietud cuando aquel viejo hombre encendió el cigarro.
-¿No estaba dejando eso, jefe? -murmuró, con cierto tono de preocupación.
Gustav soltó una carcajada breve, un sonido áspero que se mezcló con el rugir del tráfico y las voces de la personas que aún inundaban las calles.
-¿Y perderme uno de los pocos placeres que quedan? No me hagas reír más, Leo -respondió, mientras lanzaba una bocanada de humo que se desvanecía lentamente en el aire.
Leo se forzó a sonreír, aunque su mirada delataba su desaprobación. Por un momento, la conversación se detuvo, y el silencio fue rellenado por el crepitar del cigarro y los murmullos distantes. Fue entonces cuando Leo, incapaz de contener su curiosidad, habló de nuevo.
-¿Jefe, y estos nuevos? ¿Quiénes son? ¿Por qué ellos y no alguien más? ¡Tu sabes los muchachos de siempre!
Gustav, con una chispa de diversión en los ojos, se tomó su tiempo antes de responder. Levantó la vista y señaló con la barbilla hacia la avenida, donde una figura se destacaba entre las demás.
-Pronto lo entenderás Leo, es más mira bien, que ahí viene uno de ellos -dijo, sin apartar la vista del recién llegado.
Iván se acercaba con pasos firmes, pero sin dejar de revisar los alrededores con la vista. Al llegar, Gustav levantó la mano en un saludo despreocupado.
-¡Iván, justo a tiempo! -dijo con un tono de bienvenida que llevaba una sutil mezcla de expectativa y humor-. Y la pequeña gruñona, ¿dónde...?
No terminó la frase. Puesto que un golpecito en la cabeza lo interrumpió y lo hizo volver la vista hacia arriba. Ahí, sentada en el techo del auto, Irina hojeaba un libro, apenas alzando la mirada cuando todos voltearon hacia ella.
-¿Buscándome? -soltó Irina, con un destello en sus ojos y una voz que resonaba más como un desafío que como una pregunta.
Leo dio un respingo y su mano se movió inconscientemente hacia su costado, como si buscara un arma que no estaba allí. Gustav, aunque impresionado, no pudo evitar que una sonrisa se asomara en sus labios al ver la habilidad sigilosa de la joven. El cigarro en su mano tembló apenas, pero se mantuvo firme.
Iván, que ya estaba frente a Gustav y Leo, dejó escapar una risa ligera y sacó de su chaqueta una pequeña botella de refresco que lanzó con un movimiento rápido hacia Irina.
-Veo que los has asustado -dijo con una sonrisa.
Irina atrapó la botella en el aire con facilidad y una sonrisa socarrona se dibujó en su rostro. Dio un sorbo, manteniendo la mirada fija en Gustav.
-Y, bueno. Señor patrón. ¿Qué trabajo nos tiene a nosotros que no puedan hacer sus "valientes hombres"? -dijo, lanzando una mirada rápida y evaluadora hacia Leo, quien aún lucía desconcertado.
Gustav soltó una risa áspera y, tras un último vistazo a su cigarro, lo dejó caer al suelo y lo apagó con la suela de su zapato. Sacó de su chaqueta un pequeño fajo de fotografías y se las tendió a Irina.
-Estos tipos -dijo, señalando las imágenes de varios hombres de aspecto peligroso-. Se han vuelto un problema constante en el norte. Llaman demasiado la atención de la policía y, como ya imaginarán, eso complica otros negocios.
Irina observó las fotografías con atención, reconociendo algunos rostros vagamente familiares. Gustav continuó:
-Uno de ellos ha empezado a contrabandear Regenix, así que si logran interrogarlo y sacar información sobre cómo, con quién y dónde la consigue, mataremos dos pájaros de un tiro.
Iván, aún con una sonrisa, preguntó:
-¿Y cuánto ganaremos por esto?
Gustav lanzó un pequeño rollo de billetes hacia él. Iván lo atrapó al vuelo y lo examinó rápidamente.
-Un adelanto. Lo demás lo verán cuando el trabajo esté hecho -dijo Gustav, con un brillo calculador en los ojos.
Iván levantó la mirada y preguntó, esta vez más serio:
-¿Necesitamos encargarnos de los cuerpos también, o te encargarás tú?
Leo fue el que intervino, con tono firme:
-Nosotros nos encargaremos de eso. Sin rastros, sin preguntas.
Iván asintió, guardando el adelanto en su chaqueta, y lanzó otra pregunta:
-¿Podemos quedarnos con lo que encontremos?
Gustav soltó una carcajada y se encogió de hombros.
-Todo lo que encuentren es suyo.
Irina, sin apartar la vista de las fotos, preguntó:
-¿Dónde exactamente podemos localizarlos?
Gustav miró hacia el oeste, pensativo por un momento antes de responder:
-Empiecen por El Mirador de Eryon, al noroeste. Se les ha visto por allí hace poco.
Los gemelos asintieron al unísono, y tras un breve intercambio de miradas, se giraron para encaminarse hacia su destino. Las sombras del atardecer se alargaban tras ellos mientras dejaban a Gustav y a Leo observándolos desde la distancia.
-Interesantes muchachos, ¿no? -murmuró Leo, más para sí mismo que para Gustav.
El viejo mafioso sonrió y encendió otro cigarro.
-Ya lo verás, Leo. Ya lo verás.
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