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Capitulo 6: El gato negro.

El Gato Negro era un restaurante discreto y acogedor en los suburbios de Valderia, al norte de la ciudad, bordeado por el vasto parque nacional de Araxia, con árboles cuyas copas se mecían bajo el cielo nocturno. El local, aunque no moderno, ofrecía una mezcla de elementos contemporáneos y detalles tradicionales. La luz tenue de las lámparas colgantes y el suave murmullo de las conversaciones creaban un ambiente de refugio seguro para los que lo frecuentaban. En una pared cercana al fondo, una vieja televisión emitía las noticias nocturnas, visible desde donde los gemelos estaban sentados.

Irina e Iván, con sus mochilas descansando sobre el respaldo de sus sillas, tomaban sorbos de sus cafés, atentos a lo que se transmitía en la televisión. Las imágenes del muelle, iluminado por las luces parpadeantes de las patrullas y rodeado por cintas amarillas, llenaban la pantalla.

"-En otra actualización sobre los eventos recientes en el muelle de Porto Este, se confirma el hallazgo de múltiples cuerpos -anunció el presentador, un hombre de cabello oscuro y traje impecable, con un tono de voz grave y profesional-. Según fuentes policiales, se encontraron marcas de calor que sugieren actividad de Paganos, lo que refuerza la teoría de que se trata de un acto de violencia orquestado por estos individuos."

Iván entrecerró los ojos y desvió la mirada hacia su taza, mientras la voz del presentador continuaba, cada palabra provocando un nudo en el ambiente del restaurante.

"-Aquí, en el estudio, tenemos al experto en seguridad y ex coronel Héctor Alvanis. Díganos, coronel, ¿qué significa este hallazgo para la seguridad de nuestra ciudad?"

La cámara cambió a un hombre mayor, con expresión severa y ceño fruncido.

"-Es simple, debemos entender que los Paganos representan un peligro inminente para la estabilidad de nuestra sociedad. La evidencia encontrada, no es más que una prueba fehaciente de que utilizan sus habilidades para desestabilizar y sembrar el caos en la población. La única solución a esta problemática es identificarlos y asegurarlos para proteger a los ciudadanos de esta comunidad."

Irina mantuvo su vista fija en la pantalla, su mandíbula tensa. Un murmullo incómodo se extendió por el local, interrumpido solo por el sonido del canal cambiando de repente. Gustav Korvan, el dueño del restaurante, un hombre robusto de barba entrecana y ojos llenos de astucia, bajó el control remoto y se dirigió a los gemelos con una sonrisa cálida que pretendía aliviar la tensión.

-Chicos, me alegra verlos -
-dijo, su voz profunda se mezcló con el murmullo del lugar mientras se sentaba frente a ellos-. ¿A qué se debe esta visita tan especial?

-Hoy venimos nosotros en lugar de Mikael -dijo Iván con una sonrisa, apoyando los brazos en la mesa mientras su voz relajada se mezclaba con el bullicio del restaurante-. Ha estado un poco ocupado con su trabajo de investigador privado estos días. Así que pensamos echarle una mano.

Gustav soltó una carcajada, su pecho vibrando con la risa profunda y sincera.

-¿El viejo Mikael, ocupado? -bromeó mientras movía la cabeza en señal de incredulidad-. Parece que al fin ha dejado de ser ese viejo gruñón que se atrincheraba en la cabaña. Me sorprende que los haya dejado salir sin su supervisión. Hace como dos primaveras desde la última vez que los vi por aquí, y esa vez lo traían pegado a los talones.

Iván se echó a reír, contagiado por el humor de Gustav.

-Cierto, y esa vez casi se pelea con un cliente porque se puso a discutir sobre política -respondió Iván con un tono juguetón, recibiendo un bufido divertido de Gustav.

Irina, más seria, desvió la mirada hacia las mesas cercanas, asegurándose de que no hubiera oídos curiosos demasiado cerca.

-Gustav, ¿hay un lugar un poco más privado donde podamos hablar? -preguntó, inclinándose un poco hacia adelante para que su voz fuera un susurro entre ellos-. No creo que este sea el mejor lugar para discutir sobre los negocios de siempre.

El rostro de Gustav cambió, dejando de lado la broma para mostrar comprensión. Asintió, sus ojos pasando por el restaurante antes de indicar con un movimiento de la cabeza hacia la puerta lateral.

-Claro, pueden pasar al cuarto trasero. Dame un segundo y me uno a ustedes.

Iván e Irina intercambiaron una mirada, entendiendo que era momento de poner las cosas en marcha. Mientras se levantaban y se dirigían al lugar más privado, Gustav apagó la sonrisa en sus labios, con la mente ya enfocada en la importancia de la conversación que estaba por venir.

A medida que Iván e Irina avanzaban hacia el cuarto trasero del restaurante El Gato Negro, la atmósfera del lugar los envolvía en una cálida sinfonía de aromas: el fragor de las hierbas frescas, el crujir del pan recién horneado y el suave toque ahumado de carne asada se entrelazaban en el aire. Las luces suaves y las risas de los comensales creaban un ambiente acogedor, un refugio familiar donde se sentían cómodos. Era un lugar seguro, uno donde podían cumplir su misión mientras ayudaban al viejo Mikael, quien tantas veces había hecho lo mismo por ellos.

Iván se detuvo un momento para absorber la escena. Un grupo de amigos reía en una esquina, mientras otros compartían platos llenos de guisos humeantes. La música de fondo, una melodía animada y pegajosa, se mezclaba con el murmullo de las conversaciones, haciendo que el ambiente se sintiera vivo y vibrante. A Iván le encantaba ese lugar; era un pequeño rincón de normalidad en un mundo que había perdido mucho de su esencia.

-Me alegra que podamos venir a ayudar al viejo -dijo Iván, soltando una risa al recordar la expresión de Mikael al recibir la noticia de su llegada-. Siempre se preocupa demasiado. Es bueno que le demos un respiro de vez en cuando.

Irina asintió, pero su mente estaba alerta. Sus ojos color café rojizo escaneaban cada rincón del restaurante, buscando señales de peligro entre las sombras. Desde que Mikael les había enseñado a estar siempre listos, había aprendido a prestar atención a los olores extraños y las miradas curiosas . Sabía que incluso en un lugar seguro, la precaución era clave.

-Sí, es bueno... pero me gustaría que te concentraras un poco más en lo que hacemos -dijo Irina, frunciendo el ceño al notar que su hermano estaba absorto, mirando a un grupo de chicas sentadas en una mesa cercana-. Parece que estás más interesado en las chicas que en la misión. Si sigues así, crearán que eres un retrasado.

Iván soltó una carcajada, sin inmutarse ante su reprimenda. Con un brillo travieso en sus ojos, se encogió de hombros y continuó mirando.

-¿Qué quieres que haga? ¡Es una buena melodía! -respondió, guiñándole un ojo con una sonrisa pícara-. A veces tienes que aprender a disfrutar un poco más, hermana.

Irina le lanzó una mirada entre divertida y exasperada. El rostro de Iván iluminaba el ambiente, su despreocupación contrastaba con la seriedad que ella sentía.

-No es que no sepa disfrutar, Iván, pero hay un tiempo y un lugar para cada cosa. Debemos estar listos por si las cosas se complican -dijo, intentando mantener la seriedad en su voz-. Ahora, deja de actuar como un adolescente en su primera cita y concéntrate.

Iván, en un intento por parecer divertido, alzó las manos en señal de rendición, mientras Irina no podía evitar soltar una pequeña risa. Era difícil mantener la seriedad cuando su hermano tenía esa chispa de juventud en su mirada, una chispa que a veces le parecía un recordatorio de lo que habían perdido en su vida. Pero también sabía que ese sentido del humor era parte de lo que los mantenía a flote.

Mientras avanzaban, finalmente llegaron al cuarto trasero, donde Gustav estaba terminando de organizar algunas cosas. La luz era más tenue, y el aire, aunque impregnado de los aromas del restaurante, parecía más fresco y menos saturado. Iván, por fin, parecía haber dejado de lado sus distracciones y se preparaba para la conversación que les aguardaba. La vida era un delicado equilibrio entre el deber y la diversión, y en ese momento, ambos hermanos intentaban encontrar su lugar en el mundo que les rodeaba.

Al cruzar la puerta del despacho de Gustav, Iván e Irina se encontraron con un ambiente acogedor, marcado por el cálido brillo de una lámpara de escritorio y el aroma a madera envejecida. Las paredes estaban adornadas con varias fotos enmarcadas que contaban historias de días pasados: Gustav sonriendo junto a su hijo y su nuera, el viejo Mikael con su característico gesto serio, y una más que capturaba a su padre, su rostro lleno de vida y determinación.

Gustav, con una sonrisa amplia, estaba sentado detrás de su escritorio, esperándolos.

-¡Por fin! -exclamó, levantándose para saludarlos-. ¡Bienvenidos, chicos! ¿Quieren algo de beber?

-Claro, ya no somos unos niños -respondió Iván, divertido, mientras Irina, con una expresión seria, cruzaba los brazos.

-No, gracias. Estoy aquí por negocios, no por placer -dijo, con un tono que no admitía objeciones.

Gustav soltó una risa, sacudiendo la cabeza en un gesto burlón.

-No deberías ser tan fría, Irina. Tienes que aprender del pelinegro aquí presente-dijo, señalando a Iván-. Él sabe cómo disfrutar un poco más la vida. Pero tienes razón, mejor nos enfoquemos en los negocios.

Irina asintió, aliviada de que Gustav entendiera su postura. Sacó un pequeño dossier de su mochila y lo colocó sobre la mesa.

-En nuestro último trabajo recuperamos poco más de 50 ampollas de Regenix -informó, manteniendo la mirada fija en Gustav-. Se las daremos a un precio justo. Ayudar a los nuestros es importante, pero los negocios son negocios.

Gustav se inclinó hacia adelante, interesado.

-¿Y cuál sería ese precio justo?

Comenzaron a negociar, los números y las cifras fluyendo entre ellos, creando un diálogo dinámico. Iván observaba con una sonrisa, disfrutando del proceso, mientras Irina se mantenía firme, asegurándose de que todo estuviera en orden.

Finalmente, después de un rato de discusión, llegaron a un acuerdo.

-Está bien, creo que podemos hacer esto -dijo Gustav, extendiendo la mano para sellar el trato.

Iván fue el encargado de entregar la mercancía, mientras que Irina se encargó de guardar el dinero cuidadosamente en su mochila.

-Antes de irme, Gustav -dijo Iván, volviendo a ese tono juguetón-, le diré a Mikael que todavía no te has muerto.

Gustav soltó una carcajada, disfrutando del humor de Iván.

-Por favor, hazlo. Con suerte, eso lo hará venir a visitarme un poco más seguido. No puedo quedarme solo con el trabajo y mis recuerdos.

Con una última sonrisa, los gemelos se despidieron de Gustav, sintiéndose satisfechos.

Los gemelos salieron del despacho de Gustav y cruzaron el restaurante por última vez, moviéndose entre las mesas y el suave murmullo de las conversaciones. Al empujar la puerta principal, el aire fresco de la noche los recibió. Las luces amarillentas de las farolas apenas alcanzaban a iluminar la acera, y la penumbra ocultaba la escena de un altercado en la esquina del callejón.

Tres hombres de aspecto tosco y miradas llenas de malicia acosaban a una pareja de jovenes, dos chicos de no más de veinte años. Iván lanzó una mirada rápida y resopló.

-No es asunto nuestro, Irina. No nos pagan por esto -murmuró, girándose para seguir caminando.

Pero Irina se detuvo, tensando la mandíbula al ver el terror en los ojos de los chicos. Sin dudarlo, avanzó hacia los hombres, sus pasos resonando en la noche.

-¡Déjenlos en paz! -exigió, su voz firme y sin un atisbo de miedo.

Los matones giraron sus cabezas, primero sorprendidos, luego divertidos. El más alto de ellos, con una cicatriz en la mejilla, se adelantó.

-¿Y tú qué harás al respecto? -preguntó, con un tono cargado de burla.

Antes de que Irina pudiera reaccionar, el matón levantó una mano y le propinó un golpe en el rostro, haciéndola retroceder un par de pasos. Iván, que hasta ese momento había mantenido una actitud relajada, sintió cómo la furia se apoderaba de él. Sus ojos se oscurecieron y sus músculos se tensaron.

-Ahora sí, amigo, te metiste con la persona equivocada -dijo, avanzando con una sonrisa fría-. Esto no será rápido ni agradable para ti.

La pelea que siguió fue un torbellino de movimiento y caos. No hubo técnica, solo fuerza bruta y rabia desatada. Iván se abalanzó sobre el que había golpeado a su hermana, conectando un puñetazo directo al estómago que hizo que el hombre se doblara en dos, jadeando antes de desplomarse al suelo, inconsciente. Irina, sacudiéndose el aturdimiento, se lanzó contra otro de los hombres, golpeándolo con el codo y la rodilla, forzándolo a chocar contra la pared antes de caer al suelo sin sentido.

El último matón, al ver a sus compañeros derrotados, trató de retroceder, pero Iván fue más rápido. Lo sujetó por el cuello de la camisa y lo estampó contra la pared, un golpe seco que dejó al hombre desvanecido.

El silencio regresó al callejón, interrumpido solo por los jadeos de los gemelos y el crujir de las ramas en el bosque cercano. Iván se pasó una mano por el pelo apartandolo de su rostro y miró a su hermana con una sonrisa cansada.

-Te dije que no valía la pena, pero por una vez me alegra saber que no fui yo quien nos metio en problemas -bromeó.

Irina le lanzó una mirada de reojo, su respiración aún agitada, y una sonrisa fugaz apareció en sus labios.

-Alguien tiene que cuidar de los inocentes, ¿no crees? -respondió, mientras miraba a la pareja, que los observaba con ojos de asombro.

-¿Están bien? -preguntó, más suave esta vez.

Los chicos asintieron rápidamente, aún temblando, pero sus expresiones de alivio eran claras.

-Sí... gracias. No sabemos qué habríamos hecho sin ustedes -dijo uno de ellos, intentando recuperar el aliento.

-No hay de qué -respondió Irina, mientras revisaba su ropa y las pertenencias que llevaban. Los chicos, aún con el susto reflejado en sus rostros, intercambiaron miradas antes de que uno de ellos diera un paso al frente.

-De verdad, gracias. No sabemos cómo agradecerles... Si al menos pudiéramos invitarles a cenar -sugirió, con un tono vacilante pero lleno de sincera gratitud.

Irina negó con la cabeza, esbozando una pequeña sonrisa.

-No es necesario. Cuídense y eviten estos callejones por un tiempo.

La pareja asintió, aún temblorosa, y se alejaron con pasos rápidos, mirando por encima del hombro de vez en cuando. Iván esperó a que se perdieran de vista y luego soltó un suspiro exagerado, llevándose las manos a los bolsillos y sacando un par de billeteras que había sustraído con destreza de los matones.

-Siempre tan noble, hermana. A ti te encanta jugar a ser la heroína sin recompensa -dijo, moviendo las billeteras con una sonrisa burlona. Luego, rebuscó en el bolsillo de uno de los matones inconscientes y sacó un pequeño chocolate que desenvolvió y mordió con gusto-. Pero yo no desperdicio una oportunidad de quedarme con el botín.

Irina rodó los ojos y suspiró, aunque una leve curva en sus labios delataba que estaba acostumbrada a las artimañas de su hermano.

Antes de que pudieran seguir con su camino, una figura robusta emergió de la penumbra del callejón: Gustav, con los brazos cruzados y una expresión divertida en su rostro.

-Vaya, chicos, vi todo el alboroto por las cámaras de seguridad -dijo, señalando hacia el restaurante con la cabeza-. Buen trabajo. Yo me encargaré de ordenar este desastre, pero agradezco que hayan ayudado a uno de mis clientes y, de paso, que se hayan librado de un par de sabandijas como estas. No me vendría mal una mano de vez en cuando para deshacerme de la basura.

Iván se adelantó y, sin perder su toque de humor, respondió:

-¿Una mano? Yo no trabajo de gratis, Gustav, pero me gusta la oferta.

Gustav soltó una carcajada y asintió, metiendo la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacando un fajo de billetes que le entregó a Iván.

-Claro, pero asegúrense de responder cuando tenga trabajo para ustedes. Si hacen eso, habrá más de donde vino esto.

Iván tomó el dinero con una sonrisa satisfecha, guardándolo en su abrigo.

-Trato hecho.

Gustav asintió, dándoles una última mirada antes de volver al restaurante. Los gemelos intercambiaron una mirada cómplice. Iván le dio una última mordida al chocolate, limpiándose los labios con el dorso de la mano.

-Hora de irnos, hermana. Hoy ha sido más interesante de lo que esperaba.

Irina sonrió de lado, ajustando su abrigo antes de comenzar a caminar junto a él.

-Vamos a casa.

Y así, con el sonido de sus pasos resonando en la noche, los gemelos se adentraron en las calles del suburbio, listos para lo que fuera que el futuro les deparara.

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