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XIV

Aún notaba escalofríos por mi cuerpo. Era una sensación extraña pero a la vez agradable. Había decidido ponerme un jersey de lana negra, un pantalón mostaza de tiro recto y mis botas de cuero. Mi pelo rebelde estaba cubierto por un simple gorro negro que ocultaba su carácter rebelde. Virginia se había reído de mi gorro, decía que era lindo.

-¿A dónde vamos?- pregunte curiosa mientras me frotaba las manos, realmente estaba empezando a hacer frio. 

Ella conducía con calma una vieja furgoneta que nos había prestado Billy. Era un hombre encantador, y se notaba a leguas que Virginia le alteraba un poco el animo. Pero a quien no... Si le hubiera pedido que le dejara su número de cuenta creo que habría accedido también. 

-Aquí al lado hay un bar.- respondió ella mirando por la ventana, tras unos segundos me miró por el retrovisor y suspiro.- Tenemos cosas que aclarar. 

Un escalofrió recorrió mi cuerpo. ¿De que querría hablar? Me mordí el carillo nerviosa. 

-Y sabes...- carraspeo.- La otra noche. 

Tome una respiración calmada. Claro, la otra noche. 

Virginia encendió la radio y bajo el murmullo de unas voces indescifrables debido a la mala cobertura de la zona, estuvimos en el coche varios minutos más. 

*

El bar resulto ser un gran local en medio de la nada, frente a la carretera y con un ambiente entre industrial y rustico. Tenia cierto encanto, con un improvisado chill-out de mesas, sillas y sillones desperdigados por un descampado pegado al local. Dentro se intuía el ambiente oscuro y acogedor que tenia, así como la cantidad de clientes moteros que acudían. 

-¿Te gusta?- me pregunto con una sonrisa mientras nos sentábamos en una de las mesas de fuera.

-Si, es diferente.- me quite el jersey, el sol comenzaba a calentar para mi felicidad. 

Su mirada se iluminó y asintió. Hablamos de sinsentidos y de el Internado. Descubrí que iba allí mucho ya que lo conocía desde hacia mucho, que le gustaba demasiado el chocolate y que no siempre había trabajado en el Internado. Pedimos para comer, yo lo que ella me recomendó, y el tiempo voló como cuando estas agusto. 

-¿Siempre has sido así?- me preguntó tras unos segundos de silencio. Habían sacado los postres, ella una tarta de tres chocolates y yo otra de queso con arándanos. Aparte la cuchara de mi boca sorprendida por la pregunta. 

-¿Así como?- alce mis dejas y me eche hacia atrás. Ella pareció arrepentirse de la pregunta. 

-Tienes inteligencia para sacar adelante el curso con bonísimas notas, pero te empeñas en ser un dolor de cabeza.- respondió mirando hacia otro lado.- Siento que tienes un escudo tan grande a tu alrededor que no te puedes librar de el. 

-¿De dónde has sacado esa conclusión?.- respondí soltando una risa, aunque esta se murió en el aire asfixiada por la angustia. Tenía tanta razón que daba miedo. 

-Hagamos una tregua.- se inclino sobre la mesa apoyando los codos sobre ella y me sonrió de una forma que no super descifrar.- Tu me cuentas que te atormenta y yo te cuento que me atormenta a mi. 

El pulso se me acelero. Nadie conocía mi verdadera historia, pues aunque nunca nadie se había interesado en ella a estas alturas, y como bien había adivinado ella, tenia un gran muro frente a mi. Solo pensar en traspasarlo me daba vértigo. Aunque Virginia mi inspiraba una confianza que no sabia de donde provenía. Era una tregua. Podía conocerla mejor. 

-¿Todos?

-Solo uno. El que tu elijas. 

Trague saliva. En cualquier situación habría dicho rotundamente que no. Estaba constantemente escapando de aquella historia, apabullada, nerviosa, castigada. ¿Contarlo por primera vez cambiaria algo? No. Pero al menos conocería mejor a la misteriosa Virginia Green. Tal vez ella estaba igual de atemorizada por su pasado como yo. Tal vez nuestros fantasmas se volverían menos pesados si los compartíamos. 

Me incline como ella hasta delante. Sus ojos azules parecían cristalinos con la luz del sol y su cabello alquitrán brillante. Ella si que parecia un ángel.

-Esta bien, acepto.- incline la mano hacia delante para que ella la estrechara.- Pero con una condición. 






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