☾apítulo 8
Dibujó en el vidrio empañado por el vapor de la ducha una carita feliz. Una máscara que con gusto portaría si así evitaba sentirse tan miserable.
En cuanto vio a Logan salir del baño, las ganas de llorar afloraron sin razón aparente. Las había estado conteniendo todo este tiempo, sintiéndose orgullosa de que podía enmascarar sus emociones. Pero el estar junto a Logan era como estar junto a la kriptonita.
No podía ocultarle nada.
Estar entre sus brazos era lo único que necesitaba para sentirse mejor.
Ahora que conocía la verdad; que el destino seguía el curso previsto por Moros, temía que algo malo le sucediera a Logan. Temía que por su culpa él resultara herido.
Su muerte sería un puñal directo al corazón, pero verlo muerto en vida sería la peor de las torturas jamás creadas.
Solo quería apagar sus pensamientos. Olvidarlo todo aunque fuera por una sola noche.
Necesitaba de Logan.
Necesitaba sentir su amor.
Al ver a la joven de pie junto a la ventana, Logan percibió una sensación de felicidad recorrer su cuerpo. Sonrió como el tonto enamorado que era y cerró la distancia que los separa con un tierno beso.
—Hola —susurró Lucía entre besos. Le permitió a sus labios saborear la frescura inconfundible de los labios de Logan.
Las manos del joven rodearon su espalda baja y la ciñen contra él, dejándola sin escapatoria.
—Estás toda sudada —repuso él con cierto humor. Lucía soltó una risilla y le propinó un leve golpe en el hombro.
—Quise pasar a saludarte antes de ducharme. ¿Habrías preferido que lo hiciera al revés?
Él pareció pensárselo, frunciendo los labios.
—Habría preferido que llegaras antes para invitarte a la ducha conmigo.
Otro golpe más. Otra risa que hizo saltar a su corazón de regocijo.
Habría continuado con la broma de no ser porque notó la aflicción en los ojos de Lucía. Algo estaba rondando en su mente y le causaba una agonía tremenda. Podía sentirlo.
—¿Estás bien?
—¿Por qué no habría de estarlo?
—Te ves... No lo sé. Siento que algo te pasa.
Ella esbozó una sonrisa a medias; el temor de ser descubierta temblando en sus comisuras.
—Quise pasar a saludarte. Hoy fue un día pesado y casi no pasamos tiempo juntos. Te extrañaba. Eso es todo.
—¿Segura que no te pasa algo más? Sabes que puedes hablar conmigo de lo que sea.
Lucía enredó sus brazos alrededor del cuello de Logan, obligándolo a inclinarse hacia adelante. Unió sus labios con los de él buscando la estabilidad que necesitaba para seguir adelante; para olvidar que en un futuro cercano, quizás, ya no lo tuviera con ella.
Logan percibió el salado de una lágrima bañando sus labios. Se apartó de inmediato, la preocupación emanando de cada poro de su piel. Pero Lucía fue más rápida que él. Se limpió la boca y gran parte de la cara con sus manos. Una risa divertida escapó de su boca y por un instante Logan dudó que estuviese actuando.
—Lo siento. Tal vez debió ser buena idea ducharme antes de venir contigo.
—No... Está bien —murmuró confundido.
—Creo que ya debo irme. Es tarde y mañana será un día largo, así que...
Mientras hablaba caminaba hacia la puerta pero jamás pudo llegar a poner una mano en la perilla. Logan la tomó por la muñeca, su gentil tacto invitándola a quedarse con él.
—Quédate.
Quiso negarse. La excusa perfecta estaba a la vuelta de la esquina, solo debía pronunciarla. Fue entonces cuando el pensamiento de una vida sin él a su lado emergió con la fuerza embravecida de un ejército. Repentino y factible. Aterrador y solitario.
Él le extendió una mano. Una sonrisa dulce asomando en su rostro. El deseo de pasar una noche juntos brillando en sus pupilas.
Lucía tomó su mano; el corazón palpitándole con estridencia.
Apagaron las luces y se deslizaron entre las sábanas.
Aquella mañana Meredith apareció en el solarium informando que luego del desayuno se llevaría a Logan y a Zoe consigo. Nadie lo halló extraño puesto que en la última semana varios Guardianes habían venido en busca de los semidioses con el fin de enfrentarlos a una prueba individual.
Según Atticus le había explicado, las pruebas individuales consistían en un solo desafío. Eran pensadas con minuciosidad y se adaptaban a las necesidades de cada quien.
Logan maldijo en voz baja lo inoportuno de la situación. Notaba la tristeza en los abatidos ojos de Lucía. Anoche pudo sentir el martilleo desbocado de su corazón palpitando contra su pecho. Algo malo le ocurría y estaba convencido de que tenía que ver con Sarah.
Antes de marcharse fue con Lucía para cerciorarse de que estuviera bien.
—Mucha suerte. —Le deseó.
La seguridad con la que lo besó fue suficiente para hacerle notar que estaba mejor, y partió sin remordimiento alguno.
Él y Zoe se encontraron con Meredith en la cascada. Los guió en un recorrido por el valle que terminó por dejarles la comida en la garganta.
Arribaron a una playa de arena negra escondida tras las montañas. No había ni un alma pero el océano era la compañía perfecta.
La ansiedad de echarse a nadar un rato era tan intensa que tuvieron que concentrarse en lo verdaderamente importante: aprender.
Meredith se detuvo a unos cuantos metros de la orilla. El viento salado movía sus rizos y por un milisegundo a Zoe le pareció ver cómo las arrugas de expresión se desvanecían de la piel de la madre de Atticus.
—Hermoso, ¿no lo creen?
Ambos jóvenes asintieron, embelesados por la belleza del océano.
—De acuerdo —suspiró, apoyando una mano en la cadera—. Comencemos su prueba.
Logan la contempló con extrañeza.
—Creí que eran pruebas individuales.
—Lo son.
Meredith apuntó al horizonte. A varias millas de distancia, un punto regordete flotaba en medio del agua.
—¿Ves aquello de allá? —Habló en dirección a Logan—. Es una boya. Quiero que la hagas encallar en la orilla.
—¿Es todo?
—Es todo.
Asombrado por la facilidad de la prueba, Logan se puso manos a la obra. Si bien el océano era un campo que su padre llegaba a dominar en ciertas regiones, para sus hijos era ligeramente más complejo.
Las aguas no se doblegaban tan fácil a su voluntad, sin embargo, luego de un uso moderado de energía, las olas obedecieron y comenzaron a avanzar hacia la orilla. La boya se meció entre el oleaje y si logró moverla diez centímetros fue mucho.
Volvió a intentarlo, esta vez con más fuerza. Las olas duplicaron su tamaño y fuerza, pero la boya siguió inmutable.
Con cada intento podía sentir como la energía era drenada de su sistema. Dominar el océano no era sencillo, requería todo de sí. Y el que la boya siguiera allí, intacta, burlándose de él por la mediocridad de sus poderes, le irritaba demasiado.
El viento se volvió pesado. El cielo se ennegreció y el oleaje se agitó nervioso como una manada de antílopes escapando de los leones.
Meredith cazó a Logan por el brazo haciéndolo reaccionar. El océano menguó su agresividad aunque varias olas restallaron en la orilla.
—Sugiero que la opción del tsunami la reserves para un área sin población.
—Lo lamento —respondió, ruborizado por la vergüenza.
Era la primera vez que le pasaba algo como eso y no deseaba que volviera a ocurrir.
—¿Por qué crees que fallaste?
—¡No lo sé! Pude controlar esta parte del océano. No entiendo por qué no puedo mover la boya.
Meredith esbozó una leve sonrisa de picardía.
—Porque la boya está amarrada a seis anclas.
Logan ladeó la cabeza. Su expresión lo decía todo: ¿estás tomándome el pelo?
—Pudiste controlar el océano, ese es un punto a favor —le guiñó un ojo en señal de orgullo y Logan se sintió mejor consigo mismo—. El asunto está en romper las cadenas que unen la boya con las anclas. Si lo logras, cumplirás el desafío.
Logan contempló la distancia que lo separaba con el punto regordete en el horizonte. Sería un largo trecho para nadar, pero eso era lo que más amaba, así que no lo sintió como un reto.
Una vez que llegara a la boya analizaría el material de las mismas y buscaría el mejor utensilio para cortarlas. No obstante, apenas alcanzó a quitarse el primer zapato.
—¡Alto! —Le advirtió Meredith—. No vale entrar al agua.
—¿Es broma? ¿Cómo se supone entonces que romperé las cadenas?
—Las reglas son que no puedes entrar al agua. Debes lograrlo desde esta distancia. —Con el pie marcó una línea divisoria en la arena—. Si la cruzas, en lugar de una boya serás tú el encadenado.
Tanto Logan como Zoe enmudecieron. Estar encadenado en medio del océano no era precisamente como imaginaba pasar sus días en la Academia.
—Sigo sin entender cómo haré para romper las cadenas desde esta distancia.
—Muy fácil. Tres de esas cadenas no soportan el calor, las otras tres se destruyen con el frío.
Logan analizó la situación en silencio. Le llevó un tiempo prudencial darse cuenta que lo que Meredith pretendía era que calentara y enfriara el agua alrededor de las cadenas.
No sabía cómo controlar esa habilidad y aunque supiera, debía concentrarse en una pequeña porción de océano. Si ya de por sí era difícil este desafío ahora lo era aún más.
—No sé cómo hacer eso.
—Descuida, hay tiempo. Y por suerte para ti tienes a una maestra en el tema. —Se hizo a un lado, descubriendo a Zoe tras de sí. La muchacha la observó perpleja.
—Yo no...
—Eres buena. Pero el querer ser la mejor no te servirá de nada si estás rodeada de inútiles.
La mirada de Zoe se desvió momentáneamente hacia Logan. El joven la descubrió y sus párpados se ampliaron producto de la asociación tan insolente que hizo su hermana... Aunque quizás tenía razón.
—Aprende de los demás y comparte lo que sabes. Solo así crecerás.
—¿Ese es mi desafío?
—Fácil, ¿no lo crees? Ayudarás a tu medio hermano. Compartirán las tardes juntos, aprenderán el uno del otro. No veo nada de complicado en eso. En menos de una semana terminarás con esto.
Zoe parpadeó para quitarse la sensación de perplejidad. ¿Fácil? Fácil sería destruir una montaña o arrastrar la boya hasta la playa.
Esto no era fácil.
Meredith abandonó la playa sin decir más nada. Los hermanos se contemplaron entre sí y la incomodidad se palpaba en el aire.
Logan nunca tuvo problemas con Zoe, al contrario, lo único que quería era conocerla. Quería convertirse en su hermano. En alguien con quien ella pudiera hablar y desahogarse cada vez que lo necesitara; como él también lo necesitaba. Pero luego de lo ocurrido durante la cena lo mejor que pudo hacer por Zoe fue apartarse. Estar cerca de ella implicaba caras largas o largos momentos de incomodidad como el actual.
Convivían durante los entrenamientos. De resto guardaban distancia. Ahora el destino los volvía a unir y Zoe no parecía en lo absoluto contenta.
☽ ☾
Mientras Logan practicaba con un trozo de cuerda los nudos marineros, Lucía se encontraba a su lado contemplando el área de entrenamiento. Ya llevaban dos semanas en la Academia y aunque fueran lento con las pruebas, cada quien notaba un ligero cambio en sí mismo.
La hora del almuerzo estaba próxima y Lucía sabía que hasta que Grover no lo indicara, nadie podía abandonar la cascada.
Siendo justos, estaban tan concentrados en sus actividades que apenas y recordaban que debían parar para comer.
Logan ya se había frustrado bastante intentando dominar los estados del agua. Podía congelar una gota y evaporar el equivalente a un mililitro de agua. La desesperación lo consumía lentamente. Vio de lo que Zoe había sido capaz y solo pensaba en imitarla.
Quería ser igual de bueno que ella pero la realidad distaba mucho de serlo. Zoe se negaba a hablarle. Pasaban las tardes aislados en la playa; ella dibujando en la arena arabescos y él devanándose los sesos buscando una forma de aumentar su habilidad.
Así que para alivianar tensiones, encontró confort en los nudos marineros. Al menos así mantenía la mente ocupada.
Lucía se mantenía fiel a él y siempre que podía lo ayudaba, tal y como sucedió durante su estadía en la Academia de Jóvenes Guerreros.
Josh se acercó por detrás y tomó asiento junto a Lucía. Soltó un suspiro al sentarse, flexionó las piernas y se envolvió las rodillas con los brazos.
Logan se inclinó hacia adelante para verlo mejor.
—¿Estás bien?
—Hablé con Zoe. Nuestra amistad quedó arruinada.
—¿Qué? ¿Por qué?
No negaría que estaba ligeramente feliz. Siempre que Zoe necesitaba hablar con alguien iba en busca de Josh. Al menos así fue durante las semanas en que su memoria fue licuada por el Lete.
Pensó que podía tener una mínima posibilidad de acercarse a Zoe y convertirse en su confidente, pero a quién quería engañar. Nomás con ver cómo se llevaban durante el desafío individual bastaba para darse cuenta que nunca podría tener una buena relación con su hermana.
—Porque malinterpretamos las cosas. Por eso. —explicó y no hizo falta aclarar más—. Pensé que podíamos seguir siendo amigos pero ella no se siente cómoda. —Se rascó el ceño, frustrado—. Siempre termino por arruinarlo todo.
—Claro que no —habló Lucía. Una sonrisa iluminándole la mirada—. Nosotros seguimos aquí para ti.
Josh les dedicó una mirada de gratitud eterna. Ya había olvidado lo bien que se sentía estar con sus amigos.
Sus miedos le hicieron mantenerse alejado por cuatro largos años. Había creído que las cosas nunca volverían a ser como antes, y se equivocó.
—Los extrañé... mucho.
—También nosotros.
Logan hizo a un lado la cuerda con un nudo de pescador a medio hacer y le lanzó una mirada asesina a su amigo.
—Y cuando vuelvas a irte sin siquiera decir adiós, juro que iré tras de ti y te golpearé en donde más te duela.
Josh levantó una mano y la otra descansó en su pecho.
—Lo prometo.
—Así me gusta.
Las risas llenaron el aire a su alrededor con vida. Logan gateó por detrás de Lucía hasta quedar en medio de ambos. Los rodeó por el cuello y los tres se fundieron en un abrazo.
—¿Podemos ser los tres mosqueteros otra vez? —imploró el joven.
Josh dejó escapar una risa y enderezó la espalda.
—Podemos pero este trío nunca fue trío.
Supieron exactamente a lo que se refería. Ellos no estaban completos sin Matt, Atticus y Sarah.
Ya habían perdido a alguien importante y ahora cabía la posibilidad de perder a dos miembros más.
Lucía arrancó un puñado de pasto al tiempo que pensaba en voz alta.
—¿Creen que nuestros padres nos pongan nuevos guardianes?
—Lo dudo —dijo Josh—. Si no confiaran en ellos no habrían aceptado su petición en un comienzo.
—Lo sé pero ¿y si los hacen cambiar de opinión?
—Tal vez sea lo mejor.
Tanto Lucía como Josh se inclinaron para contemplar el rostro apesadumbrado de Logan.
¿Cómo podía estar de acuerdo?
Una cosa era que no tuvieran Guardianes y otra muy distinta era que les asignaran nuevos.
—Me refiero a que... No quiero que les pase lo mismo que a Sarah —confiesó, incapaz de ver a Lucía a la cara—. Por eso pienso que es mejor que se vayan.
—¿Prefieres que un extraño muera por ti?
—Preferiría que nadie lo hiciera. Pero si tengo que elegir entre Atticus y un extraño, prefiero a un extraño. Al menos así no dolería tanto.
Josh contempló a sus amigos en el área de entrenamiento. Mientras Grover trabajaba en apoyar a Jennifer y Belén, ellos se encargaban de supervisar a Clarisse y Annabeth.
La vida sin ellos sería difícil. Los conocía desde pequeños. Prácticamente eran como hermanos. Si uno de ellos moría, una parte de sí moriría también.
Josh admiraba a Lucía. Había perdido a Sarah y sin embargo seguía en pie. Lo mismo con Matt. Perdió al amor de su vida y no andaba llorando por los rincones. Al menos no en público. De cualquier forma, daba igual si fueran o no sus guardianes. Eran mejores amigos y los amigos nunca se abandonan.
—Es cierto —respondió a los dichos de Logan—, pero olvidas que son nuestros amigos. Estoy seguro que de saber que estamos en problemas, irían a buscarnos. Y si tuvieran que morir para protegernos lo harían sin dudarlo. Tal y como lo haría yo por ustedes.
Logan contempló a su amigo. El estómago le dio un vuelco de alegría y nostalgia. Un revoltijo de emociones.
—También yo.
Lucía esbozó una sonrisa triste. Recordó cuando Logan intercambió lugares con ella en el Inframundo, vendiendo su alma a Hades para garantizar que Lucía siguiera con vida.
Por su parte, Josh recordó la más grande estupidez que Logan estuvo a punto de cometer para salvarlo.
Entregarse a sí mismo, siendo un lienzo completamente en blanco, para salvar la vida de su mejor amigo era el acto más heroico y torpe alguna vez cometido.
Ambos le debían mucho a Logan.
—Hagamos una promesa —propuso el hijo de Poseidón con exacerbado entusiasmo—. Le demostraremos a todo mundo que somos los mejores y viviremos para contarlo. Prohibido morir.
Lucía contuvo el aliento y sus ojos se oscureciendo producto de la probabilidad.
—Logan, lo que estás pidiendo...
—Prometimos no dejarnos, ¿recuerdas? Morir es una forma de abandono.
—Estamos en guerra. Morir es lo más común —explicó Josh.
Logan chasqueó la lengua.
—Luchamos en tres guerras y vivimos para contarlo.
Lucía titubeó. No quería prometer algo que a fin de cuentas no sabía si llegaría a cumplir. Moros dijo que llegarían lejos pero el desenlace era incierto. Las bajas eran inciertas.
Miró a Josh en busca de respaldo. Entre ambos podían borrar esa estúpida idea de la mente de Logan, sin embargo, cuando encontró su mirada lo supo. Josh parecía comprender el razonamiento de su amigo y sus palabras empezaron a hacer mella en él.
Temía por el futuro. ¿Y si todos morían? ¿Y si vivían inmersos en el caos, deprimidos por el recuerdo de los que ya no estaban, entregándose a la muerte para acallar el dolor? No quería una vida así. No quería vivir sabiendo que perdió a Logan.
Moros le dio la clave de cómo ganar. Debía usar eso a su favor y luchar. Pelear por un futuro mejor.
Morir no era una opción.
No lo haría. Ninguno lo haría.
Era una promesa.
Miranda entrenaba en el río movimientos de batalla. Soportar la baja temperatura del agua le ayudaba a enfocarse en su objetivo. Olvidaba los estímulos externos y volcaba toda su atención en que sus movimientos fueran fluidos y precisos.
Aguantar el equilibrio en el terreno irregular y hacer del dolor el combustible que necesitaba para seguir adelante, contribuía en su rendimiento.
En medio de su rutina descubrió a Nico observándola desde la orilla. Portaba el uniforme de los guardianes y vaya que el negro le sentaba de maravilla.
Hizo como si no lo hubiera visto y se concentró en seguir entrenando. Supuso que solo estaba ahí para supervisar que hiciera bien las cosas y no para entablar una conversación. Cuando viera cuán buena alumna era se iría en busca de alguien más, tal y como hacía el guardián de Jennifer (cuyo nombre siempre olvidaba). Pero no lo hizo. Permaneció de pie en la orilla esperando pacientemente.
Miranda se detuvo y en sus ojos se albergó un atisbo de esperanza. Extrañaba hablar con él.
—¿Alguna sugerencia? —dijo.
Nico apartó la mirada y el viento agitó su cabello.
—Ninguna. Sabes que eres buena.
Los típicos comentarios sarcásticos y pedantes murieron en la punta de su lengua al percatarse que decir en voz alta lo que pensaba no era tan buena idea. No si eso significaba abrir más la brecha que los distanciaba.
—Gracias.
Nico avanzó por la orilla hasta un montículo de piedras apiladas. Se puso en cuclillas y del bolsillo trasero del pantalón extrajo un trozo de papel. Sus dedos se movieron nerviosos sobre el pequeño rectángulo. Su ceño fruncido evidenciaba el debate interno por el cual estaba atravesando.
—Necesito preguntarte algo.
Ella se acercó sosteniendo la vara de bambú en las manos. Por el semblante ensombrecido de Nico, intuía que se trataba de algo privado.
—¿Qué necesitas?
Nico se remojó los labios y se tomó su tiempo para hablar, sopensando en si debía o no hablar con Miranda.
—¿Conoces a una tal Elena?
—¿Debería?
—Trabajó en la Guardia Olímpica. En la división de exterminio y recuperación.
—Creo que la recuerdo. ¿No era la chica con cabello de Rapunzel?
Nico asintió y la imagen de aquella joven cobró nitidez en la mente de Miranda.
—Sí, ya me acuerdo. Estuvimos en una misión juntas... —amplió los párpados al darse cuenta por dónde venía la charla—. Ay, no. Dime que no tiene nada que ver con tu lista de muertos.
—¡Necesito saber! —Se defendió.
—¡Claro que no! Lo único que consigues es sentirte peor contigo mismo.
—Por fin entiendo por qué las personas mueren estando a mi alrededor. Necesito esto para estar en paz.
—Necesitas parar. Lo digo en serio, Nico. —Le advirtió. Su semblante lleno de genuina preocupación—. Además, Elena no tiene nada que ver. Tú no estuviste en esa misión.
Nico hizo la cabeza para atrás, consternado.
—Claro que sí. Yo estuve ahí cuando pasó. De eso quería hablarte.
Miranda meneó la cabeza y unos pocos mechones se desprendieron de su moño.
—No, no fue así. Lo recuerdo muy bien porque fue el primer año en que me uní a la Guardia. Tú me acompañaste en mi primera cruzada, ¿lo recuerdas? Fue cuando Hugo murió y decidiste que ya no querías salir en misiones.
Nico clavó la mirada en las ondas del agua mientras su mente se remontaba a aquellos tiempos.
—Volví a trabajar en el archivo —musitó.
—Exacto. Por ti me enteré que una de las gorgonas estaba haciendo de las suyas en un pueblo de Uruguay. ¿Recuerdas que tuve que implorarle a Grover para que me dejara ir?
—A cada equipo se le designa una sola misión por año... Tú querías una segunda.
—Y lo conseguí. Elena iba conmigo pero tú te quedaste atrás. No estuviste cuando murió.
—¿Entonces por qué anoté su nombre? —Musitó más para sí que para ella. Se rascó la cabeza, visiblemente frustrado—. ¿Por qué recuerdo cuando le atravesaron el corazón?
Miranda se encogió de hombros.
—¿Por qué yo te lo conté? Quizás te pareció tan desagradable que lo interiorizaste.
—Sí... Tal vez... Tal vez tienes razón.
No lo entendía. El recuerdo era tan real. ¿Cómo hizo de una conversación una imagen tan nítida?
En verdad sentía que había estado ahí, justo cuando la gorgona la atravesó con una lanza y Elena cayó desde lo alto del cerro.
Miranda vio la confusión y el desconcierto en el joven. Sus movimientos lentos y torpes evidenciaban cuán perdido se sentía.
Guardó el papel y le agradeció por su ayuda. La monotonía en su tono de voz la puso en estado de alerta.
Miranda se acercó a la roca. Sus dedos llegaron a tocar una de sus manos.
—Te hablo en serio cuando te digo que ya dejes esto. Me preocupas.
—Gracias por tu tiempo —dijo, ignorando sus palabras. Se apartó de su agarre y se marchó.
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