☾apítulo 7
PARTE II
Si tuviera La Flor Dorada el hechizo alcanzaría a unas diez personas de un chasquido. Y si le daban tiempo de estudiar, lograría disolver la marca de todo un mismo legado. Pero no tenía ni una cosa ni la otra. Estaba sola y debía aprender a manejarse con lo que tenía.
Cincuenta y nueve veces el hechizo. Cincuenta y nueve voluntarios dispuestos a soportar el dolor del traspaso.
¿Cómo lo haría? No se veía a sí misma en esa situación tan demandante. Apenas podía pronunciar el griego antiguo sin trabarse.
—¿Cuándo podrías comenzar?
Le llevó un tiempo prudencial darse cuenta de que le estaban hablando.
Lyla levantó la cabeza, pequeños cabellos cobrizos adheridos a los costados de su rostro producto del sudor. El esmeralda de sus pupilas brilló con la iridiscencia de las piedras lunares de Kumiko. Había pánico navegando en sus ojos, siquiera podía hilvanar monosílabos.
Harto de la frialdad con la que los concejales trataron el tema, Matt saltó de su silla e intervino.
—¿Siquiera le han preguntado qué necesita? No he visto que ninguno de ustedes se haya molestado en preguntarle si tiene todo lo necesario para realizar el hechizo. —Intentó sonar calmado, autoritario pero calmado. Sin embargo, por más fuerza de voluntad que empleara, era imposible de ocultar su irritación.
Kumiko asintió comprensiva y le dio la razón al pelinegro.
—Lamento nuestra falta de consideración. ¿Qué se necesita para el hechizo?
Lyla desdobló tímidamente un papel que guardaba en el bolsillo de su vestido. Se lo pasó a Jennifer y la hoja viajó de mano en mano hasta donde los guardianes. Cada Concejal lo leyó atentamente y aunque admitieron lo complejo de algunos ingredientes, decidieron enviar grupos de semidioses en busca de los mismos.
Habría sido más sencillo derivarlo a la Guardia Olímpica, donde semidioses experimentados realizarían la búsqueda. No obstante, dado que había un infiltrado en el Olimpo y era muy probable que hubieran semidioses dispuestos a traicionar a los dioses, movidos por el deseo de vivir (o influenciados por Circe), optaron por enmascararlo como misiones de recolección. Las mismas se realizaban todo el tiempo y ponían a prueba las aptitudes de los media sangre en cada Academia.
Esta era la opción más discreta que encontraron para que Lyla tuviera los ingredientes.
—Asumo que entre dos y tres semanas pasarán para reunir todos los ingredientes.
—¿No es demasiado tiempo?
—Es el tiempo estándar de misiones básicas.
Lyla respiró tranquila. Tres semanas debían ser suficientes para practicar el encantamiento. Si Annabeth estaba dispuesta a ser su maestra, no tenía de qué preocuparse.
—Cada quien escoja un ingrediente y busque al mejor grupo para la misión —habló Ross, tomando su rol como capitán del barco—. Hagamos lo posible para que en tres semanas las marcas empiecen a desaparecer.
Todos se mostraron de acuerdo. Se repartieron los ingredientes y algunos nombres de posibles candidatos comenzaron a resonar en torno a la mesa.
Dada la soltura del ambiente era lógico creer que la reunión había culminado.
¿Para eso los habían convocado? Lyla podría haberles explicado lo mismo durante el almuerzo (si es que esta vez se unía a ellos).
En eso, Joanna Pagóni acarició la gruesa trenza que descansaba sobre su hombro. Sus delgados dedos cubiertos por impresionantes anillos de oro y jade, lucían unas tenebrosas uñas en punta, semejante a las de las brujas de cuentos de hadas.
El gris de su mirada desbordaba malicia. Se dejó deleitar por sus pensamientos conforme imaginaba lo que se venía.
—¿Ahora es cuando hablamos de los guardianes? —dijo, provocando el silencio inmediato en la mesa.
Ross le regaló una mirada asesina.
—¿Qué? —Le increpó la mujer—. Los convocamos aquí para eso, ¿o me equivoco?
—Podemos tocar el tema más adelante. Preferentemente cuando ya esté decidido.
—Tonterías, Ross. Los niños... quiero decir, estos jóvenes necesitan saber.
—¿Saber qué? — indagó Logan.
—Lo de sus nuevos guardianes, querido.
Atticus apretó los puños bajo la mesa; el deseo de callar a esa mujer era insostenible.
Notó la mirada de Logan posándose sobre él. Sus ojos azul verdoso grandes y amplios.
—¿De qué está hablando?
—Todavía no tenemos audición con los dioses —aclaró Ross con notorio enfado hacia Joanna.
—Pero cuando la tengamos es claro que los dioses estarán de acuerdo en que sus hijos hicieron mal su trabajo.
—¡Wow! Tiempo fuera —soltó Josh, estupefacto—. ¿Cómo que hicieron mal su trabajo? Ellos son los mejores. Nos han protegido siempre.
Joanna hizo una mueca con los labios. No sabían si su intención era reírse o fulminar a Josh.
—Querido, estos jóvenes podrán haber sido los mejores, pero ya cumplieron su ciclo. Las cosas se tornan peligrosas cuando la línea del deber y la amistad se desdibujan.
—¿Se refiere a que nos asignarán nuevos guardianes? —preguntó Jennifer.
—A ti no, corazón. Pero sí al resto.
Josh saltó de su silla.
—¡No pueden hacer eso!
—Se puede si los guardianes rompen las reglas y ponen en peligro la vida de sus protegidos —vociferó Joanna con igual ímpetu que Josh.
—Seguimos vivos. ¿Qué eso no cuenta?
—Josh, cálmate —susurró Matt, implorando con la mirada que desistiera. Su ayuda solo empeoraba las cosas.
—Josh, escúchame —llamó Ross—, sus padres decidirán esto. Si su dictamen es que tengan nuevos guardianes, se hará. Si no, todo seguirá igual como hasta ahora.
Tanto Josh como Logan parecieron calmarse un poco. Tenían la esperanza de que sus padres fueran lo bastante inteligentes como para no dejarse embaucar por esta gente.
Matt y Atticus demostraron ser guardianes ejemplares. No necesitaban ningún reemplazo.
Sin embargo, no pudieron pasar por alto el hecho de que sus propios amigos le ocultaran esta información. No se trataba de una sorpresa de cumpleaños o un secreto que mantener para proteger la vida del otro. Esto podía haber sido contado.
—¿Significa que también tendré un nuevo guardián? —preguntó Belén con ligera melancolía.
Marquis Liréta se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos sobre la mesa y entrelazó los dedos.
—Sí, señorita. Los guardianes somos semidioses entrenados y capacitados para guiar, cuidar y proteger a quienes lo necesiten. No puede tener de guardián a un semidiós cualquiera, mucho menos si se trata de alguien con igual relevancia que usted.
Belén esbozó una sonrisa triste y dejó caer los hombros. No quería a alguien más, aunque su plan nunca fue el que Lucía la protegiera. Tan solo fue una excusa para obligarla a ir en busca de una cura que salvara a Justin.
Quizás era buena idea desligarse de Lucía y que esta no se sintiera obligada a cumplir su rol como guardiana. Después de todo, cuando se supo la verdad Matt se puso como araña.
Ser protector debía ser más difícil de lo que se imaginaba.
—Yo no quiero uno — acotó Lucía. La seriedad de sus palabras hicieron temblar a Belén.
Ross suspiró con amargura. En sus ojos se leyó la angustia y lo complicado del tema. Por ello fue Meredith quien habló.
—Sabemos que recientemente perdiste a tu guardiana.
Se refirió a la joven por su rango y no por su nombre. Aunque varios lo negaran, Sarah obtuvo su título de Guardián Maestro. Y cumplió con su deber hasta el último de sus alientos. Merecía ser llamada así.
Además, agradecía que la mayoría de los allí presentes votaran por realizar honores funerarios en reconocimiento a la ardua labor de Sarah.
—Pero literalmente es un caos ahí fuera. Están llegando rumores de que piden recompensas por su captura. Si algo llegara a ocurrir, necesitan protección. No importa cuán buenos sean. Necesitan que los protejan.
Lucía apretó los labios con la esperanza de reprimir las lágrimas.
—Si te sirve de algo —prosiguió Meredith—, es tu madre quien lo decidirá.
Ella asintió. Esperaba que su madre no aceptara la petición del Consejo. No estaba lista para suplantar a Sarah.
Oyó el aplaudir de unas manos. Al volverse descubrió la emoción centellear en los grises ojos de Joanna.
—Muy bien. Habiendo tocado todos los temas... ¿Kumiko?
—Se levanta la sesión.
Los concejales fueron los primeros en abandonar la sala y se desperdigaron por los múltiples pasillos de la Academia hasta desaparecer por completo.
Josh salió corriendo tras Lyla. La muchacha caminaba a toda prisa con la cabeza gacha y los pensamientos quién sabe dónde.
Le tocó el brazo y ese sutil contacto fue suficiente para hacerla reaccionar. Se detuvo y al girarse, Josh pudo leer la decepción en su semblante. ¿Esperaba a alguien más?
—Oye, hum. No te he visto últimamente.
Ella se llevó un mechón de cabello tras la oreja.
—Sí, he estado ocupada.
Una de sus piernas se movía en un tic nervioso; impaciente porque esta conversación terminara.
—Lo sé pero...
—Tengo prisa —le cortó con sequedad—. ¿Sabes dónde puede estar Annabeth?
La brusquedad en su hablar, la distancia que ponía entre ambos como si ella supiese algo que él ignorase. ¿Acaso había dicho o hecho algo que la ofendiera? Porque generalmente así era como actuaba la gente cada vez que metía la pata hasta el fondo. Solo que para entonces tenía una vaga idea de lo que había hecho. En este caso, no podía imaginarse nada, porque no hizo nada. O tal vez... ¿Será que Lyla se comportaba así porque él destruyó la tienda de Freya? Solo intentaba salvarla a ella y a sí mismo de un rabioso y horripilante monstruo. No podía culparlo por eso.
—Debe estar entrenando.
—¿Y en dónde entrenan?
—En la cascada.
—Genial. —Siguió caminando hasta que pareció recordar algo importante y volvió sobre sus pasos—. ¿En dónde es eso?
Como si hubiera sido invocado por alguna clase de hechizo, Ethan apareció detrás de Josh con expresión amigable.
—Yo sé donde es. Si quieres puedo llevarte.
—¡Estupendo! Gracias.
Ambos se alejaron por el pasillo. Josh permaneció atornillado al piso, sin saber muy bien qué acababa de pasar.
—Buena charla... —Se rascó la nariz y caminó donde sus amigos.
Logan lucía furioso. Parecía un padre regañando a sus hijos por haberle mentido. Solo le faltaba el bigote para hacer de su personaje uno mucho más real.
—Lo que sea que Logan haya dicho —añadió Josh—, estoy de acuerdo.
Los ojos de Matt se ampliaron.
—Okay, escuchen. Sé que estuvo mal haberles guardado el secreto, pero ya ven que no depende del Consejo. Sus padres nos conocen, saben cómo somos, es muy probable que estén de nuestra parte.
—No queríamos preocuparlos —acotó Atticus.
—¡Al Hades con eso! No sé quién diablos es esa mujer de ojos de gato, pero no confío en ella. Siento que tiene un discurso preparado para hacerlos quedar mal. ¡Es muy persuasiva!
Atticus se cruzó de brazos. Pensar en esa mujer le revolvía el estómago.
—Se llama Joanna Págoni. Es devota de Hera.
Miranda soltó una carcajada.
—Con razón es una arpía.
Nico la golpeó con el codo en el brazo.
—Ten respeto.
—¿Qué? No estoy diciendo nada que no sea cierto. —Rodó los ojos al ver que la expresión del joven no cambió en nada. Se cruzó de brazos y ladeó la cadera—. Yo solo espero que mi padre no acceda a asignarme ningún guardián. Ya tengo uno.
—Hades es un hueso duro de roer —dijo Matt—. Dudo mucho que Joanna lo haga cambiar de opinión.
—Yo creo que es tonto que decidan cambiar a los guardianes porque se entable un lazo de amistad con su protegido —expuso Jennifer.
Matt suspiró con pesadez. Había cansancio en su mirada.
—Ellos dicen que la amistad corrompe el juicio. Cualquier tipo de emoción en realidad. —Se acarició el dedo de una mano, imaginando que allí se concentraba toda la tensión del momento. Un buen masaje y el dolor desaparecería—. Cometimos algunas faltas porque supuestamente antepusimos la amistad antes que el deber.
—Qué estupidez —murmuró Logan—. ¿Qué hicieron supuestamente?
—¿Para el Consejo? Todo. No informamos que nos embarcaríamos en una misión, abandonamos a nuestros protegidos y dejé que casi te mataran —enumeró Atticus con la mejor de sus caras.
—Y hay más —habló en voz baja Matt, su pierna moviéndose de los nervios—. Pero no lo hemos dicho.
—¡¿Le mintieron al Consejo?! —chilló Belén, sorprendida. Ni ella sería capaz de mentir ante esas personas. A la primera tergiversación contaría toda la verdad. Aquellas personas emanaban un aura peculiar, como suero de la verdad.
—¡Shhh! —La mandó a callar Matt—. Sí... Y no es algo de lo que esté orgulloso. Pero si lo hubiésemos hecho sería como echar más leña al fuego.
—Bueno, qué más da. Nuestros padres decidirán por nosotros así que no hay nada que podamos hacer —apuntó Miranda—. Si me disculpan iré a liberar mi frustración en la cascada.
Encontraron la oferta tentadora por lo que todos decidieron ir a la cascada a entrenar.
☽ ☾
El entrenamiento lo había dejado exhausto. Solo pensaba en una tina con agua caliente y mucho jabón espumoso.
Se preguntó si tendrían sales aromáticas.
Al doblar el pasillo Alex se detuvo en seco.
Miró atónito como Zoe estaba parada frente a la puerta de su cuarto. Su mano en alto, sus nudillos a medio camino de tocar la madera.
El café oscuro de sus ojos encontró los de Alex.
—Hola —dijo. La timidez con la que pronunció el saludo desestabilizaron a Alex. ¿En dónde quedó la chica ruda?
Ella tomó el extremo de la pijama y lo retorció para liberar el estrés.
En cuanto la vio así, tan frágil y vulnerable, supo que algo malo había pasado con ella.
—¿Oye, estás bien? —Se aproximó con cautela, guardando la distancia.
Zoe inspiró y ese simple acto pareció darle la fuerza que necesitaba para hablar.
—Hoy vi a uno de mis entrenadores. El peor de todos. —Se mordió el labio inferior. Todavía no entendía cómo logró controlarse durante la reunión—. Fue como si estuviera viendo a una persona totalmente diferente. Y odié eso. En lo único en lo que podía pensar era en cuán miserable volvió nuestras vidas. Y él sigue ahí, como si nada de eso le afectara. ¡No entiendo cómo!
—Se le dice hipocresía.
Soltó un largo y sostenido suspiro que hizo de su diafragma un globo desinflado.
—Supongo que tienes razón. Como también tuviste razón en llamarme presuntuosa.
Alex se rascó la nuca y soltó una carcajada.
—Me alegra que lo aceptaras.
La joven esbozó una sonrisa a medias. Sus comisuras decayeron por el peso de la tristeza.
Creyó que sus tonterías la harían volver en sí y en menos de cinco segundos estarían hundidos en una discusión. Pero luego de lo ocurrido durante la cena era estúpido creer que ella estaría de humor para pelear.
Se había tomado la molestia de ir a buscarlo y por lo que parecía le estaba pidiendo disculpas a su manera.
—Lo siento, yo solo... —carraspeó, incómodo. Hundió las manos en los bolsillos del pantalón, sin saber muy bien qué decir.
Zoe parecía estar igual de perdida pero a diferencia de Alex supo cómo continuar.
—Erick era quien me recordaba que todavía quedaba algo de humanidad en mí. Que todavía tenía la oportunidad de salvarme. —Se encogió de hombres, reprimiendo el deseo incontrolable de soltarse a llorar—. No es que no sepa trabajar en equipo. Es solo que no sé trabajar con ustedes. No sé cómo sentirme respecto a ustedes.
—Entiendo que sufrieron mucho pero ninguno de nosotros tiene la culpa de eso. Lo que dijo Logan es cierto, todos somos peones. La diferencia está en cómo ves las cosas. Yo no lo siento como algo malo. Me gusta hacer esto y disfruto mucho de la atención que recibo por ello. Lo amo y sé que tú también. ¿Por qué no puedes vernos como a un igual?
—En verdad quiero pero no sé cómo hacerlo. Siento... Me siento confundida.
—Entonces déjame darte un empujoncito. Alguien que nos odia no habría ayudado a Jennifer durante la última prueba. Eso ya habla bien de ti.
Ella soltó una risa nasal.
—Supongo... No es sencillo, en especial porque ya no tengo con quien hablarlo. —Se frotó la nuca—. Prometo que lo intentaré.
Alex esbozó una sonrisa de gratitud y antes de que pudiera invitarla a algún lugar más tranquilo donde pudieran hablar con soltura, ella se despidió.
—Mañana será un largo día y se nota que estás cansado. No te entretengo más.
Avanzó por el pasillo y a medio camino oyó el llamado de Alex.
—Oye —dijo, captando su atención—. Al contrario de lo que piensan de nosotros, los hijos de Afrodita somos buenos escuchando. El setenta por ciento de las veces damos buenos consejos... cien si hablamos de amor.
Su comentario le arrebató una sonrisa a la joven. No dijo nada pero sus ojos lo dijeron todo.
☽ ☾
El área de entrenamiento se veía ligeramente distinta por la noche. Para Lucía, mucho más hermosa. Se oía el croar de las ranas y las diminutas luciérnagas pululaban por el valle, manchando la escena con luces iridiscentes.
Lucía sostenía a Estigia en una mano y con la otra frotaba sus dedos palpando el pesado aire de la noche invierno-primaveral.
El aire fresco le aclaraba las ideas y el ardor en su frente disminuía drásticamente.
No dejaba de pensar en la serpiente de fuego.
Las habilidades que le fueron concedidas giraban en torno a la estrategia y manipulación de armas. Pero nunca oyó a Sarah hablar del fuego negro, mucho menos a su madre.
Todo mundo decía que los hijos de las Moiras eran peligrosos; que su naturaleza oscura no tenía nada bueno que ofrecer. Por ello, morían en cuanto nacían. Sin embargo, el nacer bajo la gracia concedida de Niké la convirtió en el arma capaz de destruir a Cronos. Sólo así logró sobrevivir, pero estaba segura que en cuanto la guerra terminó, el Oráculo no quedó muy feliz que digamos.
Naturaleza oscura y arrastre de victoria eran dos factores altamente peligrosos. ¿Pero qué tanto? ¿A qué se estaban refiriendo con naturaleza oscura?
¿Se convertiría en el villano de la historia o encerraba un secreto que nadie, hasta ahora, había querido confesarle?
Si tenía que apostar, diría que sus dones fueron concedidos como un reemplazo temporal hasta que sus verdaderos poderes salieran a la luz.
Solo con recordar a Circe y a lo demacrado de su rostro era obvio el alcance de sus habilidades. Le ocasionó un daño terrible, si es que no irreversible.
El asunto es que no tenía ni la menor idea de cómo lo había hecho, ni tampoco qué tanto daño causaba a sus víctimas.
—¿Mucho trabajo?
Soltó un respingo. De no ser porque reconoció su voz le habría lanzado a Estigia.
Se volvió y descubrió a Matt parado a unos metros de distancia con las manos en los bolsillos. Ella sonrió y por un instante imaginó que era Sarah visitándola.
—Solo practicaba.
—¿Ya te designaron tu prueba individual?
Ella soltó una risotada.
—Ni siquiera sé si la tendré. Supongo que están definiendo quién se encargará de mí.
—Yo apostaría por James.
—¿El padre de Nico? ¿En serio?
Matt soltó una pequeña risa y se encogió de hombros.
—La verdad es que no tengo ni la menor idea. Solo lo dije por asociación.
Se produjo un silencio agradable entre ambos. A ninguno le molestaba la compañía del otro. Sentían que la angustia se aligeraba cuando estaban juntos, como si de alguna forma fueran capaces de compartirla.
Matt notó el cuchillo en la mano de Lucía y supo de inmediato que buscaba la manera de invocar su nueva habilidad.
Estigia no tenía nada que ver con ello, pero le pertenecía a Sarah y portarla significaba evocar su fantasmagórica imagen. La de su amiga. La que siempre estaba ahí para ayudarla. La única que llegaba a entenderla en su totalidad.
—¿Algún avance?
Lucía resopló con frustración. Se frotó la frente, sus párpados cerrados.
—No tengo la menor idea de lo que estoy haciendo —confesó.
El joven se aproximó hasta llegar a su lado.
—Debes buscar la fuerza en tu interior. A veces es como una chispa o un fuego.
—Creo que a mi chispa le echaron tierra encima —bromeó con cierto lamento. Pateó el suelo, arrancando unos pocos trozos de tierra y pasto—. Si tan solo tuviera El Ojo para entender...
Matt frunció el ceño ante el comentario. En El Ojo se escribía la historia del mundo. Presente, pasado y futuro. ¿Por qué ahí habría de encontrar la respuesta a cómo usar sus habilidades?
—¿No sería mejor tu libro? Sarah mencionó que tenías uno.
—Lo tengo —coincidió, sus ojos bien abiertos, como si reparara por primera vez en la existencia del mismo—. Ahí se escribe toda mi historia. Y a decir verdad sería una mejor opción. El Ojo es muy quisquilloso.
—¿Y en dónde lo guardan?
—En la Biblioteca Olímpica... Casi a la vuelta de la esquina —rio para liberar tensiones y Matt la acompañó en sentimiento—. Mamá se llevó el Ojo. Dice que sería una amenaza si llegara a caer en manos equivocadas.
Matt torció la boca y sacó sus propias conclusiones.
—Creí que el libro tenía vida propia y no revelaba información a cualquiera.
Lucía enfundó a Estigia y la enganchó al cinturón.
El rocío comenzó a caer y el frío ahuyentaba a las luciérnagas.
—Solo lo hace en presencia de Moros... y las Moiras. Quizás ante el Oráculo también. —Meneó la cabeza, agitando sus rizos amarrados a una cola de caballo—. No lo sé. La última vez le reveló a mamá toda la información que necesitábamos. Bueno, la mayoría.
Comenzó a guardar las armas que había estado usando. Mientras tanto, la mente de Matt no dejaba de pensar. Caminó tras ella, sus pisadas calculadas.
Lucía acomodó el carcaj junto con los otros y al voltearse presintió que algo no andaba bien.
—¿En qué piensas?
Él demoró en responder.
—¿Por qué tu madre habría de esconder un libro que solo puede ser leído por aquellos que construyen y vislumbran el destino?
—Hum, bueno, en realidad él elige quién puede leerlo. Yo soy hija de una Moira y no siempre me mostró lo que quería.
—¿Pero quién es el dueño del libro?
—Moros.
Matt amplió los párpados. Todas sus conjeturas finalmente convergen en la pieza que faltaba para darle sentido al rompecabezas. Sin embargo, Lucía siguió igual de perdida hasta que una idea surgió en lo profundo de su mente. Recordó la batalla contra Cronos, la forma en que lo destruyeron...
—¿Estás...? ¿Me estás diciendo que Moros ligó su vida al libro?
—Sin ofender pero ¿desde cuándo tu madre se ha interesado en ayudarnos? Ella viajó contigo a la biblioteca porque sabía que allí encontraría El Ojo.
—O sea que Moros hizo lo mismo que Cronos —repitió, conmocionada—. Ligó su vida a un objeto con la esperanza de vivir.
—Él se alimenta de la energía del libro. Pasará un tiempo para que vuelva pero eventualmente lo hará.
Estaba demasiado impactada como para razonar.
—Creí... Creí que estaba en nosotros. Él dijo que el destino estaba en nuestra sangre. ¿Por qué lo diría si no?
—¿Para despistar quizá?
Si lo que Matt decía era cierto significaba que el destino seguía su curso tal y como Moros lo había predicho. Y si las palabras del dios eran ciertas, por ella —por su culpa— el fin de la guerra no estaba claro.
Sus acciones; las decisiones que tomara condicionarían las del resto y los llevarían al peor de los finales o al triunfo absoluto. Para colmo, la victoria estaba supeditada al último verso de la profecía. Verso que seguía sin entender.
«Llegarán lejos».
¿Qué tan lejos?
¿Llegarían a desbaratar los planes del Emperador y evitar una guerra sangrienta o cuando creerían haberlo conseguido, las cartas se voltearían y la muerte se transformaría en su único final?
Ahora era ella quien deseaba acabar con el libro. Destruir la esencia descuartizada de Moros para siempre, porque aunque sonara egoísta, no quería cargar con la culpa de haberlo arruinado todo.
—Ya no te preocupes —dice el joven al ver el rostro perturbado de Lucía—. Tu madre se está haciendo cargo. Esto es algo que no nos compete. Es más, puedo estar equivocado.
—No creo que lo estés. —Su tono lúgubre le erizó los vellos a Matt.
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