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☾apítulo 6

PARTE II



Sentados a los pies de una colina se encontraban Matt, Nico y Atticus. Habían encontrado el sitio perfecto para observar desde la distancia el entrenamiento de sus protegidos. Y hasta ahora no estaba resultando tan placentero como imaginaban. Les restaban treinta minutos para salir del barro y subir al mirador.

Odiaban ser pesimistas pero por cómo venía la mano...

Ethan apareció y se unió al trío. Tomó asiento sobre la manta que Matt extendió en lo húmedo del pasto. De no ser por su idea ahora mismo estarían con los pantalones mojados. La tela los protegía a la perfección del rocío.

—¿Cómo van? —Se acomoda junto a su hermano. Flexiona las rodillas y apoya los codos sobre éstas.

—Sobreviviendo —lamenta Atticus. En el fondo creía que iban a ser más... rápidos.

—¿Tan mal?

—Son las Cinco Montañas. ¿En serio creyeron que lo lograrían? —cuestiona Nico y se gana la mirada de los presentes.

—¿Tú no?

El joven soltó un suspiro y sus hombros cayeron pesados.

—Las primeras pruebas son relativamente fáciles y mira cómo van. No digo que no lo consigan pero si el récord fue de dos años y medio, dudo que en un mes ellos puedan completar todos los desafíos. —Su voz se va apagando cada vez más—. Temo que en cualquier momento pase algo y ellos no estén listos para enfrentarlo.

—Debemos ser positivos —añadió Matt antes de que los pensamientos oscuros inunden la mente de todos, incluyendo la suya propia—. Hay que creer que progresarán antes de que empiecen a volar academias.

—¿Desde cuándo te volviste tan bueno en charlas motivacionales?

Matt estrechó la mirada y se mordió la cara interna de la mejilla.

—Estoy hablando en serio, Atticus. Ahora estamos en un impás, podemos respirar tranquilos, pero ¿cuánto durará? Ellos volverán y cuando no los encuentren sabrán que están en una academia. La búsqueda por encontrarlos podría ser devastadora.

Los tres guardaron silencio y el ánimo cayó al piso. Matt llevaba razón. Las academias protegían a los semidioses de cualquier amenaza; ocultándolos del mundo exterior.

Circe era una mujer inteligente y encontraría la forma de localizar una por una todas las academias del mundo. Las destruiría y no se detendría hasta encontrarlos. Eso, claro, si no conseguía espías que se infiltraran entre los pasillos buscando y buscando.

—Matt tiene razón —coincidió Ethan. Su semblante se ensombreció por la angustia producida por sus pensamientos—. No podemos dejar que eso suceda. Ellos no dejarán que eso suceda. —Señaló al enorme edificio donde hace no mucho el Consejo estaba reunido, resolviendo qué medidas tomar—. Solo espero que para entonces —apuntó con la cabeza al grupo de semidioses que luchaba por escapar de la trampa de lodo—, estén listos.

La incertidumbre caló hondo en ellos. El silencio envolvió a los cuatro y solo se escucharon las voces de sus amigos atraídas por el viento.

Ethan siguió con el dedo los dibujos de la manta al tiempo que su mente seguía carburando ideas.

Atticus lo miró y notó la preocupación en su hermano. Esperaba que no estuviese así por culpa suya. Ya bastante tenía con que su madre le ocultura sus verdaderos sentimientos.

Estaba decepcionada. Lo sabía.

Tenía la esperanza de que Poseidón fuera indulgente y no lo separara de Logan.

Desconocía para cuándo quedó marcada la audiencia con los dioses y estaba claro que su madre no le revelaría esa información. Tal vez Ethan estaba mal porque conocía la respuesta y guardar el secreto lo destruía por dentro.

Pensar en el caos que se le avecinaba no hizo más que empeorar su estado de ánimo. Nunca antes se había sentido tan devastado. La chispa se apagaba en su interior y no había gasolina con qué alimentarla.

En eso, descubrió a Matt cargando con un libro bastante peculiar. Lo recordaba de alguna parte.

—¡No puede ser! —alzó la voz al recordarlo—. ¿Te robaste el libro?

Matt lo mandó a callar, indicando con la mano que bajara la voz.

—Fue un préstamo, ¿lo olvidas?... Y tampoco es como si pudiera devolvérselo.

—¿Qué es eso? —preguntó Ethan, husmeando la portada.

—Es un libro de Guardianes. Freya dijo que no conocíamos toda la historia, por eso nos mandó a leerlo.

Nico examinó el libro que sostenía Matt. A simple vista lucía legítimo y se asemejaba bastante a los ejemplares que su familia guardaba.

—No entiendo. ¿Qué hay en ese libro que no sepamos ya?

—Es lo que quiero averiguar. Y si eso puede ayudarnos en esta guerra, bienvenido sea.

—¡Nicolás!

La voz autoritaria de James le puso a Nico los pelos de punta. Se puso en pie de inmediato, como si tuviera un resorte en las piernas, y corrió donde su padre.

Matt e Ethan entablaron una conversación que le impidió a Atticus escuchar lo que James tenía para decirle a su hijo.

—Ya, deja de verlos. —Ethan le dio un leve golpe en el hombro para hacerlo reaccionar—. Sabrán que los estás espiando.

—No los espío.

—Sí, cómo no. Siempre te gustó andar de fisgón. La curiosidad mató al gato, ¿lo sabías?

Atticus chistó y se acomodó el pelo revuelto por la brisa.

—¿Hace cuánto que no vemos a Nico sonreír?

Matt despegó la vista de las páginas del libro.

—¿A qué viene la pregunta?

—A que desde que trabajo con él me di cuenta de cuánto ha cambiado. Ya no es el mismo de antes. ¿No viste cómo se puso cuando lo llamó James? Le faltó decir "Sí, mi General".

—Sabes que desde que le impidieron seguir siendo el guardián de Miranda, la relación con sus padres cambió para mal.

—Pero no fue culpa de Nico. Hades fue el que rompió las reglas.

—Todavía hay gente que sigue creyendo lo contrario —apuntó Ethan con cierto pesar—. Piensan que es mentira. Que Nico no fue un buen guardián y que por eso Hades lo mandó a quitar.

»Los Cerberus son muy conservadores. El que la comunidad dudara de las aptitudes de su hijo los devastó. Supongo que por eso Nico se ha esforzado en hacer bien las cosas.

Algo se quebró dentro de Atticus.

—Y ahora volvió a arruinarlo. Todos lo arruinamos.

☽ ☾

Luego de que todo mundo arrojara un sinfín de opciones sobre qué hacer, Miranda descubrió que la respuesta les rodeaba la cadera. Sus cinturones estaban hechos con materiales resistentes, por lo que si los unían, formarían una cuerda lo bastante larga como para llegar a todo mundo.

Lanzaron sus cinturones y Luke se encargó de unirlos en un perfecto nudo digno de admirar por la Marina.

—Toma —Miranda le extendió a Belén la flecha que cargaba con la cuerda de cinturones—. Lánzala.

Belén miró el objeto que tenía enfrente con sorpresa.

—¿Quieres que lo haga porque soy buena o porque quieres hacerme sentir útil?

El fastidio se asentó en los pómulos altos de Miranda.

—Solo hazlo.

Belén accedió a lanzar la flecha, aunque la duda seguía latente. No es como si fuese algo que le quitara el sueño por las noches, pero Miranda solía acaparar muchas cosas. El que le cediera el lugar era un acontecimiento importante.

Uno a uno fueron arrastrados hasta la saliente. Cuando el último de ellos estuvo arriba, emprendieron viaje al mirador.

Apenas y se molestaron en prestar atención a Kumiko. No escuchar su voz significaba que todavía estaban a tiempo.

Caminaron por el sendero que bordeaba la ladera. Algunas partes eran más sinuosas que otras; otras más escarpadas.

Al final, luego de lo que parecieron días, llegaron hasta el mirador. No vieron otra cosa más que tupidas copas de árboles y nieve.

—Wow —exclamó Luke—, esta vista debería estar entre las siete maravillas del mundo.

El aplaudir de alguien rompió con la lluvia de comentarios hacia Luke.

Grover avanzaba hacia ellos con expresión dudosa en el rostro. ¿Estaba feliz o disgustado?

— Los felicito. Completaron la primera prueba.

—Gracias —musitó Annabeth, pasando el peso de su cuerpo de una pierna a la otra—. ¿Por qué siento que no estás contento?

—Oh, no, sí lo estoy. Me alegra que hayan podido terminar la prueba.

—¿Entonces?

—Ustedes díganme. ¿Cómo se sienten?

Hubieron titubeos y miradas nerviosas. Creían haberlo hecho bien pero ¿qué tan bien?

La expresión en Grover los desencajó. Ya no sabían qué creer.

—No fueron ustedes mismos —añadió Grover con un tinte lúgubre en la voz—. Dudaron demasiado. Recién cuando Annabeth tomó las riendas fue que cogieron el ritmo de siempre.

»Olvídense de nosotros. De la guerra, de sus problemas. Están aquí para aprender de ustedes mismos. Son un grupo, actúen como tal —ordenó con voz autoritaria. Lucía decepcionado y ellos mismos se sintieron en los primeros tiempos de la Academia.

—Yo digo que no estuvo tan mal. —La voz de Kumiko los sobresaltó. Estaba parada justo a sus espaldas, el cronómetro colgando de su cuello, marcando una hora exacta—. No seas tan duro con ellos, Grover.

Grover soltó un bufido. Le regaló una mirada a cada uno de los presentes y se marchó de allí sin decir una palabra.

—Buen trabajo, semidioses —dijo Kumiko, esperando levantar el ánimo. Y aunque la opinión de Grover era muy importante para ellos, el que alguien más valorara sus esfuerzos los hizo sentir bien por dentro.




Aquella noche, luego de que entrenaran duro junto a la cascada —su nueva área de entrenamiento—, Grover y Kumiko creyeron que sería apropiado tener una cena para conmemorar su inicio en las pruebas.

Juntaron todas las mesas disponibles en el solarium y formaron una sola. Así todos podrían verse, charlar y unirse más como grupo.

El banquete estaba repleto de delicias.

Puré, costillas, salsa, vegetales. Un manjar un tanto ostentoso que, para algunos, no resultó en lo absoluto apetitoso. Sentían que les estaban tomando el pelo. Del tipo «Fueron un desastre, lo sabemos, pero haremos esto para hacerles creer que estuvieron bien y no se les baje la moral».

Ni Grover ni Kumiko los acompañaron esa noche. Kumiko debía seguir cumpliendo con sus deberes de Decana, mientras que Grover se internó en su habitación para planear el entrenamiento de mañana.

Josh se preocupó al no ver a Lyla entre los presentes. No había estado durante el desayuno y tampoco daba señales de aparecer en algún momento. Según Matt, ella estaba internada en su habitación estudiando el grimorio de Freya.

A Josh no le pareció muy sano la práctica de Lyla, pero si no se le hacía muy tarde, pasaría a visitarla. Un poco de charla social no le venía mal a nadie, en especial si no habías estado cerca de un ser humano por más de veinticuatro horas.

Hasta el momento la cena se desarrollaba con normalidad... O tal vez era porque nadie se atrevía a tocar el tema. Preferían discutir sobre trivialidades como la sazón de la carne o la espectacular vista, hasta que Luke se atrevió a decir lo que nadie podía.

—Para ser la primera prueba fue bastante fácil.

Annabeth tragó el líquido de la boca y apoyó la copa en la mesa con demasiado ímpetu. El contenido se agitó violentamente entre las paredes de cristal.

—Si realmente piensas eso, no entendiste nada.

La vida alrededor de la mesa murió de un chasquido.

—Oye, cálmate. Solo estoy...

—De haber actuado con eficiencia estoy segura que en treinta minutos habríamos estado en el mirador.

—Pero lo hicimos, ¿no? Quiero decir, eso era lo importante. Nadie tuvo que rescatarnos.

—Annabeth tiene razón —coincidió Lucía—. Solemos ser mejores que esto y nos consta. —Miró a Luke, sus dedos acariciando el borde de la servilleta—. Esa fue la prueba. No era llegar al mirador, no era escapar de la trampa de barro, era darnos cuenta de cuán inseguros y dependientes somos. Tal y como lo dijo Logan.

El silencio se prolongó y lentamente los murmullos abarcaron terreno.

—Supongo que después de esto seguirás con nosotros —murmuró Alex, sutilmente inclinado sobre Zoe para que lo escuchara.

La joven cortó un trozo de carne y se lo llevó a la boca. Si estaba ocupada masticando no tendría oportunidad de responder. Sin embargo, la cercanía de Alex estaba poniéndola histérica.

Soltó los cubiertos y clavó sus ojos en el avellana de sus pupilas.

—No tengo por qué responderte eso.

—Oh, vamos. Se suponía que hoy me restregarías en la cara cuán genial y asombrosa eres. ¿Y adivina qué? No lo hiciste.

—¡Porque no dejabas de molestar! —masculló en voz baja.

—Yo no molestaba. Incentivaba. Lo cual es muy distinto.

De no haber sido porque Luke los interrumpió, Zoe le habría soltado todas sus verdades a Alex. Pero lo que el mejor amigo del hijo de Afrodita tenía para decir, fue peor de lo que imaginaba.

—¿Te hiciste algo en el cabello?

—¿Qué? No.

—Sí, lo tienes diferente —insistió Luke—. Creeme, me fijo en los detalles. ¿Te teñiste de nuevo?

Zoe se tocó las puntas del pelo instintivamente. El azul demacrado con tonos de amarillo y gris desapareció y dio paso a un intenso aguamarina.

—Por supuesto que no —dijo, casi que enfadada—. Ya estaba así.

Se concentró en su comida, esperando que Luke desistiera del tema. Si lo ignoraba todo terminaría.

—Luke tiene razón —habló Logan. Sus ojos entornados, buscando descifrar en qué momento el cabello de su hermana había cobrado tanta intensidad—. Lo llevas diferente.

Mientras Zoe se defendía alegando que nada raro había ocurrido con su cabello, unos pocos compartieron miradas cómplices y de preocupación.

—Nosotras dijimos lo mismo —Clarisse rompió con la discusión entre hermanos y se ganó una mirada asesina por parte de Zoe. Sus ojos lo decían todo: no te atrevas a decirlo—. Hera lo dijo.

—Hera no estaba en ese momento. —Se defendió.

—Un segundo —interrumpió Logan. Cada vez se sentía más confundido—. ¿Hera?

—No interesa.

—Claro que sí. —Clarisse miró a Zoe con la severidad que vería a un enemigo en batalla. No entendía cómo alguien podía llegar a creer que era capaz de tapar el sol con un dedo. La realidad estaba ahí, golpeando a su puerta. No se podía ignorar.

—¿Alguien quiere explicarme qué está pasando? —exigió Logan en tono pausado.

Belén, Clarisse y Annabeth observaron a Zoe con detenimiento, esperando que fuera ella la que hablara. En su lugar consiguieron una mirada pestilente de odio puro.

—Hipnos nos transportó a Nico y a mi a una cueva —narró Lucía con la vista fija en un punto de la mesa. El recuerdo de esa noche le formó un nudo en el estómago—. Justin estaba con él. Se veía magullado, cansado y asustado. Él no quería hacernos daño pero lo obligaron.

Nico agachó la cabeza y se frotó las manos contra el regazo. Las miradas que recayeron sobre él eran más incómodas de lo que podía tolerar.

—Ligó nuestras vidas a la cueva. Si intentábamos salir, moriríamos. Y si permanecíamos dentro, moriríamos ahogados. La única que podía levantar la maldición era Hera, y así lo hizo. Pero hubo en remanente.

—La maldición de una maldición —murmuró Matt, despejando las dudas del resto.

Lucía asintió.

—Dijo que no podía deshacerse de ella hasta que fuera acogida por alguien. Y creemos que Zoe la tiene.

—Por supuesto que no la tengo. ¿Podemos cambiar de tema, por favor? —Zoe lucía superada; harta de que siguieran con lo mismo.

—¿Cómo es posible? —habló Josh, consternado—. Quiero decir. ¿Cómo se la agarró?

—Todo pasó muy rápido. Clarisse y Belén luchaban con una lamia mientras yo intentaba recordar la plegaria de invocación —explicó Annabeth, sus ojos bien abiertos al igual que sus palmas, recordando la escena exacta en su mente—. Hera apareció, quitó la maldición y mató a la lamia. —Sus manos imitaron los movimientos de la diosa— . Dijo que nos fuéramos. Insinuó que las cosas se estaban poniendo difíciles, entonces...

—Cuando subíamos por el acantilado, resbalé y caí al mar —concluyó Clarisse. Estaba apenada, horrorizada por su torpeza—. Arrastré a Zoe conmigo... Ambas caímos y ella me salvó. Usó sus poderes para llevarnos a la orilla y cuando salimos, su cabello....

—Ya les expliqué que el mar actúa como un vigorizante. Por eso cambió el color de mi pelo.

—Tú y yo sabemos que eso no es cierto —habló Logan. Su mirada fija en Zoe, la preocupación reflejada en sus pupilas—. Hablemos con Hera. Ella puede quitarte la maldición.

La joven se levantó de pronto. La mesa se sacudió y todo lo que había sobre ella también.

—¡Basta! No tengo absolutamente nada, ¿por qué no pueden entender eso? —dijo. La desesperación clara en su voz, en su postura.

—Queremos ayudarte. Eso es todo —argumentó Logan.

—No necesito que me ayuden. ¡Deja ya de preocuparte por mí! Ocúpate de tus asuntos.

—¡Suficiente! —gritó Logan con igual vehemencia que su hermana. Se puso en pie, toda la mesa expectante, callada—. Sé que no te agrado pero he intentado ser amable contigo. ¡Todos lo hemos sido! Pero tú solo ves por ti y tus intereses. ¿Acaso no te das cuenta que ambos pasamos por la misma mierda? Fuimos creados con el propósito de salvarle el trasero a los dioses, así que no somos tan diferentes como tú crees. ¡Deja de culparme por todo lo malo que hay en tu vida y date cuenta que yo también he sufrido!

Los ojos de Zoe se ensancharon y se estremeció con intensidad. Las palabras de Logan la atraviesaron como un rayo, desgarrándola por dentro, amenazando con destruir las barreras de su cordura.

Oleadas de sentimientos bombardearon su endeble cuerpo, afiebrado por los recuerdos. Las palabras se atoraron en su pecho, filosas como cuchillo de carnicero.

El rostro de Erick flameó frente a sus ojos aguados. Intentó apartarlo pero el anhelo de volver a verlo; el saber que había traicionado la promesa que le hizo, la estaban destruyendo por dentro.

—¿Crees que no me doy cuenta de eso? ¡Yo tenía una vida! Una vida perfecta y me la quitaron. ¡Me quitaron todo! —El odio se asentó en su interior, desarmándola. Amenazando con ponerla de rodillas; con romperla en frente de todos—. Odio que me apartaran de mi familia. Que me encerraran, que me compararan contigo.

Su pecho subiendo y bajando con irregularidad; la furia en sus ojos abatidos. Se rehusaba a llorar frente a todos... frente a Logan. Él estaba mirándola con ojos preocupados, demasiado sorprendido para hablar.

—Odio mi vida pero amo...¡Amo ser un semidiós! —arrastró la voz en la palabra "amo", una mezcla de deseo y rabia corriendo por sus venas—. Amo con todo mi ser poder pelear. Amo demostrar lo buena que soy. Y me encanta que seas malo. Me encanta que sientas que estás defraudando a todos porque a lo largo de mi vida me han dicho lo bueno que eres. —Los ojos comenzaron a escocerle. Su voz un continuo temblor culposo—. Siempre diciéndome que nunca lo lograría; que jamás podría ser igual a ti. —La garganta se le cerró. El recuerdo de los ojos de su padre la atormentan. Tantos años de entrenamiento tirados a la basura—. Nadie creía en mí...

Apartó toscamente la mirada, lágrimas compitiendo carreras por sus mejillas. Apretó los puños al recordar una época llena de furia y desesperación. Pasó su vida encerrada entre cuatro paredes, entrenando día y noche para ser igual de buena que su hermano. Para salvar al mundo cuando los verdaderos héroes no pudieran hacerlo.

Y no pasó. Nunca pasó.

Los héroes siguieron ganando y ellos siguieron encerrados; entrenando duro para un futuro desdibujado e incierto. Hasta que parecieron compadecerse de su miseria y los liberaron. Les permitieron vivir la vida que les quitaron. ¿Y por qué? Porque los dioses descubrieron su error. Fallaron en creer que simples semidioses podrían ocupar el lugar de un Joven Guerrero.

Su experimento fracasó y en el proceso arruinaron vidas. Vidas que seguían sanando.

Vidas como las de Zoe, que estaban tan dañadas, tan alteradas que ya no había forma de presionar el botón de reinicio. Porque esto, la realidad en la que se movía, era su identidad.

—Lo odio —musitó, cabizbaja—. Odio amar esto.

—Zoe.

—Detesto en lo que me convirtieron —levantó la cabeza. Su vista fue al encuentro con Lucía y sostenerle la mirada se volvió un castigo; una cachetada directo al alma. Buscó a Logan y por un instante pudo respirar—. Y lo peor de todo es que ya no sé cómo volver atrás.

Apretó los labios, conteniendo el impulso exacerbado del llanto desconsolado.

—Perdón... —dijo en dirección a Lucía—. Perdón por quitarte a Sarah.

Salió corriendo de la habitación sin darles la posibilidad de que la detuvieran.

Logan intentó ir tras ella pero las manos de Lucía lo retuvieron.

—No —dijo. Sus manos temblando alrededor del brazo de Logan—. Necesita espacio.

—Pero yo...

—Lucía tiene razón —coincidió Jennifer. Estaba igual de desconcertada y abrumada como el resto—. Ya tendrás oportunidad de hablar con ella.

Logan volvió a tomar asiento pero todo su cuerpo le gritaba que fuera tras su hermana. Aunque tal vez Lucía y Jennifer tenían razón. Hablar con Zoe en ese momento sería un fracaso rotundo, en especial si se sentía tan miserable como él ahora.

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