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☾apitulo 5

Francisco, Nestor y Ulises tuvieron la mala suerte de toparse con Circe. Una bella mujer que supo cómo engañarlos; cómo endulzar sus dulces y frágiles corazones creando falsas promesas.

Los usó, los destrozó y finalmente compró sus almas al convertirlos en animales. Formaron parte del zoológico de Circe por varios años, siendo Nestor el que tuvo que soportar veinte años de tortura.

No todos los convertidos eran malos. Algunos tuvieron la mala suerte de toparse con la hechicera y, una vez en sus garras, era muy difícil escapar de ella. Las promesas, las caricias, los besos se volvían aditivos y necesarios. Solo podían pensar en ella día y noche. Su imagen rondaba en sus mentes; los consumía hasta los huesos. Ya no podían pensar en más nada pues su vida estaba consagrada a Circe.

No descansaban en paz hasta que volvían a reencontrarse con ella. Y era allí, durante la cena, que las cosas se tornaban oscuras y retorcidas. Sus lenguas tomaban vida propia, sus mentes se desconectaban de sus cuerpos y las palabras fluían con la verdad. Todos sus secretos, sus sombras, sus deseos más oscuros y perversos salían a la luz. Y era entonces cuando Circe decidía en qué animal los convertiría. Cuanto más bajo cayeran, más repugnante y despreciable el animal.

Y como ellos dijeron, sus juicios morales fueron malinterpretados. No merecían ser castigados de esa manera. Muchos de los que Circe condenó no lo merecían. Otros, por el contrario, merecían cada una de sus humillaciones.

Circe podía ser una mujer despiadada pero su desprecio por los hombres buscaba erradicar del mundo las malas hierbas que entorpecían o violentaban el camino de las doncellas.

Cuando la Guerra Celestial dio inicio, Circe envió lobos, serpientes y escorpiones con el fin de obtener a los marcados y deshacerse de los que no. La promesa de convertirlos nuevamente en humanos era más grande que cualquier cosa. Matar podría significar un cargo de conciencia enorme, pero si no lo hacían, si no cumplían las órdenes, la muerte era lo que les esperaba.

Ellos, junto con Kyle —uno de los que pereció en batalla— fueron enviados al campamento porque Circe recibió la ubicación por parte de un aliado. Tal parecía que su secuaz no necesitaba de hechizos para localizar a un semidiós. Esto significaba que era un dios.

Hipnos capturó a Lucía y Nico, lo que lo situaba como el principal sospechoso. Pero no descartaron a la persona misteriosa que ayudó a acabar con Freya.

Ahora que Circe estaba en deplorables condiciones, sus poderes menguaron y rompieron varios de sus encantamientos. Y si estos tres chicos lograron recuperar su apariencia vaya uno a saber cuántos otros habrían corrido con la misma suerte.

Les agradecieron infinitamente el que los ayudaran y les ofrecieron sus más sinceras disculpas.

Libres emprendieron marcha a sus respectivos pueblos, deseosos por reunirse con sus familias.

Ese mismo mediodía Siderius informó que comenzarían su viaje para encontrar al único que podría curar las heridas de Freya. Su nombre era un misterio para los semidioses y su ubicación un enigma. Nadie sabía nada y así era mejor.

Se despidieron del pueblo y les agradecieron su hospitalidad.

—Salvaremos a Freya. Y si el mundo se hunde en la guerra, ahí estaremos nosotros para pelear a su lado —habló Fey, y el resto de los habitantes acompañó con un grito de aliento.

Los semidioses le agradecieron el gesto y le tomaron la palabra.

Lyla creó un portal y antes de atravesarlo se despidieron de sus nuevos amigos.

Arribaron a un espléndido jardín japonés que les robó el aliento. El lugar rebosaba de paz y tranquilidad. Los pájaros les dieron la bienvenida con sus apasionados cánticos.

Detrás de los árboles y senderos sinuosos, por encima del río de rocas que guiaba el agua hacia el lago, resplandecía una imponente estructura de madera y mármol. Semejante al partenón, la Academia de Artemisa recogía sus raíces griegas y las combinaba con la singularidad de los templos japoneses. Como resultado, se obtenía una panorámica híbrida que funcionaba a la perfección y encajaba con el medio que la rodeaba.

Pero lo más impresionante eran las imponentes montañas que se alzaban más allá de la academia. Campos cubiertos por una fina capa de nieve y ríos poco profundos. La bruma cubría el valle y escondía la descomunal cascada, mas no acallaba su intenso ruido.

A diferencia del exterior, la barrera que cubría la Academia y la volvía segura ante cualquier amenaza, provocaba que el invierno no desatara toda su furia. Todavía podían ver el verde de los arbustos y el intenso color de las flores. Los árboles apenas presentaban una cubierta blanca sobre su follaje y otros parecían hechos en su totalidad de hielo.

Estaban en invierno y, sin embargo, ahí dentro el clima parecía estar suspendido, corriendo a ritmo desfasado y casi que esperando a la primavera.

Avanzaron por los múltiples puentes que conducían a la entrada principal. Les llamó la atención no ver a nadie entrenando pero Matt aseguró que los campos de entrenamiento estaban hasta el fondo.

Varias estatuas de Artemisa y las más valerosas de sus cazadoras se encontraban desperdigadas por todo el jardín.

A unos cuantos metros de llegar, una mujer de unos cuarenta y tantos salió de dentro de la academia. Vestía unos pantalones holgados y una remera sin mangas color negro. Cabello corto que enmarca a la perfección lo circular de su rostro. Ojos rasgados y unos preciosos labios carnosos que embellece con labial ciruela.

De su cuello colgaba una preciosa piedra blanquecina con destellos azules iridiscentes. La misma que solía usar Hope en sus brazaletes.

Si Matt no les hubiera confesado que las familias Guardianas de Artemisa estaban conformadas por cazadoras, habrían creído que aquella mujer era media hermana de Hope.

La mujer hace una reverencia y los tres guardianes le corresponden el saludo. Con un leve retardo, los semidioses reverencian a la desconocida y la observan expectantes.

―Bienvenidos. Mi nombre es Kumiko De Artemis y soy la decano de la Academia de Artemisa en Japón.

―¿Japón? ―Luke amplió los párpados, la sorpresa desencajando su mandíbula.

―¿El jardín japonés no te dio una pista? ―le susurró Annabeth al oído.

―A todo mundo le gustan los jardines japoneses. Yo que voy a saber.

―Síganme, los están esperando dentro.

Entraron y antes de verse deslumbrados por la decoración interior, la atención de todos se volcó en el cabello castaño cobrizo de una silueta femenina. La joven miraba la habitación con fascinación. Sus ojos grises exploraban cautivados el recinto, al tiempo que sus manos no dejaban de moverse, tentadas a crear nuevos inventos.
Aquel espacio disparó la creatividad en ella y todo lo que quería era encerrarse en un taller.

―¡Jennifer! ―gritó Luke.

La joven esbozó una genuina sonrisa de alegría. Después de no recibir noticias de ellos creyó lo peor. Ahora que los veía a todos reunidos la tensión sobre sus hombros menguó.

Se acercó para abrazarlos uno por uno, diciendo lo mucho que los extrañaba.

Entrelazó sus brazos alrededor de Belén, percibiendo la congoja en su amiga. Sabía cuán importante era Justin para ella y el que no estuviera allí implicaba un golpe muy duro. Era una herida abierta imposible de cerrar. Un tarro de sal salpicando el corte sangrante que atravesaba el corazón de Belén.
Sabía que su amiga no estaría en paz hasta tener a Justin entre sus brazos. Mientras tanto, ya que estaban juntas, Jennifer se encargaría de despejar su mente.

Un chico moreno de imponente postura se posicionó frente al grupo. Matt lo reconoció como miembro de la comunidad guardiana por el uniforme, pero a decir verdad no tenía ni la menor idea de quién era.

En eso oyó el ruido de las puertas al abrirse. Al otro lado del hall entraron tres figuras caminando a paso sincronizado.
Por una parte, un hombre caucásico de ojos castaños y cabello negro perfectamente cuidado al igual su barba. Lucía pantalones negros, una remera oscura y una chaqueta de cuero que le sentaba de maravilla.
En el cuello llevaba una gargantilla con el dije de un águila.

A su lado, andaba una mujer de piel trigueña y ojos verde cristal. Su cabello castaño estaba recogido en una cola baja, revelando así el tatuaje de un delfín debajo de su oreja izquierda. Traía la misma ropa que Kumiko, lo que la posicionaba como una guardiana.

Por último, un joven igualmente uniformado de ojos avellanados y cabellos castaños.

―¡Ethan! ―Atticus salió al encuentro de su hermano, quien lo fundió en un afectuoso abrazo.

Hacía tan solo dos meses que no veía a su hermano y se sentía como una eternidad. Ambos trabajaban en el Olimpo y, sin embargo, los minutos que compartían juntos nunca eran suficientes.
Saber que habitarían bajo el mismo techo lo remontó a su niñez.

Reparó en la presencia de su madre y en la emoción contenida de sus brazos por querer estrujar a su hijo.

Meredith Delfini y Ross Aetós eran los miembros de las familias con el más alto cargo otorgado por los dioses: representaban a los suyos en el Consejo de Guardianes.

Matt saludó a su padre y le agradeció por convencer a Kumiko de que los aceptara en la academia.

―Fue un placer. No dejaríamos desprotegidos a los Guerreros. ―Sonrió y a continuación se inclinó para susurrarle a Matt en el oído―: Aunque esperan un reporte completo.

Antes de que Matt pudiera preguntar a qué se refería, Josh y Logan aparecieron para saludar a los que fueron como su segunda familia. Hacía tiempo que no los veían y ya extrañaban la comida de Ross y las noches de juego organizadas por Meredith.

―Semidioses ―dice Kumiko, posicionándose frente al grupo―. Ethan Delfini los guiará por las instalaciones. Cualquier duda que tengan pueden consultarle a él. Mientras tanto, los guardianes y yo nos ocuparemos de otros asuntos.

―¿No iremos con ellos? ―pregunta Nico.

―No. Ustedes vendrán con nosotros ―dijo Meredith―. Hay reunión del Consejo.

Matt se tensó bajo el contacto de su padre. Finalmente asistiría a una reunión. Nunca antes había tenido ese privilegio y la emoción estaba a flor de piel.

Por su parte, Nico lucía aterrado.

―¿Mi padre estará ahí? ―tragó duro. La vena en su cuello palpitando.

―Sí, cariño. Estoy segura de que estará ansioso por verte.

Nico esbozó una sonrisa carente de emoción. Cuando se trataba de su padre nunca estaba seguro de qué esperar. Solo esperaba no decepcionarlo... otra vez.

Los semidioses iniciaron su excursión personalizada y dejaron al grupo de guardianes solos.

―La reunión comenzará en unos minutos ―dijo Kumiko en tono neutral―. Los estaré esperando.

☽ ☾

Todos los altos mandos de las Familias Guardianas estaban allí presentes. Se ubicaban entorno a una mesa ovalada y, aunque sólo había doce de ellos, lo reducido del espacio alteraba la percepción. Parecía que había doce mil personas ahí dentro. El aire enviciado les aplasta los pulmones y les entorpece el pensamiento.

Era la primera vez que formaban parte de una reunión del Consejo. Matt siempre había creído que participar de este tipo de encuentros era uno de los mayores privilegios que podía llegar a aspirar un Guardián (en primer puesto se encontraba conocer en persona a los Dioses del Olimpo), sin embargo, sus expectativas fueron en declive y su único deseo era salir huyendo de ahí dentro.

Buscó la mirada de Atticus, deseando que se sintiera menos intimidado; que le transmitiera el valor necesario para permanecer atornillado al suelo. Pero estaba igual de asustado que él. El cristal de sus ojos verdes miraba con nerviosismo a los presentes, intentando identificar al enemigo. Aquel que los pondría en evidencia y los humillaría ante todos.

La mano de Matt se agitó junto a su pierna, apretando el aire a su alrededor, buscando un consuelo que nunca llegaría. Si Sarah estuviese ahí también estaría aterrada, pero sabría que tomar la mano de Matt traería un efecto narcótico en ella. 

«Te necesito».

―¡Ahí están!

Kent Skýlos, guardián y devoto seguidor de Ares, dejó de discutir con Siomara Koukouvágia (devota de Atenea) y encontró un nuevo objetivo con el cual descargar su ira: los jóvenes guardianes.

―Estamos aquí para discutir la situación de los Guerreros ―le advirtió Ross en tono severo―, no para cuestionar el accionar de nuestros hijos.

Los ojos de Nico se decantaron por el rostro de su padre. Un hombre entrando en sus cincuentas que se jactaba por mantener la calma hasta en los momentos de mayor estrés, cuando en realidad era un as en ocultar sus sentimientos. Nadie, nunca, podía saber a ciencia cierta lo que estaba pensando James Cerberus.

Por un instante, sus miradas se encontraron pero, como era usual, la frialdad en sus pupilas no le permitieron a Nico saber lo que estaba pensando. ¿Estaba decepcionado? ¿Coincidía con Ross? ¿Quería callar de una buena vez a Kent?

Kumiko se levantó de su lugar y les ofreció tomar asiento. Tres sillas vacías justo en la cabecera, donde todos podían verlos. Donde todos podrían juzgarlos.

―Como es conocimiento de todos ―empezó Kumiko― los guardianes nos plantearon la posibilidad de asistir a la Academia de Artemisa para realizar en los Jóvenes Guerreros la prueba de las Cinco Montañas. Aceptamos la petición no solo porque coincidimos en que se avecina una guerra apocalíptica y los Guerreros deben estar preparados, sino porque aquí estarán a salvo. La barrera que protege a las Academias nos vuelve invisible ante cualquier monstruo, dios o titán. Será como si hubieran desaparecido del mapa.

―¡En una Academia es donde debieron de estar desde un principio! ―gruñó Kent, apuñalando a la mesa con su grueso dedo índice―. ¡Faltaron a la regla al no comunicar que se ausentarían!

―Fue una misión puntual que nadie esperó sucediera ―expuso Meredith.

Atticus contempló a su madre en silencio. Era una mujer joven, de unos cuarenta y cinco años. Jovial, intrépida; con la energía suficiente para participar de un maratón. Ahora, lucía diez años más vieja. Hilos plateados cubrían el castaño de su cabello, y estaba convencido de que antes no estaban allí.
Todo por su culpa. Por el estrés que le hizo pasar.

Ellos habían estado bajo su cuidado, entrenando en la Academia de Poseidón como los dioses dictaminaron. Pero al no regresar, al no comunicarles el motivo de su ausencia, la comunidad Guardiana explotó. Debieron haber acusado a su madre por ineptitud. Por no haber cuidado y velado por los hijos de los dioses. Por tener un hijo indigno que no merecía llevar el título de Guardián Maestro.

―¡Pues yo quiero saber qué tan importante era como para faltar al acuerdo de los dioses!

Toda la sala guardó silencio y sus rostros se volvieron hacia el banquillo de los acusados. Estaban esperando una respuesta convincente que argumentara el porqué de sus actos.

―Adelante, cariño ―le alentó Meredith a su hijo. A pesar de todos los improperios que recibió, nunca dejó de confiar en Atticus y en su capacidad para tomar decisiones.

Los tres echaron un vistazo rápido a la pared del fondo. Los enormes ventanales abarcaban del piso al techo, y dejaban apreciar lo imponente de las Cinco Montañas.

Se enfocaron en la naturaleza; en el vasto paisaje donde el agua de la cascada les salpicaba lo rojo del rostro y el oxígeno devolvía a la vida sus enfermos pulmones.

Comenzaron desde que Zoe recuperó la memoria, creyendo erróneamente que Quíone era quien deseaba convertirse en Emperatriz. De cuando hablaron con Freya y ésta les pidió que la buscaran. Cuando fueron «acogidos» por Bóreas y el dios se mostró dispuesto a apoyarlos en la lucha con tal de destruir a su hija.

Expusieron los hallazgos de Lucía entorno a la Guardia Celestial y al Aftokrátoras. Hablaron del plan de Tánatos, de la Espada del Alma, de la importancia de proteger la muralla para que los cíclopes cumplieran con las órdenes del dios de la muerte.

Matt comentó lo ocurrido en Stonehenge. Que gracias a Lucía lograron debilitar a Circe pero nuevos enemigos habían surgido y uno de ellos intentó acabar con la vida de Freya, la única que hasta el momento descubrió cómo erradicar las marcas.

Omitieron bastantes detalles y maquillaron otros, como el que Logan estuviera al borde de la muerte o el que Nico no permaneciera al lado de Zoe durante la misión.
Los tres respaldaron sus dichos. Se apoyaron entre ellos mismos para no quedar mal frente al Consejo y, sobre todo, frente a sus padres.

Nico vio cómo los padres de Matt y Atticus se mostraban complacidos. Ellos sabían muy en el fondo que sus hijos no harían nada que pusiera en peligro la vida de sus protegidos. Todo su accionar acababa de ser justificado y sus argumentos eran totalmente válidos. Entonces, vio a su padre. Traía la barbilla apoyada en los nudillos y sus cejas entrelazadas pensativamente. Ni orgullo, ni complacencia, ni enojo, ni disgusto... Tan solo nada.

―Yo creo que a pesar de lo arriesgado de llevar a una cruzada Guerreros marcados ―tomó la palabra Siomara―, cumplieron con la voluntad de un dios; contribuyeron a una causa y hallaron la forma de quitar la marca de uno de los semidioses más codiciados.

―¡No puedes estar hablando en serio, mujer! ―protestó Kent―. ¡Fue suerte! ¡Imagina lo que hubiera pasado si uno de los Guerreros moría!

―Pero no pasó ―contraatacó Vanesa Kýknos, devota de Afrodita―. Y eso es lo importante.

―¡Fue una irresponsabilidad! No puedo ser el único que piense de esta manera.

Kumiko se inclinó hacia adelante sobre sus codos y entrelazó las manos. Había contrariedad en su semblante. Luchaba contra sí misma con el fin de obtener una opinión objetiva.

―Coincido con Kent en que fue una irresponsabilidad llevar a una lucha a los Guerreros marcados...

Matt protestó sin darle la posibilidad a Kumiko de continuar.

―¡Cumplimos nuestro deber como guardianes! Nunca los abandonamos. Siempre estuvimos ahí para protegerlos.

―Podrían haber dejado que los demás se encargaran y ustedes haber regresado a la seguridad de la Academia.

―Ellos querían pelear.

―No siempre se puede obtener lo que se quiere. Además, ustedes son los Guardianes, deben de dejar las reglas bien claras.

Matt miró a su padre en busca de apoyo y lo que éste tuvo para decir lo dejó perplejo.

―Coincido con Kumiko. Debieron regresar. Sin embargo ―añadió rápido― he de reconocer que se logró eliminar la marca del cuerpo de Logan. Eso lo deja fuera de la lista y si de ahora en más desea pelear, podrá hacerlo. Quiero creer que si se logra replicar el hechizo, todos los marcados quedarán libres y no habrá guerra que librar.

Kent se removió en su silla con el desdén permanente en su rostro.

―Con marcas o sin marcas, estos tres chiquillos son unos transgresores y deben ser castigados.

―¡Exacto! ―dijo Marquis Liréta, devoto de Apolo, con tono seco―. Faltaron a la regla impuesta por los dioses y encima tuvieron la osadía de dejar desprotegida a la hija de nuestro dios. ¿Cómo se les ocurre?

―Belén no estaba desprotegida ―soltó Nico. El reproche se coló en sus palabras y aunque se dio cuenta de ello, no hizo nada para remediarlo.

Marquis lo observó como si hubiera cometido la peor de las ofensas, incitando con la mirada a que se retracte.

―Nicolás ―advirtió su padre.

En otras circunstancias, Nico se habría disculpado y guardado silencio, pero en esta ocasión no podía. No lo haría porque no estaba haciendo nada malo.

―Lo que digo es cierto. Lucía es la guardiana de Belén. Ella la protegió en todo momento.

―¿Lucía? ¿Lucía Anderson, la hija de la Moira? ―Marquis se inclinó hacia adelante, sus hombros se echan hacia atrás y descubre lo amplio de su cuerpo―. Ella no es una guardiana.

―Belén así lo decidió.

Se oyó una risa sarcástica al otro lado de la habitación. Todos vuelven la cabeza hacia la persona junto a Kumiko. Una esbelta mujer de unos cuarenta y tantos. De intensos ojos grises y con una envidiable cabellera ónix. Llevaba apliques con forma de plumas de pavo real, rindiendo honor a su diosa.

―¿Desde cuándo los semidioses escogen a sus guardianes? ―dice Joanna Págoni, devota de Hera.

Si Kent Skýlos tenía el temperamento a flor de piel, Joanna Págoni se ganaba la corona a la persona más soberbia y despreciable en el mundo Guardián. Su sonrisa malintencionada y el gris perlado de sus ojos daban la sensación de que te trataba como un ser infradotado. Creía tener la razón siempre y la única persona que podía competir con ella era Ross Aetós.

―Hay reglas. Los dioses escogen a los guardianes y que yo sepa, el dios Apolo no escogió a nadie.

El murmullo fue en aumento. Las aguas se dividieron y el calor creció en torno a la mesa.

―¡Es suficiente! ―gritó James, padre de Nico. La sala se consumió en silencio. James era un hombre de pocas palabras pero cuando hablaba todo mundo se mostraba inquieto o tenso―. Estoy de acuerdo con que debe de haber un castigo. Pero en este momento mi atención está puesta en saber por qué decidieron traer aquí a los Guerreros. Ellos ya son buenos.

Sus palabras ciertamente no se desperdician. Atrapan la atención de la audiencia y desajustan a los tres jóvenes.

El trío apartó la mirada, aturdidos. Se recuperan rápidamente, adoptando una pose seria y confiada. En toda su vida como guardianes nunca nadie cuestionó su accionar. ¿Por qué ahora sí? No podían flaquear o harían con ellos lo que quisieran.

Explicaron los motivos expuestos por Logan, el sentir de Alex, las debilidades y fortalezas de cada Guerrero. Los compararon con Zoe y con el entrenamiento de los Seis. Había una diferencia abismal. Zoe desarrolló habilidades que Logan ni conocía. Muchos se escudaban en sus poderes y olvidaban lo que era luchar con una espada o recurrir a la estrategia. Existían mil y un errores en ellos que, si se les brindaba el entrenamiento adecuado, lograrían superar y convertirse en verdaderos guerreros.

Debían aprovechar ahora que Circe estaba débil, Quíone en manos de la tortura de su padre y ya que estaban dentro de la Academia, Hipnos no representaba una amenaza potencial.

―Entiendo. ―Asintió Vanesa desde su asiento. Kent le regaló una mirada de desconcierto―. Y estoy completamente de acuerdo en que aún tienen mucho que aprender.

―Deberíamos traer a Grover ―habló por primera vez Agnes Parthéna, devota de Deméter―. Considero que él conoce mejor que nadie a los Guerreros y su mirada y experiencia contribuiría de forma positiva.

La audiencia se mostró de acuerdo y Kumiko se ofreció a contactarlo lo antes posible.

Siomara se permitió regodearse frente a Kent, ya que Grover era un Koukouvágia y todos los dioses coincidían en que su entrenamiento para con los Guerreros fue impecable. No obstante, Kent encontró el punto de fuga para contraatacar alegando que los propios semidioses no se sentían listos para una nueva guerra.

Cuando Matt creyó que todos habían olvidado su supuesta acción rebelde, Joanna atacó.

―Habiendo resuelto el tema principal. ¿Qué castigo le ofreceremos a estos tres transgresores? ―Sus ojos estaban desprovistos de amabilidad. Estaba disfrutando del sufrimiento ajeno y deleitándose con la incertidumbre.

―Opto porque sean revocados y se les reasigne guardianes mayor capacitados a los Guerreros ―dijo Kent con frialdad.

Los tres jóvenes abrieron sus ojos producto de la sorpresa.

―Eso no es suficiente. ―Joanna se acomodó en su asiento, creyendo que por ser devota de Hera le daba el derecho de convertirse en la Reina. Estaba tomando una posición que no le correspondía y, de seguir así, Ross seguiría con el mismo juego y adoptaría su posición como Rey―. El único implicado sería Nicolás Cerbures. Los otros dos deberán recibir otro tipo de castigo. Sus protegidos no tienen marcas.

―¡Son Guerreros! ―expuso Matt. El coraje a flor de piel. Hablar con esa mujer, escucharla siquiera, sacaba lo peor de él―. Destruyeron a Cronos. Son una amenaza potencial. ¡Irán tras ellos aunque no tengan marcas!

―Por eso les enseñaremos a defenderse. ¿O acaso prefieres que sean unos ineptos para poder conservar tu trabajo?

Ross golpeó las manos sobre la superficie abrillantada de la mesa.

―¡Te estás pasando de la raya, Joanna! No te voy a permitir que insultes a mi hijo.

―Admito que Joanna se excedió en sus palabras ―La voz de Kumiko es suave y sin inflexión―. Pero estoy de acuerdo en que si los convertimos en las máquinas guerreras que los dioses pretendían que fueran, no necesitarán protección.

Atticus apretó la mandíbula y parpadeó furioso. Saltó de su silla, sorprendiendo a unos cuántos. Intentó por todos los medios que nada de esto le afectara pero no podía tolerar tal ignorancia.

―¿No oyeron lo que dijo Matt? Irán tras ellos porque saben que son valiosos. ¿Cómo pueden ser tan ignorantes? ¡Por Poseidón! ¡Circe estuvo a nada de acabar con Logan!

Apenas las palabras abandonaron su boca se mordió la lengua hasta sangrar. La sonrisa calculadora en el rostro de Joanna se agrandó hasta casi tocarle las orejas.

Volvió a tomar asiento, incapaz de ver el rostro conmocionado de su madre.

―¿Cómo está eso de que casi muere el hijo predilecto del dios de los mares? ―cuestionó Joanna con un timbre aterciopelado, escondiendo el veneno que habitaba en ella.

―¡Atticus!

El pecho del joven se tensó al escuchar el tono de voz de su madre. ¿Eso que asomaba en sus ojos era disgusto?

Matt decidió tomar la palabra y contar el detalle oculto: Atticus no los acompañó a Stonehenge. Sus papeles se invirtieron solo por esa ocasión; Matt protegería a Logan y Atticus a Josh.

Conocían las reglas y sabían que a donde fuera su protegido ellos debían acompañarlo. Pero estaba bien. Se conocían desde siempre, eran mejores amigos. Ninguno de los dos dejaría que algo malo le pasara a Logan o Josh. Morirían por ellos de ser necesario.

―Ese es el problema: su amistad. Los guardianes no son amigos de sus protegidos. Ese tipo de relación genera confusión a la larga ―acusó Joanna―. Olvidan sus obligaciones y eso es inaceptable. Voto porque sean removidos de su cargo. Quienes estén a favor alcen la mano.

Las protestas murieron en boca de los tres jóvenes. Seis de los presentes levantaron la mano. Seis personas creían que su accionar como guardianes estaba siendo corrompido por la amistad. Que omitían las reglas e ignoraban los protocolos porque no lograban discernir entre la faceta de guardián y de amigo.

Para su fortuna, el resto de los presentes votó en contra.

―Es un empate ―dijo Siomara.

―Este es un tema que no nos compete decidir ―replicó Meredith y se ganó una mirada desafiante por parte de Joanna.

―Que los dioses decidan entonces. Expondremos los hechos y veremos qué opinan después. Mientras tanto, creo que debemos ser nosotros y Grover quienes entrenemos a los Guerreros. Merecen recibir el mejor de los entrenamientos.

El Consejo se mostró de acuerdo y acordaron pedir audiencia con los dioses lo antes posible. Kumiko levantó la sesión y poco a poco la sala se fue despejando de la toxicidad.

Matt buscó consuelo en su padre pero su ceño contrariado le dio a entender todo lo contrario.

Atticus intentó hacerle entender a su madre que nada de lo que Joanna había dicho era cierto, sin embargo fue James quien le sugirió guardar silencio. Nico miró a su padre e intentó descifrar sus pensamientos. Seguía sin poder leer su expresión impertérrita y eso le hacía exasperar. Era como ver una pared; siempre igual. No había cambios en ella.

Sus ojos estaban desprovistos de ira, compasión, disgusto. Si quería gritarle que lo hiciera, si quería demostrarle cuán decepcionada estaba que lo dijera. Pero que hiciera algo.

Una vez solos Atticus saltó a la defensiva y fue Ross quien le ordenó callar.

―Odio admitirlo pero Joanna y Kent tienen buenos argumentos. Fallaron al no informarnos de su paradero. ¡Meredith casi enloquece! Es humillante que nuestros dioses tengan que ir a buscarlos porque nosotros no hicimos bien nuestro trabajo.

Atticus supo a lo que se refería. Logan le contó que él y Zoe mantuvieron una conversación con su padre. Decía que los había estado buscando por todas partes, y no fue hasta que escaparon de la barrera de Freya que Poseidón logró dar con ellos. Ahora entendía cómo Circe hizo para encontrarlos. Se habrían ahorrado muchos problemas de haber informado que no regresarían.

―¿En verdad ya no podremos ser guardianes de Logan y Josh? ―lamentó Matt con evidente pesar.

―Habrá que ver qué dicen los dioses.

Atticus trata de no verse afectado por la situación, pero carece de la habilidad de James para enmascarar sus emociones. Ve a su madre, a lo cansado de sus ojos, y dice:

―Si no fuera tu hijo... ¿Estarías de acuerdo con Joanna?

―Claro que no, amor ―responde, tal vez demasiado rápido. Le acaricia la espalda para reconfortarlo―. Olvidemos todo esto y vayamos a ver a los demás, ¿sí?

Matt notó el desasosiego en Atticus. La duda en sus ojos apagados, pujando hondo en sus pensamientos perturbados. En cuanto encontrara un momento a solas con él le preguntaría al respecto, después de todo, Matt también tenía cosas para decir.

Nico avanzó un par de pasos hasta detenerse. Vio como sus amigos abandonaron la sala de reuniones y antes de que su padre desapareciera tras la puerta, lo llamó.

―Papá ―dijo, casi que con miedo.

James se dio la vuelta, un suspiro escapó de sus labios. No podía afirmar que estuviera molesto o fastidiado, su semblante solo denotaba aburrimiento.

―Dime.

Nico titubeó un par de veces antes de reconectar las palabras y poder hacer de ellas una oración coherente.

―¿Te he decepcionado?

La mirada de James se estrechó. Escondió las manos tras la espalda y enderezó su postura.

―Joanna es una mujer impertinente que cuando no es el centro de atención se empeña en convertirse en un fastidio para el mundo entero ―expone con voz grave y susurrante. Un dejo de desprecio se cuela entre sus palabras y no se molesta en ocultarlo―. Claramente está celosa y hará hasta lo imposible para que un Págoni sea guardián de uno de los marcados.

James contempla la pulcritud en sus uñas, sacándole brillo al lustrarlas sobre la solapa de su abrigo.

―Poseidón aceptó que fueras el guardián de Zoe. El apellido Cerberus volvió al ruedo ―dice, sin siquiera ver a Nico a los ojos―. Si no has mentido no veo razón para que Poseidón decida nombrar a un nuevo guardián para su hija.

―Ah...Yo.. No. Claro que no.

―Entonces no hay razón para decepcionarme. No has hecho otra cosa más que cumplir con tu deber. Ahora, si me lo permites, voy a planificar el calendario de entrenamiento.

James abandonó la sala de juntas, dejando a Nico completamente solo. El joven esbozó una sonrisa que le iluminó el rostro. No fue precisamente un «estoy orgulloso de ti, hijo» pero para la personalidad de su padre, sus palabras resultaron un cumplido halagador. No obstante, sabía que la felicidad era pasajera. Si su padre llegaba a enterarse de que mintió ante el Consejo, que lo puso en ridículo y volvió a enterrar el apellido bajo un manto de desgracia...

No. Mejor no quería pensar en ello.

Se aferró a ese pequeño momento de alegría, enterrando las dudas y mentiras en el fondo de su mente.

Y salió de la sala.

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