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☾apítulo 37

ÚLTIMO CAPÍTULO

La noche era tormentosa. Las nubes amenazaban con soltar una catarata de agua y los rayos a electrificar cada una de las gotas. Sin embargo, la advertencia permaneció en el cielo.

Arpías sobrevolaban la cordillera. La distancia las hacía lucir como cóndores.

Muy cerca del acantilado dos gigantes con mazos llenos de púas custodiaban a su Señora. Serios y avinagrados, esperaban la más mínima señal de agresión para atacar.

El lugar de citación fueron las ruinas de un templo griego. El deterioro y los casi nulos restos hicieron imposible descifrar a qué dios pertenecían.

Monstruos hechos de rocas colocaron a los semidioses en línea recta; la sensación de estar contra el paredón de fusilamiento fue innegable.

Catorce de ellos —los hijos de los Olímpicos incluida Zoe, y Lucía—, de rodillas sobre la piedra caliza. Los grilletes en sus muñecas, tobillos y cuello apretaban pero no cortaban la circulación.

Sus corazones como tambores marcaban el ritmo de una procesión.

Si sus padres aceptaban el trato, si Nyx cumplía su promesa, volverían a casa. Pero eso significaba dejar atrás a sus amigos. Significaba abandonarlos en la tortura de la oscuridad, donde la esperanza era consumida por un doloroso cuenta gotas.

Con la luz de un relámpago y el estruendo de un trueno, los Olímpicos hicieron su entrada dramática. Átropos estaba entre ellos, rezagada y con el negro de sus pupilas sedientas de muerte.

Nyx, revestida con una cota de malla, muñequeras y corsé de plata, descendió de su yegua negra con la confianza que la caracterizaba.

—Mis queridos dioses. Gracias por haber venido. —Mantuvo la vista fija en sus superiores y realizó una reverencia, la cual fue tomada como burla en lugar de signo de respeto.

El viento se levantó en una fuerte ráfaga. La trenza de la diosa se mantuvo impoluta al igual que lo socarrón de su sonrisa.

—Iniciar una guerra contra el rey va en contra de las leyes divinas —Lo grueso y autoritario de la voz de Zeus fue innegable—. Te espera un castigo digno de ti.

Nyx se llevó las manos al pecho y fingió que el miedo la paralizó.

—Lo sé. Recuerdo muy bien lo que le hiciste a Poseidón y Apolo. ¿Y Hera, tu propia esposa? Oh, pobre Hera. No imagino qué clase de tormento tendrás pensado para mí. —El falsete en su voz le irritó los oídos a Zeus, quien enseñó los dientes al gruñir.

Poseidón estaba colorado del enfado, los puños apretados a cada lado del cuerpo. Habría invocado el tridente de no ser porque Afrodita lo detuvo. La actitud de Nyx incitaba al choque, cosa que todavía no podían permitirse.

Zeus dio un paso al frente en nombre de todos. No habló ni mucho menos atacó, sin embargo, su avance provocó que Josh se retorciera en sus ataduras.

Lo afilado de los grilletes cortó la carne del cuello de su hijo y la sangre rezumó.

Nyx levantó un dedo en advertencia.

—Si yo fuera tú volvería a mi lugar.

El dios obedeció. Los quejidos de Josh menguaron pero la sensación asfixiante duró un poco más. Se inclinó hacia adelante, jadeando en busca de oxígeno.

—¡Suéltalos! —demandó Hera.

—Lo haré por el precio justo.

Zeus gruñó por lo bajo. Llamaradas de electricidad avivaron su sangre hasta hacer chisporrotear su piel. Hera presionó el brazo de su esposo, calmando las nervaduras eléctricas mas no el enfado.

—Les recuerdo que no están en posición de negarse —añadió Nyx, enseñando su valiosa mercancía con la mano enguantada.

Un relámpago iluminó la tierra.

—¿Qué es lo que quieres?

—Un intercambio. Sus hijos a cambio del trono.

Zeus soltó una risotada, lo que ocasionó que varios de sus hermanos e hijos le lanzaran una mirada fulminante.

—Lo que mereces es un castigo por todo el daño que tú y tus seguidores han hecho —habló Zeus al recuperar la compostura—. Pero me encuentro generoso y si aceptas olvidarte de tu absurda idea de ser gobernante, te dejaré ir en paz.

Nyx inclinó la cabeza con una ceja negra en alto.

—¿En serio piensas que esto es negociable? ¿Qué no te das cuenta de todo lo que está en juego?

—Parece que tú no lo entiendes —acotó Atenea—. Podrás tenerlos a ellos pero sabes que no soportarán el poder de un Primordial. Tarde o temprano perecerán y te verás obligada a buscar a nuevos candidatos, los cuales morirán también y así será hasta que te quedes sin nada.

Nyx se mantuvo firme pero su rostro ya no correspondía a su confiada postura. Un brillo de sudor comenzó a cubrirle la frente conforme su plan flaqueaba.

—La Guardia Celestial es solo eso, una custodia —explicó—. Lo que pretendo es conseguir el control para arreglar lo que ustedes dañaron.

—Hemos pedido perdón —replicó Apolo. Sus ojos enseñaban un profundo lamento—. En la búsqueda de aliados muchos se han negado por el trato que le hemos dado. Admitimos nuestros errores y nos disculpamos por eso.

—¡Esta guerra tiene que parar! —añadió Artemisa.

Nyx se echó a reír con genuino sentimiento. ¿Los Olímpicos pidiendo perdón? Debía estar soñando.

—¿Y piensan que eso servirá de algo? Siguen gobernando de la misma forma. —Apuntó a Zeus con la barbilla, molesta y desafiante—. Solías ser un rey duro y severo. Tu propia familia te puso un estate quieto. ¿Necesario? Claro que sí, pero seguiste igual para con los tuyos y te volviste blando y permisivo con los mortales. Dejaste que nos olvidaran. Que insultaran y pisotearan nuestro culto, que nos tildaran de religión pagana cuando ellos fueron los herejes que nos menospreciaron —masculló entre dientes; la rabia haciendo presión en su mandíbula—. Debiste. Habernos. Protegido.

—Lo hice.

—¡Mientes! —espetó, sus manos temblando de rabia—. Hiciste que pararan las ofrendas, los templos, las plegarias; pero fuiste lo suficientemente astuto para manipular la mente humana y transformarte a ti y a tus allegados en nuevos seres. —El pigmento de sus ojos se tornó carmesí—. ¿Me equivoco?

No obtuvo respuesta.

La diosa sonrió satisfecha. En tanto, los semidioses oían incrédulos los pecados de sus padres.

—Hambre, guerras, pobreza, violencia, discriminación —prosiguió Nyx, enumerando uno por uno los males que los Olímpicos dejaron crecer y castigaron indulgentemente—. ¿Qué la Edad de Hierro no había acabado?

—No puedes comparar eso con la actualidad. —La voz de Hades reverberó en las ruinas. Pese a estar en medio de una disputa, mantenía la calma y concentración—. Lo mismo ocurría cuando los mortales tenían conocimiento nuestro.

—¡Para eso estaban los castigos! —Amplió los párpados al recordar el placer de ver a los humanos suplicando por perdón—. Y cuando la insolencia sobrepasaba el límite —apretó el puño, el cuero crujió ante la tensión y una diminuta explosión de oscuridad recreó la idea de extinción—. Se exterminaban para comenzar una nueva era.

—La ilustración los hizo cambiar —dijo Zeus, apelando a un tono argumentativo.

Nyx rodó los ojos, indignada.

—Todos sabemos que los mortales son seres imperfectos. Deben ser castigados y premiados por sus acciones. ¿En qué momento creyeron que sería buena idea que se gobernaran a sí mismos?

—Se llama libre albedrío. Y aún así reciben el castigo que merecen —apuntó Atenea, elocuente como siempre.

—¿Y luego qué? Las pestes o las catástrofes no sirven de nada si al final siguen cometiendo las mismas faltas.

—¡Bueno, basta! —vociferó Átropos, harta. Dio un paso al frente con el pecho hinchado de tanto palabrerío—. ¿Quieres justicia? La haremos. Ahora libera a nuestros hijos.

Nyx se giró tan rápido, que el tacón de su bota dejó marcas blancas sobre la caliza.

—¿Me entregarán el poder?

—Sobre nuestros cadáveres —rugió Ares. La guerra bullía en su sangre.

La diosa entornó la mirada, desafiante.

—No hablaba contigo, cavernícola. Átropos puede contestar a mi pregunta. —Dio unos pocos pasos hacia adelante—. ¿Qué dejó escrito mi difunto hijo sobre este momento? ¿Sirvió de algo preguntar o habrá que ir por la fuerza?

—No lo sé. Mataste a tu propio hijo para asegurarte que nadie conociera el destino de esta guerra.

—Resulta que es un fastidio cuando tu propia sangre decide ponerse en tu contra —aclaró para cortar con el dramatismo de Átropos—. Quien gane o pierda esta guerra deberá hacerlo por su inteligencia, no porque un maldito profeta les diga qué hacer.

»Por cierto, deberías agradecerme. Te quité un peso pesado, ¿no crees?

La mandíbula de Átropos se tensó y Nyx sonrió en respuesta, como si esa fuese la reacción que estuviera buscando en ella.

Zeus ignoró los últimos dichos de la diosa y elevó la barbilla.

—Está bien —murmuró, descolocando a los presentes—. Tendrás mi corona si juras dejarlos ir con vida.

Ambos dioses se estudiaron en silencio, enfrentándose a una pulseada de miradas donde la puja era adivinar quién de los dos mentía.

Zeus estaba dispuesto a entregarle voluntariamente el trono y pese a la desconfianza, era un trato que quería sostener.

—Soy mujer de palabra.

Los semidioses se retorcieron contra sus ataduras, pero no sirvió de nada.

—Tenemos un trato.

Al igual que sus hijos, el resto de los dioses se mostró estupefacto. Algunos gritaron, otros callaron. El enfado y la decepción se asentaron cuando vieron a Zeus avanzar hacia Nyx con el fin de sellar el trato.

Entonces su rey atacó.

Lanzó un rayo que atravesó a la diosa por el vientre y la envolvió en una crisálida eléctrica.

Hera manipuló los vientos para retrasar el descenso de las arpías y permitirle a los arqueros de la familia aniquilarlas.

Poseidón invocó la furia del mar para arrasar con los gigantes, a la vez que Deméter detenía a los soldados de piedra con maleza y Hades creaba agujeros en la tierra.

Cuando Hermes lanzó las cadenas doradas y Artemisa junto a Apolo pretendían aprisionar a Nyx con éstas, Átropos cayó en la cuenta de la cruda realidad.

—¡Deténganse! —El eco de su órden resonó demasiado tarde.

Nyx se deshizo en una explosión de humo gris. Zeus clamó por su rayo y las ruinas del templo se sumieron en sepulcral silencio.

—¿Qué pasó? —preguntó Hefesto. Traía los brazos encendidos, listo para atacar.

—Es una trampa. —El llanto se atoró en la garganta de Átropos.

Una risa atravesó el aire.

Sentada en lo alto de una columna, Nyx contempló a sus adversarios con cierta fascinación y burla.

—Supongo que las grandes mentes piensan igual —dijo, agitando suavemente las piernas en el aire—. ¿Por qué conformarse con una parte si puedes tenerlo todo?

El grupo de semidioses estalló en una densa niebla que sirvió para revelar al director tras el telón, una Lamia.

Los dioses miraron absortos, asombrados por la mentira creada a partir de la niebla. El enfado tiró de sus corazones y los apedreó por ser tan ingenuos.

—Que conste que estaba dispuesta a disculparlos si me entregaban el poder —El tono de Nyx no fue lo bastante severo, pero su semblante resultó amenazante—. Acaban de sellar su extinción.

El cuerpo de la diosa se tiñó de negro hasta desaparecer en las sombras, como las bruma navegando frente a las plateadas aguas de la luna llena.

Los dioses miraron en silencio las ruinas del templo. Su descuido y falta de planeamiento condenó a sus hijos al tormento de la oscuridad.

¿En qué momento creyeron que podían hacerle frente a Nyx? Ella y sus hijos representaban una fuerza poderosa que podía poner en peligro el orden cósmico creado por los Olímpicos. Pero en la actualidad las cosas eran distintas. Nyx era débil y la mayoría de sus hijos estaba en contra de los deseos de su madre. Ellos tenían las de ganar.

Si tan solo hubieran avistado el engaño a tiempo...

—¿Qué haremos ahora? —sollozó Afrodita.

—¡Pelear! —Ares golpeó un puño contra la palma de su mano—. Defenderemos nuestro reinado y recuperaremos a nuestros hijos.

Hubo un asentimiento unánime. En tanto, Zeus permaneció callado, furioso de haber perdido a una de las personas más preciadas que tenía.

—¿En qué piensas, padre? —preguntó Apolo.

Una arruga se formó en medio de las pobladas cejas del dios del cielo. El rayo chispeó en sus pupilas al pensar en Nyx.

—Hay que destruirla.

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