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☾apítulo 27



Hacía menos de diez minutos que el grupo marchó tierra adentro.

Belén cuidaba de Zoe absorbiendo parte del dolor que aquejaba cada articulación inflamada.

El color de su piel se tornó opaca y arrugada. La deshidratación empeoraba conforme los minutos avanzaban. Los mareos eran recurrentes al igual que el carpintero que picoteaba su cráneo. Traía el estómago revuelto y si no vomitaba era porque Belén hacía bien su trabajo como sanadora.

La mantuvieron lo más hidratada posible hasta que decidieron meterla a bañar. Pensaban que la maldición estaba ligada al agua, por lo que sumergirla en una bañera por varias horas podría llegar a hacer la diferencia.

El baño del camarote del Capitán contaba con una bañera, por lo que la llenaron con agua tibia. No obstante, Zoe se quejó de la temperatura.

Mientras la llenaban de nuevo, Sóter y Nico patrullaban en cubierta. La densa niebla lo cubría todo. Las gotas se condensaban sobre sus cuerpos calientes.

Desde que llegaron a la Isla de los Benditos, Nico presintió una sensación inconfundible en todo el cuerpo: un augurio de inminente miseria.

Creía oír voces en la bruma. Un débil susurro que le decía que fuera al castillo. Un llamado que sus miembros estaban dispuestos a seguir en contra de la voluntad de su propia mente.

Su deber era quedarse en el barco con Zoe, pero...

Sintió un arrebato en el corazón, un hilo invisible que lo cinchó desde algún lugar y lo convenció de descender.

Buscó a Sóter. El joven caminaba por la proa mientras analizaba el horizonte blanquecino y escuchaba la marea en busca de perturbaciones.

Era el momento.

Bajó por la escalera que colgaba de un costado del barco. Llegó donde el endeble muelle, un tablón casi se parte bajo su bota, felizmente quedó solo en un crujido y una grieta hundida.

Caminó con cautela. Estaba tan nervioso que comenzó a sentir calor.

—¡Ey! —oyó la voz de Sóter sobre su cabeza—. ¿Qué estás haciendo? ¡Vuelve aquí!

Salió corriendo a pesar de que el bamboleo del muelle le hizo creer que terminaría hundiéndose en el agua.

—¡Oye!

No regresaría al barco.

«¡Ven!» susurró la niebla «¡Ven conmigo!».

¿En serio se estaba dejando influenciar por una voz desconocida? Podía ser Circe, su cómplice, Hipnos, Epiales. Literalmente podía estar yendo hacia una trampa y estaba claro que no le importaba. El impulso de seguir adelante era más grande que la posibilidad de morir.

Su propia conciencia era una herramienta inservible, influenciada por un aura bondadosa, llena de intriga y soluciones.

«Obtendrás lo que deseas» habló la niebla.

«¿Lo que deseo?» preguntó Nico.

«Lo que siempre quisiste saber. Tú...»

Los susurros se detuvieron.

Tomó razón de su entorno y debió detenerse antes de impactar contra la espalda de Luke.

El suelo era una piscina de barro por culpa de la débil lluvia que día tras día caía sobre la isla. La entrada al castillo se alzó ante él al igual que el grupo de semidioses.

Miradas de desconcierto apuntaron a su figura.

—¿Qué estás haciendo aquí? —cuestionó Lucía y de inmediato su semblante cambió—. ¿Los están atacando?

—¡No! —jadeó. Traía la mente tan alborotada y espesa que le costaba pensar—. Tenía que venir también.

Antes de que Lucía pudiera preguntar por qué, Sóter hizo acto de presencia. Tomó a Nico por los hombros y lo jaló hacia atrás.

—¿Por qué no volviste al barco? ¡¿En qué estabas pensando?!

No pensó. Volver no estaba en sus planes porque desde que llegaron supo que debía entrar al castillo. Desconocía la razón lógica pero podía asegurar que su propia sangre sabía que allí encontraría lo que por tanto tiempo estuvo buscando.

—Volvamos ahora mismo.

—¿Por qué no se quedan?—apuntó Josh con voz indulgente—. Ya están aquí.

Matt apretó los puños al escuchar a su amigo insinuar semejante cosa. Dentro suyo sabía que Zoe y Jennifer estaban bien protegidas, por lo que poco le hubiese importado lo que el Consejo tuviera para decir después.

Ellos no estaban allí. No se enterarían... Pero Sóter era un ferviente seguidor de las normas.

—Su deber es proteger a Zoe De León y el mío a Belén Bennett. —respondió tajante. Sus ojos se desviaron momentáneamente hacia Matt, sugiriendo que su protegido estaba influenciado por la mala praxis de su guardián—. Somos Guardianes activos, debemos cumplir con lo que los dioses nos encomendaron.

Una discusión estuvo al borde de desatarse.

Fernanda percibió la tensión en los músculos de su tío; el rechinar de sus dientes que soportaban las ganas de ladrarle a todos.

—Ya deja de retrasarnos —refunfuñó Thomas—. Josh tiene razón. Entremos de una vez, en el barco se las apañarán bastante bien.

—Pero él...

—¡Basta de las estúpidas reglas!

Thomas pisoteó el suelo para descargar su enfado. El barro salpicó el pantalón de Fernanda y llegó hasta la mano de Lyla.

Enfiló hacia la derruida escalinata dejando a todos en silencio.

Lucía tocó el brazo de Nico y le indicó que la siguiera. Al verlos avanzar el resto hizo lo mismo. Una marcha mortuoria donde el chapoteo de sus botas era lo único audible.



Por dentro, las paredes de piedra lucían pequeñas grietas en comparación a la fachada externa. La hiedra había tomado gran parte del lugar pero no le había dado cabida al moho.

Para haber sido una fortaleza de guerra —concebida al olvido y el conocimiento— no había un solo rastro de historia en los muros. Era un cascarón vacío, frío y muerto.

Los dioses hicieron un trabajo excepcional al desaparecer cualquier rastro humano.

Anduvieron con las armas en ristre, analizando cada centímetro de la habitación. Salvo por un par de arañas y cucarachas, no detectaron la presencia de ningún monstruo.

Una arcada los condujo al brumoso exterior. Los helechos crecían entre las uniones; unos pocos colgaban del techo, sus ramas cayendo en cascada sobre sus cabezas.

Apenas pudieron apreciar los muros que flanquearon el puente en sus tiempos de gloria. Lo único que quedaba de éste era una extensa pasarela que conectaba con la parte trasera del castillo.

Al asomar las cabezas descubrieron incrédulos dos amplios lagos. Uno tan blanco como la leche y el otro tan negro como la brea.

—Dijeron que los habían drenado —la afirmación de Annabeth se oyó a un cuestionamiento.

—Pues ya ves que no —habló Luke, los brazos en jarra.

Matt miró la niebla que caía sobre ellos. La misma servía para ocultar la isla pero también los ríos del inframundo.

Nunca pudieron drenar el Lete y el Mnemósine.

—Caminemos por el centro —aconsejó Thomas. La estructura de la pasarela parecía sólida, no obstante las sorpresas podrían estar esperando a la vuelta de la esquina.

Entraron a la siguiente parte del castillo y la oscuridad los engulló. Lyla gestó una esfera de fuego que dejó al descubierto un cuarto muy distinto al de la entrada. Huesos de animales se despardigaban en la penumbra de los pasillos. Algunas ratas salían despavoridas de sus escondites producto de la luz, escabulléndose de nuevo en las sombras.

Luke pegó un grito al sentir un roedor pisarle el pie. Annabeth aguantó la carcajada pero no pudo reservarse el comentario.

—Sigue gritando así y saldrán cosas peores.

Mientras ambos semidioses discutían, Sóter se mantuvo alerta.

—Es demasiado fácil —murmuró. Con las manos quitó las telas de arañas que comprometían la visual.

—Se supone que la isla está vacía —informó Matt, siguiéndolo bien de cerca—. Aunque conociendo a los dioses sigo esperando una especie de híbrido guardián.

—A eso me refiero.

Ingresaron a una sala. A través de una abertura rectangular pudieron apreciar una especie de recámara a lo lejos. El fuego de Lyla fue incapaz de iluminar más allá, aunque estaban seguros que la enorme mancha estructural era un pedestal. Allí debían descansar las seis pithos.

—¡Andando! —apremió Josh.

Dio un paso al frente y Fernanda extendió la mano para detenerlo.

—¡No!

La hoja afilada de una flecha cortó el aire hasta incrustarse en la pared. Desde el suelo, Josh contempló horrorizado cómo aquella cosa estuvo a nada de generarle un orificio de entrada y salida.

Matt intentó ayudarlo. Sus pies presionaron una de las baldosas, ésta cedió y otra flecha salió disparada del techo, directo a la nuca de Annabeth. Miranda tomó a la muchacha por los hombros y la salvó de una muerte mortal.

—¡Quietos! —ordenó Fernanda.

—¿De dónde salen estas cosas? —bramó Luke. Si cada paso significaba una perforación no lograrían llegar donde los cofres.

—Las baldosas—dedujo Fernanda, remontándose al significado de sus sueños—. Deben ceder ante la presión.

—¿Entonces cómo hacemos?

Fernanda vio a su tío, quien mantenía un ojo crítico sobre las baldosas.

—Tengo una idea —habló finalmente. Le quitó la espada corta a Sóter y la lanzó al suelo. El peso del objeto hundió la baldosa y varias flechas salieron disparadas—. Ya es seguro.

Hasta que no vio ningún objeto volador aparecer, el corazón de Sóter volvió a latir. Ver a Thomas saltar casi lo mata a él.

—¿Estás seguro? —cuestionó Matt.

—El peso activa el mecanismo de lanzamiento. —Thomas animó a que Miranda saltara a su lado. La joven aceptó el reto y ninguno de los dos resultó herido por una flecha.

La escena dijo más que las palabras.

No perdieron el tiempo y comenzaron a hacer lo mismo. Lanzaron sus armas al suelo; algunas estaban libres de trampas, otras no, por lo que tuvieron cuidado y se protegieron las espaldas.

Lyla tomó la mano de Josh y éste la arrastró hacia la seguridad de la recámara. Todavía quedaban semidioses atrás, avanzando poco a poco. Sin embargo, la Isla de los Benditos tenía más sorpresas para ellos.

La pared de la arcada tembló. Una suerte de puerta cayó desde el techo y selló el acceso a la recámara.

Miranda cayó sentada producto de la fuerza del impacto. Se levantó sintiendo una molestia en la parte trasera del muslo. Luke se unió a ella y entre ambos golpearon lo macizo de la entrada.

Matt y Annabeth llegaron finalmente. Los cuatro atrapados en una baldosa de un metro por un metro, sin posibilidades de rescatar a sus amigos.



Aquella pieza de roca parecía ser una sola. Un bloque entero de espesor desconocido, difícil de romper. Ni siquiera podían oír a los otros. ¿Estaban bien? ¿Los estaban atacando?

En medio de la desesperación Josh pensó que sería buena idea hacer explotar el muro. Una descarga media bastaría como para reencontrarse con sus amigos.

Las nervaduras electrificadas del rayo envolvieron sus brazos con una tenue luz celeste. Sin embargo, jamás llegaron a cumplir con su cometido. Nico se posicionó delante de la entrada con los brazos extendidos.

—¡Si vuelas la pared los enterraras vivos!

Bastó evidenciar la muerte prematura de los cuatro semidioses para que Josh entendiera cuán mala idea era su plan.

Comprendió entonces que Matt tenía razón, era una máquina de asedio. Solo quería destruir cosas porque no podía lidiar con la frustración.

Le dio la espalda a Nico, dispuesto a buscar una solución en compañía del resto. Al elevar la vista cada articulación de su cuerpo se transformó en piedra. La escena lo remontó a su cautiverio en la cueva de Hipnos.

Los ríos Lete y Mnemósine flanqueaban el istmo sobre el cual se encontraban. Las aguas nunca llegaban a mezclarse pero su reflejo ondulado marcaba las paredes en una danza serena e hipnótica. No había luz existente que pudiera causar semejante fenómeno, por lo que dedujeron que los ríos generaban su propia luminiscencia.

Del techo cavernoso afloraban estalactitas; agujas amenazantes que apuntaban directo a la cabeza de cada uno, incluyendo el imponente altar de carrara. Cincelado con una precisión de cirujano, la exquisitez y excentricidad de sus dibujos en bajo relieve contaban la historia de la Isla de los Benditos.

Los aventureros, visitantes y esclavos bebían de uno de los dos cálices que permanecían inmóviles sobre el altar.

—Mierda —soltó Josh—. ¿Y ahora qué?

Fernanda apuntó a los cálices. Seguía tan sorprendida de ver su sueño en persona que le costó hilar las ideas para generar una frase coherente.

—Hay que beber de ellos. El agua del Mnemosine nos dirá dónde se ocultan los cofres.

Josh miró la distancia que los separaba con el cauce del río. La ladera era demasiado empinada y traicionera, necesitarían una cuerda para llenar la copa.

—¿Alguien tiene una soga?

—No hace falta. Se bebe del de la derecha —explicó Thomas. Traía el ceño arrugado, recordando los fragmentos de sueño—. Tres gotas.

Por encima del altar descendían dos prominentes estalactitas. Las formaciones de calcita y dolomita se superponían de forma caprichosa alrededor de los colmillos, como raíces de coral.

Sóter quiso preguntar si estaba seguro pero se abstuvo de hacer comentarios. Ya no quería iniciar otra discusión.

—Yo lo haré. —Fernanda avanzó y el brazo de su tío Thomas se interpuso a modo de barrera en su camino.

—Es mi parte del sueño. Yo lo haré.

—Pero...

—Dije que lo haré yo —repitió, esta vez con mayor dureza.

Su sobrina no opuso resistencia. Cuando su tío era protector con ella, aunque discutieran, Fernanda siempre llevaba las de perder.

Thomas subió por el costado del altar. Los cálices lucían amenazantes desde tan corta distancia. Bañados en polvo y telas de araña, Thomas tomó el de la derecha y lo limpió con el borde del abrigo.

De inmediato, la calcita y dolomita segregaron diminutas gotitas negras. El Mnemósine se abrió paso por entre el intrincado espiral hasta converger en la punta afilada. Thomas elevó el cálice hasta que éste quedó a escasos centímetros de la estalactita.

Una. Dos. Tres gotas resbalaron dentro de la copa. Al apartarla del camino, la cuarta gota se desparramó en la superficie del altar y la estalactita dejó de drenar.

La cantidad de líquido era apenas del grosor de su dedo índice, sin embargo, el nerviosismo que experimentaba ya no tenía cabida en su cuerpo.

El sueño fue claro: beber las tres gotas del Mnemósine para conocer el escondite de las pithos.

Contó hasta tres y se bebió todo de un sorbo. Le supo a agua corriente del río salvo por la sensación cosquilleante en su lengua.

—¿Y bien? —Las piernas de Fernanda se movían en sincronía, ansiosas, impacientes.

Todos estaban igual de expectantes ante la reacción de Thomas. Por su parte, el guardián seguía esperando porque algo fantástico o perturbador sucediera en su mente.

Entonces pasó.

Viajó al pasado. Una bruma sedosa delimitó su visión y le dio nitidez al objeto central.

La pared frontal del altar se derrumbaba para dar paso a un pasadizo secreto. La escalinata conducía a una repisa incrustada en la piedra. En cada estante retozaban tres pithos. Seis en total.

Apoyó el cálice de nuevo en su lugar. Las piernas se le aflojaron y casi se va de boca sobre el altar. Sentía que los músculos se le volvían de gelatina por lo que presionó los puños para mantener la tensión. Meneó la cabeza un par de veces con el fin de alejar el efecto letárgico del río.

Un hormigueo extraño se presentó en la base de su cráneo. La necesidad de obtener un mayor conocimiento fueron tales que debió enfocarse en la imagen de Fernanda y así recordar las circunstancias que lo llevaron a ese sitio en primer lugar.

—¡Están aquí abajo! —Logró decir. Bajó los peldaños lo más aprisa que pudo, lejos del cáliz.

Los demás se reunieron junto al altar mientras Thomas palpaba los dibujos en busca de una palanca o botón secreto.

—Hay una puerta que conduce a los cofres...

Sin mecanismos visibles que les ahorran tiempo debían buscar una alternativa. Probaron con las pocas armas que le quedaban, pero de seguir intentando acabarían con el filo de las mismas.

Lyla intentó con un hechizo para abrir objetos y, ante la negativa, descubrió que había un encantamiento previo.

—¿Eso qué significa? —preguntó Fernanda.

—Significa que solo la persona que realizó el hechizo puede abrirla. O... —Lo sintió mucho antes de que apareciera. Una energía sumamente poderosa acompañada por un aura benévola que escondía la putrefacción de su profesión.

Entre humo y sombras el dios de la muerte hizo su aparición.

Un suspiro colectivo de alivio se escuchó en el ambiente. El mismísimo Tánatos estaba allí para ayudarlos.

—Descubrimos que los cofres están aquí abajo —habló Thomas, entusiasmado—. ¿Cómo llegamos a ellos?

El dios no emitió comentarios. Su rostro habitualmente impertérrito no los puso en alerta.

—No dudé de ustedes ni un segundo. Sabía que eran los indicados para la tarea. —Su porte, su semblante, denotaba un orgullo apagado. El «pero » se respiraba en el aire y las emociones fluctuaron.

La muerte traía consigo una sensación pesada y extraña, singular y diferente a cualquier cosa que hubieran experimentado antes.

A falta de monstruos se vieron atrapados en una caverna. Sin escapatoria. Con Tánatos.

Nada bueno podía salir de esto.

—Lamento decirles que solo uno podrá salir airoso de aquí.

El pecho se les hundió producto de la sorpresa.

Sóter apretó los puños y dio un paso al frente.

—¿A qué se refiere con eso?

El dios esbozó una sonrisa melancólica; una disculpa brilló en sus pupilas y murió con el sentido del deber.

—He venido por sus almas —expresó sin titubear—. Un justo sacrificio para acceder a las pithos.

Una discusión se desató al instante. Lucía dejó de escuchar los reproches y un verso de la profecía fue recitado por la voz de su conciencia.

«Para ascender seis sacrificios habrán de suceder.»

¿A esto se refería la profecía?

Si era así. ¿Ascender a dónde?

La ascensión era la máxima expresión por parte de un hechicero para convertirse en una suerte de dios, como Hécate.

Seis brujos y brujas ofrecían su vida por voluntad propia.

Allí tenía sentido. Aquí no.

—¡Eso no era parte del trato! —vociferó Josh con la sangre en el ojo—. Si somos los mejores no puedes matarnos.

—Descubrieron la mentira. Si queremos una oportunidad de ganar, si de verdad están comprometidos con esta causa, morirán para evitar que todo lo que hemos conseguido se desmorone.

—No tiene sentido. No estamos marcados, es imposible que seamos tan importantes para el Aftokrátoras. —Nico expuso su punto a pesar de ser el único con una marca cuyo significado desconocía. De cualquier modo poco importaba, el dios no tenía conocimiento de la misma.

Varios secundaron a Nico con un asentimiento de cabeza. Tánatos, por el contrario, discrepó.

—¿Y quién me asegura a mí que no están de su parte? —La oscuridad de sus ojos se transformó en una bofetada para cada uno—. ¿Quién me asegura que no terminarán traicionándome?

La dureza con la que les habló resbaló por sus cuerpos ardidos. El desconcierto vino de la mano de la duda. ¿Cómo podía dudar de ellos? Dieron todo de sí para conseguir la Flor Dorada, tuvieron que aprender a lidiar con la frustración, con el fracaso. Protegieron el pueblo de Siderius y casi murieron en Stonehenge.

Eso debía ser prueba suficiente para tacharlos de la lista de traidores. Sin embargo, ante los ojos del dios, los grandiosos Jóvenes Guerreros fallaron por primera vez. Cada paso que daban implicaba dos hacia atrás.

Sospechoso considerando que eran los grandes héroes de la época.

—¿De verdad piensas que traicionaremos a los dioses? —La acusación se hizo evidente en el modo de hablar de Lucía.

—Un noble sacrificio para demostrar de qué lado están.

Una ventisca repentina convirtió en cenizas el cuerpo del dios hasta hacerlo desaparecer.

Le siguió una pausa prolongada que asentó la conmoción grupal. Josh sacudió la cabeza con la esperanza de comprender qué acababa de pasar.

—¿En serio acaba de pasar esto? —Apuntó al sitio exacto en donde una vez estuvo parado el dios.

—Eso parece —susurró Nico, presa del sin sentido.

—Entonces... —empezó Fernanda. La vista puesta en ningún punto en particular—. ¿Tenemos que matarnos para conseguir las pithos?

El estómago de Lyla se contrajo al percibir el mar de emociones. Se tocó el vientre y frunció los labios en una mueca de disgusto.

—Así es.

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