☾apítulo 23
La barrera creada por Ludmila los protegió de los proyectiles y las bravas llamas que lamieron el piso.
Lyla sintió que la garganta se le cerraba. Una mano que apretaba y apretaba hasta consumirle la voz. Lágrimas silenciosas mancharon sus mejillas mientras veía con espanto como el cuerpo de Ludmila era devorado por el fuego hasta desaparecer.
Unos brazos fuertes la rodearon hasta contenerla, justo cuando las rodillas decidieron dejar de funcionar. Oyó la voz de Josh en su oído pero su cerebro no tenía la fuerza suficiente para decodificar sus palabras. Solo sabía que estaba ahí para ella.
El campo de fuerza se evaporó junto con la esencia de Ludmila. Lyla cerró los ojos y se inclinó hacia adelante, el pesar presionó contra su pecho y un sollozo fue arrancado desde lo profundo de su corazón.
En medio del caos y la conmoción, Sóter reparó en las siluetas que se acercaban corriendo para averiguar qué fue todo el alboroto.
—Debemos irnos —apremió a decir.
Varios de los Guerreros lograron poner en marcha sus piernas, al tiempo que sus brazos incitaban a los demás a retroceder. No les resultó fácil pero debían hacerlo.
—Lyla, hay que irnos —susurró Josh. No quería obligarla a irse pero tampoco podían ser vistos.
— ¿Por qué?... ¿Por qué? —sollozó. El dolor le atravesó la columna vertebral hasta inmovilizarla. Ya no tenía fuerzas para andar. Primero Freya, luego Ludmila. ¿Quién más? ¿A quién más le quitarían?
Josh apretó la mandíbula y se vio en la obligación de decidir por ambos. Tomó a Lyla entre sus brazos y ella no se negó. Se acurrucó en su pecho, manchando su camisa con lágrimas. Y ambos salieron corriendo de allí.
Thomas quedó solo junto a los cuerpos inconscientes de sus protegidos y el de Fernanda.
—¡Agua! —gritó a los primeros que llegaron—. ¡Corran a los tanques! ¡Vayan por las mangueras!
Maxon despertó de su letargo y la sorpresa lo golpeó de lleno. La cabaña donde solía pasar las tardes estaba envuelta en llamas. Intentó incorporarse pero Thomas se lo impidió.
—Necesito que me ayudes.
Los Guerreros corrieron hasta el límite del Santuario, los árboles su mayor aliado. En la oscuridad de la noche y con un incendio desatándose, nadie repararía en ellos. Sin embargo, no podían salir. Los monstruos pululaban en el perímetro y para evitar un enfrentamiento necesitaban el apoyo de Lyla.
La joven no lucía bien en lo absoluto. Había dejado de llorar pero sus ojos contemplaban el vacío. Las manos le temblaban sutilmente, y tal parecía que se rehusaba a soltarse de Josh. Se aferraba a su camisa como si fuese su propia vida.
—¿Ahora qué? —preguntó Alex, acomodándose la correa de la mochila.
—Hay que esperar a Thomas y Fernanda —apuntó Matt.
Luke puso los brazos en jarra y frunció el ceño. Miranda estaba igual de enojada.
—¿Por qué los dejaron ahí? ¡Hay que irnos ya!
—¡Solo espera! —insistió Sóter. Miró hacia las cabañas, esperando ver a Thomas y Fernanda corriendo hacia ellos. El corazón le latía con estridencia, los nervios haciendo de las suyas en su estómago. ¿Y si había más poseídos? ¿Y si los estaban atacando ahora mismo?
Era un estúpido por haberlos dejado. Tenía que volver por ellos...
—¡¿Hola?! —gritó una voz femenina—. ¡Holaaa!
Una piedra rebotó en la barrera y círculos concéntricos se dibujaron en el aire. Frente a ellos pasó volando una criatura de esbelta silueta y alas tan negras como la noche.
—Es Paír. —Nico la reconoció de inmediato.
Lyla volvió en sí a pesar de lo pertubado en su rostro. Le pidió a Josh que la bajara y caminó por cuenta propia hasta la barrera. Apoyó la mano sobre la membrana acuosa y fría, sus ojos despidieron un destello rojizo cuando pronunció el encantamiento.
—Ánoixe pórta.
La barrera creó una abertura y los hizo visibles para la Ker.
—¡Ahí están! —chilló con la emoción contenida en la voz. Voló hacia ellos y entró en el Santuario—. Creí que no los encontraría.
Agitó los hombros y guardó sus alas. A pesar de ser una gran amiga de Tánatos y una aliada, su sola presencia incomodaba a varios de los presentes. Era difícil olvidar el encuentro que tuvieron con sus otras hermanas.
—¿Qué ocurrió? —Atticus logró articular palabra y dijo en voz alta lo que todos pensaban.
—¿Qué, qué ocurrió? Eso mismo quiero saber yo. Dos de sus marionetas están muertas y Fántaso está llevando al resto a no sé dónde —soltó con preocupación, haciendo aspavientos—. Los distraerá todo lo que pueda pero...
—¿A qué está distrayendo? —interrumpió Logan para averiguar.
Paír parpadeó.
—Son... Son unos niños —lamentó—. Pero su aroma es diferente. Algo los está poseyendo.
Sóter se restregó los ojos y dejó que las manos descansaran en su nuca. No cabía duda de que los estaban rastreando. Y, para colmo de males, usaban a víctimas inocentes. Los desconectaban de la realidad y los obligaban a convertirse en despiadados y sanguinarios.
—Es Circe —conjeturó Zoe. El relicario en su pecho pareció hacer presión contra su piel, como si algo intentara penetrar en su sistema. La mano de Circe queriendo doblegarla—. Estoy segura.
Erick se removió incómodo. Si lo que Zoe le dijo era cierto, él también fue un títere de la hechicera. Y por su culpa carecía de recuerdos.
—Dijiste que necesitaba un objeto personal y sangre del individuo —habló Matt, mirando el suelo, maquinando—. ¿Cómo se hizo de esas cosas aquí dentro? Ningún ser divino puede atravesar una barrera salvo que lo inviten a entrar.
—¿Manipulación? —Miranda vio al joven como si se tratara de la cosa más obvia en el mundo. Era un Guardián ¿Cómo no se daba cuenta?—. Esto es un Santuario, literalmente entran y salen semidioses todo el tiempo. Circe pudo engatusar a uno de ellos y lo que pasó después ya lo estamos viviendo.
—No necesita nada de eso —apuntó Zoe—. Ella es una hechicera, puede crear aberturas en la barrera y entrar cuantas veces quiera.
Annabeth soltó un suspiro y se apartó un mechón del rostro.
—Concuerdo con Zoe, pero creo que no es el momento de ponernos a pensar en eso. Cuanto más rápido nos vayamos menos involucrados habrá.
—¡Oh, no tienes idea!
De entre las sombras del bosque emergió una figura femenina vestida con ropas de cuero y botas altas hasta los muslos.
De piel canela y ojos tan profundos como el fondo del océano. Labios rojos y carnosos, maquillaje recargado y pómulos altos. Traía el cabello amarrado en dos trenzas cocidas. En su cadera resplandecía un cinturón con tachas y múltiples compartimentos, allí se escondían todas las artimañas habidas y por haber. Ápate, la diosa del engaño, el fraude y el dolor, se convirtió en uno de sus más preciados aliados en esta guerra. Sin ella a Tánatos se le haría más difícil esconderse de sus perseguidores.
—Tienen que irse cuanto antes. Se acerca una camada de marionetas oníricas —advirtió la diosa.
—¿De qué está hablando? —La voz de Thomas llamó la atención del resto. El Guardián estaba hasta el fondo junto a su sobrina.
Sóter se tensó solo con verlo. El sufrimiento en su mirada le desgarraba el corazón. Sabía que sería difícil convencerlo de irse.
Ápate ladeó la cabeza y sus largas trenzas acompañaron el movimiento.
—Digo que de una forma u otra descubrieron nuestra treta, y ahora los están cazando.
Fernanda apoyó las manos sobre los hombros de su tío. Podía sentir la incertidumbre que lo asolaba. Sóter dio un paso adelante, sus ojos suplicaban porque Thomas fuera con ellos.
—Yo me encargaré de detenerlos —aseguró la diosa y Paír se sumó a la causa—. ¿Tus protegidos saben pelear o son un chiste?
Thomas tomó eso como un insulto.
—Ellos no son bebés de Academias. Saben muy bien cómo defenderse.
—Entonces deja que nos encarguemos. —Ápate no esperó una respuesta por parte de Thomas. En un parpadeo la diosa adquirió la forma del Director del Santuario—. Te prometo que todo estará bien. —La voz gruesa y profunda era idéntica a la de su dueño.
Thomas tragó duro y luego de un breve instante, luego de luchar consigo mismo, aceptó.
—Sigan con la misión —ordenó la diosa—. Nos veremos, semidioses.
Se perdió en el bosque, yendo directo donde los protegidos, lista para interpretar su nuevo rol y engañar a todos.
Paír se colocó el casco y salió volando por la abertura de la barrera. En cuanto aparecieran las marionetas de Epiales, pondría en alerta a Ápate.
Los semidioses quedaron sumidos en el silencio. Fernanda se tocó el cuello, la sangre había dejado de salir pero el corte ardía como el fuego del infierno. Todavía se podía palpar en su piel el cuchillo con el que Maxon intentó degollarla. No. Maxon, no. Él era incapaz de dañar a las personas, no había nadie más puro de corazón que él. Algo lo poseyó —y a ella también—, dañó a sus tíos, amigos e incendió su hogar. Todos sus recuerdos estaban siendo consumidos por las llamas.
«Mamá».
Las prendas que conservaba de ella. Sus fotos. Sus frascos de perfume. Sus medallas obtenidas como Guardiana.
«Lo recuperaré. Recuperaré todo para ti». Le aseguró Maxon antes de despedirse.
Epiales, Circe o el que sea que se haya metido con ella y sus seres queridos pagaría por todo el daño que le causó.
—Puedo curarte si quieres —murmuró Belén, leyendo el dolor en las facciones de la joven. Fernanda esbozó una sonrisa de gratitud.
—¿A dónde vamos? —Inquirió Clarisse en dirección a Thomas.
El guardián contempló a una perturbada Lyla que, con el paso del tiempo, parecía volver en sí.
—¿Recuerdas el aserradero que mencionaste cuando llegaron?
Lyla estrechó las cejas. Parpadeó varias veces con la intención de despejar la rauda bruma de su mente, de reservarse el sufrimiento para otro momento. Los semidioses la necesitaban lúcida, necesitaban de su poder. Llorar por Ludmila debía quedar para más adelante.
—Sí —dijo, su voz un eco consciente—. El portal de Ludmila nos dejó allí.
Josh se le acercó por detrás y la sostuvo por los brazos. Lyla encontró su mano y la tomó en silencio.
Thomas asintió reiteradas veces, contento de que la sacerdotisa volviera en sí, y avergonzado por tener que pedirle que dejara el luto de lado y los ayudara a escapar. En retrospectiva, se sentía mal consigo mismo por abandonar a los suyos, pero tenía una misión. Una que lo interpelaba de pies a cabeza.
Presenció de primera mano lo crudo de esta guerra, el juego despiadado y sucio del Emperador.
No lo dejaría ganar. Iría hasta el fin del mundo con tal de erradicarlo a él y a todo aquel que estuviese de su parte.
—Quiero que nos lleves al mismo lugar.
—¿Podremos cambiarnos ahí? —mencionó Belén, haciendo alusión al estado deplorable en varios de ellos.
—Yo creo que sí.
Salieron al bosque infestado de monstruos, sin embargo, no vieron moros en la costa. Lyla cerró la brecha de la barrera y a continuación creó un portal al aserradero.
El sentimiento de abandonar el Santuario les dejó un sabor amargo en la boca. A donde quiera que fueran el caos y la destrucción los perseguía.
—Terminemos con esto de una vez. —Había decisión en las palabras de Lucía. Y todos estuvieron de acuerdo.
☽ ☾
Pasaron la noche en una vieja casa abandonada. Thomas solía ir allí cuando esperaba por Mimpho o buscaba suministros para el Santuario, por lo que a pesar del deterioro, el lugar estaba equipado con lo básico para subsistir dos o tres días máximo.
Logan se ocupó de curar las heridas de todos, ya que Belén recordó que "estaba marcada" y usar sus habilidades sería peligroso.
Mal dormidos y con temor a ser encontrados, partieron cuanto antes a su destino.
Eran las siete de la mañana y el puerto rebosaba de energía y movimiento. Invisible ante los ojos mortales, la península de Istra escondía uno de los mercados más populares del mundo divino: el mercado negro.
El sitio olía a mala muerte, cerveza rancia y pescado. Una ciudad portuaria olvidada en la época de los piratas, en cuyas calles se escondía el crimen: ladrones de poca monta, asesinos a sueldo, falsificadores y mucho, mucho contrabando.
Varios puestos de comerciantes —hijos de Hermes principalmente— exhibían en la vía pública sus mercancías. Desde joyería y elegantes telas, hasta artilugios mágicos e ingredientes para pócimas. En los lugares más apartados, Cíclopes y Hecatónquiros vendían armas, asegurando que su calidad era equiparable al armamento forjado por Hefesto.
Los barcos acababan de atracar en el embarcadero. Una multitud de tripulantes deambulaba por los pasillos en busca de tesoros u holgazaneaban en las tabernas. Los marineros recién llegados, descargaban cajas y jaulas con criaturas vivas.
El grupo de semidioses vagaba por las laberínticas calles, cubriéndose con las capuchas y manteniendo las cabezas gachas. El mercado negro estaba plagado de rostros largos y miradas evasivas. El contacto visual era sinónimo de camorra.
Luke estaba extasiado con las mercaderías. Mucho de lo que allí había fue robado o falsificado. La necesidad de preguntar cómo lo hicieron era más grande que cualquier cosa en este mundo, y era gracias Jennifer que lograba mantener la atención al frente, donde no arruinaría el plan de huida.
Agradeció que fuese la marioneta de Jennifer quien muriera en el bazar, porque de lo contrario estaría perdido.
Thomas encabezaba la marcha. Hacía tiempo que recorría aquellas calles y conocía los atajos menos abarrotados hasta el puesto de Mimpho. Tomó por un callejón, al llegar al final del mismo, levantó un puño y el resto se detuvo.
Luke miró las paredes tapizadas con grafitis de mal gusto y anuncios desgastados por el paso de las estaciones, pero lo que captó su atención fue un dibujo suyo. Un trozo de papel no más grande que su mano con una leyenda inquietante.
SE BUSCA
LUKE MILLER
RECOMPENSA: 500.000 DRACMAS
A lo largo de la pared había anuncios con sus rostros, individuales y grupales, poniendo precio a sus cabezas dependiendo de si estaban marcados o no.
Arrancó uno y lo analizó con detenimiento.
—Maldición —escupió.
Jennifer contempló el trozo de papel con el que cargaba Luke. El estómago se le achicó cuatro tallas. Durante su breve paso por el Santuario, Thomas les enseñó un anuncio en donde aparecían todas sus caras, incluida la de Zoe. Aquí, en cambio, había uno para cada uno y encima se tomaron la molestia de tapizar todas las calles del mercado.
—Debemos ir con cuidado —habló Josh, quien también contemplaba la pared.
Un hombre vestido con elegantes ropas pasó frente al grupo de semidioses. Parloteaba sin cesar al tiempo que dos de sus empleados acarreaban con una carreta. Dentro había jaulas con aves y un pequeño grifo, el cual no dejaba de llorar.
Tanto Miranda como Annabeth se vieron interpeladas por dicha escena. Imaginar que sus compañeros de vida pudieran terminar en las mismas condiciones les provocó náuseas. Annabeth esperaba que Éxypnos estuviera lo bastante lejos como para no caer en las garras de estos desalmados.
Belén, quien estaba hasta casi delante del todo, jaló la capa de Sóter para llamar su atención.
—¿Qué harán con ellos? —Apuntó con la cabeza hacia la carreta.
—Pueden ser muchas cosas. —Tragó con pesar—. Es mejor no saberlo.
—Debemos hacer algo. ¡Los matarán! —chilló en voz baja.
Sóter amplió la mirada.
—No haremos nada —gruñó entre dientes—. Nos subiremos al barco de Mimpho y navegaremos hasta la Isla de los Benditos. ¿Entiendes?
—Entiendo que mi guardián es un desalmado.
Sóter inclinó la cabeza hacia Belén, amargamente enfadado.
—¿Quieres salvar a esos animales? Está bien, lo haremos. Haremos todo un escándalo y los siguientes en terminar enjaulados seremos nosotros.
Belén se mordió la cara interna de la mejilla. Las ganas de responderle cuánto veía que le importaba a él salvar a esos animales tuvieron que esperar. Thomas le pidió a su novio que lo acompañara. El resto aguardó en el callejón.
Una maraña de escalones condujo a Thomas y a Sóter a los muelles. Atravesaron una pasarela de piedra flanqueada por el agua revuelta. El sol se reflejaba brillante en el agua turquesa y la sal se olía en el aire. Llegaron al área de compra y venta de productos, más allá se hallaba la zona de descarga. Los marineros cargaban con grandes lotes de mercadería que entregaban a los diversos puestos.
Thomas le hizo una seña a Sóter para que lo esperara y marchó hacia su informante.
El puesto de Mimpho estaba repleto de pescados, anguilas, crustáceos y algas empaquetadas. Un toldo azul y amarillo evitaba que el sol hechara a perder la carne, pero no evitaba lo penetrante del aroma. Algunos gatos deambulaban por las calles comiendo el alimento que le tiraban, mientras las gaviotas aguardaban ansiosas por robar algo de los baldes.
—¡El mejor pescado de toda Istra! ¡Calidad y frescura garantizada! —vociferó la nereida en dirección a los transeúntes.
En frente, un anciano que vendía frutas, verduras y granos, largó la carcajada y se golpeó la rodilla izquierda de alegría.
—¡Guárdame una de esas anguilas, cariño! Sueño con una buena sopa.
—Te espera una jugosa y regordeta anguila para cuando acabe tu turno, Lou.
El anciano alzó los brazos al cielo y aulló de felicidad. Solo podía imaginar lo deliciosa que sería la cena de esa noche.
Thomas esbozó una sonrisa al ver a su «vieja amiga». Mimpho era una mujer pequeña, sumamente hermosa y de ascendencia asiática. Llevaba lo negro de su cabello recogido en una cola alta y decorado con caracoles marinos y estrellas de mar. Su piel era bronceada y con esporádicos tatuajes. Gustaba mucho de las joyas, traía varios collares y gargantillas así como múltiples caravanas. Todas construidas con huesos de animales o piedras preciosas.
Su atuendo era poco convencional para una vendedora de pescados, pero visiblemente cómodo en caso de tener que escapar por una revuelta.
—¿Thomas? —La nereida contuvo la emoción al ver al ex guardián de Deméter frente a su pescadería—. ¿Qué haces aquí?
—Quedamos en que nos prestarías tu barco, ¿recuerdas?
—Por supuesto que lo recuerdo, es solo que llegaste antes.
Un gato se restregó en las piernas de Thomas y maulló por pescado. A dos puestos de distancia, un mercader dejó un balde en la acera con varias sardinas muertas. El gato salió corriendo atraído por el maullido de otros como él.
—¿Cuándo podemos subir? —indagó Thomas. Necesitaban dónde descansar además de un buen desayuno para acallar los ruidos del estómago.
Con un paño, Mimpho limpió la suciedad de la tabla de picar.
—Al mediodía la actividad se corta para el almuerzo. Podemos aprovechar ese momento. Aunque sabes que lo mejor es al anochecer.
Thomas hizo un sonido negativo con la garganta.
—Es demasiado tarde. Tiene que ser ahora.
—No puedo sacarlos ahora. —Arrojó el trapo a una palangana con agua, salpicándose el delantal—. Si me voy perderé mi lugar e Idris usará mi puesto para vender sus estúpidas piedras energéticas. Esa arpía quiere quitármelo desde hace meses.
—¿Quién es Idris?
—Una nereida estúpida que piensa que puede quedarse con lo que es mío. —Retorció el paño para quitarle el excedente de agua y a Thomas se le figuró el cuello de Idris. Luego, colgó el trapo de una madera para que se secara al sol.
—¿Y cuál es el problema? Vete a otro lugar.
—¡No! —Tiró el agua de la palangana al mar, justo cuando una gaviota pasaba volando, soltando un graznido de sorpresa—. Este lugar es estratégico. Estoy cerca del embarcadero, agarro a todos los marineros y polizontes. Se comercializa mucho mejor aquí que en el interior.
Thomas rodó los ojos.
—Necesito subir al barco ahora mismo —demandó—. Llevo carga preciada, ¿entiendes?
Mimpho soltó un gruñido, apoyó las manos en el mostrador y agachó la cabeza, resignada.
—Bien. Ve por aquella pasarela. —Le indicó con la mano—. Mi barco es el segundo a la izquierda. El de bandera amarilla.
Thomas estrechó la mirada en la dirección indicada. Todo lo que veía era un pequeño navío donde con suerte entraban cinco personas bajo cubierta.
—Esa cosa es demasiado pequeña.
—Oye, más respeto. Esa cosa es mi sustento.
—No entraremos todos bajo cubierta.
La nereida se cruzó de brazos y ladeó la cadera.
—¿No pueden tolerar unos minutos sin luz solar?
—Somos diecinueve personas.
Los ojos de Mimpho se ampliaron.
—¡Podrías habérmelo dicho antes! —Bramó—. No hablaste de tantas personas, Thomas.
—Creí que tendrías un gran barco. —Se defendió—. Siempre estás alardeando.
—Trabajo en el mercado negro, por supuesto que voy a alardear. ¡Es mi naturaleza!
—Supongo que al final tenía razón. Eres mucho ruido y pocas nueces.
Tanto Mimpho como Thomas se voltearon hacia la voz masculina. Sóter estaba hasta el extremo del puesto, comiendo una jugosa manzana. Al verlo, Mimpho se relamió los dientes y una sonrisa bailó en sus comisuras.
—Vaya, vaya, el Comandante Sóter en persona. —Había una pizca de burla en sus palabras, mientras Thomas maldecía con la mirada—. ¿Qué lo trae a lo más bajo del mundo divino? Si viene a arrestarme déjeme decirle que solo soy una humilde comerciante.
Sóter inclinó hacia adelante la cabeza y limpió con el pulgar el jugo de manzana que chorreaba por el costado de la boca.
—Si fueras tan humilde no vendrías al mercado negro a vender tus pescados —contraatacó con la más cordial de sus voces.
—Aquí se gana mejor —dijo rápidamente—. De algo tengo que vivir.
El guardián le dio otra mordida a la manzana. En su silencio, analizó el rostro impertérrito de la nereida. Siempre buscaba. Siempre quiso saber cuál era su verdadero trabajo en el puerto.
—Sé que no vendes pescado.
Mimpho se tensó ante tan directo comentario, pero no dijo nada que pudiera perturbar su fachada de buen samaritano. En su lugar, se rió.
—Mis ojos dicen lo contrario. Al igual que mis clientes.
Thomas se interpuso entre ambos y captó la atención de la nereida.
—¿Puedes conseguirnos otro barco?
La presencia de Sóter desencadenaba en Mimpho euforia. Él representaba la ley y el orden. La Guardia Olímpica cazaba a los contrabandistas y sentenciaba a penas espantosas, pero hasta ahora, Sóter no había averiguado nada. Y si bien le frustraba que él se abstuviera por Thomas, amaba ser capaz de burlar a uno de los buenos. Le hacía sentir poderosa. No obstante, Thomas se volvió un buen amigo para ella. Todos los semidioses que llegaban a su comercio o que avistaba vagando por el mercado, terminaban refugiados en el Santuario. Porque sabía que allí tendrían una segunda oportunidad.
—Estos tipos son vengativos. Es mejor no meterse con ellos.
Los segundos avanzaron y Sóter dejó que Thomas siguiera en tratas con la nereida. En tanto, éste no dejaba de ver las heridas en los brazos de Mimpho.
—¿Qué tal un incentivo? —habló el guardián de Hera, y le dio una última mordida a la manzana. Su profunda voz resonó en el toldo del puesto.
—Escucho. —El interés se transparentó en su voz.
—Si nos ayudas a conseguir un barco te prometo que haré crecer tu negocio.
Mimpho soltó una carcajada.
—¿Me conseguirás un permiso de pesca o un barco donde quepan más de cinco personas bajo cubierta?
—Sabes de lo que hablo.
—No, no sé. No hablo encriptado.
—Tus manos están llenas de heridas, asumo que por la manipulación de huesos.
—Reutilizo los esqueletos para hacer bisutería, demándame por eso. —Se cruzó de brazos y apuntó lo acusatorio de su mirada hacia el guardián—. Además, se nota que nunca has deshuesado un pescado.
Las nereidas menos ortodoxas rendían honor a las fallecidas criaturas marinas haciendo con sus huesos joyería y broches para el cabello.
Sóter asintió taciturno para luego apuntar a las manos de Mimpho.
—Buen punto, aunque tienes quemaduras en la yema de los dedos, del mismo tipo que hace el veneno de manticora cuando entra en contacto con la piel —dijo sin molestarse en mirarla a la cara. Tiró el corazón de la manzana a un bote de agua sucia y se restregó las manos para limpiarlas.
Las cejas de Thomas se levantaron, confundido. Y las de Mimpho denotaron sorpresa.
—¿Qué insinúa, Comandante?
—Los adictos mueren por el aguijón de manticora y la montaña de otra porquería que crean con los huesos de monstruos.
—¿Tratas de decirme que soy una narcotraficante? —Le cuestionó, ofendida.
—¿Lo eres?
Mimpho hizo todo lo posible para lucir despreocupada, pero Sóter no perdió de vista el destello de miedo en el grafito de sus ojos. Ella se inclinó hacia adelante, su cola de caballo rozó la aleta de un atún.
—Los monstruos desaparecen apenas mueren —señaló—. Imposible hacerse de los huesos como dices.
—Ambos sabemos que sí es posible. —Una sonrisa socarrona tiró de sus labios, lo que enfureció a Mimpho.
—No tienes pruebas, solo teorías infundadas.
El guardián suspiró, afligido por no saber qué hacer. O al menos esa fue su intención. Extrajo su espada corta y tomó a un bagre por la boca. La hoja quedó a centímetros del maxilar inferior.
—¡No te atrevas!
—¿Tienes miedo de que descubra tu negocio sucio?
—No te conviene molestarme, Sóter. Tengo gente que no dudaría en asesinarte. —Se enderezó, hinchando su pecho, luciendo amenazante, a pesar de que su voz tembló cuando dijo su nombre.
—¡Hazlo! Veremos quién sale ganando.
Thomas sintió que el corazón le dio un vuelco.
—Esta no es la forma de solucionar las cosas. —En sus palabras se leía la desesperación.
Lou, el viejo mercader de enfrente, vio la escena desde su puesto. Dos hombres con capas largas y encapuchados, una espada de por medio y el rostro enrojecido de Mimpho.
—¿Está todo bien, Mi? —Avanzó hasta la calle y su nieto lo respaldó.
—Mimpho... —Thomas dijo su nombre como si fuese una súplica—. ¡Por favor!
Ella lo miró. Miró el dolor y la desesperación en sus ojos.
Thomas era igual que ella, un renegado. Por sus ideas, por no encajar en el molde, escapó de todo aquello que lo retuvo por años y forjó un nuevo camino. A diferencia de ella, hizo de su destierro una nueva oportunidad para crecer.
No merecía sufrir.
—Todo bien Lou —gritó, la mirada puesta en Sóter—. Estamos haciendo negocios.
—Estaré aquí por si me necesitas.
Thomas vio al anciano marcharse seguido de su corpulento nieto. Al volverse, la tensión entre Sóter y Mimpho sacaba chispas.
—Haré esto por tu novio. Solo por él. ¿Quedó claro?
Sóter soltó al bagre y enfundó su espada. Para él era suficiente.
—Gracias —habló Thomas. Le pareció ver un leve rubor asomar en las mejillas de la nereida, lo cual encontró tierno. Mimpho no era de expresar sentimientos, mucho menos de demostrar cariño. Con esto le estaba dando la pauta de que escondía un gran corazón.
—Vayamos a lo importante —dijo ella—. Necesitaré de su ayuda.
—No te preocupes por eso. Tengo un plan.
Thomas miró a su novio con cierta preocupación.
—¿Qué tipo de plan?
—Ya lo verás.
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