☾apítulo 2
Siderius los acogió en su hogar; una «pequeña» casita que contaba con altos cielos rasos, arcadas y puertas de al menos dos metros y medio, y una imponente chimenea a leña cuyo calor era como estar parado junto a un horno para vidrio fundido.
El lugar no tenía muchas habitaciones por lo que se vieron en la obligación de compartir. Ninguno protestó al respecto. La cercanía entre ellos (aunque no lo admitieran en voz alta) les hizo bien. Necesitaban sentir el calor del otro; saber que no estaban solos.
Durmieron por lo que parecieron siglos y sin embargo, al despertar, desearon volver a dormir. Sus cuerpos atormentados por los acontecimientos de la batalla protestaron en respuesta cuando intentaron levantarse de la cama. La suavidad de las sábanas, la calidez de las frazadas, la comodidad del colchón... ¿Cómo rehusarse a su llamado? Pero la realidad era mucho más cruda. Cerrar los ojos implicaba recordar. Recordar implicaba dolor.
Las chimeneas de las fraguas detuvieron su producción de humo. El plan que Tánatos ideó con ayuda de los cíclopes tuvo éxito, y todo gracias a ellos. A que contuvieron las fuerzas de Quíone, evitando que estas entraran a la aldea. Pero ni siquiera eso pudo levantarles la moral.
Fey, esposa de Siderius, preparó una suculenta cena para darle energía a sus abatidos cuerpos. Bien comidos y descansados, quedarían como nuevos al día siguiente.
Mientras disfrutaban de la comida, Fey contempló con angustia a sus comensales. Estaban pálidos y ojerosos. Las heridas en sus cuerpos eran simples líneas oscuras que con el paso del tiempo se afinaban hasta desaparecer. Pero aunque ya no estuvieran, aunque su piel luciera tersa y suave, el recordatorio de que allí hubo un golpe; un corte, seguía ardiendo.
Una vez terminaron de cenar les ofreció un poco de té para ayudarles con la digestión. Acto seguido, se excusó para retirarse a dormir. El reloj iba a dar las doce de la noche y la vida en el pueblo comenzaba al alba. Sin mencionar que intuía que había una conversación pendiente entre ellos.
—Siéntanse como en su casa. —Esbozó una radiante sonrisa y los dejó solos.
Matt tomó el azucarero que no debía pesar más de cuatrocientos gramos y fue incapaz de levantarlo.
Traía la mano envuelta con varias capas de venda y un ungüento que, según Lyla, le ayudaría a su cuerpo a sanar más rápido. Pero ya habían pasado veinticuatro horas y una tarea tan simple como asir un tenedor le era imposible de realizar. No tenía fuerza ni sensibilidad.
Atticus vio a su amigo batallar con la cuchara; sus torpes dedos intentando sostener el cubierto sin que se le caiga.
Cogió el azucarero y le tiró una cucharada de azúcar al té de Matt. Este último le agradeció el apoyo. Sus mejillas ardían de vergüenza pero Atticus hizo como si nada. Los amigos estaban en las buenas y en las malas.
—¿Alguien sabe cómo está Freya? —Consultó Clarisse. Había genuina preocupación en su tono de voz.
—Muriendo —resumió Luke.
Belén golpeó la mesa, provocando que las tazas temblaran sobre los platos. El castaño de su mirada se clavó como un dardo en el azul grisáceo de Luke.
—No tienes respeto por las personas.
—No estoy diciendo nada que no sea cierto. Freya está muriendo y muy probablemente no se salve.
Las cabezas de todos giraron con dirección a Lyla, esperando porque ésta dijese algo al respecto.
La realidad favorecía más a los dichos de Luke que a las esperanzas del resto. ¿Cómo decirles que las cosas se estaban poniendo peor? Lyla podía percibir las emociones de cada uno y sabía que cualquier cosa negativa que dijera terminaría dejándoles el ánimo por los suelos.
—Siderius conoce a alguien que podría ayudarla —dice y su corazón se agita al ver un brillo de esperanza en el rostro de los semidios—. «Solo que es difícil de contactar».
Se reservó la parte final para sí. Nadie tenía porqué saberlo... Al menos por el momento.
De soslayo descubrió la mirada de Josh sobre ella.
Fingió interés en su trozo de tarta, degustándola como si nada, haciéndole creer al resto que Freya estaba en perfectas condiciones y ella podía disfrutar de un delicioso postre sin remordimientos. Aunque eso implicara sentir el estómago como piedra.
—Eso es bastante bueno, ¿cierto? —La emoción vibra en cada célula de Belén—. Circe no puede salirse con la suya.
Atticus tragó con apremio su sorbo de té. Estaba esperando el momento indicado para hablar y Belén, sin saberlo, le dio el pie para ello.
—Hablando de Circe, ¿Cómo está eso de que la vencieron?
—¡Pregúntale a Lucía! Ella fue la que lo hizo.
Lucía sintió la imperiosa necesidad de patear a Belén por debajo de la mesa. La quería pero su idealización hacia ella era algo imposible de tolerar.
—Sí... Esto... —Se aclaró la garganta y se removió en su asiento, ligeramente incómoda. Ni siquiera ella misma entendía lo que había ocurrido en Stonehenge—. No sé qué pasó.
—¿Qué no sabes? ¡Le aventaste una serpiente de fuego! ¿Por qué no nos dijiste que podías hacer eso?
—Porque no sabía que podía —masculla, en parte para que cerrara la boca y en parte para que dejara de adornar la historia.
—Fue asombroso —habló Clarisse. Una sonrisa asomando en sus labios carnosos.
—Tiene razón —coincidió Annabeth—. Lo que le hayas hecho la dejó incapacitada. Literalmente la vi envejecer treinta años.
—¿Creen que nos la saquemos de encima por un tiempo? —indagó Josh.
Lyla estaba comiendo un trozo de tarta cuando asintió. Se tapó la boca con la mano y dijo:
—Eso creo.
Intercambiaron impresiones al respecto, formulando teorías sobre la pirokinesis de Lucía y de los efectos que podía causar en los demás. Eso bastó para mejorar el humor alrededor de la mesa.
Zoe apretó los párpados ante la sensación de ansiedad. Por algún motivo la galleta a medio comer en su plato ya no le resultó tan apetitosa. La cena amenazaba con abandonar su cuerpo si su cerebro seguía recordándole aquel momento; si todo mundo no dejaba de hablar de las asombrosas habilidades de Lucía.
Golpeó la mesa, liberando la tensión en su cuerpo. La taza tembló dentro del plato de porcelana. El líquido oscuro del café bailó en círculos concéntricos.
La mesa entera guardó silencio, paralizados por la reacción violenta de Zoe.
Traía algo atorado en la garganta; su mandíbula contracturada de tanto apretarla. El pecho le subía con irregularidad, conteniendo la bola de fuego creciente en su tórax.
—¿Por qué dijiste que no era ella? —Sus desorbitados ojos viendo a Lucía. La voz le temblaba producto de las emociones que la asaltaban—. ¿Qué estabas viendo? ¿Acaso me hiciste algo? Porque no puedo quitar este escalofrío de mi cuerpo y empezó desde que me tocaste....
La acusación toma por sorpresa a Lucía.
Varias respuestas se formularon en su cabeza en fracción de segundos, cada una más compleja que la otra.
—Vi tu hilo. —Confiesa; sus ojos fijos en Zoe.
Esa información terminó por poner en suspenso el buen humor en el ambiente. Luke soltó un silbido y terminó por morder su labio inferior.
—¿Qué significa? —preguntó Annabeth, el tenedor con tarta a medio camino de su boca.
Lucía meneó la cabeza sin saber bien qué decir. Si Sarah estuviera allí les diría que no tienen de qué preocuparse. Lucía era hija de una Moira, estaba en su ADN decodificar y ver hilos. El que no los hubiera visto no significaba que fuera ajena a ellos... Aunque desconocía el alcance que podía llegar a tener.
Pensó en su madre, en cómo modificó el hilo de una chica con solo verla para que le consiguiera pasajes a Escocia. ¿Ella sería capaz de hacer lo mismo?
El deseo se asentó en su interior, la curiosidad a flor de piel. Pero las ansias se derrumbaron con igual facilidad a la que aparecieron cuando pensó en las consecuencias. Modificar un hilo era alterar, literalmente, la vida de esa persona. Si dañaba un trozo, si cambiaba más de la cuenta.... ¿Quién le aseguraba que esa persona seguiría comportándose igual que antes? No quería ser la responsable de arruinar la vida de nadie.
—Nada. Solo... vi el de todos y ya.
—¿Solo viste? —cuestionó Zoe.
—No fue mi intención tocar el tuyo —se lamentó—, pero te aseguro que no hice nada. Todo sigue igual en ti.
Sabía que hablar de esto era tirar de una fibra muy sensible en Zoe, después de todo borraron su memoria y si bien logró recuperarla, el saber que alguien podía llegar a tener la capacidad de controlar su mente y alma le generaba un desconfianza que no podía poner en discusión.
—¿Puedes controlarme? —Inquiere Luke con cierta malicia.
Clarisse, quien estaba a su lado, le da un codazo en las costillas. El té salta de dentro de la taza de Luke y le quema los dedos.
—Cállate —masculló la joven.
—¿Qué tiene? —Se quejó, secándose la mano con una servilleta—. Es hija de una Moira. Ellas crean el hilo de nuestra vida.
—Sí, es cierto que ellas pueden obligar a que la gente haga lo que ellas quieren —dice Lucía—. Pero no creo que pueda hacer lo mismo... Y si así fuera tampoco lo haría. No con ustedes.
Luke estrechó la mirada, la desconfianza apuntando en todas direcciones.
Belén chasqueó la lengua con fastidio. Tenían un millón de problemas; dos jóvenes en proceso de curación, una hechicera al borde de la muerte y Luke salía con la brillante idea de iniciar una revuelta. La pobre Zoe lucía bastante intimidada como para que Luke saliera con estas cosas.
—Lucía ha demostrado ser una buena persona. ¿Por qué habríamos de temerle?
—Las Moiras están todo el tiempo controlando nuestras vidas. —Agregó Matt en defensa de Lucía, adquiriendo el rol que Sarah habría tomado—. Forjan nuestro destino pero no lo sellan. Nos permiten el libre albedrío. El que Lucía tenga la misma habilidad que su madre, ¿cambia en algo para ustedes las cosas?
Nadie respondió. Las miradas bastaron para indicar de qué lado estaban: si con Matt o con la incertidumbre.
Lucía contempló a Zoe. Esta la miraba como si esperara algo más por parte de ella. ¿Qué más quería que dijera? Le había pedido perdón, dos veces, y Zoe todavía no expresaba nada al respecto. Era Lucía quien debía esperar una respuesta por parte de la hija de Poseidón, no al revés.
Apartó la vista, harta de toda esta situación. No había hecho nada malo y no era justo que Luke insinuara cosas que no eran ciertas. Y aunque lo fueran, como dijo, jamás usaría sus habilidades en contra de ellos. Su poder no era un interruptor que subía y bajaba cada vez que quería usarlo. Debía aprender a controlarlo y hasta entonces no lo probaría en nadie de carne y hueso.
Tampoco se trataba de un elemento que tomara posesión de ella y la obligara a hacer cosas terribles. Era una habilidad como la de cualquier otro semidiós. ¿Por qué tenía que ser distinto con ella?
Josh saltó con un tema trivial para alivianar tensiones y disipar el ambiente turbio. Atticus le siguió el juego y en poco tiempo todo mundo estaba opinando al respecto.
Lucía miró sus manos. Todavía podía percibir el cosquilleo de la hebra de Zoe entre sus dedos. Era un sentimiento inexplicable, único en sí mismo. Solo su madre y tías podían entender la satisfacción que había detrás de sostener un hilo. La belleza, la perfección; una obra de arte digna de admiración.
Te dejaba sin aliento.
Quería sostener un hilo, forjar uno desde el inicio, aprender la técnica de construcción. Lo deseaba con toda su alma. Pero también deseaba aprender el significado detrás de la serpiente de fuego. ¿Cuánto daño podía causar el fuego negro? Nunca se lo vio usar a su madre y esta tampoco mencionó algo al respecto. Tenía que preguntarle, ella era la única que podía evacuar sus dudas y enseñarle a usar sus nuevos poderes.
De pronto, algo tiró en su interior y le sacudió hasta los huesos. Lo sintió mucho antes de que lo viera entrar. Aquel palpitar... lo conocía. Era distinto al del resto; cada hilo latiendo a su propio ritmo, liberando una energía diferente.
Se asustó porque hasta el momento no había podido percibir nada. No veía hilos brillantes, solo... palpitares.
Su cuerpo entero, su propio poder vibró en sintonía con la hebra de aquella otra persona. Como si fueran uno. Un vínculo invisible que lo unía a él desde que vio su hilo.
Logan estaba de pie bajo la arcada del pasillo. Su piel estaba libre de perforaciones, cien por ciento curado, pero algo le perturbaba. Al encontrar lo que buscaba el pecho se le detuvo. Una pequeñísima mueca de sorpresa se dibujó en su rostro y abrió los ojos como si fuera la primera vez que la veía.
Lucía se levantó, sintiendo lo mismo que él.
Logan avanzó, urgido por tocarla, por sentirla. La envolvió entre sus brazos hasta que ambos se fundieron el uno con el otro. Las manos de Logan recorrieron el cuerpo de Lucía, constatando que la persona que abrazaba era de carne y hueso, y no una cruel fantasía de su inconsciente.
Buscó sus labios con deseo y la besó con fuerza y añoranza. Lo único que quería era estar así con ella, por siempre.
Las preocupaciones, la angustia con la que había cargado se disipó conforme el reloj avanzaba. Se apartó, jadeando, y la devoró con la mirada. Le dijo todo lo que necesitaba saber con solo verla. «No vuelvas a dejarme».
—Creí que...
—No lo hice. —Atrapó su rostro y vio la amargura en el azul verdoso de su mirada. ¿Qué podía hacer para quitarle ese dolor?—. Prometimos no dejarnos, ¿lo olvidas?
Él asiente, notando el picor incontrolable de las lágrimas en los ojos. El nudo en su estómago se disuelve, desaparece junto al torrente de emociones que le quitan la respiración. Lucía estaba a salvo, estaba entre sus brazos, y no permitiría que nadie más volviera a separarlos.
Logan miró a Belén, haciendo a un lado la urgencia de volver a besar a Lucía.
—Gracias por salvarla.
La joven apretó los labios en una tímida sonrisa.
—Es mi amiga, ¿cómo no ayudarla? —dijo—. Pero no lo hice sola. Lyla, Clarisse, Annabeth y Zoe ayudaron.
Los ojos de Logan brillaron al ver a su hermana.
—¿En verdad?
—Sí —confesó, encogiéndose de hombros—. «Pero no por ti... por ella».
Logan entrelaza los dedos con los de Lucía.
—Gracias.
Nico desvió los ojos hacia Miranda, esperando que esta también dijese algo. Le bastaba con un mísero «¡Al menos no estás muerto!». Pero estaba seguro que ni eso conseguiría por parte de la hija de Hades.
Miranda golpea los dedos sobre la mesa en un ritmo improvisado. Retira su silla de la mesa y se levanta.
—Bueno, creo que debemos ir a descansar.
Todos comparten la misma postura y se disponen a recoger los platos sucios.
Zoe resopló en silencio, aliviada de que la conversación se hubiera desviado. Tomó sus cosas y se encaminó a la cocina.
Clarisse y Atticus limpiaron las pocas migas esparcidas sobre la mesa. Annabeth juntó algunos platos y tazas que Lyla le pasó amablemente.
Belén bebió rápido el poco café que le quedaba y depositó su taza sobre la pila de trastos con los que cargaba Josh. El joven hizo una mueca con los labios a la que Belén respondió con una amplia sonrisa.
Josh se alejó mascullando algo y a medio camino rezongó a Matt por intentar barrer las migas del piso. Su mano estaba bastante averiada como para esforzarse con ella.
Belén se mordió el labio y reprimió una carcajada. No pensó ver a Josh regañando a Matt en su vida. Se suponía que el transgresor era el hijo de Zeus.
En eso se percató de la presencia de Alex a su lado. Seguía anclado a la silla, la vista puesta en las vetas de la madera. Hasta ahora Alex no se había pronunciado en lo absoluto, y si tuviera que apostar diría que comió solo porque los demás lo hicieron.
Lo hundido de sus ojos evidenciaba cuán agotado lo había dejado la batalla.
No recordaba haberlo visto así nunca.
—Alex, ¿estás bien?
El joven se giró de manera abrupta. Algo le perturbaba demasiado.
—Somos amigos, ¿cierto?
Belén se quedó de piedra. ¿Amigos? La última vez Alex insinuó que intentaría ser su amigo, pero que si se alejaba no debería buscarlo. Su ausencia en los cuatros años venideros a la muerte de Cronos, hicieron creerle a Belén que el joven rubio no deseaba tener relación con ella. ¿Esta confesión significaba que había cambiado de opinión?
—S-Sí...
—Y podemos hablar sin restricciones, ¿cierto?
—Ajá.
—¿Entonces dime por qué me sentí tan desesperado e impotente durante la batalla? —Sus ojos irradiaban una iridiscencia indescriptible. Estaba furioso y frustrado y angustiado. Todo un combo de emociones que terminaron por aplastar el tórax de Belén. Le dolía saber cuán miserable se sentía Alex.
Lo vio ponerse de pie. El chirrido de la silla captó la atención de los presentes.
Annabeth agitó las manos para quitarse el exceso de agua. Tomó un paño seco y se alejó del fregadero para acercarse a la barra junto con Clarisse. Al ver a Alex el vientre se le volvió de piedra.
—¿Por qué nadie ha dicho nada todavía? ¿Por qué tenemos que callarnos? —soltó, presa de su arrebato—. Somos los grandes héroes de la época. Fuimos concebidos para la guerra; luchamos contra titanes, ¡Dos veces! ¿Cómo puede ser posible que estuvimos a punto de perder esta batalla?
Lyla percibió el desasosiego en la boca del estómago. Todos lucían abatidos, consumidos por un sentimiento que claramente compartían con Alex. Solo Nico y Lucía eran indiferentes a tal emoción. Ellos habían tenido que atravesar su propio calvario, sin embargo estaba segura que a pesar de no conocer los sube y baja de la batalla, también compartían el sentimiento de impotencia.
—La magia es un contrincante muy poderoso —habló Lyla, esperando poder calmar las aguas—. Si no la conoces bien no sabrás enfrentarla.
Tan pronto dijo aquello se puso en los zapatos de Freya. Su maestra le ordenaba que leyera, que aprendiera sobre el mundo mitológico porque solo así podría ayudar a sus aliados en batalla. Ellos tendrían que empezar a hacer lo mismo respecto de la magia, porque de ese modo sabrían cómo enfrentarla.
—¡Te teníamos a ti! —contraatacó Alex.
Lyla se replegó en sí misma. Era cierto, la tenían a ella para combatir y aún así no pudo hacerlo. El enemigo fue más astuto que ellos. De no ser por Freya y Bóreas ahora mismo el pueblo estaría reducido a escombros.
—Nunca necesitamos de la ayuda de nadie. ¿Por qué ahora sí? ¿Por qué siento como si me hubiera pasado un camión por encima? ¡Estos no somos nosotros!
Belén recordó con amargura la primera de sus batallas. El recuerdo del dolor corporal era irreconocible por su memoria muscular. Morfeo les brindó un sueño reparador de varios días, por lo que al despertar se sintieron como recién salidos de fábrica.
En la realidad en que se movían, Morfeo no aparecería con sus sábanas mágicas. Debían descansar por cuenta propia aunque ello implicara despertar en medio de la noche producto de las pesadillas.
La tensión en el comedor aumentó a gran escala. El aire se tornó espeso e irrespirable.
Logan se vio obligado a decir lo que pensaba.
—Creo saber por qué es —habló y se ganó la atención de los presentes. Buscó a Zoe y la encontró junto a la puerta de la cocina. Todavía cargaba con algunos platos de té —. Te he visto pelear. Y sé que piensas que no eres lo suficientemente buena, pero déjame decirte que eres increíble. Mucho más que nosotros.
Zoe amplió la mirada. El calor ardió en sus mejillas y se propagó a lo largo de su espalda. ¿A dónde quería llegar? Porque fuera amable con ella no olvidaría todo lo que tuvo que atravesar para convertirse en la sombra de Logan Wesley.
—Zoe es una excelente guerrera. Sabe pelear, es estratega y no requiere de sus poderes para luchar... Es todo lo que nosotros no.
Miranda contrajo las mejillas, se cruzó de brazos y ladeó la cadera. El que la compararan con alguien inferior a ella era algo que no toleraría.
—¿Estás diciendo que somos un puñado de ineptos? Porque te recuerdo que estos ineptos salvaron al mundo dos veces.
—Él no se refiere a eso —habló Matt, aferrándose a la escoba como si fuera un bastón—. Cuando entrenaban noté que Logan era más intuitivo y Zoe más calculadora. Ella estudia a su enemigo, igual a como lo hacen Lucía, Annabeth y Clarisse por naturaleza. Zoe aprendió lo que le hacía falta para defenderse en batalla.
—Explícate —dijo Annabeth, tratando de anticipar el hilo de la conversación.
—Eres una excelente estratega pero en tu primera batalla fuiste demasiado confiada y solo cuando tuviste una segunda oportunidad supiste aprovecharlo. Significa, y lo siento, que al principio no entendiste nada. Fue después de eso que aprendiste a trabajar en equipo.
Annabeth no emitió comentarios al respecto. Sabía de sobra que Matt llevaba razón. Cuando asumió sus errores aprendió de ellos para no terminar de la misma forma. Eso era lo que debían hacer.
—Josh...—prosiguió Matt en un intento por ejemplificar lo que Annabeth y Logan ya sabían—. Tú no sabes otra cosa que no sea lanzar rayos.
Su amigo se aclaró la garganta, incómodo por la directa que había recibido. Admitía que estaba obsesionado con su rayo pero no era una máquina de asedio... ¿O sí?
—Eres impulsivo y no sabes elaborar buenos planes. La parte estratégica no es tu fuerte.
—Está bien. Ya entendí. ¿Podemos pasar a alguien más, por favor?
Lyla contuvo la risa mas no pudo evitar sonreír.
—Luke es muy astuto y no pasa por alto ningún detalle. Pero eso no te sirvió la primera vez, ¿verdad?
La sonrisa en el rostro del hijo de Hermes se desvaneció de un plomazo. Ya no le gustaba este juego.
Atticus salió de la cocina. Tenía los brazos húmedos por haber estado ayudando a Annabeth a fregar los platos.
—Alex es increíblemente fuerte. —Tomó la palabra por Matt—. Y aunque tengas planes brillantes, no siempre sabes cómo llevarlos a cabo de la mejor manera.
—¡Yo siempre fui un desastre! —acotó Belén con la esperanza de hacer que todos dejaran de sentirse menos en algo.
—¡Pero mejoraste y mucho! —Resaltó Atticus y las mejillas de la joven ardieron—. Te has vuelto muy buena pero aprendiste a defenderte con tus poderes y sin ellos te cuesta pelear.
Belén se encogió de hombros. Agradecía la parte en la que se volvió buena. Ella también lo creía, y que los demás estuvieran de acuerdo le levantaba el ánimo. No obstante, coincidía en que dependía demasiado de sus poderes. Cuando los persiguió el Jabalí de Erimanto en Oymyakon, su única arma era un arco que disparaba flechas solares; y usar sus habilidades equivalía a detonar la marca y a un grupo iracundo de Arpías. Por lo que su plan fue seguir a Lucía y a Nico en todo.
—¿A dónde se supone que quieren llegar con todo esto? —Habló Zoe. Sentía que estaban tomándole el pelo. Años entrenando junto a sus compañeros para ser igual de buenos que los doce guerreros y ahora resultaba que estos eran un fiasco.
—La guerra contra los titanes estaba encima nuestro, no había tiempo para desarrollar todas nuestras habilidades.
Lucía se mordió la yema del pulgar. Esas mismas palabras fueron las que le dijo a Logan cuando éste le recriminó respecto a controlar los cambios de estado del agua. El tiempo era escaso y dominar una habilidad así requería de muchas horas de práctica y concentración.
—Grover tuvo que tomar una decisión respecto a qué enseñarnos. Por eso fue a lo seguro, lo básico e indispensable para sobrevivir.
—Un dominio básico de sus poderes para lograr defenderse y un estudio profundo de sus enemigos —complementó Matt—. Esta guerra no es contra sus viejos amigos, son nuevos contrincantes. Poderosos. Hay que aprender todo lo posible de ellos y desarrollar al máximo sus habilidades.
Clarisse se rascó la barbilla.
—Estás diciendo... ¿Qué debemos volver a entrenar? —cuestionó la joven rubia.
—Entrenamiento y conocimiento —aportó Atticus y dejó al resto con una sensación de desconcierto—. Ganaron contra los titanes porque Lucía supo de antemano quiénes eran y estudiaron todo lo referente a ellos. Lo mismo ocurrió con Cronos. Debemos hacer lo mismo ahora y más.
Nadie emitió comentarios al respecto. Clarisse giró el plato que tenía entre las manos y rascó una pequeña mancha de caramelo. Apenas la tocó salió disparada a quién sabe dónde.
—Entonces... —suspiró con pesadez, apreciando lo blanquecino de la vajilla—. Debemos rehacer nuestro entrenamiento. —Su comentario se oyó más a pregunta que a afirmación.
Logan se encogió de hombros. Volver a entrenar era lo único factible en aquellos momentos. Al menos así se quitarían los malos hábitos y aprenderían a luchar como es debido. De ese modo, vencerían cualquier cosa que les pusieran enfrente.
—¡Estupendo! —Canturreó Miranda con emoción fingida—. ¡Vayamos y entrenemos en la fragua! Oh, espera, no se puede. ¡Por qué aquí no hay dónde hacerlo!
—Encontraremos dónde.
—Muy bien, hazlo. Pero te recuerdo que tampoco contamos con mucho tiempo.
Lyla levantó la mano como si formara parte de un salón de clases, esperando tomar la palabra.
—Lucía resolvió ese problema —acotó—. Lo que le haya hecho a Circe la dejó débil. Estoy segura de ello. Además, el plan de Tánatos funcionó. Protegimos la espada, ¿o no? Corremos con ventaja. No nos molestaran por ahora.
Lyla tenía un punto y Logan también. El único inconveniente era encontrar un sitio tranquilo dónde entrenar. Y Atticus ya estaba pensando en ello.
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