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☾apítulo 19

PARTE I

Ludmila permaneció sentada frente a la mesa de trabajo. El grimorio de Freya descansaba sobre la madera de cedro con sus páginas abiertas. A un lado, había un ramo de flores silvestres y una maceta con hiedra.

Lyla deambulaba de un lado a otro con un mortero en las manos. Lo que debía ser picadillo terminó por convertirse en pasta. Al ver el desastre, dejó caer lo pesado del objeto sobre la mesa. Ludmila contempló de soslayo la frustración que habitaba en la joven aprendiz.

Apoyó el codo en la mesa y descansó la barbilla en su mano. Lo profundo de sus ojos se aseveró gracias a las líneas oscuras que rodeaban sus párpados.

-Tu mente divaga. ¿Por qué?

-Por nada. -Tiró la pasta en el tarro de basura y con un paño limpió el interior del mortero.

-Estás molesta, lo sé. Piensas que de haber hecho un hechizo de invisibilidad, Jennifer seguiría con vida.

Lyla apretó los puños. La sangre le burbujeaba por dentro, la llama de su poder ardiendo al rojo vivo.

Tomó asiento.

-Diez años. He estado bajo la tutela de Freya por diez años, ¡y no sé nada!

Ludmila levantó ambas cejas. La brillante luz del sol cambió los ojos de la hechicera por un acaramelado néctar.

-Dominar la magia requiere de mucha práctica, en especial cuando debes aprender una lengua que no conoces.

»Tú eras una humana que a sus trece años descubrió que podía percibir lo que los demás sentían. Fue extraño y aterrador. Cuando Freya te encontró supo que en ti había un potencial que nadie había visto.

Lyla recordó la primera vez que conoció a Freya. Ropa elegante, cabello inmaculado, aroma a hierbas silvestres y una sonrisa cálida como viento de verano. Trabajaba como Asistente Social en el Orfanato. Niño que quedaba bajo su tutela, niño que era adoptado. Lyla anhelaba ser escogida por aquella mujer enigmática y de palabras amenas. Quería una familia...

Más adelante, comprendió que los niños que Freya se llevaba en adopción eran semidioses, o Náyades o Ninfas o Sátiros. Eran criaturas cuya apariencia lucía normal gracias al velo. Freya los llevaba a las Academias para que los cuidaran.

Un día, cuando tuvo el valor de presentarse con quien esperaba fuese su salvadora, Freya sintió «una presencia poderosa y arrasadora». Vio en Lyla mucho más que una adolescente quebrada y solitaria. Vio un futuro para ella.

A sus diecisiete años le enseñó un mundo inimaginable.

-Habrán pasado diez años desde que Hécate te convirtió, pero has crecido enormemente.

Lyla apartó la mirada por un momento; sus labios torcidos en una mueca de desdén.

-No lo siento así.

-No lo sientes porque te metes con hechizos antiguos. -Le reprochó-. Los brazaletes de invisibilidad son muy complejos, necesitas experiencia para hacerlos.

-Mi maestra está muriendo. -Su voz era áspera y desesperada-. Mi aprendizaje se resumió a ese libro. Lamento si intenté ser ambiciosa pero necesito ser buena. Una guerra se avecina y no puedo... ¡No puedo parecer débil!

Ludmila estrechó la mirada. El discurso de Lyla escondía mucho más que un sentimiento de angustia. Había un secreto, un suceso que la tenía devastada.

La joven se llevó el cabello cobrizo hacia atrás. Evocó la imagen de Kilt Rock, el mar congelado, la bruma consumiendo su alrededor como un lobo hambriento. Y Circe. La Lamia bajo la forma de la hechicera, viéndola con ojos asesinos y de superioridad.

Peleó contra una impostora y estuvo a punto de perder. De haberse enfrentado a Circe habría muerto al instante.

-No estoy juzgando tu capacidad.

La voz de Ludmila la arrancó del Cocito de sus pensamiento.

-Eres buena, Lyla. Puedo verlo. -Le aseguró. El aura de la joven danzaba frente a sus ojos con una intensidad y avasallamiento inconcebible. Los colores, la llama ardiente de su poder denotaban la grandeza y el crecimiento que forjó a lo largo de los años-. Aunque he de decirte que, de seguir así, no llegarás lejos.

Lyla se tensó.

-¿De qué hablas?

-Estás exhausta; lo veo en tu aura. Usaste en demasía tus poderes y eso es peligroso.

-Hubo una lucha. No podía quedarme de brazos cruzados.

Los ojos de Ludmila se encendieron en llamas.

-¿Quieres ser una hechicera? -espetó.

-Claro que quiero -respondió, ligeramente ofendida.

-¡Entonces concéntrate y practica tu griego! Solo veo que te quejas y no haces nada por remediarlo.

Los ojos de Lyla se ampliaron, sus labios entreabiertos callando la sorpresa.

-¿Por qué me dices eso?

- Si quieres enfrentar a Circe tendrás que escuchar tu cuerpo, conocer tus límites y no excederte. Aprende del grimorio y úsalo a tu favor. Dominar los Elementos puede ser «fácil», pero te drena.

Era cierto. Lyla se escudaba en los Elementos puesto que el Griego Antiguo no era su fuerte. Habiendo una guerra a la vuelta de la esquina, debía enfrentarse a sus temores. Descubrió un sinfín de hechizos poderosos y Annabeth fue su mentora en la pronunciación. Podía hacerlo, solo debía practicar.

-Freya creía en ti, Lyla. ¿Por qué tú no crees en ti misma?

Por un tiempo le pareció sentir que las emociones de alguien más estaban arraigadas a su cuerpo. El afán de ser la mejor la enloquecían cuando no lograba sus objetivos. Por fortuna -o no- todo aquello desapareció de su sistema, permitiéndole despejar su mente. Sabía que podía hacer todo lo que se propusiera, pero tenía miedo. Miedo de fracasar y no ser lo que los demás esperaban.

-No lo sé.

☽ ☾

La casa estaba en silencio. Todo mundo dormía. Lucía, por el contrario, avanzaba dando tumbos en la oscuridad de los pasillos. El dolor en su cabeza era una puntada continua. La vista le oscilaba de izquierda a derecha.

El llanto incesante de aquella criatura era ensordecedor.

Se había levantado por un vaso de agua. Jamás creyó que tener sed sería visto como una tortura. «Si me hubiera quedado en la cama...»

Sus manos se entierran en su cabello y se presionó el cráneo con desesperación.

¡Cállate!

El llanto se incrementó, como si el bebé estuviese a un par de metros de distancia.

Gritar no era una opción. Traía la garganta cerrada, las palabras consumidas por el tormento de su mente. Cuando sus piernas estaban por ceder y el dolor auguraba un desmayo inminente, todo quedó en silencio. El bebé dejó de llorar y los mareos desaparecieron.

Se incorporó. Su cuerpo rompiendo en sudor frío. Miró a ambos lados del pasillo, su espalda apoyada contra la pared. Se tomó un momento para sí. ¿Por qué? ¿Por qué tenían que atormentarla así? ¿Quién era ese niño?

Un golpe sordo le hizo dar un respingo. Un, dos, tres latidos después oyó otro golpe. Caminó con apremio por el pasillo y se detuvo frente a la puerta de donde provenía el alboroto. La abrió y una lluvia de papeles le dio la bienvenida.

Nico estaba en medio de la habitación. Su libreta en una mano, páginas rasgadas en la otra. En su mirar había una emoción inexplicable que lo consumía hasta los cimientos. Impotencia.

-¿Pero qué...?

Ante el sonido de su voz, Nico pareció asustado.

-¡Vete! -Le imploró, dándole la espalda.

Lucía miró el reguero de papeles en el suelo. Eran páginas y páginas escritas con distintos nombres. Tomó uno y el nombre de Dylan se repetía al menos unas treinta veces.

-¿Quiénes son estas personas?

Nico le arrebató el papel de la mano y lo arrugó hasta hacer una pelota.

-Solo vete, por favor. -Estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no enojarse con ella. Pero de seguir así no podía garantizar nada...

Lucía vio el pedido en sus ojos rotos. Se tragó sus palabras y asintió. Estaba a punto de salir de la habitación cuando descubrió un hallazgo interesante. No muy lejos de allí había un manojo de hojas que, por la forma en que estaban escritas, parecían formar una letra gigante.

Nico se frotó la nuca, frustrado. Vio una forma borrosa por el rabillo del ojo. Lucía estaba acuclillada en el suelo ordenando unos papeles. El que siguiera allí y que encima tuviese el descaro de tocar lo que no era suyo, de poner sus manos sobre aquellas páginas cuyo significado torturaba a Nico hasta más no poder, lo enfureció.

Caminó hacia ella y allí descubrió lo que estaba haciendo.

-¡Te dije que... ! -enmudeció.

Lucía había acomodado los papeles de tal forma que los nombres que allí figuraban compusieron una "A" gigante.

La joven lo miró esperando algún comentario de su parte, pero él estaba tan sorprendido como ella.

-¿Tú hiciste esto?

-Yo no... -Miró el mar de hojas, sus pupilas reflejando el deseo incontrolable de obtener respuestas.

Se lanzó a la búsqueda, desesperado por formar nuevas letras. Lucía decidió ayudarlo y él no se negó. Siquiera le ordenó que se marchara.

-Pasame esa hoja -dice y ella obedece.

Juntos construyeron las letras restantes. Juntos obtuvieron el mensaje que el subconsciente de Nico le estuvo gritando todo este tiempo.

FATE

-Destino -murmuró Lucía.

Silencio.

-¿Qué significa?

Algo se prendió en Nico. Lucía descubrió aquel brillo peculiar en sus pupilas. Habían abierto la caja de Pandora, y Nico no pararía hasta obtener todas y cada una de las respuestas.

Lo vio sacar algo del bolsillo de su pantalón. Algo pequeño y transparente.

«¡Un orbe blanco!»

-No puede ser. -Se pone en pie, conmocionada-. ¿Lo robaste?

-¿Qué? ¡No! Fántaso me lo dio.

-¿Y por qué habría de hacer eso?

-¡Por lo que dijo! -dice y nota la desconfianza en Lucía. No le creía-. Ella dijo que a veces las personas optan por extraer sus recuerdos para que otros los encuentren. ¿Y si mi madrina quiso hacer eso? ¿Y si borró este recuerdo para que yo pudiera enterarme de algo importante?

-¿Tan secreto era que no pudo decírtelo en persona?

-¡No lo sé! Pero el destino nos llevó hasta Morfeo y de ahí hasta esto. -Levanta la bola brillante y el reflejo le ilumina los ojos-. Tengo que saber qué hay dentro.

Lucía frunció los labios en una mueca perspicaz.

-Bien, pero no lo harás solo. Iré contigo.





Ante sus ojos el paisaje metamorfoseó hasta convertirse en un suburbio. El aire pesado del verano se sentía extrañamente real sobre su piel descubierta. La luna llena en el cielo, miles de estrellas bañando el firmamento, niños corriendo por la vereda con bengalas encendidas. Banderas de Estados Unidos colgando de los postes, escarapelas, familias saliendo de sus casas con canastas de camping. Las voces de los presentes comentan acerca de la hora de los fuegos artificiales. Era cuatro de julio.

Frente a ellos se alzaba una casa muy pintoresca. Tenía dos pisos, un porche amplio con una hamaca y sillones de jardín. De tejas azules y paredes blancas, la casa parecía sacada de un catálogo.

-Recuerdo este día -murmuró el joven a su lado.

Lucía contempló a Nico. Él inspiró profundo, cerrando los ojos, rememorando el momento. Una brisa cálida le despeinó el flequillo. Sus suaves facciones resplandecieron bajo la plateada luz.

-¿Lo recuerdas?

Él apuntó hacia el porche, allí donde un llamador de viento con los colores del país se agitaba.

-Hacía una semana que mi madrina, Felicia, lo había comprado. Decidió colgarlo el cuatro de julio y a la mañana siguiente el viento lo azotó contra el piso y ya no pudo repararlo.

-Entonces... ¿tú sí sabes qué pasó aquí?

Nico se volvió y contempló el vecindario con ojos brillantes. Amaba ese lugar con locura. Sus mejores recuerdos tenían que ver con ese lugar... y con su madrina.

-Ese día me aceptaron para trabajar en el archivo Olímpico. Por fin dejaría las misiones.

Lucía esbozó una sonrisa tímida al ver la felicidad reflejada en los ojos del muchacho.

-Estaba tan contento, tan feliz. Recuerdo haber venido aquí y contárselo a mi madrina -miró la casa y la nostalgia lo invadió de pies a cabeza-. Fuimos al parque para ver los fuegos artificiales, comimos sobras recalentadas y al volver hicimos una maratón de Mork y Mindy.

Lucía oyó atentamente el relato. Sonaba a una noche maravillosa, de esas que albergas en tu memoria por siempre y para siempre. Ella también contaba con algunos recuerdos que atesoraba como un pirata celoso. No podía imaginar su vida sin ellos.

-Suena a una noche perfecta -dice, una sonrisa tirando de sus carnosos labios, pero había algo que le inquietaba-. No entiendo por qué tu madrina querría deshacerse de esto.

-Es lo que quiero averiguar.

Subieron las escaleras hasta el zaguán. La mano de Nico se posó sobre la perilla y la atravesó como si nada. Volvió a intentarlo. No podía tocarla. Miró a Lucía con ojos confundidos. La joven, igual de consternada, hizo un ademán con la cabeza en dirección a la puerta. Si en aquella "fantasía" se comportaban como fantasmas, entonces no tendrían problemas en atravesar la puerta. Y así fue. Pasaron a través de la puerta como si nada.

El interior de la casa estaba sumido en las sombras. Se oía el incesante tic-tac del reloj sobre la repisa de la chimenea. Fuera de eso, parecía que nadie estaba en casa.

-Qué extraño. Se supone que ambos deberíamos estar aquí.

-Quizás están en el parque -comentó Lucía. Sus dedos recorren el largo del sofá. Apenas podía distinguir los muebles de la sala de estar. Veía manchas blancas, un florero que parecía flotar en la oscuridad, un aparador cuyas puertas de cristal reflejaban las cortinas, y una biblioteca con varios ejemplares junto a la ventana.

Nico negó con la cabeza y desapareció tras unas puertas francesas para luego regresar con el ceño fruncido.

-No lo entiendo. El orbe nos trajo aquí ¿por qué no hay nadie?

-Bueno, tal vez están por llegar. Esperemos un po...

-¡Shhh! -chistó. Sus ojos grandes como la luna-. ¿Oyes eso?

Lucía guardó silencio y aguzó el oído. Más allá del ruido de las manecillas y del eco de las voces exteriores, descifró el sutil llanto de una persona. Había un dolor tremendo tras aquel sonido; el grito desesperado de un alma torturada.

Miró a Nico pero éste no la veía. Su mirada iba más allá de ella, por encima de su hombro. Lo abatido de su rostro la descompuso. Se dio la vuelta, el miedo asentándose en su estómago, y entonces descubrió lo que tanto veía el joven.

Era él. Nico.

Ligeramente más joven, quizás de unos quince años. Estaba acurrucado contra el rincón opuesto de la habitación, donde la pobre luz de luna no llegaba ni a tocarlo. Traía las piernas flexionadas, sus manos hechas un puño, y sus ojos... sus ojos reflejaban una agonía tremenda.

-¿Qué es esto? -musitó el joven al verse a sí mismo. Estaba atónito, desconcertado. ¿En qué momento olvidó estar llorando en un rincón? Así no era como pasaron las cosas.

En eso, la puerta se abrió y la luz de la habitación se encendió en una explosión de amarillo. Lucía apretó los párpados. El resplandor apuñalando sus córneas. Entreabrió los ojos, parpadeando varias veces para acostumbrarse a la intensidad.

-¡Nico! -dijeron y arrojaron una carga pesada contra el suelo.

En medio de su tortura lumínica, Lucía divisó a una mujer corriendo hacia el Nico del orbe. Vestía unos jeans, una camisa lila y botas largas hasta las rodillas. Pero lo que más captó su atención fue el intenso rojo de su cabello. Un precioso pelirrojo con destellos anaranjados.

-Cariño.

Aquella palabra caló hondo en Nico.

-Cariño, ¿qué sucedió? ¿Por qué estás llorando?

Lucía dedujo que se trataba de la madrina de Nico. Ella se arrodilló en el suelo y tomó el rostro de su ahijado entre sus manos, buscando con desespero borrar cada una de las lágrimas derramadas.

Nico rodeó el sillón de tres cuerpos y caminó hasta quedar frente a la escena. Su rostro reflejaba el desbarajuste por el cual atravesaba su cerebro. Lo que veían sus ojos no era lo que su mente recordaba.

-¿Por qué?-sollozó el Nico del orbe-. ¿Por qué no pueden quererme?

-¿De qué estás hablando, cariño? ¿Quién no te quiere?

-¡Mis padres! -espeta con agonía-. ¿Por qué tengo que arruinarlo todo? ¿Por qué no puedo ser lo que ellos quieren que sea?

Su madrina le acarició el cabello.

-¿Esto es por lo del archivo Olímpico? -preguntó y él asintió entre lágrimas-. Cariño, ellos no están decepcionados, es solo que... Bueno, conoces a James, él quiere lo mejor para ti.

-Tú no viste sus caras. ¡Tendrías que haberlos escuchado! Hablan a escondidas... no me quieren, madrina. -Cada palabra le desangra el corazón.

Lucía caminó hacia la puerta y así obtuvo una perspectiva diferente de Nico. Traía puesto un pijama y estaba descalzo. ¿Había corrido en medio de la noche hasta casa de su madrina?

Felicia lo envolvió entre sus brazos y él lloró con libertad sobre su pecho. Lo consuela tal y como una madre haría con su hijo. Un acto de amor tan común que Nico desconocía por completo.

-Ven, vamos arriba. -Lo ayudó a levantarse y juntos marcharon rumbo a las escaleras.

Es ahí que Lucía logró ver el rostro de aquella mujer. De tez pálida, rostro anguloso, ojos color avellana, el labio inferior más grueso que el superior.

La conocía. La conocía demasiado bien.

Las rodillas le temblaron, se sintió débil. Se aferró al respaldo del sillón para no caer.

Cuando quiso acordar Nico pasó a su lado y subió los escalones de dos en dos.

Obligó a sus piernas a moverse, las articulaciones crujiendo en respuesta. Logró llegar a la segunda planta sin saber muy bien cómo. Se sentía fuera de sí. Su mente intentando comprender lo que estaba pasando. ¿Cómo era posible...?

Entró en la habitación y Nico ya estaba ahí, contemplando la escena con genuina confusión. Él tampoco comprendía lo que estaba pasando, sus recuerdos eran muy distintos a los que el orbe le estaba enseñando.

-Tienes que descansar.

-No puedo... No quiero... -farfulla. Estaba alterado. Movía los dedos de las manos con nerviosismo. Su voz era un susurro cargado de dolor y tensión.

-Nico. -Su madrina apoyó las manos sobre los hombros del joven y éste elevó la vista para verla.

El brillo en sus ojos le indicó a Lucía la admiración y afecto que Nico sentía por ella

-Hablo en serio, tienes que dormir. Te prometo que todo será mejor en la mañana.

Lo empujó contra su voluntad sobre la cama. Nico protestó. De pronto, una luz dorada emana de su pecho, justo donde descansaba la mano de Felicia. Los párpados de Nico se vuelven pesados, su cuerpo laxo, el sueño cae encima de él como una robusta piedra. Felicia aplicó un poco de presión y él se desplomó en la cama.

Los párpados de Nico aletearon delirantes, luchando contra la repentina oleada de sueño. Mientras tanto, las manos de su madrina trabajan rápido sobre su pecho. Tarareaba una especie de canción de cuna, una melodía que Nico conocía demasiado bien.

El Nico del orbe lucía más relajado, más tranquilo. Su semblante estaba distendido y en medio de su febril fantasía una sonrisa torpe tiró de sus comisuras.

Lucía vio a Nico retroceder; traía el rostro desencajado. Se llevó una mano al pecho y al apretar arrugó su remera.

-¿Qué me está haciendo? -habló aterrado.

Lo sabía. Lucía sabía muy bien lo que le estaban haciendo. Después de todo, era lo que Nico recordaba hasta el día de hoy.

-Está alterando tus recuerdos.

-¿Cómo...? Ella no...

Terminada la tarea, Felicia arropó a Nico con las sábanas. Solo se detuvo cuando el joven encontró su mano y la presionó con fuerza. Ella lo miró con extremo cariño, sus ojos brillando. Le frotó la frente en un gesto materno y le aseguró que todo estaría bien.

-Descansa, cariño. Hoy fue un largo día.

El Nico del orbe la observó con ojos vidriosos, el amor reflejado en su mirada.

-Gracias, mamá.

Nico enmudeció.

Mamá.

Una palabra, cuatro letras, y un significado tan grande como el universo.

Eso era lo que pensaba de Felicia. La amaba como a una madre. Siempre y para siempre.

Ella fue lo que su madre nunca pudo ser. Amable. Gentil. Cariñosa. Por más buena que fuera su madre, jamás pudo entregarle ni una pizca del cariño y la ternura que Felicia le regalaba día tras día.

Se atrevió a confesarle a su madrina lo que realmente significaba para él. Y no lo recordaba. No lo hacía porque Felicia no era quien decía ser y todo lo que estaba bien en este mundo poco a poco comenzaba a desmoronarse a su alrededor.

Ya no tenía piso. No había donde asirse. Estaba cayendo en un pozo de vacío y desolación. De mentiras y traiciones.

Lucía vio a aquella mujer perder el aliento. Cerró la boca, parpadeó y las lágrimas bañaron sus cuencas. El Nico del orbe se durmió de inmediato. Lo acompasado de su respiración les dio a entender de que estaba en calma. Pero su madrina no. La mujer salió de la habitación con apremio, el llanto pujando contra su garganta. Cerró la puerta y se recargó contra esta para dejarse arrastrar hasta tocar el suelo. Y lloró. Lloró por lo que parecieron horas.

El pecho de Nico subía y bajaba con intensidad. Veía a su madrina llorar desconsoladamente, luego de que ella misma alterara sus recuerdos de aquella noche.

-¿Por qué? -dijo, más para ella que para sí mismo-. ¡¿Por qué lo hiciste?!

Lucía se colocó entre medio de la visual, sus manos en alto para intentar calmar al joven, pero todo su cuerpo temblaba. Todo ella era un caos por la abrumadora verdad.

-Nico, necesito que te calmes.

-¿Cómo quieres que me calme si mis recuerdos de esa noche son mentira? ¡Ella es la responsable!

-Ella no es quien crees que es, ¿de acuerdo? -dijo. Un jadeo tembloroso escapó de sus labios-. Nico... Tu madrina es mi tía, Láquesis.

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