☾apítulo 16
PARTE II
Navegaron hasta llegar a una playa de arenas negras cuál carbón. Acantilados perfilaban la escena; el salvaje viento impulsando las olas directo a las rocas. Un baño de espuma salpicando por doquier, el aroma a sal impregnado en el aire como un perfume viejo y caro.
Decenas de alcatraces sobrevolaban el área y anidaban en las salientes rocosas.
Había tranquilidad en el ambiente. Una paz mortuoria.
Arrojaron el ancla, las olas moviendo el barco en un vaivén vertiginoso. Desplegaron la pasarela y al tocar tierra el viento cortante y helado les congeló la espina dorsal. ¿Cómo sabían que no era una trampa? Hipnos estaba del lado del Emperador, no era disparatado creer que su hijo, Morfeo, también lo estuviera. Pero Quíone llegó a traicionar a su padre por la sed de poder. Bóreas fue marginado convirtiéndose así en un aliado. ¿Podría ser que Morfeo fuera igual?
—¿A dónde? —consulta Alex, mirando alrededor.
—Por aquí —Sóter pasa a su lado y se posiciona a la cabeza. Avanza en dirección a una cala, tal y como había visto en su sueño. El resto lo sigue bien de cerca. Sus manos pululando sobre la empuñadura de sus espadas, cuchillos y dagas.
Belén frotaba sus dedos y cada tanto el chasquido de una chispa era ahogado por el viento.
A unos cuantos metros de distancia la entrada de la cala se iluminó como el cielo un cuatro de julio. Glorioso, encendido y sumamente brillante. Un hombre de belleza exótica y cabeza rapada emergió de entre la luz, su porte era el de un dios.
Vestía un pantalón largo y negro que le cubría los zapatos de tela. Una kurta azul desabotonada en los primeros tres botones dejaba al descubierto su cuello y pecho, lo suficiente como para entrever una gama de tatuajes que parecían metamorfosear conforme le prestaban atención. Encima, una larga capa se arrastraba por las negras arenas, y centelleaba como la gasolina en un charco de agua.
—Bienvenidos a mi hogar, semidioses —saludó en tono cortés. Abrió las manos e inclinó la cabeza en señal de respeto.
Aquella reverencia tomó por sorpresa a los presentes. Ningún dios había tenido con ellos un gesto como ese, principalmente porque nunca se inclinarían ante un ser inferior.
—Sé que deben tener preguntas, sospechas, quizá. No tienen nada que temer. Entren y les contaré todo lo que necesitan saber.
Al entrar en la cueva sus cuerpos atravesaron una sustancia fría y de consistencia acuosa. Una barrera. Abandonaron la playa y fueron sumergidos en un spa con todos los lujos y comodidades que un grupo de jóvenes exhaustos y abatidos necesitaban.
Techos altos y abovedados por donde veían el mundo exterior; nubes raudas en un cielo azul. Albatros volando de un lado a otro con comida en los picos. Las paredes de cristal permitían ver el espectáculo de agua corriente que caía sobre ellas. El gorgoteo de las gotas, la suavidad de la espuma derramándose.
En medio de la estancia, rodeado por cortinas de velo, descansaba un enorme jardín zen. Un rastrillo de madera descansaba sobre una plataforma de roble. Las partículas de arena evidenciaban que recientemente había sido empleado para rastrillar la arena con grava.
Partículas de agua, provenientes de las paredes, llovían sobre el jardín con extrema suavidad y sutileza, dotando a la vegetación de un verde tan intenso y poderoso que les hizo querer apreciarlo por el resto de sus vidas.
En comparación a los palacios opulentos y ostentosos del resto de los dioses, este lugar parecía una casa de familia con afición por los spa y la yoga. El aire estaba cargado de notas florales. El humo de los inciensos navegaba en el ambiente como la bruma en una mañana fría de invierno. Invasivo y narcótico. Todo en aquel lugar era una invitación a dormir.
Morfeo se quitó la capa y la colgó de un perchero. Quedó solo con la kurta sin mangas que le llegaba hasta la rodilla. Caminó hasta su jardín, atravesando un pequeño puente que lo condujo hasta la plataforma. Allí, ubicados en un rincón, descansaban dos pequeños bonsai. La peculiaridad de sus hojas captó la atención de los semidioses. Eran color ámbar y de una apariencia acaramelada.
Morfeo volvió con sus invitados y les extendió ambos árboles.
—Espero que esto les ayude a coger confianza.
—¿Son árboles de néctar? —pregunta Atticus. Sus dedos acarician una hoja y comprueban la textura de la misma. Se veían verdaderas pero ¿lo serían?
—Efectivamente. Encuentro interesante trabajar con ellos de esta forma. Adelante, pueden comerlas, verán que son auténticas.
Todos toman una hoja y ambos árboles quedan con sus ramas desnudas. El sabor, la textura y la apariencia eran exactamente iguales a como su mente y papilas lo recordaban. Con ellas en su sistema estarían a salvo de los poderes de Morfeo.
El dios coloca ambos bonsai en el suelo y los invita a pasar al living, un área pegada al jardín que solo contaba con una enorme mesa baja y cojines en lugar de sillas.
Tomaron asiento. Estaban tensos. Desconocían las intenciones de Morfeo y el porqué Tánatos los condujo hasta él.
—Dijiste que Tánatos nos necesitaba. ¿Por qué? ¿Qué es lo que sabes? —demandó Sóter con su típica voz de comandante.
Morfeo inclina la cabeza en señal de asentimiento. Por su semblante dedujeron que había más cosas por decir, pero Sóter había llevado la conversación al grano, y dada la amabilidad y respeto que Morfeo tenía con ellos, dudaban que ignorase los deseos del guardián.
—Tánatos es como un padre para mí. Y en esta guerra, a pesar de las disputas que he tenido con mi propio padre, jamás le daría la espalda a nuestros dioses. Hemos vivido en paz por milenios, ¿por qué destruir eso? ¿Cuál es la necesidad de seguir manchando el suelo de rojo; de destruir los sueños y esperanzas? No quiero esto para este mundo. Por eso estoy aquí, ayudando a mi tío y a ustedes.
—¿Tánatos te comentó de...?
—¿La Espada del Alma? —le interrumpió Morfeo a Lucía—. Sí, lo hizo. Y es por eso que necesita de su ayuda. Al igual que ustedes, él se convirtió en un fugitivo; su cabeza vale millones y su botín un precio inimaginable.
—En la espada se alojan los Primordiales —añadió Atticus—. Si la encuentran sería un desastre. ¿Es por eso que nos llamaron? ¿Para protegerla?
—No exactamente. Hay muchos secretos detrás de esa espada y por el momento mi tío se niega a revelarlos. En cambio, los cíclopes saben más de lo que aparentan.
Lucía contempló al dios de soslayo. ¿Lo sabía? ¿Sabía que Tánatos mandó a transferir las almas a los seis cofres?
Como si Morfeo hubiese oído el eco de sus pensamientos, clavó sus negros ojos en ella y esbozó una sonrisa de complicidad.
—Las almas que albergaba la espada fueron distribuídas en seis cofres, uno para cada Primordial —dice sin despegar los ojos de Lucía—. Nadie lo sabe con excepción de un reducido número de personas. Ahora que conocen el secreto, debemos actuar rápido.
—¿Actuar? ¿En qué sentido? —indagó Alex.
—Tánatos huyó con la espada y está dispuesto a dejarse rastrear con tal de dejarles el camino libre. —La seriedad de sus palabras puso en alerta máxima al grupo—. Ustedes serán los encargados de encontrar los cofres y llevarlos al abismo, la única fortaleza capaz de mantener oculto a los Primordiales. En otras palabras, nuestra única esperanza de detener esta guerra.
La sala se sumió en el silencio y el viento arrastró el rugido de las olas rompiendo contra las rocas. Jennifer se acomodó su melena rubio rojizo sobre el hombro, sus hábiles dedos terminaron de entrelazar las hebras hasta formar una preciosa trenza.
—¿Significa que los Primordiales ya no están en la espada?
—Se transportó su esencia directo a una pithos.
Los ojos de Ethan se abrieron hasta equiparar la redondez de la luna.
—«Pandora su perdición será» —murmuró y en el silencio su voz fue oída.
—Annabeth tenía razón —comentó Alex. Si la joven estuviese ahí se mostraría orgullosa de sí misma.
—Los cofres fueron puestos en un lugar seguro pero es cuestión de tiempo antes que los encuentren —prosigue Morfeo, la preocupación adherida a su rostro—. Por eso deben llevarlos al abismo. Tánatos actuará de señuelo...
—Tiempo fuera —pidió Logan. Sus ojos puestos en la mesa, su mente trabajando a toda máquina—. Dijiste algo que no es la primera vez que escucho. Nos están buscando ¿cierto? Literalmente piensan cazarnos.
La tristeza invadió la mirada de Morfeo y no hizo falta que dijera más nada.
—¿Por qué nosotros? Si somos igual de buscados, ¿por qué pedirnos hacer esto?
—Porque Tánatos confía en ustedes —responde lisa y llanamente.
—¿Es todo? ¿Solo confía y ya?
—Quizás él ve algo en ustedes. Algo que resulta imperceptible ante sus ojos pero que Tánatos logra apreciar a simple vista.
Logan se deja caer sus hombros, su postura derrotada.
—Me sigue pareciendo una idea tonta —masculla.
Atticus le regaló una mirada rápida y le dejó saber que él también pensaba lo mismo. Pero a pesar de ello, a pesar de las incongruencias y necedades, los dioses solían guardar secretos. Secretos que se revelaban en los momentos más inesperados y dotaban de sentido las cosas.
Si Tánatos los escogió era porque escondía algo mucho más complejo y elaborado que no podía ser manifestado así como así.
—Lo haremos —habló Sóter, ignorando el pensamiento de Logan y saltándose la votación—. ¿A dónde hay qué ir?
El dios del sueño esbozó una amplia sonrisa que le llegó a los ojos. En el fondo siempre supo que aceptarían.
—Bueno, a decir verdad la ubicación de los cofres es algo que desconozco. Pero su amigo Ethan Delfini conoce la respuesta.
Ethan levantó la cabeza y clavó los dardos que tenía por ojos en el dios.
—¿Disculpe?
—Tánatos te reveló esa información en un sueño. Me pidió que lo mantuviera a salvo hasta que este momento llegara.
Y sin previo aviso las manos del dios tocaron la frente de Ethan. Algo en la parte baja de su cabeza hizo click. Un destello incandescente de luz iluminó su mente y desbloqueó un encuentro del cual no había sido consciente hasta ahora.
El dios de la muerte se presentó una noche de luna nueva en su habitación. Su presencia fue breve al igual que sus palabras.
—En los cofres se hallan las almas de los condenados. Si logramos desaparecerlos, la guerra será una idea desechada en el tintero.
La esperanza se albergó en su pecho, caliente y acogedora. No quería soltarla, no quería deshacerse de ese sentimiento por nada del mundo.
—¿Cómo llegamos a ellos? ¿Qué debemos hacer para ganar?
El dios sonríe, complaciente.
—Busquen «al gemelo y la pacificadora, cuya lealtad está con la doncella». Ellos los guiarán hacia los cofres...
Morfeo sugirió que los guardianes se encargasen de la tarea de descifrar el acertijo, mientras tanto, ahora que se encontraba lúcida y a sabiendas de que tenía una misión por cumplir, Lyla se propuso hallar a una vieja amiga de su maestra, Ludmila, una bruja cuyo alcance era equiparable al de Freya. Pero lo más importante era que podía confiar en ella.
Freya le enseñó hace tiempo cómo enlazar una conexión y tenía la confianza suficiente para realizarla. El problema recaía en cómo harían para pasar desapercibidos una vez tuvieran que viajar donde la hechicera. Ya lo dijeron los guardianes y Morfeo volvía a hacer énfasis en ello: estaban siendo buscados. Sus cabezas valían millones y quién sabe qué tipo de reconocimiento tendría el que los capturara.
Con el grimorio de Freya y la ayuda de Ludmila, lograrían un hechizo que los hiciera invisibles y les permitiera cumplir con encontrar los cofres y llevarlos al abismo.
Según Morfeo, el abismo era un corte en el espacio-tiempo, allí donde los antiguos creían era «el fin del mundo», y donde la modernidad lo bautizó como «Triángulo de las Bermudas». Todo lo que penetrara en aquellas aguas terminaba fuera del radar de cualquier mortal y ser celestial. Una puerta cósmica que llegaba a otra dimensión reinada por una diosa que amaba el caos: Eris.
Los guardianes se reunieron en una habitación de techo bajo, paredes azules como el mar y una vista espectacular a un pequeño jardín interior que les recordó a los bosques de china.
Nuevamente una diminuta mesa con solo cojines para sentarse. Ethan apartó el mullido almohadón y tomó asiento en el suelo. Podía haber consumido una hoja de néctar pero lo relajado del ambiente lo estaba arrastrando a una pachorra incontrolable, igual a la de los asados familiares, donde comes hasta hartarte y terminas demasiado pesado como para hacer cualquier otra actividad que no sea dormir.
Nico encontró cobijo en el suelo junto al jardín interior. Atticus optó por subirse a la mesa y recostarse encima de ella, mientras que Sóter deambulaba de una esquina a la otra.
Llevaban media hora en silencio y todo lo que podían oír era la respiración profunda y acelerada de Sóter, lo firme de sus pasos al caminar y el crack de sus uñas siendo cortadas por sus propios dientes.
Atticus se sentó de un salto y miró al joven rubio con desdén.
—¿Puedes parar de una vez? Me estás dando migraña.
—Son guardianes —dice Sóter, ignorando a Atticus y todavía sumido en sus cavilaciones—. Son guardianes, estoy seguro.
—¿Por qué lo dices? —habla Ethan. Al ver que su hermano estaba a punto de responder, le lanza una mirada furtiva que termina por eliminar lo ofensivo del comentario de Atticus.
Sóter se detiene y su mirada se conecta con la de Ethan.
—Habla de lealtad con la doncella. —Parece haberlo dicho todo pero para el resto no significa nada—. Es exactamente lo que juramos cuando nos convertimos en guardianes: lealtad para con nuestros dioses.
Ethan analiza su pensar y no lo encuentra descabellado, después de todo, Morfeo insistió en que ellos se encargaran de este asunto. Si de verdad estaban buscando otros guardianes, ellos eran los indicados para la tarea. Entonces, antes de que pudiera continuar, Nico se pronunció.
—La doncella es Demeter —dice, recordando las constelaciones guardianas—. Buscamos a dos Párthena.
Ethan extrajo su teléfono y gracias a su empleo como administrativo en la Guardia Olímpica, tenía pleno acceso a los archivos de las academias. La lista con todos los miembros habidos y por haber bajo el apellido Párthena se desplegó ante sus ojos en una planilla Excel.
Soltó un resoplido al ver el número de miembros.
—Son trescientas personas. —Sus hombros caen ante el bajón de energía. Tan cerca y tan lejos a la vez—. Podríamos estar días buscando y no contamos con tanto tiempo como quisiéramos.
—Sería más fácil si supiéramos sus nombres.
Nico despega la cabeza del vidrio. Sus ojos habían estado puestos sobre el bambú, su mente trabajando a la par del movimiento, justo cuando Atticus le dio la pieza restante para hacer que la máquina se pusiera en marcha.
—Los tenemos —la convicción de sus palabras provocó que todos, aunque fuese por una fracción de segundo, cuestionaran su propio pensar. ¿Habían pasado algo por alto? ¿En qué momento se dijeron los nombres? —. La doncella es la constelación que evoca la imagen de Deméter y la que se relaciona estrechamente con los Párthena —habla y aún así nota la confusión en los presentes—. Lo que quiero decir es que, la doncella significa Demeter. ¿Qué tal si Gemelo y Pacificadora son el significado de un nombre?
Sóter se rascó la barbilla, su barba haciendo un sonido rasposo contra la piel de sus dedos.
—Nombres ocultos —murmuró pensativo.
Atticus tomó su teléfono y navegó por páginas de internet buscando el nombre tras el significado. Una vez ubicados los supuestos nombres, corroboró que significaran efectivamente lo que buscaban. Al decir los nombres en voz alta el rostro de Sóter se volvió ceniciento. Por un instante el efecto de la hoja de néctar decayó, y el aroma enfermizo de los inciensos le embotó la mente, ensordeciendo sus oídos y acelerando su corazón.
—Así que buscamos a un tal Tomás y Fernanda Párthena —repitió Ethan para corroborar la situación. Sus dedos estaban listos para buscar y explorar sus archivos cuando oyó la preocupación en la voz de Nico.
—Sóter ¿estás bien?
Él no contestó y el ambiente se cargó de tensión.
Atticus estrechó la mirada. Era la primera vez que veía a Sóter tan frágil, como si estuviera al borde del colapso.
—Los conoces ¿verdad?
El verde de las pupilas de Sóter se encuentra con la mirada de Atticus. No dice nada pero sus ojos lo dicen todo.
Sí.
Al salir de la habitación oyeron el revuelo.
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