☾apítulo 15
Las bestias atacaban sin miramientos y una lucha sangrienta se desató. Demasiadas criaturas y pocos guerreros. La balanza estaba desequilibrada y la desesperación tocaba la entrada principal.
Sin su arco Belén se sentía que estaba en desventaja. Un par de flechas y los murciélagos caerían cual moscas. Sin embargo, recordó los entrenamientos y supo que tenía que valerse con lo que tenía. Con sus poderes de regreso era más poderosa que antes, así que usó eso a su favor e imaginando que sus manos eran flechas, lanzó rayos solares directo al cielo.
Con el más mínimo roce las criaturas terminaban envueltas en llamas, desapareciendo en una estrepitosa explosión.
A pesar de ello. A pesar de lo destructivo de sus habilidades sabía que no podía excederse. Era de noche y las reservas de energía en su sistema no eran muy altas. Si seguía como hasta ahora en breve quedaría tendida en el suelo junto con Lyla.
De pronto un ventarrón se levantó con dirección este y provocó que varias de las criaturas salieran despedidas por los aires. Lo húmedo del suelo se convirtió en hielo y el ambiente bajó unos diez grados. El rocío que envolvía el pastizal se transformó en agua sólida y las hebras pasaron a ser estalactitas. Cuando los monstruos le cayeron encima, murieron en el acto.
Belén se figuró la imagen de Bóreas acercándose por detrás. Su inconfundible voz la asaltaría y le recordaría que todavía seguía de su lado. Pero no podía estar más equivocada. Al otro lado de la batalla, a unos cuantos metros de distancia, Josh estaba con los brazos extendidos y Logan se ubicaba a su lado con las palmas abiertas.
No hubo tiempo para asimilar las cosas. James y Grover saltaron a la acción y se enfrentaron a los pocos monstruos que quedaban en pie. El resto de los guerreros se sumó a la acción.
Logan corrió donde Lucía y ambos se fundieron en un breve abrazo cargado de sentimiento. Lamentaron no poder quedarse así por el resto de sus vidas.
Nico seguía arrodillado en el piso. Su mandíbula apretada evidenciaba el dolor por el cual atravesaba. Pronto se dieron cuenta que debían actuar rápido y dirigirse a la bahía antes de que más monstruos aparecieran.
Lucía pasó el brazo de Nico alrededor de la nuca y le animó a que se levantara. Zoe apareció de la nada y tomó el otro brazo. Ambas jóvenes se dedicaron una rápida mirada. Una serie de palabras bailó en los labios de Zoe pero jamás llegó a decirlas en voz alta. Logan les ordenó que se movieran mientras él les cubría las espaldas.
Sóter descubrió en medio de la pelea a Belén. La hechicera estaba hecha un ovillo junto a la hija de Apolo. Corrió hacia ambas y les dijo que fueran a la bahía.
—Usa tus poderes lo mínimo indispensable —le sugirió a Belén con cierta preocupación. No había que ser un experto para darse cuenta que estaba próxima al abatimiento.
Jennifer surgió tras de Sóter con los ojos rojos e hinchados. Tan solo con verla, Belén supo que algo malo había pasado. Buscó con la vista entre los presentes a aquel que faltaba y aunque su mente se sentía lenta por el apremio del momento, Jennifer le facilitó las cosas al confesarle lo que le ocurría.
—Mataron a William —dijo con pésame—. ¡Fue horrible!
—Por esa razón debemos irnos —Sóter se giró para ver a Lyla, quien lentamente lograba incorporarse—. ¿Puedes correr?
La joven limpió la sangre seca que teñía su labios. Asintió entre lágrimas. El cansancio de seguir sostenido el escudo de rocas la estaba desgastando. Si tan solo hubiera sido más cuidadosa usando la pirokinesis ahora no estaría atravesando esta situación.
Si tan solo fuera más poderosa.
Echaron a correr los cuatro y a medio camino oyeron la voz de Grover.
—¡Váyanse!... ¡Corran!
Sóter miró por encima de su hombro y vio a Grover haciendo señas al resto de los semidioses para que fueran directo al barco. Él y James se encargarían de las criaturas sin importar qué.
Nico imploró porque lo liberaran. Después de lo ocurrido con su padre, imaginar un posible desenlace fatídico le desgarraba el alma. Luchar a su lado, contribuir a que Zoe llegara sana y salva al barco era lo que necesitaba para hacerle ver a James que sí era un buen hijo.
Cuando estaban a unos metros de distancia de la bahía, el barco se meció producto de un estallido. Lagartijas-monstruo aparecieron de debajo de la tierra y arremetieron contra los semidioses.
Annabeth embistió a las primeras marionetas, sin darles la posibilidad de que llegaran a extraer la cabeza de la tierra.
Luke tropezó con una de ellas y, valiéndose de sus zapatillas, voló sobre el pastizal y devanó unas cuantas cabezas. Atticus y Alex lo respaldaron a medida que las marionetas se multiplicaban.
—¡Suban al barco! —vociferó Annabeth—. ¡Los distraeremos!
Supieron de inmediato a qué se refería y no estaban de acuerdo. Querían pelear y proteger la academia que los había estado acogiendo desde hacía casi un mes. Si se esforzaban podían hacerlo...
Sóter tomó a Belén entre sus brazos y la cargó directo al barco. La joven protestó y pataleó pero cualquier intento por librarse de su guardián fue inútil. Jennifer los siguió bien de cerca e incluso cuando abordaron, su corazón latía con la potencial de una central nuclear. Al ver la escena catastrófica deseó que todo terminara de una vez por todas.
Una sensación de culpa se albergó en su vientre y la hizo sentir una mala persona.
No quería hacerlo.
Ya no más.
Lucía y Zoe cargaron con Nico. Caminar por el muelle se hacía difícil producto de las reiteradas explosiones. Las vibraciones llegaban hasta la bahía y las maderas se mecían.
Logan aprovechó la situación y al subir al barco se valió del agua para crear brazos gigantes que aplastaron el cuerpo de las lagartijas.
Varios más subieron al barco y alentaban al resto a que subiera. Miranda era una de las tantas que se negaba a irse sin dar pelea. No subiría al barco hasta haber acabado con todas las marionetas.
Josh intentó ayudar a Lyla a que llegara al muelle. Estaba pálida como el papel y sus pecas apenas eran sutiles manchas rubias. La energía estaba siendo drenada rápidamente de su cuerpo y necesitaba llegar a un refugio a como diera lugar.
—¡Vamos, Lyla! ¡Anda!
La joven avanzó unos trémulos pasos hasta que el cansancio la consumió por completo. Las rocas cayeron al suelo y rompieron la madera del muelle. Se hundieron con un sonoro "bloop"y el agua salpicó por todas partes. Josh cazó a la joven en el aire antes de que ésta desapareciera en las negras aguas.
—¡Lyla! —La sacudió un par de veces pero el agotamiento la sumió en un letargo del cual sería bastante difícil despertarla.
La tierra bajo sus pies crujió y el cuerpo antropomórfico de una lagartija apareció. Rugió y el sonido le recordó al de los dinosaurios. Matt apareció justo a tiempo para blandir su espada y destrozar a la marioneta en dos.
—Tienes que sacarla de aquí —le advirtió Matt.
Los marcados eran invaluables pero Lyla cargaba con un conocimiento que podría acabar con el plan del Emperador en cualquier momento. Pensó la situación con detenimiento; miró a una enfermiza Lyla entre sus brazos y supo de inmediato lo que debía hacer. Invocó el viento y una ráfaga poderosa impulsó el lánguido cuerpo de Lyla por los aires hasta llegar al barco.
El verde de sus pupilas encontró el azul-verdoso de la mirada de Logan. Ambos lo supieron sin tener que decir nada. Antes de que Logan pudiera protestar, Josh impulsó las velas y el barco navegó mar adentro.
Logan intentó frenar la nave pero las criaturas voladoras cayeron en picada desde el cielo y su objetivo cambió forzosamente. Ethan, Atticus y Sóter atacaron a las bestias y desde tierra Matt quemaba la punta de sus flechas y lanzaba proyectiles flamantes. Josh clamó por el viento, exprimiendo hasta la última gota de su energía para conseguir un embudo. Lo había estado practicando en sus sesiones personales, y aunque siempre terminaba exhausto, en ese instante debía dar lo mejor de sí para que los suyos sobrevivieran.
Atrapó a las marionetas en un tornado y le ordenó a Logan que se marchara de allí. Con lágrimas en los ojos Logan obedeció la voluntad de su amigo. Doblegó las aguas y estas respondieron a su llamado.
El agua se volvió una especie de motor que los sacó navegando a toda velocidad. Entonces, cuando apenas llevaban unos metros de distancia y la academia lucía como una antorcha olímpica, una de las torres explotó en llamas y se derrumbó.
El ala de niños desapareció en un abrir y cerrar de ojos; los gritos prevalecieron por unos segundo más.
La escena les robó el aliento. Perdieron la audición por un breve instante, el latido desbocado de sus corazones llorando las muertes de los infantes.
No lo merecían.
No lo merecían.
—¡No! —Logan intentó redirigir el agua tierra adentro. Debía apagar el fuego, debía hacer algo para ayudar, para... para... salvar la vida de alguien.
Zoe lo cazó de la muñeca y le ordenó que desistiera.
—¿Cómo puedes pedirme eso? ¡Hay que hacer algo!
—¡Salir de aquí es lo que debemos hacer! Esas cosas vinieron por nosotros. Es nuestra culpa que les haya pasado esto.
—¡Con más razón debemos ayudarlos! —lágrimas marcaban sus mejillas sucias de hollín.
—¡Logan! —llamó Atticus y al encontrarse con sus ojos, el corazón le dio un vuelco—. Si mandas una ola, solo harás más daño.
—Pero los niños...
Una lágrima es arrancada de las cuencas de Atticus y el dolor se vuelve insostenible.
—Ya es tarde.
Se produjo un minuto de silencio en el barco.
La brisa acarrea humo y tiñe el cielo nocturno de un anaranjado apagado. Los gritos de batalla, las risas de hiena, el rugido del dragón les hiela la sangre y les recuerda lo crudo y real de esta guerra.
El Emperador estaba dispuesto a todo con tal de conseguir sus presas. Ahora eran ellos los que prometían dar lo mejor de sí y destruir al Aftokrátoras.
☽ ☾
Retazos de luz rosa y anaranjada empujaban el azul y el violeta lejos, buscando devolver la vida a la oscuridad. A pesar de ello, aunque el sol brillara en lo alto de la bóveda, no olvidarían el motín ocurrido en la Academia. Las muertes inocentes, los que se quedaron atrás... Deseaban —rezaban— que estuviesen todavía con vida.
Atticus subió a la cabina de mando y encontró a Logan recargado contra el timón; sus ojos perdidos en algún punto del océano. Tomó asiento junto a la barandilla. Flexiona las rodillas y las rodea con los brazos. Su mirada se encuentra con la de su amigo y es suficiente para percibir la angustia por la cual estaba atravesando.
—Estarán bien —dijo no muy seguro. Sabía cuán fuerte podía llegar a ser Matt pero temía que si algo llegaba a ocurrirle a Josh, dejaría de luchar y se entregaría a los brazos de Tánatos. La misión era lo único que lo mantenía cuerdo. Lo único que mantenía a Sarah alejada de sus pensamientos.
Logan demoró un instante en responder; tanto así que Atticus creyó que no le hablaría.
—Prometimos no morir.
—¿Qué?
—Se suponía que seguiríamos juntos, que no volveríamos a separarnos. —Su mirada desolada se encuentra con la de su amigo—. ¿En verdad crees que volveremos a verlos con vida?
—¿Por qué tú no lo crees?
—Porque anoche fui testigo de hasta dónde es capaz de llegar el Aftokrátoras. —Su voz, su semblante ensombrecido por el recuerdo—. No es como Cronos, es peor.
—Ellos no morirán.
—Quiero creer lo mismo, en serio, pero tengo miedo.
Atticus tragó duro y consigo el amargor del momento. Él también temía por sus amigos, la posibilidad de no volver a verlos a la vuelta de la esquina. No sabía qué sería de él si Logan también hubiera permanecido en la Academia.
La madera cruje a sus espaldas y al voltearse descubren a Zoe y Alex acercándose.
—Entiendo lo que sientes, Wesley —dice Alex con semblante serio—. Pero en estas tres semanas he sentido un potencial que nunca antes creí tener. Y lo de anoche fue un recordatorio de que no debemos rendirnos; que debemos confiar en nosotros mismos y vengar cada una de las muertes inocentes que ocurran de ahora en más.
—Josh y Matt son buenos —añade Zoe. La brisa mañanera se levanta y se abraza a sí misma, en parte por el frío y en parte por el terremoto emocional. Tuvo el gusto de conocer a Josh, de tratarlo, e imaginar que un alma como la de él terminara sufriendo una muerte despiadada era devastador—. Hay que pensar que ellos y los otros no se rendirán tan fácilmente. Los encontraremos.
Logan asintió y se obligó a sí mismo a pensar en positivo. Tarde o temprano, sin importar qué, volverían a encontrarse.
Alex se alborotó sus rizos rubios y apoyó una mano en la cadera. Aguardó unos instantes antes de decir en voz alta lo que pensaba.
—No quiero sonar como un insensible pero ¿qué haremos ahora? ¿Volveremos o seguimos adelante?
—Volver no es una opción —cuestionó Zoe con la frente fruncida.
—¿Por qué? Kumiko pudo haber pedido refuerzos y...
—Creo que Zoe tiene razón —coincidió Atticus poniéndose de pie, y tanto Logan como Alex lo miraron perplejos—. Sería riesgoso volver.
—¿Entonces qué se supone que haremos? No podemos navegar a la deriva eternamente. ¿Alguien vio lo que es la bodega? —Alex señaló el suelo bajo sus pies, evocando la imagen de una bodega con suministros suficientes para un par de semanas—. Sin ofender pero quiero saber quién diablos fue el soplón que nos vendió.
—Tienes razón —coincidió Atticus—. Las Academias están protegidas por salvaguardas. Es muy complejo conocer la ubicación exacta de alguna de ellas.
—¿Quién tiene conocimiento de eso? —pregunta Zoe.
—Toda la comunidad guardiana y los doce dioses.
—Entonces sí estarán de acuerdo conmigo cuando digo que alguien de ellos nos vendió —insistió Alex y Atticus le dio la razón en cierto punto.
—Muy pocas personas sabían en dónde estábamos. Creo que más bien el espía del que Zeus hablaba se enteró y por ello supieron dónde atacar.
Logan se frotó los ojos para quitarse la pesadez del insomnio. Se puso en pie y tomó el control del timón.
—Podemos seguir discutiendo sobre quién fue el bastardo que nos vendió o seguir adelante con esta guerra. —intervino Logan con notorio rigor en su tono de voz—. En aquella dirección se encuentra Filipinas, por allá Nueva Guinea y si nos desviamos un poco está Nueva Zelanda —indicó con el dedo en cada dirección—. Tal vez... Tal vez haya algún semidiós con una marca que remover.
—Olviden eso. —Sóter apareció subiendo por las escaleras. Tanto Alex como Zoe se apartaron y le dejaron el camino libre, no por temor sino porque de no hacerlo los habría empujado—. No hay ingredientes con los cuales hacer el hechizo. Debemos conseguirlos primero.
—¿Y tú tienes la lista? —Atticus se cruzó de brazos y sacó pecho, imitando la pose del joven.
—No, pero Lyla Henning sí.
Atticus frunció los labios y se tragó la peor de las vergüenzas. No le gustaba meter a todo el mundo dentro de una misma bolsa, pero los Págoni fueron cortados por la misma tijera.
Su intención había sido desafiarlo y le salió el tiro por la culata. Si Matt estuviera allí ahora mismo lo habría golpeado en la cabeza.
—Lyla está inconsciente —dice Alex con voz seria.
Por como lo veía Atticus, al hijo de Afrodita tampoco le caía en gracia Sóter.
—Probablemente demore un par de horas en despertar. ¿Qué haremos hasta entonces?
Sóter puso los brazos en jarra y soltó un suspiro.
—Vi que usó escamas de hipocampo. Ellos gustan de las aguas cálidas y sé de buena fuente que la gran mayoría vive en este entorno. Navegaremos hasta encontrar alguno. Para cuando la sacerdotisa despierte nos dirá el resto de los ingredientes. —dijo y sus palabras sonaron más a una orden que a una sugerencia. Abandonó la cubierta y de inmediato Atticus soltó una maldición.
—¡Estúpido! —gruñó en voz baja. Un poco para sí mismo y otro poco para Sóter.
Zoe se rascó el puente de la nariz y contempló a los presentes.
—Así que... ¿haremos lo que dijo?
—¿Qué otra opción tenemos? —habló Logan con la vista puesta en el horizonte.
—¿Y cómo sigue Lyla?
—Igual —responde Alex, recargándose contra la barandilla del barco. El viento alborota sus rizos y los primeros rayos de sol dotan a su piel de un brillo ocre—. Lucía está cuidando de ella.
Todos guardan silencio y Zoe entiende el por qué. Incluso ella quedó sorprendida en cuanto supo la verdad. ¿Por qué nunca dijo nada? ¿Por qué mantenerlo en secreto? Pero lo más extraño recaía en lo que era; en quién era.
Lucía retozaba sobre un gran baúl lleno de mantas. Su espalda, arqueada por el cansancio, tocaba la pared de madera del camarote. La vaga luz de la veladora alumbraba el rostro durmiente de Nico.
Verlo la remontó a su cautiverio, atrapados en una cueva y en cuyas paredes se esconden confesiones que morirán ahogadas por el agua de mar.
De un segundo a otro nota el malestar abordando el cuerpo de Nico. Un escalofrío le erizó los vellos, los gritos del joven latentes en la memoria de sus tímpanos. Nico despierta con el recuerdo de su padre luchando contra los monstruos-marioneta de Epiales.
Un grito ahogado que hace eco en sus pensamientos, una disculpa que jamás llegará a pronunciarse y que nunca tendrá respuesta.
—¡Papá! —Se sienta en la cama de un tirón. Su cabello revuelto cae sobre sus ojos y bisela el paisaje. Se los aparta de la frente, su vientre anudado por los nervios. A su derecha en la cama contigua estaba Lyla, profundamente dormida y con rostro demacrado. Al frente, a medio camino de la cama, estaba Lucía. Por la forma en que lo miraba dedujo que estaba preocupada.
—¿Estás bien? —pronuncia Lucía con lentitud.
—¿Y mi padre? ¿Y los demás? ¿Qué...?
Lucía colocó las manos sobre los tensos hombros de Nico y aplicó una mínima cantidad de fuerza. Lo obligó a recular, a calmarse.
—Varios quedaron en la Academia... No sabemos qué es de ellos, pero lo que sí sé es que son guerreros, maestros guardianes. Estarán bien.
—¿Y si no? —Su voz trémula—. ¿Y si ya no puedo ver a mi padre otra vez?
Lucía tragó duro y apartó la mirada de sus ojos agonizantes.
—Es una posibilidad que no quiero contemplar. —Frota sus manos con frustración. No quería creer que Josh estuviera muerto. Ni Matt. Ni ningún otro de los guerreros.
Nico se frotó la cabeza con las manos y entonces sus ojos se abrieron como platos. Contuvo el aliento y presionó con vehemencia el brazo de Lucía.
—¿Dónde está Miranda?
Lucía examinó el torbellino de emociones que acarreaban los ojos de Nico. Sabía exactamente en qué estaba pensando.
Meneó su larga cabellera y Nico dejó caer la cabeza entre los brazos, abatido. La culpa surgió en medio del caos y lo ensombreció todo. Poco faltaba para que perdiera la cabeza cuando Lucía dijo algo que le heló la sangre.
—¿Te culpas por no haberla ayudado?
—Yo no... No quería...
—No tienes que fingir conmigo. Sé por qué lo hiciste.
Nico levantó la cabeza, su ceño fruncido intentando descifrar qué creía saber Lucía.
—Tienes una marca —dice finalmente y lo ve empalidecer.
—¿Cómo...?
—Logan curó tus heridas —le señaló la espalda, allí donde un monstruo usó su cola como látigo para dañarlo—. Lyla nos dijo la verdad.
El joven pareció querer desmoronarse. Habían descubierto su secreto; secreto que le imposibilitó ayudar a Miranda, y ahora debía soportar una tortuosa carga sobre sus hombros hasta el fin de los tiempos si es que algo malo llegara a ocurrirle.
Se pasó una mano por el rostro y la enterró entre sus cabellos negro carvón.
—¿Por qué no dijiste nada? —Quiso saber Lucía. Le intrigaba saber por qué calló. Por qué prefirió mantener las cosas en secreto en lugar de decir algo. Al menos así Miranda no lo habría odiado y ante los ojos del resto no habría quedado como una mala persona.
—No supe que la tenía hasta que llegamos a la Academia —confiesa—. Tenía miedo... No se supone que un guardián tenga marcas. Somos semidioses pero no poseemos poderes, renunciamos a ellos.
—Pero tú no eres un guardián común —dice y los ojos de Nico encuentran los suyos—. Lyla mencionó algo al respecto pero no quiso ser muy específica.
Nico torció una sonrisa triste y contempló a Lyla de soslayo. Aparte de Miranda, Lyla conocía su secreto como heraldo de la muerte. No fue algo que le gustara confesar pero fue necesario para entender el porqué de la marca.
—Es solo una teoría —empieza Nico—. Yo... Yo morí poco antes de nacer.
Lucía amplía la mirada, aturdida.
—Mis padres le suplicaron a Hades por mi vida y éste aceptó, pero siempre hay un precio que pagar —se lamenta y su voz se apaga.
—¿Qué tipo de precio?—indaga a sabiendas de que no sería nada bueno.
—Un alma por cada año que estuviera con vida.
Lucía ladea la cabeza intentando comprender la situación.
—¿Vives... porque hay gente que muere para que estés con vida?
—O vivo porque le quito la vida a otras personas.
—No... No puedo creer que Hades... —gruñe por lo bajo y se palmea la rodilla—. Claro que puedo creerlo. —Sacudió la cabeza y se quitó el recuerdo de su etapa como mortal—. ¿Piensas que por eso tienes una marca?
—Eso creo. Puedo ver las almas de los recién fallecidos, y Hades insinuó que era una especie de «heraldo». Aunque es solo una teoría. Lyla estaba ayudándome con el asunto.
—¿Y por eso no dijiste nada? ¿Por qué tenías miedo de lo que pensáramos...?
—Me inquietaba que pensaran que podía hacerles daño.
—¿Y puedes?
—Una vez por año. Por fortuna y desgracia, la cuota de este año está saldada. —El recuerdo de Pavel atraviesa su mente—. Gemma fue el año pasado.
Lucía lo contempla azorada. Conocía aquel nombre y sí, fue Nico quien le quitó la vida.
—Zoe me perdonó pero dudo que eso pueda seguir ocurriendo; de que las personas me perdonen por quitarle la vida a quienes aman.
En su miseria Nico encontró esperanza a través del tacto de Lucía. El simple acto de sostener su mano, ese apretón cargado de seguridad, confianza y, sobre todo, amor, lo desencajó. Miró sus ojos —verde mezclado con marrón— las puertas que conducían a su alma, a lo puro de sus sentimientos, y se sorprendió al ver lo que encontró.
¿Por qué? ¿Por qué le importaba tanto lo que pasara con él? Ese sentimiento de amor ¿qué significaba? Y aunque quisiera preguntarle, ella tampoco sabía la respuesta. Tan solo apareció. Emergió como la espuma luego de descorchar un buen champagne. No importaba cuántas veces quisiera deshacerse de ese sentimiento, éste se rehusaba a marcharse. Llegó para quedarse.
Lucía apartó la mano. La mancha de calor que los unía seguía latente en su piel. Se sintió mareada de pronto, atosigada por los sentimientos que la abordaron.
—No... No creo que sea así —dice y a pesar de que así lo sentía fue incapaz de sostenerle la mirada. Se puso en pie y abandonó la habitación.
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