☾apítulo 14
Cuando volvió a abrir los ojos la luz de la luna atravesaba el cristal de la ventana, bañando parcialmente el interior de la habitación. Revelando la silueta masculina junto a la ventana.
Al intentar incorporarse, el dolor abrasador que solía hacerla apretar los dientes hasta causarle astilladuras, no se presentó. Siquiera sentía rasposa la garganta.
Estaba como nueva.
—Matt —dijo, sentándose en la cama.
El joven volvió la cabeza y se acercó a la cama.
—¿Cómo te sientes?
—Mucho mejor. ¿Y Logan?
—Entrenando.
—¿Todavía? ¿Qué horas son?
El joven tomó asiento en el sillón, al tiempo que Lucía encendió la luz de la portátil.
—Veinte para las tres —anunció, bloqueando la pantalla del celular.
No era la primera vez que se tardaban tanto en terminar un desafío. A medida que avanzaban las cosas se volvían más complejas. Su último desafío duró un día y medio. Y por cómo venía la mano intuía que no vería a Logan por un par de horas más.
—¿Tú qué haces aquí?
Era muy común que Matt, Atticus, Nico e Ethan observaran las pruebas. Grover insistía en que estuvieran presentes para luego atosigarlos con preguntas referidas al accionar de los semidioses. Básicamente un examen sorpresa sin Quirón. Sin embargo, a pesar de lo amargo del momento, disfrutaban de su enseñanza. Si bien todos consiguieron el rango de Guardianes Maestros, ninguno se desempeñaba como entrenador. Ethan y Nico trabajaban en el archivo, Atticus en la Guardia Olímpica, y Matt se tomó un receso para graduarse como historiador. No había nada más gratificante para él que el conocimiento.
Los únicos que se desempeñaban en el rol de entrenadores eran Sóter y Victor. Y ninguno de los dos era muy sociable, por lo que siempre se rezagan del grupo.
—Grover nos mandó a Ethan y a mí descansar . Es turno de Sóter y Victor.
Lucía se acomodó en la cama, ubicando los almohadones de tal forma que sostuvieran su espalda.
—¿Y Nico? —Por primera vez reparó en la ausencia del joven. Le dijo que la cuidaría... ¿En dónde estaba?
—No lo sé realmente. Hace rato que no lo veo.
Lucía asiente cabizbaja. Un sentimiento de pérdida toca la puerta de su alma, y se remueve incómoda.
—¿Y cómo está Belén? —Se frota el pecho intentando mitigar la angustia.
—Mucho mejor. Aunque no he ido a verla. Atticus estaba con ella.
Guardaron silencio y por primera vez Lucía fue capaz de ver a través de los ojos de Matt. Un inmenso e insostenible vacío que lo acompañaba desde la muerte de Sarah. ¿Cómo podía seguir en pie? Con solo verlo su propio cuerpo agonizaba.
—¿Y tú? ¿Cómo estás? —soltó finalmente.
Matt se acarició los labios con la falange del dedo. Apartó la mirada de Lucía; el marrón de sus ojos buscando una escapatoria por la ventana. Inspiró hondo y dejó caer los brazos sobre el sillón.
—No lo sé. —confiesa. Su rostro apesadumbrado—. He buscado tantas formas de enterrar el dolor que ya no sé qué es lo que siento.
—¿Piensas en ella?
Matt apoyó la cabeza en el respaldo. Sus ojos eran un torbellino de tristeza dolorosa que lentamente caía en el foso de la depresión.
La ventana se transformó en un proyector y fragmentos de memorias aparecieron frente a él. Fragmentos de ellos dos. La herida que ingenuamente creía estaba sanada, volvió a sangrar y desenterró un capítulo de su vida que no quería recordar.
Su rostro congelado. Su belleza preservada por siempre. Sumida en un profundo sueño del cual no volvería despertar jamás.
Su ataúd.
La rosa blanca entre sus manos.
Una espina sin cortar que le pinchó el dedo. La sangre contaminando la blancura de la rosa. Corrompiendo su belleza. Arruinándola por completo.
—A veces olvido su voz... Y cuando la recuerdo, solo quiero borrarla de mi mente. —Una lágrima desciende por su mejilla, silenciosa—. La extraño demasiado.
Lucía recoge las rodillas y apoya la barbilla sobre ellas. Lágrimas impregnadas con el recuerdo de su amiga son liberadas sin ningún tipo de restricción. Hacía tiempo que no lloraba por ella.
—¿Crees que esté en paz?
Él demora en responder y cuando lo hace su voz está cargada de sentimiento.
—Sí... Lo está.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque no había alma más pura que la de Sarah. —Dirige la mirada hacia Lucía—. Y porque Hades se lo dijo a mi padre.
—¿Cómo? —dice. Hay asombro en su voz.
—Durante la asamblea —específica—, mi padre le preguntó por Sarah. Dijo que estaba en los campos Elíseos.
Aquella confesión le ofreció una sensación de tranquilidad infinita. Si Sarah estaba en los Elíseos significaba que su alma encontró paz. Por tanto, quien sea que se hacía pasar por ella y frecuentaba sus sueños advirtiéndole de una posible amenaza, no era Sarah. Alguien decidió adoptar su forma para ocultar su identidad. Para mostrarse más «confiable» y hacerle creer en sus palabras. Pero ya no más.
La próxima vez que Sarah irrumpiera en sus sueños, buscaría la forma de obligarla a mostrar su verdadera identidad.
Quiso compartir su experiencia con Matt, después de todo él descubrió que la vida de Moros permanecía ligada al Ojo que todo lo ve. Pero en cuanto lo vio fue como si alguien le atravesara un puñal en la garganta. La desolación que teñía su mirada de negro le hizo creer lo peor. ¿Acaso él....?
Podía oír a su alma gritando. La hebra de su vida deseando ser cortada.
Extendió una mano. La súplica a medio camino de abandonar sus labios, cuando la primera bomba estalló.
El suelo retumba bajo sus pies. A trompicones logra ponerse en pie y llega hasta la ventana.
Una capa iridiscente con los colores de la aurora se deshace en el cielo nocturno dejando al descubierto una inmensa oscuridad, y el crudo frío del invierno. La barrera que protegía a la Academia de cualquier amenaza moría ante sus ojos, dándole paso a un tenebroso ejército de criaturas aladas.
Parecían demonios sacados de alguna película de fantasía. Sus cuerpos parecían los de un humano pero su piel escamosa era tan negra como la brea. Carecían de nariz y sus bocas estaban colmadas por agujas afiladas. De orejas puntiagudas y dedos largos y huesudos. Algunos de ellos poseían cola y se arrastraban por el suelo y los tejados. Otros, volaban en el cielo y reían. Reían como hienas en la sabana persiguiendo a sus presas. Porque eso era lo que hacían. Habían venido a cazarlos.
Una cortina de fuego se alza desde el suelo y las llamas lamen la bóveda nocturna. El rugido de una bestia le rasga los oídos y ante sus ojos hace acto de presencia un inmenso dragón rojo.
El caos se desata y los gritos lo secundan.
Pequeñas siluetas atraviesan el campo como miles de hormigas saliendo disparadas del hormiguero.
—Matt... —tartamudea. La escena le roba las palabras.
La toman por la muñeca y la arrancan de la ventana. Salen al pasillo y echan a correr con dirección al hall de entrada.
—¡¿A dónde vamos?!
—¡A sacarte de aquí!
—¡No podemos dejar a Belén!
—¡Atticus se encargará de ella!
Por primera vez Matt deseó tener al hijo de Hermes consigo. Luke tuvo razón al decirle que lo primero era conocer el terreno. Cada grieta, cada mancha, cada posible salida de emergencia. Pero ya era demasiado tarde como para estar lamentándose.
Ethan apareció de súbito en una de las intersecciones. Su rostro desencajado buscando a su hermano con desesperación.
—¿Dónde está Atticus? —El miedo de que algo malo pudiera haberle ocurrido a su hermano le desgarra el corazón a Ethan.
—Debe estar con Belén.
Con esa información, Ethan salió disparado con dirección al dormitorio de Belén.
Matt jaló de la mano de Lucía y la arrancó violentamente escaleras abajo. El pánico del exterior se filtraba entre las gruesas paredes de la Torre. El suelo temblaba con reiteradas detonaciones y las lámparas se mecían sobre sus cabezas. Las parpadeantes luces emitían una especie de código morse, propio de las películas de terror: «estás próximo a morir».
—Creí que las Academias estaban ocultas —soltó Lucía mientras corría a ritmo sincronizado con Matt—. ¿Cómo...?
—Alguien debió filtrar la información —aventuró a decir. Encontraron la Academia tal y como él había augurado. Teorías conspirativas iban y venían y todo se reducía a lo mismo: un traidor.
Alguien los vendió y aquellas bestias reducirían todo a cenizas hasta dar con el paradero de los marcados.
Lucía no estaría marcada pero su naturaleza la convertía en un botín que valía mucho más muerta que viva. Debía salvarla a como diera lugar.
Atravesaron el hall principal cuando una puerta a su izquierda se abrió. Kumiko apareció con el cuerpo empapado en sudor y hollín manchando las partes expuestas de su cuerpo.
—¡Aetós! —gritó la guardiana con intensidad—. ¡Síganme!
La siguieron bien de cerca hasta llegar a una biblioteca. La pared estaba recubierta por estanterías repletas con millones de ejemplares. Kumiko retiró uno de ellos y una de las estanterías retrocedió impulsada por los engranajes. Se deslizó hacia la derecha, revelando un oscuro pasadizo que parecía llegar hasta los confines de la Tierra.
—Este pasadizo los llevará hasta la bahía. Súbanse a un barco y váyanse.
—¿Y los demás? —El pánico filtrándose en sus palabras.
—James y Grover se encargaran de eso.
Por un instante Lucía fue capaz de ver la incertidumbre asentándose en lo impasible del rostro de Kumiko.
Durante los entrenamientos, Grover insistía en que ellos podían irrumpir en las pruebas para salvarles el trasero y hacerlos comenzar de nuevo. Pero nunca hicieron valer ese derecho. Nunca, por más atascados que estuvieran, vinieron a rescatarlos.
Lucía creía que aquellos dichos eran puras habladurías que inventaban con el fin de presionarlos. Sin embargo, el rostro contrariado de Kumiko le dio a entender otro mensaje.
¿Y si no podían entrar? ¿Y si solo eran capaces de atravesar el sendero de las montañas cuando la prueba era completada? De ser así, Logan y los demás estaban atrapados.
Quedarse significaba un refugio pero las tretas de las Cinco Montañas podían ser muy despiadadas si llegabas a bajar la guardia. Así que no importaba si estuviesen dentro o fuera; la muerte estaría a la vuelta de la esquina.
Antes de que Matt pudiera arrastrarla al interior del pasillo, oyeron unos pasos pesados corriendo por el recinto. Ethan y Atticus aparecieron de entre las sombras.
—¿Y Belén? —apremió a decir Lucía. Su rostro se desfiguró al ver las caras de sus amigos.
—¿Qué no está aquí? —jadeó Atticus. El terror vívido en su mirar.
—¡Tú la estabas cuidando! —Le acusó Kumiko. Su indignación le quita el habla a Atticus.
—¡Yo...! Ella me dijo que estaba bien. Yo estaba en mi cuarto cuando...
—¡Cierra la boca y ve por ella! —Miró a Ethan con igual desdén—. Tu protegido no está aquí pero en rango de prioridades la hechicera estaba antes que tu familia. ¡Ve a buscarla!
Una serie de estallidos menores hacen eco en las paredes. . Un estrépito reverbera como un trueno y el piso se sacude; lámparas caen del techo, una por una, hasta hacerse añicos. El cristal de las ventanas se destruye en una sonora explosión y bolas pesadas aterrizan con estrépito.
Las risas irrumpen como ratas en medio de un basurero.
—Ya están aquí.
☽ ☾
Los temblores provocaron que Belén saliera disparada de la ducha. Se asomó a la ventana y las llamas lamieron el cristal de improviso. Un enorme dragón escupía fuego en todas direcciones. Pequeñas siluetas intentaban subir por su lomo, apuñalando lo acorazado de su piel con lanzas y espadas. Demonios alados capturaban a los semidioses y los arrojaban directo a las llamas desde una altura irrisoria. Si el fuego no los mataba, el golpe lo haría.
Se vistió como pudo. La ropa se le pegaba a lo húmedo de su cuerpo. Cogió las botas y antes de que pudiera calzarse la segunda, la ventana de la habitación estalló en una lluvia de cristales. El fuego del exterior parece avivarse y consigo le da paso a una bola escamosa que rueda por el suelo hasta detenerse. Una larga cola ondea en el aire y apunta en dirección a Belén. A falta de nariz, aquella cosa se guiaba por su cola.
Dos compañeros más entraron por el boquete en la pared y un tercero por la ventana del baño. Belén se vio rodeada por cuatro criaturas desconocidas. Podría ser mala para los nombres y los rostros, pero estaba segurísima que estas caras no aparecían en los libros que estudió.
—Pierden el tiempo si creen que ganaron. Ya no estoy marcada.
Los monstruos ladean la cabeza y menean sus colas. Se miran entre sí y emiten un sonido semejante al de un pájaro Carpintero. Sus pupilas verticales se ensancharon ligeramente y el ámbar de su mirada centelleó con el fulgor de las llamas.
Podían llamarla loca pero estaba convencida que aquellas cosas estaban sonriendo. Como si el saber que no estuviera marcada fuera igual a ganarse la lotería. Sin ningún tatuaje mágico que la protegiera, los monstruo-lagartija podrían despellejarla a su antojo.
Tenía poderes. Podía defenderse y, sin embargo, no quiso usarlos.
—Veamos si esas cinco montañas sirven de algo.
Deja que los monstruos se le aproximen; sus ojos posados sobre su presa. Su lengua bípeda percibiendo el latir de su corazón, la sangre roja y caliente circulando en su sistema.
Belén se quitó el broche de pelo, un palillo de metal que Justin le regaló en uno de sus viajes. Lo lanzó a una de las lagartijas y el metal le atravesó la garganta. La sangre estalló con la presión de una hidrolavadora y, antes de que pudiera salpicarle, se convirtió en cenizas y una figurilla de madera restalla en el suelo.
Las demás criaturas se abalanzaron encima de ella. Aprovechando su baja estatura, Belén se deslizó en el suelo; la humedad de su cuerpo actuando como cera. Desapareció bajo la cama y cuando uno de los monstruo-marioneta aventó la cama contra una de las paredes, Belén se levantó empuñando su espada y lo atravesó justo en el abdomen. Las cenizas estallaron encima de los otros demonios, entrando en sus ojos y dejándolos cielos. Belén aprovechó la jugada y de un solo movimiento les cortó la garganta.
Dos figurillas de madera cayeron al suelo y se unieron a sus otros dos compañeros caídos. Solo entonces Belén empleó su poder para incinerar las marionetas. Cuando el fuego consumió la resina, Atticus e Ethan entraron en la habitación con parte de la ropa rasguñada y algunos pequeños cortes sangrantes.
Parecían impresionados y al instante sus rostros volvieron a ser la viva imagen de la preocupación.
—¡Vamonos!
Belén tomó la bota que le faltaba y el palillo para el pelo. Corrió tras de Atticus y mientras lo hacía no podía dejar de sonreír. Acabó con aquellas criaturas sin necesidad de invocar sus poderes. Se sentía fuerte y poderosa. Quería seguir desmembrando marionetas.
Cuando pasaron junto al cuarto de Lyla, el suelo estaba lleno de resina. Una de las paredes de su habitación ya no existía y el interior estaba prácticamente en ruinas. Un enorme agujero en la pared del fondo dejaba ver el caos del exterior. Las risas de hienas aumentaban conforme los gritos se multiplicaban. Gritos desesperados. Gritos que anunciaban la muerte.
—¿Y Lyla? —logró decir recién cuando comenzaban a bajar las escaleras. ¿En dónde quedó la barandilla?
Ninguno de los dos guardianes dijo nada al principio. No tenían idea qué había pasado con la joven sacerdotisa y sus pensamientos no hacían más que empeorar el asunto.
—¡Ya debe estar abajo! —respondió Ethan con la más convincente de las voces.
Corrieron por el gran hall y antes de que pudieran llegar donde Kumiko, las ventanas estallaron, la puerta se convirtió en una pila de astillas y la habitación se llenó de monstruos hambrientos.
Belén dejó que el poder del sol acudiera a su llamado. Podría estar orgullosa de sus logros pero en esta ocasión prefería incinerarlos a todos.
Lanzó un par de bolas de energía al tiempo que Atticus e Ethan se encargaban de crear brochetas de monstruos.
Kumiko también tenía lo suyo. Para ser una persona menuda peleaba con una fuerza y agilidad brutal. Amenazaba a las marionetas con su lanza, les pateaba el trasero y mantenía despejada la entrada al pasadizo. No obstante, por más buena luchadora que fuera, un gran pelotón de monstruos penetró en el recinto y la balanza se vio desequilibrada.
Belén evaporó a una camada de un solo disparo. Si pudiera usar la corona solar en menos de un segundo estarían libres de la plaga de lagartijas, pero era consciente del peligro que ello implicaba para los demás. Sin un refugio, Atticus, Ethan y Kumiko quedarían reducidos a cenizas.
Entonces, sin previo aviso, una cortina de fuego penetró desde el exterior y calcinó a varias marionetas. Los pocos sobrevivientes fueron exterminados, y Lyla y Nico aparecieron en escena.
—¡Apresurense! —apremió Kumiko. Sus ojos veían con nerviosismos a un nuevo grupo acechando entre las sombras.
Ingresaron al túnel y mientras el librero volvía a su sitio, el grupo vio como una nueva manada de monstruos ingresaba por las ventanas y se abalanzaba encima de Kumiko.
El fuego de las antorchas se encendía con una intensa luz rojo-anaranjada conforme avanzaban por el amplio corredor. Incluso desde ese lugar podían escuchar el eco sordo de los ruidos externos. Los gritos desgarradores, las risas como hienas y los escombros salpicando el suelo. El rugido del dragón cual llamada de refuerzos les heló la sangre.
Contemplaron la salida. Matt estaba allí esperando.
Al llegar con él descubrieron a Lucía a un par de metros de distancia. Contemplaba el caos a través del alto pastizal.
El aire olía a humo y sangre.
—¿Dónde está el resto? —soltó Belén. Sus ojos castaños viendo con horror los cuerpos cayendo desde lo alto del cielo directo a las llamas.
—En las montañas —dice Matt.
—Ya nos alcanzarán —le interrumpe Atticus. La convicción en sus palabras le devuelve la confianza a Matt, aunque en el fondo intentaba convencerse a sí mismo de que todos volverían sanos y salvos—. Hay que ir a la bahía.
Lucía se da la vuelta, el terror en sus pupilas.
—¿En serio vamos a dejarlos?
—No lo haremos —respondió Nico—. Los esperaremos ahí.
—Deberíamos ir a buscarlos —insistió Lucía.
Nico negó con la cabeza.
—Mi padre y Grover se encargaran de eso. No necesitan refuerzos, necesitan que nos adelantemos y los guiemos a la bahía —indicó Nico, paseando la mirada de Lucía a Belén y luego a Lyla. Ellas eran su prioridad en ese momento y dado que su reputación había quedado manchada, no podían permitirse fallar.
—Nico tiene razón —coincidió Atticus—. Nos reuniremos con ellos en el punto de salida. ¡Pero hay que irnos ya!
A regañadientes Lucía aceptó. Corrieron por entre el pastizal sintiendo como la hierba, cubierta por el rocío helado de la noche, les mojaba la ropa y los zapatos.
Lucía estaba descalza ya que en el apuro no pudo detenerse a buscar unas botas. Sus medias estaban empapadas y sus pies eran dos paletas de helado. Aunque en el calor del momento, presentía que el ardor que invadía sus húmedos pies sería mucho peor después.
La bahía estaba a unos cuantos metros de distancia. El mástil del barco podía distinguirse entre las sombras. Entonces, la primera roca envuelta en llamas impactó contra la tierra y varias más le siguieron. El fuego encontró combustible y las ascuas ascendieron en el cielo anaranjado.
Las piedras metamorfosearon hasta convertirse en reptiles de cola larga con aspecto de humano. Los mismos monstruos-marioneta que los atacaron en la Academia.
Lyla atacó primero. Se valió del elemento fuego para crear una cortina que carbonizara a la mayoría de los escurridizos monstruos.
Bestias aladas aparecieron de la nada cual gaviotas en medio del mar, cayendo en picada listas para atrapar a su presa y devorarla.
Lyla lanzó grandes trozos de roca al aire pero no todas daban en el blanco. Pronto descubrió que aquellas cosas no la querían a ella, sino a lo que albergaba dentro de su mochila: el grimorio.
La embistieron por detrás. El efecto látigo la dejó aturdida y cuando quiso acordar estaba sobrevolando el pastizal. El fuego rápidamente comenzaba a extenderse sin control; el humo era denso y sofocante. Los monstruo-marioneta se reproducían como hormigas y sus amigos estaban en serios problemas.
Una bola de energía le dio en el pecho a su captor y éste se desintegró en el aire. Lyla cayó al vacío pero lo rápido de su accionar la salvó de tener varios huesos rotos. Sometió el aire a su alrededor y su caída se volvió ligera como pluma.
Belén estaba esperándola para cubrirle las espaldas, lanzando bolas de energía en todas direcciones y atravesando a las lagartijas con la hoja de su espada.
—¿Puedes apagar el fuego? —grita la joven pelinegra, matando a uno de los monstruos.
Lyla sopesó las opciones, cubriéndose de los ataques aéreos. Con un leve giro de muñeca, rocas macizas se alzaron de entre la tierra y rodearon su cuerpo, protegiéndola de cualquier bestia voladora que intentara raptarla.
—Ahora sí.
Extendió los brazos, las palmas abiertas, el crepitar del fuego alimentando la llama de su poder. Doblegó el fuego a su voluntad hasta hacer de él un círculo gigante. Las llamas no dañarían a sus amigos pero cualquier murciélago que sobrevolara el campo o cualquier lagartija que quisiera entrar, terminaría siendo abofeteado por el fuego.
Habiendo Lyla controlado el ataque aéreo el resto pudo concentrarse en las lagartijas.
Los guardines y Belén eran los únicos con armas. En medio de la batalla, desarmada, descalza y vistiendo pijama, Lucía se sentía indefensa.
Su primer instinto fue buscar a Estigia pero su tobillo estaba desnudo. El arma de Sarah descansaba en su habitación y ya no había posibilidades de recuperarla. La rabia de saber que había perdido el único objeto que le quedaba de su amiga le consumió hasta los huesos.
Gritó.
Gritó tan fuerte como pudo. La frustración ardiendo en sus ojos.
Pateó el suelo. Tierra y ceniza se alzó del suelo con violencia directo a los ojos del monstruo.
Se valió de ese pequeño instante de ceguera y le propinó una patada en el vientre que lo hizo tambalear. Continuó golpeándolo con sus manos; sus nudillos una mancha de sangre.
Recibió un zarpazo en retribución desde el pecho hasta el hombro. Y sin embargo no le importó. Le devolvió un golpe en la quijada. El monstruo llevó la cabeza hacia atrás justo cuando Nico alzaba su espada. Apenas le atravesó el cráneo, se convirtió en cenizas.
Nico destruyó la figurilla con el taco de la bota y observó el rostro inestable e iracundo de Lucía.
—Estás... —intentó acercarse, la preocupación inundando sus ojos negros.
Lucía le apartó la mano. Podía estar herida pero no sentía dolor. Quiso pedirle que la acompañara de regreso a la Academia cuando una cola escurridiza pasó bamboleándose por detrás de Nico.
—¡Cuidado! —Lo hizo a un lado y el embiste de la cola terminó siendo para ella. Cayó de espalda al suelo; sus pulmones recibiendo una fuerte puñalada.
—¡No!
Nico se abalanzó encima de la bestia; saltó sobre su espalda y eso bastó para alejarla lejos de Lucía.
Se aferró a su cuello, la cola de aquella cosa golpeándolo en la espalda con el ímpetu de un látigo. Nico apretó la mandíbula y se tragó el dolor. Tomó la espada, su palma rasgándose con el filo de la hoja y la arrimó al cuello del monstruo. Cada latigazo implicaba que la espada se hundiera más en la carne escamosa pero si quería decapitarlo debía aplicar el triple de fuerza.
Lucía intentó ayudar a Nico pero el que estuviera montado sobre la espalda del monstruo solo complicaba sus planes. Cualquier cosa que pensaba terminaba con el cuerpo del guardián aplastado.
Ya no podía tolerar sus gruñidos. Su espalda estaba siendo torturada. No distinguía qué sangre pertenecía al monstruo y cuál a Nico. La desesperación le nublaba la razón. Por primera vez se sentía a ciegas, sin un plan al que recurrir. Era como estar bajo los efectos de la oftálera, sólo que esto era real y su falta de capacidad estaba arrastrando a Nico a un abrumador final.
—¡LUCÍA!
Giró la cabeza ante el llamado. Matt y Atticus luchaban codo a codo contra los reptiles. En eso, cuando Ethan intervino y le dio a Matt un respiro, el joven sacó un cuchillo de su cinturón y se lo arrojó. El fulgor rojo-anaranjado de las llamas tiñó la hoja espejada de Estigia.
Salió de su conmoción justo a tiempo para empuñarla. No le importaba cómo, Estigia estaba con ella y eso era lo único importante. Imaginó a Sarah a su lado; su característica sonrisa indicando que estaba lista para la acción.
—¿Lista?
—Lista.
Lucía lanzó a Estigia justo al pecho del monstruo, atravesó la figurilla y las cenizas y la resina se desvanecieron en el aire enviciado por el humo y las ascuas.
Nico cayó al suelo de rodillas. El corte en su mano izquierda era profundo y los latigazos en su espalda no dejaban de sangrar.
Lucía intentó ayudarlo pero más monstruos aparecieron y poco pudo hacer por calmar su dolor. Lo protegió. Mató a todos las bestias que se le cruzaron en frente aunque eso provocara que sus heridas sangraran más de lo debido.
El número de enemigos se redujo con creces pero entonces notaron como el intenso calor de las llamas se iba apagando lentamente. Los monstruos que estaban al otro lado del incendio asomaron sus cabezas, la locura en sus pupilas carmesí. Algunas de las criaturas burlaron las defensas y penetraron en el claro.
Lyla estaba perdiendo fuerzas y si no hacían algo pronto, un ejército de reptiles y murciélagos los descuartizarían.
Belén vio un hilo de sangre embeber los labios de Lyla desde su nariz. La preocupación caló hondo en ella.
—¿Estás bien?
—¡No puedo! —Una lágrima traicionera brotó de sus ojos—. ¡Ya no!
Se desplomó en el suelo. Mantener el círculo de rocas y el fuego le consumió demasiada energía. ¿De qué servía mantener el grimorio a salvo si no podía hacer nada por proteger a los que consideraba sus amigos?
—Joanna tenía razón —lamentó—. No sirvo para esto...
Las llamas ya no representaban una barrera para los monstruos y estos entraron en el claro.
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