☾apítulo 13
Kumiko levantó la sesión y los semidioses se desperdigaron por todo el lugar para no levantar sospechas. La gran mayoría optó por encerrarse en el solarium, fingiendo que seguían disfrutando de la merienda. Solo unos pocos corrieron a los campos de entrenamiento.
Miranda corrió a la salida luego de pasar por un cupcake que se convertiría en su colación. En eso, las puertas de entrada chirriaron y revelaron la silueta cabizbaja de Nico. Su mirada fija en el suelo, sus pensamientos en otra parte. Era la oportunidad perfecta para interceptarlo y convencerlo de que la ayudara.
—¡Nico! —llamó y el joven se tensó ante la sola mención de su nombre.
Al verla el cuerpo de Nico se convirtió en mármol sólido. Contuvo el aliento y sintió la terrible urgencia de salir corriendo por la puerta.
No estaba listo.
No.
Cuando la tuvo enfrente soltó un largo y trémulo suspiro. ¿Cómo se supone que saldría de esta situación?
—¿Podemos hablar?
—¿Sobre qué? —logró articular luego de que el latir de su corazón se regularizara.
Miranda se rascó el cuello sutilmente. No creyó que sería tan incómodo hablar de esto con él.
—Tú, hum, ¿has hablado con Lyla?... Sobre el hechizo —agrega al ver la confusión en su semblante.
—Ah, eso. Sí. Algo me dijo al respecto —responde, tajante—. ¿Por qué?
—Porque tal parece que el hechizo solo funciona si ambas personas mantienen una conexión especial —dice y al no obtener una respuesta por parte del joven suelta un pequeño resoplido. ¿Por qué se sentía tan incómoda? Le molestaba soberanamente.
—Sí, Lyla mencionó algo de eso.
—¡Genial! Entonces... —jugó con el cupcake en sus manos—. Supongo que Lyla preparará un brebaje pronto. ¿Quieres intentarlo más tarde o...?
—No lo creo.
Miranda soltó una risa y en un gesto cariñoso le dio una palmadita en el brazo.
—Descuida, por lo que oí solo los fuertes sobreviven al hechizo. No nos pasará nada.
—No, creo que no me estás entendiendo. No quiero.
Miranda parpadea para quitarse la estupefacción. Por un momento creyó que había oído mal. Nico no se negaría a prestarle su ayuda; no a sabiendas de cuán importante era esto para todos. Sin embargo, lo serio de su rostro; la frialdad de su mirada le hicieron dar cuenta de la cruda verdad.
—¿Qué?
—Que no quiero hacerlo. No lo haré.
Ella se hace para atrás, asombrada. Meneó la cabeza, la confusión nublando su pensamiento.
Puse las manos en alto y las cerró lentamente, conteniendo el impulso desenfrenado por golpearlo en el rostro.
—¿Esto es por lo que te hice?
—Yo de verdad te amaba y tú solo jugaste conmigo.
— Ya te dije que lo hice por ti —se defendió. La culpa la golpeó en medio del pecho con la violencia y descaro de un látigo—. No quería verte sufrir.
—Pues entonces debiste pensar en algo menos doloroso.
—Te ayudé a superar tu dolor. ¿Recuerdas? Ese mes que estuvimos en la Academia Delfini. Dime si miento.
Nico apartó la mirada y guardó silencio. Aquello fue suficiente para darle la razón a Miranda.
—Tal vez no me creas pero en verdad te quiero —confiesa—. Jamás quise lastimarte y lo siento. ¿Qué más quieres de mí?
—Puedes rogarme todo lo que quieras pero no cambiaré de opinión.
Miranda evitó que Nico escapara tirando de su manga.
—No lo hagas por mí. Hazlo por los demás. ¿Quieres ver que el mundo arda por tu culpa?
—No me hagas responsable de esto —amenazó—. Hay muchos más marcados ahí fuera que podrían ocupar tu lugar perfectamente.
—La gracia es que nadie tenga marcas. Pero eres demasiado egoísta como para entender eso.
Nico se suelta de su agarre y se aparta con los ojos encendidos.
—Podré ser muchas cosas pero nunca seré egoísta. Ese papel está reservado para ti. —La miró de arriba abajo. Su mirada displicente—. Si fueras tan buena como dices, no tendrías que rogarme por ayuda. Abre los ojos y date cuenta de que estás sola.
Las manos de Miranda se transformaron en puños; sus nudillos blancos por la presión, sus uñas enterrándose en la suave piel de sus palmas.
Apretó los labios y asintió en silencio. Retrocedió y lo miró por última vez. Vio aquellos ojos iguales a los de su padre; carentes de emoción y al mismo tiempo, la cuna misma de la verdad.
Por fin se animó a decirle lo que sentía. Lo respetaba por eso.
Se dio media vuelta y salió por la puerta principal directo al campo de entrenamiento.
Las piernas de Nico flaquearon y tuvo que apoyarse en sus rodillas. La culpa lo estaba destruyendo de adentro hacia afuera.
Lyla se acercó por detrás y apoyó una mano en la espalda de Nico. La noche anterior, cuando hizo el mismo gesto, le sorprendió sentir la firme musculatura de su espalda. Para ser delgado sus músculos eran firmes y de acero. Ahora, por el contrario, se sentía frágil y al borde de quebrarse.
—Está bien —le reconfortó la joven, masajeando su espalda—. Hiciste lo que tenías que hacer. Pero sabes que ahora será peor ¿cierto?
Nico se enderezó. Sus ojos rojos por intentar contener las lágrimas.
—Lo sé.
Lyla traga duro al percibir la primera oleada de emociones provenientes de Nico.
—Nico, creo... creo que debes decirles.
—¡No! —dice y pone sus manos sobre los hombros de Lyla—. No diremos nada hasta que sepamos la verdad.
—Pero...
—Prométeme que no dirás nada.
Lyla dudó. Comprendía por qué quería mantenerlo en secreto pero no estaba de acuerdo con eso. Debía decir la verdad. Solo así lograrían entenderlo y Miranda no creería falsamente que Nico la odiaba.
Estaba tan concentrada en el hechizo de remoción de marcas que no creía tener tiempo para solucionar el asunto de Nico.
—Está bien —aceptó a su pesar.
—Gracias.
Nico le apretó la mano en señal de aprecio. Se despidió de ella y subió las escaleras con dirección a los dormitorios.
La puerta entreabierta fue una tentadora invitación a pasar.
Un fuerte aroma a salvia penetró en sus fosas nasales y lo remontó a la casa de su madrina. En el jardín trasero tenía un gran invernáculo donde amaba pasar las horas plantando y cuidando a sus «bebés».
Descubrió a Lucía tendida en la cama. Una sombra pétrea cubría sus párpados inflamados y lo tortuoso de su respiración evidenciaba cuán irritada traía la garganta. A pesar de ello, su rostro estaba calmo, como si por primera vez pudiera experimentar lo que significaba dormir.
Logan estaba acurrucado a su lado, rodeándola por el vientre. Su nariz tocaba la mejilla de Lucía y ese simple acto; el simple hecho de que él pudiera estar así con ella provocó que el corazón de Nico latiera a un ritmo vertiginoso.
No eran celos. Era algo más... Otra cosa que no llegaba a comprender del todo bien. Pero estaba ahí, latente, recordándole cuál era su lugar.
Logan abrió los ojos al percibir la presencia de alguien más en el cuarto.
—Nico —exclamó el joven, levemente sorprendido de verlo allí—. ¿Pasó algo?
El joven se restregó las palmas sudorosas en el pantalón.
—Solo quería ver cómo estaba Lucía.
Logan se sentó en la cama y contempló el rostro de su novia. Poco a poco lo enfermizo de su semblante iba desapareciendo y las mejillas adquirían su tono rosa natural. Acarició suavemente una de ellas, allí donde se formaba un pequeño hoyuelo cada vez que sonreía.
—Lo que sea que le haya dado Lyla funcionó. Hace como una hora que dejó de vomitar bilis.
—Eso es buena señal. —Sonríe y esconde las manos en los bolsillos traseros del pantalón.
—Sí...
Matt irrumpe en la habitación y su rostro se torna alegre de súbito.
—Aquí estás —dice con dirección a Logan—. James acaba de llegar. Hay que reunirnos con él en la cascada.
—¿Ahora? ¿No puede ser después?
Matt hizo un movimiento de negación con la cabeza. Logan miró a Lucía con ojos melancólicos. No quería apartarse de su lado. Entrenar no era una de sus prioridades.
—Yo cuidaré de ella —habló Nico—. Si quieres...
—¿De verdad?
—¿De verdad? —repitió Matt. Había asombro en su voz—. ¿No le molestará a tu padre?
—Lo dudo. Estará más concentrado en los guerreros que en mi ausencia.
Logan esbozó una genuina sonrisa de gratitud y le palmeó el hombro a Nico.
—Gracias.
Ambos abandonaron la habitación y desde el pasillo Logan le indicó a Nico que ante cualquier emergencia lo llamara. El joven tomó nota del pedido y le dijo que se fuera sin cuidado. Una vez solo tomó asiento en una silla de mimbre y se dedicó a contemplar a Lucía.
Lyla le había pedido que estuviera presente durante el hechizo. Recordaba tenerla entre sus brazos, Logan del otro lado. Sus gritos rasgándole los oídos, el dolor atravesándole el cuerpo en reiteradas puñaladas que le quitaban la respiración.
Cuando comenzó a vomitar; cuando su rostro se volvió blanco como la nieve, cuando terminó hecha un ovillo tembloroso en el suelo, creyó que una parte de sí moría con ella.
Y no entendía. No entendía por qué le afectaba tanto.
Siempre sintió una especie de atracción. Un aura enigmática que lo encantaba y lo obligaba a quedarse, a conocerla más.
Se acarició las yemas inconscientemente. Allí donde sintió la descarga. Aquel pequeño chispazo que lo desarmó y despertó un deseo profundo y desesperado en él. Quería ser su amigo, su confidente. Tener la misma confianza que le entregaba a Logan.
La conocía hace un par de semanas pero la apreciaba como a una vieja amiga de la secundaria. La prueba estaba que durante su confinamiento en la cueva no tuvo pelos en la lengua para confesarle parte de sus secretos. Cosas que prefería reservarse para sí pero con Lucía era diferente. Ella preguntaba y él se veía en la necesidad de hablar.
Una profunda angustia encontró cobijo en su pecho y el aire se volvió un bien preciado. Hizo amago de incorporarse cuando vio a Lucía abrir los ojos. Esa sutil acción lo llenó de vida y le hizo hormiguear el estómago. Se arrodilló junto a la cama y le dio la bienvenida con una sonrisa.
Una simple bocanada de aire irritó la garganta de Lucía. El pecho le ardió como si le estuvieran raspando con una lijadora. Comenzó a toser y al instante temió volver a vomitar. No creía soportar nuevamente que el ácido corroyera sus tejidos blandos.
Nico tomó el vaso ubicado en la mesita de luz y le dio de beber el líquido ambarino con ayuda de un sorbete. En cuanto lo ingirió, el fuego abrasador de su esófago se aplacó y dio paso a una frescura relajante.
Lucía dejó caer la cabeza en la almohada; un suspiro tortuoso escapando de sus labios hinchados. El plomo que cubría sus párpados y los obligaba a mantenerse cerrados, cedió un breve instante y le permitió ver el rostro del desconocido. Nico.
Su cuerpo entero imploraba por la presencia de Logan. Juraría que la tibieza en su rostro era el beso de su calor arropando su enfermizo cuerpo. Y, sin embargo, no le decepcionó en lo absoluto que Logan no estuviese allí, porque Nico era todo lo que necesitaba también.
—Hola... —murmuró con voz ronca.
Nico esbozó una sonrisa radiante. El corazón se le agitó de pronto y una sensación cálida y acogedora lo recorrió de pies a cabeza.
—¿Cómo te sientes? —Le tomó la temperatura con la mano. No había fiebre pero eso no significaba que su cuerpo no estuviese recuperándose de los daños. Había un agente extraño en su espalda; una marca que seguía latente, luchando contra lo impuro de su dueño, buscando sobrevivir.
—Me... —Bastó un movimiento de su parte para que lo irritado de su piel marcada ardiera. Oleadas repentinas de dolor la asaltaron sin previo aviso y la hicieron doblar los dedos.
Nico le tomó la mano por inercia; sus dedos envolviendo los de ella, deseando poder absorber el dolor que la agobiaba.
—Está bien, está bien —repite en voz calma y pausada, buscando convertirse en un susurro arrullador que la calmara—. Estoy aquí.
Se mordió la lengua al decir aquello. ¿Qué tanto podría querer que él estuviese allí en lugar de Logan?
Convino en que era mejor llamar a Logan y dejar que él se encargara de la situación cuando, de pronto, Lucía presionó su mano y lo arrastró de regreso con ella.
—No... —jadeó—. No te... vayas.
Nico se acomodó junto a la cama y le acarició el cabello. La yema de su pulgar deslizándose por la piel de su frente, relajándola.
—No lo haré si tu no quieres.
Ella tragó duro y las palabras demoraron un tiempo prudencial en salir. Sentía que la bilis se había alojado en sus cuerdas vocales. Hablar significaba expulsar gotas de ácido contra su garganta.
—¿Y Belén? ¿Cómo está ella?
—Recuperándose. —Omite todo lo relacionado a que la Academia estuvo a punto de convertirse en cenizas—. Creo que ya pudo levantarse.
—Bien —sonrió débilmente y sus párpados tiraron hacia abajo en contra de su voluntad.
—Duerme si quieres. Yo estaré aquí...
—Gracias.
Nico contempló el rostro de la joven. Se preguntó si aquello que él veía en ella, lo que sentía, era igual a lo que Lucía vio en él cuando estuvieron en la cueva.
—Tú cuidaste de mí... Ahora yo cuidaré de ti.
☽ ☾
La falta de sueño estaba pasándole factura a Nico. No había pasado una buena noche y todo se complicó cuando escuchó los desgarradores gritos de Belén y Lucía. Sin embargo, estar junto a Lucía; saber que estaba bien y recuperándose, le aligeró el peso sobre sus hombros y se quedó dormido al borde de la cama.
Estaba sumido en un sueño profundo cuando recibió un mensaje por parte de Grover. Lo necesitaban en el campo de entrenamiento.
Miró el reloj en la pantalla. Había logrado pasar desapercibido por dos horas pero era lógico que tarde o temprano se darían cuenta de su ausencia.
Le preocupó dejar sola a Lucía, después de todo le prometió a Logan que cuidaría de ella.
Sus manos todavía seguían unidas y al separarse un vacío existencial se apoderó de él. No quería alejarse.
Era extraño pero desde el incidente en la cueva una parte de él no quería separarse de ella.
Disfrutaba de verla. De poder estar a su lado aunque no se hablaran.
Salió al pasillo y se cruzó con Sóter. El joven rubio se sorprendió de encontrarlo allí.
—¿Qué no deberías estar entrenando? —Su voz ruda y autoritaria le recordó a la de su padre.
—Debía vigilar a Lucía —respondió sin titubear—. Ya tengo que irme así que tienes que cuidarla.
—¿Yo?
—Sí, tú. Alguien debe quedarse con ella para cuidar que nada malo le pase. ¿Puedes con esa simple tarea o debo llamar a alguien experimentado?
Sóter arrugó la nariz con desagrado. Odiaba que lo pusieran a cuidar enfermos pero más odiaba que dudaran de sus capacidades.
—Claro que puedo. Ve tú a hacer el trabajo para el que se supone fuiste entrenado.
Nico sintió la patada en el vientre. Ser guardián y trabajar en el archivo no era muy bien visto que digamos. Si bien era un puesto privilegiado, no era sinónimo de Guardián.
Los guardianes entrenaban y formaban a los semidioses, no pasaban las horas sentados frente a un escritorio catalogando denuncias y derivando escuadrones de rescate o ataque.
No dijo nada y se perdió en el pasillo.
Antes de salir por la puerta descubrió a su padre a mitad de camino.
—¡Padre!
James se detuvo en seco. Al volverse Nico percibió un cambio notorio en la forma en que su padre lo veía. Hasta hace unos días podía sentir el orgullo manando de sus ojos café, ahora veía un vacío y frío gélido.
—¿Padre? —musitó, atónito—. ¿Qué...? ¿Qué haces aquí?
Su padre guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón. Soltó un suspiro cargado de rabia; sus ojos brillantes como las brasas del fuego.
—Debería estar en el campo de entrenamiento pero curiosamente descubrí que mi hijo no estaba allí.
La rudeza de sus palabras le quitó el habla. Pudo contra Sóter pero no podía enfrentar a su padre.
—Yo... Estaba cuidando a Lucía.
—Eso podría haberlo hecho alguien más. Tu deber era estar en el campo.
—Lo... Lo siento —balbuceó. La ira contenida en las pupilas de su padre le quita el aliento.
—Lamentarlo no arregla las cosas, Nicolás. Ya deberías saberlo.
—¿Por qué me hablas así? ¿Qué hice ahora?
Vio a su yo de trece años; la presión de las lágrimas contra sus cuencas enrojecidas. La decepción plasmada en el rostro de su madre, aislada en un rincón de la sala con la mano cubriéndose el rostro. Y a su padre. El mismo rostro de ahora, las venas sobresaliendo de su cuello, el frío del castigo posado en su mirada.
—¿Qué, qué hiciste? Lo arruinaste todo. Otra vez. —Espetó. La desilusión, la rabia de saber que su propia sangre había puesto en ridículo a su familia. ¡Su apellido! El que creyó que nuevamente volvería a hacer historia, se revolcaba en el chiquero—. ¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudiste rehusarte a quitarle la marca a Miranda?
Los ojos de Nico se ampliaron con sorpresa. ¿En verdad Miranda se había encargado de contárselo a todo el mundo? En cierta forma era muy propio de ella ventilar secretos, mayormente cuando no eran los suyos o cuando intentaba sacar ventaja sobre otros. Pero creyó que algo tan personal como aquello permanecería en secreto. Mejor dicho, buscarían la forma de maquillarlo para no hacerlo ver como un insensible y empático.
—¿Cómo lo sabes?
—No importa cómo lo sé. Lo que quiero saber es por qué. ¿Por qué haces algo como esto? Decías que era tu mejor amiga, que estabas feliz de volver a estar con ella, ¿y le pagas de esta forma?
—Es que tu no...
—¡Me importa un bledo lo que haya pasado entre ustedes! —vocifera hasta hacer temblar los huesos de Nico—. ¿Quieres que este mundo sea un lugar mejor? ¡Entonces coopera y no te comportes como un completo estúpido!
Si pudiera decirle la verdad. Si pudiera confesar en voz alta la razón que lo obligaba a rechazar la petición de Miranda, lo entendería.
Lo vio marchar hacia la salida. Y así como así las palabras brotaron de su boca sin filtro.
—¡Lo intento!
James se detuvo y soltó un inconfundible suspiro cargado de frustración.
—Realmente intento ser bueno; rendir honor al apellido, pero nada de lo que haga parece ser suficiente.—Las lágrimas corroen los ojos de Nico y le provocan un ardor atroz. Se rehusaba a llorar frente a su padre y el esfuerzo le estaba costando la vista.
—Cosas como esta demuestran lo contrario.
Nico buscó en los cansados ojos de su padre aquello que tanto anhelaba y que aparentemente habían borrado con descaro.
—¿Alguna vez me quisiste? Tú y mamá. ¿Me quisieron?
James ladeó la cabeza y se frotó la sien.
—Nicolás, no empieces con tus cosas.
—Es cierto. Tú nunca me quisiste —interrumpe. Una desolación tremenda se asienta en su pecho y cala hondo en sus entrañas—. Aprovechaste la oportunidad para despegar de nuevo el apellido Cerberus. Por eso le pediste a Hades que me reviviera. No querías darle el lugar a alguien más porque sería demasiada humillación.
James frunció el ceño.
—¿De qué estás...?
Oyeron un golpe sordo y seco. Cinco latidos después volvió a suceder. Nico se aproximó a la ventana pero no vio nada fuera de lo normal. El teléfono de James empieza a sonar y la preocupación se palpa en el ambiente.
—¿Qué pasa? —preguntó su hijo.
—Quédate aquí —ordenó—. Busca a Lyla y quédate con ella pase lo que pase.
Otro golpe como el eco de un trueno lejano. Aquello puso en alerta máxima a James, quien corrió hacia la salida a toda velocidad.
—¡Protégela!
Nico no entendía qué estaba pasando y tampoco creía tener tiempo de descubrirlo. Hizo lo que su padre le ordenó y se atrincheró en el cuarto junto a Lyla.
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