☾apítulo 11
Antes de llegar al dormitorio de Lyla oyeron desde el pasillo los gritos de Joanna.
Josh fue el primero en entrar. Hécate contemplaba la situación con desasosiego mientras veía como una iracunda Joanna criticaba el accionar de una de sus sacerdotisas.
En cuanto se percataron de la presencia de alguien más, Joanna se volvió con sus ojos inyectados en sangre para destilar un poco más de veneno.
—¿Qué haces aquí? —le reprochó al joven—. ¡Deberías estar entrenando!
Su idea era permanecer junto a Lyla durante la inspección de Hécate. La conocía y sabía que si la ponía nerviosa realizar un simple hechizo, el que observaran con ojo clínico su técnica, sería una pesadilla. Sin embargo, su cerebro se desconectó y ya no podía pensar en algo ingenioso que le permitiera excusarse del entrenamiento y permanecer junto a Lyla. En eso, Lucía y Belén aparecieron seguidas por Logan y Ethan.
El rostro de Joanna se transformó en una gigante roja. ¿Por qué estaban todos ahí y no entrenando como deberían?
—¡Estamos esperando por usted! —respondió Lucía rápidamente, intentando sonar lo más lamebotas que pudiera. Endulzarle un poco la oreja le bajaría los humos y sería una presión menos para Lyla—. Grover nos entrena a su manera pero no se compara a como usted lo hace. ¿Puede volver?
Joanna se mostró gratamente sorprendida que ni siquiera supo qué hacer. Ganarse la confianza de la diosa implicaba que, en un caso de emergencia, Hécate podría acudir a los Págoni para que protegieran a sus sacerdotisas. Pero el que sus estudiantes estuvieran ansiosos porque ella siguiera entrenandolos era un sentimiento sumamente halagador y de orgullo propio.
—De acuerdo, iré en un instante. Ustedes vayan y díganle a Sóter que continúe.
—Pero...
—Ahora necesito atender un tema igual de importante. —Se vuelve en dirección a Lyla y su rostro se transforma en el de una harpía—. ¿Si entiendes que varios de estos ingredientes fueron difíciles de conseguir, cierto?
Lucía miró hacia la mesa que Joanna apuntaba con su perfecta manicura roja. La misma estaba repleta de hierbas y sustancias enfrascadas.
¡Era cierto! Aquella mañana le pareció escuchar de boca de Grover que se lograron reunir todos los ingredientes para el hechizo. El tiempo estipulado de dos semanas se prolongó a tres. No obstante, pese a las impresionantes habilidades de los semidioses que se embarcaron en la aventura de conseguir los materiales, los mismos no eran suficientes. A lo sumo le alcanzaría para traspasar unas cuatro o cinco marcas. Y, dado el rostro atemorizado de Lyla, no había lugar para el ensayo y el error. Debía hacer todo perfecto a la primera.
—No puedes decirnos que necesitas tiempo para practicar el hechizo. —continuó Joanna—. ¡Ya deberías saberlo! Se supone que eres una hechicera.
—¡Lo soy! Es que...
—Es que creo que no eres tan buena como tu maestra creía. —Insinuó y se cruzó de brazos. Desde que la vio supo que no era una hechicera. Le faltaba mucho camino por recorrer y esta era la prueba que necesitaba para hacerle entender al Consejo que necesitaban buscar a alguien más.
—Mezclar ingredientes es un arte —intervino Hécate con voz apacible—. Se debe hacer de forma correcta y en el correcto orden, de lo contrario el hechizo no saldrá. —Miró a Lyla y le enseñó una sonrisa amigable—. Entiendo que sientas miedo de equivocarte, pero no tienes nada que temer. Freya fue tu maestra y tienes su grimorio.
Lyla apartó la mirada. Sus mejillas rojas como el sweater que usaba.
Su maestra siempre le tuvo fe y depositó demasiada confianza en ella. Tenía miedo de defraudarla, en especial porque no era tan fuerte como todos creían.
—Freya grabó el hechizo en la mente de Lyla —Lucía se acerca a la joven y le da un apretón de confianza en los brazos—. Al perder esos recuerdos tuvo que empezar de cero. Es entendible que se sienta nerviosa.
—Si tuviera las aptitudes necesarias no le sería difícil.
—Coincido con la hija de la Moira. Lyla tiene un increíble potencial y dadas las circunstancias es entendible que esté nerviosa. —interviene Hécate para taparle la boca a Joanna—. Si lo deseas, puedo ayudarte.
Lyla se mostró tan asombrada que perdió el habla. Trabajar a la par de Hécate era un privilegio que no todas las sacerdotisas podían presumir. Sus conocimientos eran bastos (ella era la magia misma). Tenerla como aliada aligeraría mucho más las cosas. Al terminar el día tendrían los brebajes listos y a varios semidioses libres de marcas. Sin embargo, algo en su interior le advertía que dejarse ayudar por Hécate era sinónimo de fracasada.
Su razonamiento era absurdo pero no podía dejar de pensar en ello. Si permitía que la diosa interviniera, ¿en dónde quedaba la confianza que Freya le concedió?
Freya la escogió a ella. Ella es quien debe hacerse cargo del hechizo.
No Hécate.
No cualquier hechicera.
Ella. Lyla Henning.
Hécate se aproximó al grimorio ubicado en el pedestal. Elevó la mano por encima del libro y eso bastó para que las páginas avanzaran impulsadas por una brisa fantasma. Al detenerse en el hechizo de remoción de marcas, Lyla engendró un deseo incontenible de arrebatarle el libro.
«Mío. Mío. ¡MÍO!».
Le quitó el libro y en el proceso, el chirrido que se oyó fue el de sus uñas arañando la madera. Pequeños surcos quedaron impresos en el pedaste junto con un pequeño trozo de uña que salió despedido.
Lucía saltó en su lugar y sintió terror al ver el rostro de Gollum que ensombrecía las facciones de Lyla.
Joanna soltó una reprimenda hacia la joven pelirroja pero ella lucía perdida en sus pensamientos. Veía a Hécate con recelo y su mirada despedía un odio infinito.
No fue hasta que Lucía le tocó el hombro que pareció recobrar parte de la cordura. Pestañeó varias veces y vio como todo mundo la observaba. El corazón se le aceleró de pronto pero sus manos estaban renuentes a dejar que alguien más viera el libro.
—Lo siento... Yo... —balbuceó—. Puedo hacerlo. Solo... necesito tiempo.
Joanna insinuó cuán descortés y maniática estaba siendo, cuando Hécate levantó una mano para pedirle a la guardiana que hiciera silencio.
—Está bien, Joanna. Una buena hechicera sabe cuándo pedir ayuda. Si mi joven sacerdotisa dice no necesitarla, es porque no la necesita. —Se gira hacia Lyla y apoya las manos en sus hombros—. Freya estaría muy orgullosa de ti.
Josh notó la mecha de la compulsión en los ojos de Lyla. Su mente arrastrada por el deseo incontenible de alejarse de todos y llevarse el grimorio consigo.
La Lyla de antes habría sentido vergüenza de pedir ayuda, pero esta nueva versión —mucho más egoísta y avara— la estaba dejando en ridículo frente a todos. Hécate debía ser una persona muy paciente y considerada como para no mandarla a freír espárragos.
Lyla le confesó una vez que se había encontrado a sí misma. Si este era su verdadero yo, vaya desilusión.
Hécate se despidió de los presentes y ante cualquier cosa le recordó a Lyla que podía pedir su ayuda. Joanna se encargó de escoltarla y en el trayecto le ofreció sus más sinceras disculpas por el comportamiento exacerbado de la joven hechicera.
En el cuarto, Lyla siguió comportándose de igual forma. Manteniéndose alejada de todos y prohibiendoles acercarse al libro.
«Es mío. Solo mío».
—¿No deberían ir a entrenar? —insinuó en un tono de voz bastante despectivo.
Josh soltó un suspiró y meneó la cabeza.
—Sí. Ya perdí bastante tiempo. —Salió sin decir más nada y se vio acompañado por Ethan y Logan.
Belén y Lucía se quedaron atrás, observando a una nueva versión de Lyla que apenas estaban conociendo. Belén sintió lástima por la pobre. Tantas inseguridades y responsabilidades le hicieron perder la cabeza.
Antes de que pudieran irse o decir algo siquiera, Joanna entró nuevamente en la habitación con los ojos echando chispas. Se acercó a Lyla y poco le faltó para que la abofeteara.
—¡Más te vale hacer bien las cosas! Tienes tiempo hasta esta noche o de lo contrario buscaré a alguien que te reemplace.
—El grimorio es mío —siseó.
—Adelante, sigue en esta postura y verás cómo los dioses te castigan por ello. No les temblará la mano a la hora de convertirte en polvo si con eso consiguen liberar a miles de semidioses marcados.
Lyla pareció flaquear en su faceta de chica mala. Se encogió de hombros y en sus pupilas se leyó el terror.
Joanna apoyó un dedo en el grimorio y empujó con fuerza, desestabilizando a Lyla y provocando que casi cayera de espaldas.
La guardiana salió por la puerta y desde el pasillo gritó:
—¡Hasta la medianoche de hoy!
Lucía se aproximó a Lyla. Se veía como si hubiera consumido una gran cantidad de alcohol y ahora todo su mundo empezara a distorsionarse a su alrededor.
—¿Lyla?
—Necesito... —Hace una pausa. Pierde el equilibrio y se apoya sobre el borde de la mesa, aplastando algunas hierbas. El grimorio cae al suelo y el ruido les hace doler los oídos—. Necesito estar sola...
Ni Belén ni Lucía se quedaron para ayudarla. Cumplieron con su pedido y la dejaron sola.
Acotada por el límite de tiempo, Lyla realizó el brebaje que deberían ingerir los interesados en postularse como huéspedes de las marcas. Confiaba en que había hecho un buen trabajo pero una sensación amarga en el estómago le impedía sentirse cien por ciento satisfecha. Como si supiera que algo malo ocurriría.
Ya que Joanna debió regresar a su academia (cosa que Lyla agradeció infinitamente) Kumiko se presentó en su lugar para comprobar el hechizo.
Una falla e irían en busca de otra hechicera.
No era lo más recomendable pero si Lyla no estaba capacitada para la tarea, alguien más ocuparía su lugar.
Las chicas se habían reunido en el cuarto de la joven sacerdotisa. La primera y más interesada en deshacerse de aquel tatuaje era Miranda. Ya quería entrenar sin restricciones. Grover le comentó de algunas habilidades que poseía y moría por aprenderlas. Por su parte, Zoe, Belén y Jennifer también estaban deseosas por quitarse aquella cosa de encima. Principalmente porque no querían ser poseídas por nadie.
—¿Quiénes serán las primeras?
Miranda alzó la mano con notable entusiasmo y tomó asiento en la silla. Clarisse se postula como la huésped de la marca de la noche y toma asiento en la silla contigua.
Lyla le ofrece el tazón con agua de color dudoso a la joven rubia. Ella lo toma entre sus manos y traga duro antes de ingerir la sustancia maloliente.
El sabor no era tan malo como pensaba, pero la textura era extraña y llena de grumos.
—Necesito que la sostengan —dice Lyla, señalando a Clarisse.
Annabeth y Kumiko se ofrecen para dicha tarea y la toman por cada brazo.
—¿Tienes algo para los dientes? —Le pregunta Clarisse a Lyla, rememorando el dolor que experimentó Josh.
Lyla le ofrece un mordillo y se lo coloca en la boca. A continuación, repasa los bordes del tazón bañando sus manos en el brebaje. Recita un encantamiento en voz baja y al terminar deposita ambas manos sobre la espalda descubierta de Clarisse.
—¿Lista?
Ella asiente, preparándose mentalmente para lo que vendrá a continuación.
Lyla comienza con el hechizo y Annabeth se deleita con su perfecto griego antiguo. Los primeros dolores se gestan en Clarisse, y Miranda sigue con el efecto dominó. Ambas se quejan y retuercen. La marca en forma de medialuna en el hombro de Miranda comenzó a brillar cual brazas en una fogata: se prendió pero jamás llegó a convertirse en fuego.
El tatuaje permaneció en Miranda, renuente a abandonarla. Lyla prosiguió con el hechizo, su frente fruncida y sudorosa evidenciaba cuán decidida estaba en acabar. Fracasar no era una opción y no pararía hasta haber traspasado el tatuaje. Sin embargo, en su empeño por no fallar olvidó lo principal: Miranda y Clarisse.
Agonizaban de dolor. La sangre les burbujeaba y sus cerebros parecía ser comprimidos por una prensa.
Annabeth observó a su amiga y temió por su dentadura. En cualquier momento el mordillo se partiría en dos y trozos de diente saldrían despedidos por los aires. Por su parte, Jennifer se ocupó de recoger en un latón el vómito de Miranda. ¿Aquellas pintitas rojas eran sangre?
—Deben parar —insinuó Jennifer con clara preocupación.
—¡Detente! —ordenó Kumiko en dirección a Lyla—. ¡AHORA!
Un ligero golpe en la mandíbula la obligó a parar. Retrocedió tambaleante, casi que despertando de un trance hipnótico. Clarisse escupió el mordillo y se desplomó inconsciente en el vientre de Annabeth. La hija de Atenea la tuvo entre sus brazos y examinó lo afiebrado de su rostro. Estaba completamente empapada en sudor y una ligera gota de sangre escapó de uno de sus orificios nasales.
—¿Esto es normal?
Miranda cayó de rodillas al piso sosteniéndose el abdomen. Jennifer le sostuvo el cabello mientras la oía vomitar.
—No entiendo, debería haber funcionado.
—Claramente no lo hizo —evidenció Kumiko, molesta por el comportamiento irresponsable de la hechicera—. Casi las matas.
Lyla amplió los párpados al contemplar que pudo ser capaz de asesinarlas.
No. Jamás. Ella nunca les haría daño. ¿O sí?
—Explícame por qué no funcionó —le ordenó la guardiana.
Lyla se frotó los dedos nerviosa. El ver a ambas jóvenes en aquel estado le entorpece el pensamiento.
—Yo... No sé. En Logan y Josh funcionó.
—Pronunciaste un excelente griego —acotó Annabeth para hacerla sentir un poco mejor, pero su intento por apoyarla le dio el pie a Kumiko para desarmarla.
—Entonces fue la preparación de los ingredientes. No lo hiciste correctamente.
—¡Sí lo hice!
—Sí así fuera hubiera funcionado. —apuntó—. Fallaste, Lyla Henning. Mañana el Consejo se reunirá y buscará un reemplazo para ti.
Lyla protestó pero nada de lo que dijera haría cambiar de opinión a Kumiko. La guardiana ordenó que llevaran a Clarisse y a Miranda a sus habitaciones. Descansar era lo que necesitaban para recuperar fuerzas y sanar las heridas internas que el hechizo les provocó.
Lyla apoyó sus temblorosas manos en las sienes. Su rostro lo decía todo.
Caminó hacia la mesa donde descansaban los pocos ingredientes que le quedaban. La primera vez trituró demasiado fino las escamas de hipocampo, provocando que perdieran sus propiedades. La segunda vez lo hizo perfecto.
¿Por qué no funcionó?
—No lo entiendo —su voz trémula evidenciando cuán ansiosa y fracasada se sentía—. Trituré bien las escamas, mezclé los líquidos como decía, pesé cada ingrediente sin pasarme un gramo. —golpeó la mesa para liberar la frustración—. ¡¿Por qué no funcionó?!
—Está bien, cálmate —dijo Jennifer—. Encontraremos una solución antes de que sea tarde.
Lyla había comenzado a llorar y no paraba de limpiarse las lágrimas. El saber que falló, que le falló a Freya, la estaba consumiendo por dentro.
«Perdón». Mandó un mensaje mental a su maestra.
El pescado estaba vendido. No había marcha atrás. Buscarían su reemplazo y seguramente quien viniera sería mil veces mejor que ella.
—Quizás... —pensó rápidamente Annabeth—. ¿Por qué elegiste a Josh en primer lugar?
Lyla sorbió por la nariz y se quitó el pelo húmedo de la cara. Apoyó las manos en la cadera y respondió:
—Yo no lo hice. Mi maestra me dijo que lo hiciera.
—¿Por qué?
—No lo sé, no pregunté.
El cerebro de Annabeth comenzaba a atar cabos sueltos y antes de que pudiera decir algo, Lucía le leyó el pensamiento.
—Porque son amigos —concluyó con el rostro pensativo. Miró a los presentes y Annabeth era la única que la comprendía—. ¿Y si es eso? ¿Y si para quitar la marca ambas personas deben tener un lazo especial?
—Eso explicaría el por qué funcionó en Logan y Josh.
Miranda tosió un par de veces. El retrogusto del vómito sumado al ardor en su esófago hacían que hablar fuera una tarea casi imposible.
—¿Qué tipo...? —tosió—. ¿Qué tipo de conexión?
Lyla se frotó un dedo contra los labios, pensativa.
—Supongo que cuanto más fuerte, más efectivo. La magia no discrimina entre amistad, amor u odio. Con que ambas personas tengan una conexión lo bastante fuerte, funcionará.
—¿Funciona sí yo lo quiero y él me odia? —esboza una débil sonrisa. Su cuerpo empieza a levantar temperatura y la somnolencia tira de sus párpados—. Porque eso es lo que Nico siente por mí...
—No digas eso. Tal vez está dolido pero dudo que pueda odiarte—responde Belén para consolarla.
—Si quieres puedo hablar con él —se ofrece Lyla—. Yo, hum, puedo percibir las emociones de las personas. Sabré si él siente algo igual de intenso como tú ahora...
Todas guardan silencio y se muestran impresionadas.
Las mejillas de Lyla arden al percibir las emociones que van dirigidas a ella.
—Sé que Annabeth y Clarisse tienen una buena conexión. También Belén, Jennifer y Lucía —confiesa y nadie se muestra en desacuerdo.
Acuerdan que Lucía reciba la marca de Belén y Nico la de Miranda. Según la joven, el lazo que tenía con Nico no lo tenía con ningún otro.
—Hablaré con Nico y lo convenceré de hacerlo. No creo que se niegue.
—¿Y qué hay del resto? —cuestionó Jennifer.
—Puedo buscar en los demás un lazo. Sé cómo hacerlo.
Zoe se mordió el pulgar y apartó la mirada. Ya sabía que Lyla no encontraría a nadie para ella. La única persona que podría ayudarla estaba muerta.
—¡Ya lo tienes! —chilló Belén de felicidad—. Hablemos con Kumiko para que no te saquen.
—Yo... No sé. Es solo una teoría...
—¡Deja de victimizarte! —gruñó Miranda desde el suelo—. Esto era lo que te faltaba. Ya lo tienes. Ahora, ¡hazlo!
Lyla contempló los materiales y luego al grupo. Estaba ansiosa, nerviosa y entusiasmada. Todo al mismo tiempo. Sus manos deseaban empezar de una vez y la chispa en su interior se agitó al saber que la magia se aproximaba.
Lucía vio una chispa brillar en el jade de los ojos de Lyla.
—Necesito hacer más brebaje. Pero necesito tiempo si quiero hacerlo perfecto.
—Muy bien —accedió Lucía—. Hazlo y cuando termines llámanos a mí y a Belén.
—De acuerdo.
Las chicas se ocuparon de llevar a Miranda y Clarisse a sus respectivas habitaciones, mientras Lyla volvía a coger la confianza perdida. Era su oportunidad de demostrar que sí podía.
«No la defraudaré, maestra».
☽ ☾
Zoe se despertó en medio de la noche con una sensación de vacío en el vientre. No era hambre, sino algo mucho más profundo que no llegaba a comprender del todo.
El vidrio de la ventana estaba empañado y apenas podía distinguir las diminutas estrellas brillando en el firmamento.
Miró el reloj despertador y descubrió para mal que en hora y media debía levantarse. Estaba tan cansada que solo quería quedarse durmiendo. El entrenamiento la había dejado molida y su rutina de sueño sufrió de alteraciones por culpa del hechizo de Lyla.
No es que no quisiera quitarse el tatuaje, lo deseaba con toda el alma. Pero el desenlace fue inconcluso y si las teorías eran ciertas, nadie de allí podría ayudarla. Estaría estancada con esa marca por el resto de su vida... O hasta que aprendiera a lidiar con sus emociones.
Cerró los ojos y apretó los párpados con fuerza. La cabeza le daba vueltas.
Intentó dejar de pensar; desconectar su cerebro y volver a dormir pero el dolor era intenso y penetrante.
Se sentó en la cama y se presionó las sienes. La piel de su rostro se sentía tirante y reseca. Incluso la suavidad del pijama se sentía extraña contra la piel de sus piernas. Una sensación de picor la invadió de principio a fin. Rascó un poco por debajo del pijama y en la penumbra descubrió los arañazos blanquecinos sobre su piel oliva.
Y aún así, a pesar de lo seca que traía la piel, era como estar envuelta en plástico de tan pegajosa que se sentía. La mejor solución que encontró fue una ducha bien fría.
Se quitó la ropa y en ambas oportunidades tuvo que sostenerse del lavabo. Sentía que estaba montada sobre un carrusel. Iba lento, muy lento, pero el movimiento era constante y nauseabundo.
Cuando abrió el grifo dejó que el agua corriera por su cabeza y se fuera deslizando por su espalda.
Tomó asiento en el frío suelo y dejó que el agua corriera. Su piel latía agradecida al compás de las gotas. Su sistema entero ansiaba la sensación y frescura del agua, como las plantas imploraban por la luz solar.
Era combustible, alimento. Se sintió delirar. Una sensación placentera y excitante que la consumía de pies a cabeza. Quería más. Deseaba más. No se sentía del todo satisfecha. Había algo que no cuadraba, que le impedía sentirse plena.
El vacío resurgió y sus puños golpearon el suelo de azulejos con ira.
Su cuerpo le pedía más; podía percibirlo en sus trémulos miembros. Pero lo que quería, lo que realmente necesitaba, no estaba allí. Y tampoco entendía lo que era.
Se devanó el cerebro tratando de pensar qué era eso que necesitaba con tanto apremio, hasta que la máquina en su mente se fundió. Hizo cortocircuito y ya no quiso pensar más.
Permaneció sentada con los ojos cerrados por lo que parecieron horas. Cuando el dolor de cabeza se aplacó, salió de la ducha. La textura de su piel cambió ligeramente pero la tirantes parecía renuente a abandonarla.
Al entrar en el cuarto una leve luz azul se colaba por la ventana. Comenzaba a clarear y eso era sinónimo de entrenamiento.
Gruñó por lo bajo. Estaba comenzando a experimentar el mal humor y eso no era bueno para nadie, ni siquiera para ella.
Quiso aventarse sobre la cama y dormir, pero la rutina mal acostumbró a su estómago y moría de hambre. Se preguntó si hoy también harían panqueques con arándanos.
Mientras terminaba de secarse el pelo y fantaseaba con un desayuno digno de la realeza, un coro de gritos la hizo aullar espantada.
Salió de la habitación y corrió por el laberinto de pasillos hasta llegar a la casa de los gritos: el cuarto de Lyla.
Abrió la puerta de un empellón y descubrió el caos mismo.
Lyla estaba con las palmas abiertas y cubiertas de baba verde. Su expresión contrariada desencajó a Zoe. ¿Quería saltar de la emoción o llorar por lo que acababa de hacer?
Grover estaba en bata y sostenía el menudo cuerpo afiebrado de Belén. Parecía que deliraba porque sus párpados aleteaban mientras sus labios pronunciaban incoherencias.
Pequeñas bolas como soles diminutos se gestaban en las palmas de sus manos y desaparecían casi de inmediato.
Los pantalones de Grover, hechos de fina seda, presentaban agujeros humeantes y la piel que había debajo no estaba exenta de quemaduras.
Josh cubrió la frente de Belén con un paño húmedo y de inmediato Grover la cargó en brazos.
Los poderes de la hija de Apolo estaban fuera de control, o tal vez, en su fantasía febril, imaginaba que estaba en una guerra y debía defenderse.
Agradecía que estuviese lo bastante ida como para evitar una masacre a nivel mundial.
Salieron de la habitación a toda velocidad. Zoe se hizo a un lado y apenas pasaron junto a ella percibió una oleada de intenso calor veraniego. Miró a las piernas de Belén y poco a poco la tela de sus pantalones desaparecía bajo una brillante capa de fuego ambarino.
¿Se estaba prendiendo fuego?
Grover gritaba como loco así que asumió que nada bueno podía salir de todo esto.
Alguien la pechó por detrás. Alex entró en la habitación preguntando qué estaba ocurriendo. Salió al pasillo y escuchó los gritos de Grover. El intenso calor acogido en las cuatro paredes le hizo dar cuenta que se trataba de Belén.
El deseo de ir tras ella y ayudarla fue más fuerte que cualquier otra cosa en el mundo.
Zoe lo vio irse, guidado por una fuerza magnética que lo mantenía unido a Belén.
No sabía qué sentir al respecto. Ni siquiera sabía qué sentía respecto a Alex.
Observó el interior de la habitación y se quedó allí de pie, viendo la escena sin saber qué hacer.
Lucía estaba en el suelo hecha un ovillo, y aquello que sobresalía por debajo de su cuerpo era vómito. Un gran charco de vómito.
Al no tener más comida que expulsar, su cuerpo la estaba haciendo escupir un líquido amarronado.
Nico le ordenaba a Logan que la pusiera en posición horizontal para evitar que se ahogara.
Lucía no dejaba de temblar; sus ojos en blanco.
Lyla buscaba algún encantamiento que pudiera ayudarla al tiempo que Logan le imploraba porque hiciera algo.
Clarisse, Annabeth y Luke entraron de súbito en el cuarto. Zoe vio el rostro nauseabundo de Luke al percibir el fuerte aroma a vómito. Sin embargo, logró recomponerse y a diferencia de ella preguntó en qué podía ayudar.
Jennifer apareció justo cuando Grover volvía de regreso.
Matt salió de la misma dirección que Grover. Por lo revuelto de su pelo y el sudor que corría por su rostro, Zoe asumió que había estado con Belén.
Matt le pidió a Jennifer que la acompañara, ya que ella era la única que podía tocarla sin sufrir quemaduras.
—¡Logan! —gritó Grover. Su bata se convirtió en un saco y el pijama casi ni existía. Traía parcialmente el torso al descubierto y varias ampollas le cubrían el pecho y el abdomen—. ¡Vienes conmigo!
Logan se mostró sorprendido.
—Tengo que ayudar a Lucía —replica, abrazando aún más a la joven, renuente a soltarla.
—Tú eres el único que puede ayudarnos a aplacar el poder de Belén.
—¡No puedo!
—¡O vienes o todo mundo en esta academia sabrá lo que es pasar junto al sol!
No quería dejarla pero la temperatura comenzaba a subir. Pronto, Belén se convertiría en una estrella y haría estallar toda la academia.
Debía hacer algo.
Logan sintió una leve presión en el hombro. Atticus le miraba con convicción.
—Yo la cuidaré.
Logan le agradeció con la mirada. Le cedió su lugar y salió de la habitación con Grover.
El revuelo hizo que más personas se despertaran y pronto todo mundo estaba haciendo algo por ayudar.
Kumiko llegó al último, sólo para descubrir que el hechizo había funcionado y su academia estaba al borde de la extinción.
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