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XXI



Regresaron por el mismo portal que habían empleado la primera vez. Siempre se mantuvieron alertas, sin embargo, ni arpías o cíclopes, siquiera Hipnos aparecieron. Resultó extraño pero no había tiempo para cuestionar nada. El solsticio de invierno entraría en vigencia a las 2:07 de la madrugada del 22 de junio. Tenían poco menos de 20 horas para llegar a su destino.

El intento de Circe por retrasarlos los había ayudado de cierta forma. Recorrieron medio día las carreteras de Luisiana hasta una estación de autobuses, la misma que Lucía había googleado horas atrás. Sacó los pasajes y casi de inmediato abordaron con destino a los pantanos de Nueva Orleans.

Desperdigados por todo el autobús Zoe optó por tomar el único asiento libre junto a un desconocido. Gemma se le acercó para ofrecerle el asiento junto a ella, pero la joven lo declinó de la forma más amable posible.

Sus ojos hinchados y atormentados eran la prueba fehaciente de cuán miserable se sentía. No quería estar con nadie, al menos no por ahora. Sus amigos, conociéndola desde hace tiempo, le dieron el espacio necesario para que sus heridas sanaran. Aunque dadas las circunstancias la herida que había dejado Erick en su corazón jamás sanaría del todo.

Al tomar asiento Zoe apoyó la cabeza sobre el mullido almohadón, cerró los ojos y dejó escapar un largo y prolongado suspiro. Al abrir los párpados se encontró viendo el perfil de Logan. Sentado junto a Josh, ambos charlaban animosamente sobre trivialidades. La furia creció dentro de ella hasta el punto de dejar cuatro medialunas sangrantes en la palma de su mano.

Por culpa de su amigo había perdido a Erick... ¿O no?

Mientras más pensaba en el asunto su sentimiento de culpabilidad crecía el doble.

Por su afán de demostrar cuán poderosa era quiso entrar a la cueva. Por conocerla y por saber de lo quera capaz Erick decidió entrar para detenerla.

Había estado a una milésima de poder de acabar con Logan. En cambio, cuando intentó sacrificarse por el resto, Erick vio algo bueno en ella.

« Lucha, vive, nunca dejes de sentir y ten empatía por el otro»

Era una guerrera. Luchar era sinónimo de su nombre.

Viviría solo para ver un mejor mañana, pero... ¿empatía?

¿Por qué se había entregado en sacrificio en la cueva? Fácil, no quería que sus amigos murieron. No quería que Erick muriera. Sin embargo él murió; murió por ella. Porque creía en que podía cambiar, en que esta segunda oportunidad la transformaría en una mejor persona. Que vería sus errores, sus defectos y haría hasta lo imposible por cambiarlos hasta hacer de ella una heroína.

Pero no lo era. Era egoísta y solo pensaba en ella y en los suyos. Si hubieran estado Logan o Josh junto a ella en la cueva los habría dejado sin dudar.

«Promete que nunca me olvidarás»

Ni siquiera muerta podría olvidarlo. No obstante, recordarlo implicaba rememorar sus palabras; lo mucho que él creía en ella. Si hacía lo contrario, si continuaba por el mismo camino que transitaba, sería como traicionarlo.

¿Debería darle una segunda oportunidad a su medio-hermano? No, eso era demasiado, al menos por el momento. Empezaría por pequeñeces y dejaría eso para lo último. Todavía no estaba lista para perdonarlo, aunque no hubiera nada qué perdonarle.

Minutos antes de llegar a destino Sarah despertó a Lucía y se burló de la baba en su rostro.

—¡Malvada! —le atinó un golpe en el brazo, lo que provocó un mar de risas. De pronto las risas se volvieron una puntada en la base de su cráneo. La visión de uno de sus ojos se desvaneció por unos terribles segundos hasta que el atroz mareo que atacó su mente se desvaneció por completo.

—¿Estás bien? ¿Qué tienes? —preguntó Sarah con cierta desesperación mientras la sostenía del brazo.

—Yo... Sí, estoy bien— aunque ni ella misma estaba convencida de ello.

—¿Segura?

—Fue solo un mareo, descuida— intentó quitarle importancia al tema, pero conocía a Sarah y sabía que era difícil de engañar. Aun así ésta no dijo nada y se reservó sus comentarios.

Al bajar del autobús Sarah no se apartó ni un milímetro de su amiga.

El sol era apenas una línea anaranjada en el horizonte. Retazos de violeta y rosado pintaban el cielo del crepúsculo, al tiempo que pequeños destellos blancos manchaban el cielo con su tenue luz.

Deambularon por la frontera del pantano hasta mantenerse alejados de los ojos de los oficiales que custodiaban el lugar. El zumbido de los mosquitos se hizo presente apenas pusieron un pie en el pastizal.

—Maldición, malditos bichos— masculló Matt, golpeando su propio cuello para matar a los chupasangre voladores.

—Descuida— Josh pasó a su lado—, solo te quitarán un litro de sangre.

Matt entre paró y frunció los labios para expresar su fastidio.

—Esa broma no surte efecto dos veces.

—Díselo a tu cara— comentó entre risas Logan.

Mientras avanzaban sin rumbo aparente, Lucía percibía en su interior una energía misteriosa que la guiaba por el camino pantanoso. Parecía tener una cuerda rodeando su pecho, la cual permanecía tirante todo el camino y solo cuando se rehusaba a seguirla, jalaba con más fuerza hasta producirle migraña.

Desconocía qué ser o cosa producía semejante energía, pero estaba claro que se conectaba a ella. Sin embargo, tal fuerza presentaba sus debilidades, puesto que de a ratos la vista de su ojo izquierdo se nublaba. Era entonces cuando cazaba a Sarah por el brazo y ésta la sostenía con igual intensidad.

—¿Crees que algo malo esté por suceder?

—No lo sé— respondió una vez que logró recomponerse—. Alguien quiere mostrarme algo, puedo sentir su energía invadiéndome, pero solo consigue guiarme.

—¿Quién crees que sea?

—Alguien con mucho poder...

Llegaron donde un muelle y sobre el agua oscura un barco aguardaba por ellos. La madera crujía conforme pisaban los tablones, sin embargo, el muelle siguió en pie y les permitió abordar sin contratiempos.

Navegaron hacia lo que parecía era el norte. La luna reinaba en lo alto del cielo y su luz apenas era visible por las frondosas copas de los árboles.

Las aguas se presentaban tranquilas y llenas de plantas acuáticas que servían de refugio para las ranas. Algunos búhos ululaban y el aleteo de las aves montando vuelo apresurado les aceleraba el corazón.

Atticus dejaba que sus dedos floran por encima de la empuñadura de su espada. Al parecer no era el único que presentaba el mismo vicio. Todos estaban alerta, con los ojos mirando en todas direcciones, intentando descifrar si aquel aleteo era el de una arpía o aquella sombra en el agua era la de un monstruo. Por su parte, Gemma observaba a cada búho que se atravesaba en su camino, preguntándose en dónde estaría su madre... si es que había podido rastrearlos.

—¡Ahí!

Se volvió hacia adelante donde todo mundo miraba con detención. Aguzó la vista y cuando creó que empezaba a ver borroso entendió que no era su vista, era un campo de fuerza. Al atravesarlo una luz celeste recorrió la barrera invisible para darles la bienvenida. Acto seguido, la luz que abrazó el campo ahora se sumergía en el agua cual anguilas. Miles de rayos nadaban en el agua cristalina.

¿Cristalina?

Al subir la mirada el tosco pantano se había convertido en un bello paisaje de película. Sauces enmarcaban el cauce del río, jugando a mover las aguas con sus larga ramas, mecidas por la suave brisa del próximo invierno.

En lo alto del cielo la luna resplandecía magnificente y su luz guiaba su camino, hasta que una masa de rocas se interpuso en su camino. La madera del barco resonó al golpear la ladera de una montaña.

—Genial, más montañas—masculló Miranda.

Descendieron del barco, amarrándola a una roca con forma cilíndrica.

Mientras el resto tanteaba el terreno buscando los puntos fuertes para escalar, la cuerda que cinchaba del pecho de Lucía jaló con insistencia. Siguió la dirección indicada y allí, oculta tras una saliente, una escalera ascendía hasta lo alto de la montaña.

Se apresuraron a subir y en un instante la escena les robó el aliento.

Tras la montaña se ocultaba un gran valle rodeado de verdes árboles y aguas que resplandecían con una peculiar luz celeste. Una cascada le daba la bienvenida a los recién llegados.

En el centro un altar de piedra rodeado por columnas jónicas era el hogar de un inmenso sauce llorón.

—Impresionante— susurraron casi que al mismo tiempo todos, fascinados por la belleza que reinaba.

—¿Y cómo se supone que bajaremos?

No hubo cuerda que se moviera, simplemente lo sintió.

—Por ahí— señaló con el dedo un montículo de rocas apiladas.

Miranda frunció el ceño y arqueó una ceja. Caminó en la dirección indicada con aires de "¿me tomas el pelo?".

—¿En serio crees que aquí va a haber otra...?—enmudeció—. ¿Escalera?

Lucía apareció tras ella y le regaló una sonrisa de disculpas. Se escabulló por un costado y descendió por la escalinata, mientras Miranda seguía igual de atónita que antes.

—¿Cómo? —Esperó a que alguien más le respondiera pero todo mundo empezó a bajar. Algunos encogiéndose de hombros ante su rostro de incredulidad, otros mostraban su mejor cara de incertidumbre.

Bajaron por el costado de la cascada hasta tocar tierra. Una baranda de piedra un rato rehuía los invitaba a acercarse. La pintura blanca estaba algo descascarada y las esculturas de bellas mujeres en lo alto de la baranda habían perdida su cabeza.

Al mirar abajo Lucía comprobó sus sospechas: una pequeña escalera de cuatro escalones la conducían directo al agua.

Empezó a quitarse los zapatos cuando, para su sorpresa, fue Sarah quién la detuvo.

—¿Qué piensas hacer? —dijo, cazándola por el brazo.

—Voy a la isla. Ahí está la Flor.

—¿Y piensas ir en ese estado? —le increpó.

—¿Cuál estado? —quiso indagar Logan con una ceja levantada.

—¡Nada! —replicó Lucía para calmarlo. Hasta ahora había escondido bastante bien sus dolores. Volvió la vista a Sarah y fijó sus ojos en los de ella—. Cállate y suéltame.

—¿O si no qué?

—¡Miren!

Ambas miraron en dirección a Nate, quien apuntaba con un dedo al cielo. Allí, en lo alto de la bóveda celeste, la luna comenzaba a adquirir una tonalidad parecida al de las aguas del valle. El eclipse estaba pronto a suceder.

Lucía aprovechó el descuido de su amiga y se zafó sin problemas. Saltó directo al agua donde las nervaduras celestes la rodearon. Para su fortuna eran inofensivas. Echó a nadar directo a la isla y al llegar allí sintió como si toda la energía de su cuerpo hubiera sido consumida hasta casi drenarla por completo. A duras penas pudo subir a la plataforma, tuvo que subir gateando los escalones y un dolor punzante en su nuca la acompañó todo el trayecto.

Creyó oír la voz de Logan pero estaba tan cansada que hasta sus sentidos se habían dormido.

De pronto, cuando la luna se tiñó de azul y estuvo alineada perfectamente con la isla, un halo de luz descendió del cielo directo al Sauce. La luz atravesó su frondosa copa, colándose por entre las ramas hasta atravesarlo por completo.

Un gran hoyo, como una puerta de entrada, dejó de sumirse en las sombras y debeló el interior del Sauce. Estaba completamente hueco por dentro, no entendía cómo podía mantenerse con vida, pero entonces cualquier pensamiento banal pasó a un segundo plano. Allí, en medio del pasto crecía una bella y resplandeciente flor dorada.

Se obligó a ponerse de pie. Tanto sus piernas como los brazos le temblaban y por un instante perdió la vista en su ojo izquierdo.

«¡Tengo que ir por la flor!» gritó para sus adentros. Cada paso era un dolor inimaginable en todo su esqueleto. El propio peso de su cuerpo hacia presión contra estos, en especial con los de sus pies y piernas. Podía oírlos crujir en una abrumadora sinfonía del terror.

—Ya... casi...

Solo unos metros la separaban del Sauce, una distancia insignificante para alguien que gozara de buena salud, pero en su estado sentía que nunca llegaría. Cuando las yemas de sus dedos percibieron el frío y corrugado de la corteza sus rodillas cedieron y se desplomó en el interior de la «cueva».

Ahí estaba. La Flor estaba solo a unos centímetros de distancia y, sin embargo, su mano estaba tan entumecida que apenas podía abrir los dedos.

Se arrastró con un último esfuerzo, propulsada por los sentimientos que bombardearon su cuerpo. ¡No dejaría que nadie más muriera! ¡No permitiría que la guardia se alzara! ¡No condenaría a sus amigos a un destino cruel!

Y entonces sus manos cortaron la flor.


Al tenerla enfrente pudo comprobar que no se trataba de una flor ordinaria. Sus pétalos eran sólidos pero ligeros de peso. Brillaban cual oro macizo y cada uno poseía un grabado en particular. Cada símbolo era único y a pesar de conocer el griego antiguo, desconocía por completo el significado de aquellos jeroglíficos.

Deslizó su dedo por el contorno de los pétalos hasta percibir un ligero movimiento. Tomó uno y lo deslizó hacia un lado, automáticamente el resto copió el movimiento hasta hacer de la flor un gran plato brillante.

Los símbolos parecieron cobrar sentido al estar ordenados, no obstante, apenas fue capaz de leerlos. Logan salía de dentro del agua y subía los escalones a toda prisa.

—¡Logan!

—¿Estás bien?—Se arrodilló a su lado, apoyando ambas manos en los hombros de la joven. Ella le devolvió una sonrisa de agradecimiento. Apretó los párpados y se dejó caer en su pecho.

Cuando quiso mostrarle su hallazgo los rayos de luz se extinguieron y el plato que había formado volvió a transformarse en una flor.

—Vamos, hay que volver.

Intentó pedirle que se quedaran un rato más. Se encontraba exhausta y el calor que irradiaba su cuerpo era más que reconfortante. Podría dormir en sus brazos por días. Sin embargo, el viento helado pareció cobrar fuerza y el agua que escurría de sus cuerpos hacía escarcha en sus atuendos.

Con ayuda de Logan volvieron a la orilla, no sin antes percatarse del paisaje moribundo que los rodeaba. Todos los árboles sin excepción de ninguno habían perdido sus hojas. La naturaleza lucía muerta y era cuestión de tiempo para que el agua se convirtiera en hielo.

—¿Eso es lo que nos quitará estas marcas? —cuestionó Miranda con cierto dejo de ironía.

—Debemos llevarla al Olimpo cuanto antes.

—Estoy de acuerdo.—Aunque intentara lucir tranquila, Josh se percató del sutil movimiento en los dedos de Gemma. Estaba ansiosa, nerviosa. El invierno había llegado y consigo la época de esplendor para Quíone—. Vámonos cuanto antes.

Gemma encontró los verdosos ojos de Josh observándola. No mediaron palabras y aunque ella intentó conservar la calma, él se dio cuenta de cuán intranquila estaba.

Sarah le proporcionó un abrigo a Lucía y otro a Logan.

—¿Qué pasó ahí? —susurró la joven mientras ayudaba a su amiga a ponerse el saco.

¿Qué había pasado? Se había sentido morir ahí.

—Algo consumió mi energía— miró su mano y abrió y cerró los dedos cuantas veces quiso—, pero ya no.

Subieron de regreso a la montaña, despidiéndose así del valle. En su ascenso Lucía experimentó una sensación extraña en la boca del estómago. Una pesadez asfixiante se posó encima de su pecho y le recorrió la espina dorsal hasta erizarle los vellos. Ya había experimentado esa sensación con anterioridad y el recuerdo la paralizó del miedo. La muerte los acechaba.

Antes de que pudieran bajar de regreso al bote, un lazo dorado envolvió la muñeca de Lucía.

—¿Pero qué?—Se volvió en dirección a la cuerda, cuando algo le cortó la piel de su mejilla—. ¡Ah!—tocó la herida y la escarcha se propagó a lo largo del corte hasta mezclarse con su propia sangre.

Nate sostenía con fiereza la cuerda que envolvía su muñeca y estaba claro que no tenía intenciones de soltarla. Por su parte, Gemma había formado una lanza de hielo macizo cuya punta era tan afilada como el frío crudo del invierno.

Ambos aparentaban ser los mismos jóvenes con los que se habían cruzado en las montañas Blue Ridge. Sin embargo su mirada lucía diferente. El color de sus ojos ahora era de un intenso blanco grisáceo, casi como el color de la nieve.

—Dame esa flor—ordenó Gemma con voz profunda— y no lastimaremos a nadie.

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