XVII
—¿Cómo sé que me dirás la verdad?
—No lo sabrás, tendrás que confiar... Pero créeme cuando te digo que ya estoy cansada de todo esto.
—¿Entonces por qué te uniste a Circe? ¿Te amenazó de alguna forma?
—¿Tú no harías hasta lo imposible para proteger a los que quieres?
Josh se hizo para atrás con el ceño fruncido.
—¿Tus amigos?
—¿Consideras a tus amigos como familia?
Josh apretó los puños. Sí, lo hacía, a pesar de que no lo pareciera.
—Así que te amenazó con lastimar a tus amigos y por eso decidiste ayudar.
—Que suspicaz.
—Pero aún no me queda claro por qué tú.
—¿Y por qué no?
—Hay tantos semidioses en el mundo que no entiendo por qué se decantó por ti.
Gemma se cruzó de brazos, frunciendo los labios.
—Eso me suena a ofensa. ¿No soy lo suficientemente buena para ti?
—No, me refiero a...—cierra la boca y exhala por la nariz, frustrado—. ¿Por qué quiere capturarnos? La Flor Dorada es un objeto que la beneficiaría, no tiene sentido que intente detenernos ahora.
—Usa la cabeza. ¿Por qué alguien querría detenerlos a sabiendas de que encontrarían un objeto tan poderoso y codiciado?
—¡Exacto! —exclama y queda desconcertado ante el rostro de obviedad por parte de Gemma.
—¡Piensa! Si tú fueras el villano, ¿irías tras la Flor?
Josh sopesó las posibilidades. Dejar que sus enemigos fueran tras la Flor sería el mejor camino para conseguirla. Al final sólo tendría que planear una emboscada y asegurarse de que nadie más obtuviera su recompensa... ¿Pero qué sucedía si no lo lograba? Ellos eran perseverantes y no se rendían ante nada, daban todo de sí. Eso significaba que eran rudos y no sería sencillo derrotarlos.
Que obtuvieran la flor era un riesgo para Circe...
Concentró los ojos en Gemma y ésta sonrió de satisfacción.
—¿Ahora lo entiendes?
—Teme no tener oportunidad, por eso intenta acabarnos, para que nadie pueda obtener la Flor.
Gemma no emitió palabra alguna pero su mirar lo decía todo. Había acertado.
—Hay que advertirle a los demás— dice más que convencido, dispuesto a marcharse en busca del resto.
—¡Espera! —gritó la joven. Se levantó de la roca y avanzó hasta su lado—. No puedes decirles sobre mí.
—¿Por qué no?
—Porque comenzarán a hacer preguntas y no creo poder enfrentar a mis amigos. — Desconocía la relación que tenían los cuatro, pero intuía que si se descubría la verdad la verían como una traidora.
Ella no quería perder a sus amigos, mucho menos ponerlos en peligro. El cariño que les tenía era más grande que entregar a los héroes del Olimpo.
—El que te descubriera...—Hace una pausa y observa el dolor en los ojos de la joven—. ¿Te pone en peligro?
—Yo... no lo sé. — Se encogió de hombros—. Nunca se habló de eso, siquiera reparé en ello. Jamás pensé que me descubrirían...
Para ser una chica con poderes de hielo, resistente al frío y con una piel hecha de porcelana, ni en sus más locos sueños creyó que la vería temblar.
Bajó la mirada y envolvió su mano para llenarla de calor. Aquel simple acto tomó a Gemma por sorpresa. Sus mejillas adquirieron una tonalidad rojiza producto de la vergüenza, o del calor... O quizás era algo más.
—No sé lo que te haya prometido Circe, pero puedo asegurarte que si permaneces con nosotros estarás a salvo. Todos tus amigos lo estarán.
Un brillo sin igual centelleó en la mirada de Gemma. ¿Acaso era esperanza?
—Si nos ayudas podremos derrotarla. — Tragó duro y con pésame se separa de ella, dejándola aturdida—. Pero si vuelves a traicionarnos... No tendré piedad contigo.
La carpa era demasiado baja como para permanecer de pie, y lo suficientemente pequeña como para contener la furia enfrascada en el cuerpo de Logan.
El azul de su mirada le recordó a lo revuelto de las olas en época de tormenta.
Ya bastante había tenido con el sermón de Matt y el discursito de Atticus. Lo último que necesitaba era recibir la misma crítica por parte de Lucía.
—No necesito que digas nada—masculló el joven. Se había sentado en el suelo, lejos de su novia, y con la mirada fija en una mochila.
—No pensaba hacerlo... O tal vez sí lo haga—le escuchó bufar—. Eres un adulto, no un adolescente de 17 años. ¡Creí que habían superado esta etapa!
—¡Pues no, no lo hicimos!
—¡Ya dejen esta estupidez! Estoy bien, ¿o no?
—Casi te mata.
No pensaba negar la realidad.
—Lo que tú ves en él yo también lo veo. Impulsivo, soberbio, descuidado, pero detrás de todo eso veo a un chico bueno. Uno distinto al que fue en la secundaria.
—¿Es en serio?
Lucía se acomodó en el sobre de dormir hasta lograr sentarse. Podía sentir la herida en su espalda palpitar, obligándola a encorvarse, sin embargo no se dejó doblegar por el dolor.
—Entiendo que te dolió su partida, a mí también me afectó, pero ya volvió. Está aquí, dispuesto a redimirse. ¿Por qué no pueden volver a ser amigos?
—Porque ese es el problema— replicó en tono tajante. Su mirada se iluminó, no por efecto del farol que alumbraba la tienda, sino producto de las lágrimas—. Hace años que él y yo ya no somos amigos.
—¿De qué estás hablando?
—¡No te hagas la tonta! Toda esa basura de mejores amigos dejó de existir cuando llegamos a la Academia— concluyó con un nudo en la garganta—. Yo lo sé... Y ustedes también.
Lucía sintió como el corazón se le agrietó en el pecho. Recordaba a los mejores amigos andar por los pasillos de la Secundaria: uno con la camiseta del equipo de football y el otro con la del club de natación. Orgullosos, risueños, pero, sobre todo, unidos.
—Pero el verano luego de la primera batalla... Ese verano...
—Quedó en el pasado—culminó por ella—. Y lo peor es que no lo había entendido hasta ahora.
Lucía agachó la cabeza. Una mezcla de emociones la asaltaron de pronto, coloreando sus mejillas de un intenso carmesí.
—¿Yo...?
—No— se apresuró a decir.
Sus manos se abrían y cerraban nerviosas al igual que su boca. Intuía que había algo más, algo que no se animaba a decirle.
—Tal vez solo una parte de la ecuación—aclara avergonzado—. El gran quiebre vino cuando descubrimos nuestra ascendencia divina... El tener poderes... Ser hijos de Zeus y Poseidón...—chasqueó la lengua molesto—. Comenzó una estúpida competencia por ver quién era mejor que el otro.
—Lo lamento.— Las palabras se atoraron en su boca al salir. Ser una de las causales de su fracturada amistad le hizo sentir una fuerte opresión en el pecho.
—¡Yo solo quiero a mi mejor amigo! —chilló de pronto. La agonía rebosaba en sus palabras, desgarrándole el corazón —. ¡Y esa persona que está ahí no lo es! ¡Lo único que quiero hacer con ella es golpearla!
—Solo cálmate.
Gateó por encima del sobre de dormir. El dolor en su espalda ya no representaba ningún impedimento para ella, su objetivo primero era estar junto a Logan.
Sus brazos se cernieron alrededor de un muy destrozado Logan, acunándolo en su pecho, su cuerpo protegiendo el de él de cualquier peligro.
Su corazón latía tan fuerte que casi no podía oír el llanto de Logan.
Estaba furioso con Josh, con él mismo, con su padre, con sus poderes... con todo lo que lo hacía ser el hijo de Poseidón.
°°°
Día que pasaba día que se iba tornando más gélido. Arriba, en el cielo, las nubes grises cubrían por completo el horizonte.
Los restos de una antigua fogata seguían humeando a pesar del frío en el ambiente.
Mientras unos se encargaban de guardar las tiendas, otros organizaban sus mochilas para emprender viaje.
Como nunca, tanto Lucía como Logan se habían quedado dormidos. De no ser por Sarah habrían seguido en los brazos de Morfeo.
Apenas se despertaron Logan se preocupó por revisar las heridas en la espalda de Lucía. Para su alivio, la crema había hecho un trabajo impecable. Solo se veían pequeñas cicatrices que en cuestión de minutos desaparecían por completo.
Lucía quiso preguntarle cómo se sentía, pero percibió que no era el momento ni el lugar para hablar de ello. Veía en su mirada como seguía afectado por la pelea.
No quería ni imaginar lo que sucedería cuando se encontraran ahí fuera.
—Desarmemos la tienda— siguiere ella, terminando de ponerse una bota.
Tan pronto salieron se encontraron con un panorama un tanto inquietante.
—¿Qué está pasando? —indagó la joven.
Matt se volvió para responder. Su rostro era la viva imagen de la preocupación.
—Josh no está. Desapareció.
Lucía frunció el ceño, extrañada.
—¿Cómo que no está?
Escuchó una respiración jadeante a sus espaldas. Giró y vio a Atticus acercándose a medio trotar. Su aliento se perdía entre la bruma de la mañana, mientras que su nariz se encontraba roja por el frío cortante.
—No lo encuentro—dijo una vez estuvo con los suyos. Su mirada estaba cargada de miedo y desesperación.
—¿Están seguros que no está? —indaga Logan. Su postura, tensa como roca, denotaba la preocupación que su rostro no develaba.
El ruido de un cierre abriéndose captó la atención de todos. Gemma y Zoe salían de la tienda que Matt gentilmente les había cedido a los recién llegados.
Zoe no terminó de subir la cremallera de su campera. La preocupación se olía en el ambiente, contaminándola lentamente y haciéndole sentir un nudo en el estómago.
—¿Qué?
—Josh desapareció—les informó Nate.
Dicha revelación tomó desprevenida a Gemma. Su piel blanquecina adquirió una tonalidad enfermiza, casi que demacrada. Atticus no perdió detalle de su reacción. Recordaba las sospechas de Josh acerca de su supuesta fidelidad para con ellos, no obstante, pese a que hizo su mayor esfuerzo por descubrir algo que desestabilizara su fachada de chica preocupada, no encontró indiciosos de nada.
Su sorpresa, su claro malestar por la noticia, eran ciertos.
—¿De qué hablan? —exclama con voz trémula—. ¿Cómo lo saben?
—Escuchamos un ruido extraño—empieza Matt—, y al salir encontramos esto— de dentro del bolsillo de su campera extrae una pluma de aspecto particular.
Demasiado clara para ser de un cuervo, demasiado grande para ser de un águila. Le pertenecía a una arpía.
—¿Estás diciendo que lo secuestraron? No tiene sentido, ¿por qué lo harían?
—Las arpías son sigilosas— comenta Miranda, rememorando a su vieja "amiga" —. Demasiado calculadoras como para pasar algo por alto. El que dejaran esa pluma...
—Lo hicieron a propósito— concluye Lucía—. Quieren que vayamos por él. Directo a la boca del lobo.
Sin duda Circe había planeado todo con minuciosidad. Secuestrar a uno de ellos, dejar un rastro para que descubrieran su paradero... No solo los alejaría de su objetivo sino que también los guiaría a una trampa.
Barajaron la posibilidad de dividirse en dos grupos: uno iría tras Josh, mientras que el segundo seguiría adelante en busca de la Flor Dorada, sin embargo, las probabilidades de que un grupo fracasara eran demasiado altas.
Desconocían cuál era el alcance de Circe; cuánto había planeado este momento.
No querían admitirlo en voz alta pero estaba claro que se encontraban acorralados.
—No entiendo cómo supo en dónde estábamos— resopló Logan.
—¿Desde cuándo algo de lo que ha sucedido tiene sentido? — contraatacó Miranda.
—Tal vez... — empezó Atticus y se arrepintió al instante. Mordió su labio inferior y al ver el rostro expectante de los suyos no tuvo más remedio que hablar—. Tal vez creo saber qué sucede.
—Entonces dilo— habló Matt casi que con impaciencia.
Atticus se remojó los labios, inquieto, casi que nervioso por decir lo que sabía.
—Es un mito... bueno, tal vez no. Mi abuela...
Matt rodó los ojos al escuchar aquella última palabra. Resopló y en recompensa recibió un codazo en las costillas por parte de su novia.
—Hablo en serio Matt— refunfuñó el joven—. No aparece en ningún libro esto que sé, y dadas las circunstancias creo que mi abuela puede que tuviera razón.
Matt agacha la cabeza y muy a su pesar escucha lo que su amigo tiene para decir. Por su parte, Atticus da un paneo general a los presentes y antes de hablar suelta un soplido.
—Se dice que Circe puede rastrear la ubicación de cualquier criatura, mortal o semidiós teniendo una muestra de su sangre.
Lucía cierra los ojos y ladea la cabeza intentando procesar la nueva información.
—Aguarda— replica, colocando sus manos en alto—. ¿Cómo...? ¿Cuándo pudo hacer eso?
—En cualquier momento alguno de nosotros pudo sufrir un accidente y sangrar.
—¿Cuánta sangre necesita? — indaga Erick.
Atticus estira los labios.
—Basta con una gota. Aunque el hechizo solo dura un par de horas.
—Pero eso no quita que haya enviado a alguien para rastrearnos.
—¡Los lobos! — gritó Nate y Erick, como la mayoría, le dio la razón.
El estómago de Gemma dio un vuelco ante la culpa que la carcomía por dentro. Ella era la responsable de todo, no los supuestos lobos ni la dichosa sangre.
—¿Por qué nunca lo dijiste? — le reprochó Lucía en tono severo—. ¡Lo sabías y nunca lo dijiste!
—No estaba seguro. Sucedieron tantas cosas que cualquier de ellas pudo ser la responsable.
—¿Nadie pensó en el arribo de los nuevos? — la voz de Miranda resonó en el ambiente acalorado por la discusión. Sutil pero tajante—. Los gigantes nos descubrieron, fácilmente pudieron pasar la información. De ahí el ataque de las arpías y los lobos.
Zoe abrió los ojos consternada. Su actitud despreocupada se tornó amenazante.
—¿Culpas a los gigantes o nos culpas a nosotros?
—Tómalo como quieras. — Adoptó la misma pose que su rival: brazos cruzados, mirada fija, pero con soberbia en su sonrisa.
—Ya basta— soltó Sarah, interponiéndose entre ambas chicas—. Uno de los nuestros está desaparecido. Ya habrá tiempo de señalar a los culpables, pero ahora lo importante es saber en dónde está Josh y cómo podemos salvarlo.
Miranda habló sin quitarle los ojos de encima a Zoe.
—Shadow puede rastrear a su captora. Él nos llevará con Josh.
—Entonces hagámoslo.
Se dividieron en dos grupos. Unos andarían a pie, mientras que los otros viajarían sobre Shadow, abarcando terreno más rápido y volviendo por el resto para ganar tiempo.
Tan solo cinco días los separaban del solsticio de invierno. Si no encontraban a Josh rápido perderían la única posibilidad de acabar con los planes de Circe. Y por como se daban las cosas, la hechicera había jugado bien sus cartas.
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