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XV

El aguanieve de la noche anterior se escurría como lluvia por entre los (casi) esqueléticos árboles, mientras que los de hoja perenne parecían estar cubiertos de luces navideñas. Cuando la luz del sol se posaba encima de las diminutas gotas, estas actuaban como un espejo, resplandeciendo cual diamantes.

Cada vez el ambiente se tornaba más frío. El viento helado del norte les entumecía el rostro, volviendo su piel tirante y casi que de porcelana.

Observar el paisaje no era más que un constante recordatorio de que el invierno estaba a la vuelta de la esquina. El solsticio llegaría en seis días y si tenían éxito se harían con la Flor Dorada. No había lugar para los contratiempos, todo debía salir perfecto, de lo contrario habrían hecho el viaje en vano.

Conociendo como conocían a Lucía, sabían que ella tendría algún plan de contingencia en caso de que algo malo sucediera.

A pesar de todo, el grupo se mostraba parcialmente optimistas ante la posibilidad de llegar a la noche del solsticio sin grandes dificultades. Sin embargo, Josh no dejaba de vigilar a la hija de Quíone. Intuía que algún plan traía entre manos para fastidiarles la misión. Aún no descubría cuáles eran sus intenciones, su plan resultaba incoherente y casi que sin sentido, por ello, después de una larga noche en vela se dio cuenta de que no le quitaría los ojos de encima ni por un momento. Tal vez por ahora no presentaría problemas pero al momento de estar frente a la Flor sabía que haría hasta lo imposible por conseguirla.

Mientras andaban Josh no pudo evitar pensar en el tatuaje que se escondía bajo aquel grueso abrigo. ¿Sería falso o verdadero? Circe era una hechicera poderosa, podría haberlo fabricado para que luciera real y se sintiera real. No obstante, una buena teoría era creer que Gemma hacía todo esto para que Circe le perdonara la vida y no la convirtiera en una pasa de uva.

Había visto cuán poderosas eran sus habilidades, si no estuviera limitada por la maldición de la marca, quién sabe cuántas cosas asombrosas sería capaz de hacer. Sin duda era una oponente admirable pero altamente peligrosa. Circe había escogido bastante bien a su lacayo, pero había cometido un grave error: ellos eran igual de poderosos que ella y no se rendirían sin dar pelea.

—Entonces, ¿de dónde eres?

—Finlandia— responde con una amplia sonrisa. Recordar los paisajes nevados le traía buenos recuerdos—. Viajaba de los Estados Unidos a Finlandia todo el tiempo. Siempre en época de invierno, claro está. Pero al cumplir once nos instalamos aquí definitivamente.

—¿Siempre viviste en Carolina?

Gemma negó con la cabeza.

—Vivo en Colorado pero estudio en Carolina. La Academia Olímpica de allí es mucho mejor.

Josh ríe junto a ella fingiendo saber de qué hablaba. La verdad es que no tenía ni la menor idea de nada. Su entrenamiento había sido en la Academia de Semidioses Guerreros y los únicos guardianes que conocía eran Matt y Atticus. Eran buenos, muy buenos, definitivamente asistiría a las academias de sus familias —quizás a la de Matt para no convertir el hecho en una ofensa hacia su persona—, pero fuera de ellos dos no conocía a nadie más.

Aunque conociendo a su padre, si permitió que la familia de Matt lo protegiera, es porque era la mejor de todas.

—¿Tienes frío? —preguntó la joven. Antes de que Josh pudiera contestar Gemma ya estaba deshaciéndose del abrigo. Parecía estar cómoda con un simple buzo de aspecto peludo y su cuello completamente descubierto.

De solo verla le dio dolor de garganta.

—¿Te gusta sentir el frío?

—El invierno es mi época favorita del año— responde con chispa en los ojos—. El frío ya es parte de mí.

—¿Y qué haces durante el verano?

Gemma torció la boca y abrió los ojos hasta más no poder.

—Busco con desespero un lugar fresco. El calor intenso me agobia.

—Y que lo digas.

Sintiendo extrañeza por Gemma y su piel afín con el frío, le desconcertó encontrar a Erick usando una remera fina de manga larga. Su piel parecía despedir vapor. Estaba caliente, muy caliente, tanto que Zoe y Nate se mantenían pegados a él como si fuera su estufa móvil personal.

—Vaya poderes. Y yo aquí muriendo congelado— masculló por lo bajo.

Mientras andaban Lucía no le quitaba los ojos de encima a Logan. Tal parecía que estaban teniendo una discusión silenciosa con Atticus. No alzaban la voz, no había escándalo, solo miradas serias y ademanes que enfatizaban la pelea.

Apostaría su vida con Hades a que estaban peleando por lo del otro día. Le daba la razón a Sarah en que fue una buena idea contarle a Atticus de lo sucedido. ¿Quién mejor que él para hacer entrar en razón a Logan? Sin embargo las cosas habían cambiado, ya no opinaba lo mismo que antes y estaba lista para decírselo a Logan.

Se abrió pasó entre los presentes hasta llegar donde dos muy irritados jóvenes.

—Hola—saluda con una enorme sonrisa, esperando que eso alivianara el ambiente de tensión.

Atticus se vuelve para mirarla y esboza una sonrisa de alivio.

—Hola.

—¿Te molestaría si hablo a solas con Logan?

—Para nada, adelante.— Antes de marcharse, se inclina en dirección a Lucía y le susurra al oído—: sácale esa estúpida idea de la cabeza.

Lucía apretó los labios hasta forma una fina línea inexpresiva. Observó a Logan por un instante y no medió palabra hasta que Atticus se alejó por completo.

—Tenemos que hablar.

—Ahora no es buen momento.

Lucía echó un vistazo por encima del hombro y comprobó que él tenía razón. Su intención no era levantar la voz en lo absoluto, pero también llevaba razón en algo, ambos siempre terminaban gritándose. La cercanía con el resto provocaría que todo mundo se enterara de sus problemas, y lo menos que deseaba era comenzar una escena de farándula.

Se detuvo en seco y miró a los demás.

—Ya hemos caminado suficiente. Creo que es mejor descansar.

Nadie objetó su decisión, a excepción de Matt, quien tenía las articulaciones congeladas y deseaba seguir caminando para entrar en calor. Atticus no perdió oportunidad para burlarse de él al ver como Sarah lo envolvía con una manta cual si fuera un bebé.

—Okay, esto es demasiado. Me estás haciendo quedar mal. ¡Sácame esto!—masculló Matt por encima de la risa de foca de Atticus.

Sin perder tiempo, Lucía tomó a Logan de la mano y se lo llevó consigo bosque adentro.

Anduvieron por unos pocos segundos hasta que Lucía se detuvo a corroborar que nadie pudiese oírlos. Hecho eso concentró toda su atención en Logan.

—Hablaremos de esto te guste o no.

—Ya Atticus hizo el trabajo por ti. ¿Cómo pudiste irle con el chisme?

—Yo no fui, lo hizo Sarah. Y sí, se lo conté a mi mejor amiga porque para eso están las amigas: para escucharnos, para ayudarnos a tomar decisiones difíciles y ser nuestro cable a tierra cuando comenzamos a divagar por la atmósfera— replicó en todo severo. Logan apretó los labios, tensando la mandíbula. Desvió la mirada de Lucía y se decantó por un punto cualquiera en la corteza de un árbol—. Pero yo no soy tu amiga, soy tu novia... Y estoy de acuerdo con lo que haces.

Logan la miró perplejo. Se hizo para atrás, asombrado por lo que acababa de oír. Frunció el entrecejo y observó a Lucía directo a los ojos, buscando en su mirada algo que le indicara que estaba jugándole una broma. Pero no vio nada más que seriedad.

—¿Estás hablando en serio?

—No voy a impedirte que hagas algo que claramente yo haría. Solo que hay una diferencia abismal entre tú y yo: yo jamás pondría a los que quiero en peligro.

Logan soltó un bufido, una débil sonrisa se formó en sus labios.

—Hablo en serio Logan. — Le reprochó—. Yo jamás quise ponerlos ni a ti ni a Josh en peligro, ¿o por qué crees que lo mantuve todo en secreto? Ustedes decidieron acompañarme pese a que les imploré que no lo hicieran.

—¡Porque eras humana!— dijo como si fuera la cosa más obvia del mundo—. ¿Cómo íbamos a dejarte ir sola? Cualquier cosa te habría matado.

—Exactamente a eso quería llegar. Jamás iba a morir porque el trato con Hades lo impedía. ¿Cuál es la diferencia aquí? Que tus caprichos nos ponen en riesgo a todos.

—¿Mis caprichos?

—¡Sí, tus caprichos! ¡¿Por qué diablos te empeñas en aprender algo que no puedes usar?! —espetó—. Tienes envidia de tu hermana, envidia de que ella pueda hacer algo que tú no— suspira, exasperada—. Eres mejor que esto, Logan. Eres buena persona y lo que estás haciendo nos pone en peligro a todos: a ti, a Miranda, a Zoe, a sus amigos... ¡A nosotros! —guardó silencio por un instante, dándole tiempo a Logan de procesar lo recién dicho—. Esa es la diferencia entre tú y yo: yo jamás haría algo por envidia. Jamás pondría a los que quiero en peligro. ¿Quieres entrenar? Hazlo, no te lo impediré, pero no lo hagas cerca de nosotros.

Logan agachó la mirada y tragó duro. No sabía qué decir, sentía vergüenza hasta de sí mismo.

Las palabras de Lucía se sintieron como un balde de agua helada. Nunca pensó que lo trataría de esa manera, mucho menos que lo "apoyara" en esto. Sin embargo, la manera de decirlo, su mirada severa, el reproche en su voz... dolía más que cualquier cosa. Por un instante se sintió como un niño pequeño, indefenso ante el mundo y siendo odiado por la persona que más quería.

—Yo... Perdón por ser un idiota.

Lucía le regaló una sonrisa de lado.

—Solo prométeme que no entrenarás cerca de nosotros. Usa a Shadow, Miranda no tendrá problema en prestártelo, pero nunca nos pongas en peligro.

—Lo haré.

Creyó que la psicología inversa le haría desistir de su tonta idea, pero ya vio que se equivocó.
Un descuido, un gramo más de poder podría revelar su ubicación y ponerlo a merced de Circe. Pero la realidad era que ella no era la persona más adecuada para hacerlo cambiar de opinión. Logan ya había tomado una decisión y debía respetarla ante todo.

Sugirió el volver antes de que el resto se percatara de su ausencia. Entonces, en el silencio del bosque les pareció oír un gruñido. Se detuvieron en seco y sacaron a relucir sus espadas.

Apoyaron espalda con espalda y giraron en redondo buscando entre el paisaje invernal la criatura responsable de aquel ruido.

Los segundos transcurrieron y a medida que el tiempo avanzaba más se convencían de que nada intentaría atacarlos. Quizás había sido solo su imaginación.

Bajaron la guardia, por fin volvieron a respirar con calma. Se miraron un instante y, de pronto, una gran masa de pelo se abalanzó encima de ellos. Sus cuerpos impactaron contra una especie de bola de demolición, la cual los catapultó en direcciones opuestas.

Logan se estrelló contra un árbol. Su hombro recibió el primer impacto, dislocándoselo en el proceso.

Demoró unos instantes en recobrar el aliento.

Al abrir los ojos se encontró con los vestigios de una bestia enorme y destructora. Gigantescas huellas se dibujaban en la tierra creando surcos por donde podría correr el agua del río. Algunos árboles se mecían de un lado a otro terminando así de despojarse de las últimas hojas que le  quedaban en pie. Otros, por su parte, habían perdido parte de su corteza y en su lugar había quedado un enorme agujero de astillas puntiagudas.

—¿Lucía? —farfulló pero nadie respondió.

El pánico lo invadió de pies a cabeza. Con un simple movimiento le devolvió la movilidad a su flácido brazo, se incorporó y echó a correr por donde aquella criatura había andado. En eso escuchó el rugido de una bestia seguido de varios gritos.

En lo alto una tormenta comenzaba a gestarse y los rayos no demoraron mucho tiempo en aparecer.

Aquella cosa los había encontrado y estaba seguro de cuál era su misión.

Al llegar donde sus compañeros se encontró con un "campamento" destrozado. Solo quedaba el humo de lo que alguna vez fue una fogata.

Las mochilas estaban desaparecidas en acción y todo lo que quedaba de ellas eran algunos artículos desperdigados por el bosque. Una lata de alimento rodó frente a sus pies hasta darse de lleno contra la raíz de un árbol.

El estruendo de un rayo en el cielo le guío hasta un pequeño barranco. Allí abajo había una enorme criatura peluda. Su cuerpo era la combinación de una cabra y las garras de un felino. Tenía extensas alas de murciélago aunque su vuelo era demasiado tosco y dudaba que debido a su peso pudiera volar grandes distancias.

Pero lo que más le sorprendió fueron sus tres cabezas: la principal y más grande era la de un león. De su lomo emergía una segunda cabeza de macho cabrío y, por último, su cola de aspecto escamoso terminaba con la cabeza de un dragón escupe fuego.

—Una quimera—dedujo con tan solo ver su apariencia.

Llamó su atención que una criatura como esa se presentara para combatir contra ellos. O quizás era la paranoia del momento. No todo tenía por qué estar conectado con Circe, en aquel bosque habitaba un sinfín de criaturas deseosas por un bocadillo y esta no era la excepción.

Divisó la figura de Atticus montada sobre el lomo de la quimera. Se aferraba con fuerza a la espada que le había clavado justo en el lomo, pero por alguna razón su estocada no había sido suficiente como para derrotarla. Aquella cosa se movía de un lado a otro como un toro embravecido, intentando deshacerse del jinete.  Lo único que lo salvaba de ser carbonizado por la cabeza del dragón eran los rayos que Josh lanzaba contra ésta. Su táctica de distracción funcionaba a la perfección, sin embargo, un descuido por parte de Atticus, unos centímetros más que alzara la cabeza era suficiente como para que su cuerpo sucumbiera ante una descarga que lo dejara inconsciente.

—¡Cuidado! —vocifera Matt en reiteradas ocasiones.

El estómago se le revolvió en cuanto vio a su amigo volar por los aires. Una estera de fuego pasó muy cerca de él, tanto que creyó que lo habían herido. En cuanto lo vio de pie el alma le volvió al cuerpo y solo entonces encontró la fuerza para entrar en acción.

Corrió por el barranco a toda velocidad pensando en un plan que los ayudara a derrotar a aquella cosa. Por el rabillo del ojo vio la figura de alguien corriendo a la par de él. Era Nate y tal parecía que solo tenía un objetivo en mente: destruir a la quimera.

Vio el lazo que sostenían sus manos y entonces tuvo una idea.

—¡Nate! —No paró de gritar hasta captar la atención del chico—. ¡Hay que derribarlo! —Le señaló el lazo y de inmediato Nate comprendió su plan.

Nate continuó corriendo hasta alcanzar el impulso que necesitaba para que sus zapatillas aladas echaran vuelo. Pasó junto a la quimera y avanzó hasta encontrar el lugar perfecto. Hizo girar el lazo por encima de su cabeza varias veces antes de lanzarlo.

La cuerda de hebras doradas besó el tronco de un árbol y siguió camino hasta encontrar el tronco de otro.

Logan intentó seguirle el paso pero su llegada al otro extremo de la cuerda parecía infinito. La quimera le pisaba los talones y si no se apresuraba no la atraparían.

En un último esfuerzo desesperado se dejó caer. Su cuerpo continuó deslizándose por el suelo otoñal hasta que sus manos lograron atrapar el extremo del lazo.

Sus pies chocaron contra el tronco del árbol justo a tiempo. Las patas de la quimera se entreveraron con la cuerda y terminó dándose de bruces contra el suelo.

Tanto Logan como Nate fueron despedidos por los aires debido a la fuerza descomunal de la criatura.

Miranda se detuvo en seco, haciendo surcos en la tierra. Extrajo una flecha plateada de Artemisa de su aljaba y apuntó directo a la Quimera, no obstante, aquella bestia se movía tan rápido que usar una de esas flechas era un desperdicio.

—¡Yo me encargo! —gritó Josh, pasando junto ella, listo para descargar uno de sus rayos.

—¡Aguarda!

 La criatura dedujo las intenciones de Josh. Una catarata de fuego y veneno fueron despedidos por los aires. Si no fuera por Gemma, Josh habría muerto calcinado.

—¡Pensé que eras un héroe, no un idiota con pensamientos suicidas!

Josh frunció los labios para enfatizar su enfado. Sí, tal vez había sido descuidado pero no por eso tenía que venir alguien a echárselo en cara. Y mucho menos hacerse la linda por haberlo salvado.

Dio un par de manotazos para que Gemma saliera encima de él. Lo único en lo que podía pensar era en que la batalla seguía en pie y él se estaba perdiéndose de la diversión.

Para cuando llegó a la acción Nate tenía su lazo amarrado a la cola de la quimera. La cabeza de dragón lanzaba fuego en todas direcciones, mientras que el animal en sí se revolcaba por todas partes para liberarse de su atadura.

Un fogonazo de luz impactó directo en sus ojos verdes. Apartó la vista un instante, oyó un alarido y al descubrir el rostro la cabeza del dragón salió despedida por los aires.

Desvió la mirada buscando al responsable y allí, con la hoja manchada de una baba espesa y viscosa de color negro, estaba Lucía.

Por un instante sintió orgullo y admiración por la joven. Y pensar que no hacía mucho tiempo recordaba cuán insegura se sentía de hasta su propia naturaleza. Había crecido, madurado, pero la satisfacción quedó relegada a un segundo plano en cuanto vio a la quimera levantarse en sus patas traseras. Soltó un rugido y miles de gotas de veneno se desperdigaron por el viento.

—¡Cuidado! —gritó hasta casi perder la voz.

Lucía trastabilló y cayó de espaldas al suelo, indefensa ante la inmensa criatura.

—¡No! —La inconfundible voz de Logan chilló a sus espaldas. No hizo falta verlo para comprender cuán desesperado estaba.

Ante un manto de veneno Lucía se resguardó inútilmente con ayuda de los brazos. Podía sentir cómo las diminutas gotas corroían la lanuda tela de su abrigo hasta causarle un leve ardor en la piel.

La quimera alzó las patas delanteras y dejó caer todo el peso de su cuerpo hacia adelante.

Enceguecido por las emociones, Josh disparó un rayo directo al lomo de la criatura. Líneas desiguales de color celeste atravesaron el aire como un cuchillo. El chisporroteo apenas inaudible se volvió ensordecedor al impactar contra el cuerpo de la quimera. Entró por su lomo y de allí se propagó a ambas cabezas, cola y patas que, en ese preciso momento, estaban a pocos centímetros del cuerpo de Lucía.

La descarga no fue letal como Josh hubiese querido, pero fue suficiente como para apartar a la quimera. Su pelaje chamuscado humeaba como chimenea y el aire se había enviciado de un olor a piel quemada.

La fuerza de su poder logró atravesar el cuerpo de la quimera y llegar al de Lucía. Por fortuna no recibió todo el poder del rayo, pero sí el suficiente como para ocasionarle una quemadura en su espalda que comenzaba a supurar.

La descarga la dejó un tanto atolondrada, sin embargo, cuando sus oídos dejaron de pitar y las imágenes cobraron nitidez se encontró con una enorme bestia peluda que se acercaba a todo galope.

—¡Lucía!

Volvió la cabeza en dirección a aquella voz. Pese a lo atemorizante de la situación, los ojos de Sarah no mostraban miedo alguno. Su mirada llena de decisión le brindó la ayuda que necesitaba para comprender cuál era el plan de ataque.

Extendió el brazo y sus dedos se envolvieron gráciles sobre la empuñadura del cuchillo de Sarah. La hoja espejada brilló como el oro bajo la luz del sol, quizás demasiado. El resplandor terminó por enceguecerla y tuvo que dejarse guiar por la intuición, moviendo las manos hacia el lugar exacto en donde esperaba se encontrara el corazón de la quimera.

Sintió el peso de un cuerpo saltar encima de ella, pero nunca se vio aplastada. En cuanto percibió la presión sobre la empuñadura, oyó un alarido que lentamente se fue apagando hasta desvanecerse junto con las cenizas que impregnaron el aire.

Abrió los ojos y el resplandor de la cuchilla había menguado considerablemente. La apartó del reflejo del sol y allí pudo ver la viva imagen de su rostro.

No sabía por qué pero tenía el presentimiento de que algo extraño había sucedido con aquel cuchillo.

Soltó un suspiro y su aliento terminó empañando la hoja del cuchillo, distorsionando su reflejo, igual que sus ojos hacían con el mundo que la rodeaba.

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