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XII


A donde quiera que mirasen una bestia emplumada aparecía para atacarlos. Sus constantes graznidos resultaban en afiladas navajas para sus oídos. Apenas podían escucharse entre ellos; la voz de los suyos era solo un ruido amortiguado difícil de procesar.

Debían cuidarse de las contaminadas garras que, si llegaban a entrar en contacto con una herida, los parásitos aprovecharían para adentrarse en su cuerpo y devorarlo.

El escudo que Hefesto había desarrollado para ellos resultó de utilidad. Podían protegerse de cualquier ataque, incluso noquear a su oponente. Atticus, por su parte, optaba por usarlo como disco volador; de esa forma lograba cortar varias cabezas de una sola tirada. Sin embargo, pese a sus esfuerzos, eran demasiadas como para acabar con todas ellas. 

Josh usaba su rayo de vez en cuando pero las malditas lograban evadirlo con astucia.

En medio del caos Gemma emergió de dentro del bosque. Sus ojos, vidriosos y bien abiertos, destilaban pánico y terror.

Tan pronto entró en el claro una arpía se abalanzó encima de ella. De sus labios escapó un alarido, al tiempo que Gemma enterraba la espada en el pecho de la criatura.

Quiso hacer uso de sus poderes pero la idea de ponerlos a todos en riesgo no era una opción viable.

Se escabulló como pudo detrás de los arbustos. Apoyó las manos y rodillas sobre la tierra; percibió el suelo pegajoso, húmedo. Observó la palma ensangrentada y en medio un gusano retorciéndose.

Dio un respingo y retrocedió varios centímetros. Cerca de allí un nido de gusanos se abría paso por entre el suelo boscoso, agonizando por las bajas temperaturas.

Le tomó un segundo darse cuenta de que se trataba de parásitos, los mismos que hospedaban las arpías.

No le importó saber cómo habían llegado allí. Siguió de largo conteniendo las ganas de vomitar, cuidando de no ser vista por el enemigo, aunque dadas las circunstancias debería hacer acto de presencia para que alguno de los suyos la viera.

Tenía que avisarles de lo sucedido. Debían ayudar al resto pero primero debían deshacerse de aquella plaga de alguna forma.

—¡Josh! —Llamó al primero que vio.

Dudó en si había obrado de manera correcta. Tomarlo por sorpresa podría resultar fatal. En especial si se suponía que ella debía estar lo más lejos posible.

En eso, sintió como unas manos huesudas la abrazaban codiciosamente. El claro poco a poco comenzaba a verse más pequeño.

—¡Suéltame desgraciada! —masculló y le propinó un zarpazo en las patas. La arpía soltó un alarido y se vio forzada a dejar ir el cuerpo de la joven.

El suelo parecía estar más lejos de lo que ella pensaba. A la velocidad que iba imaginó que terminaría como huevo estrellado. Sin embargo, para su buena o mala suerte, otra arpía la cogió de un pie y salvó de una caída mortífera.

—¿A dónde crees que ibas? —Soltó una carcajada—. Eres mía.

—¡Yo no le pertenezco a nadie! —Intentó golpearla con su espada pero la criatura fue más astuta y se deshizo del arma con un simple manotazo.

Escuchó el restallar de la espada. Estaban cerca del piso.

Sabía que usar sus poderes sería una opción suicida, no obstante, emplear una pequeña cantidad no agravaría las cosas.

Diminutos cristales se concentraron alrededor de sus manos. Flotaban como una ventisca de invierno. De pronto, antes de que pudiera hacer algo, el cuerpo de la arpía desapareció en una nube de cenizas. Su pie se vio liberado y cayó sobre un suelo tibio y blando.

—¿Estás bien? —gruñeron cerca de su oído y a continuación alguien que se doblaba de dolor.

Gemma se volvió para ver el rostro de Nico y sintió pena por haberlo aplastado.

—¡¿Tú estás bien?! —salió de encima de él y este soltó el aliento.

—¡¿Qué diablos haces aquí?! —Le reprochó Josh al verla.

Gemma abrió la boca para contarle lo sucedido pero lo que verbalizó fue completamente distinto.

—¡Cuidado!

Josh giró sobre sus talones; una arpía avanzaba en picada hacia él. Alzó la mano y descargó la fuerza del rayo en el cuerpo emplumado de aquella mujer. Hubo un estallido y cenizas volaron por el bosque.

Sin perder tiempo corrió donde Gemma y Nico. Tomó a la joven por el brazo, enfadado porque no había sido capaz de cumplir con una simple orden. ¿Acaso quería morir?

—¿Por qué estás aquí? —exigió.

—¡Unos lobos nos emboscaron! —Suelta entre jadeos—. ¡Cayeron por el barranco y un árbol les cayó encima! ¡Hay que ayudarlos!

Nico observa con espanto los dichos de Gemma. Se volvió hacia Josh y su mirada lo decía todo: ¿cómo nos desharemos de este problema?

El miedo de haber perdido a Matt o a Logan consumen a Josh por dentro. Se aferra de dicho sentimiento y lo transforma en odio; el mismo que siente cuando juega en el campo. El mismo que libera lo más destructivo de sí.

—Ya me harté de esto—gruñe.

Aprieta los puños y de inmediato se percibe un cambio en la corriente de aire. El cielo se cubre por nubarrones grises mientras el eco de los truenos inunda el bosque.

Advertidos por las numerosas señales, el resto se vuelve para ver a Josh. Este caminaba con paso firme; el malestar en su rostro era más que evidente. La rabia que destilaba su mirada le revolvió el estómago a Lucía. Se cubrió con el escudo y se tiró al suelo.

Josh corrió hasta llegar al centro del claro y soltando un grito de guerra clavó la espada en la tierra. Varias arpías corrieron a su encuentro cuando la deslumbrante luz de un rayo les quemó los ojos.

La fuerza con la que cayó el rayo desató una onda expansiva que desintegró los cuerpos de las criaturas, arrasó con varios árboles y despobló a otros tantos.

Solo cuando el estallido de un trueno se disipó en el aire bajaron sus escudos.

El lugar quedó irreconocible aunque libre de plagas.

Nico bajó el escudo y Gemma vio con gran impacto el potencial de los poderes de Josh. Aquella cosa podría haberla desintegrado también.

Si bien el actuar de Josh había sido bastante impulsivo, sirvió para erradicar la horda de arpías. Y, aunque no había sido la mejor opción, el resto se imaginó que lo había hecho por una buena razón.

—¿Qué ocurrió? —cuestionó Sarah, convirtiendo su escudo de regreso a un dije en su cuello.

—El resto está en problemas—Gemma se atrevió a tomar la palabra—. ¡Debemos ayudarlos!

—¿Qué les pasó? ¿Están bien? —Se apresuró a indagar Lucía. No se molestó en ocultar la desesperación que irradiaban sus palabras. El solo pensar que Logan podría estar en peligro era...

—Dicen estar bien pero hay que sacarlos de allí.

—¿De dónde?

—Un árbol les cayó encima.

Una mata de extremos astillados pero muy afilados y hojas verdes como dagas punzantes cubrían el hoyo donde yacían los cuerpos de sus cinco compañeros.

—¡Matt!¡Logan!— vociferó Josh, deslizándose por la ladera rocosa.

Desesperado por sus amigos fue incapaz de alejarse para buscar una bajada menos peligrosa.

Sus pantalones quedaron con aureolas más claras; la tela tan fina que estaba a un paso de romperse.

La palma de sus manos recibió los arañazos de las pequeñas piedras que con sus irregulares y afiladas puntas rasgaban la piel como un rallador.

Tan pronto como se acercó el olor a resina lo dejó un tanto aturdido. Trastabilló y se vio obligado a sostenerse de la ladera. Meneó la cabeza para alejar el letargo, controlando sus respiración hasta mitigar el pánico.

Para cuando recuperó la fuerza en sus piernas se aventuró a dejar el sostén que le otorgaba la pared. Cada paso requería de sí una fuerza impresionante; sus articulaciones se sentía duras, casi que podía oírlas rechinar. Andaba como el hombre de hojalata, urgido de aceite; la sangre que necesitaba para caminar con libertad. No obstante, pese a su dificultad motriz logró llegar donde el pino había construido una cúpula sobre sus amigos.

Se asomó por el hueco por el que Matt había enseñado su brazo alguna vez y descubrió su cabellera negra.

—¡Matt!—metió la mano y al tocar su cabeza percibió como se hundían en sus dedos pequeñas alfileres. Diminutos orificios rezumaban sangre por la yema de sus dedos.

—¿Qué demonios?

Volvió a mirar por el orificio y descubrió con terror que la cabeza de su amigo estaba recubierta por ramas.

—¡Josh!

Se volvió para ver al resto aproximándose. Extendió un brazo en alto pero fue la expresión en su rostro lo que los hizo detenerse.

Atticus miró desconcertado el andar robótico de su amigo.

—¿Qué ocurre?—exige Lucía.

—Algo anda mal. El árbol...no es normal.

—¿De qué estás hablando?

—Me pinchó—dice, enseñando sus dedos como prueba.

—Eso hacen las espinas de pino.

—¿Que te envuelvan como una crisálida también?

Atticus y Sarah compartieron una mirada fugaz. Conocían al enemigo, sabían a qué se estaban enfrentando y el panorama no era para nada favorable.

—Hay que sacarlos de ahí rápido.

Nadie se atrevió a preguntar el porqué, el apremio en su voz y la preocupación en sus ojos eran indicadores suficientes de que debían actuar rápido.

—Yo me encargo— comenta Sarah, desenfundando su cuchillo.

Cubriéndose la nariz con el brazo, se aproximó a la maraña espinosa. Elevó la hoja de su cuchillo, la luz del sol la tornó dorada, y luego la enterró en la corteza con todas sus fuerzas.

Diminutas astillas salieron despedidas conforme cortaba las ramas y raíces. Varias hojas caían al suelo, secas y sin vida hasta adquirir una tonalidad negruzca. Las ramas se retrotraen; enrollándose sobre sí mismas hasta consumirse por completo.

Aquel pino poseía vida propia y cada cuchillada que recibía era una sentencia de muerte.

El cuerpo de Matt apareció inmóvil, envuelto en una crisálida de raíces y hojas afiladas. Su rostro lucía pacífico a pesar de las circunstancias.

Sarah ahogó un grito y saltó dentro del pozo a socorrer a Matt. Empleó su cuchillo para romper con una de las cuerdas que envolvían el cuerpo del joven.

Un centenar de pequeños pinchazos aparecieron sobre su piel conforme las hojas se marchitaban.

Dedujo que las agujas de pino eran las responsables. Debían haber estado bebiendo su sangre, o mejor dicho, bombeando alguna sustancia en su interior. Una toxina que paralizó su cuerpo y le hacía sufrir hipotermia; su tacto era un témpano de hielo.

—Matty—sollozó, acunando su rostro ceniciento. Temió por su salud al ver el morado de sus labios. Su piel, blanca como la nieve, se sentía igual de fría que ésta.

No quería separarse de él pero sabía que había más personas siendo consumidas por la toxina que aquel árbol inyectaba en sus cuerpos. Tan pronto como vio a Atticus acercarse se alejó de Matt y continuó desgarrando las ramas hasta que ya no quedó nada.

Montaron campamento a los pies de la montaña.

Incapaces de ofrecerles un baño de agua caliente optaron por mantenerlos bien abrigados en los sobres de dormir, arropándolos con toda la ropa que encontraron.

Sus cuerpos temblaban de frío a pesar de la elevada fiebre. Atticus afirmaba que la fiebre era un indicador de que sus cuerpos luchaban contra las toxinas del árbol.

—¿Cómo pudo pasar esto? —Lucía se cruzó de brazos y miró a Atticus en busca de una respuesta. Tal parecía que él sabía más del tema que los demás guardianes, y estaba lo bastante centrado como para evaluar lo grave de la situación. Tanto Sarah como Nico no se separaban de Matt y Miranda respectivamente, asunto que nublaba su capacidad de evaluar los daños.

—Está claro que no quieren que cumplamos con nuestro objetivo. Circe hará hasta lo imposible para retrasarnos.

—La Flor Dorada la beneficiaría.

—Y también la arruinaría—contraataca Atticus—. Si yo fuera ella evitaría a toda costa que la consiguiéramos. Tal vez no lograría expandir mi poder pero al menos nada me detendría.

Lucía suelta un resoplido. No tenía objeción ante esa lógica. Circe estaba decidida a arruinarlos.

—¿Cuánto tiempo estarán así?

Atticus mira por sobre su hombro la silueta de Sarah acariciando el rostro de Matt. Luego se vuelve para observar los rostros preocupados de Josh y Lucía.

—Entró una gran cantidad de toxina a sus cuerpos. Dado su estado creo que serán unos... tres días.

Josh abrió los ojos estupefacto.

—¿Tres? —Exclamó la joven—. No tengo tres días.

—Yo que tú empezaría a rever nuestra ruta. Me arriesgo a decir que Logan y Miranda estarán bien para mañana, pero debido a la naturaleza del resto... ellos necesitan más tiempo.

Desde que culminó su período como guardianes oficiales, Matt, Atticus, incluso Nico, habían perdido su capacidad de auto-curarse. Ahora estaban expuestos a morir por cualquier cosa.
Si bien Sarah seguía siendo la guardiana de Lucía, Átropos consideró también anular su poder de curación, dejándola solo con su cuchillo para defenderse.

De igual forma Nate, Erick y Zoe eran semidioses comunes, por lo que no sanarían rápido. Debían cuidarlos muy bien.

A pesar de que la relación entre Logan y Zoe no era la mejor de todas, ¿quién querría enterarse de que la hermana que encontró hace poco y no sabía que tenía, murió de pronto?

—Bien. De acuerdo—aceptó, repensando toda la ruta hacia Luisiana. Dadas las circunstancias necesitaría encontrar un portal.

Sumida en sus pensamientos se alejó de ambos jóvenes sin siquiera mirarlos.

Atticus guardó silencio y se volvió para ver si el resto necesitaba algo, entonces sintió la mano de Josh jalándolo de regreso.

—¿Cuánto tiempo crees que estuvieron expuesto a la toxina?

Atticus se encogió de hombros.

—No sabría decirlo a ciencia cierta. Aunque dado los síntomas asumo que un largo período. ¿Por qué?

Josh alza las cejas como si hubiese develado un misterio sin resolver.

—¿No se te hace raro? Gemma dice que apenas los vio caer vino a buscarnos—abre los brazos, una débil sonrisa asoma en sus labios—. ¿Entonces por qué demoró tanto?

Atticus se hace para atrás, meneando tanto las manos como la cabeza.

—Wow, ¿desde cuándo Gemma se volvió una sospechosa?

Josh tomó a Atticus por el brazo y lo llevó lejos de las tiendas y de cualquier oído chismoso.

—¿No encuentras raro el que esas arpías hayan aparecido de la nada? Alguien tuvo que haberlas llamado. Y el hecho de que ella haya sido la única sobreviviente me hace pensar que fue ella quien lo planeó todo. ¿Si no cómo explicas la hipotermia?

Atticus se cruzó de brazos y analizó el rostro de su amigo; estaba más que convencido de la traición de Gemma. Y aunque concordaba en ciertas cosas, había otras que no encajaban.

—Si lo que dices es cierto, ¿por qué arriesgaría la vida de sus amigos?

—Porque no le importa...—dijo más como pregunta que como afirmación.

—Dudo mucho que eso sea cierto.

De pronto Josh abró los ojos de par en par.

—A menos que alguien la esté manipulado.

—¿Circe?

—¿Por qué no?

Atticus suelta un suspiro.

—No diré ni que sí ni que no. Quizás tengas razón pero... no lo sé...tal vez...—Se restriega el rostro con las manos, abrumado por sus propios pensamientos. Habían ocurrido demasiadas cosas en un solo día como para tener que lidiar con un posible traidor.

Sí era extraño que las arpías hubiesen aparecido así como así. Sin embargo no había que olvidar las increíbles habilidades que Circe poseía. Podía localizar a cualquiera empleando un simple hechizo... pero para que eso sucediera necesitaría sangre de su víctima. ¿Sería posible que la hechicera poseyera la sangre de alguno de ellos? Quizás, en la pelea contra los gigantes, la sangre derramada pudo haber sido recogida por alguien.

Gemma bien podría no tener nada que ver. 

Josh pudo leer la confusión en el rostro de su amigo. Tenía demasiados problemas rondando por su cabeza como para tener que lidiar con uno nuevo.

—Yo me encargo—apoyó una mano sobre el hombro de Atticus—. Descubriré que esconde Gemma.

—Creo que te estas precipitando. Tal vez deberías pensar las cosas con más calma y...

—Ya lo hice.—Le da un par de palmadas en la espalda y esbozando una sonrisa se marcha de regreso al campamento.



Bajo la luz de la luna intentaba interpretar el mapa que sostenía entre sus manos. Los portales flotaban sobre el mundo de líneas que representaban las carreteras, caminos y ríos. Aparecían y desaparecían varios al mismo tiempo; algunos se cerraban mientras que nuevos aparecían a metros o a varios kilómetros de distancia.

Los acontecimientos del día de hoy les restaba días de camino, si querían llegar a tiempo a Luisiana debían encontrar algún atajo, lo que se traducía como un portal que los llevara lo más cerca posible de su lugar de destino. Pero entre la poca luz y los constantes cambios era difícil predecir cuál era su mejor opción. Siquiera era capaz de distinguir los colores que anunciaban cuál portal estaba estable y cuál cambiaría dentro de poco.

Dobló el mapa con fastidio; tenía los dedos entumecidos por el frío.

La idea de continuar viaje ella sola cruzó por su mente una infinidad de veces en los últimos diez minutos.

Podría hacerlo, podría seguir y nadie la retazaría. Pero, ¿cómo hacerlo? No era justo para el resto, no sería propio de ella. ¿Cómo abandonar a los demás para cumplir con una misión?

Ladeó la cabeza, cuestionándose a sí misma aquella pregunta. Terminar la misión con éxito es lo más importante, de eso depende la vida de sus amigos, de sus compañeros... sin embargo, no podía hacerlo sola. Circe estaría lista para lanzar su ataque al momento de recuperar la Flor. Sola no sería capaz de defenderse. Necesitaría apoyo y por eso debía quedarse.

A mitad de camino, no muy lejos del campamento, divisó la silueta de Nico. Tenía la cabeza gacha; su mano derecha aferrada al tronco de un árbol, manteniendo su cuerpo erguido para evitar una caída segura.

En el silencio del bosque y con gran esfuerzo logró escucharlo sollozar.

Había que estar ciego como para no darse cuenta de los sentimientos que tenía por Miranda. Sufría por ella y era comprensible, también se sentía así por Logan, pero estarían bien. Eran fuertes y lograrían salir adelante por sí solos, el problema eran los otros media sangre. Ellos sí estaban en graves problemas; su sangre no era como la de un guerrero, no sanarían por sí solos. Había que mantenerlos vigilados, bien calientes para que la hipotermia cediera.

Se aproximó con cautela para no asustarlo. El corazón se le estrujó al oírlo llorar. Quería consolarlo, abrazarlo...

Dio un paso al frente y reculó al instante. Nico se apartó del árbol y se volvió sorbiendo por la nariz. Al verla no hubo expresión alguna en su rostro. No dijo nada. Tan solo se quedó allí, viéndola.

—Miranda estará bien— dijo. Sus manos no dejaban de moverse con nerviosismo—. Se salvará, no tienes de qué preocuparte.

Él no respondió. Guardó silencio por lo que parecieron horas hasta que por fin se dignó a hablar.

—¿Te gusta espiar a las personas?

—¿Qué? No, claro que no.

—Entonces no te metas en donde no te llaman— habla con desprecio en sus palabras.

Lucía retrocede asombrada. Miró sus ojos rojos de tanto llorar, el odio se escondía detrás de su mirada.

Inmiscuirse no había sido su intención. No tenía por qué enojarse de aquella manera.

—Yo no te pregunto por qué no estás llorando por Logan, o por qué parece preocuparte más nuestro objetivo que la vida de ellos— señala hacia el campamento. Su voz se alza una octava. Odio, dolor, desprecio... nunca pensó recibir algo así de su parte.

Sin mediar una sola palabra más Nico se marchó por el sendero de donde vino.

Estupefacta, Lucía no fue capaz de moverse. Repasó en su mente lo que había pasado y no podía creerlo, se sentía como una pesadilla; una pesadilla en la vida real.

Se giró para regresar, todavía consternada, cuando entre los árboles logró distinguir el rostro de Sarah. Su mirada lucía triste e igual de confundida que la de ella.

Emergió desde las sombras y envolvió a Lucía por los hombros, acortando la distancia entre ambas.

—No lo entiendo. ¿Dije algo malo?

—No, no lo hiciste. Ni siquiera yo sé por qué reaccionó así. No recuerdo haber conocido esta faceta de Nico. —Una sonrisa triste tira de sus labios, agravando la curva. 

Hubo un momento de silencio. Sarah contempló el rostro abrumado de su amiga; desconocía la razón exacta de porqué le importaba tanto Nico, el porqué le afectaba tanto esta situación. Pero sabía una cosa: no dejaría que esto la derrumbara. 

—Supongo que está mal por Miranda, pero esa no es excusa para hablarte así. Déjalo y cuando las cosas se arreglen intenta hablar de nuevo con él. Quizás para entonces volverá a ser el Nico simpático.

Lucía asintió no muy convencida. ¿Cómo habían pasado de una charla amena a esto?

Percibió una ligera presión en su espalda. Sarah intentaba llevarla de nuevo al campamento. 

La idea de estar con Logan le devolvió la fuerza que necesitaba para caminar. Entonces los aullidos de una manada de lobos irrumpió en el aire frío de la noche.

—¿Lobos?

Lucía abrió los ojos de par en par.

—Gemma dijo que unos lobos los habían emboscado... Circe —susurró espantada—. Viene a terminar lo que empezó.

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