II
Visitar a Josh era un momento sagrado. No podía oponerse a ninguna de sus invitaciones puesto que sus encuentros eran escasos.
Toda su vida la pasó a su lado. Desde pequeño le inculcaron que su propósito de vida era proteger al hijo de Zeus de cualquier peligro. En el camino se hicieron mejores amigos, por lo que separarse era una idea impensada, además de lejana.
La Universidad finalmente los separó.
Pese a la distancia, Matt atravesaría cielo y tierra con tal de estar al lado de Josh. Porque eso hacen los amigos, porque pese a no ser su guardián, lo protegería hasta con el último de sus alientos.
El recorrido de regreso era largo y tedioso. El que Atticus lo acompañara hizo el trayecto más ameno, teniendo tiempo de ponerse al corriente de las últimas novedades.
Se desilusionó bastante cuando lo vio atravesar un portal hacia el Olimpo.
Lo estructurado del pensamiento de Matt le hizo creer que todos seguirían juntos; que todos irían a universidades cercanas para poder visitarse todos los días. ¿En qué momento cambiaron las cosas? Las personas que más quería estaban a kilómetros de distancia, mas tuvo la gran suerte de mantener consigo al amor de su vida, Sarah.
Agotado por el extenuante viaje, maldijo el hecho de que no hubieran ascensores en los dormitorios. Con esfuerzo arrastró los pies hasta el cuarto piso, fantaseando con una sabrosa ducha, la suavidad de la cama... la televisión. Un paraíso que anhelaba probar.
Pensó en marcarle a Sarah pero faltaba cuarto de hora para los doce de la noche. Mañana la llevaría a desayunar y le contaría sobre el partido, porque con ella no tenía secretos ni restricciones respecto de Josh.
Abrió la puerta de la habitación y lo primero que vio fue el desastre de su compañero. La ropa limpia se mezclaba con la sucia en una montaña de proporciones colosales, apiñada sobre la cama a medio hacer.
Debía admitirlo, era un obsesionado por la limpieza y le fastidiaba encontrarse con escenas como esas. No bastaba con que hubiesen dividido la habitación porque sus ojos siempre se desviaban al desastre que tenía enfrente.
¿Cómo podría relajarse con semejante chichero en la vecina orilla?
Tuvo que dejar su fantasía de spa para ocuparse de las tareas de su compañero. Sabía que si no lo hacía la montaña pasaría de la cama al piso y del piso a la cama por el resto de su existencia.
—Malcom, ¿cuántas veces te he dicho que...? —refunfuñó, pensando que la silueta al final del cuarto era la de su compañero. Al descubrir la verdad se paró en seco. Sarah estaba sentada sobre el escritorio con las piernas hamacándose en el aire.
—Sarah —soltó su nombre en medio de la sorpresa—. ¿Qué haces, uh, qué puedo hacer por ti? —tropezó con sus palabras, perplejo.
—Resulta que el Señor Kal marcó una prueba para la semana entrante. Sé que tú ya la tuviste y Lucía me pidió si podías prestarle tus apuntes.
—Sí, claro.
Buscó en su biblioteca perfectamente organizada; los biblioratos ordenados alfabéticamente, a materias semejantes colores parecidos. En el lomo se leía el nombre del profesor, semestre y una puntuación del uno al cuatro para evaluar el nivel de complejidad.
Repasó la fila del Señor Kal, el cual ocupaba prácticamente todo un estante. Un bibliorato grueso y de color verde fue el que le entregó a Sarah.
—Aquí tienes. —Entregar aquello significaba un orgullo para sí mismo, no solo porque representaba el esfuerzo de semanas sin dormir, sino porque su trabajo podría ayudar a alguien más—. Hice algunas anotaciones en los márgenes, me sirvió con los puntos extra.
Sarah tomó lo pesado del bibliorato en sus manos, debiendo recargarlo sobre los muslos por temor a quebrarse una muñeca.
—Hablando de pruebas, ¿quieres que te ayude con la tuya? —inquirió Matt, aproximándose a la joven de manera provocativa.
Sarah estiró la espalda hacia atrás, lo fruncido de sus labios callando lo atrevido de sus pensamientos.
—Sabes que no podemos estudiar juntos.
Con suavidad, Matt apartó un mechón rizado del rostro de su novia. La sutil caricia despertó un cálido cosquilleo en Sarah, quien debió cerrar los párpados ante tan placentero sentir.
Matt aguardó pacientemente por el chocolate con leche de los ojos de Sarah. Una mirada que irradiaba amor continuo hacia él; que brillaba más que el lucero y que provocaba que su corazón latiera con intensidad.
Deslizó el bibliorato de las piernas de Sarah hasta la superficie del escritorio. Ella abrió las piernas, lo que le permitió a Matt cerrar aún más la distancia.
—¿Acaso te distrae mi presencia? —Besó su nariz, su mejilla. Bajó por su cuello hasta detenerse en la clavícula.
Sarah echó la cabeza hacia atrás, un gemido escapó de sus labios cubiertos de bálsamo. Sacó fuerzas de donde no tenía para detenerlo. Sus manos contra el pecho firme de su novio tirando hacia atrás.
—Basta —su orden flaqueó al ver a Matt haciendo un puchero—. Hablo en serio.
—También yo.
Los brazos de Sarah rodearon el cuello de Matt y éste hizo lo mismo con la cintura de la joven.
—Sé que puedo contar contigo en todo momento —murmuró cerca de su rostro—. Cualquier cosa que necesite o problema que tenga, sé que tú estarás ahí para mí.
—Por supuesto que sí. —Un frío pensamiento lo atraviesa, provocando que se le formara una arruga en medio de las oscuras cejas—. ¿Pasó algo?
Ella meneó su rizada cabellera.
—No. A lo que voy —prosiguió—, es que también puedes confiar en mí para lo que sea.
—Claro que lo sé.
—Me alegra que lo sepas. —Su boca calló y la incertidumbre quedó suspendida en el aire—. ¿Quieres explicarme esto entonces?
Con un movimiento rápido arrojó los papeles que había sobre un archivador. El joven se cubrió la cara ante la puntiaguda avalancha que lo salpicó. Retrocedió, sabiendo lo que se ocultaba tras aquellas hojas, sin embargo lo lento de su accionar le permitió a Sarah ver el trazo de la tinta negra dibujarse en las carillas. Al Matt alejarse, el texto se desvaneció como arena sobre piedra, no sin antes permitirle a Sarah ver el nombre del remitente: Atticus.
—¡Lo sabía! —Cogió un papel en pleno vuelo, la textura del mismo le resultó más que conocida desde el momento en que lo vio—. Es papel oficial.
Matt permaneció congelado en su sitio, sus ojos amplios producto de haber sido descubierto.
—¿Por qué te mandas cartas con Atticus? —masculló entre dientes, cabreada por haber sido apartada de lo que sea que estuvieran tramando—. Mejor dicho, ¿por qué se envían cartas que solo pueden ser leídas por el destinatario? Eso se hace cuando es algo muy importante.
El joven soltó un suspiro que terminó por desarmarlo, pero no quitó la tensión de sus músculos. Apoyó una mano en la cadera, la otra colgando en el aire mientras su mente se apresuraba en buscar respuestas.
—No lo sabemos —resumió apresuradamente—. Hace un par de meses Atticus me contó que el semidiós que intentaban ubicar apareció muerto.
Sarah se encogió de hombros.
—Pues eso es bastante normal.
—Lo es —coincidió—, lo que no es normal es que el Consejo presione a la División de Recolección para que le entreguen un informe detallado de esos casos. Más sospechoso cuando Atticus descubrió que esos archivos fueron a parar a manos de Hermes, y bien sabes a dónde irán después.
—Con el resto de los dioses —dedujo. Se acarició la barbilla conforme meditaba los hechos—. ¿Averiguó algo más?
—Parece que todos los fallecidos tenían una marca en el cuerpo, como si hubieran sido herrados. —Se arrodilló junto a su cama y extrajo de debajo una pesada caja con un centenar de libros. A juzgar por la apariencia y el grabado en el lomo, Sarah dedujo que habían sido adquiridos en la guarida de los padres de Matt, a la cual tuvo acceso el año pasado—. Intenté averiguar por mi parte pero los libros no mencionan nada sobre marcajes.
—¿Qué hay de tus padres? ¿Y los de Atticus? —Indagó, sentándose junto a Matt en la cama.
—Los padres de Atticus no dirán nada si los dioses están involucrados. La que podría dejar entrever la verdad es mi madre, y tuvo el descaro de mentirme en la cara cuando se lo pregunté. Me dijo: «Todos los de tu edad usan tatuajes raros. Debe ser una nueva moda» —expresó con indignación.
Sarah contempló lo grueso del libro que Matt abrió sobre su falda. Guardó silencio y no necesitó ver a su novio para hacerle notar que entendía lo grave del asunto.
—¿Quién más sabe de esto? —dijo finalmente, incapaz de ocultar su perturbación.
—Extraoficialmente Atticus y yo. Y ahora tú también. —Hizo un círculo con el dedo, aludiendo al vínculo que los unía—. Creo que si los dioses, no, si el Consejo se entera que lo sabemos nos castigarán por haber espiado informes confidenciales.
La joven apoyó el codo sobre el muslo y enterró la mano entre sus cabellos.
—Sabes que nunca diría nada que nos pusiera en peligro.
—Claro que lo sé. Lo sé perfectamente, amor. —Le regaló una sonrisa para hacerla sentir mejor—. Pero sabes lo duro que pueden llegar a ser los castigos en el Olimpo. Solo intentaba protegerte.
Sarah le tomó la mano y ese simple acto le arrebató un suspiro tembloroso a Matt.
—A donde tú vayas, yo voy. Y si tienes que caer, yo caeré contigo. ¿De acuerdo?
—No quiero que te hagan daño.
—Si estamos juntos nada puede dañarme —se inclinó para besarlo, su mano acariciando la porcelana de su mejilla, borrando una diminuta lágrima de la existencia.
Se separaron y las miradas lo dijeron todo.
—Ahora dime —continuó Sarah, haciendo de tripas corazón para no lanzarse a sus brazos y besarlo hasta el amanecer—, ¿hace cuánto que lo saben?
Matt ladeó la cabeza de un lado a otro cual péndulo.
—Hace como cuatro meses, pero Atticus piensa que viene desde mucho antes.
🌲🌲🌲
Ingresar a la Universidad era sinónimo de mortalidad. El mundo griego y sus vertiginosos giros inesperados quedaban por fuera de la ecuación. Aquí no había batallas sangrientas, ni misiones encomendadas por dioses, ni la pestilencia metálica de la muerte acechando en cada corte o puñalada. Aquí se era libre... entre comillas.
El campus estaba minado de criaturas y semidioses que por diferentes motivos deseaban vivir una vida más mundana. Aunque eso no quitaba que, de vez en cuando, algún monstruo se colora en los alrededores. Los avistamientos se reportaban a la División de Exterminio, pero cuando el ataque era de improviso los Guardianes entraban en acción.
Matt y Lucía compartían la pasión por la historia. Si bien muchas cosas tenían un trasfondo divino, disfrutaban de ver el sesgo creado por los humanos. El propósito de Lucía era convertirse en profesora de Historia, mientras que Matt buscaba ampliar sus horizontes en lo mejor de ambos mundos, ya que uno de sus grandes sueños era trabajar en la Biblioteca Olímpica. No obstante, debió posponerlo un par de años hasta cumplir los treinta, requisito fundamental para postularse.
En tanto, Sarah se decantó por la danza. Una de sus pasiones ocultas.
Lucía practicaba con ella las coreografías para mantener los músculos entrenados. Temía oxidarse; olvidar lo que era sentir el poder de su habilidad recorriendo su sistema.
Intentaba llevar una vida normal pero su parte griega no se lo permitía del todo. Siempre sentía ese tirón, esa parte dividida de la cual no podía desprenderse. Es por ello que, junto con Matt y Sarah, planearon entrenamientos. Tres días a la semana se reunían para practicar combate o destreza con las armas. Logan se unía cada vez que podía. Al igual que su novia era evidente que necesitaba liberar su poder. Lo admitieran o no, había una conexión con su parte divina que, al conectarse, despertaba placer.
Aquel día el entrenamiento había sido suspendido por razones que desconocía. Según el mensaje de Sarah debían hablar de un tema importante. Y vaya que debía serlo porque no durmió en su dormitorio anoche.
¿Quién diría que un pequeño misterio relacionado al lado divino despertaría unas incontrolables ganas de investigar y luchar?
Ya pensaba en sus posibles movimientos. Cualquier cosa que ocurriera era de pleno conocimiento de Átropos, sin embargo, si en sus encuentros regulares nunca mencionó que hubiera algo fuera de lo común, no obtendría ni pío por parte de ella. La que sí podía soltar la lengua era su tía Cloto, así que debía hallar la manera de orquestar un encuentro a solas.
Aunque, ¿a quién engañaba? Si lo que sea que estuviera pasando tenía de por medio a los dioses, dudaba que su madre le dejara formar parte. La sobreprotegía demasiado, tanto que le tenía prohibido visitar el Olimpo. Una orden totalmente absurda pero que hasta el momento había respetado. No por obediencia, sino porque no había nada que hacer allí...
A lo lejos el grito desgarrador de una joven la paralizó. Giró alrededor buscando la procedencia del sonido. Las demás personas parecían ignorar lo que estaba sucediendo, absortas en sus trivialidades.
Salió disparada en dirección a los gritos que, conforme se acercaba al origen, los tímpanos le vibraban de dolor. El corazón le martilleaba la caja torácica, el eco del palpitar en sus sienes, diciéndole que muy probablemente tendría que enfrentarse a algo peligroso.
Atravesó una arcada, rodeó el imponente edificio hasta llegar a la parte trasera donde descubrió una bestia voladora intimidando a una chica de apariencia hippie.
La conocía.
Rosaline asistía a las clases de Miss Gutiérrez.
Su personalidad se asemejaba muchísimo a la de Zack, y no era para menos, puesto que también era hija de Deméter.
Lucía tomó un puñado de piedras que servían de decoración para una jardinera en torno a un gran roble.
—¡Oye tú! —Lanzó los proyectiles directo a la cabeza del monstruo, provocando que éste se volteara a verla con ojos llameantes. Sus dientes, como afilados cuchillos, escurrieron baba al soltar un graznido.
Una arpía.
Era la primera vez que veía una en el campus. El primer monstruo en los cuatro años que llevaba allí.
—¡Corre! —Gritó al ovillo tembloroso contra la pared de ladrillos.
Rosaline hizo lo que le indicaron justo cuando la arpía se giraba para lanzarle un zarpazo.
Lucía saltó encima de la espalda huesuda de la criatura. Clavó el cuchillo que siempre llevaba consigo en lo blando de la piel, suscitando que la bestia emplumada soltara un alarido que terminó por despoblar a un árbol cercano.
Batió sus alas y se zamarreó para quitarse a Lucía de encima. La joven se aferró del cuello de la arpía para evitar caer y asfixiarla en el proceso.
Repentinamente, la danza brusca a la cual había sido sometida se detuvo y empezaron a correr. Lucía miró por encima de las alas, el tronco robusto del roble se hacía cada vez más grueso.
La arpía saltó, giró en pleno ascenso y comenzó a volar en reversa. No le costó trabajo a Lucía descubrir que pensaba retratarla contra la madera. A esa velocidad le rompería la columna.
Se soltó del cuello y aferró ambas manos al mango del cuchillo. La gravedad hizo lo suyo, la hoja de hierro rasgó diagonalmente la piel hasta cortar la membrana de una de las alas. Plumas volaron por todas partes al tiempo que la arpía chillaba de agonía.
La arpía cayó de rodillas con el ala inerte. Elevó la cabeza, sus ojos flameaban como dos antorchas empapadas en gasolina. Estaba furiosa. Las ganas de despellejar a Lucía con sus garras y dientes le consumieron el juicio.
La voz de Sarah hizo eco en la mente de la joven. «Debes cargar en todo momento con un arma». Sí, la tenía: un cuchillo bastante afilado que pesaba menos que una espada pero no servía contra una arpía sanguinaria e iracunda.
Lo que la llevó a recordar otro consejo ignorado de su amiga. «Lleva más de un cuchillo».
¿Por qué siempre tenía razón?... ¿Y por qué seguía sin hacerle caso?
Al menos Rosaline estaba a salvo. De pronto, cayó en la cuenta de algo importante. Observó los árboles a espaldas de la arpía, la sensación del césped bajo sus manos. La naturaleza al servicio de una hija de Deméter, ¿por qué no se había defendido?
La arpía graznó y avanzó con grandes zancadas, arrancando pedazos de césped a su paso. Lucía empuño el cuchillo, colocándolo delante de ella. Debía alejarse a toda costa de las uñas —un potencial criadero de bacterias—, e intentar darle directo al corazón.
Se colocó en cuclillas, lista para saltar encima de su oponente y aniquilarla.
En eso, un brazo de agua golpeó al monstruo para darlo de lleno contra la pared de ladrillos. La arpía se desplomó sobre los arbustos, aturdida, dejando tras de sí un boquete del tamaño de su cuerpo.
Unas manos fuertes ayudaron a poner de pie a Lucía.
Lo primero que vio de él fue el intenso turquesa de sus ojos. Logan.
¿Qué estaba haciendo ahí? Se suponía que llegaría mañana. Pero apenas le dio tiempo a preguntar, Logan la empujó hacia atrás y una esfera de agua se gestó en medio de sus palmas.
El don de su padre.
Todos los hijos de Poseidón poseían la capacidad de controlar el agua, mas solo unos pocos podían crearla. Ese era el caso de Logan, el único hijo actual del dios de los mares.
El joven se concentró en su objetivo: la cabeza. Si lograba envolver el cráneo con la esfera, le permitiría a Lucía clavarle el cuchillo en el pecho y así convertirla en cenizas. Sin embargo, apenas se dispuso a disparar, una vara de plata atravesó el pecho de la criatura, convirtiéndola en una nube de polvo oscuro.
Logan deshizo la esfera, sus músculos tensos esperando un ataque sorpresa.
Lucía dio un paso al frente y observó boquiabierta la escena. Incrustada en la pared —donde solía estar el cuerpo de la arpía— resplandecía una vara con alas y serpientes entrelazadas. Un caduceo.
Solo conocía a alguien capaz de portar semejante atributo. Ambos jóvenes se dieron la vuelta, donde la silueta de un hombre avanzaba con aire de suficiencia. Hermes ensanchó la sonrisa, develando sus perfectas perlas blancas. Vestía unos jeans desgastados, los cuales servían para cubrir sus zapatillas aladas. Encima traía una camiseta de la universidad lo bastante ajustada como para resaltar la forma de sus brazos y abdomen.
—Deberías portar espada —sugirió el dios, extrayendo el caduceo de la pared con un simple tirón.
—¡Teníamos la situación controlada! —Se defendió Logan.
—No lo decía por ti —señaló con la barbilla a Lucía—. Las espadas son el aliado número uno de un guerrero. Si optas por llevar cuchillos que sea más de uno.
—Lo tendré en cuenta —respondió, apenada.
—Tienen suerte de que me haya pasado por aquí. —Acercó el caduceo al pecho y éste se transformó en un collar—. En fin, ya que están juntos me hacen la tarea mucho más fácil. Zeus desea verlos de inmediato.
Lucía frunció las cejas, una línea de preocupación se acentuó en su frente.
Si Zeus se tomó el trabajo de enviar personalmente a Hermes, significaba que el asunto era más que importante.
Sospechaba que tenía que ver con lo que Sarah y Matt tenían para decirle.
—¿Para qué?
—No me corresponde a mí decirlo, pero tiene conexión con lo que acaba de suceder.
—Entonces... —intervino la joven con tono intranquilo—. ¿Esto no fue una simple coincidencia? ¿Por qué querría esa arpía matar a Rosaline?
Hermes reprimió una risotada.
—¿En verdad piensas que quería matarla? —La pregunta quedó en el aire, sin posibilidades de una respuesta concisa.
Las alas en las zapatillas de Hermes se agitaron violentamente—. No se demoren, Zeus los está esperando.
Se alzó en vuelo y en un parpadeo desapareció de su rango de vista. Una cortina de aire los despeinó, Lucía se acurrucó en el pecho de Logan buscando protección.
Un instante más tarde, el bullicio del campus los rodeó.
Regresar a la normalidad ya no era una opción. Demasiadas preguntas embarullaron la mente de Lucía, sin embargo, al ver el rostro de Logan todas las interrogantes se extinguieron. Permanecieron unos minutos en la misma posición, observándose mutuamente en silencio.
Desde su formación para ser profesor de natación, y ahora su entrenamiento para convertirse en guardavidas, su complexión física distaba mucho del adolescente de diecisiete años que luchó contra titanes. Su espalda era más ancha, y sus brazos y piernas bien tonificados. Solía ser un poco más alto que Lucía, pero en los últimos años parecía haber crecido unos cinco centímetros más. Se sentía pequeña ante su presencia.
Logan imprimió sus labios sobre los de ella, suaves, calientes. El contacto resultó en una descarga eléctrica para ambos; múltiples vibraciones, como el suave aleteo de un millón de mariposas en las paredes de sus estómagos. Una oleada de calor emergió de sus entrañas, trayendo consigo un sinfín de emociones que navegaron por su sangre hasta hacerles temblar el corazón. Otra brasa que sirvió para avivar la llama de la hoguera.
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