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I



Tan solo faltaba un minuto para que el juego terminara. La casa estaba siendo derrotada por los visitantes, Washington Huskies Football, el equipo oficial de la Universidad de Washington.

Los busca talentos presenciaban el juego de cerca, tratando de encontrar a la próxima estrella del Football Americano.

El estrés de una posible derrota, sumado al hecho de que perdería su oportunidad de brillar, estaban haciendo estragos en Josh.

Estudió todo el verano para salvar tres materias del cuarto semestre, las únicas que lo mantenían alejado de poder entrar a jugar a la cancha. No era justo que tanto esfuerzo quedara en la nada.

—¡Ve por la izquierda! —gritó a un compañero de su mismo equipo.

El chico hizo lo que le ordenaron pero un jugador del equipo contrario lo embistió y ambos terminaron estampados contra el césped.

Josh saltó encima de los cuerpos caídos; un segundo donde creyó volar en medio del caos. Aterrizó con estilo, su mente buscando una jugada que llevara a su equipo a la gloria. En eso, una mancha anaranjada impactó contra su pecho a una velocidad increíble. El casco salió despedido apenas su cabeza tocó el suelo.

El árbitro pitó el silbato y la voz del juez se escuchó por los altoparlantes: « ¡Fuera del área!».

—¡Estás acabado! —Lo amenazó el chico de Washington.

Josh le lanzó una mirada fulminante al joven moreno, mientras uno de sus compañeros lo ayudaba a incorporarse.

—¡Eh, vamos! —Lo animó Antony, dándole una palmada en el hombro—. ¡A ganar!

—Exacto —jadeó.

Tomó su casco y desde la tribuna escuchó la apabullante voz de Matt. Vestía los colores del equipo y se había pintado franjas verdes y blancas en las mejillas. Le faltaba un dedo de espuma y una cerveza para completar su atuendo de fan número uno.

Sin duda era el mejor amigo que pudiera existir, pero como animador era un fracaso.

Su faceta de niño correcto y aplicado se venía abajo cada vez que Josh jugaba. Parecía desacatado... Y daba risa.

—¡Thompson! —Gruñó el entrenador—. ¿Qué esperas? ¡Treinta segundos, treinta segundos!

Las porristas realizaban su rutina de baile para alentar al equipo, la banda tocaba una melodía pegajosa, gritando al viento el nombre de los Espartanos.

Matt estaba de pie en las gradas, golpeando las manos y lanzando abucheos para el equipo contrario.

—¡¿A eso le llaman jugar, Washington?! ¡Un niño de cinco lo haría mucho mejor que ustedes!... ¡Vamos, Espartanos! —La ansiedad hacía estragos en su cuerpo. Ni en batalla recordaba pasar momentos tan estresantes.

—¿Me alejo de ti un tiempo y te conviertes en este ser desaforado? Debo dejarte solo más seguido.

Ensimismado en el juego, aquella voz causó grata sorpresa en Matt. Hacía tan solo dos meses que había dejado de verlo, pero se sentía como una eternidad.

—¡Atticus! —Lo estrechó en un fuerte abrazo—. Creí que no vendrías.

—¿Y perderme el juego? No inventes.

El trabajo en la Guardia Olímpica era extenuante, en especial cuando se aspiraba a cargos de mayor rango o comodidad. No obstante, sus esfuerzos dieron frutos, logrando ascender de puesto a Líder del escuadrón XVII de Recolección.

La división de recolección podía ser de objetos mágicos o semidioses. A Atticus se le asignó un grupo de tres guardianes y un semidiós. Eran principiantes en sus roles pero se hicieron entre todos hasta desempeñarse de manera aceptable en su labor. El asunto es que su escuadrón era incipiente, por lo que las grandes misiones se destinaban a los de más antigüedad, es decir a los de mayor experiencia.

El tiempo libre se volvió habitual en su rutina.

Observaron el marcador, el número no era para nada favorable. Los Washington corrían con una ventaja de tres puntos. Si querían ganar debían hacer una jugada memorable.

En la cancha los equipos se preparaban para sacar. Josh asumió su postura como capitán y lanzó órdenes a su equipo.

—¡Vamos, princesita! Hazme quedar bien con los de traje —gritó el capitán del equipo contrario—. Hasta ahora hiciste un excelente trabajo.

Estaba harto. El número 55, el mismo que lo había empujado e insultado desde el inicio, le estaba colmando la paciencia. No dejaría que una sabandija como él le robara su puesto.

El ruido exterior desapareció en un chasquido, solo podía oír su estruendosa respiración.

Una sensación de antaño, como un cosquilleo despertando de las profundidades de sus entrañas, emergió para reunirse con su fiel compañero de batallas.

Su corazón respondió al subidón de adrenalina; los nervios chisporroteando en respuesta.

En su sangre cabalgó un polizonte que lo inyectó con una potente dosis de vitalidad.

Escuchó el ruido, la estática despertando sus vellos cuál muertos alzándose de la tumba.

Nubes de tormenta cubrieron el campo de juego. El viento tomó fuerza y las marchitas hojas del otoño tiñeron la visual de marrón, rojo y amarillo.

El 55 alzó la vista al cielo al igual que sus compañeros. El ceño fruncido, lejos de sentir miedo, expresó confusión por el cambio radical en el clima.

Relámpagos iluminaban los oscuros cúmulos que amenazaban con desatar una fuerte tormenta. Los truenos demoraron en llegar pero reafirmaron el apremio del árbitro por terminar el partido.

—Te enseñaré lo que es ser una verdadera estrella —gruñió Josh por lo bajo—. ¡Al 55, al 55!

Su equipo se lanzó al ataque, bloqueando al número 55. Josh echó a correr con el balón bajo el brazo. Varios de sus compañeros batieron los brazos para hacer ver que estaban libres, pero él los ignoró por completo.

Oyó la voz del entrenador lanzando maldiciones a los cuatro vientos.

Jugadores de Washington lo persiguieron con el único fin de derribarlo, sin embargo apenas podían pisarle los talones. Corría más rápido que todos y sus golpes desestabilizaban a cualquiera. De pronto, el 55 apareció en su campo visual, listo para defender su zona de anotación.

Le causaba repulsión verlo. Decir que estaba enfadado se quedaba corto. Lo detestaba tanto que su meta era acabarlo.

Extendió el brazo. El 55 echó a correr en su dirección. La mano le cosquilleó; delgadas nervaduras irregulares y fosforescentes aparecieron entre medio de sus dedos como diminutas venas. Cinco poderosas bobinas de Tesla que transformaban una pequeña carga en un rayo sumamente potente y peligroso.

Desde la tribuna, Matt y Atticus notaron el destello azulado en la mano de su amigo.

El cambio en el clima los había puesto en alerta, pero el que Josh intentara freír a alguien era una historia distinta.

—Debes estar de broma —masculló Matt.

La gente se alzó en un último intento por alentar a su equipo. Matt se abrió paso entre el montón de brazos danzarines y voces apabullantes.

Le tiró la bebida a un sujeto e hizo que una chica cayera de espaldas sobre alguien más. Lanzó disculpas en todas direcciones mientras Atticus lo empujaba desde atrás para que se apresurara.

Descendieron por las escaleras. Una alambrada separaba las gradas del campo. Saltaron el vallado con la destreza de dos sementales en competición.

Los jugadores sustitutos miraron boquiabiertos las acrobacias de aquellos dos extraños.

—¡Josh! —gritó Matt. Su voz se vio opacada por el ruido—. ¡Detente!

Uno de los de seguridad se percató de la presencia de un fanático e intercedió para evitar que entrara en la cancha. Matt sopesó las posibilidades de golpearlo y quedar como un psicópata demente , sin embargo, Josh estaba fuera de sí y no sabía qué otra cosa hacer para salvar la vida del 55.

Alzó un puño y estuvo a centímetros de estamparlo contra la nariz aguileña del de seguridad, cuando sus piernas se aflojaron y cayó en los brazos de éste. Sus ojos vieron con horror como Josh descargaba la furia del rayo en el pecho del 55.

Pese al equipo protector, el joven se sacudió levemente y cayó al suelo aturdido. Josh lo evadió de un salto y aterrizó en picada en la zona de anotación. La bocina sonó, la multitud enloqueció, el cronómetro marcó cero y el panel cambió la puntuación de 14 a 20.

—¡Y los Espartanos de Michigan ganan el partido! —aulló animoso el relator.

Todo el equipo corrió en dirección a Josh para levantarlo en brazos como el héroe que era. Las porristas se adelantaron, moviendo sus pompones en el aire y dando saltos y gritos de euforia. La banda tocó la canción oficial del cuadro, mientras las personas gritaban desacatadas en la tribuna.

Matt y Atticus esquivaron el enjambre de jugadores para asegurarse que el 55 estuviese con vida. Apenas escaparon del tumulto de gente, advirtieron a dos jugadores de los Washington ayudando a su compañero caído. A simple vista parecía estable. Se veía desorientado y aturdido pero con las funciones motoras en perfectas condiciones.

—¡Mierda! ¿Qué te pasó ahí?

Uno de los chicos apuntó a su camiseta, donde la tela alrededor del pecho estaba chamuscada y volutas de humo escapaban de lo carbonizo del equipo protector.

—¿Qué diablos?

El incidente pasó por alto cuando el entrenador se aproximó para regañar a los jugadores.

—Eso estuvo cerca. —Atticus soltó un suspiro.

Matt negó con la cabeza.

—Tendré que hablar seriamente con él. Estos ataques de ira no pueden seguir ocurriendo.

—No le hizo daño. Sabe que no puede hacerlo.

—¡Pues entonces que no ande electrocutando a gente por ahí!

Atticus rodeó a su amigo por los hombros y lo estrechó contra sí.

—¡Ánimo! Los Espartanos ganaron el juego. Disfrutemos como el resto.

Su amigo rechinó los dientes.

—¿Te encargarás de ellos, verdad?

—Descuida, los sátiros saben qué hacer.

Los sátiros eran los encargados de borrar los recuerdos recientes de los mortales. Iban equipados con botellas del río Lete o de niebla hechizada por Hécate. Dependiendo de cuán grave fuese la situación simplemente debían darle de beber a su objetivo o espolvorear la niebla por encima de sus cabeza para que el mortal olvidase cualquier incidente ocurrido.

Cuando el problema era muy grande, nada que un banco de niebla pudiera arreglar.

Después de la eufórica victoria, el equipo entró al vestuario para darse una refrescante ducha. Al terminar, tanto las porristas como los jugadores optaron por un almuerzo en una pizzería de allí cerca. No obstante, un miembro de la banda anunció que su casa estaba la barbacoa a disposición del equipo para festejar.

Nadie se hizo esperar. Salieron del edificio y el sol brillaba en lo alto del cielo otoñal. Ni una sola nube gris quedaba de la tormenta pasada.

Josh marchaba junto a sus compañeros, los cuales no dejaban de despeinarlo y asegurar que era una bestia.

—Creo que el término semidiós se amolda mejor a mí —fanfarroneó, rematando con una risa seductora.

Las risas se volvieron contagiosas y se alejaron entonando el lema de los Espartanos. Josh aprovechó la distracción y se escabulló por detrás. A lo lejos, caminando en su dirección se acercaban Matt y Atticus, uno más sonriente que el otro.

—¡Excelente partido! —Atticus le dio un apretón de manos seguido de un abrazo.

—Gracias. Creí que no vendrías.

—¿Cómo crees? Jamás me perdería el último partido de la temporada.

—¿Viste la última jugada? —Chilló Josh de emoción—. Creo que deslumbré a los de la NFL.

—Habría sido una jugada perfecta si casi no electrocutas al otro jugador. —Matt se cruzó de brazos, lanzando una mirada de desaprobación. Josh exhaló con notorio fastidio y se acomodó la correa del bolso al hombro.

—Estaba enojado. ¿Qué no veías como ese idiota me insultaba? Además, no fue tan grave. —Se excusó, haciendo un ademán para restarle importancia.

—¿Ves que entiende que no puede matarlos?

Matt clavó la vista en Atticus, sus profundos ojos café se insertaron como cuchillos en la cara de su amigo. Finalmente cedió y suspiró, resignado.

—Fue un gran juego.

Josh le regaló una sonrisa, como si su aprobación valiera más que un trofeo dorado. Le dio una palmada en el hombro y lo estrechó contra sí.

—Vamos a una fiesta.


🟡🟡🟡


La piscina climatizada estaba llena de veinteañeros, la barbacoa repleta de carne y la mayoría se aglomeraba alrededor de una improvisada pista de baile, muy cerca de la barra de bebidas.

Atticus danzaba por entre las personas buscando comida y algo de beber. Ya había tenido suficiente con el baile y su estómago clamaba por alimento. Cuando se estaba mucho tiempo lejos del mundo mortal las fiestas eran un evento indispensable para la supervivencia.

Intentando esquivar las peligrosas gotas de agua contaminadas con cloro, Matt corrió lejos de la piscina para salvar su ropa. Al llegar junto a su amigo, éste le sonrió con un pedazo de salchicha a medio masticar.

—¡Qué cerdo! —Matt apartó el rostro de su vista.

—Oye. ¿Sabes hace cuánto que no pruebo una de estas?

Josh se acercó por detrás con una copa de cóctel en las manos.

—¿Acaso en el Olimpo no hacen barbacoas? —rió al imaginar a su padre prender la leña con un rayo.

—Cualquier cosa mortal está vedada. Por suerte me dejan tener mi teléfono. Iris hizo un buen trabajo mezclando la tecnología mortal con sus poderes para hacer celulares con una señal demencial y que no estén molestándola. ¡Pero las aplicaciones mortales no funcionan del todo bien allá arriba! Estoy atrasado con The Walking Dead.

—Grabé la última temporada para ti —le aseguró Matt, soltando una risilla al ver la emoción contenida en su amigo. Definitivamente lo estaba malcriando—. Pero ya debo de irme.

—¿Qué? ¿Por qué? —El rostro de Josh se ahogó de aflicción. Apenas había pasado un par de horas con Matt, eso no era suficiente para ponerse al día con las noticias.

—El viernes estoy libre.

—El viernes tengo práctica.

—Entonces el sábado.

—Bien —dijo malhumorado. Tener que esperar hasta el sábado para hablar con su exguardián sacaba lo peor de sí. Sin embargo, recordó un ítem importante que nunca pasaba por alto—. ¿Cómo está Lucía?

Matt rió por lo bajo. Ya se había tardado en preguntar por ella.

—Está bien. Hoy ella y Sarah rendían una prueba, así que me escabullí sin ser detectado.

—¿Por qué no les dices la verdad y ya? —preguntó Atticus, dándole la última mordida a su perro caliente.

—Porque este sujeto — inclinó la cabeza en dirección a Josh—, asume que si lo hiciera Lucía querría venir conmigo y él no quiere eso.

Josh resopló y bebió del cóctel para evitar cualquier comentario hiriente. Sus dientes apretaban el popote conforme escuchaba a un muy desinformado Atticus hablar.

— ¿Qué no dijiste que querías mantenerte alejado de ella para poder superarla? ¿Cuánto tiempo más necesitas? Tienes a Melody.

— ¿Hum? ¿En qué año te quedaste? Melody debió haber sido la segunda, justo después de Aubrey y antes que Laura —respondió Matt, quien se ayudaba de los dedos para contar.

— ¿Segunda? ¿Cuántas novias has tenido? —preguntó Atticus con los ojos bien abiertos. El asombro no tenía cabida en su rostro.

Josh agitó la mano para que se olvidara del asunto... O simplemente porque había perdido la cuenta de cuántas novias pasaron por su vida en los últimos cuatro años.

—Él ahora está muy feliz con Tracy.

—Terminé con ella el otro día —susurró.

— ¡¿Qué?! —Matt abrió los ojos, consternado—. ¿Po-Por qué? Era una ninfa muy linda.

— ¿Saliste con una ninfa?—interrogó Atticus, arqueando las cejas.

— ¡Basta! —Levantó las manos y retrocedió, apabullado por las constantes preguntas y miradas juzgadoras—. Tracy era insoportable. Ya la superé... No me costó mucho que digamos.

Los hombros de Matt se deprimieron con un suspiro. Ya no aguantaba toda esa situación; los engaños, las salidas secretas. Odiaba tener que mentirle a Lucía, más aún a Sarah.

—Cuatro años, Josh —dijo y bastó para que su amigo se enfadase—. Han pasado cuatro años y no veo que la situación cambie.

—Yo... solo quiero estar seguro.

— ¿Y cómo lo sabrás si nunca te le acercas? Me dices que ya no la amas pero no veo que hagas algo para demostrarlo.

— ¡Iré a visitarlos, lo prometo! —tragó duro. El nudo en su garganta le cortó la voz. Parecía un chico tímido en comparación al jugador estrella de hoy a la mañana—. Dame un poco más de tiempo.

Cansado de oír tantas veces la misma frase, estaba preparado para decirle que no. Ya había esperado mucho tiempo y estaba harto, no seguiría siendo cómplice de esa situación. Pero al ver su mirada, aquellos ojos desesperados y llenos de inseguridad le convencieron de lo contrario.

—De acuerdo.

La música subió de volumen y varios se aglomeraron en la pista para bailar. Atticus agitó junto a los presentes el inicio de Pump It Harder —viejuna pero infaltable—, Matt aprovechó para despedirse y, justo cuando Josh creía que podría hablar a solas con Atticus, éste decidió marcharse también.

—¡Espera! —habló demasiado pronto, quizás demasiado ansioso. Retiró la mano del hombro de Atticus, sus dedos jugando nerviosos. Las palabras se mezclaron en lo reseco de su lengua hasta que finalmente logró hilar una pregunta—. ¿Cómo está él?

—¿Te refieres a Logan?

Josh asintió.

—Pues bien —resumió—. El título de profesor le abrió varias puertas. Está trabajando en un Club como entrenador de Las Orcas. ¡Oh! Y también está haciendo el curso para guardavidas.

El joven amplió los ojos impresionado. La vida de Logan parecía bien encauzada a comparación con la vorágine incierta que era la suya. Inició con Ingeniería Eléctrica y terminó con Estudios de Cine. No le iba mal pero solo era un puente para llegar a su verdadera pasión que era el Football Americano. Añoraba que los de la NFL lo llamaran.

—Y... ¿pregunta por mí?

—A veces —se encogió de hombros y su rostro fue sincero cuando dijo—: Sigue sin entender por qué te fuiste sin despedirte. Supongo que es una herida que no ha cicatrizado en él.

—Pero Lucía debió explicarle la situación, ¿no? —farfulló.

Atticus bufó aunque se asemejó más a una risa carente de humor.

—No es lo mismo, Josh. Y lo sabes. Algún día tendrás que enfrentarlo. —Sonó duro así que para amenizar la situación y animarlo, añadió una verdad que pese a Logan negarlo, sabía que era cierta—. Él te extraña.

Josh clavó la mirada en Atticus. El dolor y la esperanza entrelazadas.

— Lo haré, es solo que...

—Necesitas tiempo —finalizó Matt, resignado—. Lo sabemos.

Aquellas palabras lo hirieron profundamente, tal vez más de lo esperado. No era su intención alejarse de los que alguna vez fueron sus amigos, pero aquella situación, todo lo desencadenado por culpa de Cronos, lo hizo adentrarse en una burbuja.

Salir significaba adentrarse en un mundo de aflicción y recuerdos amargos. Peor aún, los años transcurridos podían traer cargas que, para bien o para mal, eran una ruleta rusa que no estaba dispuesto a jugar.

Mantenerse al margen era su estrategia. Aunque eso significaba perder a quienes más quería.

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Espero que les haya gustado este primer capítulo.

Ya sabemos que ha sido de la vida de Josh, pronto conocerán más sobre los otros personajes.

¿Qué expectativas tienen con esta historia? ¿Qué les gustaría ver?

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