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Capítulo XVIII

Shadow seguía como un sabueso el olor de la arpía que había secuestrado a Josh.

El viaje se sintió largo y extenuante. El rastro parecía de nunca acabar, infinito, por lo que Shadow debía recorrer el doble de distancia para recoger al grupo que andaba por tierra.

Llegó un punto en el que comenzaron a sospechar de si realmente estaban yendo por el camino correcto.

Una rápida olfateada a una prenda de Josh fue suficiente para despejar sus dudas. Tanto la arpía como Josh habían sobrevolado por aquel lugar hace no más de dos noches.

Al amanecer del tercer día el rastro llegó a su fin. No había más aroma. El rastro terminaba justo en un acantilado, donde el rugir de las olas se podía oír desde lo alto.

Shadow llegó con el segundo grupo, exhausto, por lo que al bajar todos los pasajeros se dispuso a echarse en la hierba.

—¿Y bien? — inquirió una Lucía muy alterada.

—El rastro termina aquí— replicó Miranda.

—¿Entonces en dónde están?

—Deja que saco mi bola de cristal y ya respondo a tu pregunta.

Nico apoyó una mano en el hombro de la joven para que se calmara. Todos estaban preocupados, el sarcasmo no era un huésped muy deseado.

—Pensamos que quizás pudo haberlo arrojado al mar— dijo Matt. El viento que soplaba alborotaba su cabello azabache—. Pero Shadow tampoco percibe el aroma de la arpía.

—Tal vez saltó con él— sugirió Logan como una posibilidad, a lo cual Matt negó.

—Las arpías y el agua no se mezclan. Simplemente... desaparecieron.

Negada a creer que este era el fin de todo caminó hasta el borde del acantilado. Las rocas, como afilados cuchillos, emergían de dentro de las aguas, cortando las olas y provocando una explosión de espuma marina.

Percibió la presencia de Logan a su lado. No hizo falta observarlo para sentir su desesperación.

Apoyó una mano en su hombro para reconfortarlo, cuando de pronto, el mundo que la rodeaba cambió de improviso. El día se volvió noche. El reflejo de la luna nadaba por sobre las olas. El graznido de una arpía irrumpió en el aire marítimo.

Una luz blanca y brillante emergió de entre las rocas del acantilado.

Cual flecha, la bestia emplumada atravesó el portal junto con Josh.

El viento helado del mar dejó de soplar en su rostro. La noche estrellada se volvió oscura como la boca de un lobo.

Su campo visual se llenó de colores intensos. Rojos, amarillos, naranjas. Y un aroma tan poderoso se impregnó en sus fosas nasales, provocándole nauseas. Se sintió tan mal  que la visión terminó allí. 

Despertó, doblada del dolor, con la boja abierta hacia el mar aguardando por un vómito que nunca apareció.

Las manos de Logan se aferraban a su cuerpo a modo de contención. Su voz reconfortante le hablaba al oído.

Lucía se llevó una mano a la frente por inercia, repasando cada momento que vivió.

—El acantilado...

—¿Qué cosa?

—Tomaron un portal...

Se apartó de Logan y buscó en el bolsillo de su pantalón el mapa de los portales.

Por el rabillo del ojo divisó a Nico en el suelo. A su lado Miranda intentaba reconfortarlo.

La duda de saber qué estaba pasando se plantó en su mente, pero tenía un objetivo mucho más importante, por lo que la siembra debería esperar.

Encontró rápidamente el portal que la arpía había utilizado y, para su asombro, el mismo era representado con un color distinto del resto.

—¿Qué? — La voz de Logan sonaba inquieta.

—El portal es de color azul.

—Significa que es continental. A donde sea que vaya es fuera de Estados Unidos— respondió Matt.

—¿Quiere decir que Josh no está en el país?

Matt asintió con pésame.

—¿Y cómo sabemos a dónde irá? — preguntó Miranda con los brazos en jarra.

—No lo sabes. — Se encogió de hombros y miró a Lucía en busca de una respuesta—. A menos que tú hayas visto algo.

Lucía aprieta los labios, como si ello le ayudara a recordar.

—Parecía un lugar cerrado. Había un fuerte aroma y...—apretó el puente de su nariz y frunció el entrecejo— cosas de colores. Rojas y naranjas... amarillas también, creo. Y...—llevó una mano directo a su pecho—. No estoy segura pero puedo asegurar que sentí algo moviéndose adentro de mi cuerpo.

Atticus soltó una maldición y cerró los ojos con fuerza. Matt, por su parte, apretó los labios para evitar soltar una blasfemia.

Logan les miró con inquietud. Intuía una parte del rompecabezas.

—Díganme que no es lo que estoy pensando.

—No lo es— aseguró Matt—. Es mucho peor.

—Esa maldita bestia lo llevó con Hipnos— concluyó Atticus.

Las palabras sobraban. Las expresiones de los presentes lo decían todo: terror y desconcierto.

Logan miró a Matt y éste apartó la mirada. Aunque le rehuyera podía ver en sus ojos la respuesta a su pregunta. Josh estaba siendo torturado; exactamente igual a como les había ocurrido hace seis años atrás.

—Hay que apresurarnos. Esos gusanos van a matarlo.

—Hipnos no es el más benevolente de los dioses— replica Atticus—. Tampoco el más cruel pero le encanta jugar sucio. Si está del lado de Circe seguramente tiene una sorpresa guardada para nosotros.

—Entonces habrá que estar un paso más adelante que él. — La voz de Zoe se impregna de firmeza y Logan le observa impresionado.

Sin perder más tiempo se ponen en marcha. Descienden por una pasarela en la ladera, primero de pie, luego casi que gateando, hasta llegar a la entrada de una cueva.

Ante su sola presencia el portal se manifiesta, aguardando por ser usado.

Incapaces de saber qué los estaría esperando al otro lado, invocan los escudos que Hefesto les obsequió. Desenfundan sus armas y se adentran en lo desconocido.

De una cueva atestada por la humedad se adentran en un campo verde rodeado por inmensas montañas.

El calor del ambiente comenzaba a elevar la temperatura en sus cuerpos. Eso, sumada a sus gruesas ropas de invierno, terminaban por asarlos vivos.

Sea a donde sea que hubieran ido, faltaba poco para el verano.

—¿Ahora a dónde? —pregunta una confundida Gemma, quien claramente odiaba bastante el calor.

—Supongo que solo habrá que seguir las flores— replica Nico, señalando un sendero lejano hecho únicamente de amapolas.

—De acuerdo. En marcha.



Avanzan por el campo manteniendo distancia de la pestilencia proveniente de las amapolas. Sus narices, más sensibles que las de un mortal, captaban el sutil aroma de las flores. Caminar a su lado sería una sentencia de muerte.

El calor se hacía notar el doble a causa de la gruesa ropa que traían. Ya no sabían qué hacer con ella. Algunas las habían guardado en las mochilas, otras alrededor de la cadera o encima de sus cabezas para cuidarse del sol abrazador.

Erick, por su parte, andaba feliz con su remera de manga corta y sus pantalones caqui. Al ser hijo de Hefesto podía regular la temperatura de su cuerpo. En invierno no pasaba frío y en verano se sentía como pez en el agua. Gemma, por su parte, odiaba el verano porque los rayos de sol eran más intensos y quemaban su blanca piel. Sin embargo, no pasaba calor, puesto que su propio cuerpo funcionaba como un aire acondicionado.

Tanto Zoe como Nate se adherían a ella como chicle en la suela para conseguir un poco de la frescura que su amiga despedía.

—Ah, no. ¡Fuera! —bromeó la joven, empujándolos a ambos lejos de ella.

—¿Eres una mala persona, sabes? No dejas que te demuestre mi amor.

—¿Colgado a mi cuello? No, gracias. Ve con Erick, bastante solo está el pobre.

—¡Olvídalo! El tipo parece fogón de playa.

—¿Qué quieres decir con ello? — cuestionó el joven desde lejos.

—¡Que estás demasiado caliente! Estoy sudando la gota gorda, no necesito más calor del necesario.

Erick toma una pequeña piedra del camino y se la arroja justo a la cabeza. Nate suelta un quejido, mientras que ambas jóvenes sueltan una carcajada.

En medio de su pequeña atmósfera de alegría Gemma divisa entre los árboles un animal bastante particular. Entre el espeso follaje de un abedul el cuerpo de una lechuza albina descansaba sobre una rama.

Su aparición consumió toda la alegría que albergaba. El corazón comenzó a palpitarle con fuerza y los chistes de sus amigos ya no le parecían tan graciosos como antes.

El bello animal batió sus alas y se internó en el bosque.

—¿Gemma?

—¿Hum? — respondió sin ver necesariamente a Nate.

—¿Estás bien?

Se volvió y por primera vez reparó en el rostro preocupado de sus amigos.

—Sí... ¡Sí, claro que sí! — forzó una sonrisa que ayudó a regularizar la situación.

De pronto vieron como el resto de los guerreros se adentraba en el bosque. Nate agradeció inmensamente dicha decisión, al menos así los árboles amortiguarían los rayos del sol abrazador. No obstante, para Gemma, entrar allí significaba toparse con aquel animal albino. Un terror para ella desde estos últimos meses. Pero ya no más. No después de lo que le había hecho a Josh.

Lo pagaría caro, aunque eso significara una muerte segura.

Hicieron una breve parada para reponer fuerzas. Las amapolas estaban a varios kilómetros de distancia, pero su hipnótico aroma llegaba hasta sus narices; sutil, casi imperceptible, pero poderoso como para causarles migraña.

Los Oneiros y su increíble habilidad de asesinar a las personas mientras soñaban, no eran más que cuentos para Zoe. En su vida había visto uno, mucho menos someterse a su cruel tortura.

El dolor en su cabeza parecía aumentar conforme se acercaban a las montañas.

A pesar del embotamiento, logró captar el sonido del agua. La idea de meterse a bañar fue lo bastante atrayente como para alejarse del grupo.

Necesitaba sentir la frescura del río en su piel. Zambullirse y oír el magnífico sonido del agua.

Quizás esta podría aliviarla momentáneamente del agudo dolor en su cabeza. Sin embargo, su idea de encontrar una cura ante semejante agonía pareció brotar en la mente de alguien más también.

Logan estaba hincado a orillas del río. Movía las manos dentro de las aguas cristalinas, como si realizara alguna especie de conjuro mágico. Luego, hacía un cuenco con las manos y mojaba su rostro varias veces.

Repetía la misma acción, alternando entre su cara y la nuca.

Por un instante podía ver alivio en su mirada. Las gotas resbalaban por su rostro, penetrando en su cabeza, menguando el dolor provocado por las amapolas. Pero en cuanto el agua se extinguía, las puntadas volvían a aparecer.

"Métete dentro" sugirió la joven para sus adentros.

Sumergirse prolongaría los beneficios. ¿Por qué no lo hacía entonces?

¿Siempre era así de estúpido?, pensó.

Entonces, sin previo aviso, el deseo de querer deshacerse de él cobró fuerza. La consumía por dentro, devorando cada célula de su ser hasta contaminarla con el virus de la venganza.

Lo deseaba, no podía negarlo.

Quería ser la protagonista. Ser un héroe como él. Pero jamás podría serlo si él estaba de por medio.

Levantó una mano. El anhelo de ser reconocida le nubló el juicio; la oscuridad, fría como un témpano, se propagó por su cuerpo hasta tener control de éste. No hubo resistencia, se dejó llevar por la sensación helada que, extrañamente, le reconfortaba demasiado.

Sus dedos se fueron cerrando lentamente. En su piel percibía el burbujeo del agua hirviendo.

Notó un cambio en el semblante de Logan. Mareo, quizás.

Logan meneó la cabeza para quitarse el aletargamiento. Lo hizo varias veces hasta que a la tercera, perdió el equilibrio y cayó al agua. Sus manos le salvaron de estrellarse con las piedras. Por un instante se sintió perdido, confundido. ¿Qué estaba pasándole?

Su respiración se volvió agitada, acompasando el latir de su corazón.

La sangre parecía hervirle por dentro. Todo su cuerpo ardía en el interior.

Poco a poco su entorno comenzó a dar vueltas. El correr tranquilo del río se tornó en una línea curva que subía y bajaba creando pequeños remolinos.

Mareado como estaba, el ver aquello le revolvió el estómago, debilitándolo y dejándolo al borde de un colapso.

—Te tengo—murmuró la joven con una sonrisa digna de un villano.

El café de sus ojos se tornó azul como el hielo.

Podía sentir como la vida de Logan se iba apagando. Su sangre burbujeaba, quemándolo de adentro hacia fuera.

Sería la estrella. Al fin lo sería...

No obstante, antes de que Logan se desvaneciera, algo la empujó con violencia hacia el suelo, impidiéndole terminar el trabajo.

La temperatura en el cuerpo del joven comenzó a regularse conforme el agua del río reactivaba su sangre, dándole a ésta la fuerza suficiente para reparar el daño en sus órganos. Aun así, se desplomó a orillas del río, exhausto.

La cabeza le daba vueltas y había perdido la capacidad de orientarse.

No podía moverse. No hasta que su cuerpo sanara por completo.

Se sentía drogado, la cabeza al borde del estallido.

Se colocó de lado, sintiendo la frescura del agua sobre su piel ardiente. Flexionó las piernas y así, en posición fetal, encontró el alivio que necesitaba para tolerar la espera.

Zoe percibió un peso cálido encima de ella. Desorientada como estaba, al abrir los ojos se llevó tremendo susto. Erick la estaba mirando. Lucía mitad aterrorizado, mitad desconcertado.

Tenerlo tan cerca la hizo sentir incómoda.

—¡¿Qué rayos te pasa?! — chilló molesta. Lanzó un par de manotazos al aire para quitárselo de encima, y funcionó.

—¿A mí? Qué rayos te pasa a ti, querrás decir— respondió tajante, limpiándose el polvo de sus pantalones.

Zoe se volvió para mirarlo.

—Yo no soy la que anda empujando a la gente porque sí.

—Pero sí la que intenta matar a su propia familia.

—¿Qué? — jadeó.

Erick exhala, la tensión clara en sus hombros, en la línea de su mandíbula. Se vuelve, mirándola a los ojos. Es ahí cuando Zoe descubre en su mirada una serie de pensamientos, sentimientos y malestares de cosas que nunca había visto antes.

Por un instante desconoció a su amigo. Siquiera pudo moverse cuando él se acercó a ella para arrastrarla lejos de la orilla. Sus ojos no dejaban de ver los suyos; de pensar en aquello que transmitía su mirar.

Parecía enfadado. No, estaba enfadado.

—Erick, me estás lastimando.— Se quejó pero eso no pareció importarle a su amigo.

Al aflojar su agarre Zoe encontró la oportunidad que buscaba de liberarse. Y entonces vio la decepción en su mirar.

Automáticamente sintió como si algo le hubiese golpeado en el estómago.

Tropieza hacia atrás hasta que golpea el tronco de un árbol, recargándose en él como sustituto de sus piernas inútiles.

—¿Quién rayos eres, Zoe?

—¿Por qué me dices eso? — su voz era apenas un susurro. El que él la mirase de aquella forma, de alguna manera, le arrebataba la capacidad de respirar.

—Quisiste asesinar a Logan. — Vio el rostro conmocionado de Zoe, pero no le importó. Ya la había visto fingir otras veces—. Sé que lo odias y sé que harías cualquier cosa por ser mejor que él, ¿pero esto? Zoe, esto es demasiado.

—¡Yo no le hice nada!

—¡¿Entonces qué fue lo que vi ahí antes?! — apunta con el dedo al lugar en donde ella solía estar escondida. La furia y la desilusión se batían a duelo en el interior de su mirada. Ni él mismo sabía cómo sentirse al respecto.

—¡No sé qué crees haber visto pero yo no hice nada malo!

—Guau —exhala Erick, conmocionado—. ¿En serio vas a negarlo? ¿En serio te harás la víctima?

Zoe abre mucho sus ojos, molesta e impresionada.

—No sé por qué estás acusándome de esto, pero no soy tan estúpida como para hacerlo. Odio a mi hermano pero jamás lo mataría. — Sus palabras se cargan de la furia que llevaba dentro. Toda su postura destila coraje.

—¿Entonces qué hacías? —Le increpó, cruzándose de brazos.

—¡Yo solo quería nadar un rato y...!— calló, mirando a Erick y de pronto a la nada.

Erick ladeó la cabeza, impaciente.

—¿Y?

—Y...—Tenía la respuesta en la punta de la lengua. Se mente le incitaba a decirla; podía escucharse a sí misma diciéndolo en voz alta...pero no lo haría. No se lo diría—. ¿En serio me crees capaz?

—No— responde, apaciguando la ira en el rostro de la joven, sin embargo, Erick seguía igual de serio—, claro que no. Pero después de lo que vi ya no sé qué pensar. Encontrar a tu hermano te convirtió en otra persona. Una a la que no quiero conocer.

Incapaz de seguir viéndola decidió marcharse, pero Zoe no estaba dispuesta a dejar así como así las cosas.

—Sabes como él me hace sentir.

Erick se detiene, sus manos aún en los bolsillos. Le mira por encima del hombro sin siquiera voltearse.

—El único que tiene la culpa es tu padre. Él te dio la vida para convertirte en el remplazo de tu hermano— volvió la mirada al frente. Exhala y sus hombros caen—. Siempre serás la segunda. A menos que hagas algo bueno por cambiarlo.

El sufrimiento se asienta en el corazón de Zoe y amenaza con hacerla trizas.

Las palabras de Erick reverberan en su mente y se estremece. Nunca había visto a Erick tan amargado o decepcionado. Este no era el Erick que conocía. Quería que se disculpara. Que se retractara de lo dicho. Pero todo apuntaba a que no lo haría.

Ella no había tenido la culpa de nada y habría soportado el reproche de Erick si no fuera por su mirada. Sus ojos la desestabilizaron, la convirtieron en polvo y no había pegamento en el mundo que pudiera volver a unirla.

Por primera vez, desde que conoció a Erick, se percató de cuánto le dolía el que él estuviera decepcionado de ella.

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