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V



Manuel

La tibieza de la noche recibió a Alondra dentro de la ansiada habitación llevado sólo un suave camisón rojo, el mismo con el que la recordaba luchando por anclar los juguetones tirantes que caían por sus delgados hombros. Dando hacía él suaves pasos ejerciendo sobre sus generosos pechos cierto movimiento tan sensual como involuntario. Diáfana, hermosa, cálida, profesaba un magnetismo supremo desde su hechizante cabello oscilándole por la espalda, libre, rebelde, moviéndose a su ritmo, dando la impresión de tener vida propia, hasta la sensual mirada oscura llena de elegancia. Y esa noche la blancura de su piel relucía cual joya, suave y frágil haciéndole jurar que con sólo un roce podría deshacerla en mil pedazos, aun así, deseaba con fervor recorrerle cada milímetro palmo a palmo. Y entonces sonrió mordiéndose el labio inferior cómo si leyera sus pensamientos y estos la tentasen cómo tantas veces lo había hecho.

Manuel estiró una de sus manos sintiéndola extrañamente pesada y torpe. Alondra la recibió con cariño sentarse a su lado y envolviendo su cuerpo entre sus brazos con cierto pesar recargó la cabeza en su hombro dejando escapar un suspiro de cansancio y regocijo, como si hubiera caminado por horas para al fin poder descansar. La habitación se impregnó de su aroma, la piel del hombre parecía arder alrededor de ella con tan solo un roce de su brazo que recorría con la yema de los dedos. Con calma cerro los ojos, añoraba disfrutar ese momento, sentirla junto a él una vez más, en silencio, sin reproches, rozar sus labios, recorrer su piel... hacerla suya.

El impertinente ruido del despertador trajo de vuelta al psicólogo a la realidad una donde ya no estaba Alondra, y él se esforzaba por fingir que no le importaba. Llevaba soñando con ella cada noche, pero esa ocasión era distinta aún podía sentir en sus dedos el contacto con su piel y podía jurar que el aroma del perfume a jazmines volaba libre por la habitación. Cansado se llevó ambas manos a la cara, estaba hartó de pensar en ella, ¿cuándo se volvió tan importante? Tal vez si era verdad aquella frase de esa mala canción donde dice que la ausencia hace que valoré el recuerdo. O quizá se estaba desquiciándose con el caso de Elena, la muerte de doña Catalina y ese maldito detective que salió de la nada y parecía estar en todos lados.

Un rápido baño y un escuálido desayuno fue el impulso que necesitó para salir al consultorio y aunque ese sábado no tenía cita alguna cualquier cosa era mejor que quedarse en casa a pensar en ese sueño, la sensación permanente en la yema de los dedos y el aroma a jazmines que impregnaba su cama. Pero al llegar al desvío por alguna extraña e impulsiva razón dio vuelta a la izquierda, siguiendo el camino a Babaal, el que resultó ser bastante tranquilo hasta el punto de disfrutarse un poco, conduciendo con calma, con la sola compañía de la música y su desafinada voz. No tardó mucho en llegar al despintado letrero dándole la bienvenida al igual que ese habitual escalofrió que le recorría la espina dorsal al traspasarlo, tampoco pudo evitar notar como su energía se esfumaba de a poco y la luz del sol se escondía entre el gran arbolado volviendo todo gris.

Pero no fue hasta el momento en que apagó el motor frente a la casona de doña Catalina que se detuvo a pensar, ¿qué rayos hacía ahí? ¿Y cómo es que había llegado al pueblo que tanto repudiaba?

Una voz conocida al otro lado de la calle llamó su atención, Galilea caminaba junto a un hombre de camisa a cuadros y degastados vaqueros, agitando sus manos en una calurosa platica dando la impresión de estar molesta por alguna razón.

Manuel bajó del auto observando con curiosidad a la delgada mujer, que parecía haber envejecido cinco años en una semana.

—Buenos días —saludó.

La chica formó de inmediato una forzada y enorme sonrisa mientras giraba su cuerpo dejando a la vista al detective.

—Buen día doctor —saludó Víctor extendiéndole una firme mano.

Manuel saludó de igual manera, sabía que había visto a ese hombre antes y ahora lo recordaba como el mismo que consolaba a la joven el día de la muerte de doña Catalina.

— ¿Qué hace en el pueblo? —preguntó Galilea en tono amable.

—Vine a ver a la señora Lourdes. Quiero saber cómo ésta...

—Uy, creo que eso no se va poder —interrumpió en tono de chisme—. Julio, su hijo, vino por ella ayer y se la llevo del pueblo.

Manuel asintió había perdido su improvisada excusa, que después de todo no resultó ser tan mala.

—Bueno, creo que es lo mejor para ella —agregó el psicólogo dubitativo seguido por un silencio incomodo entre el singular trio—. Y, ¿han sabido algo de Alondra?

Por un momento su corazón latió aprisa, ¿a eso había ido a Babaal? En busca de la mujer que había huido con un desconocido.

Galilea bajó la mirada parecía meditar sus palabras en silencio.

— ¿No sabe verdad? —Indagó fijando su atención en el psicólogo—. Todos creían que había huido con Julio pero ahora que volvió por su mamá...

—...no se fue con él —completó tan entusiasmado como aterrado. Si no había huido eso quería decir que alguien la desapareció la misma noche que envenenaron a su abuela—, ¿dónde puedo encontrar a ese Julio?

Víctor que se había mantenido en silencio lo miró con curiosidad, sorprendido, después de todo él le aseguró que las visitas con Alondra eran meramente casuales, hecho que no demostraba en estos momentos y que hasta al mismo Manuel le sorprendía.

—Anda de suerte, está en mi casa vino por algunas cosas que se le quedaron a la señora Loudes —afirmó Galilea señalando una pequeña construcción azul en la esquina—. Allá es.

—Muchas gracias —soltó caminando ya al lugar señalado—. Con su permiso.

—Manuel —llamó Huama siguiendo sus pasos para alcanzarlo—. Ayer se me olvidó comentarte algo y quizá sea una tontería pero... vi unos cuadros que pintó Alondra incluso uno tuyo muy bueno. Deberías ir a verlo está en su recamara.

Manuel asintió sin saber bien que responder a eso, se despidió, giró sobre su eje y sin prestar más atención a la extraña mirada del detective siguió su camino. Ahora centraba sus energías en Alondra, no había huido y eso quería decir que quizá Elena tenía razón en afirmar que algo malo le había ocurrido. A su memoria vino el final de la repetitiva anécdota de joven morena la misma que por un segundo cobró sentido incluyendo el escalofriante final: Ella me lo advirtió.

Con sus pensamientos sumidos lejos de Babaal llegó a la casa azul observando a lo lejos a una mujer mayor de negra cabellera con rasgos, aunque ya maduros, refinados y hermosos parecidos a los de Galilea. Detalló el vano parecido por un momento, viendo como examinaba una maceta de hojas algo rojas mientras tarareaba una cancioncilla irreconocible.

—Buenos días —saludó Manuel.

La mujer levantó la mirada mostrando unos ojos color canela tan elegantes como fríos.

— ¿Qué se le ofrece? —indagó en tono hostil.

Manuel abrió la pequeña portezuela de madera, caminó por la brecha de rocas hasta llegar a ella y le extendió una firme mano acompañada de una amplia sonrisa.

—Soy el doctor Manuel Ballesteros.

La mujer estudió al hombre de pies a cabeza terminado el examen en la amistosa mano derecha mirándola con desprecio.

—Sé quién es usted —respondió volviendo a su extraña planta.

Manuel retiró la mano.

— ¿Y usted es? —preguntó tratando con todo su autocontrol conservar la amabilidad.

—Sonia Lozano —respondió con orgullo.

— ¿Lozano? Usted es algo de...

—Así es, soy la hija de Jerónimo Lozano y Catalina fue mi madrastra.

Perplejo la miró por un momento, no podía negar el parecido que tenía con Alondra sobre todo en los gestos fríos, elegantes y la forma en que concentraba su atención en la planta le recordaba a los días en que la veía perderse en sus lienzos.

—Desconocía ese dato —respondió pensativo recordando el día que ingresaron a Elena al psiquiátrico, él mismo se encargó de llenar el formulario de rigor dónde indagó sobre cada familiar y cualquier anomalía psicológica. Doña Catalina jamás mencionó a Sonia.

—No veo porque debería conocerlo. Pero ahora que ya lo sabe, ¿a qué debo su visita?

La mujer dejó sus herramientas de jardinería a un lado, mientras se retiraba los guantes dejando a la vista unas finas y delgadas manos.

—Quiero hablar con... —. Manuel entrecerró sus ojos tratando de recordar el nombre.

— ¿Julio?

—Sí, necesito saber si tiene alguna información sobre Alondra.

Sonia asintió, haciéndole un simple gesto con la mano le indicó que la siguiera, después de rodear el pequeño y frondoso jardín llegaron a una humilde habitación, adornada por un par de anticuados sillones rojos, una sencilla mesa de centro y varios retratos a blanco y negro. Sonia, le indicó que esperará un momento mientras desaparecía por una de las puertas y se sintió libre de curiosear entre los cuadros, siguió su caminó hasta que uno de ellos atrapó por completo su atención, la mujer que aparecía ahí era idéntica a Alondra llevaba un vestido blanco de novia, su rostro estaba adornado por una sonrisa de esas que no alcanzan a llegar a los ojos y mucho menos al alma. Siguió caminando hasta toparse con un conocido y colorido cuadro de una cabaña, sin previo aviso llego a su memoria el día en que descubrió a Alondra pintando sobre ese lienzo, con una ligera sonrisa le explicó de la cabaña y del preciado recuerdo que albergaba sus únicos momentos buenos en Babaal.

—Buenos días.

Manuel se giró al momento para toparse de frente con un hombre de no más de treinta años, bien parecido, alto, delgado, pelo oscuro y barba corta.

—Soy Manuel Ballesteros —presentó estrechándole la mano con firmeza.

Julio sonrió con gesto amable indicándole uno de los sofás.

—Seré directo —soltó Manuel al tiempo que tomaba asiento—. Necesito saber si es verdad que Alondra se fue contigo.

Julio soltó una pequeña risita de cansancio dejando sorprendido al psicólogo.

—Perdón —respondió acomodándose en el sofá—. La verdad no tienes una idea la cantidad de veces que he respondido esa misma pregunta. Y la respuesta es no, Alondra no huyó conmigo a ningún lado yo me fui del pueblo hace tres meses. No entiendo de dónde han sacado esa idea.

Manuel estudió la expresión del hombre no parecía mentir, al contrario, su forma relajada de hablar la sencilla explicación sin vueltas ni enredos le decía que era verdad.

—Le diré algo con total sinceridad —continuó Julio—. Crecí junto a Alondra íbamos juntos en la escuela, en grados diferentes claro está, pero una cosa le puedo asegurar ella no es tipo de persona que abandonaría a Elena a su suerte.

— ¿Eran muy cercanos? Tú y Alondra —indagó con curiosidad.

—Prácticamente la conozco desde que nació. Es una gran mujer.

La manera de hablar, el tono, hasta la expresión corporal le avisaba lo innegable ahí había sentimientos fuertes, ¿de amistas?, ¿amor? Eso no lo sabía aún.

— ¿Habló de mí? —indagó finalmente sintiéndose algo patético con tan solo formular la pregunta.

—Sí, ella me platicó algo de ti —respondió con seriedad—. Nunca afirmó nada, pero no hacía falta sólo un tonto no lo hubiera notado. Sé que había algo entre ustedes.

Manuel sonrió bajando la mirada volviendo a percibir la fragancia a jazmines que añoraba con locura. Nunca pensó que esa mujer pudiera despertar con su ausencia aquellos sentimientos.

—No sabes —titubeó—, ¿dónde puede estar?

El hombre negó son la cabeza.

—No, lo siento. Yo también he estado preocupado.

Esas palabras cerraron la esporádica conversación, Manuel se retiró sin despedirse de nadie y de la mismo modo improvisto salió del grisáceo pueblo.

La paz que fue a buscar a Babaal fue sustituida por una terrible melancolía que no hizo más que torturarlo durante todo el camino de vuelta a Mérida. Sola una certeza lo acompañaba; tenía que lograr que Elena hablara.

Alrededor de las tres de la tarde dio vuelta rumbo al lago Cheén añorando sentarse en la vieja banca de madera y ver la puesta del sol buscando así algo de consuelo.

El suave cantar de los pájaros lo recibió aunado al murmullo del agua que le invitaba a sentarse y disfrutar de su calma la paz de ese lugar no tenía igual. Manuel se detuvo su andar perdiendo la mirada en el enorme ventanal que daba directo a la recamara de Alondra, a su mente llegó el detective Huama hablado sobre el retrato que había pintado de él, ¿sería una total locura si miraba un poco? Total, ya estaba allí.

Una alocada curiosidad lo encaminó al ventanal, trepando cómo un adolescente por el enorme roble, llegando arriba sin poder contener la imaginación que con fervor se aferraba a verla abrir las puertas con una cálida sonrisa, al momento desechó la idea conociendo su imposibilidad y abriendo una de las puertas por sí mismo. Todo en su interior estaba tal como lo recordaba a excepción de un gran capirote de madera donde seguramente el detective había encontrado las cartas. Caminó libremente por la habitación sintiéndose un intruso, revisando cada cajón, oliendo los pequeños frascos con aroma a jazmín, viendo las antiguas fotos que le mostraban a una sonriente niña en los hombros de su padre, se veía tan feliz, sonrió.

Añoró con la palpitante sensación de que su amada entraría en cualquier instante, mostrando su blanca sonrisa capaz de iluminar y darle paz a su cansada alma y terminar con esa horrible sensación de vacío. Siguió hasta toparse con un lienzo cubierto por una sábana blanca, Manuel tiró de ella con curiosidad siendo presa al instante de un fuerte escalofriante. Frente a él una replica de su rostro le devolvió la mirada, era increíble cómo había detallado cada ángulo, color y hasta imperfección de su piel eran plasmados de una manera sublime y a la vez perturbadora. El psicólogo se acercó un poco más al lienzo, nunca se había percatado de las distintas tonalidades de sus ojos, de las arrugas que se le marcaban al sonreír, pero ella sí y lo plasmó en esa pintura, la que sin duda le había llevado varios meses terminar.

Y por primera vez en toda su vida fue presa de un nudo que le ahogaba la garganta y le estrujaba el pecho, de un llanto silencioso que lo abrazaba sin previo aviso. Y frente a esa pintura tuvo que aceptarlo, no podía y no quería seguirse engañando, estaba cansado de luchar contra sí mismo y de la sensación de pérdida de control que lo embargada por las noches de sueños atosigándolo con fantasías que sólo drenaban sus fuerzas.

—Te amo —susurró con una risa amarga rendido ante la ironía del momento—. Juro que te encontraré.  

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