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Capítulo 39 Tierno Azúcar

Tal vez no te abracé, en todos esos solitarios, solitarios momentos.
Pequeñas cosas, que debí haber dicho y hecho.
Simplemente nunca me tomé el tiempo.

"Always on my Mind" – Johnny Christopher, Mark James y Wayne Carson Thompson.

~

—John... Esta es la última vez que te marco. Lo prometo. Solo quiero que me escuches. Lo lamento, lo lamento con todo mi corazón. Se la promesa que hice y sé que no la cumplí pero trate de hacerlo; trate de protegerla, y no solo a ella, también a ti y a Rosie... Ella me pido que no te dijera nada, y fui un tonto en obedecerle, sin embargo, también tenía que proteger a Isabelle. Tenía que protegerlos a todos... John, perdóname. Sé que no quieres verme y sé que no volverás, lo único que pido es tu perdón —pausó y tomó una bocanada de aire—. Tengo que irme. Me iré al infierno, te lo prometo.

Lentamente Sherlock colgó el teléfono público y sin poder controlarlo de sus ojos brotaron varias lágrimas dando comienzo a un viaje amargo.

Lestrade tocó, repetidas veces, el timbre de la casa de John Watson. Aquel hogar lucía solitario, ni siquiera un fantasma podría habitar en ella, pero el inspector estaba ansioso por ser atendido. Cuando el timbre no resultó ser una solución decidió que era la hora de tocar la puerta y, para su sorpresa, un demacrado John atendió su desesperado llamado.

—Sabía que estabas aquí —dijo Lestrade con una sonrisa nerviosa.

—¿Qué quieres Greg? —respondió nada animado John.

—¿Podría pasar? —El Doctor se hizo a un lado y Greg, preocupado por el estado de su amigo, se adentró a la casa—. ¿Cómo has estado? —preguntó de buena fe. John mostró una mirada terrible y Lestrade tragó difícilmente—. Lo siento.

—Qué más da. ¿Agua o whisky?

—A-agua —contestó sorprendido. John aventó la puerta y se dirigió a la cocina. Preocupado Lestrade mencionó lo primero que se le vino a su mente—: ¿Y Rosie?

—Con Molly.

—¿Y eso?

—Molly la ha estado cuidando en estos días.

—Está bien... —John sirvió el vaso y se lo entrego a Lestrade—. Gracias.

—¿Qué es lo que quieres? —de nuevo cuestionó, con tono agrio.

El inspector posó la mirada al vaso y apreció lo cristalina que era el agua.

—Tengo noticias...

—¿De qué?

—Sobre lo que pasó en Norbury...

John se cruzó de brazos dejando escapar un quejido molesto.

—¿Y por qué vienes a decírmelo a mí?

—Yo...

—Ve y díselo a él.

—Vengo de allá y no lo encontré —mencionó mientras alzaba la mirada—. Pensé que si te comentaba podrías decirle a Sher...

—Yo ya no estoy en el caso —interrumpió.

Lestrade alzó suavemente la cabeza.

—De acuerdo.

—Si es muy urgente, ve e insiste en buscarlo. A mí, ya no.

—Es verdad —dijo mientras dejaba el vaso en la mesa—. Lo siento John, yo solo quería...

—No pienso volver, Greg.

—Entiendo —soltó con tristeza—. Discúlpame si te moleste.

Lestrade se dio la media vuelta y fue rumbo a la puerta. John iba a paso lento detrás de él y vio como este esperó hacer despachado.

—Adiós Greg —dijo a la par que abría la puerta.

El inspector no mencionó palabra, se dio la media vuelta y salió de la residencia. En ese instante John lanzó la puerta y sin más que hacer Lestrade se retiró. El Doctor Watson se dio la media vuelta y, sentada en una de las sillas del comedor, se encontraba una entristecida Mary.

¿Por qué? —preguntó.

John negó con la cabeza e ignorando esa presencia se fue a su habitación.

En Speedy (local situado al lado del edificio de Sherlock) se encontraba faltó de clientes; solo tres se encontraban degustando alguna taza de té, o café, y rebanadas de pastel. El señor Chaterjee, dueño del local, limpiaba la barra cuando la campana de la entrada sonó. Alzó su vista y vio a Isabelle. Algo preocupado él suspiró y continuó con la limpieza. Apenada la pequeña miró al lugar. Los tres clientes en una perfecta sincronía observaron a la pequeña y Bell comenzó a caminar y se dirigió hacia la barra.

—Buenas tardes señor Chaterjee —saludó nerviosa.

—Buenas tardes Bell —respondió dejando de lado el trapo de limpieza—. ¿Qué se te ofrece pequeña?

—Señor, dice Sherlock que si me puede prestar unas monedas para el teléfono —el hombre suspiró agotado y Bell lo notó—. Me dijo que los anotara a su cuenta y que pronto le va a pagar.

—Bell —llamó mientras ponía sus codos en la barra—, Sherlock tiene tres semanas que no me paga.

—¡Pero ya lo va hacer, —exclamó ansiosa— en estos días!

El señor Chaterjee bajó su cabeza mientras inhalaba.

—Bell...

—¡Por favor! —clamó.

Él alzó su cabeza y vio la mirada triste de la pequeña. Esos ojitos marrones estaban llegando a su corazón pero forjó dureza en su interior y con un tono amargo respondió:

—Lo siento Bell.

La niña agachó su cabeza y sin decir nada se dio la media vuelta para retirarse. El señor Chaterjee tuvo que mantenerse firme, pero ver a la niña así lo hacía sentirse la peor persona del mundo. Bell caminaba cuando sintió una delicada mano posarse en su brazo.

—Pequeña —llamó. Ella volteó y vio a una mujer rubia, de enormes anteojos y vestido rojo—. ¿Necesitas aún las monedas? —preguntó con terrible preocupación.

A Isabelle le tomó por sorpresa aquella mujer y su interés.

—No, gracias —contestó sería y acongojada.

—Linda —continuó mientras le tomaba de ambas manos y la volteaba para quedar de frente—, no te avergüences. Yo puedo darte las monedas, si tanto necesitas hacer esa llamada.

Aquella mujer sonrió calurosamente, alzó una de sus manos y acarició el largo y ondulado cabello de la niña. Bell se estremeció. Ella odiaba que desconocidos sobrepasarán su espacio personal, aunque si esa mujer le quería dar unas cuantas monedas, soportaría el mimo.

—Me da mucha pena con usted ¿señorita...?

—Smith. Faith Smith.

—Señorita Smith, le agradezco su ayuda pero Sherlock me ha dicho que no acepte nada de extraños.

—¡Oh! —exclamó—. Bueno, Sherlock, quien supongo es tu papá, tiene mucha razón —dijo algo confundida—, pero mi ayuda es sincera. —ella frunció el ceño y Faith sonrió—. ¿Cuál es tu nombre, preciosa?

—Bell.

—Bell, qué bonito nombre. Me recuerdas a una niña, igual de linda que tú, a quien conocí —dijo mientras ponía sus manos en sus pequeñas mejillas—. Por favor, acepta las monedas.

La pequeña sintió un escalofrío recorrerle por su espalda mientras miraba fijamente a la señorita Smith. Ella notó algo familiar en ella; no podía describirlo, por más que pensó y trató le era imposible. Faith sonrió con una naturaleza psicótica y esperó ansiosa la respuesta de la nena.

—Está bien señorita Smith.

Ella soltó el rostro de la pequeña y alegre sacó su cartera. Isabelle veía, con gran análisis, a la mujer y descubrió como está llevaba un bastón. Faith saco varias monedas, demasiadas para la sorpresa de la niña, y se las entrego todas.

—Espero y te sirvan corazón.

—Gracias señorita Smith.

—No agradezcas. Y por favor, llámame Faith.

Ella volvió a sonreírle y Bell respondió igual. Se llevó todas las monedas, algunas las guardo en el bolsito de su largo vestido lila y se acercó al teléfono público. Colocó las monedas indicadas y marcó desesperada el número. Entró el primer timbre, luego el segundo y Bell comenzó a preocuparse.

—Contesta —susurró.

La llamada no se concretó. Bell colgó y descolgó el teléfono, volvió a marcar y desde su mesa Faith observaba. De nuevo no se contestó y Bell insistió. No fue hasta la quinta llamada que contestaron.

—¿Hola? —se oyó, en tono amargo, al otro lado de la línea.

—¡Tío John, me alegro que contestarás! —exclamó la pequeña con gran gozo.

—¿Bell? —cuestionó.

—¡Si, si! ¡Soy yo! —John se sintió un poco frustrado al oír a Bell. Su voz le hacía recordar lo sucedido—. Tío, ¿cuándo vuelves a Baker Street? —cuestionó mientras su voz se quebraba.

John concibió como un nudo se forma en su garganta y, poco a poco, caía a un hueco vacío en su estómago. Tragó difícilmente y posó una de sus manos sobre su cabellera.

—Bell... Yo... —un suspiró se oyó. La niña apretó con fuerza el auricular.

—Tío, te necesitamos —rogó. De nuevo un vacío se incrustó en él—. Sherlock y yo te necesitamos.

—Pequeña, yo... —volvió a tragar saliva. El sonido del aire, a través de sus fosas nasales, caló en el oído de la niña.

—Tío —interrumpió, su voz logró quebrarse—. Tío, por favor, ven.

John no resistió. La niña logró que su firmeza se quebrara; aquella roca que había formado fue destruida y todos sus recuerdos salieron a inundarlo con pesadumbre y las lágrimas recorrieron sus mejillas.

—Bell, pronto iré —dijo, sabiendo que ello era una mentira.

—¿De verdad? —cuestionó maravillada la niña.

—De verdad —respondió mientras buscaba con que limpiar su lágrimas.

—¿Cuándo es pronto?

John se detuvo y apretando su móvil buscó las palabras correctas para no herir a la criatura.

—Pronto —La alegría en el rostro de la niña poco a poco se vio opacada por esa respuesta—. Cuídate Bell.

Y colgó. Isabelle se quedó paralizada en la cabina, sostenía el auricular y escuchó como la máquina solicitaba más monedas. A lo lejos Faith seguía mirando a la niña, le preocupó el estado en el que se encontraba y cogiendo su bastón se alzó para ir con ella.

—¿Bell? —llamó mientras colocaba sus manos alrededor de los hombros de la pequeña.

Ella soltó el teléfono y sin poder controlarse desahogo su pena en los brazos de Faith quien, con pena, aceptó el abrazó de la pequeña. 

Sherlock se encontraba recostado en una de las sillas de su comedor. Miró a su cremoso y opacado techo, notando que esa combinación de colores era debido a una no recurrente limpieza. Iba a quejarse de ello con la señora Hudson. Mientras dialogaba en su cabeza la queja que impartirá, escuchó como tocaban a su puerta. Alzó la mirada y en la entrada estaba Lestrade.

—¿Puedo pasar? —cuestionó curioso

—Ya estás aquí.

El inspector aceptó ello como su bienvenida y se adentró al apartamento.

—¿Ocupado?

—Algo... —respondió al devolver la vista al techo—. ¿Qué pasa?

—Te he estado buscando desde la mañana —Sherlock se mantuvo en silencio—. Tengo algunas cosas de lo que pasó en Norbury —El detective cerró sus ojos y suspiró terriblemente. Alzó una de sus manos y le indicó a Lestrade que comenzará a hablar—. De acuerdo, en primera, tus sospechas de que Richard Middelton manejaba la red de Moriarty, resultaron en vano.

—Lo sospeche en cuanto Sarah Jones se delató.

—Segundo —continuó ignorando el evidente sarcasmo—, Sarah Jones tampoco manejaba la red de Moriarty —Sin negar su sorpresa Sherlock bajó la vista—. Así es. Hay unas cuantas pruebas de que a Sarah la manipularon para hacer lo que hizo.

—¿Cómo lo sabes?

—Revisamos su teléfono móvil y había un par de mensajes, de números desconocidos, que le indicaban matar a alguien o que ella moriría.

Sherlock se mostró concentrado.

—¿Ya localizaron el número?

—No. Me temo que es un número privado y el rastreo se verá complicado.

El detective posó sus manos sobre sus rizos y los removió veloz. Estaba pensando.

—¿Habían nombres de quienes debían ser ejecutados? —Cuestionó desesperado—. ¿Mary, Isabelle?

—Nadie. Solo la orden era matar o morir —Sherlock suspiró—. También hay más.

—¿Qué?

—El ladrón, Ajay, se suicidó hace unos días —Sherlock no se mostró impactado—. Nunca pudimos sacarle información sobre Mary o Sarah, así que, el caso de Mary quedará cerrado.

El detective volvió a suspirar.

—¿Algo más?

—Si. No debería decirte esto, pero si aún sigues investigando quien mató a la madre de Bell, Sarah Jones dejó una herencia.

—¿Es para Isabelle?

—No, y aquí, entra lo interesante. Al parecer no es una herencia monetaria, escuché que fueron documentos y quedaron a nombre de tu hermano.

Al escuchar todo ello Sherlock se alzó impactado de la silla.

—¡¿A Mycroft?! —gritó.

—Te lo acabo de decir.

—¿Cómo es posible?

—Creo que eso ya depende de ti, Sherlock.

Ansioso el detective pasó sus manos por su rostro y miró a Lestrade.

—Sí, lo haré —el inspector cabeceó suavemente—. ¿Por cierto, fuiste a verlo? —soltó.

—Vengo de ahí.

—¿Y?

—No quiere saber de nada, ni nadie —Sherlock cabeceó levemente mientras humedecía sus secos labios con su lengua—. Dale tiempo —continuó—, perdió a su esposa y... No te culpes Sherlock.

Él observó al inspector y sin nada más que decir retomó la vista al techo.

—Buenas tardes George —finalizó.

Lestrade dejó escapar un aire culposo y salió del lugar.

Al no sentir ninguna presencia a su alrededor, Sherlock comenzó a buscar entre los bolsos de su abrigo hasta que, victorioso, sacó una jeringa con un contenido de extraña procedencia. El detective arremangó su saco junto a su camisa, colocó la jeringa entre sus dientes y empezó a golpetear sus venas, en busca de una que fuese gruesa y regordeta. Al ver como ellas aparecían en su brazo, con un brillo azul verdoso, quitó la tapa a la jeringa y dejó que la aguja entrara en la vena seleccionada. Sintió como si de un pellizco fuera y con lentitud dejó que el líquido entrara en ella. Al principio, en que esa sustancia se penetraba en sus venas, fue como si le quemara y entre más iba, más pasaba ese ardo y parecía hacerlo volar. A pocos momentos de terminar su inyección Sherlock alzó su vista e impactado descubrió a Bell bajo el dintel de la puerta. Ambos se observaron y una tensión cubrió el ambiente. Sherlock terminó su cometido, sacó con rapidez la aguja, la aventó al suelo y dobló su brazo para evitar un hilo de sangre. La niña seguía mirando, no se mostraba asustada o sorprendida, solo observó hasta que Sherlock se alzó de la silla y caminó hacia ella. 

Con una mirada, en la que parecía ocultar el asombro por descubrirle, él tomó la puerta y la aventó en su cara. Bell se estremeció y pareció volver en sí; respiró agitada y dio la media vuelta para irse a su habitación.

Isabelle miró por la ventana de su salón de clases. A pesar de que sus mayores deseos, de volver a Baker Street se hicieron realidad, poco a poco su vida que trataba de transcurrir con normalidad, iba directa al infierno. Irene observó a su clase, estaban en exámenes y no debían copiar y vio a la distraída niña.

—Terminó el examen —mencionó apagada Irene mientras miró a su reloj—. Pasen y dejen sus hojas en el escritorio.

Las niñas faltantes se alzaron de sus pupitres y obedecieron a su maestra. La última en entregar su examen fue Bell y para sorpresa de Irene la hoja estaba en blanco.

—Bell —llamó preocupada antes de que la niña cruzará el umbral de la puerta—. Tu examen está...

—Lo sé —respondió seca y salió de ahí.

Mientras se dirigía a la salida la niña percibió una repentina obscuridad, que la dejó sorprendida.

—¡Adivina quién soy! —exclamó alegre una voz familiar.

—¿Eric?

La luz volvió a su vista, volteó y vio aquel niño fastidioso con sus manos alzadas.

—¿Te asusté? —cuestionó animado. La niña rodó sus ojos y continuó su caminata hacia la salida. Eric, extrañado por el comportamiento de la niña, fue tras de ella—. ¿Todo bien? —preguntó.

—Si —respondió molesta.

—Pues no me lo parece. Vamos, cuéntame, ¿qué te pasa?

—Nada.

—Tú tono amargo me insiste lo contrario. ¿Te fue mal en tu examen?

—Lo reprobé

—¡Ouch! —Exclamó adolorido—. ¿Crees pasar de año?

—Me da igual.

—¿Cómo qué te da igual? Si yo reprobará, papá me mataría. ¿Acaso Sherlock no lo haría?

—A él también le da igual.

—Qué raro.

La niña se encogió de hombros y ambos llegaron a la salida. La niña se dispuso a esperar el autobús y Eric le acompañó. Bell le miró expectante.

—Adiós Eric —dijo después de unos minutos.

El niño volteó a verle y una enorme sonrisa cubrió su rostro.

—Yo también espero a que pasen por mí.

—Oh, espera en otro lugar, ¿quieres?

—Je, no, que aburrido sería. Además tú eres mi amiga y quiero pasar el tiempo que sea necesario contigo.

Bell alzó una ceja extrañada.

—Eric, ¿no tienes más amigos?

—Nop. Solo tú.

—Necesitas conseguirte más.

El pequeño comenzó a reírse con enormes carcajadas que inundaban el lugar y las miradas curiosas se hicieron presentes.

—¡Ay Bell, eres tan graciosa!

—No lo soy y, de verdad, búscate otros amigos —dijo irritada.

—No gracias —La niña rodó sus ojos y regresó la vista al frente para seguir ignorando a Eric. En ese momento, un vehículo modelo Ford Fiesta rojo, se estacionó frente a ellos e hizo sonar el claxon—. ¡Es mi papá! —Clamó el niño—. ¿Quieres que te demos un aventón?

—No —soltó veloz.

—¡Anda! Déjame le pregunto.

—¡Qué no Eric!

Él ignoró el reclamo de la niña y fue hacia el vehículo, abrió la puerta del copiloto y habló con su papá. Unos momentos después, Eric se dio la media vuelta y su cara se mostraba triste.

—Lo siento, no podemos llevarte. Papá no tiene ida hacía Londres.

—No te apures —dijo con una leve sonrisa.

Eric se despidió, se adentró al coche y se fueron. Bell ya no prestó atención y siguió esperando el autobús y en unos minutos llegó. Rumbo a casa veía por la ventana el paisaje boscoso y sólo pensó en el caos que era el 221B en estas últimas semanas: Sherlock se había retraído en su piso, no salía, no recibía a nadie; ni siquiera a ella o la señora Hudson. La única persona que ella vio acceder al lugar fue un sujeto desaliñado, con una cara demacrada, y dos enormes maletas.

« ¿Está Shezza? » preguntó al ver a la sería niña. No respondió. « Bien, yo iré por él » él le pasó de lado a la niña y subió los escalones. Bell suspiró con tristeza.

La vista se convertía en una jungla de asfalto y ella sabía que ya pronto llegaría a casa. Se alistó con su mochila y esperó su descenso.

Bell solía caminar tres calles de la parada de su autobús a Baker Street. Llegó, ya tenía una llave propia, y al entrar dejó la mochila de un lado.

—¡Ya llegué señora Hudson! —clamó.

La puerta de la cocina se abrió y una agotada señora Hudson apareció.

—Cariño, qué bueno que ya estás aquí —Bell sonrió—. Ya casi está la comida. —Y un estruendo evitó el agradecimiento de la niña. Ambas alzaron la vista—. ¡Oh ese Sherlock! —exclamó hartada la señora Hudson.

—¿Todavía está acompañado?

—Así es querida —respondió. La niña se acercó a los escalones para subirlos pero la señora Hudson le detuvo—: Bell, cariño, no vayas allá. Son órdenes de Sherlock.

—Solo quiero saber si está bien, señora Hudson. No tardaré.

Isabelle corrió por los escalones hasta que llegó al piso. Las puertas estaban cerradas pero un olor espantoso y casi putrefacto cubría el pasillo. Ella se acercó a la primera puerta, la abrió y al entrar, observó que todo era un desastre: La mesa estaba repleta de cristalería, jeringas, y sustancias químicas. Las paredes estaban cubiertas con plásticos y el suelo se tapizaba de jeringas, tanto usadas como nuevas. Asombrada Bell vio aquel sujeto durmiendo en una de las sillas; se tambaleaba en momentos pero no parecía reaccionar. Se adentró más al apartamento y, en el living room, pudo ver como en la pared, donde documentos y conexiones con el caso de su madre yacían ahí, estaba cubiertos por una serie de fotos y documentos de un hombre que no lograba reconocer. Se acercó más y leyó el nombre de ese tipo: Culverton Smith. Sorprendida ante ese nuevo tapizado la niña no percibió que el "amigo" de Sherlock despertó.

—¡Qué haces aquí! —chilló al verla. Asustada ella volteó a verle—. ¡¡Shezza!! —gritó.

La niña quedó paralizada del susto y sintió unas pesadas manos sobre sus hombros.

—¿Qué haces aquí? —cuestionó furioso Sherlock. Bell volteó y miró al detective que lucía desaliñado. Una barba se posaba sobre su rostro enfermizo y unas oscuras y remarcables ojeras se adornaban debajo de sus ojos—. ¿Te volviste sorda?

—No —respondió con una increíble firmeza.

—¿Entonces, qué haces aquí?

—Oí un ruido y vine a ver si estabas bien.

Sherlock soltó a la niña y miró a su amigo Wiggins.

—¿Se cayó algo?

Él comenzó a indagar en la habitación hasta que encontró una probeta junto a un bote tirados en el suelo.

—Tus cosas químicas. Lo siento Shezza.

—Nada pasó —continuó mientras devolvía la vista a la niña—. Sabes que no debes entrar aquí, bajo ninguna circunstancia.

—Me preocupe.

—No lo hagas. —Bell sintió como su corazón se estremecía—. Ya hablaré con la señora Hudson... Hablando de ella, me dijo que hoy tuviste un examen en la escuela. ¿Cómo te fue?

—Lo reprobé.

Sherlock frunció su ceño.

—¿Qué?

—¡Qué lo reprobé! —exclamó agotada.

—¡¿Por qué lo reprobaste?! —Gritó frenético y ella se quedó callada, mientras una mueca dolorosa cubría su rostro—. ¡Te hice una pregunta!

La niña no lo resistió, agachó su cabeza y salió corriendo del lugar. Sherlock ignoró su comportamiento y aventó la puerta.

—Shezza, te pasaste —mencionó Wiggins. Él volteó a verle.

—Sabe que no puede reprobar en la escuela.

—Si pero no estás en condiciones de exigirle, ¿no crees?

—Ella lo sabe y punto. Después hablaré con Irene para que la pase de año. Por cierto, prepara una jeringa.

—¿Te acabas de inyectar, no?

—Prepara una jeringa —ordenó. Wiggins obedeció. Sherlock tomó asiento frente a él y miró paciente la preparación—. ¿Hiciste la llamada que te pedí? —soltó.

—Ajá.

—¿Y?

—Pues, ese Mycroft me dijo que te dijera —en ello cogió un encendedor y lo activo—, que te fueras al diablo.

—¿Tan vulgar fue? —preguntó sorprendido.

—No. Fue cortés, solo te lo traduzco.

—Gracias.

—¿Qué es lo que buscas de ese sujeto?

—Información.

—Se te va a complicar con ese tipo.

—Ya lo sé... —dijo con un soplo— Ya dame la jeringa.

Wiggins se la entregó y Sherlock procedió a lo suyo.

—¿Puedo preguntarte algo?

—No... —respondió extasiado.

—¿Por qué volviste al hábito, si ya la tenías controlada?

—Te dije que no.

—Tengo curiosidad, Shezza.

—Ahórratela —en ello dejó caer la jeringa y cerró sus ojos.

Bell salió del edificio con las manos sobre su rostro. Las lágrimas caían sobre sus mejillas y sentía su corazón tan roto que no había manera de componerlo. No quería creer ello, no quería aceptar que Sherlock había abierto las puertas del infierno. Desde que su tía Mary había muerto ella sabía que las cosas se habían puesto terribles, pero ahora eran peor. Su tío John no había vuelto a Baker Street, ella sabía que él era un pilar en la vida de Sherlock y, de momento, el único que podía controlar la situación pero él no quería volver. Él era el único que podría salvarlos de este infierno.

—¿Estás bien pequeña? —interrumpió una apacible voz femenina.

La niña enjuagó sus lágrimas y alzó la vista para ver a una conocida frente a ella.

—¿Señorita Smith? —cuestionó sorprendida.

—Si —dijo penosamente—. ¿Qué tienes corazón?

—Nada... —mintió.

—¿Acaso...? —Pausó y observó su rostro—. ¿Estás llorando?

—No...

Difícilmente Faith se hincó y tomó la barbilla de la niña. Los ojitos marrones mezclados con el rojizo de su llanto miraron a los azulados ojos frente a ella.

—¿Por qué has llorado dulzura? —cuestionó con una cálida sonrisa.

—Yo... Reprobé un examen.

—Ese llanto no es por dejar un examen —aseguró—. ¿Qué te parece si vamos a Speedy y comemos una rebanada de pastel?

—Yo... La verdad no...

—Vamos, pequeña. Yo invito.

Extrañada por ello aceptó la invitación de Faith. Tal vez no era lo más correcto por hacer, sin embargo ella quería desahogar su tristeza y Faith había caído del cielo. Ambas se alzaron, Bell ayudó a Faith y las dos se tomaron de la mano para ir a Speedy.

Dos tazas de chocolate caliente y dos enormes rebanadas de un pastel de fresas estaban haciendo servidas en una pequeña mesa. Bell y Faith miraron maravilladas sus pedidos.

—Este pastel es mi favorito —dijo Faith al tomar su tenedor. La niña le miró asombrada.

—El mío también.

—¡Qué bien!

Faith tomó un pedazo y lo disgustó como si en años no lo hubiera probado, luego, se deleitó con el chocolate caliente y el sabor cubrió alegremente su garganta. Bell miró extrañada el comportamiento, algo no estaba bien, pero lo ignoró junto a una de las primeras reglas que Sherlock le había dicho: Jamás rechazar el presentimiento.

—¿Y dime, preciosa, a que se debía tu llanto? —Preguntó mientras tomaba una servilleta para limpiar sus labios—. Y no me mientas.

—Tuve una discusión —mencionó agotada mientras jugaba con el tenedor.

—¿Una discusión? —Ella alzó la cabeza—. ¿Con quién? —La niña apretó su tenedor y jugueteó con las migas a un lado del pastel, aun así no respondió—. Creo conocer esa actitud...

—¿Cree?

—Ajá, tú comportamiento me recuerda a mí, cuando discuto con mi padre.

—¿Papá? —preguntó fría la niña.

—Si —continuó Faith con una sonrisa—. ¿Dime qué es lo que sucede con él?

—Es una larga historia.

—Hay tiempo... —dijo sin dejar de mirar ansiosa a Bell.

John abrió sus ojos de golpe. Había dormido toda la noche y parte de la mañana, se sentía agotado y su cuerpo estaba adolorido por la cama. No quería levantarse. Ya no quería. Volteó la mirada a su buro y tomó su celular, lo encendió y espero a ver quién del mundo exterior le buscaba. Al encenderse notó como había varias llamadas perdidas de Molly, Mycroft y un mensaje de voz de un número desconocido. Ignoró las dos últimas y llamó a Molly para saber de su hija.

—¿Hola? —contestó el sobrino de Molly.

—¿Thomas?

—¡Doctor Watson, ¿Cómo está?!

—Hijo, pásame a tu tía.

—¿No quiere hablar con Rosie? La tengo en mis brazos, ahora mismo.

—Ah... Si, por supuesto.

Tommy puso el teléfono en la oreja de la niña y el pequeño le decía: "saluda a papá."

—¡Pa-pa! —exclamó la pequeña y un regocijo cubrió a John.

Terminando su conversación con su hija y, rogándole a Molly por unos días más, John revisó los demás datos. Hizo de lado a Mycroft, todo lo que proviniera de los Holmes era prioridad para ignorar. Luego recordó el mensaje de voz. Pensó que tal vez era de Bell. La pobrecita de Bell. John no podía negarlo, también estaba algo resentido con la pequeña que, aunque se había ganado un espacio en su corazón, su tía había asesinado a su mujer. Se dispuso a escuchar el mensaje y para su sorpresa era de quien menos quería:

« John... Esta es la última vez que te marco. Lo prometo.»

¡Sherlock! Ese idiota tuvo que volver. Colgó y alzó la vista al marco de la puerta y sin llevarse una sorpresa miró a su mujer, a Mary.

Escucha ese mensaje —suplicó.

—No —respondió furioso mientras se volvía acobijar.

Tienes que hacerlo. No puedes dejarlo así.

—Si puedo y no lo haré porque es un idiota.

John, será un idiota pero es nuestro idiota.

John suspiró. Sacó la mano de entre las cobijas y tomó su celular. Lo miró y se debatió por un largo minuto. Al final lo apagó, cerró sus ojos y se cubrió cual niño asustado.

—No lo haré.

Te vas arrepentir.

—Lo dudo...

Bell dio un trago a su chocolate para pausar la historia, y una versión resumida, a Faith Smith.

—¿Entonces tu tío y tu papá están peleados? —Preguntó, más para sí que para la niña, quien le observaba.

—Si pero es mi culpa —afirmó con pena.

—¿Tú culpa?

—Por mi culpa mi tía Mary murió.

Faith quedó sorprendida.

—Hermosa, no puedes echarte la culpa en algo tan serio.

—Si...

—No y te voy a decir porque: yo también tengo problemas con mi papá. Él, desde que mamá murió, se ha comportado de una manera extraña y en un principio creí que todo era mi culpa; así como tú lo crees yo también lo viví. Y lo único que quiero es que papá deje de actuar raro.

—¿Y qué ha hecho su papá? —preguntó extrañada al momento de comer pastel.

—Es lo que me trajo aquí. A Baker Street, a buscar a Sherlock Holmes.

La pequeña sintió como la rebanada de pastel se había atorado en la garganta. Comenzó a toser y Faith preocupada, trató de ayudarle a despejar la garganta. Bell tomó su chocolate y dejó que el líquido ayudara.

—¡¿Estás bien?!

—¡Pe-perdón! —respondió exaltada—. ¿Busca a Sherlock?

—Así es. He estado hablando en las últimas semanas con él por correo, pero me ha evitado en persona y necesito hablar con él.

Los ojos de Bell eran dos enormes platos y su única reacción fue terminar su chocolate. Faith miró curiosa.

—¿Y por qué quiere que Sherlock le ayude con su papá? —preguntó al terminar de beber—. Me dice que su papá se comporta extraño y, bueno, los casos de Sherlock están relacionados a cosas...

—Lo sé... —suspiró Faith— solo quiero que las actitudes de papá terminen. Pienso igual que tú mi niña. Quiero que papá vuelva a ser el mismo de antes. Todo de hecho.

Isabelle suspiró mientras agachaba su cabeza.

—Déjeme ayudarla, yo conozco a Sherlock.

—¿En serio?

—Si. ¿Recuerda el día que me dio las monedas? Le mencioné el nombre de él.

—¡Es verdad! Entonces Sherlock es... ¿Tú papá?

Ella no respondió. Solo pidió que se preparará para irlo a ver y Faith obedeció.

Las dos llegaron al living room y Bell tocó la puerta. No hubo respuesta. Le pidió a Faith que le esperará a fuera, se adentró y cerró la puerta. La puerta al comedor estaba cerrada, al menos eso era una ventaja para que Faith no viera el laboratorio clandestino y la niña tocó fuertemente. Unos segundos después la cabeza de Sherlock se asomó.

—¿Qué te dije sobre entrar aquí? —demandó furioso.

—Hay un cliente afuera.

—No estoy atendiendo a nadie —dijo apuntó de cerrar la puerta.

—Es la señorita Faith Smith. Dice que se ha contactado contigo por correos electrónicos.

Sherlock frunció su ceño y trató de recordar el nombre.

—Faith Smith... Faith Smith... —susurró hasta que alzó la vista al tapizado en la pared y vio los recortes sobre Culverton Smith.

Sherlock salió del lugar y le ordenó a la niña que fuera por ella. Isabelle obedeció e hizo adentrar a Faith. La joven mujer al ver al afamado detective quedó sorprendida por su aspecto desaliñado y cara de pocos amigos.

—Isabelle, a tu habitación. ¡Ya! —ordenó en tono amargo. La niña obedeció y salió del lugar mientras que dejaba sorprendida a Faith.

Durante un rato se dio una conversación inusual entre Faith y Sherlock. Esta había notado algo fuera de lugar en el comportamiento del hombre pero lo dejo pasar.

De la más rara conversación en ese living room Sherlock y Faith se decidieron por un paseo por Londres. Inusual para Faith, sin importancia para Sherlock y el camino estuvo lleno de comentarios sin lógica o razón. Hasta que llegaron al tema de verdadero interés: La paternidad.

—¿Por qué piensa eso de su padre, señorita Smith?

—¿Qué es un asesino? —preguntó con un suspiró al final—. Él ha cambiado tanto señor Holmes, que ahora lo desconozco. Siento que lo he perdido.

—Pero un cambio de humor no hace a un hombre un asesino en potencia —dijo con una media sonrisa.

—¿Usted cree?

—Por supuesto. Necesitan verdaderos factores para motivar al asesinato, no solo la perdida de una ser querido.

Sherlock sonreía con sorna y soberbia en cambio Faith le miraba pasmada.

—Es fácil para ti decirlo, ¿verdad? —cuestionó severa.

—¿Perdón?

—Lo que oíste. Para ti, es fácil decirlo. ¿Qué hay de tu ser querido? Y mírate: Inútil y drogado. Y pobre de Bell, sufriendo tu propio calvario.

—¿Disculpa? —insistió sorprendido.

—¿Qué clase de padre te has hecho? Dices que el mío no puede asesinar por la falta de un ser querido pero tú, tú perdiste una amiga. Y ahora te arrastras al infierno, negando tú alrededor... Patético.

Sherlock quedó sorprendido ante las palabras de Faith. En ello sintió como su cabeza le dolía, el efecto estaba pasado y se venían los efectos secundarios. Faith le miró mientras degustaba de un par de papas fritas.

Al aprovechar la repentina ausencia de Sherlock, Bell se propuso a limpiar aquel laboratorio. Recogió las jeringas usadas, arriesgándose a ser picada; todo lo manejo con la mejor cautela posible. Para las sustancias químicas se puso los enormes guantes y, en una gran bolsa de basura, ponía las botellas de plástico. Y así se mantuvo unas horas hasta que Sherlock llegó y sorprendido, vio a la niña limpiando el lugar.

—¡¿A ti te hablo en otro idioma o qué?! —gritó. Bell decidió ignorarlo y seguir limpiando—. ¿Qué haces?

—Limpio.

—¿Por qué lo hiciste? —soltó mientras buscaba desesperado una jeringa. La cabeza era un suplicio y las palabras de Faith Smith no dejaban de botar dentro de ella.

—Tiré todo lo que es malo —respondió molesta.

—¿Qué tú qué? Pero... Pudiste lastimarte y... —se detuvo y golpeteó su cabeza—. Dame esa bolsa —ordenó.

—¡No! —exclamó al hacer de lado la bolsa.

Sherlock ni se inmutó y ágil se lanzó a coger la bolsa. Bell se dispuso a pelear pero la velocidad de él fue mayor y tumbó la bolsa. Ambos miraron lo que había salió y vieron una jeringa preparada. Imitando su velocidad Isabelle tomó la jeringa y se dispuso a correr. Sherlock trató de arrebatarle el utensilio y debido a tanta sustancia en su sistema, sus movimientos se habían vuelto torpes. La niña salió del living room y tomó los escalones para ir a su habitación, pero un fuerte golpe en la pared, la hizo voltear con miedo.

—Niña, devuelve eso ¡ahora! —exigió con voz ronca.

—¡No! —exclamó.

—¡¡Qué me lo des, o te lo quito a la fuerza!!

—¡Pues hazlo! —le retó. Sherlock se quedó sorprendido por esa actitud. Isabelle observó al detective con sus ojos cristalizados mezclando el pánico y la decepción—. ¡No te la pienso dar!

Torpemente Sherlock caminó en los escalones y Bell, al ver acercársele, apretó la jeringa mientras su cuerpo se apegaba a la pared. Sherlock quedó frente de la niña y como si fuera un niño, posó sus manos en la jeringa y buscó arrebatársela. Ambos comenzaron a forcejear, aunque Sherlock estaba débil, su fuerza seguía siendo mayor a la de la pequeña. Por más que resistía la jeringa le fue arrebatada con brusquedad y el detective observó su tesoro, lo guardó en el bolso de su bata mientras la niña comenzaba a llorar.

—¡Oh por favor Isabelle! —exclamó hartado—. Te he dicho, miles de veces, que me molesta que llores.

—¡¡Te odio!! —gritó desgarrada. Sherlock se quedó en shock y trató de digerir lo que la niña le había dicho.

—¿Qué dijiste? —demandó furioso

—¡Qué te odio! —repitió mientras limpiaba sus lágrimas.

El detective había escuchado bien y esas palabras fueron una inyección dolorosa a su corazón.

—¿Me odias?

—¡Si, te odio, te odio, te odio...! —continuó gritando.

—Bien... —interrumpió mientras tomaba una bocanada de aire y al expulsarlo, miró terriblemente a la niña— ¡¡Pues yo también te odio, niña tonta!!            

—¡¡No me importa!! —respondió y las lágrimas volvieron a fluir.

—¡¡Oh si debería —continuó hostil—, por qué te odio desde el primer día que llegaste aquí y con tu estúpido caso!!

—¡¡Yo también!! ¡¡Y si la muerte de mi mamá te parecía estúpida no debiste tomar el caso!! —La pequeña tomó la manga de su playera y limpio sus mejillas mientras miraba a un desolado Sherlock—. ¡¡Me iré de aquí!!

—¡¡Tú no te iras a ningún maldito lado más que a tu habitación y no saldrás de ahí hasta que cumplas treinta!!

Bell se despegó de la pared, se dio la media vuelta y corrió hacia su recamara mientras que Sherlock, llenó en cólera por su comportamiento, se fue detrás de ella para asegurarse que se dirigiera hacía allá. La niña llegó al piso, abrió la puerta y al aventarla, Sherlock detuvo el impacto.

—¡¡Bajo ninguna circunstancia saldrás de esta habitación, Isabelle!!

—¡¿Y mi escuela, qué?!

—¡Te importa poco, así que ya no irás!

—¡Pues yo quiero salir!

—¡Pues está prohibido, niña!

—¡No puedes hacerlo! —chilló mientras golpeaba al suelo con su pie.

—¿Qué no puedo hacerlo? —cuestionó con una sonrisa sarcástica—. ¡Por supuesto que puedo! ¡Debes obedecerme, te guste o no!

—¡¡Tú no eres mi papá!! —gritó desesperada.

Y un crudo silencio cubrió la habitación. Bell respiró agitadamente y sorbió su nariz mientras que el corazón de Sherlock terminó de quebrarse. Ya no supo que responder, la niña había ganado esta batalla. El detective se dio la media vuelta para retirarse cuando:

—¡Sherlock —exclamó jadeante—, perdóname pero...! —Se detuvo. Ella volvió a sorber su nariz—. Ya no te quiero ver así... Ya no quiero y ya no puedo... Intenté todo lo que pude pero... —La niña cayó al suelo y puso sus manos sobre su rostro—. ¡¡Todo es mi culpa!! —gritó—. ¡¡Por mi culpa paso todo esto!!

—Isabelle... —llamó sereno.

—¡Por mi culpa murió mi tía Mary, por mí el tío John no regreso, por mi haces esas cosas malas!

—Niña, no es tu culpa...

Bell ya no soportó. Las lágrimas caían con rapidez de sus ojos y bajaban por sus mejillas y su nariz se había puesto colorada, dejó caer las manos al suelo y golpeteó este. Al ver a la niña así, Sherlock se dio cuenta que la había arrastrado a su infierno. Sintió como su pecho se comprimía. Nunca había visto a Isabelle de esa manera y se sentía horrible. Se sintió el peor ser humano del mundo.

—Isabelle... —llamó mientras se acercaba a ella— Bell...

El detective se hincó frente a ella y seguía llamándole pero la pequeña parecía ahogarse en su llanto. Desesperado Sherlock tomó a la niña, acercándola a su pecho y la abrazó con sus pocas fuerzas. Isabelle golpeó varias veces al detective para soltarse pero este resistió y la dejo que desahogara su pesar. La pequeña se había cansado de forcejear y abrazó con todas sus fuerzas a Sherlock para luego enjuagar sus lágrimas en su camisa.

—No es tu culpa —mencionó mientras reposaba su barbilla en su cabeza—. Nada de lo que ha pasado es tu culpa. Toda es mía.

—¡Pero...!

—Es mía y solo mía. Yo te arrastre a ella y tú no lo mereces, ni John, ni nadie.

—Sherlock —susurró en llanto.

—Por mi culpa Mary murió. Por mi culpa John no regreso. Por mi estas sufriendo. Nada de lo que paso fue creado por ti, fue creado por mis propias acciones —la niña hundió más su cabeza en su pecho—. Perdóname mi niña...

El llanto de Isabelle volvió. Ambos dejaron en libertad sus penas y pesares, y el horrible ambiente que se vivía en Baker Street buscó aligerarse un poco, pero aun, no habían escalado para salir de ese abismo.

Eran las once de la noche. Sherlock y Bell yacía en el teléfono público ubicado en la esquina de Baker Street. El detective reposó el auricular entre su oreja y hombro mientras que, con una mano colocaba las monedas y con la otra sostenía firmemente la mano de la niña, quien a su vez le abrazaba.

—No marqués su celular —soltó la niña—, no contestará.

—Ya lo sé —refunfuño.

Sherlock marcó el número y esperó pacientemente. La primera llamada no entró y volvieron a insistir y volvieron hasta que, en la sexta llamada contestaron:

—¿Quién habla?

—¡John! —exclamó Sherlock. Bell se mosteó alerta. El doctor Watson no emitió sonido y sospecharon que le colgaría—. ¡Por favor, te lo suplico, no cuelgues!

Al otro lado de la línea, John se mostró serio y adolorido, la imagen de Mary se plasmó frente a él, rogando por obedecer a Sherlock.

—¿Qué quieres? —demando con voz gélida.

—John, gracias... —suspiró— John, por favor, te pido... No, te ruego que nos dejes ir a verte. Bell y yo, te necesitamos.

—Sherlock, ustedes no me necesitan. Ni ahora, ni nunca.

El detective dejó escapar una risa irónica.

—No digas tonterías. Siempre lo hemos hecho y ahora más que nunca. Todos nos necesitamos John.

—Yo... Yo no necesito nada de ti —mencionó severo mirando a los ojos de Mary. Una tristeza cubrió su rostro—. Lo único que necesite de ti, Sherlock, no lo cumpliste —al otro lado de la línea, Sherlock apegó más Bell consigo. Ella igual respondió—. Lo único que necesite fue creerte. Creer en que nos protegerías y ¿dónde está Mary ahora?

Aquí sigo, John —respondió. Él le ignoró. El silencio permanecía en la línea.

—Enterrada tres metros bajo tierra.

—John... Y-yo se l-lo que dije y...

—¡¿Y dónde quedó esa promesa?! —gritó—. ¡¡Se fue en el maldito viento!!

Las lágrimas no resistieron y para no delatarse John colgó el teléfono. Desilusionado Sherlock colgó y miró a Bell.

—Vayamos a casa —soltó.

—¿Vendrá?

Y le rompió la ilusión a la pequeña.

Los dos llegaron al living room y para su sorpresa descubrieron en el laboratorio clandestino, esperando con elegancia a Mycroft Holmes.

—Buenas noches hermano, Isabelle.

—¿Qué haces aquí? —preguntó impactado Sherlock.

—Necesitamos hablar —dijo al momento que veía como los dos se mantenían enlazados de las manos—. En primera tendré que confiscarte tu pequeño centro de investigaciones y, en segunda, también a retirarte la tutoría de la niña.

—¡¿Qué?! —exclamaron al unísono.

—Por el amor de nuestra reina, Sherlock. Te has estado drogando frente a una menor.

—¡Por supuesto que no! —demandó. Mycroft arqueó una ceja incrédulo.

—¿Y esto qué es? ¿Proyectos para días de lluvia? —Cuestionó con una risa—. Isabelle —llamó y ella se asustó—. ¿Cuántas veces ha visto a mi hermano, inyectarse cosas que no debería? —la niña miró Mycroft, luego a Sherlock, y así se mantuvo unos momentos hasta que—: Dímelo, sin mentiras. Sherlock no podrá regañarte.

Apenada agachó su cabeza y a voz baja respondió:

—Veintidós veces.

Ambos hermanos Holmes quedaron sorprendidos.

—¡Qué descaro el tuyo! —exclamó indignado.

—Bell —llamó Sherlock mientras se agachaba para mirarle—, ve a tu habitación y no salgas hasta que esté reptil se vaya, ¿sí?

—¿Seguro?

—Seguro.

Sherlock soltó su mano y le sonrió. Bell de reojo observó a Mycroft y se retiró del lugar.

—¡No tienes ni una pizca de vergüenza!

—¡No seas ridículo! —exclamó sarcástico—. Isabelle es madura y sabe lo que está bien y está mal.

—¡No, ella es una niña! Ella no comprende lo que es eso.

—Si lo sabe, créeme —En ello Sherlock tomó asiento en su sillón y, cabeceando por un leve dolor de cabeza, medito unos momentos—.

Espera —soltó—. ¿Por qué tanto interés en la niña?

Mycroft se extrañó.

—¿Disculpa?

—¿Por qué el interés en la niña? —insistió—. Tú nunca te has preocupado por ella... —un silencio incómodo se formó.

—¿Aún estás drogado? —preguntó risueño.

—No —respondió mientras alzaba su cabeza—. A ti nunca te ha importado... Solo te ha importado que acabe su caso... —Mycroft siguió extrañado pero una leve preocupación le inundó—. ¿Es por la herencia, verdad?

—¿De qué hablas?

—Es la herencia que Sarah Jones te dejó. Los documentos o, mejor dicho, la tercera USB de Samara.

El mayor de los Holmes se mostró exasperado pero, veloz, cambio el semblante por su fría actitud.

—Hermano mío, pero sí que la droga te explotó las venas de tu cerebro.

—Al contrario, me ha expandido —los dos se miraron terriblemente—. Dame esa USB.

—Yo no tengo ninguna estúpida USB.

—Dame la USB.

—Yo no tengo nada.

De golpe Sherlock se alzó de la silla y se posicionó frente a frente con Mycroft. Este quedó en shock.

—Dame. La. USB —enfatizó.

Evitando la intimidación de su hermano, Mycroft trajo de vuelta la serenidad y, observando a los perdidos ojos de su hermano, le reto:

—Si para mañana, la niña sigue en este techo, me la voy a llevar y muy lejos de aquí, Sherlock.

Mycroft se dio la media vuelta y salió del living room. Sherlock estaba furioso, el humo de la rabia quería salir por sus orejas. Mycroft había estado demasiado alejado de todo esto y era hora, de hacerlo hablar.


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