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Capítulo 38 Azul Profundo

Hay un momento en la vida, cuando todas las cartas que has jugado se reparten. Sientes la temperatura descender, y todos tus demonios internos vienen a través estrellándose.

"Hell Frozen Rain" - Akira Yamaoka.

~

—¿Para qué quieres a Mary Watson? —demandó furioso Sherlock.

El marginal observó al detective.

—¿La conoces?

—¿Para qué quieres a Mary Watson?

—Si la conoces —dijo con una media sonrisa—. Debí suponer que estaría protegida.

La niña, aterrada y en shock, siguió mirando hasta que Teresa apareció y se acercó a ella. La tomó de los hombros y posó su vista hacia la sala de estar y sorprendida vio aquella escena en la que Shezza estaba cara a cara con un hombre vestido de negro y un busto de Thatcher destrozado en el suelo. Teresa apegó a la niña a su cuerpo y buscó sacarla de ahí; su deber era protegerla, pero ella no movía ni un músculo, ella no dejaría a Sherlock solo.

—¿Quién eres? —sin dejar su tono furioso cuestionó.

—Ajay.

—Interesante nombre, pero he de decirte Ajay, que por mi cuenta corre que tú no te acercarás a Mary Watson.

—Je, ¿tú lo evitarás?

—Por supuesto.

—Pues eso ya lo veremos.

Ajay ágil sacó una pistola de entre su suéter y Sherlock, veloz, golpeó su mano y el arma cayó sobre el mármol de la destruida Thatcher.

Al ver el arma Teresa apegó más a la niña y trató de moverla para salir de ahí, pero ella seguía aferrada, parecía un tronco bien enraizado. Ajay se abalanzó para recoger su arma y Sherlock logró sostenerlo en el aire. Él volteó a mirar a Teresa, quien desesperada buscaba llevarse a la niña, y esta veía al detective con una terrible angustia y preocupación. En ese momento Sherlock supo que Bell no se iría, se quedaría ahí y trataría de ayudarle a como su mente infantil se le ocurriera. Pero él no quería que la niña permaneciera ahí, tenía que protegerla. Ese era su deber.

—¡Váyanse! —Exclamó con dificultad.

—¡Por favor niña, muévete! —clamó Teresa.

Los ojos de Isabelle comenzaron a cubrirse en lágrimas. No quería irse, no quería dejar solo a Sherlock.

—¡¡No!! —chilló.

Ajay golpeó al detective en su vientre y este soportó el dolor.

—¡¡Isabelle —gritó molesto— hazlo!!

Sin más que hacer la pequeña obedeció a Sherlock. Teresa sintió como la niña ya no endurecía su cuerpo, logró hacerla caminar y ambas se alejaron de la sala de estar para esconderse en el segundo piso.

Sherlock colocó su pie sobre el arma y la arrastró por debajo de uno de los sillones. Ajay se facilitó en dar un codazo en la boca del estómago al detective y este sintió como el aire escapaba de una manera horrible de entre sus pulmones. Ajay quedó libre del agarre y fue directo sobre el arma; abrazándose Sherlock notó el perchero y con dificultad lo tomó y se cobró aquel golpe que había recibido. El malhechor cayó al suelo, un terrible dolor cubrió su espalda y maldiciendo, pensó en como librarse de aquel sujeto.

—Ríndete Ajay —mencionó agotado—. Si lo haces, las cosas se arreglarán de una mejor manera.

Él maníaco comenzó a reír.

—¿Rendirme? Claro que no. Primero me cargo a ti y luego a esa perra.

—¿Por qué tanto odio hacia Mary Watson?

—Eso no te incumbe.

—Por supuesto que sí.

Ajay se alzó del suelo resistiendo el dolor, cerró sus manos y lanzó sus puños hacía el detective quien, raudo, esquivó cada uno de ellos. Sherlock intentó alejarse de los golpes; se sentía aun adolorido, necesitaba reposar y recuperar las fuerzas pero este sujeto tenía demasiado odio y estaba dispuesto a expulsarlo todo. El detective tanteó salir de la sala de estar y al lograrlo Ajay fue detrás de él, y así, ambos comenzaron un juego del coyote y el correcaminos. Sherlock buscó recargarse en la pared, trató de alejarse de Ajay y poder recuperar las fuerzas mientras en lo que él tomó un jarrón y lo lanzó hacia él. Sherlock logró esquivarlo, pudo darse un leve respiro pero el dolor seguía cubriendo su cuerpo.

En la planta alta Teresa y Bell se habían encerrado en la habitación de esta última. La joven mucama se mantenía pegada a la puerta y ambas escuchaban el desastre de la planta baja. La niña, sentada en su cama y abrazando fuerte a su señor conejo, imploró que anda malo le pasara Sherlock. Los ruidos incrementaban junto a las ideas que ambas forjaban en que era lo que ocurría allá abajo; Teresa sacó del bolso de su pijama un celular y al notar el aparato Bell brincó de la cama para acercarse a ella.

—¡Dámelo! —ordenó. Teresa le observó asombrada.

—¡¿Qué?!

—¡Qué me lo des!

Atónita ella obedeció y le entregó el aparato a la niña. Temblorosa Bell marcó un número que conocía a la perfección. El primer timbre sonó, el segundo, el tercero luego una cuarta vez y la niña comenzó a estresarse, hasta que, una voz familiar se escuchó.

¿Hola? —cuestionó adormitado John Watson.

—¡¡Tío John!! —exclamó aliviada la niña.

¿Bell?

—¡¡Tío John, por favor llama al inspector Lestrade!!

¿Qué sucede Bell? —insistió, esta vez alterado.

—¡¡Tío, Sherlock está en problemas!!

—¡¿Cómo qué está en problemas?! —al sentir una adrenalina sobre su cuerpo, John sacudió su cabeza. Del otro lado de la cama Mary despertó curiosa por el escándalo de su marido—. Bell, cariño, ¿qué está pasando? Por favor, dime con calma las cosas.

¡Hay un ladrón en la casa y Sherlock se está peleando con él! ¡Por favor llama al inspector Lestrade!

—Cálmate Bell. Llamaré a Lestrade, he iré a tu casa... ¿Dónde estás tú? —John escuchó atentó a la niña en lo que Mary encendía la luz y observó preocupada—. Bien, quédate donde estás. Pronto estaremos ahí.

John colgó el móvil, rápido se alzó de la cama y mientras marcó el número de Lestrade, buscó su pantalón en el armario.

—¿Qué pasa? —preguntó Mary casi aterrada.

—Es Sherlock —respondió John mientras ponía el celular entre su hombro y oreja.

—¿Qué pasa con él?

—Atacaron la casa de Bell.

—¡¿El ladrón de los bustos de Thatcher?!

—Sí, y Sherlock está peleándose con él.

—¡¿Qué?!

John alzó su dedo índice, su celular comenzó a sonar y esperó a que Lestrade atendiera. El adormitado inspector contestó el desesperado llamado y John le informó del asunto. Ni corto ni perezoso, el inspector reunió un grupo de policías para ir rumbo a Belgravia.

Sherlock logró esquivar tres jarrones, dos medianas esculturas y una extraña figura de porcelana. Lo sentía mucho por Sarah pero su vida, y la de la pequeña, era más primordial que unos estrafalarios objetos. Ambos llegaron a la cocina y Sherlock reclamó un alivio pero Ajay no se detenía, quería pulverizar al detective. Este logró recuperar un poco de aire, alzó sus brazos e intentó colocarse a la par de este ladronzuelo en el combate a puño limpio. Arriba, abajo, de izquierda a derecha, movimientos inversos pero fáciles de calcular y con ello Sherlock le demostraba a Ajay que se había metido con la persona equivocada.

Ajay bajó la guardia unos segundos logrando que Sherlock aprovechara para darle un buen golpe en la cara y noquearlo. El detective observó cómo Ajay cayó al suelo, cubriendo su rostro con ambas manos y quejándose por el dolor. Al fin Sherlock podía darse aquel buen respiro que necesitaba; se recargó en la barra desayunadora e inhaló profundo, y, al exhalar, miró por encima de su hombro para asegurarse que el tipo no llegara de sorpresa. Ajay seguía en el suelo lamentándose. Sherlock extendió sus brazos y agachó el rostro para recuperar esas fuerzas. Debido a ello el detective no percibió que el tipo se había levantado con cautela e iba hacía él. Sherlock sintió una mano sobre su cabeza y a la vez como esta iba hacía la piedra. Gracias a sus veloces instintos logró detener un fuerte impacto, aun así, su frente recibió un leve golpe. Sherlock alcanzó a sostener el brazo derecho de Ajay para evitar que este siguiera golpeándolo, pero su energía era imparable. Desesperado el detective buscó una manera de apaciguar esa bestia, hasta que, al fondo de la cocina, Sherlock entrevió la piscina. Sin más en que pensar Sherlock sostuvo con gran fuerza a Ajay y se dirigió hacia el lugar. Para su suerte la puerta estaba abierta, y con el impulso que había creado, se lanzó junto con Ajay a la piscina.

Las sirenas se escucharon a la lejanía. Teresa y Bell se percataron de ello y la joven mujer se alistó para salir de la habitación.

—Espera aquí —le ordenó a la niña.

—¡Voy contigo!

—¡No niña! Te quedas aquí hasta que esto se controle.

Isabelle miró horrible a Teresa pero ella le ignoró cerrando la puerta en su cara. Teresa llegó a la planta baja y miró impactada el desastre que había en todo el lugar; también se preguntaba ¿dónde se encontraba Shezza y aquel sujeto? Pero eso no importaba ahora, tenía que recibir a Scotland Yard. John, quien venía junto a Lestrade, bajó del vehículo y rápido se dirigió a la entrada principal en donde tocó terriblemente, casi queriendo tumbar la puerta. Teresa abrió y vio a un perturbado John.

—¡¿Dónde está Sherlock?! —gritó.

—A-al fondo... al fondo —respondió asustada.

El Doctor Watson se adentró a la casa y, tal cual gacela en caería, se fue en busca de su amigo.

—¡¡Sherlock!!

El detective aún mantenía su lucha en la piscina, percibió aquel llamado creyendo que era su imaginación con una mala jugarreta. John arribó a la cocina y veloz se dispuso analizar el lugar y al fondo vio como el agua salpicaba sin cesar.

—¡¡Sherlock!!

John se acercó e impactado Sherlock pudo distinguir a su amigo.

—¡¡John!! —exclamó sin creerlo.

A la cabeza del Doctor vinieron demasiadas ideas de cómo ayudar a su amigo cuando vio un palo enorme y se acercó a tomarlo. Retornó a la piscina y entre tanta salpicadura trató de ver aquel sujeto. Un tremendo golpe estremeció al detective e hizo sentir como Ajay se resbaló de sus brazos. John lo había inhabilitado, lanzó de lado el palo y extendió su mano para ayudar a Sherlock a salir de la piscina. Durante ese momento Lestrade llegó al lugar con varios policías a sus espaldas.

Sherlock y John se encontraban en la parte trasera de una ambulancia. Al detective lo cubría una enorme toalla para poder secarse y calentarse un poco, la noche era demasiado fría y no era buen momento de coger un resfriado. Mientras John le pedía una explicación a todo lo que acababa de pasar, Isabelle salió de la casa; escoltada por una agente. Al ver a su tío John y a Sherlock, la niña no dudó en despegarse de la agente y correr hacía ellos.

—¡¡Sherlock!! —gritó.

Él sorprendido alzó la vista. La niña llegó con ellos y se lanzó hacía el detective quien por unos momentos había quedado sobrecogido por tener a Bell sobre él. La niña le abrazó con fuerzas y percibió unos leves sollozos.

—Isabelle —llamó, no estaba molesto como solía hacerlo. En su voz se sintió un alivio.

—¿¡Estás bien!? —preguntó mientras alzaba la vista para verle—. ¡Tuve miedo, pensé que algo malo te pasaría!

—Solo me mojé —dijo mientras movía la toalla—, y ahora te estoy mojando a ti. La noche esta helada. Te puedes enfermar, si sigues abrazándome.

John le observó admirado.

La niña empezó a derramar unas cuantas lágrimas y Sherlock no toleró ver aquello.

—¡No me importa si me enfermo!

—Pues yo no quiero que te enfermes. ¡John! —ordenando exaltado.

—Bell —se acercó y la tomó de sus hombros—, preciosa, me alegro que nada malo te pasara.

—¡Tío John! —exclamó y las lágrimas se hicieron presente.

Isabelle abrazó con fuerzas a John mientras Sherlock miró desconcertado la escena. La agente, de nombre Hopkins, que escoltaba a la pequeña se acercó a lugar para asegurarse que todo estuviera bien. Tomó a la niña de sus hombros y al sentir lo húmedo de sus pijamas se quitó su chaleco y se lo puso para cubrirla del frio.

—Llévela con Lestrade. Y dígale que le dé un chocolate caliente y unos biscuits, de preferencia de la señora Hudson —ordenó Sherlock. La agente le miró extrañada—. Dígale que dije yo.

Hopkins ladeó su cabeza. John le dijo a la pequeña que pronto los vería, que solo serían unas horas, y así, la niña se fue con ella.

—¡¿Qué demonios pasó Sherlock?! —exclamó el Doctor al volver estar solos.

—Yo también me lo cuestiono.

—¿No dijiste que primero atacaría Hampstead?

—No soy perfecto —respondió algo molesto.

—¿Ahora sí, no lo eres?

—John, no me empieces a sermonear.

—No te estoy sermoneando, Sherlock. ¡Estoy preocupado por ti y por la niña!

—Estamos bien...

—¡Bell esta aterrada! —exclamó molesto—. ¡Y tú casi mueres ahogado!

—Pero no me morí.

—¡Ay Sherlock! —suspiró mientras ponía una mano en su rostro.

Sherlock miró a su amigo, en lo que él estaba preocupado por ellos dos. No encontró el valor para decirle por quien realmente debía de estar preocupado era por su esposa. Por Mary.

Mientras John buscó más fuerzas para reclamarle a Sherlock, ambos vieron cómo a la lejanía venían Sarah y Richard preocupados por todo el ejercito de Scotland Yard fuera de su casa. Sarah alterada preguntó qué era lo que había pasado y Sherlock notó como jamás preguntó por su sobrina. En lo que los dos contemplaban a la desesperada Jones, John distinguió a quien parecía ser su esposa.

—¡¿Mary?! —cuestionó sorprendido. Sherlock se puso alerta.

Mary Watson caminó a paso acelerado y burlando a los policías pasó la línea amarilla y se acercó a su esposo y amigo.

—¡Por Dios, Sherlock! —exclamó impactada al verle empapado—. ¿Estás bien?

—He estado peor.

—¡¿Mary qué haces aquí?!

—Vine a buscarte. Te he estado llamando pero no me contestas.

—¡¿Y Rosie?!

—La dejé con Molly.

—¿Despertaste a Molly para venir aquí?

—¡Oh querido, es temprano!

—Es la una de la madrugada.

—¡Oh, para mi es temprano! ¿Dónde está Bell? —cuestionó cambiando el semblante.

—Con Lestrade —respondió serio Sherlock.

—Me alegró que no les pasara nada malo y...

—¡¡Señor Holmes!! —gritó furiosa Sarah. Todos voltearon a verle—. ¡¿Qué demonios fue lo que paso?! ¡¡Usted me dijo que no atacarían mi casa!!

—Sarah, querida, contrólate —susurró un preocupado Richard.

—¡¡No me digas que me controle!! —gritó.

Los tres miraron desconcertados.

—Su sobrina está bien, señorita Jones —mencionó Sherlock.

Al oír tal escándalo Lestrade se acercó al lugar para controlar el momento. Sherlock, John y Mary no dejaban de mirar a la pareja. ¿Cómo era posible que Sarah no se preocupara por Bell?

—Es una maldita —susurró Mary, ambos le miraron—. ¿Saben si puedo ver a Bell? —cuestionó con una sonrisa.

—No lo sé, tal vez preguntándole a Lestrade... —John se detuvo— Pero mejor esperemos a que la situación se controle.

—Ve a preguntar John —dijo Sherlock.

—¿Seguro?

Él ladeó su cabeza y John se acercó al campo minado en el cual Lestrade se encontraba. Mary y Sherlock quedaron solos.

—Mary —llamó serio y ella volteó.

—¿Qué pasa?

—Mary... lo que acaba de pasar, adentro de esa casa, no tuvo que ver con la familia Jones.

—¿No? —cuestionó extrañada—. ¿Entonces, a que se debió?

—Se debió a ti.

Ante esa revelación Mary quedó paralizada.

—¿Por mí?

—Sí, por ti. ¿El nombre Ajay te suena? —la piel de Mary palideció, dejando a Sherlock sorprendido—. Si lo conoces.

—No le digas nada a John —soltó desesperada.

—¿Qué sucede entre tú y ese sujeto?

—Sherlock —llamó aterrada y molesta—. Prométeme que no le dirás nada a John.

—Mary...

—¡¡Promételo!!

El detective miró a su amiga. Ella se veía realmente aterrada. Jamás, en todo este tiempo en conocerla, la había visto de esta manera. Esta situación se había extendido de una manera impresionante.

—Mary yo...

—Si no lo prometes Sherlock, sabes de lo que soy capaz. Si ya te disparé una vez, lo volveré hacer. Y esta vez, apuntaré para que sea una muerte rápida. ¿Entendido? —finalizó con una linda, sutil y mortífera sonrisa. 

Sherlock le observó y su única acción fue ladear la cabeza. John regresó con ambos y sintió un aire tenso.

—¿Todo bien? —Ambos respondieron con sus cabezas—. Bien, Lestrade me dijo que puedes ver a Bell.

—Maravilloso, iré de una vez.

Mary se acercó a John y le plantó un beso en la mejilla. No dijo nada más y se fue en búsqueda de la pequeña. En eso John miró a Sherlock quien se veía rígido, más de lo usual.

—¿Todo bien?

—No lo sé...   

Después del escándalo sucedido en la residencia Jones, todos fueron a parar a Scotland Yard. En la sala de espera, se encontraba un Sherlock sumido en un profundo silencio, John y Mary le acompañaban. Los tres esperaron para que Sherlock reconociera aquel sujeto como el intruso y su atacante. Después de una terrible espera Lestrade apareció.

—Sherlock, te necesito.

—Ya lo sé —respondió agotado mientras se alzaba.

—Nosotros te esperamos —dijo John. Mary no se atrevió a verle.

—No es necesario. Por favor, regresen a casa.

—Pero... ¿Sherlock?

—Estoy bien John. Isabelle está bien. Ya todo término.

—Pero... ¿Y lo de la red de Moriarty? ¿Cómo puedes decir que ya todo término?

—Ya todo término —repitió severo.

Sherlock desvió su mirada y se fue detrás de Lestrade a hacer su deber. John quedó sorprendido y miró confundido a su esposa.

—¿Lo escuchaste? —preguntó incrédulo.

—John, creo que Sherlock tiene razón, en retirarnos.

—¿Ahora tú también te pones de su lado?

—No querido, es solo que, tiene razón. Tanto él como la niña ya están seguros... en lo que están aquí. Vayamos a casa, recuperemos fuerzas y mañana a ver qué pasa.

El proceso de identificación no le tomó ni cinco segundos a Sherlock Holmes. Salió de la habitación y, mirando fríamente a Lestrade, le pidió dos favores: hablar con el ladrón y con la familia Jones. Confundido el inspector cumplió las peticiones del detective. Primero lo dejó a solas en una sala de interrogatorios con Ajay. El tipo estaba esposado a la mesa y mirando a su alrededor de manera impaciente. Al frente de él estaba un silencioso y analítico Sherlock.

—¿Piensas hablar? —cuestionó desesperado. El detective ni se inmutó—. Ya me harte de verte ahí, sin ni siquiera parpadear.

—Solo han pasado diez minutos, Ajay.

—Para mí ha sido una vida —dijo sin dejar de ver por todos lados.

—Por tu actitud, deduzco que tienes claustrofobia —él se detuvo y le miró. Sherlock sonrió—. No me equivoqué.

—Tú no sabes nada.

—Tal vez no, pero si me gustaría. Tu ira y sed de venganza contra Mary Watson, se ha convertido en un gran problema, y ya suficientes tengo. Así que, Ajay, será mejor que hables por las buenas o me encargaré de que disfrutes de tu encierro.

—Prefiero morir encerrado a que me saques palabra alguna.

—Bueno, si es lo que prefieres... —mencionó mientras se alzaba— disfruta de tu reclusión.

Sherlock se dio la media vuelta y a punto de salir Ajay habló:

—Esa perra nos traicionó —soltó con amargura. El detective observó por el rabillo del ojo—. Ella nos traicionó a todos.

—¿A quiénes? —cuestionó ocultando la ansiedad.

—AGRA... Alex, Gabriel y a mí.

—¿AGRA, era un grupo?

—Si. Éramos la mejor élite de mercenarios en el mundo hasta que ella nos traiciono. Ella nos vendió al mejor postor.

Sherlock frunció el ceño.

—¿Y dónde están ellos?

—Murieron.

El detective regresó al frente su mirada y sin decir nada salió de la habitación. Terminando esa primera conversación se dirigió a su próximo enfrentamiento: Sarah Jones.

La mujer junto a su prometido yacían en una sala de interrogatorios. Sarah no dejó de caminar alrededor del lugar y Richard le observó. Sherlock entró y ambos posaron las miradas en él.

—Buenas noches —saludó.

—¿Qué tienen de buenas?

—Sarah —interrumpió Richard molesto. Sherlock quedó sorprendido.

—Entiendo su humor señorita Jones, y lamento mí error.

—No fue su culpa señor Holmes —contestó Richard y él no dudo en verle—. Nadie somos adivinos.

—Tiene razón, sin embargo, lamento el incidente de esta noche. Hice todo lo posible por mantener a salvo a su sobrina y a ustedes también.

—¿Ese ladrón tiene algo que ver con el asesinato de mi hermana?

—Es lo que tratamos de averiguar, señorita Jones.

—¿Y han tenido algún resultado? —preguntó Richard deseoso.

Sherlock le analizó.

—De momento, no ha mencionado nada. Pero quería hablar con ustedes.

—¿Qué sucede?

—Debido a estos incidentes, lo mejor es que se mantengan alejados de Belgravia, por un tiempo. Si recuerdan, ya lo había sugerido, pero ahora la situación ha empeorado y es mejor que lo hagan.

—Lo haremos señor Holmes —contestó veloz Richard.

Sherlock no soportó aquel comportamiento, era extraño y daba luz verde a sus recientes descubrimientos. Tenía que actuar.

—Necesito decirles otra cosa. Quiero pedirles si... —se detuvo e ingirió difícilmente su saliva— que... dejen a Isabelle conmigo.

Por unos momentos Sarah y Richard se vieron y luego retornaron con el detective. Este lucía sereno y tranquilo, pero por dentro lo carcomía la frustración.

—¿Cómo por qué? —cuestionó Sarah.

—Porque ha usted no le interesa el bienestar de su sobrina —soltó y confundida ella arqueó una ceja—. Y si para usted ella una carga, déjeme decirle que para mí, no lo es.

Sarah se cruzó de brazos y dejó escapar una sonrisa irónica.

—¿Qué le hace insinuar eso, señor Holmes?

—Todo el tiempo que he estado viviendo bajo su techo.

—Me da mucha pena informarle que yo soy la tutora legal de Isabelle y no puede quitármela.

—Lo sé, es por ello que estoy dispuesto a traer un abogado y discutir, de manera legal, la tutoría de la niña. Y con los eventos ocurridos esta noche me será muy fácil arrebatarle ese cargo —finalizó con una sonrisa.

—Vaya... nunca pensé que le gustara eso de ser "papá".

—No es eso. —respondió amargo—. Isabelle es mi cliente desde más de un año, y mi deber es resolver quien mató a su madre. Y también no voy a dejar que la niña corra peligro por el descuido de otros. Usted se cuida muy bien señorita Jones, sin embargo, no cuida a la gente a su alrededor, menos a su propia sangre. Deme a la niña y usted se quitará ese peso de encima en lo que este asunto se resuelve.

Sarah volteó con Richard quien lucía extrañado y sin ganas de opinar, pero no le quedo de otra; se encogió de hombros y ella enfureció más.

—No —respondió mientras retornaba la vista a Sherlock.

—Sarah —llamó Richard mientras se alzaba de la silla—. Sarah, querida, creo que es una buena idea dejar a Bell con el señor Holmes.

—¡¿Perdón?!

—So-solo en lo que esto termina. No hemos sido buenos cuidando a tu sobrina.

—¿Y tú como lo sabes?

—Porque, no lo hemos sido —afirmó nervioso.

—Isabelle no se va con él y fin de esta discusión.

Sarah tomó asiento y mantuvo la vista alejada de Sherlock, y este no abrió más la boca, dejando a la pareja sola. Al salir de la habitación pensó que era lo que podía haber, ya no quería dejar a la niña con ellos y por más que lo pensaba, no encontraba una solución razonable. Así que a su mente llegó una sola idea. El detective se dirigió hacia otra área en Scotland Yard: El área de interrogaciones para menores de edad. Isabelle estaba aburrida en esa pequeña habitación, y en veces, observaba aquella agente quien le sonreía y buscaba una manera para entretenerla. La niña ya no sabía que era lo que estaba pasando, solo quería irse a casa. No con su tía sino con Sherlock. Y como si este leyera su mente, el detective abrió la puerta del lugar, con envidiable calma y que la agente no percibió. La niña mostró una gran sonrisa y Sherlock le pidió que guardara silencio. El detective tocó el hombro de la agente, y ella, logró sostenerse del brazo de su atacante y rápido comenzó a sentirse débil. Sherlock sostuvo ágil el brazo de la agente y oprimió con cierta fuerza, hasta que ella sintió un espantoso sueño y cayó dormida al suelo.

—Lo lamento —susurró.

—¿Qué hiciste? —cuestionó sorprendida la niña mientras se acercaba a él.

—Estará bien. Hay que irnos —respondió serio.

—¿Pasa algo malo? —preguntó nerviosa y Sherlock tomó su mano.

—No. Solo hay que irnos.

—¿A dónde?

—Iremos a Baker Street.

—¡De verdad! —exclamó llena de júbilo.

—Así es. Pasarás la noche ahí, y muy temprano en la mañana, iremos a un lugar especial —dijo mientras dibujaba una cálida sonrisa en su rostro.

Bell no ocultó su alegría y apretó la mano del detective. Y sin más tiempo que perder Sherlock e Isabelle escaparon de Scotland Yard.

El celular de John sonó entrada las seis de la mañana. Los Watson, quienes solo había podido recuperar tres horas de sueño, despertaron agotados y mal humorados. John miró quien le hablaba: Era Lestrade.

—¿Qué sucede Greg?

¡¿Dónde está?! —demandó.

—¿Quién, Sherlock? —preguntó dudoso.

¿Conoces a otro idiota capaz de quebrantar la ley?

—¿Ahora qué hizo?

¡¡Secuestro a Bell!! —gritó.

John quedó en shock.

—¡¿Qué?! ¡Greg, ¿estás seguro de lo que me estás diciendo?!

¡Si! Anoche habló con Sarah Jones y le pidió la tutoría de la niña. Ella se negó y Sherlock tomó a Bell y se la llevó, dejando noqueada a una agente.

—¡Oh Greg! —exclamó John burlón—. ¿Esto es verdad? ¿Sherlock secuestró a Bell?

—¡¿Qué?! —gritó Mary a su lado.

—¡Vamos Greg! Digo, Sherlock es capaz de muchas estupideces pero, ¿secuestro?

¡Te estoy hablando en serio John! Quiero que busques a Sherlock, antes de que mande a todo Scotland Yard a su casa, porque si no, Sarah Jones interpondrá una demanda. Y por parte mía tiene una por dejar incapacitada a una agente. Y espero que tenga a la niña con él porque no me voy a tocar el corazón, por mucho que le guste jugar a ser papá.

Greg colgó. John quedó perplejo y Mary miró alterada.

—¿John?

—Bueno... esto es nuevo. Iré a buscar a Sherlock —dijo con una sonrisa y buscando procesar todo lo que le habían dicho.

A las cinco de la mañana Sherlock y Bell dejaron Baker Street. Ambos iban en un taxi; la niña se veía adormitada, no había descansado bien y su cabeza ladeaba de un lado a otro buscando donde reposarla. El detective notó el cansancio de la niña y, con sus dedos, tomó su cabeza para recargarla en su pecho y pudiera dormir un poco. Veinte minutos después llegaron a su destino, despertando a la niña quien volvió en sí; salieron del vehículo y caminaron hacia una pequeña casa, en un suburbio tranquilo. Frente a la puerta principal Sherlock tocó el timbre repetidas veces hasta que una cansada Molly apareció.

—¿Sherlock? —cuestionó dudosa.

—Molly necesito un favor —dijo veloz—. Necesito que cuides de Bell unos días.

—¡Oh! ¿Ya regresó contigo?

—No hagas preguntas y escucha —continuó—. Mantén a Bell contigo, pero no le digas a nadie de esto. Yo pronto te traeré ropa y todo lo que ella necesite. —Molly pareció recuperar el sueño ante la desesperada demanda de su amigo—. Si John, Mary o Lestrade llegan a venir contigo, escóndela y di que no me has visto ni a ella.

—Sherlock —llamó nerviosa—, ¿qué está pasando?

—¡Qué no hagas preguntas! —exclamó furioso—. ¡Solo has lo que te pido, por favor!

La joven forense quedo sorprendida y notando como Sherlock se encontraba desesperado y que en ella veía un rayo de esperanza. Molly ya no dijo nada y escuchó atenta a las peticiones del detective. Él se despidió de la niña, que aún estaba tan cansada para discutir el porqué de su estadía con Molly, y dejó el lugar.

A las siete y media de la mañana John entró a Baker Street y vio a su amigo, sentado en su sillón, meditando tranquilamente.

—¡¿Dónde está?! —exclamó enfurecido.

Sherlock abrió uno de sus ojos para ver a su amigo.

—¿Quién? —cuestionó con falsa inocencia.

—¡Déjate de estupideces! ¡¿Dónde está Bell?!

—En Scotland Yard.

—¡A otro perro con ese hueso! Lestrade me llamó en la mañana con la novedad de que secuestrarte a la niña.

—¿Secuestro? —cuestionó ofendido—. John, incluso para mis propios estándares, esa es una acusación severa.

—Sherlock... por el amor de... —John posó una de sus manos sobre su rostro e inhaló profundo— Voy a repetirlo una vez más —dijo expulsando el aire—: ¿Dónde está Isabelle?

—Y yo te lo vuelvo a repetir: En Scotland Yard.

—Sherlock, hay una grabación en donde apareces tú, huyendo con la niña —Sherlock se alzó de su amado sillón y camino hacía su cocina—. Por favor, no compliques las cosas. Sarah va interponer una demanda en tú contra y Lestrade también, porque tuviste la gracia de noquear a una agente.

—Que hagan lo que quieran —respondió con una enorme sonrisa—. ¿Café?

—Sherlock... puedes ir a la cárcel y estoy, cien por ciento seguro, que Mycroft no te ayudará esta vez. Con gusto te dejará ahí—Sherlock le ignoraba y gustoso se servía una taza de café—¬. Sherlock, te lo ruego. ¿Dónde está la niña?

El detective le dio un sorbo a la bebida y fingió delicia por su sabor. John dejó caer ambas manos hacía la mesa, generando un terrible estruendo. Él le observó sereno.

—¿De verdad no quieres?

—Sherlock... ya basta —rogó—. De verdad, ya basta —él quedó sorprendido—. Ya basta de actuar de manera inmadura, como si fueras un niño berrinchudo aferrado a su juguete. Bell no es un juguete, es una niña, que está en peligro desde hace más de un año. Y a ti se te ocurre secuestrarla y hacer tal estupidez que... —John mordió sus labios— ¡Dios, creo que empiezo a desconocerte!

Sherlock bajó su taza de café y tragando lo último que tenía en su boca respiró profundo.

— John —habló mostrando una increible serenidad—. Ponte un momento en mi lugar y pon a Rosie en el de Isabelle. ¿Qué harías si, alguien te la arrebatara, sabiendo que está en grave peligro y que tú eres el único que puedes salvarla?

El Doctor Watson miró intrigado a su amigo.

—Yo... yo haría todo por mi hija.

—Así es —soltó con tono triste.

Sherlock se alejó de la mesa y fue hacía su perchero; tomó su abrigo, se lo colocó y después su bufanda. John apareció a su lado y aun con ese sentimiento cubriéndole analizó al detective.

—Vete —soltó, Sherlock ocultó su sorpresa—. Le diré a Lestrade que no te encontré. Y espero que eso te dé tiempo para que aclares las cosas.

Él cabeceó con suavidad mientras se acomodaba su bufanda. Al terminar abrió la puerta y vio a John.

—Gracias —respondió con honestidad, cerró la puerta y salió de Baker Street para despejar su mente y cumplir con las cosas que debería hacer.

Thomas Hooper se acercó a la sala de estar y aun bostezando y con el cabello todo alborotado, vio un extraño bulto en el sillón. Con su enorme curiosidad se acercó y cauteloso, distinguió que no era un bulto sino un cuerpo. Al estar más cerca de ahí vio quien dormía era Bell. Su corazón comenzó a latir al mil por hora, no podía creer que en su casa estuviera ella. Tenía tiempo que no la veía, la extrañaba completamente y ahora estaba ahí durmiendo. Molly apareció y vio a su asombrado sobrino.

—Tommy, querido, ¿estás bien?

—Tía Molly... uno de mis sueños se acaba de cumplir —respondió maravillado. Su tía sonrió alegre.

Mary Watson miró desesperada a su reloj de pulsera, eran las nueve de la mañana y John no se había reportado con respecto al incidente de Sherlock. Desesperada tomó el teléfono y apuntó de marcar a su marido, el timbre de su casa sonó. Curiosa abrió la puerta, para su sorpresa, vio a su buen amigo el detective Sherlock Holmes.

—¡Por Cristo, ¿qué haces aquí?!

—¿Podemos hablar?

—¿Y John?

—En Baker Street, cubriendo mis espaldas —mencionó con una leve sonrisa.

—Pasa —dijo seria mientras se hacía a un lado. Sherlock pasó y en la sala de estar vio a la pequeña Rosie recostada en el porta bebé—. ¿Y cómo fue eso que secuestrarse a Bell?

—Solo quería protegerla y, por el momento, ya tengo solucionado eso. Ahora me preocupa otra cosa.

—¿Qué? —Sherlock volteó con una ceja arqueada—. ¿Es en serio? —preguntó molesta.

—Así es. Y te tengo noticias.

—No podemos hablar aquí, John puede llegar en cualquier momento y...

—Mary, John estará ocupado toda la mañana. En serio necesitamos hablar.

Mary resopló molesta.

—Toma asiento. ¿Quieres un café o té?

—Café, aun no es la hora del té —dijo con una sonrisa.

Después de preparar las tazas, ambos estaban sentados en las sillas del comedor y Mary esperó ansiosa.

—AGRA —soltó Sherlock. Ella se extrañó—. Alex, Gabriel, Ajay y la erre, eres tú.

Mary mostró una media sonrisa.

—Así es.

—¿Qué contenían esas USB?

—Nuestras vidas.

—Así que, ¿cada uno tenía su USB y debía protegerla?

—Correcto.

—¿Y la utilizaban para...?

—Para nuestros clientes.

—¿Uno de ellos era Magnussen?

—Si... —dijo mientras acercaba su taza de café.

Sherlock suspiró.

—Eso explica mucho... —ella sonrió—. Tuve la oportunidad de hablar con Ajay.

—¿Y qué te dijo?

—Quiere matarte.

Un silencio abrupto inundo el lugar. Mary bajó su taza y observó dentro de ella, abrió un poco sus labios y dijo:

—Alégrate, Ajay estará en la cárcel por un largo tiempo. —sonrió.

—¿Cómo puedes estar tan segura de ello?

—Estará ahí —continuó con su confiada sonrisa.

—Ajay puede escapar y, en cualquier momento, vendrá hacía ti y...

—No te preocupes por mí. Se cuidarme sola —dijo mientras la sonrisa poco a poco se desvanecía.

—Mary, ¿sabes porque Ajay quiere matarte? —ella se encogió de hombros mientras lucía confundida—. Él me dijo que tú los vendiste.

—¡¿Qué?! —gritó sorprendida.

—¿Es verdad?

—¡No! ¡Y-yo, yo jamás hubiera hecho algo así!

—¿Entonces, que fue lo que paso?

—Fue... fue nuestra última misión. En ella fuimos contratados para ejecutar a un alto cargo del gobierno canadiense, pero hubo algo extraño. Nos separamos en el trayecto y descubrí que hubo una emboscada. Intente contactar a lo demás pero perdí el rastro y pensé que ellos lograron huir, así que hice lo mismo. Si te soy honesta, desde hace tiempo, tenía en mente la idea de borrar esa vida. Quería ser normal, así que, aproveche esa extraña oportunidad y vine a Londres, no solo con la intención de empezar de cero. El resto ya lo conoces. Te juro que yo nunca los traicione. Jamás pensé que ellos estuvieran muertos... Todos éramos como familia.

—Pues Ajay piensa lo contrario.

Mary suspiró.

—Entonces... tendré que matarlo.

—Mary, yo no dejaré que hagas eso. Prometí cuidarte y eso haré. Déjamelo a mí.

—¿No tienes suficiente trabajo con Bell? —Él rodó los ojos—. No me importa Sherlock, esto es asunto mío y yo lo solucionaré.

—¿Y qué pasará con John y Rosie?

—Ellos estarán bien, además, no conoces mi lado de mercenaria.

—¿Y si perdiste el toque? Ya ha pasado mucho tiempo.

—Ese tipo de cosas nunca se olvida, genio.

—¡Claro! —exclamó sarcástico. Mary sonrió falsamente.

—Bien ahora, yo quiero hablar contigo.

—¿Perdón, no hemos terminado?

—Si ya lo hemos hecho. Ahora dime, ¿dónde está Bell?

—Confidencial.

Mary arqueó una ceja.

—Tengo un presentimiento... ¿Molly? —Sherlock movió los ojos rápidamente—. ¡Ja, le atiné!

—Mary, por favor, no digas nada.

—Tú sigue manteniendo tu promesa, en no decirle nada a John y también no interferirás más en este asunto, y yo mantendré la tuya. ¿Hecho?

—¡Claro que no!

—¿Quieres que le hable a John?

—¡No te atreverías!

—¿Quieres retarme? Por qué sabes que si lo hago. —Ambos se observaron por un eterno minuto hasta que Sherlock resopló molesto—. Gracias.

—Pero esto no significa que has ganado, Mary Elizabeth Watson.

—¡Por supuesto! —exclamó sonriente.

Sherlock se alzó de la silla, alistándose para salir no sin antes, despedirse de su ahijada Rosamund. Al ver a la pequeña bebé, una leve sonrisa escapó y al mismo tiempo su cerebro hizo conexión, descubriendo un secreto más de Mary.

—Rosamund —le llamó y ella volteó a verle—. Erre. Rosamund es tu verdadero nombre.

—Hasta luego Sherlock —despidió con una sonrisa triste sobre su rostro.

Sarah Jones yacía en una habitación de un hotel cinco estrellas, caminando de manera ansiosa. Richard estaba sobre la cama, revisando su trabajo a través de su laptop y de vez en cuando alzaba la vista hacia Ella. Su actitud no era normal.

—¿Qué tienes? —preguntó extrañado.

Ella se detuvo y le miró.

—¿Yo?

—Si... ¿hay alguien más caminando desesperadamente en esta habitación?

Ella suspiró.

—Nada.

—¿Segura? Desde que llegamos aquí has actuado de manera rara, como si estuvieras ansiosa por algo.

—No es nada Richard. Sigue trabajando.

—¿Es por Isabelle?

Sarah se sorprendió.

—Si —respondió curiosa—. Sí, es por mi sobrina.

—Querida, te dije que le entregaras la custodia de la niña al señor Holmes. Y no hubiéramos ahorrado estos momentos.

—Solo... solo quiero que este devuelta.

—Ella está bien. La verdad no entiendo cómo es que interpusiste una demanda.

—¡Por qué ese detective de quinta la secuestro! —exclamó ansiosa.

Richard quedó impactado.

—Sarah, amor, ¿por qué tanto interés en la niña? —ella hizo una mueca amarga—. Desde que la recogiste, tú has tenido un escaso, o más bien nulo, interés por su bienestar. En ello el señor Holmes tiene algo de verdad...

—Porque... —interrumpió, pensando en una buena respuesta hasta que algo iluminó su mente—: Porque ella es lo único que tengo de mi hermana. Es lo único que me queda de Samara.

—Pensé que odiabas a tu hermana.

Por dentro Sarah quería ahorcar a Richard.

—Querido, los problemas que tuve con ella son un punto y aparte. Jamás arregle nada con Samara. La asesinaron y la única manera de poder honrarla y pedirle que me perdone es cuidando a Isabelle.

Ante tal emotiva respuesta Richard dejó de lado su laptop y se alzó de la cama para acercarse a su prometida y abrazarla.

—¡Oh querida! Es lo más lindo que te he escuchado decir y me sorprendes —Ella sonrió—. Pero piensa en esto: Bell está bien y cuando todo esto haya terminado, volverás a tener a tu sobrina contigo —dijo con una calurosa sonrisa.

Sarah sonrió y en ello el celular de Richard sonó, soltó a su amada y cogió el móvil. Al ver quien le llamaba, le hizo una seña a Sarah de que debía de responder y salió de la recamara dejándola sola. Ella se fue a recostar en la cama y tomó unas almohadas para sentirse un poco tranquila, en ello, sintió como su celular vibró. Lo tomó y vio que había recibido un mensaje. Temerosa lo abrió y leyó su contenido:

"Mátala o yo te mataré."

La sangre de Sarah se heló. Apagó el móvil y lo dejó sobre la mesita adjunta a la cama. Posó la vista sobre la ventana y contempló Londres, temerosa de todo lo que había pasado.

Pasaron un par de días, la denuncia por secuestro para Sherlock había dado pie, de manera sutil, y el detective se había mantenido prófugo de Scotland Yard. Ni por error había pisado Baker Street. Se mantuvo viviendo con Irene Adler esos días, soportando las burlas de la mujer por su tal descabellada idea del "secuestro." Sherlock había logrado una maravillosa habilidad en ignorar los dotes cómicos de Adler.

Bell disfrutaba de su estadía en la casa de Molly Hooper. Todos los días jugaba con Tommy, después de que este volviera del colegio y, por supuesto, el pequeño Hooper adoraba tener a Bell en casa. Una tarde, en la que ambos niños hacían la tarea del pequeño, el timbre de la puerta principal sonó y preocupada Molly se acercó a ver quién llamaba; ya que no era Sherlock porque él utilizaba clave morse para llamar a su puerta. Molly observó por la rendija y sorprendida vio a Mary.

—¡Sé que estás ahí Molly! —exclamó alegre.

Hooper abrió la puerta y recibió a Mary con una espantosa sonrisa.

—¡Hola Mary!

—Hola

—¿A qué debo tu visita?

—Vengo a visitar a Bell —Molly palideció—. Tranquila Molly, Sherlock me lo dijo.

—¿D-de ver-verdad?

—Ajá. No te preocupes, ya sabes que apoyo a ese cabeza dura —dijo mientras guiñaba un ojo.

—M-me alegra oírlo Mary.

—¿Podemos pasar? —dijo mientras apuntaba a la carriola con su niña ahí—. Rosie se muere por ver a Bell.

—¡Claro pasa!

Los niños veían preocupados hasta que descubrieron quien era la persona que había llegado.

—¡Tía Mary! —exclamó la niña mientras se acerba a ella.

—¡Hola mi niña! —Saludó alegre Mary mientras se abrazaban— ¿Cómo has estado?

—¡Bien! ¿Y tú, y Rosie, y mi tío John?

—Todos estamos bien.

Bell se hincó para mirar a su pequeña amiga quien sonrió al verle.

Sarah Jones había decidido a dar un paseo para despejar la mente, y ese paseo la había conducido a Scotland Yard. Un confuso inspector Lestrade recibió a Sarah, la pasó a su oficina y ella, sin esperar la cortesía, tomó asiento.

—¿En qué puedo ayudarla, señorita Jones?

—Inspector —habló con un tono pausado, como si no estuviera atenta de su realidad—. Necesito pedirle dos favores, pero no quiero que me pregunte el porqué de ellos.

—Dígame —dijo extrañado.

—Quiero ver al sujeto que allanó mi casa.

—Pero señorita...

Sarah alzó su mano y Lestrade guardó silencio.

—Y el último, quitaré mi denuncia contra Sherlock Holmes.

—¿En serio? —preguntó impactado.

—Si —en ello se alzó y miró firmemente al inspector—. ¿Podría ver al hombre?

—De acuerdo señorita Jones.

El inspector se alzó y condujo a Sarah hacía las celdas.

Ajay estaba arrinconado, meciéndose y lamentándose el infortunio sobre esas cuatro paredes cuando un guardia llegó y golpeó los barrotes.

—Tienes visita.

En la sala de visitas Ajay miró a una hermosa y glamorosa mujer.

—¿Qué clase de broma es esta?

—Ninguna —respondió Sarah algo aterrada por el aspecto del sujeto.

—¿Quién es usted?

—Soy la dueña de la casa que robaste.

—¿Y viene a reclamarme el romper una figura de Thatcher?

—No —contestó seria.

—¿Entonces?

Sarah guardó silencio por unos momentos y, después de ese desesperante momento, se acercó a Ajay y en voz baja dijo:

—¿Me extrañaste?

Él sintió como un escalofrió recorría su espalda y miró despavorido a Sarah.

—¿Quién eres tú?

—Yo soy la persona a la que le vendieron AGRA.

Sarah se alejó de él, se alzó y comenzó a caminar. Ajay reaccionó tardío y volteó a mirar a esa mujer.

—¡Te voy a matar! —gritó al verla como se alejaba—. ¡A ti y a esa perra de Mary las voy a matar!

—¡Lo dudo! —respondió mientras una sonrisa cínica se formaba en su rostro. 

Sherlock se encontraba recostado en el sofá del apartamento de Irene. Miró al blanquecino e impecable techo cuando su celular comenzó a sonar, a mala gana lo tomó y vio que era John quien le llamaba.

—¿Qué pasa?

Sherlock... ¡Te tengo una buena noticia!

—¿Si?

¡Sarah Jones retiró la demanda!

Sin poder negar su asombró el detective se alzó del sillón.

—¿Cómo?

Lestrade me acaba de hablar y me dijo que Sarah fue a retirar la demanda.

—¿Es broma, verdad?

¿Te mentiría en un asunto tan serio? —Sherlock suspiró—. Ya puedes volver a escena y, también, puedes traer a Bell.

—No estoy muy seguro de ello, John.

Bueno, solo tú aparece y deja a Bell en donde sea que la tengas.

—De acuerdo. Iré Baker Street pero no estoy convencido.

Bien, allá te veo.

Ambos colgaron y en ese mismo instante Sherlock recibió otra llamada y vio que era Mary.

—¿Hola?

¡Hola Sherlock! —Exclamó alegre su amiga—. Me alegro que me contestarás tan pronto.

—¿Qué pasa? —cuestionó preocupado.

Nada grave, tranquilo. Estoy aquí con Molly y los niños y...

—¡¿Qué tú qué?!

¿Te puedes calmar? Vine a visitar a Bell y pues... se nos ocurrió una idea

Sherlock posó sus dedos sobre su nariz.

—¿Qué idea? —demandó molesto.

Los niños quieren ir al acuario, y Molly y yo, queremos llevarlos.

—Isabelle no puede salir, Mary.

Lo sabemos, así que se nos ocurrió otra idea —dijo feliz.

—¡Ustedes tan llenas de ideas! —exclamó sarcástico.

Si —respondió con tono infantil. Sherlock resopló—. Bueno, nuestra idea fue disfrazar a Bell, le recogimos el cabello y le pusimos un gorro...

—¡Qué ingenioso disfraz!

¿Me dejas acabar? —Guardó silencio—. ¡Gracias! Disfrazamos a la niña y así puede salir a la calle.

—Mary... no...

Y como sabíamos que te querrías oponer, nos tomamos la molestia en ignorarte pero solo te avisamos —el detective expulsó aire furioso—. Estaremos en el centro acuático de Norbury. Por si quieres ir. ¡Adiós, besos!

—¡Mary espera...!

Y colgó. Sherlock no dudo, ni por un segundo, en la invitación de su amiga y salió de apartamento rumbo a Norbury.

El centro acuático de Norbury era el más enorme de todo Londres. Su atractivo espacio y sus maravillosas especies marinas hacían del lugar un exótico paisaje. Sherlock caminó por el lugar dejándose llevar por las deslumbrantes especies y el azul tan profundo de las aguas. Ese color le hacía experimentar melancolía, sin entender el porqué. Sacó su celular y escribió un mensaje a Mary preguntándole donde se encontraban; minutos después ella respondió:

"Ala este"

Y se dirigió hacia allá.

Al llegar a la zona notó a los niños maravillados y observando a los peces, acompañados de Molly y Mary. Lentamente se acercó a ellos y comprobó lo que Mary le había dicho sobre el espectacular disfraz de la niña.

—¿Llegué a tiempo? —preguntó.

Sorprendidos todos voltearon y la niña, tan alegre como siempre, corrió abrazarle.

—¡Sherlock!

Él no opuso resistencia.

—Me alegró que vinieras —dijo Mary con una sonrisa.

—Vengo a supervisar el área.

—Me parece perfecto.

—¡¿Ya viste los peces?! —cuestionó alegre la niña.

—Sí, ya los vi.

—¿Verdad que son bonitos?

—Sí, lo son —dijo con una leve sonrisa.

—¡Vayamos a ver la ballena! —exclamó Tommy.

—¡Si vayamos! —exclamó la niña mientras se soltaba de Sherlock e iba hacia el pequeño.

Los niños se acercaron a Molly, quien conducía la carriola de la pequeña Rosie, y así comenzaron su búsqueda de la ballena. A paso lento Mary y Sherlock se fueron detrás de ellos.

—Sarah Jones quitó al denuncia en mi contra —soltó Sherlock. Mary volteó maravillada a verle.

—¿De verdad?

—Si.

—Me alegro mucho Sherlock.

—Pero no tengo buena espina de ello.

—¡Oh, ¿por qué a todo le encuentras un lado negativo?!

—Porque no es algo normal. Ella estaba muy decidida a quedarse con Bell y, de repente, ¿quita la demanda? ¿No te parece raro?

—Bueno... —se mostró pensativa— si es algo curioso. Yo diría que aprovechas esto e intentes pelear la custodia de Bell.

—¿Tú crees? —cuestionó con cierta esperanza. 

En ello los celulares de ambos sonaron y curiosos lo sacaron para notar que cada quien tenía un mensaje. Lo abrieron y leyeron el contenido:

"Centro acuático de Norbury. Ala Norte."

—¿Sherlock, qué dice tu mensaje?

—Ala Norte del acuario.

—El mío igual.

Las alarmas se encendieron en el detective.

—¡Molly! —exclamó y ella, junto a los niños, voltearon—. En un momento los alcanzamos.

—¡Esta bien!

Ellos siguieron su rumbo y Sherlock y Mary fueron veloces al ala norte.

Esperando en una pequeña banca, Sarah Jones se había encargado de enviar aquel mensaje, no solo a Sherlock y Mary sino también a John Watson, Mycroft Holmes y Greg Lestrade. En su espera descubrió como el detective y la señora Watson llegaron al lugar, y con una enorme sonrisa les recibió.

—¡Qué bueno que interrumpieron su paseo para llegar aquí!

Los dos le observaron confusos.

—¿Señorita Jones?

—La misma, señor Holmes —habló mientras se alzaba—. ¿Ya supo que le retire la demanda por secuestro?

—Así es, no se hubiera molestado.

—Para nada, fue un placer —en ello se posó frente a ellos—. Supongo que se estarán preguntando, ¿qué es todo esto?

—Exactamente, Sarah —dijo defensiva Mary.

—Bien, solo tengo una pregunta para usted, señor Holmes: ¿Me extrañaste?

El detective palideció ante la interrogante. Mary le vio preocupada.

—Fue usted —declaró—. Usted puso el mensaje en los libros... ¡Usted es quien maneja la red de Moriarty!

—¡Sorpresa!

—¡Todo este tiempo —gritó—, fui un imbécil!

—Así es señor Holmes. Yo soy la heredera de la red de Moriarty, y me alegró que se creyera que Richard era quien estaba detrás de todo ello.

—¡Es imposible! ¡Usted jamás tuvo contacto con Jim!

—Así es, yo jamás me acerqué a él, sin embargo, sí que estuve cercas de Moran.

—Entonces —continuó Mary— ¿tú mataste a los Moran?

—Saben... me encantaría alegar que yo los asesiné pero me temo que alguien se me adelanto.

—Es verdad, alguien más inteligente que usted asesinó a los Moran —continuó Sherlock, buscando herirle su orgullo.

Ella sonrió.

—Iba hacerlo. Quien quiera que hiciera el trabajo sucio, me ahorro gastar tiempo y esfuerzo en ese miserable de Moran.

—Y... ¿Y qué hay de tu hermana? —preguntó aterrada Mary.

—¿Samara? Ella se lo buscó. Le advertí muchas veces que terminaría muerta y así fue. Fue una pena... pero se tuvo que hacer.

—¿Qué clase de mujer eres tú? —cuestionó asqueada Mary. Sorprendido Sherlock volteó a verle—. 

¿Qué clase de mujer traiciona su propia sangre? —Sarah observó con ira a Mary—. Las mujeres como tú, no merecen tener una familia.

—¿Y tú si la merecías?

Mary y Sherlock se extrañaron.

—¿Perdón?

—Me oíste bien Mary o debería decir... erre.

—¿Cómo lo sabes?

—Adivina quien fue la que los contrató y los traicionó —dijo mientras se apuntaba.

—¡Eres una hija de...!

Mary estuvo apuntó de lanzarse sobre ella pero Sherlock logró detenerla.

—¡Tú nos vendiste!

—Así es. Yo asesiné AGRA, y jamás pensé que hubieran sobrevivido dos. Que irónico.

—¡¿Cómo te atreviste?!

—Por diversión. Una chica aburrida es peligrosa —en ello Sarah sacó una beretta 9mm. Sherlock y Mary se alistaron—. Así que, ¿dónde está Isabelle?

—No voy a dejar que te acerques a ella —respondió furioso Sherlock.

—¡Oh señor Holmes! La verdad que admiró ese espíritu de paternidad que lleva en usted, pero lamento decirle que, aunque usted se interponga en mi camino, tendré que matarlo.

—Entonces me quedaré plantado en este camino. Yo no pienso dejar que le hagas nada a la niña.

—Bien —Sarah alzó el arma y le apuntó. Sherlock alzó las manos y Mary observó preocupada—. No sabe las ganas que tenía de matarle.

—Lamento que el humor no sea mutuo.

—Fue un placer conocerle.

Sin ningún remordimiento Sarah haló del gatillo y la bala salió disparada hacía el detective. Sherlock había aceptado su destino, moriría por salvar a la pequeña. Sabría que con esto Sarah iría a la cárcel y no la lastimaría, Bell podría ser adoptada por John y Mary y viviría una vida feliz y tranquila. Él se iría sabiendo que había cumplido con su labor. Mary vio cómo su amigo no se movía y no lo haría, tenía que pensar rápido y lo único que su mente forjó fue ponerse en medio de la bala y el detective.

La bala atravesó el pecho de Mary Watson salvando a Sherlock Holmes. Él trató de asimilar lo que acababa de pasar, la bala era para él, no para ella. ¡Sherlock lo olvido! No solo debía proteger a la niña también a ella, ambas eran su obligación y ahora, Mary yacía en el suelo junto a un creciente charco de sangre. Sarah miró sorprendida la escena, se veía aterrada, había caído en shock; era como si se arrepintiera de lo que acababa de hacer.

—¡Mary! —gritó Sherlock.

—¡Sh-Sherlock! —exclamó—. ¡Tra-tranquilo, estoy bien!

—¡¿Qué he hecho?! —gritó Sarah.

Lleno en rabia Sherlock miró a la temerosa Sarah Jones. A su mente vino a la idea de arrebatarle el arma y dispararle, pero el shock en el que había entrado lo había paralizado.

John junto a Lestrade llegaron al lugar, y el Doctor Watson gritó aterrado al ver a su esposa en el suelo. Corrió hacía ella y la sostuvo en sus brazos. Sherlock les miró y unas lágrimas corrieron sobre mejillas. El inspector sacó su arma y le apuntó a Sarah.

—¡Baje le arma señorita Jones!

Aun en shock Sarah vio al agente y su única acción fue posar el arma en su sien.

—¡¡Sarah!! —gritó Lestrade.

—Señor Holmes —llamó. Él le observó—. Cuide de Isabelle —rogó con una leve sonrisa y apretó el gatillo.

Todos quedaron en shock ante lo sucedido. Sarah había acabado con su vida, había caído en la cobardía por sus actos. Y el daño ya estaba hecho. 


~

¿Me leeré como una muy mala persona si les deseo feliz navidad? 😅
Espero y esté capítulo no fuera un caos, es el más largo (hasta el momento) y me costó demasiado al escribirlo. Ojalá y lo disfrutarán (cosa que dudó XD) y nos vemos pronto. Ya ando más por acá que antes. Felices fiestas mis dulces sherlockians 🎄🎅🎁

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