Capítulo 36 Los Chicos No Son Buenos
Isabelle negó con su cabeza mientras veía aquel aventurero que había osado hablarle. Ese niño se mantuvo sonriente, con su brazo extendido y la mano bien abierta, en espera del caluroso apretón de bienvenida.
—¿Si hablas, verdad? —cuestionó. La niña reaccionó y enfocó la mirada—. Debes de hablar, y la verdad, me gustaría oír tu voz.
Bell frunció el ceño mientras analizó al pequeño. Era de su misma edad, quizás, unos meses más grande que ella; su cabello era castaño y poseía ojos marrones oscuros. Observó el uniforme y notó como la parte baja del pantalón se veía desgastada, dándole a entender que gustaba de andar en bicicleta. La campana sonó e Isabelle volvió en sí, el niño bajó su brazo, pero aún mantenía su peculiar sonrisa. Todos los alumnos caminaron apresurados hacía la entrada, Bell y el niño estorbaban, así que ella se dio la media vuelta y comenzó adentrarse entre los demás jóvenes, escuchando como ese niño se despedía:
—¡Te veré en el receso! —exclamó.
Sintiendo como sus mejillas se calentaban y se teñía en rojo, aceleró su paso para no verle ni oírle. Ella no debía hablar con los niños, tal y como Sherlock le había dicho. Y así lo haría.
Sherlock había tapizado su nueva "habitación de psiquiátrico" con todos los papeles sobre el caso de Samara. Observó con suspicacia el decorado: el blanco no resaltaba con todos los colores provenientes de fotografías, papeles viejos y las tintas entre ellos. Sherlock se sintió como un pésimo decorador cuando toda su vida se admiró de ello.
—Tal vez... —susurró—. Tal vez spray amarillo... sí, eso haré —en ello el detective escuchó como tocaron a su puerta—. Adelante.
Y observó a Teresa.
—Eh —habló con una envidiable confianza. Sherlock suspiró amargamente—, Lady Sarah quiere que vayas al comedor, necesita hablar contigo.
—En unos momentos voy. Gracias Teresa —dijo con una falsa sonrisa. Ella le miró seriamente y antes de cerrar la puerta Sherlock volvió hablarle—: Y por favor, has valer tus clases de actuación y trátame con cortesía.
—¡Oh, perdóneme mi lord! —Exclamó sarcástica—, como si no nos hubiéramos visto en la casa de Bill...
—Hablo en serio —con una terrible seriedad respondió.
Teresa pasó sus manos por sus labios, en señal de cerrarla y salió de ahí. Sherlock volvió a suspirar amargamente, y mientras se alistaba para su almuerzo con Sarah Jones, observó uno de los varios papeles en la pared, se acercó y lo tomó. El detective salió de su habitación y se dirigió al comedor para poder disfrutar de un agradable desayuno.
Sarah se encontraba leyendo el periódico mientras tomaba una taza de té y desayunaba una ensalada de frutas; alzó la vista y miró bajo el dintel al detective.
—Señor Holmes, me alegro que me acompañe al desayuno —saludó con una falsa sonrisa, la cual Sherlock de igual manera respondió—. Pero por favor, no se quede ahí. Tomé asiento.
El detective obedeció y se sentó junto a su anfitriona.
—¿Prensa amarillista? —preguntó si dejar de observarle y borrar su sonrisa.
—Prensa de calidad —corrigió.
—No siempre debería confiar en el Daily Mail. A veces les gusta exagerar en sus titulares.
—Pues es muy mi problema, ¿no cree?
—Yo solo digo. En fin, ¿qué desayunaremos?
Sarah dobló el periódico mientras observó al sonriente detective.
—Tenemos fruta.
—Demasiado saludable... prefiero un café. ¡Teresa! —exageradamente exclamó.
Sarah suspiró agotada ante el evidente sarcasmo, e impresionantemente Teresa apareció en el comedor.
—¿Si? —cuestionó curiosa.
—¿Podrías traerme un café negro con dos de azúcar y unos cuantos biscuits? —preguntó con una enorme sonrisa.
Mientras parpadeó perpleja la joven observó ambos en espera de alguna respuesta.
—¿Puedo? —mencionó mientras miraba a su jefa. Ella, quien no se veía convencida, alzo su cabeza dando luz verde a la orden. Teresa se dio la media vuelta y salió del comedor. Con su enorme sonrisa Sherlock volteó a ver a Sarah, quien le asesinaba con la mirada.
—Bueno señorita Jones —continuó Sherlock mientras reposaba los hombros en la mesa—, tenemos que hablar.
—Así es, señor Holmes.
—¿De qué hablamos primero? ¿Del asunto de Thatcher o del asunto de su hermana?
—Es una difícil decisión.
—Lo sé, pero si yo fuera usted, primero me informaría con el asunto de Samara y luego de nuestro aficionado a Thatcher. ¡Claro! Yo no soy usted.
Sarah cerró sus ojos e inhaló profundo mientras Sherlock ensanchó su sonrisa.
—De acuerdo, lo primero, ¿qué plan tiene para atrapar al psicótico por Thatcher?
El detective junto sus manos y las acercó a su barbilla.
—Debí suponerlo —respondió serio—. Como le había comentado, vigilaremos la casa y estaremos atentos a cualquier actividad sospechosa. Cuando nuestro aficionado a Thatcher quiera allanar, ahí le atraparemos.
—¿Pero cómo? —Sherlock arqueó una ceja y se mostró pensativo—. No tiene idea...
—Nos las ingeniaremos.
—¡Por Dios...! —exclamó agotada. Sherlock volvió a sonreír—. Y con respecto a lo de mi hermana, ¿tiene algún sospechoso?
—Gracias por ir al punto —él deshizo su posé, y del bolso de su abrigo sacó aquel papel que había tomado—. El día que nos conocimos, no tuvimos una conversación muy amena con referente a su hermana.
—Lo sé.
—Bueno, ahora que tenemos un momento de privacidad, quiero que por favor lea este papel.
Curiosa por ello Sarah tomó la arrugada hoja, le abrió y leyó el contenido:
"Terrorista. Chica mala. Empleo. Karina. Sarah. Borreguita. Napoleón. Chantaje. Gobierno. Brook. Conejo. Rupert Casey. Papá. Paraguas. USB. Sherlock. Caída. Metro. Hackney. Baker Street. Janine."
Al leer cada palabra vio como la mayoría estaban tachadas. Notó unos borrones en "Sarah", "Chantaje" y "Gobierno", también las palabras "Brook" y "Hackney" venían subrayadas y acompañadas de un borrado signo de interrogación, pero "Caída" y "conejo" mantenían vigente ese signo.
—¿Y esto es...?
—Esto Sarah, son palabras que provinieron de la cabeza de su sobrina para avanzar el caso.
—¿Acaso Isabelle es una adivina? —preguntó sarcástica. Sherlock sonrió.
—Creo que perdería tiempo si me dispongo a explicarle algo tan banal como lo es un palacio mental, pero si le gusta llamarlo así, dejémoslo así —ante ello Sarah se mordió el labio inferior—. Mi punto es, varias de estas palabras se han ido conectado al caso de su hermana y las hemos tachado y como puede ver...
—Hay algunas con signo de interrogación —continuó.
—¡Qué observadora! Ha hecho sus deberes —dijo sonriente. Ella correspondió a esa sonrisa.
—¿Y espera a que adivine en que se relaciona cada palabra?
—No exactamente. Solo quiero saber si le suenan algunas de las que contengan el signo de interrogación.
—Mi nombre —respondió veloz—, supongo que gobierno es... ¿su hermano?
—Si...
—Las demás, no tengo idea.
—Perfecto —dijo mientras le arrebataba la hoja—, ahora quiero que me diga porque me ha mentido.
Sarah observó asombrada al detective.
—¿Mentirle?
—Así es. Desde nuestro primer encuentro, me di cuenta que usted se ha dedicado a mentir en todo este tiempo. Sus reacciones ante la muerte de su hermana, si le dolieron, pero no como yo esperaba.
—¿Y qué quería, que llorará como Magdalena? —Preguntó molesta.
—Solo esperaba que su sentir fuera real, no como algo pasajero.
—¡Por supuesto que me dolió la muerte de mi hermana! —exclamó furiosa—. ¡¿Qué cree que soy?!
—Me reservo el comentario.
—Vaya al punto señor Holmes.
—Quiero que me termine de contar algo que quedo al aire.
—¿Qué quedó al aire? —Cuestionó curiosa—. Si ya respondí a todas sus preguntas.
—Sí, pero no a todo —Sarah miró confundida—. ¿Recuerda a nuestro tercer amigo en el incidente terrorista?
—Si. Y como le dije ese día, nunca supe quien fue.
—Si lo recuerdo. Estoy seguro que usted sabe algo más de ello.
—Yo ya dije todo lo que sabía.
—No, no lo hizo. Usted se ha encargado de mentirme y muy bien. Ahorrémonos todo este drama y dígame: ¿Quién fue la tercera persona que estuvo con Casey y su hermana?
Por primera vez Sarah se sintió intimidad por Sherlock Holmes. Ella le observó con una espantosa seriedad delatando sus verdaderas emociones, y sin tiempo que perder, este comenzó analizarla; y al sentirse presionada por la mirada del detective se animó hablar:
—Hay cosas que no debe saber, señor Holmes.
—¿En serio? —Cuestionó con falsa credulidad—. Créame que no es la primera vez que alguien me dice eso.
—¿De casualidad su hermano se lo ha dicho?
Sherlock encendió sus alarmas, alertando a Sarah.
—¿Mycroft?
—No me sorprendería.
—¿Qué es lo que sabe, Sarah? —preguntó molesto—. Si es algo de vital importancia, debe decírmelo.
—No puedo señor Holmes.
—¿Por qué? Acaso, ¿mi hermano la tiene amenazada?
—No.
—¿Entonces?
—Son muchas cosas que aún no sabe, y yo no puedo decirle. Lo único que me atreveré a confesarle es que mi hermana sabía que algún día moriría, ambas lo sabíamos. Samara condenó a nuestra familia. Al final ella escogió eso, ella escogió morir. Y si yo abro mi boca, también moriré.
Sherlock se acercó para observarla mejor. Sus ojos delataban miedo, un miedo que nunca había visto.
—¿Y quién podría matarla Sarah? ¿Mi hermano?
—Para nada.
—¿Entonces quién?
—Pregúntele a su hermano.
Sherlock sintió como un escalofrió recorrió su nuca hasta su medula. Dispuesto a seguir con la presión del interrogatorio, Teresa arribó al comedor y trajo el desayuno del detective. Este al ver su café y sus biscuits, sintió como un vacío se formaba en su estómago.
Irene se encontraba en la oficina del director de Badminton School. Ella, con su tierno disfraz de Clara Stepheens, esperó pacientemente hacer atendida para su entrevista de trabajo. En el fondo se sentía estresada, en mucho tiempo no había sentido tanta acumulación de estrés y no sabía cómo dejarlo fluir; la única manera en la que podía era lograr obtener el puesto, si no, Sherlock voltearía el apartamento de nuevo y no quería volver arreglarlo.
—¿Señorita Stepheens? —llamó la secretaria. Ella no dudo en alzarse—. El director puede verla.
Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro y pasó a la oficina del principal.
Durante la primera hora de clases Bell fue presentada en clase ante sus compañeras. Ella descubrió como varias de ellas, en un terrible silencio, se burlaban de ella; otras simplemente le juzgaban con las miradas y la minoría le importaba poco la nueva alumna. La niña sintió como los traumas, de un par de años atrás, volvían. Como odiaba el colegio. La pequeña no se molestó en hablar con ninguna de sus engreídas y molestas compañeras, prefería estar sola a mal acompañada. Mientras sobrevivía a su aburrida clase de historia, fue salvada por el director de la escuela quien venía acompañado de una mujer rubia que se le hacía conocida, alzó un poco la mirada y una gran sorpresa se apoderó de ella. Esa mujer rubia era aquella que había ido a pedir el puesto de tutora de piano.
—Señoritas —habló el director. Todas observaban fijamente—. Quiero que conozca a su nueva profesora, la señorita Clara Stepheens.
—Buen día niñas —saludó con una falsa sonrisa.
—Buen día señorita Stepheens —respondieron a coro, excepto Bell, quien no dejó de mirarla.
—A partir de mañana ella será su profesora de planta, para que con cualquier duda o queja se dirijan a ella...
Y mientras el director daba el discurso de bienvenida. Irene, sigilosamente, observó cómo Bell le veía, y no era de sorprenderse, ya que no se había molestado en cambiar el disfraz.
—Es todo un gusto conocerlas niñas. Espero y nos llevemos bien durante este periodo escolar —dijo Irene con la mejor sonrisa que podía generar.
Todas las jóvenes se tomaron a su nueva profesora como buen augurio, excepto Bell.
Tan pronto dejó la escuela, Irene le mandó un mensaje a Sherlock contándole su victoria. El detective se encontraba sentado en la sala de estar, observando fijamente el busto de Margaret Thatcher y mientras que en su cabeza se inundaba de más interrogantes. Teresa se adentró a la habitación y se dispuso a sacudir, ignorando la estatua viviente que yacía sobre el sofá, cuando un gemido femenino la asustó. Volteó a mirar aquella estatua viviente, quien parecía inmutarse de lo que acaba de pasar.
—¿Fuiste tú? —preguntó alterada.
—¿Te importa? —respondió mientras tomaba su celular.
—Al menos baja el maldito volumen.
—Es muy mi problema.
Teresa rodó los ojos y salió de la sala. En silencio Sherlock obedeció a Teresa y al sentir nuevamente la soledad miró su teléfono, observó el mensaje de Irene y lo leyó. Con una enorme sonrisa en su rostro y veloz como un rayo respondió:
Excelente. Ahora continuar con lo planeado.
SH
Y en menos de un minuto obtuvo una respuesta:
Me merezco un "gracias", ¿no crees?
Sherlock arqueó su ceja mientras comenzaba a mover los dedos:
Cuando esto acabe, tal vez.
SH
Unos momentos pasaron y llegó otro mensaje:
¿Al menos una cena? Aun me la debes...
Vigila a la niña y... ya lo veremos.
SH
No hubo más mensajes por ese día.
En el primer receso Bell no sabía qué hacer. Lo mejor que se le ocurrió fue irse a sentar debajo de un árbol y degustar su almuerzo, mientras analizaba a todos los estudiantes. Entre el mar de alumnos notó a ese niño que le había saludado en la mañana; estaba solo en una banca, leyendo uno de los libros de texto y no había probado su almuerzo. Durante las clases Bell se había puesto a ese niño en la cabeza, su modo en como la saludo y el haberle llamado "bonita" la había hecho estremecerse como nunca; cuando conoció a Tommy la situación fue muy diferente: Tímido él se acercó a ella y alzó su mano en busca de un saludo. Molly sonreía con ternura al ver como los dos pequeños se saludaban y su dulzura aumentaba al ver las mejillas de su sobrino ponerse como unos enormes tomates. A Bell le había agradado Tommy porque inspiraba confianza y fidelidad, pero ese niño le daba mala espina e inseguridad, pero mientras lo veía el pequeño movió sus ojos e Isabelle desvió la mirada. Estaban realmente lejos el uno del otro, la niña no conocía el peso de su mirada y había tentado al pequeño a buscarle. Él localizó a Bell y gustoso por ello se alzó de su lugar, tomó sus cosas y tan veloz como una gacela llegó a con ella.
—¡Me alegra verte! —exclamó—. ¿Puedo acompañarte? —Bell no alzó la mirada, tal vez así se iría—. Bien... lo tomaré como un sí —La pequeña alzó su mirada impactada y contempló como él tomaba asiento junto a ella—. ¿Compartimos almuerzos? Tengo unos sándwiches y una manzana, ¿y tú? —Bell no contestó. Solo le miraba—. ¡Oh, veo que compraste en la cafetería! No te confíes, a veces sirven veneno —dijo con una enorme sonrisa—. Solo bromeo, eh. Pero en serio, no te confíes. ¿Quieres manzana? —preguntó mientras le alzaba la fruta.
Ella miró a la fruta y luego al niño.
—¿Por qué me hablas? —soltó Bell.
—¡Al fin escuchó tu voz! —exclamó alegre—. Es muy bonita. Ahora, ¿tu nombre?
—¿Por qué me hablas? —insistió.
—Porque me agradas —contestó seguro—. ¿Tu nombre...?
—¿Eric...?
—No... Yo soy Eric, dime tu nombre o no te doy la manzana.
—Bell —respondió después de unos momentos de silencio.
—¿Bell...? Oh, Bell... —repetía pensativo—. Me gusta. Bell —finalizó con más énfasis. Ella se extrañó—. Toma mi manzana.
—No.
—Ok —dijo mientras la soltaba y la dejaba caer en las piernas de la niña dejándola sorprendida—. Mira, estaba leyendo este libro sobre la época de la inquisición —continuó mientras le mostraba la tapa—, mi papá me lo compró.
Aun sorprendida por lo que acababa de pasar Isabelle observó la manzana y a la vez el libro.
—¿Qué...? —susurró.
—Mi papá me contó que antes la iglesia torturaba a las personas a forma de castigar sus pecados. Es interesante porque vez la genialidad del humano para crear instrumentos de tortura. ¿Te gusta ese periodo de la vida? —Isabelle no dejó de mirar pasmada a Eric—. Supongo que no. Pero está bien, no pasa nada. Papá siempre me dice que no debo presionar a la gente con mis gustos, porque ellos suelen ser ordinarios y adorables, pero es inevitable, lo siento.
—¿Ok?
—Pero yo sé que tú no eres ordinaria, ni adorable. Es por ello que te digo esto.
—¡Qué bien! —nerviosa exclamó.
—¡Seamos amigos!
—No.
—No fue pregunta, tonta. Fue afirmación.
Bell se impresionó más de lo que ya estaba.
—No.
—¿Por qué?
—Porque Sherlock no me permite hablarle a los niños, solo a Tommy.
El pequeño Eric alzó una de sus cejas muy curioso y miró por unos momentos a Isabelle.
—¿Sherlock?
—Si.
—¿Sherlock Holmes? ¿El detective?
—Si.
—¡¿Él es tu papá?!
—Ah...
—¿Y si yo me junto contigo, me enviará a prisión?
—Tal vez.
—¡Genial! —exclamó extasiado—. ¡Cuándo le cuente a mi papá no me lo va creer!
En ese momento la campana sonó dando finalizado el primer receso. Eric se alzó y escondió su libro en el chaleco de su uniforme.
—¡Qué bueno que somos amigos! —continuó—. Por favor Bell, dile a Sherlock que tienes un amigo aparte de ese Tommy que mencionas. Y me dices si me enviará a la cárcel, ¿de acuerdo? —Bell afirmó con su cabeza—. ¡Nos vemos en el segundo receso y guarda esa manzana!
La pequeña se mantuvo sin comprender lo que había pasado. Tomó la manzana y se alzó para ir rumbo a su salón.
En el segundo receso no vio a Eric y eso la hizo sentirse más tranquila. Ese niño parecía una máquina de palabrerías sin sentido y eso le había asustado. El día finalizo, y Bell no podía estar más agradecida, ahora tenía que volver a casa. Para su sorpresa Richard fue por ella y no faltó las conversaciones del primer día de escuela: "¿Cómo te había ido? ¿Hiciste amigos? ¿Qué tal tus maestros?" Bell pidió a Dios llegar a casa y ver a Sherlock. Llegó y rápidamente bajó del carro para adentrarse en la casa. Dejó caer su mochila y se dispuso a buscar a Sherlock pero, por más que indagaba en la planta baja, no lo encontraba.
—¿Qué pasa señorita Bell? —cuestionó una curiosa Teresa.
—¿Sherlock? —preguntó desesperada.
—Salió. Creo que iba por su amigo, el Doctor Watson.
—Ah... —respondió desanimada.
Bell se dio la media vuelta y decidió irse a su habitación. Teresa suspiró y se dispuso a mandar un mensaje al detective, para que acelerará sus pasos. El resto de la tarde fue aburrida para la pequeña, no sin antes recordar sus aburridas clases de piano. Hoy la señorita Walsh vendría, y aunque Bell no se mostraba animada a verla y soportar sus clases, decidió hacerlo para ya no desesperarse en esperar a Sherlock. Bell estaba sentada en el piano, tocando una simple y lenta nota cuando escuchó un divertido "toc-toc", la pequeña volteó y observó a su maestra, llevando en una de sus manos un estuche de violín.
—¡Hola Bell! —exclamó alegre. Ella no contestó—. Me enteré que hoy fue tu primer día en la escuela, ¿cómo estuvo? —la niña se encogió de hombros. Elizabeth mantuvo su sonrisa—. Mira, traje mi violín. Hoy te enseñaré un poco de él —Bell no ocultó su curiosidad y observó el maletín. Elizabeth supo que dio en el clavo—. ¿Quieres verlo?
—Si —respondió.
—Ven —dijo mientras se movía hacia el sofá.
Elizabeth puso el estuche sobre la pequeña mesa y observó cómo Bell se posicionó a lado de ella. Ella miró con una sonrisa a la niña y le hizo una seña de que se sentara a su lado. Dudosa Bell aceptó el ofrecimiento. Elizabeth puso sus dedos en el cierre del estuche y lentamente le abrió, mientras Bell observaba sin poder negar su curiosidad, estaba tan atenta a los movimientos de su maestra, quien finalizó de abrir el estuche y lanzó la tapa hacía atrás, dejando ver un hermoso violín Stradivarius. La niña quedó fascinada.
—¡Es un stradi... un stradi... eso! —exclamó excitada.
—Un Stradivarius —corrigió Elizabeth—, es uno de mis mayores objetos. No a cualquiera se lo presto, pero hoy, siéntete orgullosa. Serás una de las afortunadas —Bell demostró su gran emoción y Elizabeth sonrió.
—¿Puedo escuchar cómo suena? —cuestionó inocentemente.
—¡Claro! Déjame lo acomodo.
Elizabeth alistó todo, puso el violín bajo su barbilla e interpretó una melodía que parecía ser de composición original.
Bell quedó impresionada ante la composición de su maestra, estaba maravillada de la habilidad con la que ella se movía, y en el fondo le recordaba a Sherlock, aunque no sabía cómo ella lo lograba, veía a Sherlock. Elizabeth se perdió en la música mientras Bell se convertía en su público, la niña sintió que aquella melodía ya la había escuchado, pero no recordaba de dónde. A la sala de estar llegaron Sherlock junto John.
—¡Qué hermoso! —exclamó el doctor.
Elizabeth y Bell volvieron en sí y miraron a los dos anfitriones.
—¡Sherlock, tío John! —exclamó Bell mientras se alzaba para abrazarles. Primero abrazó a Sherlock quien le complació con unas leves palmadas a la cabeza y luego pasó con John, quien su abrazo fue como uno enorme de oso—. Me alegro que llegaran. ¡Quiero contarles mi primer día en la escuela!
—¿Cómo te fue? —preguntó John alegre.
—¡Mal! —Exclamó sin borrar su sonrisa—. Pero me alegra verlos.
Bell volvió abrazar a John mientras este observaba a un Sherlock confundido por la respuesta de la niña. Él solo arqueó sus cejas.
—¿Y dime Bell —continuó John—, la señorita Walsh te está enseñando con el violín?
—Si —dijo mientras se separaba de su abrazo y miraba a Sherlock—. ¡Tiene un stradi... eso!
—¿Stradivarius? —cuestionó Sherlock curioso.
—¡Ajá! Muéstreselo.
Elizabeth se alzó del sofá y se acercó a ellos alzando el instrumento. Sherlock lo analizó sin omitir detalle y sorprendido confirmó que era un Stradivarius original.
—¿Dónde lo consiguió? —cuestionó sorprendido.
—Fue un regalo. Mi hermano mayor me lo regaló.
—Es un buen instrumento —acompañó John.
—Tan bueno, que no sabes manejarlo —dijo Sherlock serio. Elizabeth se extrañó.
—¿Perdón?
—Te vi como posicionabas el violín, fue una forma de novato. Aunque reconozco que la melodía era cautivadora. ¿Composición original?
—Si...
—Vaya, tan hermosa música en manos equivocadas.
Elizabeth miró sorprendida al detective, logrando que tan grande fuese su sorpresa como su molestia.
—¿Sabe señor Holmes? Una vez yo le enseñé a un pequeño niño a tocar el violín y aprendió en tres días todas mis habilidades.
—¿Y la superó?
—Estoy segura que sí.
—Bien por el niño, mal por usted.
Elizabeth suspiró amargamente y John supo que tenía que intervenir.
—Liz —llamó y Sherlock observó curioso a su amigo—, no le haga caso. A veces puede ser un egocéntrico pero nada más.
—Yo quiero aprender con ese violín —interrumpió Bell.
—Por supuesto —dijo Liz con una sonrisa.
Al notar el cambio de humor de la mujer, Sherlock posó sus ojos en ella y luego en la niña, y sin que Liz lo esperara el detective le arrebató el violín y se acercó a la niña.
—¡Sherlock! —exclamó furioso John.
—Mira Bell —habló Sherlock, ignorando a los dos adultos mientas ayudaba a la niña acomodarse el violín—, así es como se toma el instrumento. No como ella te quiere enseñar. Aprende las notas básicas y yo continuare con las sesiones, ¿sí?
—¡Ok! —exclamó alegre y un poco temerosa por tumbar el violín.
Sherlock se alzó y observó con una sonrisa a su amigo y la institutriz.
—La pequeña ya sabe cómo debe ir el violín. Haga el resto señorita...
—Walsh —continuó molesta.
—Si, eso... John, ¿me sigues?
El Doctor, furioso por el comportamiento de su amigo, se fue detrás de él listo para darle el sermón de su vida cuando este le interrumpió.
—Después me regañas, necesito contarte algo serio.
—Sherlock... lo que le hiciste a Liz fue lo más bajo que has caído.
—No creo, he hecho cosas peores, estoy seguro. ¿Por qué la llamas "Liz"?
—Eso no te incumbe.
—Por supuesto que sí. Estas casado.
John miró sorprendido a su amigo.
—¿Qué dijiste?
—Que estas casado y debo velar por Mary y Rosie.
—Sherlock, sí que eres un imbécil. Solo le dije el diminutivo de su nombre.
—Por algo se lo dijiste, ¿no?
—¿Por qué ella me lo dijo? —cuestionó curioso.
—¿No es demasiada confianza?
—Sherlock, sea lo que estés pensando, es un gran no. Mientras estemos aquí la veremos y conviviremos con ella. Así que hay que llevarnos bien...
Sherlock entre frunció el ceño, nada convencido de las palabras de su amigo, y en esos momentos Richard se acercó a ellos.
—¡Señor Holmes, Doctor Watson bienvenidos!
—Buenas tardes Richard —saludó John.
—Yo estoy viviendo aquí, Richard —aclaró Sherlock.
—Lo siento señor Holmes, se me olvida —dijo con una sonrisa mientras le daba unas palmadas a su espalda. Sherlock respondió terriblemente—. Bueno, me retiro que tengo unos negocios que atender. Pasen buen día.
—Igual para usted Richard.
John y Sherlock observaron como este se acercaba al perchero y tomó un abrigo de color caoba. Sherlock se había dispuesto a ignorarlo cuando, por el rabillo de su ojo, notó algo familiar en ese abrigo. Richard tomó su maleta, abrió la puerta y un último adiós surgió. John volvió a despedirse por cortesía, en cambio Sherlock había entrado en shock. Al verle así John Watson se preocupó.
—¿Sherlock? —No respondió—. ¿Sherlock?
—Es él —soltó, casi acobardado.
—¿Quién es quién?
—Richard... él es... él es quien nos seguía a Bell y a mi cuando fuimos al London Eye.
**
Nuestro lindo, adorable y sassy Martin Freeman, esta de fiesta. ¡Oh si!, un 8 de septiembre nació esta adorable criatura. ¡Feliz cumpleaños Martin 🎂🎆🎁🎉!
Y para finalizar:
Este su humilde fic, ¡entró en la lista de las 600 historias de los Wattys 2018!
♥️ La verdad muchas gracias a todos/as ustedes por estos casi 2 años de aventura y misterio en el fic. Este no es un fanfic perfecto ni de premio noble ni cosas así pero, créanme, que sin sus lecturas, sin sus votos, sin sus comentarios, sin su apoyo nunca hubiera llegado hasta aquí. Sin ustedes este fic nunca hubiera seguido y de corazón les doy las gracias. Gracias por apoyarme en esta mágica aventura. ♥️
Esperemos llegar a la final, si no, ¡se logró muchísimo!
Nos veremos en los próximos capítulos, me tardaré un poco porque el semestre escolar me esta consumiendo pero... no se me desesperen, si regreso (ya saben que si 🤣) y prometo crear un libro (?) en donde pondré notas para ya no dejarlas entre capítulos (me encuentro trabajando en ello 😄😋)
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