Capítulo 31 Sonata para Bell
—¿Sherlock? —llamó John preocupado.
—¿Si? —preguntó sin desviar su mirada de la ventana.
—¿Estás bien?
—¿Por qué habría de no estarlo?
—Sherlock, llevas medía hora así. Ni siquiera has soltado tu violín —Él no respondió. John suspiró—. A todos no duele.
— ¿Doler qué?
—Que Bell se fuera.
—Tarde o temprano tenía que irse —mencionó fríamente.
John suspiró y Sherlock miraba perdidamente por la ventana del living room, teniendo su violín en mano. John le observó por más de media hora. Él lo sabía perfectamente.
—Entiendo que no quieras reconocerlo, pero te conozco. Yo sé que esto te duele.
—¿Por qué habría de dolerme? —Cuestionó con incredulidad—. ¡Oh John! me sorprendes, tantos años y pareces no conocerme.
Otra vez el silencio cayó sobre ellos. El cuerpo de Sherlock pareció volver a la vida, alzó sus brazos acercando su violín al pecho y, tan lenta como delicadamente, afinó las cuerdas. John miró con tristeza y coraje a su amigo. ¡Cuántas ganas tenía de tomarlo del cuello de su camisa y darle un puñetazo en la cara para que dijera lo que sintiera! Pero sabía que era imposible, el gran Sherlock Holmes no tenía sentimientos.
—Por el amor de... —suspiró John— Sherlock, no hay nada de malo en que lo digas, a todos nos pudo. Mary, Molly, la señora Hudson, Thomas, hasta Rosie sintió.
—Todos generaron afecto hacia ella. Supongo que es algo natural que reaccionen así, pero yo no tengo porque hacerlo.
—¡¿En serio?! —Exclamó incrédulo—. ¡¿Ahora me vas a poner en ese plan?!
—¿Cuál plan?
—¡Este, el que no te importa la niña! ¡Tú, quien te preocupaste por ella más que todos nosotros juntos! —Sherlock se mantuvo en silencio. Hastiado John apretó sus labios mientras buscaba controlarse—. Bien —dijo después de unos momentos—, como quieras. Yo no soy nadie para obligarte a expresar tus sentimientos ni nada por el estilo, pero yo sé cómo te sientes Sherlock. Lo sé perfectamente.
El detective siguió inmóvil mirando a su violín.
—No sabes nada.
—Sherlock, solo dime una cosa.
—¿Qué?
—Esa partitura que tienes en el atril —mencionó apuntando—, ¿acaso era para Bell?
El detective dejó caer las manos y, suavemente, volteó a mirar a John. Sherlock se apreciaba sereno.
—Buenas noches, John.
John Watson observó impactado a su amigo. La tranquilidad que él irradiaba le hacía sentir una terrible sensación sobre su cuerpo, queriendo llorar por culpa de la rabia. Sherlock dejó de lado su violín, tomó la partitura, doblándola delicadamente, y la guardó en el bolso de su saco y con una tranquila sonrisa se retiró a su habitación. John quedó mudo ante tal acción.
Sherlock se adentró a su habitación, cerró la puerta con gran calma y se recargó en ella esperando a que su amigo se retirará de su piso. Espero pacientemente hasta que escuchó como John cerraba la puerta principal con cierta rudeza. El detective suspiró amargamente he hizo que su vieja amiga, la soledad, se dejará caer sobre el 221B de Baker Street mientras que su memoria le torturaba con la imagen de la pequeña Isabelle Jones cubierta en llanto.
En su memoria se había tatuado esa imagen de la niña llorando, rogándole que no la dejara irse con esa mujer. Esa mujer que era su familia, que era su tía. Era terrible aquella imagen. No quería reconocerlo, pero le dolía y de una manera terrible. Sherlock quería que cada fragmento desapareciera; cada imagen seguía impregnándose en su mente, odiándole y odiándose cada momento. El detective cerró sus ojos y sacudió su cabeza rápidamente, aún esperanzado a que ese recuerdo se fuera lo más pronto posible de su memoria, pero parecía inútil. Aquel recuerdo se había impregnado tan fuerte que podía sentir algo dentro de él romperse. Y no le gustaba sentirse así. Sherlock cerró de nuevo sus ojos, pensó en buscar enfoque en la tranquilad, aquella misma que le había demostrado a John. Todo aquello lucía imposible, cada momento que había pasado en aquel living room se había tatuado a su mente.
John entró al living room acompañado de la pequeña Bell, haciendo que Sherlock y Sarah les observaran sin despistar.
—¡Isabelle, preciosa! —exclamó aliviada Sarah. Sherlock no evitó observarle con su frívolo análisis; sabía que fingía la alegría.
Como si en un peligro estuviese Bell se aferró a la chamarra de John y con una mirada de suplicó se dirigió a Sherlock. Ella estaba aterrada, no quería acercarse aquella mujer, y que de momento, odiaba por dentro.
—¿Qué pasa cariño? —Preguntó nerviosa al notar la reacción de su sobrina—. ¿Acaso ya no te acuerdas de mí?
La niña, honesta como era, negó rápidamente sin soltarse de John quien posó su mano sobre su hombro en señal de apoyo.
—Tranquila Bell —mencionó John, esperanzado por calmar el ambiente—, ella es la hermana de tu mamá. Tal vez la última vez que la viste, eras una pequeñita.
—Estoy seguro que la recordaría —interrumpió Sherlock.
John hizo una mirada precautoria y Sarah Jones suspiró amargamente. Ella y Sherlock, por ninguna razón, iban a llevarse bien. Ante el comentario del detective, Bell afirmó velozmente sin dejar de mirar hacia él.
—Tiene razón Doctor Watson —continuó ella—, la última vez que vi a Isabelle tenía cuatro años y, ahora que la veo, es toda una niña preciosa —sonrió cálidamente. Sherlock rodó los ojos mientras John y Bell le miraban.
—Bell, ¿por qué no saludas a tu tía? —animó John con su mejor sonrisa.
Ella alzó la vista y observó a su tío John con unos enormes ojos cristalizados por las lágrimas que pedían brotar.
—Mi única tía, es mi tía Mary —respondió.
Sarah se extrañó ante esa respuesta y Sherlock sonrió por lo bajo. Un perfecto golpe a guante blanco.
—¿Mary? —cuestionó curiosa.
—Es mi esposa —dijo John con una sonrisa nerviosa—, ella le dijo a Bell que podría llamarnos tíos.
—¡Oh! —exclamó Sarah.
—Bell, ve.
La niña observó algo molesta a John, ¿por qué tanta insistencia? Sherlock no le hubiera estado insistiendo en hacer eso, es más, ni Sherlock se había puesto en medio de esta situación y eso le preocupaba un poco. John realizó una mirada de padre, un tanto amenazadora, y la pequeña, sin poder rezongar más, se soltó de la chamarra de John y a pasos tranquilos se acercó aquella mujer, quien había extendido sus brazos para acogerle en un gran abrazo. Sarah abrazó con una gran fuerza a Isabelle, quien no supo cómo reaccionar ante tal acto, lo único que hizo fue mirar a Sherlock, en lo que parecía ser una llamada de auxilio pero este hizo la vista a un lado.
—Mi niña. ¡¿Ya cuántos años tienes, nueve?!
—Diez —mencionaron a la par ella y Sherlock. Sarah observó asombrada.
John se acercó a ellas y sugirió a Bell que tomará asiento en su sillón mientras él se mantenía de pie a su lado. Una cargada tensión les abrigo, Sherlock no se veía con ganas de hablar así que John se preparó mentalmente para ser quien dirigiera esta conversación cuando le tomó por sorpresa que Sarah hablará primero:
—Muchas gracias por cuidar de mi sobrina, señor Holmes —mencionó con una gran sonrisa.
Él no respondió, seguía con su mirada hacia el otro extremo de la habitación.
—No agradezca señorita Jones —respondió John—, todo sea por el bienestar de Bell.
John sonrió gentilmente y Sarah correspondió, en cambio Bell miraba con gran desesperación al detective.
—Entonces, ¿cuál es el plan señor Holmes? —preguntó seriamente Sarah. Este volteó a verle sin expresión alguna.
—Supongo que se quedará en Londres.
—Así es. No pienso volver a América.
—Perfecto. Nosotros seguiremos con el caso de su hermana, y también pediremos apoyo a Scotland Yard para que tenga vigilancia constante en su hogar.
—¿Vigiladas por la policía? —cuestionó sorprendida.
—Así es Sarah —continuó John—, es lo mejor mientras que Sherlock y yo podamos descubrir quién está detrás de todo esto. Scotland Yard estará vigilando veinticuatro por siete.
Bell, que no le importaba de lo que iba la conversación, observó cada cierto momento a cada uno de los adultos esperando que se olvidarán que ella estuviera en la habitación.
—¿Y podré trabajar?
—Me temó que no.
—Pero —continuó Sherlock—, no creo que tenga inconveniente por ello.
—¿Por qué lo dice señor Holmes?
—Usted tiene una pareja, demasiado adinerada, lo notó por el anillo que lleva en el dedo anular —ante eso Sarah bajó la vista hacia su mano izquierda—. ¿Anillo de promesa?
Ella sonrió descaradamente.
—Anillo de compromiso.
—¡Oh, felicidades! —exclamo con falso interés.
—Muchas gracias señor Holmes —continuó Sarah al mismo tono—, ahora, a lo que realmente importa... Isabelle, linda —dijo mientras volteaba a mirarle. Ella temblaba—. Le pedí al Doctor Watson que te trajera aquí para hablar contigo de algo importante —La niña no respondió—. Querida, el señor Holmes me comentó que has vivido aquí por todo un año y, me encuentro muy agradecida con él por mantenerte aquí pero...
—¿Me va a llevar con usted? —con voz entrecortada interrumpió.
Todos miraron a la pequeña sorprendidos, esta vez Sherlock no pudo disimular.
—Así es linda. Iremos a casa.
Sarah extendió su mano para tomar la de Bell pero ella, veloz, quitó la suya y miró suplicante a Sherlock. Él, al ver la piedad en la mirada de la niña, trató de mostrarse serio y firme.
—Bell —prosiguió John al ver esa escena—, no tienes por qué preocuparte. Estoy seguro que tu tía, dejará que nos visites de vez en cuando. ¿Verdad, Sarah?
—Por supuesto, puedes venir aquí las veces que quieras —dijo con una gran sonrisa.
Bell no hacía caso ni a John ni a Sarah, solo vio a Sherlock esperando que este dijera algo pero parecía importarle poco la situación. Ante su falta de interés Bell se alzó del sofá y salió corriendo del living room.
—¡Bell espera! —exclamó John yendo detrás de ella.
La pequeña subió el resto de los escalones y llegó a su habitación para encerrarse y no escuchar más estupideces. Dentro del único lugar seguro en Baker Street, Bell se lanzó sobre su cama y tomó a su señor conejo, para abrazarle con una tremenda fuerza, y dejar que las lágrimas brotaran.
En la planta baja todos los presentes escucharon los veloces pasos y un llamado alterado. Todas las damas y el pequeño Hooper se miraron sorprendidos ante lo que pasaba. Esto no iba bien. Mary se propusó a subir los escalones para saber qué era lo que estaba pasando, llegó al piso y miró a John y Sarah observando hacia los escalones.
—¡¿Qué está pasado?! —preguntó nerviosa.
—Es Bell...
—¿Qué pasa con ella?
—Le dije que se iría a vivir conmigo —continuó Sarah—, no le gustó la idea —ella posó su mirada en Mary, sonriendo torpemente y extendiendo su mano—. Una disculpa, Sarah Jones
A mala gana Mary extendió su mano y saludo a la mujer.
—Mucho gusto, soy la esposa del Doctor Watson.
—¿Mary? —Cuestionó aún sonriente—. Es que Bell te llama tía.
—Si... Mary.
—Por favor Sarah —interrumpió John—, acompáñeme a la planta alta y tratemos de hablar con Bell.
—Claro Doctor.
Sarah y John subieron los escalones mientras Mary les miró no muy alegremente. Ella dio la media vuelta y posó la vista en el living room, observando a Sherlock en su sillón y teniendo la mirada en un punto muerto; curiosa se adentró y le llamó preocupada.
—¿Sherlock? —Él no respondió—. Sherlock —insistió.
El detective, tranquilamente, movió su vista hacia ella.
—¿Si?
—¿Sherlock por qué diablos no estás con Bell?
—¿Perdón? —preguntó incrédulamente.
—Lo que oíste. John me acaba de decir que le dijeron a la niña que se la llevaran, y por lo que escuchamos no lo tomó bien —Sherlock parpadeó suavemente y Mary le miraba molesta—. Ve con Bell —dijo con énfasis.
—No tengo porque ir.
—Sherlock —siguió molesta—, ve con Bell ¡Ya!
El tono de Mary hizo temblar al detective, se oía molesta, aunque esa palabra describiera poco. Sherlock se alzó de su sofá y se dirigió hacia la planta alta. Llegando a la habitación de la niña, Sherlock notó a John y Sarah casi rogando para que la niña abriera la puerta, pero era imposible, ella no abriría al menos que tumbaran la puerta o que él interfiriera en la situación.
—Bell, linda, por favor abre la puerta. Tratemos de hablar de esto ¿sí? —insistió John.
El detective dejó escapar un suspiro amargo, se acercó a ellos y quitó a John de la puerta. Ambos le miraron, él les ignoró y tocó delicadamente la puerta, no hubo respuesta, otra vez insistió.
—Isabelle —llamó con su voz seria y profunda—, abre la puerta. Tenemos que hablar —No pasó más de cinco segundos cuando el "clic" de la puerta se escuchó, John y Sarah miraron perplejos, Sherlock les observó por el rabillo del ojo—. Esperen aquí —ordenó.
Sherlock tomó el pomo y se adentró. En la habitación el detective vio a la niña, sentada en la cama y abrazando a su peluche con una increíble fuerza, sus ojos se veían rojizos en señal de que había llorado más de lo usual.
—Cierra la puerta —pidio seriamente. Él obedeció.
—Isabelle...
—No —interrumpió.
—Hablemos.
—¿Por qué hasta ahora quieres hablar?
Sherlock tragó difícilmente, la niña lo había intimidado.
—¿Eso importa? —Bell cabeceó lentamente—, lsabelle lo mejor ahora es que... —se detuvo y volvió a pasar saliva— es que prepares tus maletas.
La niña abrió los ojos de par en par, esperaba cualquier cosa menos que Sherlock insistiera.
—Yo no me quiero ir —mencionó difícilmente—. No me quiero ir a ningún lado.
—Tienes que hacerlo —continuó Sherlock admirándose de donde había surgido su seriedad—, no podemos evitar esto.
—Tú puedes. Eres Sherlock Holmes, puedes hacerlo.
Él sintió como un nudo se forjaba en su garganta y lo hacía sentir horrible.
—Isabelle...
—Hazlo, por favor —rogó.
Sherlock sintió como el nudo se apretaba con más fuerza en su garganta, logrando en él una terrible impotencia. Esta vez Sherlock no evitó lo que pasaba, esa mujer era familiar de la niña y ¿él que era? Nadie. Sherlock Holmes era incapaz de evitar lo que pasaba, era incapaz de evitar que se llevarán a la niña, y bien Mycroft una vez se lo había dicho, él no podría evitar el día en que esa mujer llegará, se llevará a la niña y dejar corazones rotos. El maravilloso Sherlock Holmes cerró sus ojos e inhaló profundamente.
—Isabelle, por favor prepara tus maletas.
La niña miró impactada al detective, ella se alzó de la cama, corrió hacía él y se lanzó abrazarle con grandes lágrimas recorriendo sus mejillas.
—¡Sherlock! —Gritó suplicante— ¡Sherlock por favor, no me quiero ir con ella...! ¡No quiero dejar Baker Street, ni a mis tíos, ni a Rosie, ni la señora Hudson, ni a ti! ¡No quiero, no quiero, por favor haz algo, haz algo!
La pequeña Isabelle no le soltó en ningún momento, no paraba de suplicar y sus lágrimas caían en el saco del detective, este desvió su mirada de la niña, sus ojos no soportaban ver las acciones que ella realizaba, sus oídos querían bloquear los sonidos del llanto y los berrinches pero ya era tarde, la impotencia había logrado dominar sobre él.
«Perdóname» pensó, mientras de lo más profundo de su ser cogía fuerza, valentía y aceptación.
—Prepara tus maletas Isabelle —repitió con frialdad y seriedad—. Ella es tu tía y tienes que vivir con ella. Podrás visitarnos las veces que quieras, John y yo iremos a visitarte a tu casa frecuentemente —Bell hundía más su rostro en su saco, Sherlock ya no lo resistía más—. Por favor Isabelle, haz lo que te pido —Él posó sus manos sobre los hombros de la niña, la separó de su cuerpo con rudeza y apreció esos ojitos marrones cubiertos en lágrimas—. Por favor —repitió siendo él quien suplicaba.
Sherlock soltó a la niña y sin nada más que decir se dio la media vuelta y salió de la habitación.
Volvió en sí. Era terrible aquella imagen y le dolía y de una manera espantosa. Sherlock intentó que cada fragmento desapareciera pero cada imagen seguía impregnándose en su mente, odiándole, y odiándose cada momento. Sherlock sacó la partitura del bolso de su saco y la apretó con una fuerza para finalizar lanzándole al suelo. La partitura se ente abrió un poco y se podría apreciar, en la esquina superior derecha, una pequeña dedicatoria para alguien que no podría oír la composición que había creado.
Los primeros días sin Bell en Baker Street fueron tristes, Sherlock se mantenía de pie frente a la ventana, mirando a su atril y con su violín en mano. No tocaba nada solo se mantenía así, por varias horas y mirando hacía el infinito. Esos primero días la señora Hudson miró a su querido inquilino con gran tristeza y desaliento, este lugar se había vuelto tan gris desde la partida de la niña. Varios de esos días fueron John y Mary tratando de animar un poco las cosas.
—Tenemos una idea —habló Mary con una enorme sonrisa—, queremos ir a un día de campo. John encontró un hermoso lugar a las afueras de Londres y podremos ir tú, Bell, John, Rosie y yo. ¿Qué te parece?
Sherlock les observó con una fría mirada.
—Estoy ocupado. Tengo demasiados casos pendientes, ustedes organicen sus... cosas yo tengo que trabajar.
Los Watson le miraron atónitos.
—¿Es en serio Sherlock? —cuestionó Mary sorprendida.
—Muy en serio —dijo con una enorme sonrisa mientras se alejaba de la ventana—. Buenas tardes.
El detective se retiró y dejó a sus amigos.
—Santo cielo, le afecto demasiado —menciono Mary mientras miraba a John.
—Demasiado es una palabra insuficiente para lo que realmente siente.
Después de los primeros y tortuosos días, la señora Hudson despertó, sorprendida por una melodía dulce e inocente. Sabiendo de dónde provenía esa música, llegó al 221B y contempló a Sherlock realizando aquella hermosa música en su violín.
La mayor parte del día Sherlock inundaba el edificio con aquella pieza musical. La señora Hudson, cada vez que escuchaba esa melodía, podía identificar notas llenas de pureza, inocencia, y de vez en cuando, una tristeza inexplicable. Había veces que ella lloraba y recordaba a la pequeña Bell, jugando y brincando por doquier. Uno de esos días en que Sherlock despertó al vecindario con la misma canción, la señora Hudson no dudo en llamar a John y pedir, casi a llanto, que viniera hablar con Sherlock. John, complaciendo a su antigua casera, fue y al entrar al edificio se llevó la sorpresa de escuchar esa hermosa melodía la cual identifico de inmediato. La señora Hudson al verle corrió hacia él y sin más soltó sus emociones.
—Querido, lleva así varios días —mencionó muy preocupada—. No ha comido, no ha dormido y la mayoría de las veces se la pasa con su violín, tocando esa melodía. Están diferente a la que solía tocar, esta música está cargada de una inocencia como tristeza.
—Entonces esa es la sonata de Bell —soltó John curioso.
—¿Sonata de Bell? —cuestionó curiosa.
—Así es señora Hudson. Tengo entendido que Sherlock realizó una composición para la niña, como regalo de su primer año, pero nunca pudo tocarla y ni ella escucharla.
—¡Oh mi Dios! Es por ello que esta música es tan dulce, pura... Es su manera de recordarla.
—Correcto señora Hudson.
Ambos subieron al piso y llegaron para contemplar a Sherlock perdido en su música.
—Querido, creí que la tía de Bell había dado permiso para que pudieran visitarla y viceversa. ¿Por qué Sherlock no va y la visita?
—Es verdad señora Hudson pero, según Sherlock, no quiere este caso roce lo personal.
—¡Oh, ¿qué personal?!
—Exacto, ¿qué roce personal? Ninguno. Lo único que podemos hacer es dejar que fluya, que se exprese de la manera que él sabe.
—¡Pero John...!
—Lo sé Señora Hudson, créame que lo sé pero hablamos de Sherlock. Si es la única manera en la que podemos hacer que se desahogue, que lo haga, no hay de más.
Y así dejaron que Sherlock Holmes siguiera expresando su verdadero sentir.
Varios días pasaron y Sherlock, actuando como un fiel feligrés, tocaba todas las mañanas aquella composición y también a su memoria venía aquel recuerdo de la pequeña Isabelle llorando inconsolablemente. Cada vez que esa memoria aparecía paraba su música y trataba de que esta se fuera para poder seguir tocando aquella dulce melodía que solo traía en él momentos buenos. Una vez que desviaba de su mente aquellos ojos marrones inundados en llanto podía volver a escuchar aquella hermosa melodía tan llena de inocencia y dulzura. Acomodó el violín bajo su barbilla y dejó guiar a sus dedos suavemente. Sherlock cerró sus ojos y se dejó llevar por el compás de esa dulce melodía. El tiempo se había detenido, la música era lo único que giraban alrededor de él, haciendo que se adentrará a su palacio mental y podía ver a la pequeña niña deleitando sus oídos con su sonata. Que felicidad tan grata hubiera sido, si tan solo Sherlock hubiera tenido la oportunidad de haber tocado su sonata, pero no, no hubo esa oportunidad y probablemente no la habría ahora ni en ningún futuro. Sherlock se dejó ilusionar porque ese día pasará, se permitía imaginar que la pequeña escucharía su sonata. Si todo podría pasar al menos que...
—¿Composición diferente? —escuchó una voz familiar.
Sherlock abruptamente abrió sus ojos y rompiendo sus falsas ilusiones tuvo el placer de presenciar a su hermano, con esa actitud arrogante y cara de saberlo todo. Digno de golpearlo.
—No me es familiar pero he de sentir una especie de tonada infantil en ella. ¿No es esta sonata para esa niña?
El detective removió el violín de su barbilla y volteó a mirar al arrogante de su hermano, el cual, estaba parado en el umbral de la puerta.
—Isabelle —respondió molesto—. Su nombre es Isabelle, Mycroft.
—¡Oh Sherlock! —exclamó molesto—. Tanto tú y yo sabemos que odia ese nombre, pero no estoy aquí para discutir eso. Supe de la aparición de Sarah Jones. —El detective acomodó su violín para luego tomar la partitura del atril, doblarla y guardarla en el bolsillo de su saco. Mycroft observó todo con gran detalle—. Veo que el hecho de regresarla con su familia, te ha afectado.
—No —contestó seriamente.
—Entonces ¿por qué esconder la partitura?
Sherlock no contestó, colocó sus manos detrás de él y observó con toda la frivolidad del mundo a su hermano.
—Será mejor que de digas lo que tengas que decir, Mycroft.
—¿Decirte que, Sherlock? ¿Qué te advertí de su llegada o de que siempre tengo la razón?
—¿Quieres que te diga que tenías razón?
—Bueno Sherlock, eso era la inevitable realidad. Lo que si me gustaría oír de tu boca es, que tenía razón, al saber que generarías afecto hacía ella.
Al escuchar esas palabras Sherlock, lo más rápido que pudo, retiró la vista de su hermano.
—El afecto, lo que con lleva a los sentimientos, son un defecto químico que se encuentran del lado de los perdedores.
—¡Por Dios! —Exclamó Mycroft—. No me vengas con tus citas populares —Sherlock volteó a mirarle molesto—, es la evasión más patética que te he oído decir en toda la vida. Y eso que has estado en peores momentos y has dado tus "mejores frases", pero ahora —comenzó a reír—, ahora no funciona hermanito, tu música te delata.
—Pues lamento contradecirte. Estas completa y absolutamente equivocado.
Mycroft sonrió de nuevo y comenzó a caminar hacia su hermano quien trataba de evitar a toda costa el contacto visual. Se detuvo frente a él para que le mirará.
—Le compusiste una sonata —dijo muy serio.
—¿Y eso implica que genere afecto? —cuestionó dudoso.
—Como no tienes idea.
—Sólo es una pieza musical.
—Una pieza musical, con afecto. Sherlock —continuó seriamente— te conozco, y no me gusta la manera en la que estas reaccionando —El detective no dijo nada. Quedó en absoluto silencio—. Hablamos de una niña por la cual generaste un cariño hacía ella, y yo te advertí que no te encariñaras con ella. Sherlock una vez te lo dije y te lo vuelvo a repetir, todas las vidas terminan, todos los corazones quedan rotos, el querer no es una ventaja.
El detective cerró sus ojos apretando los párpados con demasiada fuerza. Quería golpear a Mycroft, se merecía un buen puñetazo en la cara. ¡Oh! Ya se veía rompiéndole esa larga nariz y quitándole la arrogancia del rostro, pero pensó detenidamente. Volvió abrir sus ojos y miró directo a los ojos de su hermano mayor.
—No me vengas con tus citas populares, Mycroft —respondió lleno de ira.
Mycroft le vio con extrañez mientras arqueaba su ceja, su hermano tenía los ojos casi en llamas, pudiendo ver como a través de esa mirada verde grisácea Sherlock lo martirizaba a golpes.
—Sherlock, sólo trato que tú no...
—Si tus intenciones eran el humillarme lamento decirte que has fallando hermano mío, así que, si no tienes cosas de interés por las cuales hablar, adiós, Mycroft.
El mayor de los Holmes tomó su mejor postura, dio la media vuelta y caminó hacia la puerta no sin antes soltar un suspiró de pena ajena. Al llegar se detuvo y volteó a mirar una vez más a su hermano, quien le daba la espalda.
—Sherlock —llamó y este le ignoró—, olvida este caso y olvida a esa niña.
Ignorando la incómoda presencia de su hermano, el detective volvió acercarse a su violín, lo tomó y sacó la partitura de su saco para acomodarlo en el atril. Desanimado por las acciones de su hermano, Mycroft decidió retirarse y así Sherlock vio la partitura, observando como este había obtenido horribles arrugas al tenerlo dentro de su bolsillo, y con su índice pasó sobre aquellas notas que tardo en formar por varias semanas. Dejo caer su mano y apreció en la parte superior derecha, una casi borrosa dedicatoria:
"Sonata para Bell, por Sherlock Holmes"
Feliz, primer año.
Sherlock suspiró desganado y acomodando su violín bajo su barbilla, volvió a guiar sus dedos y decidido empezó a perderse en aquella hermosa melodía llena de pureza e inocencia que había creado para Bell.
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