Chào các bạn! Vì nhiều lý do từ nay Truyen2U chính thức đổi tên là Truyen247.Pro. Mong các bạn tiếp tục ủng hộ truy cập tên miền mới này nhé! Mãi yêu... ♥

Capítulo 27 Las Cuatro Estaciones II

Sherlock y John se mantuvieron bajo el dintel de la habitación del pequeño Sebastian Moran. Ambos sentían como el ambiente les amarraba en una gran pena e intranquilidad; John difícilmente tragó y volteó a ver a Sherlock, quien lucía con su clásica indiferencia, pero en sus ojos había seña de inconformidad.

—Bien —habló mientras juntaba sus manos—. Hay que comenzar esta primera parte.

—De acuerdo —respondió John con aire melancólico—. ¿Qué quieres revisar?

Sherlock volteó con John, no había comprendido aquel tono en su respuesta, pero si más que decir, entró a la habitación del pequeño. John, quien se quedó recargado en el dintel, posó sus ojos sobre su amigo y este empezó analizar la habitación.

Sherlock analizó cada rincón de ese lugar, la escena del crimen había sido desvanecida gracias al trabajo del forense y el tiempo, pero eso no le limitaba. Caminó por la habitación analizando el más minucioso detalle, desde la vacía base de la cama al empolvado armario y hasta el escritorio, en donde pudo encontrar una pequeña libreta con unos dibujos nada gratos. Él tomo la libreta y se la lanzó a John, Sherlock no debía dejar escapar nada. John siguió al detective con la mirada y en ratos se escuchaba como tragaba saliva difícilmente, eso le generaba una inexplicable tensión al detective.

—¿Algo? —interrumpió John.

—No... Pero sé que hay algo.

—¿Cómo qué?

Sherlock se detuvo y volteó hacía con John.

—Quien matará a los Moran —habló, disimulando la tensión en su garganta—, no tuvo remordimiento... Y cuando no hay remordimientos, las pistas quedan al aire.

John, confuso por aquellas palabras, frunció su ceño mientras removía su cuerpo del marco de la puerta. Sherlock se quedó inmóvil, observando hacia un punto muerto en la habitación. Parecía que lo tenía, estaba ahí, ese algo estaba frente a él.

—¿Sherlock? —llamó John pero este le ignoró.

—Necesitamos luz ultravioleta —soltó de repente.

—¿Qué?

—Llama a Lestrade y dile que venga junto con el inútil de Anderson —ordenó, sonando como el Sherlock de siempre—. Iré a revisar la cocina.

Sherlock le pasó de lado a John y este le observó confundido y exaltado. El detective bajó los escalones, y al asegurarse que John no le hubiese seguido, posó ambas manos sobre su rostro y dejo escapar un suspiro agotador. Solo fueron cinco minutos y fueron los necesarios para hacer sentir al inconfundible Sherlock Holmes una terrible desolación.

El detective yacía recargado en la base del fregadero de la cocina, estaba de brazos cruzados y mirando a la nada. No sé dispuso a investigar la cocina porque la muerte de Eloise Moran había sido la más rápida y limpia de las tres, no necesitaba tanta deducción. Su cabeza estaba ocupada con otras cosas y eran demasiadas y trató buscaba como mantenerla fría. A la cocina entró John mientras miraba la libreta de dibujos del niño.

—Sherlock, tienes que ver esto —dijo preocupado.

—No es hora de ponernos a ver dibujitos.

—Necesito que los veas —mencionó molesto mientras ponía la libreta sobre una pequeña mesa y apuntaba a uno de los dibujos—. ¿Recuerdas la vez que fuimos a Enfield? ¿Recuerdas todo lo que Bell dibujo? —Sherlock, a mala gana, afirmó—. Bueno, ¿Recuerdas que te dije que los niños, muchas veces, se expresan de alguna manera? Bell lo hacía dibujando y el niño Moran también.

Sherlock dejó caer sus brazos y se acercó para mirar aquella libreta. Mientras estuvo en la habitación le dio una rápida hojeada y supo que los dibujos no eran alentadores, pero complació a su amigo y ambos se dispusieron a ver los dibujos del pequeño Moran.

Sebastian Moran no dibujaba lo típico de un niño de su edad. En sus dibujos había ira, rabia, rencor, violencia, cosas que un niño no debería experimentar. Sherlock, con la más frívola actitud, analizó cada dibujo, sin dejar escapar los expresivos detalles.

—Había maltrato familiar —habló Sherlock como si nada—. Sostengo mi teoría de que Eloise Moran tenía un amante, y engañar a un ex militar no es algo bueno.

—Sherlock... —llamó John serio.

—Imagina no tener estabilidad económica y que tu mujer buscará consuelo en otro hombre, era obvio, el desahogo iba ser con el niño.

—Sherlock... —insistió John con un largo suspiro amargo.

—Y aquí está la prueba del abuso. Insultos, gritos, bofetadas, golpes, el niño dibujo todo lo que pasaba en su hogar y...

—¡Sherlock para ya! —interrumpió furioso John. El detective hizo caso aquellas palabras y, disimulando su sorpresa, miro a su amigo—. En serio, detente...

John se mostraba frustrado, casi dolido por lo que Sherlock acababa de decir, pero este no comprendía porque el reaccionar así. Desde que entraron en la casa Moran ambos habían sido cubiertos por sensaciones nada alentadoras, Sherlock sabía que John se iba a sensibilizar (más de lo normal) pero nunca pensó que fuera a caer tan rápidamente. Al menos el trataba de mantener la cabeza fría, pero en el fondo le era imposible.

—John...

—En serio Sherlock —interrumpió aún furioso—, es en serio.

—Yo... solo estoy deduciendo —se excusó—. Es lo que siempre hago.

—Lo sé pero, por un minuto, un mísero minuto, ¿podrías dejar de pensar como una máquina y actuar con algo de humanidad? —Cuestionó haciendo que cada palabra fuera como un golpe hacia el detective—. ¿Por favor?

La única reacción de Sherlock fue parpadear rápidamente, dentro de él trató de digerir todo lo que John había pedido pero resultaba frustrante para él. Al descubrir lo ido que su amigo estaba John suspiró y tomó la libreta.

—John... —habló después de unos momentos— yo... yo creo que...

Sherlock tuvo que irrumpir sus palabras ya que Lestrade y Anderson aparecieron en la cocina y los dos miraron al detective y al doctor.

—Hola, ¿qué necesitan luz ultravioleta? —mencionó Lestrade al poner un pie sobre la habitación. Sherlock y John trataron de mantener sus posturas de siempre.

—Exacto —mencionó Sherlock—, necesito para revisar la habitación del niño Moran.

—¿Y cómo porque o qué? —interrumpió Anderson. Sherlock volteó a mirarle con cierta desaprobación.

—¿Cómo porque? —Preguntó Sherlock sarcástico—. ¿Tú fuiste el encargado de generar el reporte forense, no?

—Si... —respondió curioso.

—Bueno, resulta que, no hiciste una prueba de luz ultravioleta en la habitación del niño Moran.

—No —defendió—. Había demasiada sangre en ese cuarto como para creer que había algo ahí.

—Y es por ello que Scotland Yard esta como esta —dijo Sherlock con una falsa sonrisa mientras alzaba su mano hacía Anderson y miraba a Lestrade—. Por tu ineptitud dejaste escapar pruebas de gran valor que pudieran acertar que los Moran fueron asesinados y no un acto de homicidio.

Atónito Anderson sacudió la cabeza y observó a Sherlock.

—¡¿Equivocarme?!

—Exacto. Te equivocaste con el análisis de la muerte de Joseph Moran y ahora con no investigar la habitación del niño. Eres un genio Anderson.

Sherlock salió de la cocina, John se fue detrás de él y Lestrade miró a Anderson, solo se encogió de hombros y fue tras el detective; Anderson se quedó aun sorprendido y no pudo creer lo que Sherlock le acababa de decir. Llegaron a la habitación del niño y Anderson se puso a preparar todo para la luz ultravioleta, mientras Lestrade miraba a sus dos amigos quienes lucían tensos y preocupados. No quiso preguntar por qué estaban así, sabía que si lo hacía podría causar alguna pelea, pero era innegable la tensión en el lugar. Unos minutos después Anderson tenía todo listo.

—¿Crees encontrar algo? —Preguntó—. Ha pasado mucho tiempo, la escena no será la misma.

—Tú solo has tu trabajo —respondió Sherlock ansioso.

Anderson resopló y encendió las luces. Lo primero que se pudo distinguir fue una escasa fila de lo que en algún pasado fue sangre, John al ver el recorrido y notar que este continuaba por donde él se encontraba de pie, sintió que algo dentro suyo se había quebrantado, ya no podía más, había resistido lo suficiente. Se dio la media vuelta y con una leve excusa se retiró del lugar dejando a todos sorprendidos.

—¿Qué paso? —preguntó Lestrade.

Sherlock, que comprendió el porqué de esa escena, ignoró a los dos hombres y se fue detrás de su amigo. John salió de la casa Moran y se dispuso a coger algo de aire y controlar sus emociones, al poco rato Sherlock apareció y él no hizo más que ignorarle.

—John —mencionó preocupado pero siguió ignorándole—. ¡John!

—Déjame en paz, Sherlock.

—John... —continuó el detective seriamente— Yo, creo entender lo que te está pasando y yo, yo entiendo que...

—No Sherlock —interrumpió con una falsa sonrisa—, tú no entiendes.

—John, yo entiendo la parte del niño Moran. Sé que te afecta, por el hecho de que eres padre y... —se detuvo. El detective buscó las palabras adecuadas pero le era imposible, cerró sus ojos, exhaló y suspiró el aire con gran fuerza—. Tienes que verlo por lo que es, un caso, algo complejo pero a fin de cuentas y un caso.

Al escuchar aquellas palabras, tan típicas de Sherlock Holmes, John Watson no dudo en verlo con una enorme ira y apuntó de explotar.

—¿Un caso? —Preguntó irónico—. ¿En serio Sherlock? Sabes por un momento, dentro de esa casa, pensé que lo comprendías pero tú, tú eres un caso perdido. No sé porque llegué a pensar que el hecho de que tuvieras a Bell viviendo contigo, te ablandaría un poco, ¡y tonto de mí en pensar que estaba pasando! —esta vez dejo escapar una risa sarcástica. Sherlock le observó con su ceño fruncido—. ¡Dios, eres increíble! La verdad no entiendo cómo es que cuidas de esa niña y tratarla como... —John se detuvo y colocó una de sus manos sobre su boca para controlar la risa.

—¿Y tratarla como una hija? —continuó el detective curioso, John volteó a mirarle.

—¡Exacto! —exclamó furioso. Sherlock no respondió. Un silencio se entrelazó en ellos para que un suspiro de John lo quebrantará—. Hazme un favor, ¿quieres? Cuando llegues a casa y veas a la niña, ponte a pensar en que ella está en peligro y que le puede pasar la misma desgracia, o peor, que al niño Moran. Y luego me dices si esto no es más que un caso, ¿sí?

John dio la media vuelta, ya no quería ver más ese frívolo rostro, y comenzó a caminar para entrar a la casa. Sherlock suspiró amargamente, en el fondo (aunque siguiera negándoselo) se sentía igual que John, la terrible melancolía y la amarga impotencia le habían acobijado y él no quería sentirse así, no debía sentirse así y a cada momento que recordaba la pena del pequeño Moran, Sherlock evocaba a Bell tal como John lo hacía con Rosie.

—Esto no es solo un caso, John —susurró para sí.

Sherlock regresó a la casa para continuar con la investigación y acercándose a los escalones, Sherlock notó que John iba a medio camino, pero al pie de la escalera apareció Lestrade con un rostro casi palidecido.

—¿Greg, que pasa? —preguntó John inquieto.

—Tienen que ver esto —respondió casi sin aliento.

John terminó de subir los escalones y Sherlock fue de dos en dos hasta que llegaron a la habitación. Descubrieron que habían movido la base de la cama, Anderson estaba hincado aluzando una parte de esa zona y al escuchar llegar al detective y al doctor, alzo su mirada la cual era igual que la de Lestrade, casi cayendo en shock.

—Tenías razón, Sherlock —dijo—. Yo no moví la base esa vez, había sangre por montones, no vi necesario aluzar este lugar, pero si había algo aquí.

Anderson se alzó del suelo y extendió la luz a más de diez centímetros de su altura. Sherlock y John miraron impactados lo que había en ese lugar: "¿ME EXTRAÑASTE?" aparecía junto a una cara sonriente. Sherlock y John sintieron un escalofrió recorrerles por todo el cuerpo. 

—¡Moriarty está muerto! —Exclamó Sherlock con pánico—. ¡Esto es obra de quien maneje su red!

—¡¿Y cómo demonios conocían la frase de Moriarty?! —Cuestionó John—. ¡No tiene mucho que apareció esa frase por toda Inglaterra, ¿y ya se usaba?!

Sherlock sintió como todos sus músculos se tensaban, pensó y buscó la solución más coherente ante esto.

—¡No lo sé! —Exclamó rendido—. ¡No lo sé, John! Moriarty se voló la cabeza frente a mí, es imposible sobrevivir a una bala en la cabeza.

—¿Así como era imposible que tu sobrevivieras a una caída de más de ocho metro?

—¡Por favor...! Obvio que Moriarty dejo instrucciones antes de morir y...

—¡Sherlock! —Interrumpió—. El punto es, quien este detrás de la red de Moriarty va querer matar a Bell, y ya está en la mira.

Sherlock respiró agitadamente y trató de aclarar su mente.

—Yo... yo sé cómo proteger a Isabelle, lo que importa ahora es que Sarah Jones vuelva a Inglaterra y que diga todo lo que sabe.

—¿Has pensado que cuando ella vuelva, necesitara protección también? —preguntó.

—Si lo he pensado... pero por el momento debemos estar atentos a su llegada. Si la gente detrás de la red, se entera que Sarah ha vuelto, no dudarán en matarla.

—Bien... estaremos al pendiente. Lo estaremos...

Sherlock y John trataron de controlar su alteración para poder continuar con la investigación.

Pasaba de la media noche cuando Sherlock llegó a Baker Street. La señora Hudson le recibió, como siempre lo hacía y contándole lo que había hecho el día de hoy junto a la niña. Sin poder negar su curiosidad y preocupación el detective preguntó dónde estaba ella.

—Ya está dormida. Te estuvo esperando, porque hoy iban a leer un libro pero le ganó el sueño. Pero no te preocupes querido, la arrope y todo.

Su única respuesta fue asentir y una suave sonrisa. Subió los escalones para ir directo a su living room pero al llegar se detuvo y alzó la vista a la continuidad de los escalones. Un suspiro amargo surgió y Sherlock continuó el camino hasta llegar a la habitación de la pequeña. Suavemente abrió la puerta, la delgada lámpara estaba encendida y la niña yacía dormida en su cama, con su brazo extendido a la orilla de la cama y el señor conejo estaba casi cayendo al suelo. Sherlock se acercó, recogió al señor conejo y con gran delicadeza el detective tomó el brazo de la niña para acomodar al peluche y pudiera abrazarlo. Él se admiró de tal tarea realizada y lograr que la niña no despertara, siguió observando a la pequeña dormir tranquilamente y entonces a su mente vino el sufrir del pequeño Moran y las palabras que John le había dicho. Por supuesto que esto no era un caso más, esto se había hecho algo más personal para Sherlock. Sabía que si algo malo le pasaba a la niña no se lo iba a perdonar, sabía que el más mínimo descuido Bell sufriría lo mismo que el pequeño Sebastian Moran.

Sherlock arropó a la pequeña con gran cuidado y una media sonrisa apareció en su rostro. La iba a proteger aunque le costará la vida.

En silencio salió de la habitación y se fue a su living room, donde toda la noche fue un terrible pensar en cómo el caso de Samara Jones se había extendido hasta James Moriarty. 


Verano.

Bell observaba a través de la ventana del living room de Baker Street, estaba aburrida y quería salir, pero Sherlock le había prohibido las salidas a la calle y más si era sola. Solo podía salir acompañado de él, la señora Hudson, John, Mary o Molly. Aunque Sherlock no aprobaba que Bell saliera con los demás, tenía que hacerlo y confiar en sus amigos, pero sabía que los asesinos no descansaban y en cualquier oportunidad aprovecharía el más mínimo flaqueo de alguien para cometer su misión.

—Sherlock... —llamó Bell fastidiada.

—No Isabelle —respondió veloz.

—¡Estoy aburrida!

—Puedes ayudarme con algunos casos.

—¡Pero hoy no has tenido casos! —exclamó molesta.

—Pronto llegará algo. Es cuestión de tener paciencia.

—Sigue siendo aburrido —dijo mientras se sentaba en el sofá.

Sherlock arqueó una de sus cejas y observó a la niña.

—Podemos hacer alguna actividad recreativa, en lo que llega algún cliente.

—¿Cómo qué?

—¿Te gusta operando? —preguntó algo animoso.

Bell parpadeó curiosa por aquella sugerencia, pero para ya no sentirse aburrida aceptó. Sherlock se alzó del sillón y fue directo a su habitación en búsqueda de aquel juego de mesa, llegó y atrajó una pequeña mesa; Bell se sentó en el sillón de John y Sherlock preparó todo el juego de mesa.

—¿Conoces las reglas? —preguntó Sherlock, terminando de preparaba todo.

—Algo...

—Bien, lo único que hay que hacer es sacar las piezas sin tocar la parte del tablero, si lo haces —decía mientras hacía un ejemplo—, la nariz del paciente sonará.

Bell observó asombrada lo que Sherlock hacía, cabeceó rápidamente y el detective le cedió las pinzas a la niña. Bell se acercó a una parte del tablero y miró la forma de un hueso.

—¿Sacó este? —preguntó curiosa. Sherlock asintió.

Con gran paciencia Bell introdujo las pinzas y tomó el hueso de juguete, poco a poco sacaba la pieza, pero en un falso movimiento la nariz del personaje brillo y la niña vio sorprendida.

—Tranquila —dijo Sherlock—, es solo cuestión de práctica. Mira.

Sherlock tomó las pinzas y se acercó aquella pieza, con gran agilidad sacó el hueso y se lo mostró a la niña quien miraba maravillada.

—¡Vaya!

—¿Vez? Todo está en practicar. Vamos inténtalo —insistió dándole las pinzas.

La niña volvió a tomar las pinzas e intentó sacar otra pieza. Sherlock observó cómo Bell se concentraba hasta que logró sacar la pieza. Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro.

—¡Lo logré! —exclamó.

Sherlock sonrió.

—Entonces, comencemos a jugar.

Durante un rato la niña se mantuvo practicando hasta que se sintió segura de poder jugar. Bell aún fallaba al querer sacar las piezas, así que Sherlock se dejaba perder para que la niña no derramara su confianza.

—Vas mejorando, ya me has ganado cuatro veces —mencionó el detective.

—Gracias —dijo con una gran sonrisa.

En ese momento fueron interrumpidos por el sonido de un paraguas golpeado al suelo. Sherlock y Bell voltearon a la entrada y miraron a Mycroft Holmes.

—Buen día, hermano mío —saludó.

Al ver al mayor de los Holmes Bell borró su sonrisa y sintió un miedo terrible.

—Mycroft. ¿A qué debo el honor? —preguntó Sherlock cambiando su expresión a una gran seriedad al notar la expresión en la niña.

—Veo que he interrumpido algo especial —mencionó mirando al tablero, mientras se acercaba a ellos—. ¿Diversión de verano?

—¿Qué se te ofrece?

Mycroft detuvo su caminar y con una sonrisa aterradora echó un vistazo a la asustadiza niña.

—Isabelle, buen día.

La pobre niña comenzó a temblar, agachó su cabeza y miró a Sherlock, este al ver aquellos ojos asustadizos, solo cabeceó y le dio a entender que no se preocupara, él ya se lo había dicho: Mycroft no era malo, solo le gustaba intimidar a los más débiles.

—Buen día señor Mycroft —respondió sin mirarle.

—¡Vaya —exclamó con falsa sorpresa— todo un honor escuchar tu voz!

—¿Qué se te ofrece Mycroft? —insistió serio Sherlock.

Mycroft movió los ojos a su hermano quién no se veía muy contento.

—Necesito hablar contigo. En privado.

—Isabelle —llamó Sherlock sin dejar de ver a su hermano—. Ve con la señora Hudson, ayúdale a preparar unos cuantos biscuits.

—Si Sherlock —contestó la niña, rápidamente se alzó del sofá y salió del living room.

Mycroft siguió a la pequeña hasta que salió del lugar. Satisfecho con la única presencia de su hermano, tomó asiento en el sillón, se cruzó de piernas y comenzó con su manía de jugar con su paraguas.

—¿Qué quieres hablar? —preguntó Sherlock al tener a su hermano de frente y soportar toda su rutina.

—¿Cómo va el caso de Samara Jones?

—Avanzando. Lento, pero avanzando.

—Interesante...

—Supongo que no viniste hasta aquí para ello. Habla.

Mycroft suspiró.

—Necesito saber, ¿cómo vas con el caso de Moriarty? Ayer tuve una reunión con los parlamentarios y me preguntaron tus avances. Obvio mentí, para salvar tu cuello.

—Que amabilidad de tu parte, no te hubieras molestado —dijo sarcásticamente.

—Sé que tú cuello me lo agradece. Ahora necesito un informe, aunque dudo que tengas alguno —dijo mirando al juego de mesa.

Sherlock posó los ojos sobre la pequeña mesa y luego miró a su hermano con una ceja arqueada.

—¿Qué es lo que necesitas sobre Moriarty?

—¿Qué es lo que tienes?

Sherlock junto sus manos y las colocó bajo su mentón, se mostró pensativo y serio.

—Moriarty se movía por los bajos mundos del internet. Cuando murió, su red desapareció o al menos eso creía.

—¿Eso creías? —cuestionó curioso.

—Hubo una actividad en la red, no he averiguado quien fue, pero al menos sé que hay alguien detrás de ello.

—¿Alguna sospecha de quién pueda ser?

—Sigo investigado...

Mycroft no dijo nada, arqueó una de sus cejas y dejó escapar un suspiro desalentador.

—Bien, al menos tendré algo más que decir a los parlamentarios —Sherlock sonrió irónicamente—. ¿Cuál es la gracia?

—Ninguna. ¿Necesitas algo más?

—Por el momento, sería todo —en ello se alzó y acomodó su saco—. Te aconsejo que aceleres el paso en tus investigaciones hermano mío, han pasado varios meses y tus resultados son muy... Deficientes.

—Investigo lo más rápido que se me es posible, Mycroft.

—Ya lo veo —dijo mirando al juego de mesa—. Tan rápido como jugar operando. ¡Oh, es tan encantador!

Sherlock miró furioso a su hermano y Mycroft sonriendo con sorna se despidió y salió del apartamento.

Otoño.

Bell despertó muy temprano una mañana de otoño. Llevaba varios días levantándose así, para ir a la calle a recoger las hojas amarillentas y naranjadas que caían en los árboles cercanos a Baker Street. La niña tenía en mente crear unos pequeños cuadros con las hojas como adornos, le había comentado a Sherlock (a quien le pareció una estúpida idea) y estos últimos días salían temprano en busca de las mejores hojas. Pasaban una hora cada mañana en busca de las mejores hojas, Bell se divertía y Sherlock se mantenía como un halcón vigilando sus alrededores. La niña aún adormilada bajó los escalones arrastrando a su señor conejo y tallando cada ojo para devolverse a la realidad, entró al living room del 221B y dejando sus ojos en paz pudo sentir unas presencias en la habitación. Lentamente volteó hacía el enorme sillón y apreció a dos personas: un hombre y una mujer mayores, eran un matrimonio que lucían elegantemente y ambos, asombrados observaron a la pequeña. Sherlock salió de su habitación y por el pasillo notó a la pequeña sorprendida. El detective resopló preocupado y caminó a pasos grandes hacía el living room, los tres miraron a Sherlock y la pequeña, sin pensarlo, se fue corriendo a esconderse detrás de él. El hombre y la mujer se sorprendieron más ante esa reacción.

—¿Ah...? ¿Cariño? —preguntó confusa la señora.

La niña, que procuraba no ser vista, se aferró al saco del detective. Él suspiró.

—Isabelle —habló mientras se hacía a un lado—. Ellos son mis padres. Madre, padre, ella es Isabelle.

La niña ahora era la sorprendida al oír a Sherlock decirle ello.

—¿Aún tienes papás? —preguntó en voz baja. Él cabeceó fastidiado.

—Hijo, ¿es una niña? —preguntó curioso su padre.

—Si...

—¿Pero...? ¿Pero...? —a trabas preguntó su madre.

—Es... —continuó Sherlock algo hartado— una larga historia...

La madre de Sherlock se alzó del sofá y camino hacía ellos y al ver como la señora se acercaba Bell se ocultó más en Sherlock y apretó con más fuerza el saco. Él lo notó y la miró de reojo. La señora percibió la tensión y estrés en la niña, así que, con una suave sonrisa se hincó frente a ella y le sonrió cálida y maternalmente.

—Hola preciosa —saludó. Bell seguía tomando con fuerza el saco de Sherlock—, soy la mamá de Sherlock. Te llamas Isabelle, ¿cierto? —La niña cabeceó a modo de respuesta—. ¡Qué hermoso nombre!

—Ella prefiere que le digan Bell —interrumpió Sherlock.

—¿Bell? —preguntó su papá. Sherlock asintió.

—Perfecto —sonrió la señora—, mucho gusto en conocerte Bell.

La señora Holmes extendió su mano y Bell aun confusa y temerosa alzó su mirada con Sherlock, este le hizo un leve gesto con la cabeza dándole a entender que no había porque temer. Sus padres no eran como él o Mycroft, al contrario, eran los seres humanos más dulces y comprensivos del universo. La niña lentamente se soltó del saco del detective y se acercó a la señora Holmes para tomar su mano y saludarle como era debido. La mamá de Sherlock posó ambas manos en la pequeña manita de la niña y con esa dulce sonrisa, se ganó la confianza de la pequeña Isabelle.

Isabelle se fue a desayunar con la señora Hudson, Sherlock se mantuvo con sus padres en el living room y este les explico todo los detalles sobre porque tenía una niña viviendo con él. Les dijo que ella un cliente y que su madre había sido asesinada, la pequeña no tenía a nadie con quien vivir y la alojó con él, no por buen samaritano, ya que ella fue testigo del incidente.

—¡Por el amor de Dios! —Exclamó su madre impactada—. ¡¿Cómo es posible que alguien hiciera algo así?! ¡Es algo horrible!

—Suele pasar —contestó su hijo como si nada.

—Es terrible —continuó su padre—, lo que le ha pasado a esta pequeña, pero estoy orgulloso de ti hijo. Tuviste un gran corazón en dejar que viviera contigo.

—Ah... ¿Supongo?

—Es verdad cariño —dijo la señora Holmes mientras daba leve palmadas a la rodilla de su esposo—, es un acto muy noble de tu parte, Sherlock —él no dijo nada, solo se sentía confundido por lo que decían sus padres—. Y dime querido, ¿Mickey no te ha ayudado con este incidente?

Dentro de él no pudo evitar reírse de cómo su madre mantenía ese apodo a su hermano.

—Bueno, Mycroft ha ayudado, un poco... sí. «No ha hecho nada, más que confundirme» pensó.

—¡Oh mi Mickey, siempre tan buen muchacho!

Sherlock sonrió falsamente.

—¿Y cómo vas con eso hijo? —Preguntó su padre—. ¿Algún indicio de quien pudo hacer tal barbaridad?

—Aún no —dijo mientras se acercaba hacía el sillón donde ellos estaban—. Se ha complicado un poco, pero puedo resolverlo —Sherlock se subió al sillón y se puso a contemplar todos los papeles que había en la pared, sus padres lo miraron y se tomaron su comportamiento de la manera más normal—. Supongo que están aquí para algo.

—De hecho corazón.

—Déjenme adivinar. ¿Navidad?

—Exacto.

—Así es hijo. El año pasado no salió tan bien la fiesta —dijo su padre con una tonta sonrisa.

—Correcto, no salió tan bien porque nos drogaste a todos —al oír eso Sherlock cerró sus ojos, tal vez avergonzándose por los eventos—. Este año me gustaría que fuera todo en familia, sin amigos raros. Puedes invitar a tu amigo el Doctor Watson, su esposa y su hija. ¿Si fue una niña, verdad?

—Si... ¿Pero es necesario?

—Si —respondieron ambos.

—¿Muy necesario?

—¡Sherlock! —exclamaron los dos.

—¡De acuerdo! —exclamó mirándolos—. Pero aún faltan dos meses, no se precipiten tan pronto.

—Tomamos nuestras precauciones hijo —dijo su padre con esa sonrisa.

—Así es Sherlock, porque no quiero ningún tipo de drogas para dormir, o lo que sea, en mi casa. ¿Entendido?

—Si madre —respondió con un largo suspiro.

—Perfecto —en eso su madre se alzó del sillón y al momento le acompaño su esposo—. También querido, lleva a la pequeña Bell contigo. Sera algo lindo tener niños devuelta en la casa. ¿No lo crees, cariño? —el señor Holmes cabeceó alegremente.

—Sería algo maravilloso volver a escuchar pequeñas risas en la casa. Me hará recordar como cuando tú y Mycroft jugaban de pequeños.

Sherlock observó a sus padres con su entre cejo fruncido. Que mal momento era para recordar el pasado.

—Si madre, llevaré a Isabelle —respondió serio.

—Gracias cariño —dijo mientras acariciaba su mejilla—. Es hora de retirarnos, promete que iras a visitarnos antes de navidad, ¿sí?

—Lo prometo —respondió a mala gana.

—Y también prométeme que atraparas al malvado que mató a la madre de Bell —mencionó mientras su mano se posaba sobre su mentor. Sherlock se sintió algo avergonzado por la expresión de su madre, pero tomó muy apecho sus palabras.

—Lo prometo, madre.

El señor y la señora Holmes se despidieron con besos y abrazos a los cuales Sherlock correspondió nulamente, ambos también se despidieron de la niña y le dijeron que pronto la verían para conocerse mejor. Terminando la visita y Bell su desayuno, ella se preparó para salir en búsqueda de las hojas otoñales. Sherlock no se sentía de humor para realizar tal acto, pero Bell dijo que aun necesitaba más hojas porque acababa de pensar en hacer nuevos cuadros. Por un momento Sherlock la observó y pudo deducir que esos nuevos cuadros serían para sus padres, quienes amarían tenerlos sobre la chimenea de su hogar. 

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro