Capítulo 25 No es un Regalo
—James Moriarty —susurró Sherlock Holmes, haciendo que aquel nombre resonará en la habitación.
—¿Perdón? —preguntó confuso Craig, aquel informático que des encriptó la primera USB de Samara Jones y había concluido con la segunda.
—James Moriarty —repitió—. Necesito que me busques información sobre él.
—¿Qué él no está muerto?
—Sí. Se voló los sesos frente a mí —dijo fríamente. Craig le observó asombrado—. Muy poético, pero trato de no tomarlo tan personal. Ahora, investiga la web profunda, Moriarty solía manejarse por esos lares.
—De acuerdo. Tú eres el jefe.
Ni corto ni perezoso, Craig comenzó a teclear y acceder a una gran base de datos en busca de James Moriarty. Varios minutos pasaron en donde el silencio solo era cortado por el rápido teclear del informático, hasta que decidió abrir su boca.
—¿Y tu hija? —preguntó, logrando que Sherlock se estremeciera.
Habían pasado cinco días en los que la niña no se encontraba viviendo en Baker Street.
—No es mi hija —defendió.
Craig se encogió de hombros.
—Me da igual. ¿Por qué ahora no está contigo? Toby la extraña.
Sherlock se mantuvo en silencio, al no oír respuesta Craig movió sus ojos y lo observó. Pudo ver como su ceño se fruncía y una gran tensión se formaba en sus hombros. El informático se extrañó pero también notó algo que no había visto con anterioridad en el rostro del detective, este exhibía unos ojos cansados, su piel estaba más pálida de lo usual; no se veía bien, parecía que podía desfallecer en cualquier momento.
—¿Estás bien?
—¿Por qué esa cuestión?
—Te ves mal, viejo.
—He estado muy ocupado.
—¿En qué?
—Casos... algunos pendientes, otros nuevos —dijo mientras se encogía de hombros.
—¿Lo usual en un detective?
—Sí. Lo usual.
—Ya veo —dijo mientras movía su cabeza de arriba abajo—. Pero aún no contestaste a mi pregunta.
Sherlock le observó seriamente.
—¿Por qué tu interés?
—Bueno... se ve que la protegías mucho y me extraño no verla contigo —respondió algo nervioso y retomando la vista a su teclado.
Sherlock hartado desvió su seria mirada.
—Ella está bien —respondió.
Craig no dijo nada más y continuó en su búsqueda por la red, en cambio, el detective se quedó pensativo. ¿Ella estaba bien? Por supuesto, estaba con John y Mary, nada malo podría pasarle. ¿Le estarían dando sus clases? Eso quería creer. ¿Le leerán sus cuentos antes de dormir? Era una gran probabilidad. Demasiadas interrogantes inundaban su cabeza no solo este momento, sino durante todas estos días. Su cabeza, más allá de sus casos, se llenaba con las incógnitas del bien estar de la niña, y eso le atormentaba y para nada le gustaba. A pesar de que en el fondo asimilaba que la niña no estaba en Baker Street, porque estaba con John y Mary, no quería formarse una idea de cuando la tía llegará a Londres.
—Qué curioso —irrumpió Craig. Sherlock volvió en sí.
—¿Qué?
—Bueno, buscando a tu amiguito, lo único relevante que aparece es que hace meses su rostro apareció por todo Londres.
—Sí, ya lo sé —dijo con un enorme suspiro—. ¿Pero por qué lo curioso?
—¿Él murió en 2012, cierto? —preguntó. Sherlock afirmó con la cabeza—. De acuerdo, existe una actividad irregular en 2013 sobre Moriarty. Alguien bajo las siglas SM manejó su decaída red.
—¿SM? —preguntó confuso.
—Ajá. Un nombre de usuario muy deficiente, si quieres navegar en la web profunda. Al menos en mi opinión. ¿Conoces esas siglas? —Sherlock negó lentamente—. Pues eso es lo curioso.
—¿Cuándo fue la última actividad? —preguntó veloz.
—Fue en diciembre del 2013.
El detective se quedó con los ojos abiertos. No pestañeó en el minuto de silencio que se generó. Craig le miraba curioso hasta que, de la nada, el detective tomó la segunda USB de Samara Jones y salió de la madriguera del informático sin decir palabra alguna.
—¡De nada! —exclamó Craig.
Bell se encontraba en el living room de la residencia de los Watson. Ella estaba coloreando y no dejaba de hablar con la pequeña bebé Rosie, quien estaba en su porta bebé sobre el sillón. Ya era el quinto día de la niña en la residencia de los Watson, cinco días en los cuales la niña, cada vez que oía pasar un vehículo, corría hacia la ventana esperanzada en ver a Sherlock Holmes.
No era que no le gustará vivir con John y Mary, al contrario, le encantaba estar con ellos y en especial con Rosie, a quien ya consideraba su mejor amiga; a pesar de tener unas semanas de nacida, pero extrañaba a Sherlock y con todo su corazón.
Los Watson estaban sentados en las sillas del comedor, observando a las pequeñas y escuchando lo que Bell decía, un montón de cosas infantiles.
—¿Irás con Sherlock? —preguntó Mary. John volteó a mirarle.
—Sí, está ignorando su responsabilidad —dijo con un gran suspiró amargo—. Le marco y no contesta, ayer que llegue a Baker Street no lo encontré y la señora Hudson no sabía adónde se había ido.
—¿Crees que ya acepte que Casey es...? —pausó mientras ladeaba su cabeza suavemente.
—¿Sherlock, creer? —Cuestionó irónico—. Es más fácil que un perro acepte los hechos, en vez de él.
Mary sonrió suavemente.
—Es verdad.
Los Watson volvieron a guardar silencio cuando pudieron escuchar el motor de auto cerca de la casa. Velozmente la niña dejó sus colores y se alzó del suelo para ir corriendo hacia la ventana. Frenó de golpe y colocó sus manos y rostro frente al cristal. John y Mary se alzaron de sus sillas, a la par de la niña, y se acercaron a ella para observar un taxi estacionado cerca de la cera de su hogar.
La niña no pudo negar su emoción, esperaba con ansias a que la persona que saliera de ahí fuera Sherlock, incluso los Watson reaccionaron igual. Todos miraron esperanzados cuando esa emoción se desvaneció por la cruel decepción, quién llegaba en el taxi era una vecina. John y Mary sintieron como el corazón les caía de golpe en sus estómagos. Voltearon a mirar a la niña, quien se aferraba a la ventana y su rostro se estremecía por las ilusiones rotas.
—¿Bell? —preguntó Mary con un gran afecto maternal mientras la tomaba de los hombros. Ella no respondió—. Cariño, tal vez Sherlock esté ocupado con tu caso y algunos más. Puede que venga más tarde por ti.
John y Mary se observaron preocupados y el Doctor Watson supo que era hora de ir a Baker Street.
Durante todo el camino John pensó en las mil y un maneras en regañar a Sherlock Holmes. Mil y un maneras que poco le importarían al detective pero que debía de escuchar. Llegó a Baker Street, saludó a la señora Hudson y rápido subió los escalones para encontrarse a Sherlock, en su sofá, recostado plácidamente y perdido en el mundo de los sueños.
—¡¡Sherlock!! —gritó molesto John. Él solo hizo un sonido con su garganta—. ¿Hasta cuándo piensas ir por Bell?
—Pensaba ir hoy —respondió tranquilo.
—¿Pensabas? —cuestionó nada convencido. Sherlock afirmó con otro sonido en su garganta—. Pues no te veo nada animado, la verdad.
Sherlock no respondió y John se adentró al living room. El detective abrió un de sus ojos y se topó con la cara furiosa de su amigo.
—¿Pasó algo? —preguntó calmado mientras cerraba su ojo.
—¿Que si pasó algo? Si Sherlock, pasa que todos los días Bell pregunta por ti, ¿y qué podemos responderle a la niña? Que no has ido por ella porque no aceptas que Rupert Casey, un terrorista, es su padre. ¿Eso quieres que le responda?
Sherlock suspiró.
—Creo que no debemos que ser tan... honestos —dijo tranquilamente. John abrió los ojos de par en par—. Solo con decirle que estaba ocupado en varios casos es más que suficiente.
—Eres un insolente —reprochó John mientras se daba la media vuelta y caminaba hacia su sofá.
—No lo soy. Estoy siendo sutil.
—No, no lo eres. Y considérate con suerte porque eso le hemos estado diciendo.
—Bien.
John resopló.
—¿Y se puede saber que estuviste haciendo todos estos días? Aparte de asimilar lo de Rupert Casey.
—Moriarty —confesó de golpe. John se extrañó.
—¿Moriarty?
—Así es. He estado investigando sobre Moriarty.
—¿Ya sabes quién puso su cara en todo Londres? —preguntó sorprendido.
—No —dijo secamente—. Pero descubrí algo curioso.
—¿Algo curioso?
—Como sabrás, Moriarty mantenía gran parte de su actividad ilegal en la red. Después de su muerte toda su red se congeló pero, recientemente, alguien accedió a sus antiguos dominios.
—¿Y sabes quién fue?
—Alguien con las siglas SM.
—¿SM? —Susurró—. ¿Estás seguro Sherlock? —El detective cabeceó afirmado ante la duda—. ¿Entonces crees que Moriarty...?
—Moriarty murió, John. Su juego póstumo se define en alguien más.
—Entonces debemos prepararnos, por si ese alguien aparece.
—Debemos estar alertas. Seguiré vigilando la parte oscura de la red, en búsqueda de actividad ligada a Moriarty. Cualquier detalle te avisare, mientras —dijo mientras alzaba su brazo hacia la pared—, nosotros tenemos que avanzar en un caso pendiente.
John volteó a la pared y se alzó de su lugar para observar hacia el caso de Samara Jones.
—¿Ya está des encriptada la segunda USB?
—Ya. Tenemos que ver el vídeo a ver qué nos cuenta Samara, pero antes, en la esquina superior izquierda hay una hoja de máquina con varias palabras. Tómala.
John obedeció y observó el contenido. Leyó varias palabras, la mayoría estaban tachadas en tinta roja y unas pocas estaban con un signo de interrogación.
—¿Qué es esto Sherlock? —preguntó extrañado.
—Un rompecabezas en el palacio mental de Isabelle.
—Ahh...
Sherlock abrió los ojos y se acomodó en su sillón. John seguía confuso ante esa respuesta.
—Cómo observaste la mayoría de las palabras están tachadas.
—Si están tachadas: Terrorista, chica mala, empleo, Karina, Sarah, borreguita, Napoleón, chantaje, gobierno, Rupert Casey, Papá, paraguas, USB, Sherlock, metro, Baker Street y Janine.
—Exacto.
—Y tienes en signo de interrogación: Brook, conejo, caída y Hackney.
—Son palabras que no coinciden —dijo seriamente mientras juntaba sus manos—, o palabras que no hemos relacionado.
—Pues Hackney es uno de los distritos más peligrosos de Londres. ¿Samara llegaría a vivir ahí?
—Investigue y no. No hay registro alguno de Samara en Hackney —Sherlock pegó sus manos a sus labios—. Lo único que descubrí fue una calle llamada Brook en dicho distrito.
—¿Y conejo y caída?
—No tengo idea.
Ambos se quedaron en silencio. Varios minutos pasaron hasta que Sherlock bajó sus manos, se alzó de su sofá y observó con unos enormes ojos brillantes a John. Parecía que su cerebro había hecho una conexión.
—¿Qué? —preguntó el doctor curioso.
—La mayoría de las palabras tienen conexión, lógica y significados. Hackney y Brook siguen siendo una interrogante.
—¿Ajá?
—Caída y conejo puede que no estén, directamente, anexadas a Samara.
—¿Te refieres a que...?
—Isabelle es una fervor lectora de tu blog. De ahí sabe nuestros casos.
John abrió los ojos de par en par logrando conectar esas palabras.
—Bluebell, el conejo de nuestro caso en Baskerville y, caída... —se detuvo y miró sorprendido a su amigo— Tú falsa caída en Barts.
—Exacto —continuo Sherlock mientras se daba la media vuelta y arrebataba la hoja a John—. Isabelle me dijo que su madre solía contarle las historias de tu blog, como cuentos para dormir, y es probable que debido al shock postraumático se vieron envueltas.
—Por eso dijiste no directamente —continuó John mientras se cruzaba de brazos—. Pero aun así Sherlock, en mi blog no existe gran cosa sobre tu caída. ¿De dónde pudo sacar la historia Bell?
—La prensa sensacionalista.
—¿Y una niña de nueve años porque leería un periódico amarillista? —preguntó irónico.
—Ella no —dijo mientras rodaba sus ojos—. Samara.
John frunció el ceño confundido.
—¿Y Samara le contaría esa historia a Bell?
—Sí. Más cuando "regrese a la vida" —mencionó mientras las comillas flotaban en sus dedos.
—Y a todo esto, ¿dónde quedaría la palabra conejo?
—Esa palabra quedaría más con Isabelle. A ella le gustan los conejos.
—¿Cómo lo sabes? —cuestionó John algo divertido.
—Por su peluche. El señor conejo.
—¡Oh! —Exclamo—. El señor conejo, cierto...
—Pero aun así —continuó Sherlock, ignorando aquel comentario—, no se puede armar el rompecabezas con esas palabras.
—Es verdad. No existe una coherencia tanto en tiempos como eventos, pero no descartemos estas suposiciones, podrían coincidir.
—Exacto. Podrían.
—¿Y Hackney y la calle Brook?
—Tal vez existe algo ahí para nosotros, y ese tal vez, sea la tercera USB —Sherlock pegó la hoja en la pared sobre su chimenea. Volteó a mirar a John y con una sonrisa sacó del bolso del saco la USB—. Tenemos una cita.
Ambos se alistaron. Sherlock tomó su laptop, conecto la USB e introdujo la clave que Craig le proporcionó y tuvieron acceso al segundo video.
No se podía negar que ambos estaban ansiosos por ver ese vídeo. Si más porque esperar, Sherlock dio clic y la imagen de Samara apareció en pantalla. Los primeros diez segundos del vídeo fueron cruelmente silenciosos, John y Sherlock apreciaban a la joven mujer quien lucía con un nudo en su garganta. Un nudo que ambos también sintieron.
« Señor Holmes » habló. « Sí ha encontrado esta segunda USB, descubrió la pista sobre Janine Hawking. Leí sobre su "caótica" relación en los medios y... creo que ella es una persona indicada y no sospechosa para haberle mandado esta USB. Bueno, en este segundo vídeo, hablaré sobre mi antiguo jefe. Charles Augustus Magnussen y un poco más sobre Rupert Casey...»
John tragó saliva y Sherlock mantuvo una postura sería.
El video continuó con un poco de historia sobre Casey, ciertos detalles que ambos ya sabían por sus investigaciones, más no hubo tema alguno con respecto a la paternidad de él en la niña. Samara solo dijo que Casey era un hombre, que a pesar de su condición mental, le quería mucho (haciendo de ello una prueba, indirectamente, irrefutable de la paternidad de él en Isabelle) y lamentaba, con toda su alma y corazón, los incidentes en el metro londinense hace diez años. Luego del drama, llegó la plática sobre Magnussen. Varias suposiciones fueron aclaradas, Magnussen había descubierto el pasado criminal de Samara y con ello empezaron los chantajes de parte de su jefe.
« Sé que se preguntará, ¿por qué me mantuve trabajando con él? Bueno Señor Holmes, a veces se tiene que hacer sacrificios y más por los hijos, y yo lo hice por mi pequeña, pero también se llega a los límites. Mi límite llegó cuando Magnussen involucró a mi hija. Mi pequeña Isabelle, no tiene la culpa de mis errores, ella es una niña inocente. Pero Magnussen no lo veía de esa forma, ese hombre le hacía honor a su apodo: "El Napoleón del Chantaje", y de tantos chantajes, tuvo el descaro de usar a mi propia hija. Fue ahí cuando decidí dejar ese trabajo. »
John y Sherlock se miraron, uno más sorprendido que el otro y dejaron que Samara continuará con su conversación. El resto del vídeo fue una aclaración a la mayoría de las deducciones de Sherlock sobre Samara y Magnussen pero no fue hasta el final en donde ambos, descubrieron algo nuevo.
« Para terminar este segundo vídeo Señor Holmes, si cuando usted llegue a ver este vídeo y yo ya estoy muerta, le pido, no, le ruego que por favor ayude a mi hija. Ella estará en grave peligro, un muy serio. Y le suplicó que no deje que mi hermana se encargue de ella. »
El vídeo terminó. John demasiado confuso observó a Sherlock quien sólo parpadeaba delicadamente.
—¿Sherlock, no creerás que la hermana, tuvo que ver en esto? —pregunto John.
—Necesitamos encontrar a Sarah Jones e interrogarla.
—Pero...
—Tal vez ambas hermanas no tenían una linda y confidente relación —interrumpió.
—Bueno, sabemos que Sarah Jones lleva un trabajo como el de Iren... —John, al ver la rápida mirada frívola de su amigo, cerró la boca y pensó en las palabras correctas—. Bueno como el de ya sabemos quién.
—Definitivamente ambas hermanas debieron llevarse muy bien —mencionó sarcástico mientras se alzaba de la silla e ignoraba el comentario de John.
—¿Y entonces —continuó John mientras se alzaba a la par de Sherlock— buscaremos a Sarah Jones?
—Yo me encargare de eso. Y a todo esto, creo que repetiremos palabras.
—¿Cuáles quieres repetir?
—Sarah, chantaje y también gobierno.
—¿Gobierno se refiere a Mycroft?
—Sí. Su pasado con las Jones es muy misterioso, más de lo que debería. Tal vez él pueda ayudarnos con Sarah, cuando tenga que volver a Inglaterra.
—De acuerdo pero, ¿qué hay de Hackney y la calle Brook?
—Obviamente visitaremos Hackney, pero tomemos esto con calma. Necesitamos primero investigar la calle Brook y que atrajó a Samara a ella.
—Cierto. ¿Y caída y conejo?
—Seguirán como posibles piezas.
—Perfecto —dijo John con un suspiro—. ¿Empezamos las investigaciones de la calle Brook?
—Debiste empezar desde que te dije.
John entrecerró los ojos y se fue directo a la laptop en busca de información sobre la calle Brook no sin antes ser interrumpido por Sherlock.
—John —él respondió con leve sonido en su garganta—. Ah... ¿Cómo se ha comportado Isabelle?
El Doctor sorprendido por ello volteó a mirar al detective con una media sonrisa.
—Bien, es una buena niña y un amor, cuida mucho de Rosie.
—¿Ha hecho sus deberes?
—Sí, ella ha hecho sus tareas sola, porque Mary y yo no entendemos lo que le enseñas.
—¿Ha comido bien? —continuó ansioso.
—Por supuesto.
—¿Y le han leído sus cuentos antes de dormir?
—Sí, Mary se ha encargado de ello —Sherlock iba de nuevo abrir la boca cuando John supo lo que iba a decir—. Y si, duerme con su peluche, el señor conejo —El detective cerró la boca, apretando sus labios y sintiendo algo de vergüenza por aquel cuestionario. John sonrió—. ¿Algo más que necesites que te reporte?
—No —contestó seriamente—. Continúa con la investigación.
John no ocultó una enorme sonrisa que llegaba de oreja a oreja, en cambio Sherlock trató de verse lo más serio y nada interesado posible. El detective caminó de un lado al otro del living room pensando en las posibles conexiones de las palabras mientras que a John no le tomó ni tres minutos conseguir información en la calle Brook.
—Sherlock —llamó seriamente.
—¿Qué encontraste? —preguntó sin dejar de caminar.
—Ven —continuó serio—. Tienes que ver esto.
Curioso por esa actitud en John, el detective se acercó a él y observó lo que había encontrado.
—Suicidio en Hackney —leyó Sherlock—. Ex-coronel de la armada británica mata a esposa y luego se suicida con una escopeta calibre veinte.
—Un suicidio, es lo más escandaloso que ha pasado en Hackney.
—Y fue en la calle Brook —continuó.
—Exacto.
—Lee la nota —ordenó Sherlock.
—Suicidio en Hackney —empezó John—. El pasado treinta y uno de octubre un terrible acontecimiento sucedió en el distrito de Hackney, en la calle Brook, casa numerada con el 331 en donde un ex-coronel de la armada británica Joseph Sebastian Moran, de cuarenta y siete años, asesinó a su esposa Eloise Karina Moran de treinta y dos años, y a su hijo Eric Sebastian Moran de ocho años, con una escopeta calibre veinte. Lo motivos que obligaron al coronel Moran a tal acto se desconocen, pero se cree que todo se debió a su crisis financiera y su destitución de la armada británica y varios conflictos familiares. Al momento, Scotland Yard lleva la investigación de este incidente y ha mantenido varios datos en privado. Se espera pronto una conferencia de prensa con los resultados del forense.
John terminó y volteó a observar a Sherlock quien se encontraba pensativo, más de lo normal.
—¿Joseph Sebastian Moran? —preguntó impensadamente. John cabeceó afirmativamente—. En tu tiempo al servicio de la armada, ¿llegaste a oír de él?
— No, no había nadie en mi régimen con ese nombre, y si te soy honesto, nunca oí de él.
Sherlock gruñó.
—Perfecto —dijo sarcástico y molesto, mientras comenzaba a caminar de un lado a otro—. Ahora tenemos un caso de homicidio y suicidio que de alguna manera conectan con Samara.
—¿Y crees que eso sea lo que llamó la atención a Samara?
—¿Es lo único relevante de la calle Brook?
John retomó la vista a la laptop y dio una rápida vista al buscador.
—Es lo único relevante —contestó.
Sherlock chasqueó la lengua, dando a entender que ya lo sabía. John no dijo nada, solo se quedó extrañado hasta que Sherlock se detuvo de golpe. Más extrañado por lo que paso John miró a su amigo y notó una palidez en su rostro, una más de lo usual.
—¿Sherlock?
—Joseph Sebastian Moran —repitió sorprendido—. Sebastian Moran... SM.
—¿Qué?
—SM...
John comprendió a Sherlock y abrió los ojos de par en par.
—¿SM? ¡¿El usuario de la red de Moriarty?!
—Las siglas coinciden pero...
—¿Pero...?
—No existe coherencia en las fechas. La última vez que accedieron a la red de Moriarty fue en Diciembre del 2013 y Moran se mató en Octubre de ese año, ahí la nota, es de noviembre del 2013.
—¿Entonces una coincidencia? —preguntó ingenuo.
—No creo en las coincidencias, John —dijo el detective mientras juntaba sus manos y miles de preguntas invadían su cabeza—. Tenemos que averiguar porque Samara se interesó en ese homicidio y ver en que conecta con ella, también hay que investigar si Moran tenía nexos con Moriarty.
—Sherlock, ¿crees que Samara...?
—Imposible —interrumpió Sherlock con una sonrisa mientras detenía su caminar—. Samara, no. ¿Pero qué hay de Sarah Jones?
El atardecer iluminó a Londres en un hermoso color violeta y naranjado. Sherlock y John se habían dispuesto a investigar a Joseph Moran solicitando la ayuda del Inspector Lestrade, quien nada animado, se dispuso a buscar los archivos del caso Moran. Pero dejaron de lado el trabajo para poder hacer otra tarea importante, ir por Isabelle.
—¿Qué le dirás a Bell? —preguntó John preocupado.
—Ya te lo dije. Qué estaba realizando casos.
—De acuerdo, pero nada de mencionar a Rupert Casey.
—Si mamá —dijo Sherlock con tono hartado.
—Aunque te enojes Sherlock, tienes que aceptar el hecho de que Casey es el padre.
—Sabes John —habló seriamente—, seguiré firme en no creer que él sea el padre. Y no me importa el resultado del ADN, ya que Magnussen no chantajeaba a Samara solo por diversión.
John suspiró y mejor decidió dejar el tema de lado. La terquedad de Sherlock sobre este tema siempre ganaría.
Llegaron a la residencia de los Watson. John pagó el taxi, ya que Sherlock salió veloz de ahí, y trató de seguir los pasos de su amigo. Al abrir la puerta, en la sala de estar estaba Mary con su bebé en brazos y Bell, sentada en el suelo mirando el televisor. Al oír la puerta ellas voltearon y los ojitos de la niña se iluminaron de una gran felicidad al ver al detective entrando por la puerta.
—¡Sherlock! —exclamó mientras se alzaba. Corrió y un fuerte abrazo fue su recibimiento.
El detective no evadió una mueca fastidiosa y John y Mary sonrieron ante la escena.
—Bienvenido —saludó Mary con esa gran sonrisa.
Sherlock fingió una sonrisa y palmeó la cabeza de la niña, quien no tenía intenciones de soltarle.
—¡Me alegro que vinieras! ¿Aún estás enojado?
—¿Enojado? —preguntó curioso mientras miraba a John y Mary. Ellos se encogieron de hombros.
—Sí. Ese día en Barts, estabas enojado. ¿Hice algo malo? —preguntó inocentemente.
Algo sorprendido, y desprevenido por esa pregunta, el detective alzó su rostro para mirar a John y Mary en una señal de auxilio. Ambos esposos estaban igual de impactados.
—Ah... No —respondió algo nervioso—. Tú no hiciste nada malo. Tenía algunos casos y necesitaba resolverlos. Era todo.
Bell se soltó y miró a Sherlock aún preocupada.
—Pensé que había hecho algo malo —dijo sonando preocupada—, y que el tío John y la tía Mary estaban escondiéndolo.
Los tres se miraron impactados. Bell era una niña muy lista y se veía que Sherlock la estaba entrenando bien, pero realmente, ese no había sido el motivo. Aún le falta por deducir a nivel del detective.
—Ah... No Isabelle —habló el detective—. No estoy, ni estuve, enojado contigo. Solo fue estrés laboral.
Ella sonrió y todos seguían mirándola.
—Bien —respondió convencida.
Después de ese momento, en el que todo sintieron sus corazones salir por sus gargantas, Sherlock visitó a la pequeña Watson y concluyó en despedirse de la familia.
En el camino rumbo a Baker Street, Bell observó por la ventana y Sherlock se mantenía en su móvil pero de repente miraba de reojo a la niña.
—Isabelle —habló. Ella volteó a mirarle—. ¿Qué te parece, si vamos al London Eye?
—¡¿Al London Eye?! —preguntó sorprendida.
—Si... —dijo con seriedad.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de la niña.
—¡¿Cuándo?!
—Hoy —dijo el detective mientras guardaba su celular. Bell le observó alegre pero confundida a la vez.
—¡¿Hoy?!
Sherlock suspiró.
—Si... Te lo había prometido, ¿no? —Ella cabeceó rápidamente—. Solo dejamos tus cosas y no vamos directos al London Eye.
Llegaron a Baker Street, Bell saludó a la señora Hudson con un enorme abrazo y le dijo, demasiado alegre, que Sherlock la llevaría al London Eye. La señora Hudson maravillada ante tal idea tomó las maletas de la niña y le insistió a Sherlock que de una vez se fueran, ella se haría cargo de las cosas de la pequeña. Y así ambos fueron rumbo al London Eye.
Eran alrededor de las ocho de la noche y por todo el London Eye había demasiada gente. La pequeña estaba feliz y emocionada por subir a la plataforma, Sherlock la observaba curioso y con una ceja arqueada por su comportamiento.
—¿Se verá Baker Street desde arriba? —preguntó ansiosa.
—No lo... —Sherlock se detuvo al ver como la cara de la niña cambiaba. Él se estremeció— Es probable.
La niña volvió a sonreír y la fila comenzaba avanzar. Después de unos quince minutos en la fila, pudieron subir y Bell fue directa a pegarse al cristal para apreciar la vista. La puerta se cerró y el mecanismo comenzó su curso. Bell percibió como su estómago se movió al ritmo del andén, fue una sensación extraña pero cosquilluda. Sherlock posicionó sus manos a sus espaldas y se mantuvo a lado de la pequeña para también contemplar a Londres en su forma nocturna. El detective no podía recordar cuando había sido la última vez que había disfrutado de la belleza citadina de su amaba Londres. Tal vez esa última vez había sido cuando era un adolescente o tal vez, en su primer caso con John, aquel el que título "Un Estudio en Rosa". Las luces hacían ver a la ciudad como un pequeño mapa pintado en arcoíris y Bell estaba maravillada con la vista, al llegar a la cima tomó a Sherlock de su abrigo y lo estiró con gran ansia.
—¡Sherlock, Sherlock, mira! —Dijo mientras ponía el dedo en el cristal—. ¡Ahí, ahí es Baker Street!
Sherlock observó a donde la pequeña apuntó pero él no distinguió la calle. Muy dentro de su mente, sentía la necesidad de corregir a la niña, pero dentro de ese lugar donde los "sentimientos" estaban bajo llave, Sherlock sintió una especie de alegría por ver a la niña feliz y disfrutar su aventura en este lugar; no podía romperle sus ilusiones, y con una suave sonrisa, cabeceó y afirmó que veía Baker Street desde ahí.
Bell sintió que su aventura en el London Eye había durado poco pero estaba demasiado contenta porque Sherlock cumpliera ante esa promesa. Ambos caminaban por las calles cercanas al lugar y la niña pido que le comprara un algodón de azúcar. Sherlock obedeció ante ese pequeño capricho y le compró tal caramelo. Continuaron su recorrido por las calles, Bell se sostenía del abrigo del detective y con su mano libre comía su algodón. Sherlock jamás había caminado por estos lugares, descubrió restaurantes, tiendas y varios lugares para los turistas.
—Sherlock, ¿quieres algodón? —preguntó la niña. El negó con la cabeza y destacó como la boca y las mejillas de pequeña estaban invadidas por pequeños hilos de color rosa. Detuvo su caminar y del bolso de su abrigo sacó un pequeño pañuelo.
—Tienes algodón en la cara —dijo mientras se hincaba y le daba el pañuelo a la niña—. Dame tu algodón y límpiate.
Bell obedeció, le entrego su dulce y ella tomó el pañuelo para limpiarse. Sherlock sonrió levemente, y mientras esperaba a que la niña terminara, sus ojos pudieron apreciar algo extraño. Tal vez a unos diez metros de distancia había una persona, probablemente un hombre, cubierto en un enorme abrigo caoba y llevaba unos lentes de sol, a pesar de ser de noche. Esa persona lucía sospechosa para el detective. Este se alzó y le observó hasta que él notó que Sherlock le miraba, acomodó sus lentes y se dio la media vuelta para caminar hacia otra dirección. Sherlock no tenía ningún problema en ir a enfrentarlo pero estaba acompañado de una niña y podía ponerla en peligro.
—Debemos irnos —dijo seriamente.
—¿Ya? —preguntó desanimada mientras terminaba de limpiarse la boca.
—Sí.
Sherlock le entregó su algodón de azúcar, ella lo tomó y se sostuvo de su abrigo. El detective comenzó a caminar a una velocidad exagerada y al notar como la pequeña trataba de seguirle el ritmo decidió tomarla de su mano y dar una rápida mirada al área y ver si nadie se encontraba siguiéndolos.
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