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Capítulo 12 La Vida en Baker Street

¡Hola mis hermanos/as Sherlockians!Sólo para decir que en este capítulo, hay contenido multimedia acá arribita, para que por favor reproduzcan el vídeo durante su lectura. Es muy probable que en algunos capítulos, a futuro, ponga vídeos. Si no les gusta escuchar música durante su lectura, no se preocupen, no hay problema.
¡Disfruten el capítulo!

**

La paz regresó en la localidad de Enfield. El asesino estaba tras las rejas para pronto recibir su castigo ante la justicia, y Scotland Yard se galardonaba otro enorme elogio por parte de la prensa y el público, todo gracias a Sherlock Holmes quien no quiso llevarse el crédito por dos buenas razones.

La primera si salía a luz pública que se había envuelto en un caso, su hermano se enteraría y se le vendría un enorme problema con él y el gobierno. Y dos, todo era mejor dándole el crédito a Lestrade.

Después del caos en Enfield, el trío llegó a Baker Street ya muy noche y el detective se encontraba sentado en su sillón con su violín en una mano y en la otra sostenía el arco. Lucía serio y pensativo y frente a él estaba Watson, mirándole con su tan clásica pose de brazos cruzados y unos ojos llenos de preocupación.

—¿Todo bien? —curioseó John, rompiendo el silencio incomodo del lugar. Sherlock no respondió, solo le observó—. Bueno —suspiró—, ya hablé con Bell. Nuevamente le ofrecí irse con nosotros y se negó.

—Qué pena —contestó con seriedad.

—Sherlock, sabes que tuve que hablar con ella porque Lestrade me lo pidió. Está muy molesto contigo por haberla expuesto ante un asesino. Agradece que no enviará a servicios infantiles.

—Que amable.

—Sherlock ¿qué diablos sucede? Desde que llegamos has actuado muy raro.

—Nada.

—¿Es porque no pudiste tomar el crédito por el caso? Cosa que me extrañaría.

—Nop.

—Entonces... ¿Es algo con respecto a Isabelle? —continuó curioso.

—¿Tiene que ser por ella? —expuso veloz.

—De acuerdo —contestó molesto mientras dejaba caer sus brazos—, me rindo. ¿Qué te pasa? Es muy tu problema. Ya tengo que irme, no puedo dejar a Mary tanto tiempo sola. Te veo luego.

—Adiós.

Al escuchar tan cruda despedida John miró por última vez a su amigo y pudo verle jugando con las cuerdas del violín. John suspiró amargamente y salió del living room. Al ya no verle más Sherlock se alzó de su sillón para posar su violín bajo su barbilla y con suavidad comenzó a tocar una pieza de Bach, inundando todo el edificio en aquella melodía.

Bell se encontraba en el cuarto de Sherlock sentada sobre la cama, abrazándose a sus piernas y mirando a la nada cuando en ello a sus oídos llegó la melodía proveniente del living room. Curiosa se bajó de la cama y con suavidad abrió la puerta para salir de la habitación, caminó por el pequeño pasillo para llegar al living room y observó a Sherlock de pie frente a la ventana e interpretando la sonata de Bach.

La niña al verle quedó tan sorprendida como maravillada. Sabía que Sherlock tocaba el violín, lo había deducido desde el momento en que lo vio, más nunca paso por su mente como él tocaba aquel bello instrumento. Parecía que el detective se encontraba sumergido ante su interpretación, ni siquiera reclamó su presencia, así que ella caminó hacia el largo sofá para tomar asiento y observarle mejor.

Isabelle se dejó llevar por aquella música y con sus pequeños y delgados dedos sobre sus rodillas comenzó a tocar las notas, como si estuviera tecleando en un piano. Ella comenzó a percibir una sensación extraña a través de cada nota, descubriendo, poco a poco, que era como si Sherlock se expresara a través de cada una de ellas.

Percibió entre cada movimiento algo de confusión, preocupación y consternación, pero Bell sabía que había algo más allá que esos sentimientos angustiosos, había una necesidad de protección y era demasiado curioso poder percibir esa necesidad en la pieza musical de Sherlock Holmes. Dejando de teclear en su piano imaginario la pequeña se recostó en el sofá, sin dejar de observar a Sherlock, y dejándose proteger por esa pieza musical.

El tiempo siguió marchando y los días comenzaron actuar con su tan obvia normalidad. En el 221B de Baker Street, las cosas parecían ser las mismas de siempre. Sherlock Holmes se encontraba enfrascado en el aquel caso, tratando de ignorar todo el universo a su alrededor, pero ese universo no quería que su enfoque fuera solo en un montón de papeles pegados a la pared. Quería una total atención.

—¡Sherlock! —Gritó Bell muy emocionada—. ¡Sherlock voltea! —Ignorándole él no despegaba los ojos de esa pared, creando teorías, armando conexiones y todo lo que pudiese dar con el responsable de aquel acontecimiento—. ¡¿Sherlock?! ¡Es en serio, voltea! —El detective resopló fastidiado y movió con suavidad su cabeza para mirar, por encima de su hombro, a ese pequeño universo fastidioso—. ¡Mira! —exclamó alegre. Al ver que le observaba dio un gran salto, al aterrizar no pudo evitar lanzar una risa mezclada con el sonido de las botas que llevaba puestas—. ¡Brinque muy alto! 

—Sherlock volteó bruscamente y retomó la vista a los archivos—. ¿Viste bien? —preguntó sin parar de reír—. ¡Sino para volver a dar otro salto!

—Isabelle —llamó molesto—, ¿recuerdas las reglas de este lugar?

Ella paró de reír y le observó extraña.

—Si.

—Qué raro, porque parece que las has olvidado. Una de las reglas es: No molestar mientras estoy trabajando, y no has parado de saltar por todo este living room desde que despertaste.

—Perdón —respondió a voz entrecortada y avergonzada.

Al escuchar ese tono en ella, el cual se había convertido en algo preocupante para él, volteó a mirarle y vio una suave expresión de tristeza en su rostro, pero no solo eso, también prestó atención a la ropa que llevaba puesta.

La niña lucía un largo vestido en beige de encaje floral espantoso, llevaba unas botas estilo vaqueras y una boina blanca cubría su cabellera castaña. Todo ese estilo de tan terrible gusto era, sin duda, cortesía de Mary Watson.

Bell poco a poco borraba la tristeza de su rostro para ver curiosa a Sherlock, quien no dejaba de mirarle con esa mezcla de sorpresa y desagrado.

—¿Sherlock? —El detective sacudió su cabeza con suavidad y al parar miró con su tan obvia seriedad a la niña—. ¿Estás bien?

—Si —contestó seco—. Ahora quiero que vayas y molestes a la señora Hudson y me dejes trabajar.

—De acuerdo —murmuró con desgana.

La niña se dio la media vuelta y salió del living room para dejar al detective solo.

Mientras Bell bajaba los escalones escuchó cómo en algunos de ellos surgía un leve chirrido. Con su tan activa curiosidad comenzó a pisar los escalones flojos con suavidad, y de vez en cuando, asomaba la cabeza para ver si Sherlock no aparecía. Sosteniéndose del barandal comenzó a pisar más rápido aquellos escalones y hacer sonar con más fuerza ese irritante sonido. Al tratar de concentrarse Sherlock pudo escuchar el escándalo que hacía la niña, creando en él una tormenta caótica. Sintiendo sus venas palpitar violentamente en sus sienes, se acercó al marco de la puerta y notó la boina blanca de un lado para otro.

—¡¡Isabelle!! —gritó. Al oír ella detuvo su juego y se fue corriendo a la planta baja.

La pequeña llegó y tomó asiento en los últimos escalones, recargó los codos sobre sus rodillas posando su mandíbula sobre sus manos y finalizó con un triste suspiro. En esos momentos la señora Hudson apareció y le miró.

—¿Bell? —llamó curiosa, pero no respondió—. ¿Cariño estás bien?

Ella se acercó a Isabelle y al sentir su presencia movió su mirada.

—Sherlock se enojó conmigo —dijo muy triste.

—¡Oh linda! —Exclamó con una leve sonrisa—. No te preocupes, Sherlock suele enojarse con todos y con todo. Es normal en él —en ello puso su brazo alrededor de los hombros de la pequeña—. En un par de horas ni lo recordará y te tratará como siempre lo hace.

Bell mostró una leve sonrisa a la señora Hudson, y al ver esa expresión en su rostro, no pudo evitar sonreír más. En esos momentos se escuchó como llamaron a la puerta haciendo que ambas se extrañaran. La señora Hudson soltó a la niña y se acercó a la puerta. Al abrir miró sorprendida al mayor de los Holmes.

—¿Mycroft? —Cuestionó sin creerlo—. ¡Vaya, que rara sorpresa!

—Todo un placer verle, señora Hudson —dijo con una sonrisa hipócrita—. ¿Estará Sherlock en casa?

—Claro. Adelante —dijo mientras se hacía a un lado para que esté pudiese pasar.

Al agradecerle con un suave movimiento de cabeza, Mycroft Holmes se adentró y posó su vista a los escalones y miró a esa pequeña niña, haciendo que la sonrisa hipócrita que adornaba el rostro de Mycroft se viera opacada por una mueca de desagrado ante la presencia de la cría.

En el momento que cruzaron sus miradas Bell sintió como el miedo le abrazaba. Mycroft Holmes era un hombre que imponía autoridad haciendo que su sola presencia fuese para temerle y obedecerle.

—Isabelle Jones —comenzó hablar—, la pequeña por la cual Sherlock decidió resolver su caso y dejar a Inglaterra hundirse en las manos de un psicópata.

Sorprendida por las palabras del mayor de los Holmes ella se movió de los escalones sin despegar sus ojos de él.

—¡Mycroft! —Exclamó molesta la señora Hudson—. ¡No molestes a Bell!

—¿Bell? —Cuestionó con una carcajada mientras volteaba a mirarle—. ¿Ya usted también maneja los diminutivos? Igual que el Doctor Watson, ambos son demasiado sentimentalistas.

—¡Mycroft Holmes! —exclamó impactada pero este le ignoró retomando la vista en la asustadiza niña.

—¿Qué pasa, acaso te comieron la lengua los gatos? No voy a morderte —Bell buscó refugió entre el barandal de la escalera y la pared sin negar su temor ante Mycroft—. Debes saludar niña —continuó mientras alzaba sus cejas—, eso es algo primordial cuando una visita llega.

La mandíbula de la pequeña empezó a tiritar, al querer abrir sus labios para pronunciar palabra alguna le era imposible, los nervios la habían carcomido.

La señora Hudson vio con angustia a la niña y cerró la puerta para acercarse a ella y protegerla en sus brazos.

—Mycroft Holmes —reclamó en tono de madre—, ¿cómo te atreves a asustar así a la niña?

Mycroft rodó sus ojos por esa interrogativa y Bell, quien se aferró al mandil de la señora Hudson, no pudo evitar que las lágrimas corrieran por sus mejillas. Extrañado ante el llanto de la niña Mycroft miró sorprendido.

—¿Por qué el llanto?

—Porque la aterrorizaste —se escuchó esa voz suspicaz provenir de las escaleras, y los tres alzaron sus miradas.

—¡Oh hermano mío! —exclamó el mayor de los Holmes con aquella sonrisa hipócrita.

—Mycroft —respondió con un leve cabeceo—. Ya que no estás aquí para saludar, por favor deja en paz a las damas y hazme el favor de acompañarme —Sherlock se hizo a un lado y le dio la señal para que pasará los escalones.

Mycroft borró su sonrisa retomando su pose de seriedad y se dispuso a obedecer la petición de su hermano y comenzó a subir los escalones. Sherlock bajó unos cuantos para mirar a la señora Hudson y Bell.

—Ese comportamiento en Mycroft...

—Lo sé. Señora Hudson hágame un favor, lleve a Isabelle a Speedy, que coma lo que quiera y dígale al señor Chatterjee que lo apunté a mi cuenta.

—Claro que sí Sherlock, no te preocupes.

La señora Hudson y Bell comenzaron a caminar, al ver Sherlock como ambas salían del edificio se dio la media vuelta y subió los escalones de dos en dos. Al llegar al living room, contempló a su hermano sentado en el sofá de John.

—¿Qué quieres Mycroft?

—Vaya, las formalidades en este hogar son un mito. Justo y directo al punto.

—Déjate de habladurías y dime: ¿Qué quieres? —insistió molesto.

—Tengo noticias y vengo a que me aclares algunas cosas. Una es saber, ¿cómo vas con el caso de Samara Jones?

Sherlock le miró con una ceja arqueada.

—Va un gran avance.

Y Mycroft sonrió con descaro.

—No lo creo, pero te seguiré el juego. Dos, me gustaría saber, ¿quién te ha dado autorización para resolver casos?

El detective al escucharle le observó con preocupación que rápidamente disfrazó con seriedad.

—¿Resolver casos? —preguntó con ironía.

—¡¿Ah, ahora sufres de pérdida de memoria?! Pues déjame refrescarla: Enfield 

—Al salir aquella palabra de la boca de su hermano, Sherlock pudo sentir como sus músculos se tensaban y su clásica ceja arqueada desaparecía para que una honesta seriedad cubriera su rostro. Mycroft se mantuvo con esa sonrisa—. ¿Ya estamos recordando?

—¿A qué quieres llegar Mycroft?

—No Sherlock, ¿a dónde quieres llegar tú? Te prohibí tomar cualquier caso, es más, te di el lujo de que tomaras el de Samara Jones, solo por tu fastidiosa persistencia. Y ahora descubro que estás jugando al detective rudo, el que quebranta todas las reglas. ¿Tienes alguna idea del problema que puedes causar si el gobierno se entera?

—Tú eres el gobierno. Protégeme y listo.

—¡Oh, por supuesto que no! —Y se alzó del sillón para ponerse frente a él—. Serás mi hermano pero existen leyes y reglas las cuales debo obedecer. Y en ellas implica que, si debo arrestarte por tu indisciplina, lo haré. Ahora explícame ¿de dónde surgió el caso de Enfield?

—Es confidencial.

—¿Confidencial? Por favor Sherlock, no me hagas averiguarlo —Pero el detective se mantuvo firme. Su hermano entre cerró los ojos y le observó—. Sherlock, dime que no tuvo que ver con esa pequeña —él movió su vista hacia otro lugar y Mycroft suspiró—. Lo supuse.

—Fue parte del caso de Samara Jones —respondió Sherlock muy serio.

—¿Parte en qué?

—Solo fue una parte ¿de acuerdo? —contestó serio y se dio la media vuelta para mirar hacia la pared donde estaban todos los archivos.

Mycroft resopló y se puso al lado de su hermano a contemplar todos los papeles, cuando miró una fotografía conocida.

—Ahora que veo la fotografía de Magnussen te he venido a traer esto —dijo mientras le entregaba un folder. El detective cerró sus ojos, suspiró con una terrible desgana y le arrebató el folder a su hermano—. Es tu citatorio con los miembros del parlamento. Quieren verte dentro de tres semanas. Así que estás a tiempo para acabar este caso de Samara Jones y continuar con lo que deberías estar haciendo.

—Solo eres portador de malas noticias.

—No es cierto.

—Si lo es —dijo mientras volteaba a mirarle—. Y es más, ahora que me honras con tu humilde presencia, necesito que me ayudes.

—¿Yo? —Preguntó sin creerle—, ¿ayudar a ti, el gran Sherlock Holmes? —Y el detective resopló fastidiado—. ¿Cómo puedo honrarte con mi humilde inteligencia?

Ahora Sherlock le sonrió con falsedad, lanzó el folder hacia el enorme sofá y apuntó a la pared.

—Necesito que me hables sobre Samara Jones. No quiero que me digas lo que ya se, quiero tu opinión personal. Sé que después del caso la estuviste vigilando, así que, dime todo lo que puedas de ella.

—Pensé que ya lo sabías. Era evidente que el Doctor Watson te contara sobre nuestra plática.

—Sí, lo hizo. Pero nada mejor que oírlo de tus bellos labios. Empieza.

—Gracias por el cumplido. Por cierto tu gusto en decoración de interiores es terrible —Sherlock arqueó una ceja—. En primera tienes todos los archivos necesarios sobre el caso de Rupert Casey, su envolvimiento en el atentado y su espantosa vida juvenil.

—Mycroft, te dije que no me dijeras lo que ya sé. Dime a los años después de ese ataque.

—Bien. Un año después de los incidentes supe que Samara había tenido a su hija. Vivía con la hermana y un amante de esta, en una hermosa casa al norte de Londres, pero al poco tiempo de concebir se mudó al sur del país. Como has de suponer mi vigilancia era constante. Tenía que estar al pendiente de ella, pero al parecer sabia de mi vigilancia, así que se mantuvo viajando por todo Londres.

—Ok...

—Hubo una y única vez en que la visité, ella vivía en Enfield.

—Vaya —dijo Sherlock con una sonrisa sarcástica.

—Mi visita se debió a que hubo una amenaza terrorista. Necesitaba saber si no estaba involucrada.

—¿Y?

—No lo estuvo, no había ninguna conexión. Ella vivía feliz y tranquila con su hija —Sherlock de nuevo arqueó su ceja, algo imprudente—. Debo reconocer que Samara Jones, fue una adolescente de lo peor, pero la maternidad la hizo madurar.

—¿Por qué?

—Esa vez que la vi, lucía como una mujer madura, viviendo la vida con normalidad. La típica mujer británica —en eso volteó a mirar a Sherlock—. Todo era normal.

El menor de los Holmes mostró una leve sonrisa pero no miró a su hermano. Al escuchar aquellas palabras de la boca de Mycroft pudo notar como el tono en ellas había cambiado. De hablar con tono déspota y repúgnate fue algo más tranquilo y soberbio.

—¿Atracción? —preguntó divertido.

—¿Perdón?

—Atracción. ¿Experimentaste atracción hacia Samara Jones?

—¿Pero qué...? Por Dios, Sherlock ¿te estás escuchando?

—Solo quería ver tu reacción —volteo a mirarle—, gracias.

Sherlock sonrió con sorna, apartó la vista de su hermano mayor y comenzó a caminar rumbo a su habitación.

—¿Cuál es la gracia? —Preguntó furioso.

—Ya lo sabes. Ahora tengo cosas que hacer, gracias por tu ayuda. Ya conoces la salida.

—Sherlock —llamó serio—. Por favor, quiero que acabes este caso antes de tu cita con el parlamento. Lady Smallwood sabe de esta situación y no quiero que lo utilice como una excusa para mandarte a prisión.

—Mycroft, no iré a prisión. Por favor —dijo con sorna.

—¿Acaso no te preocupa ir a la cárcel? Te recuerdo a Charles Augustus Magnussen, sólo con decir ese nombre tienes tu estadía en la cárcel asegurada.

—No te estreses hermano —se dio la media vuelta pero en ello chasqueo sus dedos y volvió a mirarle—. Por cierto, no vuelvas a espantar a Isabelle. Sé más "amable" con ella cuando la vuelvas a ver. Buen día.

Sherlock se encerró en su habitación y Mycroft no hizo más que suspirar con amargura y salir del piso de Baker Street.

El tiempo volvió avanzar he hizo que cayera la noche. Bell estaba sentada en el sillón de John, con la laptop de la señora Hudson apoyada en sus piernas, Sherlock estaba frente a ella con sus manos bajo su barbilla y sus ojos cerrados; respiraba y exhalaba con lentitud. De vez en cuando Bell alzaba la vista para observarle con curiosidad, luego retomaba a la pantalla.

—Es interesante —soltó la niña pero Sherlock no contestó—. Tu blog —con esas palabras el detective alzo ambas cejas—. La ciencia de la deducción.

—Pensé que te gustaba el blog de John.

—Sí, es entretenido. Pero el tuyo es más informativo, como los doscientos cuarenta y tres tipos de ceniza. Añade otros tres —dijo con una suave sonrisa.

Confuso Sherlock abrió sus ojos y miró a Isabelle, quien al notar su extrañez con pena retomó la mirada al monitor y continuó leyendo lo poco que había en el blog de Sherlock. De nuevo el silencio reinó en el living room y Sherlock volvió a cerrar sus ojos.

—Tu hermano me asusta —soltó otra vez y Sherlock sonrió con mucha sutileza.

—Lo sé. Pero no es un tipo malo, es un poco irritante, pero no debes temerle.

—De acuerdo, solo porque me gusta su paraguas —y al oírle mostró una media sonrisa—. Sherlock ¿puedo preguntarte algo? —cuestionó curiosa mientras volvía a mirarle.

—¿Deberías? —respondió, confundiéndola un poco.

—Ok... ¿Recuerdas el día que me preguntaste sobre el hombre malo?

—¿Has recordado algo?

—Nop —canturreó.

—Entonces no debiste preguntar.

—Es que yo quería preguntarte, ¿por qué me dijiste que lo habías matado? —el detective abrió su ojos de par en par.

—¿A qué se debe esto?

—Pues... —comenzó hablar nerviosa.

—¿Isabelle...?

—Leí algo que no debí haber leído.

—El citatorio —declaró molesto.

—¡Perdón, no fue mi intención pero...!

—Pero lo hiciste —continuó—. No debes de husmear mis cosas Isabelle, sea lo que sea.

—Perdóname Sherlock, es solo que me dio curiosidad.

—La curiosidad mató al gato, ¿lo sabías? —En eso ella agachó su mirada y Sherlock pudo notar como sus labios comenzaban a temblar—. Qué más da, ya lo hiciste pero espero no vuelva a suceder. Y a todo esto, ¿por qué esa pregunta? —Bell alzó la mirada y pudo observar que sus ojos estaban cristalizados más ninguna lágrima surgió de ellos—. ¿Isabelle? —insistió molesto.

—Es que... tú no eres capaz de matar a alguien.

Ante ello Sherlock cambió la mirada molesta a una sorprendida.

—¿Perdón?

—Tú no eres capaz de matar a alguien —repitió—. No lo harías, por nada en el mundo.

—¿Qué te hace pensarlo?

—Porque, solo lo sé.

Sherlock quedó perplejo. Bell retomó la mirada a la laptop y siguió leyendo su blog mientras que el sentía algo curioso en su garganta. La pequeña lo había hecho experimentar esa terrible sensación, la cual solían llamar nudo. Mientras la miraba concentrada en su blog, trató de relajar esa horrible sensación, posicionando sus brazos sobre los mangos y poder pronunciar cualquier cosa, lo que fuera, hasta que recordó algo.

—Isabelle.

—¿Si? —preguntó sin alzar la vista.

—Me dijiste que añadiera tres tipos de cenizas, a mi investigación.

—Ajá...

—¿Has estudiado química?

Curiosa la niña movió sus ojos hacia el detective.

—¿Química?

—Así es. Supongo que debías de llevar la materia en la escuela.

—La verdad no.

—Perfecto —en ello se alzó de golpe de su sillón y la miró—. Mañana comenzarás tus clases de química. 

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