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Capítulo XXI


El sol comenzaba a asomar tímidamente por el horizonte, bañando la habitación de Clarissa con una luz suave y cálida. Sin embargo, para el duque Edward, la espera había sido interminable. Había pasado la noche al lado de su prometida, sus ojos clavados en su rostro mientras las horas se deslizaban lentamente. No había dormido ni un solo instante, incapaz de apartarse de su lado, de apartar la idea de perderla de su mente. El médico había insistido en que el peligro ya había pasado, que el golpe que recibió en la cabeza ya no amenazaba su vida, pero las palabras vacías de consuelo no podían calmar la tormenta que rugía en su pecho.

Elara, la doncella de Clarissa, había permanecido cerca durante toda la noche, trayendo agua y cambiando los vendajes, siempre atenta a las órdenes del duque. Sin embargo, ahora, con la luz del día, la habitación estaba más tranquila, la angustia del día anterior dando paso a una tensa calma. Clarissa seguía sin despertar, pero su respiración era más estable, y la sangre ya no brotaba de su herida.

Edward observaba a la joven, su corazón encogido cada vez que sus ojos caían sobre su rostro pálido. Su mente no dejaba de trabajar, recordando las horas previas al ataque. Clarissa había sido golpeada con fuerza, y aunque el médico no había encontrado signos de que el golpe fuera hecho con un objeto pesado, había algo que no cuadraba. La forma en que había caído, la rapidez con que la herida se había abierto... Todo parecía demasiado calculado, demasiado preciso. Pero aún no tenía pruebas.

En ese momento, Isadora apareció en la puerta de la habitación, con una expresión de falsa preocupación. Su mirada se desvió rápidamente hacia Clarissa y luego volvió a Edward.

—¿Cómo está? —preguntó, su voz un susurro lleno de tristeza fingida.

Edward alzó la vista hacia ella, sintiendo una creciente desconfianza. Aunque intentaba parecer preocupada, había algo en su postura, algo en la forma en que se comportaba, que lo ponía en alerta. No podía olvidarse de la noche en que había sido testigo de cómo Isadora y ese Barón estaban tramando contra Clarissa, cuando decidió mostrar su interés por ella

—Está mejor —respondió Edward, con un tono algo tenso, sin apartar la mirada de Isadora. —Pero aún no sabemos si despertará pronto.

Isadora asintió con lentitud, su rostro mostrando una mezcla de tristeza y frustración. Se acercó a la cama de Clarissa y se inclinó ligeramente para observarla más de cerca.

—Espero que despierte pronto. No sé qué haría si algo le sucediera —dijo, su voz quebrándose ligeramente, como si estuviera a punto de romper en lágrimas.

Edward se mantenía alerta. Algo en sus palabras no le encajaba. El miedo de perder a Clarissa era evidente en todos los miembros de la familia Sinclair, pero en Isadora parecía haber un matiz de algo más. ¿Qué sentido tenía que ella estuviera tan preocupada por Clarissa, una persona a la que había demostrado tan poco afecto en uno de sus momentos más feliz? ¿Y por qué estaba tan tranquila, tan serena, como si todo fuera parte de un plan cuidadosamente orquestado?

La puerta se abrió nuevamente, esta vez dejando entrar a los padres de Clarissa, su madre y a su abuela. La señora Ashworth se adelantó y se acercó a la cama de Clarissa, tomando sus manos con devoción, comenzando a rezar nuevamente en voz baja. Lady Sinclair, la madre de Clarissa, también se unió, su rostro demacrado por el cansancio y la preocupación, pero con una determinación inquebrantable.

Elara, mientras tanto, se acercó a Edward con una mirada preocupada.

—Mi señor, el médico ha dicho que no podemos estar seguros de nada hasta que despierte. Necesitamos seguir vigilando su estado —dijo, su voz suave, pero llena de seriedad.

Edward asintió, agradecido por su apoyo y por la dedicación de la doncella. Sin embargo, su mente seguía trabajando, buscando una respuesta. No podía dejar de sospechar que algo estaba ocurriendo en las sombras, algo que no podía ver, pero que estaba cerca, acechando.

La jornada avanzó lentamente, con todos los presentes en la habitación de Clarissa aguardando ansiosamente cualquier signo de vida. Isadora no dejó de estar cerca, manteniéndose en una esquina, observando en silencio. Aunque parecía estar constantemente al borde de las lágrimas, Edward no podía quitarse la sensación de que ella era más parte del problema que de la solución. Había algo en su actitud que no encajaba con la imagen de la prima preocupada por su pariente. No podía confiar en ella, no sin pruebas.

A medida que pasaban las horas, Edward no dejaba de pensar en lo que había sucedido aquella tarde. El golpe a Clarissa no había sido un accidente. Alguien lo había hecho a propósito. Pero, ¿quién? Y lo más importante, ¿por qué?

Justo cuando la tensión parecía alcanzar su punto máximo, Clarissa hizo un leve movimiento, un suspiro que llenó la habitación de esperanza. Todos los ojos se volvieron hacia ella, y el corazón de Edward latió con fuerza en su pecho. Clarissa no había despertado por completo, pero estaba luchando, su cuerpo comenzaba a responder.

—¿Clarissa? —susurró el duque, acercándose a ella con cautela, su voz quebrada por la emoción. —Cariño, ¿me oyes?

Clarissa movió ligeramente su cabeza, pero su mirada seguía perdida en la oscuridad. No estaba completamente consciente, pero al menos había un indicio de que no todo estaba perdido.

Isadora, observando desde su rincón, sintió una punzada de frustración. La calma que había sentido en la noche parecía desvanecerse a medida que Clarissa mostraba signos de mejoría. Su mente empezó a formular nuevas ideas, nuevos planes. Este golpe, esta vez, no había dado el resultado esperado. Pero aún no se daría por vencida.

—Ella despertará, Edward —dijo, con una sonrisa pequeña y vacía, que no llegó a sus ojos. —Clarissa es fuerte, sé que lo hará.

Pero en su interior, la semilla de la duda ya había comenzado a crecer en la mente del duque. Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar, y aunque todavía no podía confirmar nada, algo le decía que la verdad estaba más cerca de lo que pensaba. Sin embargo, mientras Clarissa luchaba por volver a la vida, Edward juró que no permitiría que nada ni nadie la separara de él.

La boda, pensó, podría adelantarla. Antes de descubrir la verdad detrás de los oscuros sucesos que rodeaban a su prometida y a su familia. ¿Quién estaba dispuesto a destruir la felicidad de Clarissa, y por qué? Antes de que esa persona pueda cumplir con su cometido.

Isadora no lo sabía, pero sus días de impunidad estaban contados. La tormenta que había comenzado en las sombras pronto sería una tormenta que arrasaría con todo.

...

La luz del sol se filtraba tímidamente por las cortinas de la habitación, llenándola de una cálida suavidad que contrastaba con los días oscuros que habían pasado. Clarissa abrió lentamente los ojos, su mente aún envuelta en una nube de confusión. Los murmullos cercanos llegaron a sus oídos, pero todo parecía distante, como un eco que resonaba desde un lugar lejano. Parpadeó varias veces, intentando enfocarse, y lo primero que vio fue el rostro del duque Edward, inclinado sobre ella con una mezcla de alivio y preocupación.

—Clarissa... —su voz era un susurro lleno de emoción—. Estás despierta.

—Edward... —murmuró ella, su voz débil, casi inaudible. El esfuerzo de hablar hizo que una punzada de dolor recorriera su cabeza, y cerró los ojos brevemente mientras trataba de calmarse.

Los padres de Clarissa, Lady Eleanor y Lord Sinclair, se acercaron rápidamente al borde de la cama, seguidos por la suegra de Clarissa y la abuela del duque. La habitación se llenó de un murmullo de alivio y alegría contenida.

—Gracias a Dios —exclamó Lady Eleanor, dejando escapar un sollozo mientras tomaba la mano de su hija con ternura.

—Hija, nos preocupaste tanto —dijo Lord Sinclair, su voz cargada de emoción, pero también con un dejo de enojo consigo mismo por no haber estado ahí para protegerla.

Clarissa intentó sentarse, pero Edward inmediatamente puso una mano suave sobre su hombro para impedirlo.

—No te esfuerces, cariño. Acabas de despertar. Necesitas descansar —dijo, su tono firme, pero lleno de ternura.

Clarissa asintió lentamente, dejando que su cuerpo se relajara contra los almohadones que la sostenían. A medida que su mente se aclaraba, los recuerdos comenzaron a invadirla. El jardín, la brisa fresca, y luego... el golpe. Todo volvía en fragmentos, pero lo suficiente para que una sensación de inquietud se asentara en su pecho.

Más tarde ese día, una vez que Clarissa se sintió un poco más fuerte, la doncella Elara entró a la habitación. Su rostro estaba empapado en lágrimas, pero en esta ocasión, de alivio.

—Mi lady, gracias al cielo que está bien —dijo Elara, cayendo de rodillas junto a la cama de su ama, sus manos temblando mientras tomaba las de Clarissa.

—Elara, por favor, cálmate —respondió Clarissa, su tono calmado, aunque su mente estaba llena de preguntas. —Estoy aquí, estoy bien.

Elara asintió, pero no pudo contenerse y comenzó a contar lo que había sucedido. Su voz temblaba mientras relataba cómo la había encontrado en el jardín, inconsciente y sangrando.

—Mi lady... pensé que la había perdido. Usted estaba ahí, tan frágil, con la sangre... —Elara hizo una pausa, secándose las lágrimas con el borde de su delantal—. Pero algo no me cuadra. Mi lady, yo... yo creo que fue la señorita Isadora quien le hizo esto.

Clarissa la miró con los ojos muy abiertos. Su corazón latía con fuerza, y aunque la idea de que su propia prima pudiera haberla atacado antes le hubiera resultado casi inconcebible, no podía ignorar las sospechas que también habían comenzado a germinar en su mente.

—¿Isadora? —preguntó, con un tono que mezclaba incredulidad y temor.

—Sí, mi lady. No puedo probarlo, pero ella estaba demasiado tranquila, demasiado... indiferente cuando todos estaban preocupados por usted. Y he escuchado rumores, pequeñas cosas que ha dicho en el pasado y lo que ha hecho en su contra. Yo no quería creerlo, pero...

Clarissa apretó los labios, tratando de procesar la información. Isadora siempre había sido competitiva, incluso cruel en algunas ocasiones, pero en su ingenuidad anterior nunca pensó que llegaría tan lejos tan pronto. Sin embargo, no podía evitar preguntarse: ¿Por qué fue tan impulsiva? ¿Qué la llevó a hacer algo tan extremo ahora?

Durante los días siguientes, el duque Edward continuó visitándola, asegurándose de que estuviera cómoda y de que no le faltara nada. Su presencia constante le brindaba consuelo, y aunque ambos evitaban hablar directamente del ataque, la conexión entre ellos parecía más fuerte que nunca.

Finalmente, cuando Clarissa estuvo completamente recuperada, Lord Sinclair y el duque la convocaron a la oficina del patriarca. Al entrar, Clarissa notó la gravedad en sus rostros y sintió una punzada de nervios.

—Hija, hemos tomado una decisión —dijo Lord Sinclair, su voz firme, pero llena de afecto—. Edward y yo hemos acordado adelantar la boda. No podemos arriesgarnos a que algo como esto vuelva a suceder.

Clarissa se quedó en silencio por un momento, procesando sus palabras. Sabía que lo hacían por su seguridad, y aunque la idea de casarse tan pronto la tomaba por sorpresa, también sentía que era lo correcto.

—Estoy de acuerdo —dijo finalmente, levantando la mirada para encontrarse con la de Edward. —Quiero estar con Edward. Y quiero cerrar este capítulo oscuro de nuestras vidas.

Edward sonrió, una mezcla de alivio y amor reflejándose en sus ojos.

—Nada me hará más feliz que llamarte mi esposa lo antes posible —dijo, acercándose a tomar su mano.

Clarissa asintió, sintiendo que, aunque había mucho por resolver, esta decisión era un paso hacia un futuro más seguro. Pero en el fondo, sabía que el peligro aún acechaba, y que Isadora, si era realmente culpable, no se detendría fácilmente.

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