Oliver miró la hora en la pantalla de su Smartphone, y sin poder evitarlo, abrió el mensaje que Anne le había enviado la noche antes.
De Anne:
Tengo que hablar contigo.
Nos vemos en el estudio de Oli
mañana a las seis. Un beso.
Tragó saliva. No sabía que podría querer la mujer que le robaba el sueño y la vida desde que comenzara a salir con ella tantos años atrás, pero de una cosa estaba seguro, fuera lo que fuera, debía aceptarlo. Aunque Olimpia le había pedido que no olvidara a Anne y que tuviera paciencia, Oliver sentía que la paciencia se le agotaba. Estaba perdiendo el tiempo tratando de entender a una mujer que no le quería. Se mordió el labio inferior mientras apretaba el paso para no llegar tarde. Al llegar a la puerta de la vieja tienda de arte, dudó si llamar a Olimpia para que le abriera la puerta, o pedirle a Travis que le dejara acceder desde el taller.
Suspiró y se encaminó hacia el taller. Estaba retrasando el momento, pues seguramente el mecánico que preguntaría, pero sentía miedo a la vez que deseos de volver a ver y hablar con Anne.
Accedió al taller, y buscó con la mirada al mecánico, encontrando sólo al nuevo ayudante reparando un viejo Camaro.
─Disculpa... ─Oliver se acercó lentamente hacia el muchacho castaño y delgado que, de espaldas a él, se afanaba en desmontar el motor del vehículo─. Perdona...
El chico dio un respingo en el momento en que Oliver plantó una mano sobre su hombro. Se quitó unos auriculares diminutos a la vez que se giraba con los ojos abiertos y el rostro desencajado.
─!Vaya! Me has asustado, tío. ¿Qué pasa? ¿Puedo ayudarte en algo? ─Una sonrisa de alivio se dibujó en su semblante.
─Si... estoy buscando a Travis... ¿no está?
─Está en la cafetería, si te esperas...─respondió el chico mientras se acercaba a una caja de herramientas.
─La verdad es que necesito subir a la terraza, ¿te importa si lo hago? ─Oliver se metió las manos en los bolsillos mientras el muchacho negó con la cabeza y con un ademán de su mano lo instó a seguirlo hasta las escaleras.
─¿Vas a ver a la pintora? ─Una sonrisa lasciva cruzó el rostro del ayudante del mecánico. A Oliver le daba la impresión que aquel muchacho no tenía más de veinte años─. Está muy buena ¿verdad? ─Continuó mientras se acercaban a la escalera de metal que conducía a la terraza─. Tiene un buen polvo.
─No tienes ni idea, chaval ─respondió socarrón; arrepintiéndose de sus palabras en el momento en que la sorpresa se hizo patente en el muchacho.
─¿En serio te la has tirado? ─preguntó frunciendo el ceño─. No me lo creo... tienes pinta de ser un fantasma. Esa hembra es mucha mujer para un tío como tú.
Oliver negó exasperado, su enorme bocaza siempre lo perdía. Le dio una palmada al chico en el hombro, agradeciéndole que lo acompañara y sin querer alargar mucho más la conversación, se despidió de él subiendo los escalones. Al llegar a la puerta que daba a la terraza, Oliver miró hacia el taller, cerciorándose que el muchacho no le prestaba atención. Tras quedarse tranquilo, abrió la puerta lentamente, parándose a escuchar los murmullos que le llegaban del otro lado. Había reconocido la voz de Anne, mucho antes de que sus palabras se hicieran comprensibles a su oído.
Tragó saliva y se quedó escuchando la conversación.
─No estoy segura de si esto es lo mejor, Oli. ─La voz preocupada de Anne, le atravesaba el corazón.
─Anne, sé que es difícil, pero tienes que ser sincera con él. Tiene derecho a saberlo.
─Tal vez, debería dejar las cosas como están y no remover más todo su dolor... ─Anne sonaba angustiada y preocupada─. No quiero hacerle más daño del que ya le he hecho... esto lo va a destrozar.
Oliver tragó saliva al escuchar las últimas palabras de la pelirroja. Aunque no sabía de qué estaban hablando, un miedo irracional lo invadía desde los pies a la cabeza, recorriendo su columna vertebral.
─Oliver tiene derecho a saber la verdad. Tal vez esto le haga más daño, pero es un hombre fuerte. Entenderá las razones que te han llevado a tomar estas decisiones ─Olimpia respondía comprensiva─. El tiempo todo lo cura, Anne. Dile la verdad, todo lo que sientes y dale tiempo. Tarde o temprano lo aceptará y podréis seguir adelante con vuestras vidas.
─¿Y si no lo entiende? No soportaría que Oliver me odiara, Oli. ─La voz de Anne mostraba todo su miedo.
─Anne... aceptar que te enamorases de otra persona no es fácil, pero... Oliver jamás te odiaría. Tú me dijiste que no podemos ir en contra de nuestro corazón.
Las últimas palabras de Olimpia le atravesaron el alma. Anne se había enamorado de otra persona y ese era el motivo por el que no quería estar con él. Los ojos de Oliver se inundaron de lágrimas, sus latidos aumentaron bombeando la sangre a través de las venas que palpitaban en la sien, provocándole un dolor de cabeza casi al instante, su respiración se fue dificultando hasta ser ahora un jadeo. Cerró los ojos y sintió como el cuerpo le pesaba, tambaleándose.
Se agarró a la puerta, apoyándose. La puerta se abrió y Oliver cayó de bruces sin poder evitarlo, sorprendiendo así a las dos mujeres. Lo último que el hombre pudo ver y sentir antes de perder el conocimiento, fueron el miedo y la preocupación en los ojos marrones de Anne que lo llamaba preocupada a la vez que acunaba su rostro con aquellas manos cálidas.
Olimpia se paseaba preocupada por la habitación de un lado a otro. Sentía la mirada escrutadora de Ted sobre su piel tatuada, pero en ese momento, lo último en lo que pensaba era en la manera lasciva en la que ese crío la observaba. Travis estaba sentado en uno de los taburetes que tenía al lado del caballete frente al ventanal. Olimpia miró hacia Anne, que se abrazaba a sí misma mientras miraba con ansiedad cómo el paramédico le tomaba las constantes a Oliver. No sabía el tiempo que hacía que se había desmayado, pero por suerte para todos, en la cafetería de la familia de Anne, estaba uno de los médicos del pueblo que había parado a tomar algo antes de entrar a trabajar.
─Parece que vuelve en sí ─dijo jovial el médico mientras se levantaba y guardaba el fonendoscopio en su mochila─. Sólo ha sido una bajada de tensión por el estrés, que tome algo con cafeína y que repose. Si siente alguna molestia llevadlo a urgencias. ─Le entregó una tarjeta a Anne y le sonrió─. Ésta es mi tarjeta, tienen mi número y mi nombre, no dudes en llamarme si sucede cualquier cosa.
Anne asintió y sin esperar a que el médico terminara de despedirse, se sentó en la orilla de la cama para centrar toda la atención en Oliver.
Ted acompañó al médico hasta el taller, dejando solos a los cuatro amigos. Olimpia se acercó a la cama, colocándose en el otro lado y observando a la pareja en silencio. Anne acariciaba el rostro de Oliver preocupada mientras éste la miraba apenado y avergonzado.
─Nos has asustado, cabezota ─dijo la pelirroja mientras sus mejillas se mojaban con las lágrimas que comenzaban a surcar su rostro.
─Lo siento... yo... ─Oliver trató de incorporarse sobre el cabecero antes de continuar─. Anne... sé por qué no quieres estar conmigo. Me duele en el alma, pero jamás te odiaría. ¿Cómo iba a odiar a la mujer que más quiero?
Olimpia tragó saliva al escuchar aquellas palabras salir de los labios de Oliver. Sintió la mano de Travis sobre su espalda, y su peso al sentarse a su lado hizo que la cama cediera un poco más. El contacto con su cuerpo la tranquilizó, y sin importarle nada más, entrelazó sus dedos a los de él.
Anne cruzó una mirada con Olimpia cómplice en ese momento, y una sonrisa tímida nació en los labios de la pelirroja. Olimpia asintió, Oliver estaba completamente equivocado y aquellas palabras, sabía bien Olimpia, que animaban el corazón cansado de su amiga.
─Oliver ─Anne le tomó las manos suavemente─. Quiero estar contigo. Quiero que volvamos a estar juntos, que seamos uno de nuevo.
─¿Qué? ─Los ojos marrones de Oliver se posaron incrédulos sobre Olimpia, quien le sonrió antes de asentir.
─No sé qué has escuchado o qué crees saber... pero te quiero, mi cabezota. Te quiero como no quiero a nadie, pero tienes que saber algo.
Anne le abrió su corazón, tratando de explicarle que era bisexual y poliamorosa. Olimpia sentía un nudo en la garganta y un pellizco en el estómago que sabía, nada tenía que ver con los que su amiga tendría. Apretó la mano de Travis, que escuchaba en silencio toda la conversación, en el momento en que Oliver comenzó a hablar.
─Anne... yo... ─Oliver se mesó el pelo nervioso─. Nunca me habría imaginado algo así... pero... te quiero. Y si eres así, poco puedo hacer yo salvo quererte y tratar de comprenderte. Quiero intentarlo, pelirroja.
El nudo de Olimpia se desvaneció en el momento en que Anne se tiró a los brazos de su viejo amigo y éste le sonrió a ella completamente feliz. Sin dejar pasar más tiempo, la pintora se levantó y tiró de Travis hasta la terraza, dejando intimidad a la pareja que volvía a formarse nuevamente ante sus ojos.
─¿Poliamorosa? Quién lo diría...─comentó socarrón Travis mientras le regalaba una sonrisa traviesa a Olimpia. Ésta asintió, sonrió y se sentó en el taburete frente a su lienzo─. ¿Crees que les irá bien?
─Quien sabe... pero deseo que así sea ─suspiró la pintora mientras encendía un cigarrillo que el mecánico le tendía.
En ese momento, la puerta que daba al taller se abría de par en par, dando paso a una asustada Rachel que corría con el rostro desencajado hasta su marido.
─¡Travis! ¿Estás bien? ─Acunó su rostro con sus manos y le dio un beso que el hombre no correspondió─. Llevo llamando a tu móvil más de una hora, y tampoco respondía nadie en el taller, me he preocupado.
Travis se deshizo de las manos de su mujer con fastidio y desvió la mirada a Olimpia. Ésta levantó las cejas, reprochándole su comportamiento, ambos debían tratar de parecer lo más naturales posibles.
─Todo está bien, Rachel. Oliver perdió el conocimiento y Travis nos ayudó a llevarlo a la cama.
Los ojos de la mujer la miraron con ira y desprecio. Pero Olimpia no le mentía, y tenía, con respecto a ese tema, la conciencia limpia.
─En ese caso... y si Oliver ya está mejor, nosotros nos marcharemos a casa. ¿Vamos, Travis?
Bajo la atenta mirada de Olimpia, Rachel tomó la mano de Travis que antes le había consolado a ella; y se dejaba caer sobre el cuerpo del hombre que ella amaba. Un pellizco de celos se coló en su pecho, acelerando su corazón.
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