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25


Olimpia se despidió de Travis con una sonrisa, y se encaminó hacia el viejo Chevrolet de su padre, que había dejado aparcado frente al estudio para no levantar sospechas. Al tratar de meter la llave en el contacto, se paró y sonrió.

Travis tenía razón, aunque no se acercasen el uno al otro, aquello seguía siendo un juego de engaños y mentiras a sus parejas. Pero ese tipo de mentira no hacía que Olimpia se sintiera un ser despreciable, pues sentía que no estaba engañando ni saltándose los votos matrimoniales. Aunque ella no había sido tan sincera con su marido, y jamás le dijo que seguía enamorada de Travis; sentía que Nate en cierta forma lo sabía y se había resignado a ello, aceptando que ella lo quería de otra manera.

─Pero lo quiero ─dijo en un susurro, tratando de reafirmarse en sus sentimientos hacia su marido.

En ese momento, su Smartphone sonó, sacándola de sus pensamientos.

─¿Didi? ¿Ocurre algo?

Oli, nada... es solo que... ¿dónde estás? ─la voz de Diana sonaba algo extraña, como si estuviera agobiada.

─En el coche, camino de casa... ¿ocurre algo?

No, es sólo que... Max ha ganado esta semana un juicio bastante importante, y vamos a salir a celebrarlo. ¿Podrías darte prisa? Tenemos reserva en una hora.

Olimpia sonrió y se despidió de Diana.

El restaurante del hotel había cambiado mucho desde que celebrase Diana su boda allí. Tanto la distribución como la decoración era ahora más minimalista y moderna que antaño, aunque eso no había hecho perder el encanto que llenaba aquel viejo edificio.

Max sonreía a Diana enseñando sus dientes blancos y alineados, mientras alzaba su copa brindando por haber conseguido ganar aquel juicio, que, a pesar de haberlo intentado dos veces, no había conseguido que le entendieran lo complejo y difícil que le había resultado. Roger jugueteaba con su nieto, que no dejaba de sonreír y mirar a su alrededor.

Tras los postres, una pequeña orquesta comenzó a tocar algo de música para los comensales que poco a poco comenzaron a levantarse y acercarse a la pequeña pista de baile, danzando abrazados y lentos en un vaivén acompasado. Entre ellos, Max y Diana bailaban mirándose embelesados.

Olimpia los observaba con los codos apoyados en la mesa. Sonrió nostálgica al recordar el día de su boda, un día en el que su hermana desprendía felicidad, belleza y elegancia. Algo que no había perdido desde entonces y que ella nunca había desprendido; y con ese pensamiento, su rostro se tornó serio y su ánimo taciturno. La mano de su padre le acarició el brazo, y con un movimiento de cejas le preguntaba en silencio. Olimpia le sonrió y le dio una palmadita en el dorso de la mano.

─Estoy bien papá... es sólo que todo ha cambiado y me está costando adaptarme.

Roger le sonrió triste, pero no respondió nada. Olimpia agradeció ese silencio. El día había sido sencillamente perfecto, y hablar demás lo estropearía. En ese momento, Max le agarraba una de sus manos para llevarla a bailar.

─¿Me acompañas? Me gustaría, bailar con mi cuñada.

Olimpia sonrió, contagiada por su felicidad y asintió mientras se levantaba y seguía a Max observándolo en silencio. Se había vestido con un traje de chaqueta gris perla y una preciosa camisa blanca, que contrastaba con sus ojos celeste claro. El rubio de su cabello y su tez blanca lo convertían en un hombre elegante y muy atractivo. Diana supo lo que hacía al elegirlo aquel día que sus vidas se cruzaron, se dijo Olimpia.

Max la agarró por la cintura y la acercó a él, sonriéndole cómplice.

─Travis me lo ha contado todo ─susurró a su oído pasado unos minutos. Olimpia tragó saliva en silencio, esperando que continuara─. Creo que es lo correcto. Pero debéis ir con cuidado.

─¿Con cuidado? No estamos haciendo nada malo, no estamos juntos, Max ─el rubio asintió de acuerdo con ella, sonrió de nuevo y miró de reojo a su esposa que estaba ahora sentada con su hijo en el regazo a medio camino del sueño─. ¿Me ha perdonado?

─Olimpia, Didi te quiere, pero...

Olimpia asintió, entendiendo lo que su cuñado trataba de decirle.

─La respuesta es no, ¿verdad? ─Max asintió con un suspiro─. Sé que nunca lo aceptó, pero era mi vida y mi decisión. Hice lo que creí correcto, igual que ahora hago lo que creo mejor para todos. No sé a dónde me va a llevar esto, ni cómo va a acabar, pero... termine como termine, sé que saldré perdiendo una parte de mí... y pierda la parte que pierda, no podré afrontarlo sin ella... ¿Qué puedo hacer?

Olimpia sentía una punzada en su corazón. Estar tan lejos de su hermana era algo que la mataba muy lentamente, y seguía sin saber cómo recuperarla. Miró a los ojos a Max, esperando encontrar allí una solución. Pero sólo encontró tristeza y desconsuelo.

─No lo sé, Olimpia. He tratado de hablar con ella muchas veces, de hacerla entrar en razón, pero... la verdad es que yo tampoco estaba de acuerdo con tu decisión. Pero te diré que... ahora mismo, Rachel es su punto de apoyo, y te va a resultar muy difícil recuperar a Diana si se entera de todo lo que está pasando con Travis.

Olimpia asintió, desviando la mirada. Aquel juego de mentiras y engaños se empezaba a hacer cada vez más grande, y sentía que terminaría tragándola sin remedio. Necesitaba volver a recuperar a Diana, no podía seguir adelante sin ella. Apoyó la cabeza en el pecho de Max, y se dejó llevar por el latido de su corazón un rato, tratando de olvidarse de todo.

─Cielito, Oli ─la voz de Didi la sacó de su ensoñación─ Noha está dormido y papá dice que puede ocuparse de él. ¿Qué os parece si nos vamos a tomar unas cervezas al Turqoise?

Olimpia se separó de Max y sonrió a su hermana. Tal vez sería buen momento para estar con ella y hablarle. Asintió con una sonrisa.

─Llamaré a Anne, tal vez quiera venir ─respondió.

─Es muy tarde, Oli. Además, así podemos estar la familia juntos ─le guiñó un ojo Max con una sonrisa traviesa, cuyo significado no pasó desapercibido para Olimpia.

La enorme Harley de Travis paró en el aparcamiento lentamente, justo antes de que su dueño colocara el pie de cabra y bajara de ella mirando a su alrededor. Aunque tenía por costumbre pasar de vez en cuando a tomar una cerveza con Max a aquel viejo antro, ahora reconvertido y mejorado. Aquella noche llegó con un pellizco en el estómago. Había pasado todo el día con Olimpia, solos en una ruta, paseando por Orlando y las playas, y esa noche, gracias de nuevo a su viejo amigo, podría volver a verla un rato más. Sabía que debía aprovechar esos momentos en los que podía tenerla para él sin miedo a ser descubiertos. Pues, aunque ninguno de los dos lo había dicho en alto, aquello era algo que debía permanecer oculto hasta que Olimpia se aclarase. Cualquier sospecha podía hacer que aquella pequeña relación que pendía de un hilo se tambalease y cayese.

Travis se mesó el cabello, tratando de colocar aquel mechón de su frente en su lugar. Se resignó al no conseguirlo. Se remangó la camisa negra hasta los codos y sacó un cigarro del paquete que tenía en el bolsillo trasero de su vaquero y lo encendió camino a la entrada del bar.

Divisó a Max y Diana que charlaban alegres y abrazados en la barra.

─¡Travis! ─lo llamó su amigo, mientras le dedicaba una sonrisa. El motero lo saludó con un apretón de manos como era costumbre entre ellos, y luego sonrió a Diana, que lo observaba con los ojos entornados─. Qué casualidad encontrarte aquí, ¿no crees cielito?

─Si, una casualidad... Travis ¿cómo está Rachel?

El motero tragó saliva, el tono que había usado Diana no le gustaba lo más mínimo, pues sabía que no era tonta y algo se olía.

─Está bien, en Atlanta. Ha ido a visitar a...

─A sus padres ─Diana le interrumpió y la intensidad de su mirada aumentó─. Lo sé, Travis. Rachel me lo cuenta todo.

─Vamos, tío ─dijo Max, agarrándolo del codo y arrastrándolo con él─. Echemos un billar tú y yo.

En ese momento, Olimpia salió del aseo. Paseó su mirada por el local y dio con su hermana sentada frente a la barra dándole un sorbo a su copa.

─¿Dónde está Max? ─preguntó mientras a la vez que se sentaba en un taburete junto a ella, alzaba una mano para llamar al camarero.

─Jugando al billar con Travis.

Olimpia asintió, tratando de parecer lo más serena posible. Sabía que tarde o temprano aparecería, pues su cuñado ya la había avisado antes de llegar. Pero no era él quien en ese momento le preocupaba, Olimpia tenía en mente otra cosa.

─Didi, ¿podemos hablar?

Su hermana asintió, girándose y mirándola a los ojos.

─Claro, dime, ¿ocurre algo?

Olimpia tragó saliva, siempre que trataba ese tema con su hermana terminaban discutiendo, pero esta vez necesitaba realmente dejar zanjado el tema.

─Escúchame, necesito que... ─suspiró tratando de armarse de valor─. Sé que me marché, y que...

Diana la agarró por los brazos, haciendo que Olimpia se callase. Sentía el llanto amenazar con invadir todo su cuerpo. Cada vez que pensaba en lo lejos que estaba de su hermana, sentía que el corazón se le desbocaba, las manos le temblaban y el cuerpo perdía la poca fuerza que podía tener. No concebía una vida sin el apoyo de su hermana, y había vivido los últimos años casi sin él. Al igual que otras veces en la vida de la pintora, sólo tenía una vida a medias, y con su hermana le pasaba igual. La tenía sólo a medias, cuando antes eran una para la otra.

─Escúchame, Oli. Te lo he dicho muchas veces, entiendo que te marcharas. Pero, lo que hiciste, aquello no voy a perdonártelo. Lo único que has conseguido con aquella decisión, ha sido destruirte y alejarte.

─No me he alejado, Didi. Estoy aquí. Te necesitaba entonces y te necesito ahora. Por favor...

Diana suspiró y se llevó una mano a la sien.

─Olimpia ─el tono de Diana era ahora serio y enfadado, la miraba con decepción e ira. Mil agujas al rojo vivo se clavaban en el corazón de Olimpia ante aquella mirada y lo que significaba─. Traté de ayudarte, de que entraras en razón y no me escuchaste. No soy idiota, y aunque no me lo digas, sé por qué estás aquí. Tú sola te pusiste entre la espada y pared; y ahora, tú sola tendrás que salir de ahí. Ya no puedo ayudarte... así que no vuelvas a sacar este tema. ¿Entendido?

Olimpia dejó caer los hombros, y asintió en silencio mirando al suelo, sintiendo cómo las lágrimas caían solas casi por el efecto de la gravedad. Tras unos instantes, el cuerpo cálido de Diana la abrazaba. Su corazón se levantó un poco con aquella muestra de ternura, en cierta forma sentía que Diana tenía razón. La había decepcionado con aquella decisión. Ella misma se había atado al cuello una enorme piedra y se había tirado al río el día que la tomó. Pero ya era muy tarde, y sabía que no podía volver atrás y cambiarlo.

─Didi ─gimoteó─. Estoy perdida, Didi.

─Lo sé ─susurró Diana a su oído─. Pero tomaste una decisión, y ahora debes vivir con ella. Sólo te pido Olimpia, que te olvides de todo, vuelvas a Londres, y no te hagas más daño del que ya te has hecho a ti misma. 

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