A las nueve, Travis aparcó el coche en la acera que daba a la casa de la pareja que los habían invitado a cenar. El motero miró la casa que ahora estaba tan cambiada. Suspiró, y salió del coche para acceder al jardín delantero. Las luces de la casa estaban encendidas, tanto en la planta baja como en la alta.
Rachel se adelantó a él, y llamó al timbre. Tras unos segundos, en los que Travis se colocó a su espalda, La puerta se abrió, dando paso a los ojos verdes de Olimpia. Su corazón se paró al verla de nuevo, su pelo suelto y ondulado caía sobre su pecho, sus ojos elegantemente maquillados, resaltaba el verde de su iris, y el rojo de sus labios los hacían más apetitosos. Tragó saliva y trató de recomponerse.
─Hola, hemos traído vino ─Rachel le saludó, regalándole a la mujer dos besos en las mejillas, para luego entrar sin esperar a que le invitaran. Travis la taladró con la mirada por su falta de educación, aunque aquello le dejó unos segundos para recrearse un poco más en Olimpia. La miró de arriba a abajo, llevaba un precioso vestido negro de punto ceñido y tirantes que dejaba a la vista un escote perfecto y sus brazos tatuados, sus caderas voluminosas se marcaban también y al bajar más la vista, Travis pudo ver que el vestido tenía una apertura lateral que empezaba un poco por encima de la rodilla derecha de la mujer, dejando a la vista su pierna tatuada. Suspiró embobado.
─Pasa, por favor.
Travis la siguió hasta el jardín trasero, sin dejar de mirar el contoneo de sus caderas. Pero antes de llegar a la puerta de la cocina que daba al jardín, una mano fuerte le apresó el hombro, deteniéndolo. Se giró y sus ojos azules se cruzaron con los de Max, que lo miraban serio.
─Tengo que hablar contigo antes de que salgas al jardín.
─¿Qué ocurre? ─la urgencia y seriedad con que su viejo amigo le hablaba lo alertaron. Algo había pasado o estaba a punto de pasar y no tenía buena pinta. De repente, Travis repasó todos y cada uno de sus movimientos desde el sábado por la noche, esperando que no fuera nada relacionado con Olimpia.
─Aquí no, vamos arriba.
Cuando Max se giró, y Travis hizo lo mismo para seguirle, la voz de Diana los paró en seco.
─Max, Travis, vamos salid ya, os estamos esperando para empezar a cenar.
Max se giró y lo miró serio, saliendo tras de su esposa. Lo que su amigo tenía que decirle, debía esperar al menos hasta que pudieran levantarse de la mesa, seguramente en los postres.
Al acceder al jardín, Travis echó un ojo, la mesa estaba puesta en el centro, con una mantelería elegante, todo estaba preparado, tal y como había dicho Diana, les estaban esperando. Repasó a todos y cada uno de los comensales, Roger presidía la mesa, a su derecha estaba Diana con Noha en los brazos, Max se acercaba para sentarse a su lado; a la izquierda del patriarca de la familia, la mujer que le había abierto la puerta, y a su lado, hablando animadamente con Rachel estaba él. El hombre que le había destrozado la vida y le había robado el amor de Olimpia. Nathan.
Travis sintió como toda la sangre que corría por sus venas comenzaba a hervir, su corazón se aceleraba y lo único que deseaba era darle una paliza a Nathan gritándole a la cara cuánto daño le había hecho a él y a Olimpia. Tragó saliva y trató de recomponerse, sentándose al lado de Max, justo en frente de Rachel.
─Travis, este es... ─Rachel le sonreía dulce tratando de presentarle a aquel hombre.
─Nathan. Sí, Rachel, ya nos conocemos ─había tratado de sonar indiferente, pero por la mirada que le dedicó Olimpia y Max, no parecía haberlo conseguido.
─Bueno, vamos a comer ─animó Diana, seguramente para tratar de relajar el ambiente que comenzaba a tensarse entre ambos hombres.
Durante la cena, Olimpia había estado rehuyendo a sus miradas, centrándose constantemente en su marido. Por un lado, Travis pensó que era lo mejor, disimular y esperar a hablar los dos solos, pero, por otro lado, aquello sólo hacía que un pellizco de celos lo carcomiera desde el estómago. Y más se acentuaba, cuando Nathan correspondía a todas las atenciones de Olimpia acariciándola, apartándole el pelo, besándola suavemente sobre su frente, o simplemente diciendo cuan hermosa estaba. Aunque, en aquello último, Travis no podía estar más de acuerdo con el inglés.
Tras terminar de cenar, Roger se ausentó disculpándose y volviendo a su habitación, llevándose consigo a su nieto. Era tarde, el pequeño estaba cansado y Roger debía salir a trabajar muy temprano. De forma que se quedaron las tres parejas solas, en la oscuridad y el frescor del verano. Sólo unas pequeñas luces en el suelo iluminaban el jardín, acompañadas de algunas luciérnagas más al fondo.
─Y dinos Nathan ─Rachel le sonreía dulce─ ¿Te quedarás mucho en Waycross?
─La verdad es que no, Rachel. Mañana mismo vuelo de nuevo a Londres.
─¿Sólo has venido para tres días? ─la mujer lo miraba sorprendida, y Travis puso especial atención a la respuesta de él. Saber que se marcharía al día siguiente lo relajó.
─Sí, he venido porque Olimpia me llamó y... ─Nathan lo miró directamente a los ojos y calló durante unos instantes─ En fin, estaba preocupado y la extrañaba.
─Eso dice mucho de ti, eres un buen marido ─Rachel puso especial énfasis en esa última palabra, además de mirarlo de reojo. Sabía que esa era una de sus indirectas, pues aun conservaba la esperanza de que él cambiase. Pero lamentablemente para Rachel, no pensaba hacerlo. No la quería, y aunque en un pasado lo había intentado, en ese momento era la última cosa que estaba dispuesto a hacer.
Tras más conversación aburrida, algunas copas y cigarros, Rachel, Diana y Olimpia se levantaron para ir recogiendo la mesa, junto con Max. Sin embargo, Nathan se quedó allí, parado, observándolo en silencio. Ambos se estaban midiendo las fuerzas de nuevo. Un asentimiento leve en la cabeza del inglés le indicaba que deseaba hablar con él. Se levantaron y se alejaron para no ser oídos.
─Nathan.
─Travis, ha pasado mucho tiempo ─el motero sacó un cigarrillo y comenzó a encenderlo, mientras el otro hablaba─. Pero no soy idiota. He visto cómo la miras y permitirle venir aquí ha sido la estupidez más grande que he hecho.
─Olimpia es libre, Nathan. ¿Es que no te fías de su amor por ti? ─Travis sabía que estaba entrando en terreno peligroso con aquella pregunta. El inglés se acercó a él, su mirada color miel era ahora oscura y estaba cargada de ira y odio hacia él.
─De quien no me fío es de ti, Travis. No puedo prohibirle que venga a Estados Unidos a ver a su familia, pero... ten mucho cuidado.
Travis se quitó el cigarro de la boca y se encaró a Nathan, acercándose a él. Era ligeramente más bajo, pero aun así su musculatura y el odio que se reflejaba en su rostro eran intimidantes.
─¿Me estás amenazando?
─Te estoy advirtiendo, Travis. No te acerques a mi mujer.
Pasaron unos segundos, en los que Nathan lo retaba con la mirada, para luego dar paso a una sonrisa torcida.
─¡Travis, Nathan! Vamos entrad, nos tomaremos la última copa.
Diana los llamaba desde el umbral de la cocina, y con un movimiento de su mano los apremió a moverse, rompiendo así el ambiente cargado que los rodeaba.
Ya en la cocina, Diana había preparado unas cuantas copas de cristal que estaban llenas de lo que suponía era champán. Cogió la suya, y se colocó cerca de Max, pues esperaba que pudieran hablar a solas. Aunque no creía que hubiera nada que decir, seguramente su amigo querría advertirle que Nathan estaba allí.
Todos levantaron sus copas al aire, y fue Didi, quien al lado de su hermana y sonriéndole dulce hizo el brindis.
─Hace años, te marchaste de casa para hacer realidad un sueño. Y ese sueño se ha cumplido con creces, Oli. Eres una de las mejores y más reconocidas pintoras. Has recorrido el mundo, junto a Nathan, aquí presente ─Diana miró a su cuñado, que rápidamente abrazó a Olimpia regalándole un beso en la frente─. Y hoy, después de cinco largos años, por primera vez, está la familia reunida de nuevo. Espero que no tengan que pasar otros cinco años ─Diana sonrió─. Por la familia, que siempre permanezca unida.
Todos levantaron las copas y brindaron al unísono. Travis buscó con la mirada a Max, quien le hizo un ademán para que lo siguiera, hasta el garaje.
Una vez entraron en la soledad de aquella estancia, y cerciorándose Max que la puerta estaba cerrada, se dirigió a él.
─Tío, lo siento. Quise avisarte que estaba aquí, pero...
─No te preocupes ─Max se cruzó de brazos y levantó una ceja.
─¿De qué hablabais?
Travis desvió la mirada, y negó con la cabeza.
─De nada que deba preocuparte.
Max lo frenó, agarrándolo fuerte por el codo, y obligándolo a mirarlo a los ojos.
─Travis, a mí no tienes que mentirme. Lo sé... ─el motero lo miró dubitativo, no estaba seguro a qué se refería─. Olimpia... escúchame, yo estoy de tu parte ¿vale? Pero te conozco desde hace años y tienes que tomarte esto con mucha calma.
─¿Qué quieres decir? ─Max suspiró ante la mirada perpleja que Travis le regalaba.
─Travis, ambos sabemos que te mueves por impulsos, y que muchas veces no piensas las cosas. Como la escapadita que tuviste antes de casarte ─Travis asintió, Max tenía razón, aquello había sido un impulso errado que casi le costó su matrimonio, aunque cuanto más lo pensaba más arrepentido estaba de haber vuelto─. Ahora mismo, Olimpia está hecha un lío, y aunque te duela, amigo mío, ese soplapollas que duerme con ella es su marido y está aquí. Además de que también está Rachel.
─Max, no creo que nos estemos entiendo.
Max bufó y puso los ojos en blanco. Pero, la verdad era que Travis no lo comprendía. No entendía a dónde quería llegar con ese sermón.
─Travis, joder, tienes que volver a conquistarla, pero lentamente, poco a poco y sin que nadie lo sepa. Olimpia no dejará a Nathan sólo porque le prometas que estaréis juntos. Ha pasado mucho tiempo y ella lo quiere, él ha estado con ella mucho más tiempo del que has estado tú. Ahora mismo, un movimiento en falso volverá a lanzarla a los brazos de ese imbécil.
─¿Me estás diciendo que engañe a mi mujer con Olimpia? Max, no quiero a Rachel, lo sabes de sobra. Las cosas serían más fáciles si la dejara ahora.
─¿Crees que si la dejas ahora, con el lío que tiene Olimpia en la cabeza, Nathan se quedará en Londres de brazos cruzados? No, Travis. Si dejas a Rachel, lo primero que hará Nathan es volver y llevarse a Olimpia con él. No se quedará en su museo, mirando un cuadro sabiendo que tú estás aquí tratando de conquistarla de nuevo.
Travis se quedó pensando unos instantes, Max tenía razón, aquello era más complejo y difícil de lo que parecía a simple vista. Aunque él no quisiera a Rachel y sabía que podía dejarla sin pestañear, no había pensado, que tal vez Olimpia no lo tenía tan sencillo como él. Tal vez esos cinco años de matrimonio para ella no habían sido los peores años de su vida. Sabía que ella lo amaba porque se lo había dicho, pero verla en los brazos de Nathan, le hacía sospechar que tal vez, no las tuviera todas consigo.
─Tienes razón, debo hacer las cosas con calma.
Max asintió y le sonrió mientras le daba un par de palmaditas en la espalda.
─No te preocupes, tío. Te ayudaré.
Travis lo miró extrañado, había algo que se le escapaba.
─Max, hay algo que no comprendo...tú me presentantes a Rachel, y me animaste a salir con ella... ¿qué ha pasado para que ahora desees que vuelva con Olimpia?
Travis vio como la mirada de su amigo cambiaba y se tornaba seria y oscura.
─Eres el hermano que nunca tuve, Travis. Y presentarte a Rachel ha sido la equivocación más grande que cometido en mi vida. Quiero verte feliz y sé que sólo lo serás con Olimpia.
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