Jeong Yeji fue la primera en enterarse de que iba a estar embarazada de Jinsol. Fue la primera en verle darle sus primeros pasos, en verle aprender a leer, a montar en bicicleta, en cómo multiplicar y dividir. Yeji era la primera en bañarle, en aconsejarle sobre el amor, en verle enamorada... Antes que nadie, vio a su hija besar, sonreír y sonrojarse por la misma persona. Fue la primera en abrazarle cuando Jinsol le contó sobre las relaciones sexuales que tuvo con su pareja. Estaba allí para su hija, siempre estuvo allí.
Ahora, se convirtió en la primera en verle llorar a mares, completando así la vida de una madre. No iba a ser madre si no veía a su hija llorar, reír, enfadarse, deprimirse... Aún recordaba el día en el que tiró a la basura todo su esfuerzo por hacerle sonreír.
Fue un sábado por la tarde cuando su hija, a sus dieciocho años, recibió un correo electrónico. Era Cambridge, Jinsol fue aceptada en la universidad londinense. Celebraron como locas, teniendo a Hyunjin con ellas. Luego, Jungeun tuvo que enterarse por las malas. No sabía de quién había heredado ese mal carácter, y no recordó peor día que aquel domingo, al día siguiente. Habían gritos de por medio, jarrones y cuadros rotos y tirados por los pasillos.
Jinsol había roto con Jungeun.
Habían roto porque Jungeun no se merecía a una persona como Jinsol. Habían roto porque más de siete horas les separaban y confiaba la pelinegra en que un amor a distancia nunca salía bien. Pero prometió que le devolvería el tiempo perdido una vez terminara de estudiar.
Jungeun nunca supo el por qué Jinsol no le habló de su decisión meses atrás. Con el corazón roto y un negocio que mantener, rompió todo lo que vio por la ira y se fue en su Hyosung. Jinsol lloró a mares aquel día, y el resto de las horas que le quedaban en Seúl.
Tenía que estar en Londres el lunes, y su partida fue lo más doloroso que Yeji pudo ver. Prometió a sus padres llamarles todos los días, y fue la decisión más precipitada que los Jeong pudieron tomar. Dejaron que su pequeña se fuera, bajo las lágrimas de esta. Jinsol estaba a punto de echarse a atrás cuando al fondo vio a Jungeun con una decepción en su rostro.
En sus labios pudo distinguir un "vete, te amo" salir de estos. Su corazón se estrujó repentinamente, sintiendo que el aire le faltaba. Respondiéndole que le amaba también, se dirigió hacia el pasillo que conectaba su avión con la zona de embarque. No quiso mirar hacia atrás, ya estaba hecho...
Sus primeras semanas fueron un infierno. No estaba lista para estudiar en Cambridge... Se sentía la más tonta de su curso, sabiendo luego que eso no era verdad. Pudo adaptarse bien al conocer a otro grupo de surcoreanos, haciéndose amiga de ellos fácilmente. Estaba en el cielo, amaba Londres, amba ese ambiente con olor a lluvia recién.
Cada mañana llamaba a sus padres para preguntarles cómo estaban, recibiendo risas y gracietas por parte de ellos. Pero moría por hablar con Jungeun también. Gracias a su madre, pudo saber que su ex novia se había mudado a otro sitio nada más se fue. Yeji le dijo que no habían hablado con ella durante dos meses. Estaban preocupados por Jungeun, aunque se aliviaban por verle trabajando en el restaurante.
Durante muchas noches estuvo marcando el teléfono de Jungeun, recibiendo mensajes de ella diciéndole que estaba ocupada. Lloró por lo que hizo, porque dejó al amor de su vida en el sitio que más quería. Se arrepentía tanto de estar en Londres, que la decisión ya estaba tomada. No podía creer, a estas alturas de curso, que nunca le consultó a Jungeun sobre su ida. Sabía que iban a pasar muchísimos años antes de que volviera, y para ese entonces, ya sería demasiado tarde.
Jinsol llóro día y noche por semanas al imaginarse a Jungeun pasar el resto de su vida con otra persona que no fuera ella. Le ardía como la mierda, no obstante no iba a cometer otro error. Quería con muchas ganas volver, dejar Cambridge e irse con ella al campo a vivir. Estaba hartamente enamorada de ella.
Fue una noche, cuatro años más tarde, cuando en su teléfono móvil no aparecía ningún contacto ni ninguna aplicación. Se desesperó por muchas horas, yendo a varias tiendas de reparación para que le arreglasen el problema. Vagó por muchas calles londinenses, acabando en los baños de Harrods llorando a pulmón pleno. No tenía cómo llamar a sus padres y estaba echa una mierda. No tenía dinero para comprarse uno nuevo, y aún le quedaban ahorros solamente para pagarse su doble titulación.
Se le denegaron varias becas financieras, así como tuvo que meterse a trabajar en dos sitios distinos para comprarse el dichoso teléfono. Por suerte, meses más tarde obtuvo un nuevo móvil, transferiendo sus datos gracias a su correo electrónico. Suspiró aliviada al encontrar los números de sus padres y más de mil llamadas de estos. Otros cinco mil mensajes de sus amigos y familiares, pero ninguno de Jungeun. Estaba al borde del llanto, y sólo pudo llorar y esperar a que todo esto acabase.
Otros estudios más, muchas horas dedicadas a su carrera y en ser la mejor de su facultad, fue entonces como cuatro años más tarde, y con mucho esfuerzo y dinero de por medio, fundó su primera empresa. Era una empresa de importación y exportación de artículos de moda. Sus primeros dos años no tuvo muchas ganancias, haciendo que se pusiera en riesgo "Jeong & Run". No obstante, comenzó a llamar la atención de los jóvenes por las promociones que hacía en redes sociales. Siendo una de las empresas más demandadas de la moda juvenil, su vida comenzó a mejorar cuando ganaba millones con sus ventas.
Tanto que hasta colaboró con marcas como Yves Saint Laurent, Graff, Ralph Lauren y muchos más. Estaba en la cima como la empresa exportadora más fiable del mundo. Eso le dio la oportunidad de abandonar Londres y centrarse en Corea del Sur, donde quería quedarse para siempre. Con su patrimonio podría comprar diez grandes yates.
Fue recibida por sus padres un viernes por la mañana, donde lo único que pudieron saber era que su hija había triunfado con su mérito. Pero, la pelinegra había venido con un único objetivo; acabar lo que empezó con Kim Jungeun.
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