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Una Víspera de Navidad

Una Víspera de Navidad

Podía escuchar los fuertes ronquidos del infeliz provenientes de la habitación del lado. Yo aún me encontraba llorando, pero no podía secarme las lágrimas. Mis ojos estaban tan hinchados por los golpes que él me había dado que no me los podía tocar. Sólo podía gemir y cuando gemía me quejaba. Cuando me quejaba entre sollozos me dolía tanto porque mis labios estaban rotos... así que me era muy doloroso abrir la boca... y cuando el salitre húmedo de mis lágrimas rozaba mis heridas, el ardor punzante me hacía llorar más.

Yo estaba sentada encogida en el suelo drenando de mi cuerpo un mar de lágrimas, purgando mi alma abatida por mi triste situación. Con el lado de mi cara que menos lastimado estaba recostado sobre mis rodillas contemplaba con los ojos entreabiertos a mi pequeño Jeremías. Mi angelito dormía profundamente en su cama, totalmente ajeno a lo que había acontecido hacía ya un par de horas. Su padre, mi marido me había dado una golpiza luego de llegar totalmente ebrio.

'¡Oh, Dios mío! ¿Pero habrá un Dios allá arriba? ¿Cómo puede El estar mirándome desde su trono sin mover un solo dedo? Hoy es la víspera de Navidad y yo estoy aquí tirada en el suelo sufriendo... ¿No debería ser una época de alegría y de amor? ¿Por qué a mí?', me preguntaba a mí misma, mientras mi pecho ardía entre una mezcla del dolor como consecuencia de los puños y patadas que había recibido por parte del bastardo de mi esposo y la congoja que oprimía mi alma.

Me encontraba mirando el estucado en el techo como si pudiese encontrar entre las formas dispersas alguna explicación coherente o la solución a mi problema. Volví a observar a mi Jeremías. Él era tan pequeño e inocente. Mi hijo se merecía una vida mejor que la que tenía. ¡Ambos merecíamos tener una vida mejor! —Si alguna vez llegase a ponerle un dedo encima—, pensaba y de mi pecho salía un gruñido ante la posibilidad de que en algún momento este maltrato bestial se extendiera hasta el frágil cuerpecito de mi hijo. Se proyectaba la escena como una película de terror en mi cabeza. '¡No! ¡Eso yo no lo iba a permitir jamás!'

Sentía que ya había llegado el momento de romper con aquel círculo de maltrato y conformidad ante el mismo. Necesitaba escapar de la condena y la tortura a la cual estaba yo sometida. —¡Hasta esta noche llegó esto! ¡Ya no más!— me convencía en mi soliloquio de desesperación que ya yo no iba a aguantar más aquella situación que me tenía hundida en un sufrimiento diario desde hacía dos años, justo después de dar a luz a mi Jeremías. Desde ese momento había comenzado mi pesadilla.

Me puse de pie y en silencio me dirigí a mi cuarto donde dormía profundamente mi esposo. Me exasperaba el escucharlo roncar tan relajadamente, mientras yo no podía dormir... Busqué caminando en puntillas una pequeña maleta en el armario, saqué varias piezas de ropa y reparé todo lo que pude para mí y para el pequeño Jeremías. Puse cuidadosamente los regalos que había comprado para mi hijo sobre la poca ropa que logré sacar de mi habitación asegurándome de no despertar a la bestia de mi marido. Entonces tomé en mis brazos a mi bebé Jeremías y salí de la casa en puntillas, no sin antes apagar el árbol de Navidad para luego salir por la puerta de la sala.

Conducía en círculos por toda ciudad en aquella víspera de Navidad. Mi Jeremías dormía tranquilamente en el asiento protector del auto. Afuera comenzaba a nevar. Los blancos copos de nieve caían suavemente sobre el parabrisas del auto. La ciudad lucía galante y colorida. Los adornos de Navidad y las luces de colores le daban a las calles y a los edificios un aspecto tan festivo en aquella noche oscura... bueno, oscura para mí.

Y aunque yo no encontraba la luz al final del camino, la ciudad se veía tan bonita y alegre. Las tiendas en los centros comerciales aún estaban abiertas y las familias caminaban cargando los regalos recién comprados o los víveres para confeccionar las deliciosas cenas que habrían de disfrutar juntos al siguiente día... El día de Navidad.

Entonces lloré de nuevo al pensar en mi familia: mi padre y mi madre. Ellos estaban tan lejos en otro país. Me sentía tan sola y desamparada... Mi Jeremías y yo estábamos solos en aquella víspera de Navidad.

—Oh, Dios... ¿Pero, qué voy a hacer ahora? No tengo ningún lugar a donde ir—, discutía conmigo mismo al pensar en regresar a casa junto a mi esposo. Pero el pensamiento era para darme bofetadas yo misma. Mis ideas iban en diferentes direcciones, pero yo seguía conduciendo. 'Tengo que encontrar un lugar para quedarme... tal vez un motel', pensaba.

Y me encontraba yo tan inmersa en mis pensamientos que no me di cuenta que el semáforo había cambiado a rojo. Se escuchó el chillido estridente de los frenos de mi vehículo. Pisé los frenos con tanta fuerza al darme cuenta que frente a mi iba cruzando un transeúnte.

—¡Ay mi Cristo! ¡Yo creo que lo atropellé!—, grité desesperada dentro del auto.

Antes de bajarme, miré al asiento de atrás para ver que mi pequeño estaba bien en su asiento protector y aún dormía. Qué bien que él tenía un sueño profundo, porque yo era un manojo de nervios. Podía ver sólo la cabeza del sujeto moverse frente al auto.

Temblando me bajé del carro temiendo lo peor... Al caminar hacia la parte frontal del vehículo pude ver al hombre arrodillado en el suelo y recogiendo unas tablas de madera. Mi cuerpo se relajó un poco al darme cuenta que el sujeto estaba con vida.

—¿Se encuentra bien, señor? De verdad lo siento mucho. Estoy tan apenada. Es que me encontraba muy distraída—, me disculpaba yo con el caballero.

El hombre se volteó y me dirigió una mirada que reflejaba justo lo que mi rostro presentaba... compasión... Caminó un poco hacia mí con sus maderas en brazos y me hablaba dulcemente, —Yo estoy bien. No se preocupe usted por mí... Creo que usted está... bueno... su situación amerita más atención que la mía. Lo mío fue sólo un susto. Permítame que sea yo quien le pregunte, ¿está usted bien?—, el caballero ahora me brindaba una sonrisa, tan angelical que hizo que mis nervios desapareciera y mi cuerpo se relajaba un poco. El aura que irradiaba el sujeto era de total paz.

Yo observaba al hombre fijamente. El tendría algunos cuarenta años, era delgado y apuesto. Parecía extranjero, tal vez árabe o judío. Con todo lo acontecido y mis nervios me había olvidado de mi propia situación. Yo tenía moretones por todos lados y mi rostro lucía de igual modo manchas purpureas y los labios rotos a consecuencia de la golpiza. Aquel hombre me miraba con una expresión de piedad y simpatía tan genuina en su rostro, que se me hizo un nudo en la garganta.

—Yo estoy bien. ¿Lo dice por mi cara? No... es que me... acabo de tener un accidente en mi casa y me caí de...—, comenzaba a darle a aquel desconocido la misma excusa le decía a todos cada vez que mi marido me golpeaba cuando se emborrachaba, pero el sujeto me interrumpió.

—Usted no tiene que decirme nada. Todo está bien. Ahora, si me disculpa señora, tengo que irme. Mi casa está lejos y la carga es pesada. Que tenga usted buenas noches y una feliz Navidad—, el caballero se dio la vuelta y empezó a caminar llevando sus maderas debajo de su brazo. Yo apresuradamente caminé hacia él y alcanzándolo a tocar en el hombro le pregunté.

—Disculpe señor, ¿puedo llevarlo a casa?... es lo menos que puedo hacer después de que casi lo atropello... además está nevando y hace mucho frío—, le decía al hombre mientras en el fondo se escuchaban las bocinas de los autos que esperaban detrás del mío que aún estaba en medio de la intersección.

El hombre se volvió hacia mí con una expresión de total resignación mientras miraba a su carga pesada asegurada por sus brazos y me contestaba.

—Está bien, acepto. El camino es largo y esta nevada sólo va a retrasarme. Gracias joven—, me contestó el hombre.

Rapidamente lo ayudé a colocar sus maderas en el baúl del auto y nos subimos en el.

Mientras conducía, el hombre conversaba abiertamente. Me dijo que su esposa, llamada María había dado a luz a un niño temprano ese día. Sorprendentemente ella ya estaba en casa recuperándose con la cría. Él estaba tan feliz porque era su primer hijo. Me comentó que trabajaba como carpintero y vivía en las afueras de la ciudad en una cabaña. Su nombre era José y sí, era de Israel.

Yo sinceramente dudaba que el hombre pudiera llegar a su casa en poco tiempo. El trayecto le tomaría varias horas a pie y cargando con tan pesados maderos. Así que me sentí feliz con migo misma. En medio de mi tormento y mi tristeza... y el dolor que sentía, estaba yo realizando una buena obra. Finalmente, después de media hora de conducir llegamos a la casa del hombre. Era una humilde casa de campo en medio de un pequeño terreno en las afueras de la ciudad.

Al detenernos ya frente a la casa de José se dirigió a mí antes de salir del auto, —¿Quieres pasar? Supongo que no vas a regresar al lugar de donde venías.

Me di cuenta que en realidad el tenía razón, yo no iba a regresar a mi casa... y en realidad no tenía donde ir con mi pequeño Jeremías. Así que acepté y tomé a mi pequeño hijo en brazos y me dirigía hacia la casa de José, siguiéndole. Caminamos por la acera pedregosa que llegaba cruzaba el patio hasta llegar a la puerta de la cabaña. Ya había dejado de nevar y el cielo era iluminado por la Estrella del Norte que se colocaba justo sobre casa de José y María

Recostados frente a la cabaña habían varios animales de granja descansando: un buey, una mula, y un par de ovejas. Una serie de animales guardianes poco convencionales que permanecían inmóviles al vernos pasar junto a ellos.

José abría la puerta y pude ver a una hermosa joven sentada en el suelo en medio de la modesta sala. En sus brazos arrullaba a un hermoso bebé recién nacido con su dulce canto. La casa era muy humilde, pero perfectamente limpia y ordenada... Olía a rosas y miel. José me ayudaba con Jeremías y lo recostaba en el único sofá que había en la sala, mientras me presentaba a su esposa.

—María, estos son Judith y Jeremías. Ellos se van pasar la noche aquí.

María se puso de pie y nos acogió cálidamente. Yo contemplaba al hermoso niño en sus brazos, parecía un ángel. Irradiaba un brillo etéreo, casi celestial. José continuó hablando, esta vez dirigiéndose a mí. —Judith, ésta es María, mi amada esposa y nuestro primer hijo, Jesús.

—Es para mí un placer, María. Su bebé es tan adorable. Que Dios lo bendiga.

En verdad que era el bebé más hermoso que había visto.

Un poco más tarde, María nos preparaba un chocolate caliente y comíamos galletitas en la sala. Luego se retiró a descansar y a dormir a su bebé. Yo estaba acunada en el sofá con mi bebé casi soñolienta mientras José trabajaba cerca preparando lo que parecía ser una cuna. Me pude dar cuenta que era gente muy pobre. Tal vez ellos no tenían nada más que comer ni espacio para compartir, sin embargo, nos habían recibido a mí y a mi pequeño Jeremías tan amablemente.

Recordé que en mi bolso tenía suficiente efectivo para pasar la noche fuera de mi casa. Ya no tenía que utilizarlo, así que tuve una mejor idea. Tomé el dinero de mi bolso y se lo ofrecí a José.

—Por favor tómelos José. Es una muestra de agradecimiento por su amabilidad. Ya yo no los tengo que usar esta noche. Los iba utilizar para pagar un hospedaje... así que aquí los tiene. Por favor, tome el dinero—, extendí mi mano y se los coloqué en la mano a José quien los tomó apenado.

—Gracias, Judith. Dios te bendecirá por esto que has hecho. El que es generoso con los pobres presta al Señor, y él le dará el pago de su acto—, José me dijo. Después de eso, el hombre recogió sus herramientas y nos deseó buenas noches—. Que duermas bien, Judith. El día de mañana, de cierto te digo, que será un nuevo y brillante día para tu familia.

Los rayos del sol se colaban juguetones a través de los cristales de las ventanas de la habitación. Al abrir los ojos los ojo, mi vista se ajustó para ver que estaba en mi habitación... en mi casa... en mi propia cama. Me levanté en seguida. Me estrujaba los ojos con total incredulidad. ¿Cómo había llegado yo a mi casa. Me pellizqué mi cara... sorprendentemente ya no me dolía... Corrí a mirarme en el espejo y no había ojos negros o hinchados... ni moretones en mi cuerpo... Me sentía bien, como si nada hubiera pasado el día anterior.

—¿Pero...qué?— Yo estaba tan asombrada. No podía entender lo que había pasado.

—¡Mami, mami... es Navidad!—, mi pequeño Jeremías entró en mi habitación, me tomó la mano y me llevó consigo a la sala de estar muy entusiasmado.

Mis ojos no podían creer lo que veían. El árbol de Navidad estaba iluminado y lleno de regalos. Mi esposo me sonreía desde la cocina preparando el desayuno. Jeremías se sentaba en la mesa, esperando que su padre le sirviera. Yo permanecía parada, estática mirando con asombro lo que estaba pasando...

Con una gran sonrisa, mi esposo salía de la cocina y sirvió la mesa. Luego me abrazó y me besó con ternura... una ternura que ya creía olvidada en lo profundo de un baúl donde lo que habían eran dolorosos recuerdos. Mientras me llevaba de la mano hasta la mesa del comedor me hablaba.

—Feliz Navidad, mi amor... Hoy es un nuevo y brillante día para nosotros.

Luego de desayunar, nos sentamos en la sala y abrimos los regalos... Fue una hermosa y brillante Navidad para mi familia.

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