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CAPÍTULO V

 

Al final del pueblo de Encanto, lejos de sus calles, bajo la constante lluvia, un pequeño deja una foto de un inusual amigo, un dibujo de un jaguar junto a una lápida de piedra con el nombre de Mirabel escrito. Acompañado por un tucán que se posa sobre otra tumba desgastada casi consumida por la naturaleza, los aldeanos que pasan los ven a lo lejos para seguir mirando al frente ignorando el quebradizo llanto del pequeño, todos cubriendo sus cabezas con sombrillas y en sus propios asuntos.

Hasta que una sombrilla le cubre la cabeza al pequeño —Hay que ir a casa— el pequeño seca sus lágrimas y mira sobre su hombro— Si abuela— ambos se encaminan entre las calles agrietadas hasta la entrada de un hogar que está perdiendo su color, la matriarca se queda de pie mirando su hogar bajo flores marchitas, presiona con fuerza sus manos frunciendo el ceño —¿Cómo permití que esto pasara? —pensaba frustrada, sin saber que hacer para reparar su hogar.

Al entrar divisó un completo silencio, al ver al pequeño que subía las escaleras cabizbajo, para escuchar el crujir de la madera al tiempo que se desprende el aplanado de las paredes. Un cuadro cae de la pared en la planta alta,llamando su atención para subir las escaleras hasta la pared donde están las fotografías de su familia al recibir sus puertas siendo tan pequeños. Se agachó para recoger el que está en el suelo solo para ver que es el de su hijo Bruno, limpio el vidrio quebrado por la caída, para mirar las demás fotografías y darse cuenta de algo que le partió el alma. Aquella fotografía que se encuentra entre sus manos, es la única que tiene de su hijo, empezó a revisar cada fotografía en el que la familia está junta, solo para ver que no está en ninguna, y no solo él —¿Mirabel? — llamó su nombre al notar que ella tampoco está, ni si quiera en el cumpleaños de Antonio, en realidad no tenía ninguna foto de su nieta. Rompió en llanto, colocando su mano en su boca tratando de ahogar no sólo la culpa si no las lágrimas que empiezan a desbordarse, al sostener con fuerza la única foto de su hijo —¿Abuela? — al levantar la cabeza sintió una mano en su espalda para ver a Dolores a su lado, ella se levantó secando las lágrimas de forma rápida y discreta, sin embargo al mirarla pudo ver en su expresión qué era inútil esconderse —No pasa nada abuela—.

A la hora de la comida se encontraban en silencio, con panes quemados, y platillos irreconocibles a la vista, como ya había sido costumbre, los presentes miraban extrañados la mesa, nadie tenía palabras que decir —Lo sentimos fue lo mejor que pudimos hacer — mencionó Camilo, al ver que Dolores se encogía al asentir y Luisa escondía sus manos quemadas. La mujer busco con la mirada a su hija Julieta para ver que no solo faltaba ella, si no también Isabela y Agustín. Alma ya no lo soportaba más, ese momento en que miraba a su familia, ya no eran ellos mismos, se estaban desmoronando al igual que casita y esto no podía seguir así, y se levantó golpeando la mesa —¡Es suficiente! — llamando la atención de todos —Esto no puede seguir, Mirabel se fue, pero nosotros seguimos aquí— sabía que sería duro lo que vendría, pero debía de mantener de pie a su familia —¡Pepa contrólate de una vez, las semanas de tormenta han causado muchos destrozos. Sin mencionar que ambos tienen 3 hijos de quienes encargarse! — tanto Félix como Pepa tomados de la mano se miraron uno al otro —¡Y cada uno de nosotros tiene un deber con el Encanto. La familia debe de prevalecer y levantarse! — paso a mirar a sus nietos a cada uno de ellos, posando su dura mirada en Luisa —Ya veremos que hacer— quien al escuchar esas palabra cerró sus ojos y se encogió en su lugar ante las tristes miradas de los demás —Por ahora lo mejor será que no se vuelva a mencionar lo sucedido— pausando un momento sus palabras, meditando lo que diría a continuación —Mirabel jamás vivió aquí —.

—¡No puedes hacer eso! — Camilo golpeó la mesa solo para mirar a Luisa y después a los demás que no decían nada —¡No me interrumpas! — Camilo la miró desafiante —Mirabel no será mencionada de nuevo, no quiero escuchar su nombre en esta casa, ni en el pueblo— Camilo esperaba ver aún qué sea a Luisa negarse, pero estaba tan retraída en si misma y en haber perdido su don, que ni si quiera pestañeo ante él dictamen de la matriarca —También está prohibido ir a la selva, y salir de noche, apenas se oculte el sol deberán estar dentro y casita no permitirá la salida a nadie a menos que sea una emergencia— Camilo enojado paso la mirada a todos y se levantó con ayuda de una muleta y se retiro sin decir ni una palabra —Debemos esforzarnos el doble en nuestras tareas para reparar el daño en la magia— mientras habla mira a Camilo salir de la cocina para casi no escuchar al llegar cerca de la puerta y ver un espejo, se detuvo un momento para tomar la forma de Mirabel ¿Cuándo fue la última vez que hablaron o jugaron? Antes de recibir su don eran muy unidos, pero ahora siempre estaba ocupado con sus deberes —¿Camilo? — se des transformo al ver a Isabela en la puerta —Lo siento — una vez que lo vio irse ella fue al comedor —Que bueno que llegaste Isabela, hay algunos asuntos que debemos de tratar — volteo a ver a su hermana quien no se veía nada bien, y por un segundo le pareció ver a Mirabel, la misma expresión pesimista después de ser regañada por abuela, con esos ojos tan tristes —Félix avisa a Agustín sobre las nuevas normas— una vez que se levantó junto con Pepa miró a Dolores —Busca a Julieta y también avísale—su porte se había vuelto más estricto e intimidante, su ceño siempre fruncido y su mirada parecía estar juzgando a cada uno de ellos —Isabela y Antonio, acompáñenme— ambos obedecieron caminando hasta la puerta de la casa. Al salir la gente se acerco a ella con tantas dudas que era difícil contestar a cada uno. Extendió sus manos —Calma, todo está en orden — podía ver que todos habían esperado poder hablar con ella. Mientras cada ciudadano del pueblo se quedaba en silencio empezó a verlos entre la lluvia, mojados y cansados por la angustia y la preocupación del futuro de la magia. Viendo que de poco en poco se acercan más y más, incluso saliendo algunos de sus casas, mujeres, hombres, algunos ya mayores e incluso los niños —¡Lamento estos días de decidía, pero hoy puedo decirles que la magia sigue tan fuerte como la familia! — hablo con fuerza y seguridad, con la mirada en alto mientras que ellos seguían atentos a sus palabras —¡Mirabel se fue y para evitar una futura tragedia, Antonio mantendrá vigilado la selva y por favor, lo mejor es no salir del pueblo! — la gente se miró unos a otros aliviados por sus palabras, pero preocupaba a otros, los murmullos no se hicieron esperar y las dudas y la inconformidad se hizo presente —¿Qué hay del material que algunos necesitamos de la selva? — ella miro a su nieto qué se sentía nervioso por su nueva tarea — ¡De ser necesario se recomienda no ir solo. Dar aviso a Toñito y de esa forma tendrán un escolta, así estarán seguros! — todos se miraban —¿Se refiere a un animal señora? — la matriarca asintió mirando a la gente,  —¡Y a un compañero, familiar o amigo! — seguían hablando entre sí, sin embargo nadie parecía oponerse, así que una vez que se vieron calmados miro a su nieta Isabela —¡A pesar de las dificultades debemos de seguir adelante ser fuertes, por nuestras familias! — en ese momento la lluvia se detuvo siendo un alivio que sacó la sonrisa de muchos de los presentes —¡Y después de los recientes acontecimientos, me hizo ver lo importante que es seguir adelante dejando atrás el pasado! — Isabela volteo a ver a Alma al presentir qué algo no iba bien —¡Lo mejor para nuestro bien estar! — miro a Antonio qué no sólo agachó su cabeza si no evitaba mirar a su prima —¿Abuela? — ignorando el llamado de Isabela tomo aire y con la cabeza en alto dictó sentencia — ¡No se mencionara el nombre de Mirabel! — Isabela se sorprendió de aquello —¡No puedes hacer eso! —pero Alma no la miro —¡Ni su anterior existencia! — entre su desesperación cayó de rodillas jalando el vestido de su abuela para llamar su atención —¡Por favor. Te suplico que a Mirabel no! — pero Alma seguía ignorando sus súplicas —¡Ella jamás fue parte de nuestra comunidad y nunca lo será! —Los aldeanos al inicio se quedaron callados por la sorpresa de aquella decisión, observando cómo los niños estaban afectados. Esto sólo les hizo recordar el día en que el nombre de Bruno y su existencia fue prohibido.

Entre el silencio de la gente uno de los hombres levantó su voz entre la multitud —¿Qué pasará ahora con los campos? Las lluvias han inundado varias zonas — Alma tomo aire, ya esperaba que mencionaran el tema —Las lluvias ya no serán un problema, Pepa mantendrá su Don bajo control de ahora en delante de eso me voy a asegurar— algunos se miraron unos a otros sin saber el que pensar, mientras una mujer que cargaba a su pequeño levantaba su mano —Disculpe la pregunta, pero ¿Hay posibilidad de ver a la señora Julieta para los enfermos y heridos? — miró detenidamente a la mujer, notando que el pequeño se veía enfermo, al igual que otros aldeanos —Lo lamento, pero por el momento tendremos que recurrir a la antigua forma de medicina, así que si aún hay alguien que recuerde como… — la gente parecía preocupada, muchos estaban asustados y entre la multitud un hombre ya de edad avanzada sosteniéndose de un bastón levantó la mano —Yo antes era médico señora, pero ya estoy muy viejo para esas andanzas— era el más viejo del pueblo —Lo entiendo, pero sus conocimientos pueden ser útiles, así que ¿Hay alguien que quiera ayudar a los enfermos y heridos?— había un silencio incómodo entre la gente —¿Eso quiere decir que la señora Julieta perdió su don? — habló un joven asustado —¡¿Su comida ya no podrá curarnos?!— los murmullos se levantaron, los aldeanos comenzaron a alterarse —¡No es así! El milagro sigue fuerte, sin embargo puede que la situación pueda ser complicada, pero no quiere decir que todo esté mal. Saldremos adelante, y para ello hay que actuar, buscar solución, no ahogarse en el problema— algunos no parecían convencidos sin embargo una chica joven levantó la mano —Si me lo permiten yo quiero ayudar, aprendiendo del señor Miguel— la matriarca agradeció con un gesto amable cuando un joven que se encontraba hasta atrás también levantó su mano —Yo también quiero ayudar— después la mujer que había preguntado anteriormente de igual manera levantó la mano y un par más afirmando de igual forma que serían aprendices del hombre, —Disculpe ¿Que hay del joven Camilo?— la mujer se puso firme de nuevo —Mi nieto aun no esta en condiciones de retomar sus tareas, a pesar de que su don está bien, aun no se recupera del todo de su pierna — miró al hombre entre la multitud —Pero en cuanto sea posible espero que puedan verlo para que pueda sanar— el hombre asintió entre la gente —Mi señora con las constantes lluvias algunas de nuestras casas se han hundido o se han ido de lado— aquello sería difícil, ya que son tareas un tanto complicadas de hacer —Mis burros se han vuelto a salir y no me doy abasto el regresarlos yo solo— cada uno empezó a hablar ya sin poder entender que decían —¡Calma por favor! — la matriarca empezó a silenciarlos con delicadeza —Luisa ha sido la más afectada en esta situación por lo tanto, tendremos que lidiar con estos problemas nosotros mismos, incluso apoyarnos unos a otros para salir adelante— miró a Isabela quien ya vería en que forma su don podría ayudar más a la comunidad. A pesar de no dar las mejores respuestas al pueblo ella consideraba que esto al menos los calmaran —Isabela— llamó a su nieta y con sus ojos llorosos la miró —Será mejor que te prepares, que está noche vendrá Mariano y su madre para seguir con el compromiso de ambos— trataba de no llorar —Si abuela— pero era difícil.

Esa noche la cena ocurrió como debía de ser, a diferencia que esta vez, una silla está vacía. Las únicas voces qué resonaban con júbilo es el de Alma y la madre de Mariano, mientras que el joven no quita la vista de Isabela quien le es más difícil sostener una sonrisa. Comenzó a mirar a cada uno de los integrantes de la familia, Julieta sólo miraba el plato, Pepa por su lado alcanzaba escuchar que susurraba algo mientras que Félix no dejaba de mirarla, Camilo se veía enojado y no parecía importarle que Alma le exigiera que quitara esa cara con miradas y gestos, Antonio comía sin levantar la vista, notándose sus ojos rojos e hinchados, al igual que el señor Agustín, incluso Luisa parecía distante. Todos se encontraban notablemente mal, todos menos Dolores, su expresión era tranquila, y con esa misma tranquilidad comía —¿Mariano? — volteo de inmediato hacia su madre que había tocado su hombro, quien le miraba confundida junto a la señora Madrigal —Estaba diciendo que este es un buen momento — entendió a que se refería y volteo a ver a Isabela —A si— se levantó para sacar una hoja de su pantalón —Antes yo quisiera— pero al desenvolver la carta, la tinta se había corrido por el agua quedando las lechas casi ilegibles. —Bueno, yo — No sabía cómo proseguir sintiéndose nervioso, aun más por el ambiente qué se respira. Guardo la hoja de vuelta en su pantalón, aclaro su garganta y sacó una cajita para hincarse frente a su novia —Isabela Madrigal ¿Me harías el honor de casarte conmigo? — la chica volteo a ver a su familia y después detenidamente a Dolores quien seguía comiendo sin levantar su mirada —¿Isabela? — la llamo Mariano inclinando la cabeza de lado para buscar su mirada, ella volteo a verle rápido — Si— forzando de sobremanera una sonrisa para ocultar su inconformidad —¡Muy bien! Esto hay que festejarlo— se levantó Alma de la mesa tomando la copa y levantarla al igual que el resto de los presentes al contrario de Agustín y Camilo —Felicidades cariño— habló Julieta con algo de debilidad y una triste sonrisa en el rostro, pero Agustín qué no había ni tocado el plato se levanta de la mesa en silencio sin mirar a nadie y ante la mirada de todos les dio la espalda y se retiro, seguido de Camilo quien a diferencia de su tío, fulmino con su mirada a Alma y a los demás.

Todos en la mesa se quedaron en un silencio incómodo —Fue una hermosa velada— tanto la señora como Mariano se levantan con una sonrisa un tanto nerviosa por parte de la mujer, para dirigirse a la puerta acompañado de solo Dolores mientras Mariano voltea un momento y sin que los Madrigal se dieran cuenta de que eran vistos pudo verlos como aún seguían dolidos por lo aun recién acontecido, incluso Isabela, rompió en llanto al mirar el anillo en su dedo —Mariano— escucho casi un susurro para ver a Dolores —Tu madre y mi abuela te esperan— asintió y se dirigió a la puerta acompañado por ella.

Al caer la noche, cerca de la madrugada, Dolores se encontraba despierta, a pesar de ser de noche, aun se escuchaba incontables ruidos, desde el sonido del viento a pequeñas y grandes pisadas a lo lejos, la suave respiración de su familia y de las personas de Encanto, los ronquidos y murmullos de aquellos que hablan dormidos. Sin embargo esa noche, escuchaba una voz conocida, no era un susurro, tampoco murmullos —¿Abuela? — salió de su habitación siguiendo la voz, no se sorprendió que casita no le permitiera salir, pero pudo ver por una ventana que abrió, a la mujer bien cubierta mirando a la selva con una vela alumbrando parte de la vegetación —Mirabel, Mirabel— repetía su nombre, como si ella fuera a volver, para mirar el cielo y la luna empezando a bajar, al igual que bajo su cabeza mirando al suelo y dar la espalda a la selva. Apenas abrió la puerta vio a Dolores sentada en el suelo a un lado —Deberías estar en tu cuarto— Dolores sacudió su falda al levantarse —No quería dejarte sola— los cansados ojos de la matriarca se cerraron por un momento —No se lo diré a nadie, si no quieres que nadie lo sepa, pero no puedes seguir esperándola—.

—¿En verdad ya no la escuchas? — Dolores dio un suspiro y la miró a los ojos al tomar sus manos negando con el movimiento de su cabeza, sintiendo un fuerte remordimiento al recordar que lo último que escucho de Mirabel, fue ese aterrador grito y después silencio. —Si hubiera dicho algo ¿Las cosas hubieran sido distintas? —pensaba al ver la desdicha de su abuela —Aún seguiré esperando— la mujer lo dijo con firmeza mirando a través de la ventana hacia las enormes montañas.

Mientras la luna termina de esconderse y dar lugar a los primeros rayos de luz, Mirabel abre sus ojos junto a Parce en lo alto de un árbol, recargada en el tronco para escuchar algunas risas infantiles, al asomarse no podía distinguirlos pero Parce al ver al grupo de niños jugando mientras uno de ellos llevando una bicicleta consigo. El felino al recordar a Antonio, con emoción bajo del árbol —Parce ¿Qué haces? — se acercó a los niños emocionado pero apenas le vieron estos se paralizaron del miedo, uno empezó a gritar y a llorar por lo que Mirabel desde el árbol no sabía que hacer —¡No se asusten no es peligroso! — intento bajar por si misma olvidando qué está herida, y al saltar solo consiguió lastimarse aun más dando un grito de dolor, llamo la atención del jaguar qué se dirigió rápido hacia ella, dando pauta a que los pequeños salieran corriendo del lugar —¡No, esperen! —pero ya se habían ido.

Con ayuda de Parce se levantó sintiendo más el dolor de su tobillo, esto al notarlo se acomodo para que ella subiera a su lomo, una vez arriba agarro el palo para pasárselo a ella —Supongo que hay un pueblo hacia allá—  mirando la dirección en la que los niños corrieron —Veamos que encontramos— Parce sonriente empezó su andar con cuidado a cada paso para no lastimar a Mirabel, llegando a un enorme río, donde se miraba a un grupo de mariposas revolotear, los peces nadar por sus cristalinas aguas y una pequeña rama con hojas verdes sobresalir de en medio del agua.

Parce se detuvo en la orilla mirando todo sorprendido, mientras que Mirabel podía escuchar el correr del agua, los grillos, los peces salpicando y los pájaros cantar.

Sabían que los niños habían pasado por aquí, ya que no parecía verse otro camino, pero para estar seguros Mirabel trataba de usar su oído para escuchar algo más que la misma naturaleza, sin embargo ya no escuchaba a los niños. Parce por su lado camino un poco para escuchar a los niños, pero sus débiles pasos provenían del otro lado del río, y al no querer cruzar, caminaba de un lado a otro con su vista al otro lado —¿Estás bien? — miro a su compañera que posaba su mano sobre su costado, por lo que miro el río, no quería entrar, no después de lo que había pasado anteriormente, aquello solo le daba ansiedad, angustia, y no estaba dispuesto a poner la vida en peligro de ambos. Se quedó quieto en cuanto dejo de escuchar a los niños.

El sol ya estaba en lo alto y en unas horas más anochecería, de nuevo tendría que subir a Mirabel a un árbol y cuidarla de otros depredadores, vigilar, cuidar y además buscar comida, ¿Cuánto aguantaría ella esas condiciones? —Esta bien Parce, no te preocupes— ella sabía que estaba nervioso por su andar, pero como no preocuparse, decidido por Mirabel se abrió camino entre el río, paso a paso iba entrando, lento y con cuidado, —¿Parce? — midiendo la profundidad con temor, llegando casi a su pecho levantando su cabeza y llegando el agua parte de los pies de Mirabel qué podía sentir el agua fría, mojando parte del vestido y del chal verde. Aquello también tenía nerviosa a Mirabel  cerrando sus ojos y abrazando a Parce. Ambos esperando que el río se los lleve, hasta ver que el agua empezaba a bajar, una vez del otro lado sacudió sus patas con alivio regresando la mirada atrás, estaba más tranquilo miro a Mirabel qué exprimida sus ropas. Ya con más calma para olfatear el aire y ver las huellas marcadas en el suelo, y así seguir al frente. Al paso de un tiempo el sol ya empezaba a bajar y pronto tendrían que refugiarse arriba de los árboles cuando empezaron a escuchar varias voces, por lo que Parce se escondió entre unos arbustos junto a ella —¿Por aquí lo vieron? — eran los mismos niños y un grupo de hombres con machetes y armas de fuego —No, fue pasando el rio— aquello solo sobresalto al jaguar qué en silencio empezó a retroceder —Aquí hay unas huellas— Parce miro por debajo de si, viendo el rastro qué dejo —Hay que matar al jaguar antes de que llegue al pueblo — Vámonos—susurro Mirabel —¿Qué hay de la chica? —escucho a uno de los niños —Ya debe de estar muerta, no podemos hacer nada por ella— Parce agarro a Mirabel y subió al árbol para dejarla en lo alto y frotó su cabeza en ella y la miro —¿Qué haces? —miro abajo y empezó a bajar en silencio, —Regresa— escuchando qué se alejaba —Parece que se detuvo aquí —Mirabel se abrazo del tronco con miedo al no saber que sucedía, sabía que debía de quedarse ahí, hasta que Parce vuelva —¡Acá están las huellas! — escucho a los hombres gritar y después los pasos alejarse, quedándose sola otra vez.

La noche iba avanzando, y la luna brillaba por sobre la selva, luchaba por no quedarse dormida esperando que su amigo regresará, preocupada  seguía aferrada aun sobre el árbol, mira al cielo apenas alcanza do a ver la luna, entre las nubes, al paso de otros minutos, quizás horas, la luna ya no se veía, cansada de esperar, empezó a sentir sus ojos más pesados, sacudió su cabeza, no podía, tenía que asegurarse qué Parce este bien, debía de esperarlo, pero cada vez era más difícil, poco a poco iba cayendo en un profundo sueño, cerrando sus ojos —No debo—.

Se levantó de golpe al escuchar un fuerte disparo resonar mirando a su alrededor —¡Parce! — se alarmó y al querer levantarse rápido se resbaló y cayó del árbol quedando inconsciente.

Al ir abriendo los ojos sintió que la movían y después un leve rugido logrando ver a su amigo estiró sus brazos hacia él aliviada de que estuviera a salvo, sintiéndose mareada, se sentó y con el cuerpo adormecido, al tocar su cabeza sintió húmedo, Parce frotó su cabeza en su hombro así que le abrazo, para recordar lo acontecido anoche y empezar a revisarlo de pies a cabeza —¿Estás bien? — ignoro su persona, viendo que no esta herido para acariciar al jaguar, Parce se encimo en ella para abrazarla y refregar su cabeza entre sus brazos y después lamber su rostro aquello la hizo reír y calmo su preocupación. Al cabo de unos minutos la ayudo a levantarse para subirla a su lomo y seguir su camino. Sin antes mirar atrás de ella, sintiendo varias miradas posadas en ella.


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Lamento que haya dejado abandonada la historia, aun trato de escribir, pero es difícil. A veces me siento mal y otras me siento inspirado.

Orita tengo el deseo de terminarla y mientras sienta esta pequeña inspiración, seguiré escribiendo. Aun que no se cuanto dure.

Hasta la proxima.

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