Parte 2 - "¿Por qué te dieron otra oportunidad?"
Los siguientes tres días estuve yendo y viniendo del hospital solo para ver si me encontraba con John. Recordaba que el día en que nos vimos era temprano por la mañana, por lo que siempre iba a eso de las nueve. Me quedaba sentado en la banca por un par de horas, esperando a que apareciera. No tuve mucha suerte que digamos, pero al cuarto día, mientras caminaba por la acera, pude verlo sentado en la banca, observando a las personas. Traía puesto un abrigo gris, pantalones negros y una gorra color café.
No pude evitar sonreír como esas chicas cuando ven a su hombre. Apresuré mi paso hasta llegar donde él y una vez allí se sorprendió bastante al verme.
— ¡Logan! Que gusto verte. ¿Qué haces por aquí?
— Quise venir a visitar a un amigo —dije sentándome a su lado.
— Pues yo no lo veo. ¿Acaso está detrás de mí? —Se dio media vuelta para mirar hacia atrás. Yo comencé a reírme y él también lo hizo. Por alguna razón percibí que se sintió querido cuando le dije "amigo".
Desde ese día nos hemos mantenido en contacto. Resulta que él va al doctor tres veces a la semana. Lunes, miércoles y jueves. Según él esos son sus días libres, el resto los tiene ocupados con su hija, nieta, esposa y sopas de letras. Ahora decía que sus días más desagradables se habían hecho divertidos gracias a mi compañía. Y eso me hacía sentir muy bien por dentro.
Al principio siempre nos sentábamos a hablar por horas en la banca, pero luego comenzamos a ir a un café que quedaba a media cuadra del hospital. El invierno estaba llegando así que quedarse en un lugar caliente, bebiendo café era lo mejor.
Los empleados del lugar ya parecían conocernos de tantas veces que íbamos. Incluso podíamos llamarlos por sus apodos. Teníamos un trato especial que no se lo daban a cualquiera.
John era una persona sumamente cálida y simpática, así que le caía bien a cualquiera de inmediato. Incluso hizo que los empleados me amaran a mí también. No es que no sea simpático, pero John tiene ese algo que resalta las cualidades de los demás, pintándome como alguien demasiado especial, pero que me gustaría ser.
— ¡Aquí tienen su café de siempre! —Dijo Molly, sirviéndonos el café con una sonrisa. Ella era una camarera de unos cuarenta y tantos que siempre nos trataba como a sus hijos. Tenía esa cosa de madre que me hacía sentir protegido.
— ¡Gracias Molly! —Le agradecimos al unísono.
Tomé un sorbo de mi café y pude notar como John me miraba atentamente.
— ¿Qué?
— Nada. Es solo que estaba pensando que, hace tiempo que tú y yo nos conocemos, y en todo este tiempo no hemos hablado mucho de ti.
— ¡Claro que sí! Te he contado sobre mi trabajo, mi estudio, ami...
— No, no. Eso no. Me refiero a tu historia médica. Tú y yo nos conocimos porque asistimos al médico, y en todo este tiempo no me has dicho por qué asistes.
— Oh, eso... —jugueteé con la taza de café—. Es una larga historia.
— Pues tenemos tiempo. No nos vamos hasta las doce.
Suspiré profundo, y observé como él se acomodaba para escucharme.
— Okay... —Me recosté en el respaldo del asiento—. Hubo una fiesta, la más grande que puede existir en el instituto. Alcohol, droga y música. Yo estaba con un amigo cuando decidí tomar prestado el auto de una de mis amigas —suspiré profundo—. Iba rápido y... estaba ebrio.
— Me suena a que te estrellaste.
— Sí... —asentí con la cabeza—. Me estrellé contra una columna, pero no por haber estado borracho, fue porque tuve un ataque al corazón.
John había tomado su taza de café para beber un trago cuando repentinamente, al escuchar lo que le dije, detuvo la taza a medio camino de su boca.
— ¿Qué? —Apoyó nuevamente la taza en la mesa—. No... quiero decir... eres joven. ¿Por qué...?
— Mi vida.
— Oh... Sí, tienes razón.
— El asunto es que tuvieron que revivirme en el lugar, y para cuando llegué al hospital el doctor no creyó que sobreviviera —guardé silencio por unos segundos—. Dice que fue un milagro lo que me sucedió.
— ¡Pues ya lo creo! Estamos hablando ahora, ¿o no?
— Sí pero... —dije jugueteando con mis manos—. Él no se refería a eso...
— ¿Entonces?
— Pues sufrí un ataque al corazón y ya a los dos días me dieron de alta. La columna contra la que choqué aplastó la mitad del auto, justo del lado del copiloto, no de donde estaba yo.
» Luego está cuando aún seguía inconsciente. El doctor dice que me hizo varios análisis y quedó sorprendido por lo que vio —apoyé los codos sobre la mesa y me acerqué más a John—. Para una persona que tenga una vida como la mía, lo normal es que tenga un veinte por ciento de su cuerpo funcionando correctamente... Yo soy al revés. Tengo el ochenta por ciento de mis órganos en perfecto estado. Mi hígado y corazón son los únicos averiados... Y aun así están mejor de lo que esperaban.
John simplemente se me quedó mirando, pero con esa expresión que uno pone cuando está viendo una película de misterio y la verdad sale a la luz.
— Mi hígado funciona bastante bien. Digamos que está como cuando uno bebe por tres meses seguidos —fruncí el ceño y puse cara pensativa—. Así que creo que no está tan mal. Al menos no moriré de nada por culpa de él. Mi problema es el corazón. Ese es el único que sí está averiado, pero el doctor dice que puede solucionarse. Tal vez no podré volverlo a dejar cero kilómetro pero sí podré evitar una muerte segura... —Guardé silencio, bajé la mirada y vi el oscuro café sobresalir de aquellas paredes blancas. — Verás yo... —carraspee—... Yo básicamente tengo los días contados. Mi doctor dice que si sufro otro ataque no sobreviviré. Mi corazón está muy débil como para seguir latiendo por más tiempo.
— Pero puedes cambiar eso... ¿Verdad? —preguntó con algo de ansiedad.
— ¡Sí, sí! —contesté rápidamente para tranquilizarlo—. Puedo vivir si llevo una vida sana... lo que en mi idioma significaría dejar de beber. ¿Pero qué te digo? No puedo evitarlo. El beber ya se volvió parte de mí.
John parecía no reaccionar ante mi comentario, simplemente se me quedó mirando como un zombie. ¿Acaso tenía algo en la cara? ¿Por qué no me decía nada? No es normal en él quedarse callado, y más si hablo de beber. Parece mi madre... Dios, que cosa espantosa.
— ¿Estás ahí? —Moví mi mano en frente de su cara para captar su atención.
— ¿Jamás te has preguntado por qué? —preguntó con seriedad.
— ¿Preguntarme qué?
— ¿Por qué te dieron otra oportunidad?
Y ya con eso entendí todo.
Solté un bufido y me devolví de lleno al respaldo del asiento.
— ¡No, tú no! En serio me caías bien, ¿por qué tienes que salirme con eso?
— Porque es la verdad.
— Mira, ya he escuchado ese cuento por parte de mi doctor y de una de mis amigas... ¡Me tienen harto! ¿Qué no saben otra cosa? ¡No fue Dios! Él no existe, lo que me pasó fue pura suerte.
— La suerte no existe.
— ¿Y cómo sabes que Dios sí?
— ¿Y tu cómo sabes que Dios no existe?
— Es de mala educación responder una pregunta con otra —dije cruzándome de brazos, evadiendo su pregunta.
— ¿Qué acaso no lo ves? El que hayas sobrevivido a ese accidente puede que sí haya sido suerte. Pero sabiendo cómo es tu vida, que tengas en perfecto estado el ochenta por ciento de tus órganos es... imposible. Nadie que beba de esa manera puede tener sus riñones bien, ¡ni siquiera tener el hígado funcionado! Eso, querido amigo, no es suerte.
Suspiré con fuerza demostrando lo irritado que estaba.
— Debe haber una razón. ¡Dios te dio otra oportunidad! — exclamó con entusiasmo— . ¿Por qué desaprovecharlo?
— ¡Pues no me ayudó bien! Su percepción debe estar averiada. Si me hubiera querido ayudar me hubiese dejado el corazón funcionando.
— ¡Y lo está!
— ¡A media capacidad! —Le solté enfurecido—. ¡Eso no es ayudar! Ya había muerto, ¿para qué devolverme sabiendo que puedo morir otra vez? ¡No tiene sentido lo que hizo! Él no ve bien las cosas.
— ¡Te devolvió por una razón! Debe haber algo que tengas hacer. Algo que aún te mantiene aferrado a este mundo.
— Pues si hay una razón no la conozco.
— ¿No existe nada en este mundo que desees hacer? ¿No hay nada que no hayas hecho ya?
Aparté mi mirada de la de él y comencé a pensar en ese algo.
— Pues... siempre me hubiese gustado escribir un libro o algo parecido. Quiero hacer algo importante, algo que les guste a las personas; algo para que me recuerden.
— ¿Y crees que eso es lo suficientemente importante como para "devolverte a la vida"?
— No lo sé — me encogí de hombros— . Fue su idea dejarme aquí, él debe de saber.
— ¡¿No tienes nada más importante?! ¿Qué acaso no hay algo de lo que te arrepientas o lamentes? ¿Acaso todo en tu vida siempre fue perfecto?
Me lo quedé mirando con seriedad.
— ¿Amigos? ¿Un trabajo? ¿Una mala decisión? ¿Tus padres?
Y al llegar a aquella última desvié la mirada. No entiendo por qué lo hice. Si no lo hubiera hecho él nunca se hubiese dado cuenta.
El problema es que apenas si tolero escuchar las palabras mamá, papá y padres. ¡No me gustan! Me traen recuerdos malos que no quiero recordar, pero gracias a John voy a tener que dejarlos salir.
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