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Chapter XXXIX


Aquella noche cuando conducía ebrio por las calles de Las Vegas mi corazón se detuvo, choqué contra un poste de luz y éste aplastó el lado del copiloto. Sobreviví. Todos dicen que fue un milagro. Nunca lo quise ver de esa forma, pero tengo que admitir que desde entonces mi vida cambió por completo.

Un amigo muy cercano me dijo una vez que había vuelto por una razón. No le creí en lo absoluto... hasta ahora.

Volví para enmendar mis errores, para hacer feliz a todas las personas que una vez lastimé, pero, sobre todo, espero que puedas perdonarme.



La cirugía está programa para dentro de un par horas. Tiempo más que suficiente para dejar que mis dedos fluyan con agilizada, y la tinta dibuje trazos perfectos sobre el papel.

Los padres de April recibieron hace minutos la noticia de que apareció un donante que está dispuesto a darle uno de sus riñones para salvar la vida de su hija. ¿Su identidad? Ian Bingum, un personaje ficticio que cree para que nadie sospeche de mí. Si mi familia llegara a enterarse me dirían que estoy demente, que desista de esa idea tan absurda, que pronto encontrarían a un donante. Pero, ¿cuánto tiempo tiene April? Podría morir en cualquier momento y jamás me perdonaría por ello. Además, el doctor respetó mi decisión de mantenerlo todo en secreto. No está muy de acuerdo con todo esto, pero sabe que de lo contrario April moriría...

Apoyo la cabeza contra la pared. Risillas inundan mis oídos, volteo y veo a mis padres hablando con los de April. Se ven tan felices, tan contentos. Sus ojos destellan.

El estómago se me revuelve y aparto la vista


Me comporté como un idiota en todo este tiempo. Lamento haberlos hecho sufrir, lamento haberme ido sin siquiera decir adiós. Ustedes solo querían protegerme y aunque sigo pensando que fue algo excesivo, fue mi culpa el no hablar; el no expresar mis sentimientos y recomponer nuestra relación.

Agradezco haber vuelto, de lo contrario no me habría dado cuenta de cuánta falta me hacían. Son los mejores padres que uno podría desear. Espero que puedan perdonarme.


Vago por los pasillos para intentar despejar mi mente. Muevo los brazos de atrás hacia adelante, chocando mis palmas en silencio. Camino en línea recta, siguiendo la hilera de luces que hay por encima de mi cabeza.

Una intersección aparece a mi derecha, volteo atraído por el movimiento y me detengo en seco. Adrián está coqueteando con una chica que, aparentemente disfruta de su compañía. Juega con su cabello hasta lograr preciosos bucles.


¿Alguna vez te dije cuán orgulloso me ponía tener un hermano como tú? Varias chicas en la secundaria se me acercaban porque sabían que era hermano del que una vez fue uno de los mejores jugadores de football. Jamás te agradecí por eso.

Sé que me enojé contigo por razones que no vale la pena mencionar, sin embargo las cosas cambiaron. Sigues siendo un idiota que no sabe conservar una sola novia, pero eres el idiota de mi hermano y siempre voy a quererte. Espero que algún día puedas perdonarme.


Sigo andando hasta toparme con una máquina expendedora de agua. Me sirvo un vaso y me bebo todo el contenido de un sorbo. La voz de mi hermana llega a mis oídos, habla con Jonathan sobre la cirugía que le realizarán a April en un par de horas.

Me alegra que tenga a alguien a su lado para sobrellevar estos momentos. En las buenas y en las malas, si mal no recuerdo...


Me he dado cuenta que puedo confiar en ti como solía hacerlo de pequeño. ¿Cuántas veces fuiste mi ancla? ¿Cuántas veces te confesaba un secreto y tú guardabas silencio sin importar las circunstancias?

Supongo que el odio puede nublar todas las cosas positivas de la mente de una persona. Ahora que ya nada cubre mis ojos, recuerdo con felicidad los viejos tiempos. Me alegra que hayamos podido enmendar el pasado. Sigues siendo igual de genial que antes, Super-Sam.

Te quiero y ojalá puedas perdonarme.


Mientras aguardo en la sala de espera mis dedos teclean veloces las palabras. Programo el envío del correo, no sin antes darle un último vistazo.


Remitente: Logan Brown

Asunto: Ábreme

Destinatario: Dylan Stewart.

Perdona por haber pensado mal de ti. Eres una gran persona.

Cuida bien de ella.


—Ahí está el chico que estaba buscando.

Bloqueo la pantalla de mi teléfono, levanto la mirada y esbozo una sonrisa para Summer. Me extiende un vaso con café y le agradezco por el gesto. Todavía puedo comer algo, aunque la cafeína no es algo que quiero en estos momentos.

—Creí que seguías enfadada conmigo.

—Lo estoy —dice con la vista al frente. Alisa algunas arrugas invisibles de su falda—. Pero he notado cuán feliz estas por la noticia de la operación de April. —Voltea a verme. Una sonrisa socarrona curva sus labios—. Eso significa que estas bien, y estoy bien con eso.

«Eres la mejor amiga que podría pedir»

—¿Sabes qué? Tengo algo que sé te gustará.

Arquea sus cejas sorprendida, la curiosidad brilla en sus ojos. Busco en el morral que traje ésta mañana conmigo y saco una pequeña caja con donas glaseadas. Al verlas, Summer pierde el aliento. Entonces, su rostro se torna afligido al tiempo que su mirada irradia compasión.

—¿Son las de John?

—Creo que esta es una buena ocasión para abrirlas, ¿no crees?

Se encoge de hombros divertida.

—Eso creo.

Estoy a punto de abrir la caja, cuando sus manos se posan sobre las mías deteniéndome.

—¿Seguro que quieras compartirlas conmigo? Quiero decir... era algo entre tú y John.

Río ante su comentario.

—Summer eres mi mejor amiga. No hay otra persona con quien quisiera compartir estas exquisitas donas. Aunque por otra parte podría admitir que tienes razón y me las comería todas en secreto.

—¡Dame eso, egoísta!

Forcejeamos un rato hasta que las personas comenzaron a mirarnos. Guardamos silencio, aunque nuestras mejillas seguían enrojecidas y las carcajadas al borde de la garganta.

Como si fuera un brindis, chocamos nuestras donas para luego darles una gran mordida. Jamás me sentí tan cerca de Summer como en ese momento...


***


Giro la perilla y con un leve movimiento la puerta se abre. El ruido de las máquinas se cuela en mis oídos y el estómago me da un vuelco.

Hay flores sobre una mesa cercana a la ventana, más unos globos y un peluche de osito. Dejo que mis dedos se arrastren por las sábanas mientras avanzo hasta su lado. Luce tan indefensa. Parece que estuviera dormida, y sin embargo su vida pende de un hilo. ¿Algún día volverá a ver la luz del día? Yo creo que sí...

Busco su mano y me detengo en seco al ver la pulsera que le regalé.

«Si ya no me amaba, ¿por qué no se la quitó?»

Admito que fue un obsequio que representaba el lazo que tenía con su hermano. No obstante, si en verdad me hubiese odiado tanto como para cortar todo vínculo conmigo, ¿por qué no deshacerse de eso? Después de todo no es la verdadera.

No mintió aquel día en la florería. Realmente me ama.

Me inclino y le susurró al oído unas palabras. Antes de marcharme deposito un beso en su mejilla. Una lágrima rueda por mi rostro y termina derramándose en su pómulo. La borro con una suave caricia y me aparto, resistiendo el impulso de mirar hacia atrás.

Antes de salir dejo una carta escondida entre medio de los globos y el oso de peluche.

Dejo que la puerta se cierre entre nosotros, un nudo se forma en mi estómago. De pronto, el doctor Niver se hace presente y me sorprendo de verlo. Miro la hora en mi reloj. Diablos, no me di cuenta de cuán rápido pasó el tiempo.

—Señor Brown.

Camino junto a él por los blancos pasillos del hospital. Frente a mí se alza una puerta de madera. Una vez que la atraviese no habrá marcha atrás.

«April»

Las puertas se abren. El doctor Niver avanza y sin dudarlo lo sigo de cerca.

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