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Chapter XXXIII


Los Mets jugaban un partido definitorio hoy, y la mayoría de las personas optaban por reunirse en bares o restaurantes para ver el juego en vivo. En esta ocasión mis padres habían decidido disfrutar de la ocasión en casa, junto a mis hermanos. Particularmente no tenía ánimos de cenar junto a ellos, ni con nadie. Sentía que si me quedaba en casa mi humor estaría por el piso y mis padres no tenían por qué lidiar con él. Prefiero que pasen una linda velada, aunque yo no esté allí.

Necesito mi tiempo a solas, al menos hasta que mis pensamientos se aclaren y la rabia que siento desaparezca.

Esta noche opté por quedarme en el mismo bar donde ocurrió el incidente de los Cráneos Rojos. Al mismo le costó un tiempo recuperase, principalmente porque la gente tenía miedo de salir a las calles. Pero ahora que esos matones están tras las rejas, no hay de qué temer.

Poco a poco va recuperando la esencia que el destrozo le robó.

Cada vez que vengo me siento frente a la barra, de esa forma evito ver la cartelera conmemoratoria, donde están escritos todos los nombres de aquellos que perecieron en el bar. Sé que ahí, en alguna parte, está el nombre de Cody. Pero no me atrevo a verlo; no tengo el valor suficiente como para hacerlo.

Pido algo de botana y una botella de tequila para mí solo. Aún faltan algunos minutos para que el juego empiece. El bar poco a poco se va llenando de gente y el olor a pizza se huele en el aire.

Estaba tan concentrado en lo que los comentaristas decían que casi no me percato de mi teléfono. Lo había puesto en vibrador para que nadie pudiera molestarme, pero el brillo de la pantalla es imposible de ignorar.

Es Daniel. Hace un buen tiempo que no hablo con él, y aunque me muero de ganas de contarle todo, no sé si es buena idea atender. Al final me decanto por responder su llamada.

—Imagino que llamas para alardear sobre lo buenas que te quedaron las alitas de pollo.

Daniel ríe el otro lado de la línea.

Ya quisiera. Estoy esperando en el estacionamiento del supermercado. ¡Veo la hora en el teléfono y me desespero!

—Jaja. ¿Y qué haces todavía ahí? Tienen veinte minutos todavía.

¿Recuerdas que te comenté sobre el famoso libro que nos pidió el Sr. Doss? Pues como no estaba tuvimos que encargarlo, y después de un mes de esperarlo, hoy lo trajeron. El asunto es que abrían a la dos de la tarde y había una cola larguísima para conseguirlo.

—¿Tan famoso es ese libro?

Media clase estaba ahí dentro —suspira—. En fin, estuvimos casi como una hora y luego, entre una cosa y otra se nos hizo tarde para hacer las compras. ¿Y tú qué haces?

—¿Yo? Pues estoy en el bar con una gran botella de tequila solo para mí —digo, mientras mis dedos hurgan entre los bastones de queso.

¿Volviste a la bebida?

—Ya te dije por qué. No me hagas explicártelo de nuevo.

De acuerdo, lo siento.

Por un momento ninguno de los dos habla. Me gustaría contarle todo. Tengo las palabras en la punta de la lengua, pero por alguna razón me abstengo de hablar.

Daniel es una persona estupenda, sin embargo, no acostumbro a contarle todos mis problemas. Para que me entiendan, no es como John... o como lo fue Summer alguna vez. Personas con las que siempre puedo hablar, porque sé que me escucharán y darán un buen consejo.

No quiero decir que Daniel no sea bueno escuchando o dando consejos, simplemente no me siento cómodo contándole detalles tan personales de mi vida. Aunque a decir verdad, tampoco puedo hacerlo con John ahora. Si le contara que volví a mis andanzas, se desilusionaría de mí. Solo sabe que terminé mi relación con April, pero hay una enormidad de detalles que he omitido, porque temo hablar demás y no quiero decepcionarlo.

La única con la que podría hablar libremente sería Summer; y hasta por allí nomás, porque empezaría con sus cosas religiosas y de moral y no estoy de humor como para aguantar eso. De lo único que estoy seguro es que entendería mi situación, principalmente porque tenemos la misma edad y pasamos por cosas similares. Siempre la escuché cuando más lo necesitaba; ya sea sobre chicos, estudio, familia. Yo estaba ahí y ella estaba para mí.

Pero la realidad es un balde de agua helada, y me golpea por sorpresa.

¿Hay algo de lo que quieras hablar?

—No. —Me sirvo un trago y lo bebo de un sorbo—. Está bien.

Muy bien. —Silencio—. Ahí vienen.

—¿Quiénes?

Olivia y Summer. Cooper está en su casa aprontándolo todo.

—Espera, ¿estás con ellas ahora? ¡¿Qué haces hablando conmigo?!

Recién acaban de salir y estoy casi hasta el final. —Se defiende—. No soy tan tonto como para hablar contigo delante de ellas. Aunque me parece que va siendo hora de que digas la verdad.

—Ni muerto haría eso —refunfuño—. Tal vez se lo diría a Cooper y Olivia, pero Summer no se lo merece. No vale la pena hablar con ella.

¡Oh, vamos! Estoy casi que por acogotarlos a ambos. ¡Dejen su orgullo de lado! Ella solo intentaba ayudarte, y sí, se le fue la mano a ambos, pero ya perdónense de una vez.

—¡Díselo a ella! —digo entre dientes. Recordar aquello me llena de coraje—. Le pedí perdón, casi que se lo imploré. Me abrí por completo, ¿y qué hizo ella? Tan solo me ignoró.

¿De qué hablas?

—¡Que me ignoró! Le importó un comino todo lo que le dije. Jamás me devolvió la llamada, jamás respondió a mis mensajes. Me cansé de buscar su perdón.

Wow, alto. ¿Llamaste a Summer? ¿Cuándo?

Resoplo.

—Creo que a unas semanas de haber venido aquí. ¡Cuando estuve en la casa del lago!

Logan... —dice al cabo de unos segundos—. Summer no te respondió porque nunca supo que la llamaste.

—¿Qué? —Me hago para atrás en el taburete.

Ella perdió su teléfono estando de vacaciones. Se compró otro apenas regresó, pero no conservó el mismo número. Por eso no te respondió, porque no tenía cómo hacerlo.

¿Qué ella nunca lo supo? ¿Entonces jamás escuchó mi mensaje?

Por alguna razón siento ganas de vomitar. La culpa me carcome por dentro.

Creí que me ignoraba, que no le importaba... Todo este tiempo pensé mal. Cuán equivocado estaba. La conozco, le quiero más que a nada, y el odio me cegó. Summer no es de dejar a los que quiere, de hacerlos a un lado y borrarlos del mapa.

Me odio por pensar mal de ella.

Quiero preguntarle a Daniel cuál es su número. No sé si me dará el valor para hablarle, pero si por alguna razón sedo, quiero estar seguro de que llamaré a su teléfono. De esa forma la responsabilidad recaerá en ella.

—Daniel...

¡Mierda! —grita y a continuación escucho un golpe.

Puertas se abren y las risas se hacen presentes.

Más vale que hayan traído todo. —Le escucho decir—. Demoraron una vida.

¡Cierra el pico! —La voz de Olivia es inconfundible.

¿Y qué es eso que traes?... ¡No comas porquerías!

Apuesto a que está comiendo un chupetín. Le encantan. Siempre está comiendo uno, y si pintan la lengua, mejor.

Ya déjala en paz, Daniel.

Me congelo ante su voz. Summer está ahí, a quién sabe cuánto del teléfono. El pecho se me hunde por la nostalgia. Quiero hablarle, decirle que lo lamento, que nunca quise pensar mal de ella, pero no encuentro las palabras. Estoy mudo, las manos me tiemblan y siento la boca pastosa.

—Summer... —Su nombre escapa de mis labios y me arrepiento al instante. Corto la llamada y apago el celular.

¿Por qué lo hice?

Es mi amiga y la extraño. ¿Entonces por qué tengo tanto miedo? ¿Por qué me siento inseguro? Sé que entenderá...

Para cuando empieza el partido estoy a la mitad de mi segunda botella.



Falta un minuto para el entretiempo y las cosas no van muy bien que digamos. Si queremos ganar debemos hacer al menos dos puntos más, pero mientras sigan jugando así no conseguiremos nada.

Comienza el entretiempo y la gente baja los ánimos pidiendo más pizza. Varios charlan sobre el juego y me interesa saber lo que opinan, en especial porque los que están en la punta de la barra parecen saber de lo que hablan. Sin embargo, mi mente está en otra parte. Me dan ganas de coger mi teléfono y mirar si tengo alguna llamada de Summer.

Dudo mucho que me haya escuchado. Lo más seguro es que Daniel aventara el teléfono directo a la guantera y de esa forma nadie se enteraría de con quién estaba hablando. Pero una parte de mi desea creer que sí me escuchó.

Me siento estúpido. Deseo hablar con ella pero apago mi teléfono.

¡Ya deja de contradecirte!

Miro el líquido que he estado racionando por falta de dinero. Calculo que me quedará para unos diez tragos más, después de eso ya no tendré para pagar otra botella, y deberé conformarme con uno o dos tragos. Supongo que lo mejor será irme y comprar algunas cervezas por ahí. Podré disfrutarlas tranquilo cerca del lago, donde no habrá tanta gente. Ya estoy comenzando a fastidiarme de tanto ruido.

El tipo que había al lado mío se fue hace unos segundos, creo que para ir al baño (según escuché). El taburete a mi izquierda se mueve y me llama la atención que regresara tan rápido.

—Con que aquí estabas.

Doy un respingo y parte del tequila que había en el vaso se derrama en mis dedos. Me volteo en dirección a la voz, mi humor cambia de inmediato.

—¿Acaso me estas siguiendo?

—Ja, ya quisieras. —Sam se cruza de brazos. Cargaba con su abrigo en las manos—. Solo estaba corroborando una teoría.

—¿Y conseguiste lo que querías? —Asiente—. Genial. Ahora, vete.

Bebo lo poco que me queda de tequila, cuando de pronto, sin previo aviso, Sam mete sus manos y me arrebata el vaso.

—¡¿Qué...?!

—Sabía que habías vuelto a beber.

—¿Y a ti qué te importa?

—Me importan mis padres, y como ellos te quieren tanto solo me aseguro de que no vuelvas a decepcionarlos.

—Lo que yo hago con mi vida es asunto mío. Si no quiero involucrarlos no lo hago.

—Ya veo que no lo haces, pero dudo mucho que puedas seguir controlándote. Algún día te aparecerás en casa todo ebrio y le darás un disgusto a mamá.

Busco en mi billetera para pagar la cuenta. Dejo sobre la barra los billetes y me levanto.

—¿No me digas que April ya te fue con el chisme? ¿Por eso te volviste más irritable de lo que eres? —espeto y me alejo en dirección a la puerta. Para mi desgracia, Sam me sigue.

—No, ella no quiso decirme nada. Fue Dylan.

Me detengo en seco, provocando así que Sam chocara contra mi espalda.

—¿Qué dijiste?

—Dylan me dijo que estaba preocupado por ti.

—¿Te pidió que me vigilaras? —Mi nariz casi roza con la de ella.

—Solo que mantuviera un ojo abierto. Dijo que lucías enfermo.

Ruedo los ojos. Cuando logro liberarme de uno, encuentro a otro.

Salgo a la vereda, pero solo logro avanzar un par de pasos. Sam se me adelanta y se planta enfrente de mí.

—Sé que no me quieres, y a decir verdad el sentimiento es mutuo. Pero sé cuán importante eres para mamá y papá. ¿Qué no te das cuenta del daño que le harías si algo llegara a pasarte?

—Si piensas que tus palabras me harán cambiar de parecer, estas muy equivocada. Ya han intentado venderme la misma mierda y no pienso comprarla.

Sam es una cabeza y media más pequeña que yo, pero en este instante parecemos de la misma altura. Sus ojos están a la misma altura que los míos, y son afilados como navajas.

—No tengo ni idea de qué habrás hecho allá en Las Vegas, solo sé que para arruinar tu corazón debiste haberte descontrolado mucho. ¿Y sabes qué? Lo que haces me importa un comino. ¿Quieres morirte? ¡Hazlo! Pero mis padres están de por medio y no voy a permitir que vuelvas a lastimarlos.

—¿Quién te crees que eres? ¿La defensora de los padres? Deja de molestarme, Sam.

Intento irme pero Sam me pone una mano en el pecho, reteniéndome. Sus ojos me penetran, escrutan mi alma.

—Dime que no volviste a la bebida por culpa de April.

Trago duro. ¿De qué está hablando? ¿Cómo sabe eso?

—Yo no...

—Sé que la quieres, no intentes negarlo. Pero no dejes que lo que haya pasado entre ustedes te afecte. No puedes jugar con la salud. ¡Te estas rindiendo!

—¿Qué me estoy rindiendo?

—Si apreciaras tu vida no estarías ahogando tus penas en el alcohol. ¡Avanza! Busca otra forma de seguir adelante, pero no dejes que esta mierda afecte tu salud. ¡Te vas a morir! ¿En serio quieres eso? ¿Quieres morir?

No respondo porque considero que sería un desperdicio intentar dialogar con ella. Ya lo he dicho una y otra vez: es mi vida y yo decido lo que hago con ella.

Aquel accidente solo fue una vez, nunca más ha vuelto a pasar. He bebido hasta hartarme y todavía sigo de pie. El problema es que existen personas como ella: tercas y de mente cerrada. No entiende lo que estoy diciendo porque no se encuentra en su base de datos, o porque nunca vivió algo semejante. Sus neuronas hacen cortocircuito ahí dentro, el humo le sale por las orejas. Huele a quemado.

Sam me devuelve una mirada que me deja extrañado. Parece como si estuviera decepcionada, no por lo que le puedo estar haciendo a mis padres, sino que es algo propio de ella. Algo de todo esto le está afectando.

Se da media vuelta y camina hasta el cordón para llamar un taxi. Doy un paso al frente para gritarle un insulto, cuando de pronto una puntada me atraviesa el pecho. Quedo inmóvil, paralizado en medio de la vereda.

Mis manos aprietan mi pecho, como si intentaran atravesarlo para llegar hasta mi corazón. Creo que mis uñas ya atravesaron la ropa.

Es un peso muerto, algo que oprime y no me permite respirar.

Veo a mi hermana a unos diez pasos de mí, pero soy incapaz de llamarla. Incapaz de moverme hasta su lado y pedirle ayuda. Mi boca se abre y cierra inútilmente.

—¿Se encuentra bien? —Alguien se me aproxima y apoya una mano en mi hombro. Quiero decirle que siento como si estuviera ahogándome, que necesito mis pastillas, pero las palabras no salen.

—¡Logan!

Esa es la voz de Sam. Está delante de mí; sus enormes ojos azules mirándome con preocupación.

—¡Vas a estar bien! —Me grita. Yo asiento, pero no entiendo lo que me dice. Siento como la vida se me escurre de las manos, y no soy capaz de detenerla.

Me siento cansado, exhausto. Manchas negras inundan mi visión y sé lo que vendrá. Lucho por no desmayarme, pero no tengo fuerzas para mantenerme de pie.

Elevo la vista al cielo nocturno y eso es lo último que recuerdo.

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