Chapter XXIII
Mi madre observaba la pantalla con una enorme sonrisa y un pañuelo en su mano. Yo también lo hacía, tal vez con demasiado detenimiento, los ojos comenzaron a picarme por las lágrimas que me pedían a gritos salir. Quería apartar la mirada pero la dulce voz de mi tía Juliette me lo impedía. Ya había olvidado lo acaramelado que podía ser escucharla hablar. Siquiera sé de qué año es ese video, solo sé que a esa altura lo tenía todo.
— ¿Por qué estás viendo esto?
Oigo mi voz temblorosa, mi labio inferior golpeando contra mis dientes.
— Logan.
Instantáneamente mi madre se pone de pie y camina hasta bloquear la imagen del televisor. Me cuesta ver su rostro pero imagino sus enormes ojos celestes mirándome con asombro, no se esperaba que alguien la sorprendiera, tal vez porque nunca sucedía o tal vez porque esta vez fui yo quien la encontró.
— Pensé que estabas... dormido.
— No respondiste a mi pregunta.
Noto a mi madre ponerse nerviosa, mira constantemente el televisor y hace del pañuelo que sostenía una canica. Balbucea excusas, incoherencias.
— Yo... a veces simplemente me gusta recordar.
— ¿Por qué? Si hubieras hecho las cosas bien no haría falta sentarse frente al televisor para ver una vieja película casera.
Mi madre da un paso atrás, anonadada.
— He soportado bastantes cosas de tú parte, pero ya es suficiente. No te permito que me hables de esa forma. Soy tu madre te guste o no y me debes de respetar.
Una carcajada se atora en mi garganta, siento un picor en la nariz y a continuación dejo escapar una risotada. Debo taparme la boca para evitar que el ruido despierte a los demás, pero me cuesta mucho contenerme. Con la otra mano abrazo mi estómago, endurecido para la falta de aire.
Creo que desde que llegué esta es la primera vez que me río con ganas. Sin embargo, a juzgar por el semblante de mi madre, no se lo está tomando tan a la ligera.
Me contengo e intento ponerme firme, sorprendiéndome al final por la severidad con la que salen mis palabras.
— El respeto lo perdiste hace muchos años.
— ¿Cómo te atreves?
— A la única persona que le debo algo es a tía Juliette... Y tú no eres ella.
Distingo un notorio cambio en mi madre. Ahora puedo distinguir su rostro; sus grandes ojos me miran con desdén y angustia. La lastimé pero no me importa. Me importa muy poco lo que le pase por dentro.
— Apaga esa cosa ahora. —Le ordeno. No podría volver a dormir sabiendo que ella estaba viendo eso.
Me rehúso a moverme hasta que mi madre haga lo que le pedí, aunque como van las cosas presiento que voy a ser yo quien termine haciéndolo. Tomo la iniciativa pero se me cruza en el camino. Hacía muchos años que no veía esa mirada, solía recibirla todo el tiempo y no me apetece rememorar viejos tiempos.
— Muévete —gruño.
— ¿Cuántas veces has pensado en ella? —Su rostro sin expresión me hiela la sangre.
— ¿Qué?
— ¿Piensas todos los días en tu tía? Porque si la amas, si en verdad sientes amor por ella creo que es lo mínimo que le debes. —Se cruza de brazos, iracunda—. ¿Lo hiciste, o la enterraste junto con nosotros?
Retrocedo de pronto. Mis músculos se tensan, quiero decir algo pero no puedo. Muevo los labios escupiendo fantasmas.
— ¿Sabes lo que creo? Que te olvidaste de ella y ahora vienes aquí y de pronto recuerdas el pasado, recuerdas lo importante que fue para ti, ¡y me lo hechas en cara!
Siento los huesos temblar, el corazón martilleándome con fuerza el pecho. Trago duro, hago un esfuerzo por demostrar indiferencia.
¿Cómo se atreve a decirme esas cosas? No fue una buena madre, no estuvo ahí para mí cuando la necesité, nunca me apoyó en nada. No tiene derecho a hablarme así.
Inhalo por la nariz, ensanchando mis fosas nasales, intentando verme amenazante.
— Apaga el televisor.
Me doy media vuelta y subo de regreso a mi habitación. El pasillo, iluminado por la luz del televisor, repentinamente se oscurece y la casa queda en completo silencio.
Cierro la puerta de mi habitación para evitar visitas inesperadas, abro la ventana para dejar entrar el aire fresco de la noche. El olor a tierra mojada inunda mis fosas nasales, despeja mi mente y me obliga a recapacitar en las palabras de mi madre.
Odio admitirlo pero he pensado en mi tía tanto como he pensado en mis padres. Desde el accidente que mi vida dio un giro de ciento ochenta grados. Todo lo que enterré comenzó a germinar, y desde que estoy aquí no puedo detener el crecimiento. La planta sigue creciendo y creciendo; logré cortar algunas hojas pero el tallo es firme y grueso. Necesito algo más afilado que un par de tijeras, el problema es que no tengo la fuerza suficiente para tomar un hacha y acabar con todo esto.
No tengo la fuerza de voluntad suficiente como para largarme de aquí. Lo intento, en verdad lo hago, pero siempre algo me lo impide. Stella, la venganza contra April, todo son excusas estúpidas.
¿Por qué no puedo irme?
Me siente en el banco bajo la ventana y contemplo el tormentoso paisaje. Las copas de los árboles, oscuras y movedizas por el viento, emergen de entre las sombras con cada relámpago que ilumina el cielo.
Desde que estoy aquí solo reparto odio, vivo de fiesta en fiesta, tomo todo el alcohol que puedo para olvidar. Jamás me detuve a pensar en ella, lo único bueno que había en este lugar, mi tía.
No logro recordar la ubicación exacta de su tumba. Siquiera sé que mensaje escribimos con mis hermanos como memorial. Es triste pero ya había olvidado su rostro, su voz. Verla en video de pronto me trajo demasiados recuerdos.
Un capullo está floreciendo, el primero de todos... Y tengo miedo de dejar que se abra.
Sería una bajeza de mi parte irme sin antes haberla ido a visitar. Su cumpleaños fue hace tres meses; necesito redimirme con ella. Pedirle perdón.
Espero hasta las seis y media. El tiempo no parece estar de mi parte, pero no me importa. Me cubro con una sudadera gruesa y aseguro la capucha a mi rostro cinchando de los cordones. Salgo de casa haciendo el menor ruido posible y corro a la parada de autobús más cercana.
Mientras espero por el transporte siento la urgencia de comunicarle a John lo que estoy a punto de hacer.
«Desde que llegué aquí esta es la primera vez que haré lo que me pediste que hiciera: pedir perdón».
El cementerio queda del lado norte de la ciudad, pasando el bullicio del centro. Me acomodo en el gastado asiento y miro por la ventanilla cubierta de gotas.
Resulta extraño que haya tan poca gente, en total somos unas cinco personas sin contar al chofer. ¿Acaso era feriado o algo parecido? ¡Hay que trabajar, señores!
Aunque si me lo preguntan con este clima no movería ni un solo dedo fuera de la cama. Me inclino para ver al frente, la lluvia obstaculiza la visión del conductor, pero aun así sigue en marcha.
Respiro profundo y vuelvo a recostarme en el asiento. En eso mi celular comienza a vibrar.
«Hazlo con el corazón».
Así lo haré, John.
El autobús se detiene una parada antes de llegar al cementerio. Camino por el estrecho pasillo con las manos en los bolsillos, bajo detrás de una pequeña señora que hecha a correr en dirección a un auto estacionado en la esquina.
Vuelvo a colocarme la capucha, la lluvia parece no tener intenciones de detenerse. El cielo está más iluminado que antes, las nubes se ven grises y no negras.
Mientras camino por el costado del enorme muro que me separa de la tumba de mi tía, mantengo la vista clavada en el piso. Mi mente está intentando traer viejos recuerdos a la vida, lucho por evitar lo inevitable... hasta rendirme. Es inútil luchar contra la corriente, así que dejo que me empape; cierro los ojos y comienzo a divagar por entre mis memorias.
Mis manos se ven distintas, más pequeñas y delicadas. Siento a mis piernas moverse con rapidez... estoy corriendo. Corro dentro de una habitación, esquivando un sofá de cuero, una mesita de té; bordeo la mesa del comedor, sosteniéndome del asiento de una silla para no resbalar por las baldosas.
Huelo el olor a las galletas. Abro la puerta de vaivén —adoraba esa puerta, me recordaba a las viejas películas del oeste—, sobre la enorme encimera hay una bandeja que deja entrever el humo de las galletas recién horneadas.
Muero por probar una, por sentir como se desgrana en mi boca. Saborear el gusto a las chispas de chocolate. Extiendo la mano para tomar una, cuando alguien grita al otro lado de la mesada.
— ¡Aleja tus pequeñas manos de ahí!
Su cabello mal peinado estaba recogido en una coleta, los rizos le rozaban el cuello.
Prendas holgadas y con estampados florales eran su atuendo de entrecasa. Poco maquillaje pero el labial no podía faltar nunca.
Mi tía me está observando del otro lado de la mesada, con una enorme sonrisa que ilumina sus bellísimos ojos verdes.
— Si las comes calientes te harán mal. —Me advierte—. Tengo algo especial para ti esperando en la nevera.
La euforia crece en mi interior como un volcán a punto de hacer erupción. Todo se ve tan diferente cuando eres un niño. No hay preocupaciones, no hay estrés, solo ansias por probar helado con brownies.
— ¿Te gusta?
Asiento con la boca repleta de helado.
— ¿Quién es la mejor cocinera?
— Tú —digo y un pedazo de brownie escapa de mi boca.
Estoy riendo a carcajadas, el estómago me duele y las lágrimas corren por mis mejillas. Mi tía se burla del mí, así que espero a que pruebe un poco de su postre para hacerla reír. El helado sale disparado por culpa de una carcajada, cubro mi boca para contener la risa pero me resulta imposible.
— ¡Eso no se le hace a tu tía!
Sigo riéndome y como puedo modulo tan solo cuatro palabras.
— ¡Te quiero tía Juliette!
Su expresión se torna cariñosa. Apoya el codo en la mesada, descansa el mentón en su mano y me mira con ojos brillantes.
— También te quiero, Logan... También te quiero.
Cuando abro los ojos dejo de ser el pequeño de diez años para convertirme en el adulto de veinticinco. Miro al alrededor y descubro que estoy frente a la entrada del cementerio. Intento abrir la reja pero un enorme candado me lo impide.
Sacudo la reja, primero con cuidado luego con fastidio. Mi temperamento empeora hasta el punto en que deseo romper el candado con mis propias manos.
No puede estar pasándome esto. Necesito verla, necesito hablar con ella y pedirle perdón. Son las siete de la mañana, ¿por qué no está abierto? ¡Son tumbas! No hay nada qué robar.
Recargo la cabeza contra el metal frío. Las heladas gotas de lluvia chocan contra mi cabeza desprotegida. No tengo fuerzas como para volver a ponerme la capucha, solo quiero caer de rodillas mientras mi pecho es consumido por la angustia.
Veo el césped y un par de tumbas asomando por la colina. Hay tantos caminos distintos que no sabría cuál tomar. Me siento perdido, no sé qué hacer.
— Perdóname...
— Logan.
Aquella voz me sobresalta. Me alejo de la reja y puedo ver a mi madre a un lado de mí, cubriéndose con un paraguas de la lluvia. Está sonriéndome, aunque la sonrisa no llega a sus ojos. Está triste.
— ¿Qué haces aquí?
—Imaginé que aquí sería a donde vendrías.
— ¿Cómo?
Se encoge ligeramente de hombros.
—Solo lo supe.
Chasqueo la lengua, camino un par de pasos en rededor mirando por último al cielo. Me detengo y guardo silencio por unos instantes.
— Así que de eso se trataba... —La observo con desprecio—. Una especie de juego psicológico para hacerme sentir culpable, ¡para quedar como un completo idiota!
— ¿En verdad eso es lo que crees? ¿Crees que yo haría algo como eso?
Exhalo sonriente. No puedo creer cuánta hipocresía.
—Eres tantas cosas. Agregar una más a la lista no te afecta en nada.
Noto un cambio repentino en su postura, en su forma de mirarme. Los músculos de su cuello se tensan, la curva de sus labios tiende hacia abajo y su mirada... Dios, sus ojos parecen dos témpanos de hielo.
— ¡¿Por qué?! —Espeta—. ¿Solo me ves como un ser malvado y despreciable? Tengo un corazón, sentimientos... Y todo lo que me estás haciendo duele. Una madre no merece que la traten así.
Exhalo y sonrío al final. No puedo creer lo que estoy oyendo.
La sangre me hierbe, intento controlarme pero la respiración pausada no sirve. Mi madre sigue acusándome, echándome toda la tierra encima. Quiero callarla, cerrarle esa maldita boca para siempre... pero me contengo. No vale la pena gastar saliva, ya le hablé una vez y no lo entendió.
Decido irme y dejar que siga hablando sola... hasta que la menciona.
— ¡Cuando Juliette murió me volví más cercana a ti! Te di todo lo que tenía; mi amor, mi cariño. ¿Por qué no puedes quererme como a ella?
Los puños me tiemblan del coraje. Sigue gritándome y yo siento que estallo.
— ¡Porque ella fue mejor madre que tú! —Grito y la veo dar un respingo—. Nunca serás lo que ella fue para mí. Nunca.
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