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Chapter XIV

Debo de admitir que estando ebrio, Adrian no me parece tan mala persona. Supongo que es porque me recuerda a mí; resulta divertido tener a alguien como tú para pasarla bien. Al menos el muy idiota no me reclama por arruinar mi vida o algo por el estilo... a pesar de que cuando me habló estaba más ebrio que yo. No sé qué es lo que ha pasado con él en estos dos últimos días. Ayer no tenía ganas de salir y hoy me pasé todo el día preparando el equipaje.

Quería que este día fuese especial, mágico. Mi última noche en Covington debía de ser épica, por lo menos debía de dejar mi marca. Así que para mi suerte, Five Floor estaba abierto y con una temática espectacular. Resulta que tocaba "The Wild", y las chicas vestían atuendos diminutos de animal print. Estaba pronto para ser su Tarzán.

El ambiente estaba excelentemente decorado y los tragos iban acorde con la temática. No podía haber elegido mejor noche para salir a festejar. Y a pesar de que al otro día debía de levantarme temprano, hice como si nada de eso existiera y me divertí de lo lindo, aunque la jaqueca del otro día no tuvo precio. Me sentía como una moneda siendo agitada dentro de un frasco.

Di un par de vueltas en mi cama antes de recuperar mis fuerzas y estirar mi brazo hasta el cajón de mi mesita de luz. Bebí todas y cada una de mis pastillas para luego echarme a dormir de nuevo. Mi vuelo era las cinco de la tarde, por lo que tenía tiempo de aprontarme y estar una hora antes en el aeropuerto. Pero para mi desgracia mi sueño se vio interrumpido por una llamada telefónica. Eran las diez de la mañana, ¿quién puede estar molestándome a esta hora del día?

— Diga... —mi voz sonó somnolienta. Hice un puchero y me volví a acurrucar en la cama con el ceño fruncido. Me molestaba cuando interrumpían mi sueño.

¿Hablo con el señor Logan Brown?

— Ajá —solté con un suspiro.

Mi nombre es Amberly y estoy llamándole de parte del aeropuerto de Georgia. Tengo registrado que usted tiene reservado un pasaje en el vuelo 747 con destino a Nevada.

Mis ojos se abrieron en un periquete, provocándome un leve dolor en el costado de mi cabeza. No me agradaba el hecho de que estuviesen llamándome. Asumo que no era porque me darían un lugar en primera clase, sino porque...

— ¿Cancelado? —Me incorporé en la cama—. ¿A qué se refiere? No puede cancelarse.

Lamentamos los inconvenientes pero el aeropuerto de Nevada está cerrado por una fuerte tormenta que azota la ciudad. Podemos reembolsar su pasaje si así lo desea. El vuelo quedaría para dentro de cinco días.

Resoplé con frustración. Esto no podía estar pasándome. Se suponía que hoy sería el día más feliz de mi vida, ¿y ahora me vienen a decir que no puedo volver a casa? ¡Estoy varado en este maldito pueblo! No puedo aguantar cinco días más, ¿qué se supone que haré con mi vida?

Acepté a regañadientes, cinco días era mejor que no tener nada. Lancé el celular lejos de mi vista y volví a recostarme furioso. Elevé la mirada al techo y luego la bajé con impotencia.

— Ni creas que vas a salirte con la tuya. Me iré de este pueblo te guste o no.

Me aferré a la almohada y después de uno segundos de silencio me puso de malas. La resaca parecía haberse ido misteriosamente y me levanté para salir a dar una vuelta. Necesitaba ruido, ver gente, respirar aire fresco; cualquier cosa era mejor para evitar pensar en lo que acababa de suceder. Tenía que desconectarme o rompería todo lo encontrara a mi paso.

Salí a la calle, el viento impactando en mi rostro. El sol aun no había llegado a lo más alto y la luz me molestaba en los ojos. Las personas iban y venían metidas en sus propios asuntos. Sentía que todos ellos se encontraban metidos dentro de una burbuja y nadie interactuaba con nadie. Parecíamos seres individuales, acarreando nuestros propios problemas sin ver lo que nos rodeaba.

¿Por qué no podía volver? Ya no quería seguir más con esto. Estoy dándome por vencido y parece que la vida no quiere que lo haga. Tal vez por no haberlo intentado lo suficiente, pero con lo que viví me bastó para darme cuenta de que no podía seguir. No pertenezco a este lugar, no puedo estar nucleado en el centro de una familia a la que no tolero.

Tal vez todo esto es su culpa. Adrian debió haber ido bien de chusma y todos ellos conspiraron para que no pudiera irme. No soy de creer en eso del mal de ojo y demás, pero definitivamente ahora comenzaba a ser creyente. Principalmente porque la persona número uno que estaba dispuesta a hacerme la vida imposible era Sam.

Sentía que lanzaba chispas de lo enojado que estaba. El salir a pasear solo había empeorado las cosas. Mis pensamientos estaban iguales o más latentes que antes, y lo único que quería hacer era apagarlos.

Cruzando la plazoleta vi una melena castaña brillar por el sol matutino. Aquella luz solo ayudaba a que su pálida piel pareciera aun más blanca. April caminaba enfrascada en sus propios pensamientos. Traía un bolso de tela café y su atuendo era demasiado casual como para ir a trabajar. Algo se encendió en mi interior y la rabia se propagó con más fuerza que antes. No iba a dejar pasar las cosas, necesitaba dejarle bien en claro que conmigo los chismes no van.

Crucé la calle y me apresuré a llegar a la pequeña plaza en medio del pueblo. La tomé por el brazo y ella se volteo rápidamente separándose de mi agarre. La sorpresa en sus ojos café era más que evidente.

— ¿Logan?

— ¿Te crees muy graciosa, verdad? Chismoseando por ahí cosas que no te incumben.

— ¿De qué estás hablando?

— No te hagas la santa conmigo, sé muy bien que le fuiste con el chisme a mi hermana.

April soltó un suspiro, más parecido a una risa. Su mirada se enfocó en los edificios a su derecha y se rascó la frente para luego masajearla.

— ¿En verdad me estas reclamando por esa estupidez?

— Tal vez es una estupidez para ti pero para mí no. No tienes derecho a contarle a nadie sobre mi vida, y mucho menos si se trata de alguien de mi familia.

— ¡Ay, por favor! No te me vengas a hacer el ofendido. Apuesto a que hubieras hecho lo mismo conmigo si estuvieran tus amigos aquí.

— Amigos es una cosa, ¿o acaso me viste irle a decir a tu madre cómo te manoseabas con tu novio?

— ¡Baja la maldita voz! —me advirtió—. Dylan es mi novio y tengo derecho a hacer con él lo que se me canté. Tu siquiera tienes novia y anduviste manoseándote con veinte. Eso es caer bajo.

Me acerqué aun más, pensando que ella podría hacerse para atrás pero siquiera advirtió mi acercamiento.

— Tal vez me divertí muchísimo con una de ellas, pero soy consciente de que no estoy engañando a nadie.

La mirada seria de April flaqueó por un segundo. Vi como la ira se gestaba en sus ojos, pero una parte de ellos se rehusaba a mostrarse enojados conmigo. Le dolió. Le dolía saber que a pesar de ser lo que soy tengo razón. Podía haber caído bajo, pero ella se llevaba el primer lugar.

Me mantuve con mi postura firme y decidida. Quería que viera en mis ojos el odio y el desprecio que le tenía. Podía jurar que mi iris se había vuelo glacial; un azul frío, gélido como el hielo.

— Nunca vas a superarlo, ¿verdad? ¿Siempre me lo vas a echar en cara?

— Tú sola te lo ganaste. Nadie quien dice amar a otro puede hacer lo que tú hiciste, pero después de eso me di cuenta de que el amor, en lo más profundo de su significado, no existe.

— ¡Tenía dieciséis! —Espetó furiosa, cuidando el tono de voz—. Era estúpida, una niña que solo quería pasarla bien y tú no me dabas lo que quería. Por eso te engañé con alguien.

— Pues yo también quería pasármela bien. Quería que tú fueras la primera, ¿y qué pasó cuando intenté hacerlo? Veo como tu deportista te masturba en el jardín de tu casa.

Pareció desesperarse. Apretó los puños y arrugó los labios. Quería lanzarme un montón de insultos, pero no sabía por cuál empezar.

— Ya te dije que era una adolescente que no medía las consecuencias. ¿Por qué no puedes dejar las cosas en el pasado? Te empeñas en recordar banalidades que no te dejaban avanzar. ¡Siempre estarás estancado en tu vida!

— ¡Tú lo eras todo para mí! —No sabía si se había sorprendido por mi tono de voz o por lo que acababa de decir—. Eras la única persona que me comprendía, la única que no permitía que me sumiera en la oscuridad. Me mantenías a flote, trayendo la esperanza conmigo..., pero lo que pasó esa noche fue más de lo que pude soportar. Si piensas que ver al amor de tu vida teniendo sexo en el jardín de alguien es una banalidad, no tienes ni idea de lo que significaba amar a alguien... —me interrumpí a mí mismo y solté una pequeña risa. Qué estupidez más grande había dicho—. Qué tontería, claro que no sabes lo que significaba amar, si fuese así no me hubieras roto el corazón.

April elevó la mirada después de haberla mantenido gacha. Sus ojos estaban igual de rojos que sus labios —naturales, sin una gota de labial—, y me miraban con desprecio.

— ¿Nunca vas a perdonarme por lo que te hice, cierto? No importa lo que diga, ¿nunca lo harás?

— No se puede simplemente perdonar a alguien por lo que tú hiciste. Esas cosas no tienen perdón.

— ¡Entonces termina de echármelo en cara!

Temblé. Su voz me hizo temblar por el asombro; nunca pensé que saltaría de esa manera. Las lágrimas rodaban por sus mejillas camuflándose con la blancura de su piel. Por un segundo me recordó a una muñeca de porcelana: muy hermosas pero delicadas. Había que tener cuidado con ellas, puesto que un simple golpe podía destruirlas.

— ¡Sé que lo que hice estuvo mal, pero ya deja de recordármelo una y otra vez! Si quieres ya no me hables, ignórame por completo, pero detente. Para de hacerme sentir como basura cada vez que me diriges la palabra.

Sentí algo incómodo en el pecho. Una sensación extraña que me irritaba. Tuve que masajearme un poco para sentirme mejor. Jamás pensé que April se pondría de esa manera, siempre creí que me diría lo bien que la había pasado con el rubio deportista, la buena idea de haberme engañado y lo estúpido y romántico que había sido. Ella misma lo dijo, buscaba acción y yo parecía un capullo de rosa apenas abriendo, lo mejor de mí demoraba en aparecer y no tenía tiempo como para perder. ¿Pero de eso, pasar a esto? Era como irme de un polo al otro.

— April, yo...

— ¡No, ya basta! —se apartó enfadada—. Ya tengo bastantes problemas con Dylan como para que vengas y termines complicándome la vida.

— Espera, ¿qué? ¿Qué pasa con Dylan?

— Como si realmente te importara, y aunque lo hicieras no tengo por qué contarte mis problemas. Mi vida con Dylan es privada.

— ¿O sea que tu vida con él es privada, pero sí tienes el derecho de andar diciendo la mía?

— ¡Mira, haz lo que quieras! —se llevó las manos a la cabeza y luego las apartó, enfatizando lo que sentía—. Ya no diré nada más sobre ti, pero tú deja de molestarme.

Se dio media vuelta y se marchó sin siquiera darme la oportunidad de decir algo. Todavía sentía ese hormigueo en mi pecho, y a pesar de que estaba furioso con ella una parte de mí me impedía estarlo por completo.

¿Por qué siquiera me importó saber qué era lo que le había hecho Dylan?

Patee una piedrita del camino directo hacia el césped. Me frustraba sentir cosas que no podía interpretar. Venir a este lugar despertó sentimientos que hacía mucho tiempo no veían la luz, y para ser honestos, prefería que se quedaran así.

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